Sala de Prensa

122
Diciembre 2009
Año XI, Vol. 5

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   


Formación de periodistas o el arte de
enseñar a resolver problemas

Carlos A. Camacho Azurduy *

Hay países que tienen ciencia, y sus funcionarios y empresarios saben muy bien qué hacer tanto con el conocimiento producido por ellos mismos, como el que se publica desde cualquier punto del globo, en nuestro país por  ejemplo. En cambio nosotros no hemos logrado desarrollar una visión del mundo ni una ciencia capaz de forjarle a nuestra sociedad un lugar en dicho escenario. Estamos obcecados con la idea de que el producto de la ciencia debe ser algo “aplicable”, cuando no “mercable”. No logramos captar que, como en la gimnasia, en la que una persona se forja a sí misma, el principal producto de la ciencia es una sociedad que sabe y puede. Ha de ser por eso que nuestra sociedad no sabe ni puede. Urge modificar nuestros criterios. Si lo logramos, podremos entregarle a esa sociedad un graduado con mejor  condiciones para entender y resolver nuestros problemas.
Marcelino Cereijido, 2003 

Luego de más de diez años de ejercicio docente en educación superior universitaria de pre y postgrado en el campo de la Comunicación y el periodismo, creo que es más que pertinente una breve reflexión para coadyuvar en el desarrollo de una cultura profesional que brinde autonomización y legitimidad al campo, tal como afirma María Immacolata Vassallo (2003: 13)

La legitimación  de la Comunicación en el campo científico depende mucho del avance de la práctica de la investigación, que es esencialmente una práctica metodológica. La preocupación por la teoría (que es uno de los niveles de cualquier discurso científico) en la investigación, ha relegado a segundo plano las cuestiones de metodología, tanto en términos de su estudio (metodología en cuanto disciplina) como en términos de su aplicación (metodología en cuanto práctica). Ese desequilibrio entre el contenido teórico y la forma como éste está constituido parece ser un rasgo específico de la investigación en Comunicación en el país y contribuye a reforzar un dualismo teoría-metodología particularmente peligroso para el reconocimiento científico del campo de la Comunicación.

Esta situación se hace particularmente evidente en nuestro contexto, ya que como sostuve hace algunos años atrás,1 la producción científica en las escuelas de Comunicación en América Latina, está en profunda crisis. Esto se debe a un sistema de factores entrelazados e interdependientes que se condicionan mutuamente, entre otros:

  • La perspectiva estrecha que se tiene sobre la transversalización de la cultura de la investigación en todo el plan curricular y en las diferentes modalidades de titulación;
  • el desconocimiento de su rol y aporte en la comprensión y planificación de procesos socio-comunicacionales;
  • la visión escolástica que lleva a repetir (cada vez más internalizada la cultura del mínimo esfuerzo que se refleja en el copy&paste, incluso con el riesgo de plagio en trabajos de titulación) en vez de reflexionar y producir;
  • el escaso desarrollo de estrategias docentes (“aprender a aprender”, “aprender haciendo”) para un aprendizaje significativo, y por parte de los estudiantes el disminuido valor asignado al autoaprendizaje;
  • la desconexión entre las distintas materias que componen el área epistemológica y metodológica;
  • la escasa presencia de profesores-investigadores de tiempo completo que desarrollen la docencia a través de la investigación, y su consecuente perjuicio en la formación de culturas científicas;
  • un conjunto de problemas metodológicos implicados en el examen e intervención de la realidad entre estudiantes y graduados;
  • el manejo limitado de instrumentos metodológicos por parte de los profesores que les ayude a orientar la práctica investigativa con adecuada dosis de motivación y conocimiento actualizado;
  • la dualidad y exigua complementariedad entre la reflexión teórica y la práctica investigativa;
  • la insuficiente respuesta a las demandas del mercado laboral y a los problemas y demandas de la sociedad;
  • la falta de instancias académicas de fomento a la investigación comunicacional y la producción intelectual;
  • las escuelas de Comunicación que no brindan condiciones óptimas para realizar y difundir estudios que sirvan de sustento para la discusión y elaboración de propuestas a los problemas estructurales de carácter social, político y cultural que vive nuestra sociedad de principios de siglo.

 Es por ello que este ensayo brinda algunos aspectos sobre la maravillosa y sorprendente aventura de comprender y valorar la investigación en comunicación y su utilidad concreta para el ejercicio del periodismo, desde una articulación central entre diversos actores: las prácticas académicas de las universidades tanto públicas como privadas, las demandas laborales de las empresas periodísticas y las necesidades de los movimientos sociales. Además, intervienen las organizaciones sindicales y gremiales con sus propias demandas y percepciones, las organizaciones no gubernamentales que reflejan ciertas aspiraciones ciudadanas, los organismos internacionales con ciertas agendas y, por supuesto, los estados nacionales que diseñan y aplican normas para el desarrollo de la actividad periodística, lo que en algunos casos ha supuesto ciertas tendencias a la censura

Las escuelas por un lado y su práctica posible, por otro

La formación en periodismo comienza en la década de los años ’60 en América Latina, bajo la ilusión desarrollista de que era imprescindible el adecuado manejo de procesos de información para estar preparados, acelerar y mantener su llegada. Por ello es que a inicio de la misma, se registran 35 escuelas en el campo. Pero el desarrollo en nuestros países se debate entre la tradición y la modernidad, y no ha terminado de llegar, menos de aproximarse a esos modelos del llamado “primer” mundo. Para ello, se propuso que un periodista debía, según el investigador argentino, Daniel Prieto Castillo2:

  1. Tener una cultura general lo más amplia posible;
  2. conocer historia internacional y nacional;
  3. saber algo de comunicación (filosofía, psicología, sociología);
  4. tener nociones de legislación de prensa y de ética profesional;
  5. reconocer lo elemental del lenguaje (lingüística y gramática);
  6. reconocer el funcionamiento de algunos medios (impresos sobre todo);
  7. dominar algún mecanismo de expresión (la palabra escrita, algo de la oral para radio).

Al respecto, alguien dijo que el periodista es un mar de conocimientos, pero con escasísima profundidad. Precisamente esos programas o planes de estudios surgieron en un marco histórico caracterizado, según Prieto, porque:

  1. No estaba claro entonces el alcance del concepto de comunicación y no se habían consolidado una filosofía, una psicología, una sociología de la comunicación;
  2. No había contacto alguno entre los profesores encargados de la teoría y los llamados “prácticos”. Los estudiantes seguían, una carrera dividida en dos, o dos carreras que no confluían a meta alguna;
  3. En las materias de “cultura general” se trabaja de la misma manera que en las escuelas de sociología o de filosofía, contaminación vigente todavía;
  4. Se carecía de materiales de todo tipo desde bibliografía hasta recursos elementales para la práctica (máquinas de escribir, por ejemplo);
  5. Era necesario improvisar profesores, los capacitados para dar clase desconocían totalmente el quehacer periodístico; por su parte, los periodistas no sabían cómo dar clases.

Entonces, se tenían escuelas y programas sin un perfil claro del profesional (conocimientos y habilidades terminales) que se estaba buscando formar, para coadyuvar a qué tipo de sociedad, solucionar qué problemáticas o necesidades sociales concretas, aportar a qué desarrollo, y cómo hacerlo, para quiénes, en qué coyuntura histórica. Esto es, no se tomó en cuenta un análisis crítico de la realidad latinoamericana ni del propio país, las demandas sociales en comunicación, así como las características de la práctica profesional vigente y la evolución que ésta podría alcanzar.

A inicios de los 70’s esta situación comienza a modificarse paulatinamente en algunas escuelas que muestran un interés serio por el cambio social y la comunicación popular a partir de un análisis de la dependencia, la dominación y el poder, y, por supuesto, la denuncia. Se vivió una dinámica teoricista y actitud de denuncia -sin apuesta, ni propuesta- que perdura en algunas escuelas hasta nuestros días. En palabras de Prieto, ésta se caracteriza por pasar del “cuestionamiento a las generalidades, a la falta de actualidad, se pasó a la descalificación de la práctica misma. (…) De la exigencia de aplicar la teoría a la realidad se pasó vertiginosamente a teorizar sobre la teoría. (…) Una teoría de la sociedad, una teoría del lenguaje dejaron fuera otra vez los reales problemas de la comunicación.” Es importante mencionar que esta situación marcó el tránsito de la formación de periodistas a la de comunicadores sociales.

Con ello, la práctica periodística se reduce a algunos cursos. Primero había que comprender la realidad –a través de una teoría macro-social- para cambiarla, pero ¿cómo? Sin duda, hubo un cierto menosprecio por el quehacer periodístico. El “oficio” perdió valor académico y relevancia social, los elementales medios de expresión oral y escrita no eran precisamente dominio de los futuros comunicadores y periodistas. Más bien, se pretendió la formación de estrategas sociales, conductores de grandes proyectos sociales, gerentes de notables emprendimientos comunicacionales. Lamentablemente, éstos carecían de las herramientas para diagnosticar y evaluar una situación social concreta, planificar procesos de intervención comunicacional, diseñar proyectos, elaborar presupuestos.

Por la década de los años ’80 comienza, a partir de los trabajos que comienzan a emprender los/as estudiantes y la necesidad de ligar universidad a su trabajo cotidiano, lo que Prieto llama “comunicación para…” (el desarrollo, la educación, la salud, etc.). Esta situación conllevó una revaloración de la práctica comunicacional y periodística, ya que se vislumbró la posibilidad de diversos apoyos, bisagras y cuñas desde nuestro campo de especialización.

No se puede afirmar la existencia de etapas claramente diferenciadas, mucho menos, generalizaciones absurdas. Lo cierto es que lo mencionado se refleja hasta nuestros días, de diversas formas, en lo que el argentino llama la “polémica entre la capacitación a través de la práctica y la capacitación mediante el paso por las escuelas”.

Desde mediados de los años noventa se registra un crecimiento cuantitativo importante de las facultades de comunicación y de institutos de formación técnica, debido a la demanda -o presión, mejor dicho- de nuevas competencias y habilidades por parte del mundo laboral, en medio de una dinámica política y social de profundas transformaciones estructurales, marcada por el avance de las tecnologías de información y comunicación (TIC) y un claro y progresivo reconocimiento y valoración de la comunicación y el periodismo en diversas áreas. La comunicación que fuera desconocida y hasta despreciada en muchos ámbitos, cobra especial valor en “sociedades de la información” o el “conocimiento”, que se van dando cuenta de su valor fundamental.

De ahí  que los noventa marcan claramente la especialización en la formación del comunicador y el periodista, tanto en el ámbito del periodismo (económico, ambiental, político, de entretenimiento, deportivo), el audiovisual, la comunicación institucional/empresarial, de desarrollo, así como el digital (TIC).

De acuerdo a un reciente informe de investigación de UNESCO y FELAFACS,4 en la actualidad existen 67 centros de formación universitaria en comunicación y periodismo en Centroamérica y el Caribe, 1006 en México, 193 en la región Andina -de las cuales casi el 70 por ciento son privadas, sin embargo, el número de estudiantes de las universidades públicas es muy superior-, 115 en el Cono Sur y 361 en Brasil. Respecto al panorama de las mismas, por ejemplo, para la región Andina, en términos generales, se puede concluir lo siguiente:

  1. La región andina se encuentra muy retrasada con respecto a los procesos de acreditación, desarrollo de los estándares de calidad y la formación de sus docentes. Se socializa muy poco el trabajo que se realiza en el campo periodístico y audiovisual.
  2. Se evidencian importantes brechas –en el campo de la investigación y de la innovación académica– entre las universidades públicas y privadas que imparten carreras de comunicación y periodismo.
  3. No se encuentra un desarrollo importante de programas de postgrado, en los niveles de maestría y doctorado.
  4. Son débiles los vínculos establecidos entre las universidades, el mercado laboral, las empresas y los organismos de desarrollo.

Al rescate de la investigación

El análisis crítico de lo que existe reposa sobre el presupuesto de que los hechos de la realidad no agotan las posibilidades de la existencia, y que, por lo tanto, también hay alternativas capaces de superar aquello que resulta criticable en lo que existe. El malestar, la indignación y el inconformismo frente a lo que existe sirven de fuente de inspiración para teorizar sobre el modo de superar tal estado de cosas.
Boaventura de Sousa Santos, 2006

Como en cualquier acto de producción científica, es importante iniciar el recorrido definiendo algunos conceptos que enmarcan el trabajo. Por metodología se entiende la llave que enlaza al sujeto investigador con el objeto de estudio haciendo posible seguir —desde una posición teórica y epistemológica determinada— la lógica que conduce al conocimiento científico a través de la descripción, el análisis y la valoración crítica de los métodos de investigación (camino o procedimiento ordenado para hallar la “verdad”) más apropiados para emprender a través de las técnicas una acción de recolección, ordenamiento y análisis de datos en torno al fenómeno estudiado. Incluso la postura filosófica acerca de la ciencia de la que parte el investigador orienta su elección metodológica, es decir, lo guía a la hora de resolver: ¿cómo investigar el problema?, ¿cómo desentrañar, descubrir y explicar la realidad con un marcado fin heurístico y reflexivo?, ¿cómo enseñar o exponerla con el fin didáctico de comunicarla y hacerla extensiva a la comunidad?

Entonces se entiende la investigación no como un término empleado por “iluminados” o una labor emprendida por “elegidos”, sino como una acción inherente a la naturaleza humana que pretende indagar a partir de un indicio para descubrir algo, lo que en términos científicos constituye el qué (leyes) y el porqué (causas) de los fenómenos y hechos. Esto es, un proceso compuesto por una serie de pasos ordenados, aunque dinámicos y reflexivos en su seguimiento e interacción, que conduce a la búsqueda ordenada de conocimientos (conjunto organizado e interrelacionado de datos e información destinados a resolver un determinado problema) mediante la aplicación de métodos, en primera instancia, y técnicas e instrumentos, en segundo lugar.

El conocimiento, según Platón, se caracteriza por ser necesariamente verdadero (episteme). Comienza por los sentidos, pasa de éstos al entendimiento y termina en la razón, en lo que se podría entender como la conformación mental de un modelo intersubjetivo de la realidad que permite entenderla y actuar en ella. El producirlo es, sin duda, una tarea responsable que implica el descubrimiento de huellas y el seguimiento ordenado de pistas —al mero estilo detectivesco— en torno a un segmento minúsculo del mundo que despierta curiosidad en su abordaje. En el caso de la ciencia su propósito deliberado es la ampliación del conocimiento científico al crear nuevas teorías, enriquecer o modificar las ya existentes (investigación pura) o, por otro lado, utilizar los conocimientos para aplicarlos en provecho de la sociedad (investigación aplicada).

De hecho, la forma como definimos, construimos y aprehendemos la realidad social —no sólo el procedimiento metódico-técnico empleado, sino en el compromiso político y la responsabilidad social puestos en esta labor— orienta y guía la manera de intervenir en ésta para mantenerla eficientemente (estructural-funcionalismo) o transformarla radicalmente (marxismo). De ahí es que surge una disputa de poder en el ámbito científico y político por definir sistemas de conocimiento que estructuren “la” realidad social, el sentido del mundo (recordemos que nombrar las cosas es crearlas):

A partir de la filosofía de Kant, se sabe que la realidad no es objetiva, comprobable por cualquier observador independientemente de su posición, pero también que  tampoco es completamente subjetiva, dependiente únicamente del punto de vista del observador. La realidad es más bien intersubjetiva [significados compartidos], pues se construye desde la relación entre distintas subjetividades a partir de símbolos cuyo significado transciende la mera realidad material al tener un significado social.5

Desde esta perspectiva, la indagación científica se constituye en requisito fundamental para todo aquel que pretende convertirse en profesional —en el sentido de la persona que brinda un servicio o elabora un bien garantizando el resultado del mismo con calidad— de cualquier área del conocimiento. Resulta imposible pensar en un profesional de la Comunicación —y en cualquier otro Cientista Social— que no maneje responsable y críticamente la lógica y el método científicos de abordaje de la realidad a partir de la formulación de problemas concretos y la búsqueda controlada de vías de solución.

Sin embargo, la pesquisa es de utilidad no sólo en la vida académica y profesional, sino también —y hoy más que nunca— en la vida cotidiana. Ninguna decisión puede tomarse ni estrategia definirse sin contar con los conocimientos que la investigación proporciona. Sin formación metodológica es difícil establecer qué clase de información se necesita y cómo obtenerla, tampoco pueden ser comprendidos ni vinculados con provecho la enorme cantidad de datos disponibles especialmente a partir del uso de las tecnologías de información y comunicación (TIC). Manejar la metodología es abrirse al proceso de fabricación de datos, es entender sus condiciones de producción, identificar su materia prima, analizar críticamente la calidad de los procedimientos y los dispositivos implicados en su elaboración.

Perfil profesional del periodista del tercer milenio

Acabo de ver en la prensa el otro día que de una universidad local se graduaron muchos comunicadores, demasiados diría yo. ¿Es tanta la necesidad del medio para este campo? Además revisando la formación ideológica de esa universidad me doy cuenta que esos comunicadores ya tienen un área de trabajo determinado, los medios masivos. (...) ¿Con qué filosofía o ideología deberían formar las universidades? ¿No está todo comunicador desde su formación cargado de una ideología dirigida a lo masivo y al consumismo?
Ramiro Muñoz, 2002

Daniel Prieto establece cinco puntos que debe incluir una formación básica en comunicación y periodismo:

  1. capacidad de expresión;
  2. capacidad de análisis de mensajes;
  3. conocimiento de la situación social en que se vive;
  4. capacidad de realizar diagnósticos comunicacionales;
  5. conocimiento de la estructura y funcionamiento de los distintos medios de comunicación, con sus implicaciones económicas, políticas y sociales, y sus posibilidades de uso
  6. A partir de esa propuesta y en consideración con el contexto de transformación estructural que viven varios países de América Latina, se plantea la urgente necesidad de formar comunicadores y periodistas que racionalicen e implementen los cambios necesarios con una visión amplia y bien iluminada, mirando el porvenir con los pies puestos firmemente en la tierra. En este punto de transición histórica hacia el nuevo Estado indigenista, autonomista y pluricultural, se requiere profesionales renovados con compromiso y responsabilidad social, esto es, vocación de servicio.

En el ámbito de las Ciencias Sociales se establece la necesidad de formar profesionales orientados a impulsar procesos democráticos que coadyuven al desarrollo humano y la construcción de ciudadanías participativas. Para lograrlo se requiere excelencia académica —más allá del simple discurso publicitario de algunas entidades educativas— que se instituye no sólo a partir de la formación permanente y el compromiso animoso del docente y el estudiante en una relación dialógica, sino también en la calidad de sus ideas, principios y actuaciones como un ejemplo de vida coherente en la persecución constante de una visión de país íntegra, asumiendo el rol central de la investigación en la generación de la misma.

Para ello, se precisa una metamorfosis gradual de la mentalidad académica latinoamericana, que lleve a la urgente reestructuración curricular para la búsqueda de soluciones a los problemas planteados por la demanda social y, por otro lado, su adecuación a la estructura del mercado laboral, totalmente saturado para algunas profesiones y completamente virgen para otras de reciente surgimiento. Ambos aspectos vigorizarán la proyección profesional de las nuevas generaciones y les permitirá insertarse exitosamente —lo que supone capacidad analítica, crítica y propositiva— en el campo de su ocupación u oficio, además de poder proyectarse en el ejercicio de la docencia y la investigación científica. Entonces, unote los problemas de fondo que debemos comenzar a debatir seriamente es la orientación y compromiso que debe tener el profesional de la Comunicación en nuestra sociedad de principios de siglo, que no es sólo una cuestión curricular (plan de estudios), sino también epistemológica (manera de conocer lo que sucede), política (sentido y dirección de las acciones) y ética.

Más allá de polemizar la ineludible función de la investigación científica que debe impulsar y promover la universidad —la cual lamentablemente se limita a la tesis de grado como una opción posible entre las diversas modalidades de titulación—, me pregunto sobre la finalidad de la formación académica, más orientada en el caso de Comunicación a la escasa demanda de los medios masivos (televisión, prensa, radio) de orientación comercial. Poco se ha trabajado en el ser profesional del Comunicador Social, que se asienta propiamente en el ámbito de los actores en relación en situaciones y contextos históricos determinados de producción, intercambio y utilización de sentidos. El análisis de esta interacción socio-cultural que asienta realidades es el punto de partida para cualquier proceso de intervención comunicacional.

De ahí surge inmediatamente la interrogante: cómo los Comunicadores Sociales podemos comprender e intervenir en las prácticas sociales si no (re)conocemos y apre(he)ndemos ese complejo entramado social boliviano como hecho multicultural, pasando de la multidisciplinariedad (una aproximación al objeto de estudio desde diferentes ángulos, usando distintas perspectivas disciplinarias sin llegar a la integración), por la interdisciplinariedad (creación de una identidad metodológica, teórica y conceptual de forma tal que los resultados sean más coherentes e integrados) hasta llegar a la transdisciplinariedad: proceso en el cual ocurre la convergencia entre disciplinas, acompañado por una integración mutua de las epistemologías disciplinares (teoría de las Ciencias Sociales).

Al plantear que el Comunicador profesional interviene en las prácticas sociales con un claro compromiso con su realidad y los actores allí involucrados, y con la construcción de alternativas viables y factibles —lo que supone una postura política evidente—, se pone en evidencia que la Comunicación es mucho más que los medios y sus “estrellas”, y que se constituye en un componente consustancial a los procesos sociales y de desarrollo, es decir, sus mediaciones. En consecuencia, se pone de manifiesto la necesidad de formar al Comunicador-investigador, es decir, un profesional capaz de abordar la trama de relaciones que los actores construyen en espacios sociales específicos desde la comprensión y análisis de procesos de significación y producción de sentido (prácticas comunicativas). Esto, sin duda, le permite convertirse —gracias a un riguroso manejo metodológico de la investigación— en un articulador de saberes y prácticas en contacto dialógico con los actores, lo que le faculta para el planteamiento de un marco teórico y referencial a partir de la situación de comunicación analizada en su contexto, de la historia y de la experiencia acumulada por el investigador/comunicador respecto de esa situación que es partícipe.

En esta formación continua del profesional del Comunicador en la que adquiere los conocimientos especializados respectivos para ejercer una ocupación u oficio, y los desempeña de una manera particular desde la práctica, requiere el fortalecimiento de una permanente actitud científica como estilo de vida (Ander-Egg, 1995), que le permita enriquecer la profesión desde su esencia: profundizar el sustento teórico de la práctica. Una profesión, en particular, y una forma de vida, en general, con tales características, en todas las circunstancias y momentos, no deja los hechos a la casualidad o la improvisación, desarrolla una conciencia crítica, reduce los prejuicios y juicios de valor y, sobre todo, se maravilla ante el mundo que le rodea con fascinación infantil. En palabras de Ezequiel Ander-Egg (:121), asumir esta actitud vital es afinar la curiosidad insaciable, la predisposición a detenerse frente a las cosas para tratar de desentrañarlas, sensibilizar nuestra capacidad de detectar, de admirarse, de interpelar, de preguntar(se) ante los hechos que nos rodean en busca de la “verdad”.

Para lograrlo se trata es de combinar estratégicamente la formación del Comunicador Social del tercer milenio con la búsqueda de cualificación docente, ligada a la construcción de una relación activa-cooperativa con el mercado laboral (pasantías), el Estado (incidencia en políticas públicas y estrategias de desarrollo), las organizaciones sociales (conocimiento y respuesta a sus demandas) y los gremios comunicacionales (integración protagónica) mediante actividades académicas y de extensión. Paralelamente, hay que pensar en la búsqueda de recursos, equipamiento informático e infraestructura para el cumplimiento del perfil propuesto.

De la apuesta a la propuesta

A continuación propongo algunas ideas preliminares en torno a la formulación del perfil profesional del Comunicador Social del Tercer Milenio, enfocado al desarrollo humano sostenible del país y la formación de ciudadanías participativas, especialmente de los sectores más vulnerables.

  • El currículo debe tener necesariamente un componente multi e interdisciplinario con profundidad en la construcción de nuestra identidad disciplinaria desde la perspectiva de la Escuela Latinoamericana de la Comunicación, y otro componente actitudinal sobre la base de la formación de valores, actitudes (autocrítica, empatía, democracia) y ética. Todo ello debe tener el enfoque de la diversa realidad boliviana pluricultural y multilingüe.
  • La formación integral del “nuevo” comunicador se asienta en un eje transversal: la investigación científica y social para el desarrollo y el cambio social y político.
  • La “socialización” (difusión y comunicación) de los nuevos conocimientos producidos a la sociedad —especialmente a los sectores más vulnerables para la resolución de sus problemáticas más urgentes y la construcción de su propio desarrollo a mediano y largo plazo mediante la alfabetización científica— y a los sectores políticos que toman decisiones —para su influencia en la formulación y ejecución de políticas públicas y estrategias de desarrollo— se convierte en una tarea clave que desde ahora se denominará extensión universitaria. Por lo tanto, el proceso de comunicación entre la Universidad y la sociedad se basa, especialmente, en el conocimiento científico y tecnológico.
  • La construcción de este perfil profesional requiere de docentes-investigadores (DI), que ejerzan el rol de líderes en la Universidad y en la sociedad para constituirse en constructores o actores de procesos de cambio. Este DI debe construir, ejercer y transmitir un poder disciplinar (dominio del conocimiento, de un área temática) y un poder ético (credibilidad) que se reflejen en un poder carismático frente a la sociedad boliviana y la sociedad científico-comunicacional. El DI traduce los nuevos conocimientos producidos en la docencia mediante el ejercicio de una pedagogía crítica, analítica y propositiva, y frente a la sociedad por medio de una labor permanente de extensión tal como fue concebida anteriormente.

Ahora planteo algunos retos que debiéramos asumir los profesores para una adecuada conducción del proceso de investigación en las escuelas de Comunicación, para que el comunicador sea capaz de planificar, orientar y ejecutar sistemática y planificadamente proyectos de investigación e intervención comunicacional, con el consiguiente dominio de los métodos y técnicas pertinentes a la naturaleza de cada problema abordado.

Por tanto, se pretende que el profesional en Comunicación pueda concebir y administrar un procedimiento de trabajo, examinar las aportaciones y limitaciones de los modelos metodológicos y practicar las recomendaciones brindadas por el profesor en forma flexible, crítica e inventiva en función de sus objetivos investigativos. Del mismo modo, el estudiante debe desarrollar competencias comunicativas para elaborar y transmitir de manera oral y escrita pensamiento científico social y comunicacionalmente relevante a la coyuntura que se vive en el país, en la región y el mundo.

Revisemos algunas de estas tareas urgentes:

  • Acompañar y apoyar sistemáticamente la formación metodológica del comunicador para que sea capaz de concebir y poner en práctica de forma coherente una estrategia de intervención (proyecto de grado) o un plan global de investigación (perfil de tesis) que lo lleve a conocer, interpretar, explicar o intervenir en los fenómenos políticos con un máximo de autenticidad, coherencia, eficacia, comprensión y rigor metodológico.
  • Despertar y estimular el sentido de observación acerca de los múltiples fenómenos comunicacionales del entorno social.
  • Sensibilizar al comunicador para que asuma una actitud vital que se derive de la insaciable búsqueda de la verdad y de la permanente problematización de la realidad social, en busca de soluciones a problemáticas concretas.
  • Tratar en orden lógico y sistemático los pasos necesarios para la formulación/estructuración de un proyecto de investigación o intervención, que consolide la coherencia del conjunto del procedimiento científico en las ciencias sociales, en general, y en el campo de la Comunicación, en particular.
  • Brindar las herramientas e instrumentos metodológicos pertinentes para facilitar el diseño de investigación.

 El desafío está públicamente planteado, colegas y compañeros. Es imprescindible por parte de los comunicadores y periodistas una profunda reflexión crítica, en un proceso orgánico y sin exclusiones, sobre nuestro rol en el contexto social y político incierto que se vive en América Latina.

_____
Notas:

[1] “El comunicador silencioso. Aproximación a la investigación en la escuelas de comunicación en Bolivia”, en Erick Torrico Villanueva (coord.), El estado de la investigación de la comunicación en Bolivia, La Paz, Azul Editores, 2005, pp. 11-27.
[2] “Notas sobre la formación del periodista”, Diálogos de la comunicación, FELAFACS, disponible en: http://www.dialogosfelafacs.net/dialogos_epoca/pdf/19-04DanielPrieto.pdf
[3] Mapa de los centros y programas de formación de comunicadores y periodistas en América Latina y el Caribe, FELAFACS, Lima, 2009
[4] Nodo50, “La lucha por la definición de la realidad”, en [Internet], http://www.nodo50.org/moc-carabanchel/documentos/mutirrealidad.rtf, pp.14, 7 de agosto de 2007.
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* Carlos A. Camacho Azurduy es colaborador de SdP, comunicador social boliviano y profesor universitario de pre y posgrado.


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