La
indefensión de los periodistas frente al narco
Héctor
Aguilar Camín *
Por
casualidad, y por fortuna, pude estar la semana
pasada en la Universidad de Texas, en la primera
sesión de un seminario donde periodistas
estadunidenses y mexicanos, que cubren el narco
en ambos lados de la frontera, hablaron de su
experiencia.
Fue en la ciudad de Austin, en
Texas. Yo había ido a dar una conferencia de
historia sobre el bicentenario y fui invitado al
día siguiente a la sesión de periodistas, a la
que, por desgracia, no pude asistir sino la
mañana del viernes.
Había
periodistas de los grandes diarios mexicanos y
estadunidenses, editores y reporteros de diarios
y noticieros de la frontera, académicos,
relatores y colados, como yo.
La sesión, de
la que se publicará un informe a su debido
tiempo, era por lo pronto convenida off the
record para facilitar los intercambios. Esto
explica que la nota que escribo a continuación,
y la que escribiré mañana, no incurran en
mayores detalles sobre quién dijo qué, y de
parte de qué medio.
Los periodistas
presentes resumieron su trayectoria y sus
preocupaciones básicas en una ronda variopinta
pero luminosa.
Aprendí de un
golpe la diferencia brutal que hay, para efectos
de cubrir el narco, entre ser corresponsal
extranjero, ser corresponsal nacional
extranjero (el que cruza la línea cada
día y reporta para medios del lado
estadunidense), ser enviado de la Ciudad de
México a cubrir un asunto a la frontera y ser
periodista local de la ciudad fronteriza bajo
asalto del narco.
La diferencia
fundamental entre este último espécimen y los
otros es que el periodista local no tiene
protección alguna contra las amenazas del narco,
ni puede tenerla.
Cuando recibe
una llamada amenazante o amigable del narco para
que se calle ciertas cosas, no tiene más que dos
opciones: callar lo que le piden o jugarse la
vida, con la certidumbre de que, más temprano
que tarde, perderá la vida o será sometido a
una violencia intolerable, contra la cual no
tiene protección. Ni puede tenerla.
Me conmovió
particularmente el hecho de que hubiera un
periódico fronterizo donde la junta editorial de
cada día estuviera dedicada a decidir lo que no
podían publicar, pues hacerlo era riesgo de
muerte o violencia inaceptable contra el
periodista o contra el medio.
Me conmovió
también la indefensión absoluta frente a las
amenazas de los narcos una vez que éstos llaman
a la redacción, o al periodista, o al dueño, y
le dicen: Sabes qué, tenemos que
hablar.
Lo que sigue de
ahí es simplemente el silencio o la vida. Y, sin
embargo, el periodismo sigue.
*
* * * *
Resumo ahora los
comentarios provocadores con que abrió la
sesión un periodista colombiano, en cuya
opinión, pese a las piezas de gran periodismo
que podían leerse sobre el tema, algunas de
ellas de reporteros presentes, los periodistas no
estábamos haciendo un gran trabajo
en la cobertura del narco. Su lista de
razones es la siguiente:
1. Las drogas
son un fenómeno global, pero la cobertura que se
hace habitualmente es local. La pregunta: ¿por
qué explota ahora el tema de las drogas en
México?, no tiene explicación en México. Es
resultado de un desplazamiento global del mercado
de la droga que no está claramente explicado en
los medios locales y, por tanto, mal explicado al
público.
2. El énfasis
de la cobertura está puesto en el narcotráfico,
no en las drogas. Y en una sola política de las
varias posibles en el tratamiento del
narcotráfico: la política de prohibición y
persecución de las drogas, que es el consenso
mundial de los gobiernos, pero no la única
manera que se discute en el mundo sobre cómo
enfrentar el problema no sólo del narcotráfico,
sino también de las drogas. Los temas de la
legalización, por ejemplo, apenas están en los
reportes periodísticos del tema, aunque son
materia de un cada vez más intenso y refinado
debate en el mundo.
3. Los
periodistas se concentran en el aspecto de la
persecución policiaca del narco, no en
sus aspectos sociales, económicos, culturales. Y
dentro de la persecución, el énfasis es en la
violencia y la sangre, no en la explicación del
proceso. Cubrir sobre todo este aspecto, etiqueta
a los países (Colombia=a cocaína, México=a
violencia degradada, Estados Unidos=a
la Gran Nariz), lo cual suprime los matices y
empobrece enormemente la visión.
4. Los
periodistas que cubren el narco apenas
dedican esfuerzos a desafiar los lugares comunes.
Por ejemplo, la ecuación:
drogas=adictos=violencia. No está claro que el
problema principal de las drogas es que generen
adictos y los adictos generen violencia. Es la
parte menor de la estadística.
5. Los
periodistas que cubren el narco,
finalmente, no saben cómo salir de las trampas
que su mismo ejercicio ha construido, en
particular la trampa de la violencia,
que tiene al menos dos lados:
Primero, a
fuerza de reportar muchos muertos, los muertos
dejan de contar, la sociedad se vuelve
indiferente a atrocidades que debieran sacudirla.
Segundo, a
fuerza de reportar muchos muertos se acaba
ayudando a que el crimen golpee dos veces: una
vez en los hechos y otra en la representación de
los hechos.
*
Héctor Aguilar Camín es historiador y escritor mexicano.
Este texto fue publicado en el diario Milenio.
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