Sala de Prensa

126
Abril 2010
Año XI, Vol. 6

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

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Rodolfo Walsh: El último legado

Santiago Igartúa *

Como último legado el periodista argentino Rodolfo Walsh dejó el texto titulado Carta de un escritor a la Junta Militar. Lo escribió el 24 de marzo de 1977, un día antes de su desaparición. Fue su último acto de libertad.

Recibe nuestras noticias diarias sobre periodismo y comunicación. ¡Únete a SdP en Facebook!Walsh envió dicha carta a las redacciones de diarios argentinos y a corresponsales extranjeros. En ella explicó que “la censura de prensa, la persecución a intelectuales, el allanamiento de mi casa en el Tigre, el asesinato de amigos queridos y la pérdida de una hija que murió combatiéndolos (a los miembros de la Junta Militar), son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años”.

Acusó a los militares de implantar “el terror más profundo que ha conocido la sociedad argentina”. Y apuntó “la cifra desnuda de ese terror”: 15 mil desaparecidos, 10 mil presos, 4 mil muertos, decenas de miles de desterrados.

Increpó  a los militares que “mediante sucesivas concesiones al supuesto de que el fin de exterminar a la guerrilla justifica todos los medios que usan, han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido”.

Sostuvo que “estos hechos, que sacuden la conciencia del mundo civilizado, no son sin embargo los que mayores sufrimientos han traído al pueblo argentino ni las peores violaciones de los derechos humanos en que ustedes incurren. En la política económica de ese gobierno debe buscarse no sólo la explicación de sus crímenes sino una atrocidad mayor que castiga a millones de seres humanos con la miseria planificada”.

Walsh firmó la carta con su nombre y número de cédula –C.I. 2845022–, lo cual fue contrario a las medidas de seguridad del grupo subversivo Montoneros, al que pertenecía.

Para esas fechas –fines de 1976– era claro el choque de ideas entre el periodista y la organización guerrillera, pero Walsh sabía de la enorme importancia del carácter testimonial de su carta, dice en entrevista con Proceso Daniel Link, editor de los textos de Walsh recuperados de la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma) –centro de detención y tortura instalado por el régimen militar– y recopilados por Ediciones de la Flor.

Su carta fue un desplante que osciló entre el heroísmo y el suicidio. La escribió “sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”, concluye la misiva.

Los asesinos de Walsh tienen nombre y apellido. Por su desaparición  el juez federal Segio Torres procesó a Jorge Acosta, Alfredo Astiz, Ricardo Miguel Cavallo, Pablo García Velazco, Jorge Radice, Juan Carlos Rolón, Antonio Pernías, Julio César Coronel, Antonio Febres, Ernesto Weber, Orlando Generoso y Carlos Fotea, todos integrantes del Grupo de Tareas (GT) 3.3.2. de la Esma.

El 14 de noviembre pasado el juez Torres elevó la causa a “juicio oral”, el cual se sigue en el Tribunal Oral en lo Criminal Federal número 5 (TEO-5), instancia que realizó cinco audiencias en diciembre último.

El caso por “secuestro y posterior desaparición” de Walsh, así como por “la sustracción de todos sus bienes y parte de su obra literaria”, se encuentra en el legajo “Testimonio C de la Megacausa Esma”.

En octubre de 1976, a través de la Agencia de Noticias Clandestina (Ancla) que él fundó, Walsh publicó un informe sobre ese centro de detención. Describió el terror y a los verdugos mediante testimonios. Habló por primera vez de la existencia de presos permanentes y del “traslado” de prisioneros que eran arrojados con vida desde un avión al Río de la Plata. Eran los llamados “vuelos de la muerte”. Denunció la aparición de 25 cuerpos “mutilados” en costas uruguayas entre marzo y octubre de 1976, incluyendo el caso de Florentino Avellaneda, atado de pies y manos, “con lastimaduras en la región anal y fracturas visibles”, según la autopsia a la que Walsh tuvo acceso.

Los marinos Mario Galli y Sergio Tarnopolsky, informantes de Walsh, fueron asesinados en 1977. La esposa, los padres y la hermana adolescente de Tarnopolsky, exasistente del Tigre Acosta, también fueron asesinados.

Oficial de inteligencia de Montoneros, Rodolfo Walsh fue líder de la prensa clandestina. Se hizo cargo del semanario de la Confederación General del Trabajo (CGT). A principios de los años 60 viajó a Cuba. Fue uno de los colaboradores de la agencia Prensa Latina, junto con Gabriel García Márquez, Jorge Masetti, Juan Carlos Onetti y Rogelio García Lupo, entre otros.

En 1973 integró, junto con Paco Urondo y Miguel Bonasso, el diario Noticias, y en 1976 –debido a la censura impuesta por la dictadura militar– fundó la Ancla. Su propósito: enfrentar el espanto que, decía, se basaba en el “desconocimiento”. Cada noticia era una pequeña victoria. El hombre libre, expresaba el periodista, es el que se anima a enfrentar los riesgos con la “conciencia” del que sabe lo que está pasando. Consideraba que el solo hecho de difundir un rumor con una pinta en un pasillo hace sentir al hombre la “satisfacción moral de un acto de libertad”.

En sus textos Walsh habló del amor y del desprecio. Los peleó. Quería a sus hijas, al trabajo oscuro, a sus compañeros, a los que no obedecen, a quienes nunca se rinden, a dos personas abrazándose, a los que piensan; odió la traición, la estupidez, a los petroleros anglosajones, a los mercenarios, los discursos de un general, a los falsos profetas de la izquierda, la publicidad anticomunista, a los torturadores… De ello da cuenta en sus textos que fueron recuperados de la Esma y que en 2007 publicó Ediciones de la Flor, bajo el cuidado de Link.

La emboscada

Según la declaración de la hija del escritor, Patricia Walsh, querellante en el caso de la desaparición de su padre, él fue secuestrado el 25 de marzo de 1977 en la Capital Federal.

Era viernes. Por la mañana, Walsh se ajustó un sombrero de paja, una guayabera clara de manga corta y pantalón marrón, acorde con la vestimenta de maestro jubilado que disfrazaba su verdadera identidad.

Al marcar el sol el mediodía, junto a su compañera Lilia Ferreyra, dejó la casa que habitaban en el poblado de San Vicente, provincia de Buenos Aires, con destino a la capital.

Consultada por Proceso el 19 de marzo del año pasado en el marco de un homenaje a Walsh donde se bautizó una escuela con su nombre, Ferreyra recordó las horas previas al infortunio: “Estábamos muy contentos porque íbamos a enviar las primeras copias de la Carta (de un escritor a la Junta Militar). Rodolfo me cantaba en el tren y reíamos en el camino”.

Así  llegaron a la estación Constitución, donde se separaron. Él  “cruzó la calle, volteó”, se miraron y sonrieron. Ferreyra enviaría algunas copias de la Carta a distintos medios de comunicación, para más tarde reunirse con la primogénita de Walsh, Patricia, y organizar un asado para que el escritor conociera a su nieto.

El periodista se presentaría a una cita a las dos de la tarde con una mujer vinculada con el grupo Montoneros: la viuda de Carlos Coronel, uno de los líderes de la organización subversiva, asesinado en el mismo operativo que María Victoria Walsh, la otra hija del periodista.

“Mi padre sabía que estas citas eran absolutamente peligrosas, que continuamente terminaban en emboscadas”, declaró Patricia Walsh a la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) en 1984.

Horacio Verbitsky, compañero y amigo de Walsh, escribió en su libro de memorias titulado Rodolfo Walsh que la viuda “había escrito una carta desgarradora sobre la falta de solidaridad de la organización, que no cuidaba de ella y de sus hijos. (Walsh) decidió hacerse cargo”.

José  María Salgado, también miembro de los Montoneros, envió a Walsh la carta de la viuda. Ese hecho influyó: el periodista argentino tenía con él una relación “casi paternal”, apuntó Eduardo Jozami en la biografía que escribió sobre el periodista argentino titulada Rodolfo Walsh, la palabra y la acción.

“En la mesa de tortura ese compañero había entregado la cita”, dice Verbitsky en sus memorias.

En entrevista con Proceso, Miguel Bonasso, jefe de prensa del grupo Montoneros en el exilio y quien durante años recogió testimonios para reconstruir la manera y circunstancias en las que murió Walsh, cuenta que éste llegó a la cita con una “pistolita” Walter, calibre 22, disimulada en su atuendo. “Yo le decía: cuidado, Rodolfo, que te vas a volar los genitales”.

Continúa Bonasso: “La cita era en una avenida al sur de Buenos Aires (el cruce de las vías San Juan y Entre Ríos). Ya lo esperaban 14 represores del GT 3.3.2 de la Esma, conducidos por el propio Tigre Acosta, haciendo guardia en el lugar”.

Recuerda que los agentes del GT 3.3.2 llevaron a Salgado al lugar para que señalara a Walsh. Sin embargo, de acuerdo con testimonios de prisioneros de la Esma, Salgado no se atrevió a hacerlo.

Uno de los agentes del GT reconoció a Walsh. Le marcaron el alto. “Alfredo Astiz, al que llamaban El Cuervo o El Rubio,  que era un afamado cazador de hombres, va por él, pero Rodolfo presiente algo extraño, se resguarda detrás de un árbol y se da vuelta con la Walter en la mano”, cuenta Bonasso.

Al dictar los procesamientos de los miembros del GT 3.3.2, el juez Torres sostuvo que “la intención del grupo operativo era capturar a Walsh con vida a los efectos de someterlo a torturas para obtener información”.

Walsh no se permitió caer prisionero. Lanzó el primer disparo. Fue suficiente. En respuesta “una ráfaga lo corta prácticamente en dos. Los del GT no querían correr riesgos”, señala Bonasso.

Por los testimonios que recogió, Bonasso sabe que el entonces subcomisario de la policía federal Ernesto Weber “le pega el tiro de gracia” en plenas calles de Buenos Aires.

Según el informe de Conadep, basado en testimonios, el cuerpo de Walsh fue trasladado a la Esma por los miembros del GT 3.3.2. En ese documento, Patricia Walsh asentó: “Los del Grupo de Tareas se peleaban entre sí a los gritos. No habían podido llevarlo con vida para torturarlo”.

De acuerdo con el biógrafo Jozami, cuando el GT llegó con el cuerpo de Walsh a la Esma, Weber dijo: “este hijo de puta no se caía. Lo acribillamos a balazos y seguía parado”.

Bonasso cuenta que los asesinos revisaron las pertenencias de Walsh. Entre éstas hallaron el contrato de alquiler de la casa de San Vicente, que el hombre de la inmobiliaria habría entregado a Walsh minutos antes de que abordara su último tren.

Según el juez Torres, unas horas más tarde del crimen, Ricardo Miguel Cavallo encabezó un operativo con cerca de 40 hombres para allanar la casa y confiscó la obra del escritor.

En el legajo número 2587 de la Conadep se asienta: la casa “se encontró con incontables impactos de proyectiles balísticos de grueso calibre por sus cuatro paredes exteriores, absolutamente saqueada y hasta con señales de bombardeos”.

En abril de 1998 –11 años después del suceso– el exsubcomisario Roberto González reconoció ante la Corte Suprema de Justicia su participación en el asesinato.

Desde que el juez Torres tomó el caso en 2003, dispuso que el grupo de represores sea juzgado además por la “apropiación ilegítima” de los bienes del escritor. Pero ni las balas ni la confiscación de sus escritos pudieron detener la tinta del escritor.

“No olvides regar las lechugas”, recuerda Ferreyra que fue lo último que le dijo.

Walsh rió la ocurrencia y dio la vuelta para tomar su camino. Así, riendo, se fue para siempre.

¿Qué pasó con Rodolfo?

Casi 33 años después de los hechos, el cuerpo de Walsh no aparece. Exiliada en México, Lilia Ferreyra viajó en 1982 a España al encuentro de Martín Grass, sobreviviente de la Esma, quien declaró que durante su estancia en ese centro de detención vio el cuerpo de Walsh.

Pero los restos del escritor no fueron recuperados.

¿Qué pasó con Rodolfo? Fue la pregunta que por años cargó Ferreyra en el pecho.

Ferreyra da cuenta de un relato de horror que le contó Grass. “Escuché la descripción pausada, casi cuidadosa, de la imagen brutal de la muerte que (Grass) vio en el sótano de la Esma: el cuerpo acribillado de Rodolfo, con el pecho cortado por una diagonal de impactos, tirado en el cemento frío. Martín lo reconoció y se estremeció”, narró Ferreyra en un texto que publicó el diario Página 12, el 9 de enero de 2006, en el cumpleaños 79 que no fue para Rodolfo Walsh.

Grass –recuerda ella– había visto la muerte en los ojos blancos de varios compañeros, “nunca un cuerpo al que le hubieran disparado con tanto odio”.

En su búsqueda, Ferreyra fue informada de que el cadáver de Walsh habría sido incinerado para desaparecerlo. Una práctica que en la Esma era conocida como el “asadito”.

Con la narración de Grass murió la esperanza que abrigaba Ferreyra: que su compañero hubiera sobrevivido. Fue, quizá, “el deseo de ganarle a la muerte”, al destino; un deseo tal vez aterrador “por la tortura sin límite en el tiempo con que vejaban a los prisioneros para quebrarles ‘la dignidad que ustedes mismos han perdido’, como acusó Rodolfo a la Junta Militar”, apuntó ella en el citado texto publicado por Página 12.

La versión de Grass coincide con la presentada por las exprisioneras Sara Solars y Alicia de Pireles ante la Conadep en 1984. Por su parte, Graciela Daleo y Enrique Fuckman, también sobrevivientes de la Esma, relataron a dicha comisión haber visto las pertenencias y documentación de Walsh dentro del mismo centro de detención.

Según Link, en los textos que escribió con motivo de la muerte de su hija María Victoria, militante montonera, Walsh define su propia muerte. “Vicky”, como llamaba a su hija, se dio un tiro en la sien el 29 de septiembre de 1976 al verse rodeada por un operativo militar. Sabía, como él, del horror.

“Mi hija estaba dispuesta a no entregarse con vida. Era una decisión madura, razonada. Conocía, por infinidad de testimonios, del despellejamiento en vida, la mutilación de miembros, la tortura sin límites en el tiempo ni en el método, que procura al mismo tiempo la degradación y la delación”, escribió Walsh en uno de esos textos.

“Su muerte fue gloriosamente suya (…) Nosotros morimos perseguidos en la oscuridad. El verdadero cementerio es la memoria. Ahí te guardo, te acuno, te celebro y quizá te envidio, querida mía”, firmó Walsh.


* Santiago Igartúa es reportero de la revista mexicana Proceso, donde publicó este texto.


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