Sala de Prensa

122
Diciembre 2009
Año XI, Vol. 5

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   


Los medios son el fin. Medios sin fin. El fin de los medios.
Y, especialmente, el fin no justifica los medios

José  Zepeda Varas *

“Es importante para los periodistas reconocer sus límites. Al final no somos actores, y no debemos aspirar a serlo. Nosotros no somos los responsables de las acciones… La crítica tiene su papel en una democracia, pero nosotros no tenemos el compromiso de conseguir resultados”.
Hugo Young

Los medios y la democracia

En democracia todo está permitido, salvo aquello que está prohibido. En dictadura todo está prohibido, salvo aquello que está permitido. ¡Qué diferencia fundamental entre libertad y tiranía! La democracia es “conversatorio” permanente, público, con una amplia y diversa gama de gente, opiniones e intereses muchas veces contrapuestos. Su singularidad radica en la sustentabilidad que le da la comunicación plural con su inagotable trajinar de proximidades y distancias humanas. El propósito último de la charla democrática es la búsqueda de consensos que nos permitan vivir juntos.

Recuerdo del pasado. Si bien es verdad que el primer periódico se publica en 1605, lo cierto es que las fechas decisivas de la aparición de los medios de comunicación de masas son las de 1895 (cine); 1896 (radio y telégrafo); 1928 (ano de las primeras emisiones comerciales de televisión), y 1989 (masificación de Internet).

Los medios han transitado por tiempos históricos propios. El primero fue de descubrimiento, de experimentación, se extiende desde las postrimerías del siglo XIX hasta comienzos de la década de 1930. En esa víspera del horror comienza a gestarse la instrumentalización de los medios, especialmente la de la radio con fines propagandísticos durante la Segunda Guerra Mundial. Es el fin de la inocencia de la maravilla tecnológica. América Latina, mayoritariamente, hace suyo el discurso aliado.

El fin de la gran guerra traerá  los días de la reconstrucción, de la esperanza, si bien en el marco duro y polarizado de la Guerra Fría. Tiempo, también, de exaltación democrática, de sueños revolucionarios, al que le seguirán noches de dolor, dictaduras militares que se propagaron durante los años 1970 y eclipsaron en los 1980. De ahí en adelante, democratización, búsqueda, retorno intermitente de la ideologización, de tiranteces en las relaciones internacionales.

Los procesos de democratización son complejos por la herencia que los determina y para la consecución de las reformas se requiere del esfuerzo tenaz de la razón. El diputado y periodista argentino Miguel Bonasso lo expresa así:

el tema de la libertad de expresión, en un país donde desaparecieron más de cien periodistas y más de treinta mil ciudadanos sin que los medios de la época registraran el fenómeno, debería ser asumido por el conjunto de la sociedad o al menos por sus sectores más lucidos y comprometidos con la construcción de una verdadera democracia1.

El tiempo de la pena fue también de las claudicaciones periodísticas, con pocas excepciones que salvan la dignidad de la profesión al costo de vidas irremplazables. Cuando el contenido y la forma se deciden con una pistola sobre el escritorio no es fácil argumentar la independencia de juicio y la libertad de prensa. Pobres serian estos recuerdos si pretendieran anclarse en el pasado, el recordar sólo es fecundo cuando sirve para ayudarnos a entender mejor el camino, particularmente en esta zona del mundo en donde tantos son dados a la desmemoria.

Si la democracia es el siempre frágil equilibrio entre ideales contrapuestos ¿cuáles son las responsabilidades de los medios con la democracia?

  • Fomentar, mediante el debate, una sociedad informada.
  • Canalizar las inquietudes sociales en la esfera pública.
  • Contribuir, mediante la polémica, a la creación de escenarios en los que se ventilen las inquietudes prioritarias de la vida en común.

La primera función de la comunicación democrática es impulsar una comunidad interrelacionada. La opinión pública se moldea merced a la confluencia de dos corrientes: por un lado, de las personas con su potencial de conocimiento y evaluación; por el otro, de los flujos informativos que ellas reciben. El público es la suma de esos afluentes, que constituyen, cada uno, miradas particulares de interpretación e iniciativa.

Los estímulos de la información circulante van en aumento exponencial.

En el lapso de 24 horas se reciben millones de palabras y miles de imágenes, que elevan los mensajes a lugares preponderantes de la plaza pública. Para dar un dato más concreto, el consumo informativo fluctúa diariamente entre 270 y 304 minutos.

Para que la información sirva de base a una opinión pública activa (que no sea sólo audiencia pasiva), se requiere mucho más que esa abundancia la cual, en realidad, amenaza, por exceso, revertir sus bondades. El crecimiento exponencial de la comunicación deriva en un alud que la reduce a niveles mínimos.

Es imposible consumir la oferta debido a la capacidad humana de registro en lapsos de tiempo cada vez más restringidos. La información parece venir de todas partes y de ninguna. Al final, la selección llevaría más tiempo que el conocimiento de lo que seleccionamos, mientras se pierden las referencias en las que nacen las informaciones. La información entra y sale tan rápido como llega. Uno de esos rasgos diferenciadores y útiles del periodismo es su capacidad para ofrecer comunicación seleccionada y relevante.

¿Que otros factores supeditan la calidad de la información democrática?

La censura previa, las presiones de los poderes sobre el derecho de informar. Como afirma el periodista y escritor argentino Tomas Eloy Martínez:

no sólo se necesita un cambio económico sino especialmente un cambio radical de modelo político. O si se prefiere, una renuncia definitiva a la consolidación de un pensamiento único que se exaspera cuando el menor atisbo de disenso asoma la cabeza.”

Ese es precisamente uno de los grandes peligros que acechan al periodismo: el gesto autoritario, propio de aquellos que ven en la crítica intentos de desestabilización. La razón de Estado se encarga de exacerbar otras intolerancias.

La calidad informativa se ve amenazada también por la costumbre inveterada de desprestigiar las opiniones de la minoría. Esta forma regresiva de convivencia social afecta por igual a la minoría política, a los pueblos y comunidades étnicas, a algunas creencias religiosas. La condición de minoría condiciona la presencia en los medios. Cuando alguna gente se cree mejor porque es parte de la mayoría, es precisamente cuando es peor.

Otro elemento condicionante de la comunicación democrática es la excesiva concentración de los medios de comunicación con monopolios que reducen significativamente la diversidad, y llevan a la ruina a empresas pequeñas y medianas.

Sin duda, otro hecho que cerca la relación entre medios y democracia es el uso de la religión como arma política. El intento cíclico de algunas jerarquías eclesiásticas de forzar decisiones en los asuntos de Estado distorsiona las misiones de cada cual. A la vez, las convicciones fundamentalistas de cualquier naturaleza hacen del desprecio de la opinión ajena una forma desquiciada de estar en el mundo.

Un ejemplo: recientemente una fatua ha desatado una virulenta polémica en el mundo musulmán. La pronuncio a finales de marzo de 2008 el clérigo Saudita Abdul Rahman al Barrak, de 75 años. En ella exige a dos columnistas de prensa que se arrepientan de lo que escribieron o de lo contrario “deberán ser ejecutados como apostatas del Islam y no tendrán derecho a los rituales del entierro”. ¿Qué reprocha Al Barrak a Abdula Bin Bijad y Yusuf Abu al Khayl? Haber sostenido en sendos artículos, publicados en marzo del 2008 en el diario Al Riad, que los seguidores de otras religiones monoteístas, como el cristianismo o el judaísmo, no deben ser tachados de infieles como hace el wahabismo, la versión rigorista del Islam que impera en Arabia Saudita. Pese a no ser un ejemplo regional no es descabellado, porque los poderes en América Latina muchas veces han pagado a sicarios para eliminar a periodistas que les resultan molestos. Las diferencias son geográficas y de credo, que no de instintos criminales.

Por ultimo, el proceso de “invisibilización” en este caso intencionado, ya que los medios, debido a las exigencias que impone la publicidad, dividen los públicos en solventes y marginales, y ello conduce a que los pobres pueden ver y escuchar pero su existencia ha sido degradada porque no tienen con que comprar. Esta categorización conduce directamente al silenciamiento de grandes sectores.

Contingencia regional

La opinión pública sólo puede tener prevalencia en la medida en que los poderes no sean omnímodos, que su quehacer este sujeto a evaluación y critica. Es derecho irrenunciable que las percepciones se pongan en común sin temor a represalias, con libre acceso a las valoraciones a través de medios de emisión, transmisión y recepción incluyentes. La ausencia de libertad de expresión crea un vacío democrático que explica en cierta forma por que la pobreza también es negación de información. Así lo ha demostrado la Premio Nóbel Amartya Sen. La exclusión verbal se vive como ostracismo comunicacional.

La diversidad de medios ayuda a que la opinión pública emerja libremente.

Es la pluralidad el mejor antídoto para conjurar el adoctrinamiento, la manipulación o las ofertas empobrecidas a las que nos acostumbran estrategias comunicacionales más pendientes de sus ingresos que de los contenidos. Los medios alternativos, en este aspecto, son surtidores que abarcan con sus producciones a sectores tradicionalmente ninguneados en el elenco de los actores mediáticos.

El mejor periodismo siempre ha sido capaz de mirarse a si mismo con ojos críticos. Se lo reconocerá porque internamente promueve la modificación del ejercicio profesional incorrecto. La lista de los inconvenientes podría ser más larga pero, por ahora, presentemos los puntos siguientes:

• La connivencia de algunos medios con poderes económicos u opciones ideológicas los conduce a interpretaciones sesgadas e interesadas de la realidad. Por lo general los intereses políticos y económicos se disimulan bajo la panacea de la libertad de prensa, que es exhibida como sinónimo de libertad de empresa. En los casos más extremos se llega a esgrimir a los medios como entes de combate para atizar el odio.

• La manipulación periodística con el propósito de servir “a buenas causas”. La práctica deja ver su arista perversa cada vez que condena la manipulación usada por los adversarios, pero la justifica cuando se trata de causas propias, adornadas siempre con halos de bondad contrapuestas a la maldad de los contrarios. Sensibilidad selectiva que abarca otros campos fundamentales como el respeto a los derechos humanos. Un caso reciente tuvo como telón de fondo la huelga de hambre de los fiscales hondureños que optaron por tan dramática medida con el fin de reclamar el saneamiento de las instituciones públicas para combatir la corrupción. En conversación telefónica con el responsable principal de esta queja, Víctor Fernández, presidente de la Asociación de Fiscales de Honduras, argüía que “los grandes medios de comunicación han jugado un papel que tiende a desinformar sobre las razones de nuestra lucha, a generar campañas de desprestigio personal sobre los huelguistas y sobre la sociedad organizada que nos acompaña en este proceso”. Esos medios, en su despropósito, intentaron vincular a los huelguistas con el crimen organizado, pero vastos sectores sociales percibieron la maniobra, y respaldaron, pese a todo, a los huelguistas, porque entendieron que sus objetivos no eran el aumento salarial, ni las prebendas personales, sino la exigencia de una respuesta seria de las entidades del Estado para iniciar la renovación ética que se precisa para quebrar el vinculo perverso existente entre ciertos sectores políticos, algunos empresarios de la comunicación, y miembros del poder económico, todos involucrados en la corrupción y en la impunidad, ambos elementos relevantes en la generación y la perpetuación de la pobreza. La huelga de hambre fue una voz de alarma para el país, infortunadamente los grandes medios no acompañaron esta campanada destinada a remecer los dispositivos morales de la gente.

• Existen esfuerzos para crear reglamentos, libros de estilo y comités de redacción pero no se trata todavía de una tendencia generalizada en América Latina. Este déficit deontológico perjudica especialmente a los periodistas que se saben desprotegidos ante propietarios que ejercen su autoridad de forma perturbadora.

• Sigue siendo habitual, por desgracia, la compra de periodistas por parte de diversos poderes, los establecidos y los ocultos. La fuerza económica es persuasiva, convincente en su poder adquisitivo. Menos conocido es el caso de negociaciones entre directivos de algunos medios y representantes de diversas instituciones públicas y privadas que buscan juntos la elección de los periodistas que van a cubrir esas fuentes. Esta graciosa concesión de autonomía sienta precedentes nefastos que derivan rápidamente en tradición.

• Se requiere información de calidad, multifacética, esencial, profunda. Sin embargo, los grandes requerimientos de estos tiempos parecen ir a contrapelo de lo deseable pues la selección es demasiadas veces banal, retórica, unilateral. Esto es malo para el periodismo y para la democracia. El valor de la información se relaciona intrínsicamente con la calidad del periodismo, y es en este sentido en donde las carencias son palpables; tanto, que terminan en el desquiciamiento de los contactos con los políticos. El desconocimiento o la ignorancia incoan irritabilidad y desconfianza. No existe un público general, sino públicos, sectores, ciudadanos, grupos. Pero los medios responsables, especialmente si se ocupan de cuestiones políticas, económicas, sociales y culturales, no pueden trabajar para el techo más bajo sino pensar que escriben y emiten para los sectores que toman decisiones, sean estos públicos o privados, gobiernos o sindicatos, empresas u organizaciones de mujeres. Esto no significa hacer elitismo ni periodismo académico. La gracia, como se suele decir, es encontrar el punto entre la responsabilidad, la eficacia y el rigor informativo. En este sentido es útil tener presente la advertencia de Halperin, quien nos recuerda que la inmensa mayoría de los periodistas pertenece a la clase media, lo que explica la prevalencia de las visiones, los gustos, las virtudes y las manías de esta clase en los medios de comunicacion2. Hay sectores de público que se pueden manipular, pero existen otros segmentos sociales que no pueden ser manejados a discreción. El tiempo les ha ensenado a lidiar con los recursos de la comunicación, aunque una educación complementaria los capacita o capacitaría mejor para comprender el quehacer de los medios, su posición editorial y el sentido de sus contenidos.

Ante la pregunta del ciudadano que quiere empezar a saber “¿que debo hacer para estar informado?”, la mejor respuesta es enseñarle a leer el lenguaje de los medios. El fomento de la capacidad interpretativa de los mensajes es inversión, apuesta social trascendente. Las instituciones no se han planteado hasta ahora la posibilidad de incluir en los planes curriculares el estudio sistemático de la comunicación a partir de la enseñanza básica.

Por supuesto, ser periodista no garantiza que sepamos leer los medios, ni siquiera los que nosotros mismos producimos. El periodismo precisa de relecturas y reaprendizaje que permitan ejercer la profesión con el rigor que los tiempos demandan. Seguramente una mayor sabiduría dotaría al periodismo de esa humildad de la que carecemos la mayoría.

Medios y política

“Es cierto que en las sociedades democráticas, tanto los políticos como los comunicadores proclaman la defensa de la libertad y aborrecen de cualquiera forma de control sobre las comunicaciones. Sin embargo, la libertad de información política y su representatividad y pluralismo se hallan constantemente amenazados por la propia estructura oligopólica de los medios y por la tendencia, connatural al poder burocrático, de buscar el control sobre el máximo de esferas de actuación social”.
José  Joaquín Brunner

La referencia obligada sobre medios y política es el informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, del 2004 La democracia en América Latina. Hacia una democracia de Ciudadanas y Ciudadanos. El documento recoge las dificultades que han terminado por ubicar ambos sectores en aceras distintas. Las fuentes de fricción son múltiples pero pueden resumirse en dos elementos básicos. Por una parte, los políticos desean hacer de los medios de comunicación vehículos para la promoción sus intereses, lo que los lleva a ser renuentes a la crítica y al control público.

Por otro, los medios pretenden dictar las agendas de los políticos o de los gobiernos y, en esta búsqueda son frecuentemente agresivos, inclinados a la difusión de noticias escabrosas y al escándalo.

¿Son hoy los periodistas narradores de la realidad? ¿O más bien merodean por los márgenes? La pregunta es pertinente porque está en entredicho si la tarea que se han fijado cumple o no con su deber de ayudar al ciudadano en la ingente tarea de darle sentido, coherencia, al alud de datos que reclaman su atención. De la respuesta depende que seamos o no capaces de convivir en una sociedad donde las libertades tengan sentido, en donde la solidaridad de los destinos no sea una entelequia.

El dialogo directo entre periodistas y políticos que ha impulsado el proyecto Medios de comunicación, política y Democracia en los países andinos, y en Centroamérica y el Caribe da una posible respuesta a la urgente necesidad de reflexiones conjuntas. No es el propósito de sus promotores eliminar las diferencias como tampoco estimular contactos afables. Por su naturaleza distinta siempre existirán tensiones entre políticos y periodistas.

Lo que se busca es que esa insalvable distancia democrática se mantenga dentro de limites de reciproco respeto para evitar que las tensiones deriven en arrebatos3.

Las normas fundamentales del periodismo las conocemos por diversos ejemplos y buenas fuentes. Una interesante síntesis es la que hacen Bill Kovach y Tom Rosenstiel en su libro Los elementos del periodismo:

1. La primera obligación del periodismo es la verdad.
2. Su primera lealtad es hacia los ciudadanos.
3. Su esencia es la disciplina de la verificación.
4. Sus profesionales deben ser independientes de los hechos y personas sobre las que informan.
5. Debe servir como un vigilante independiente del poder.
6. Debe otorgar tribuna a las críticas públicas y al compromiso.
7. Ha de esforzarse en hacer de lo importante algo interesante y oportuno.
8. Debe seguir las noticias de forma a la vez exhaustiva y proporcionada.
9. Sus profesionales deben tener derecho a ejercer lo que les dicta su conciencia4.

Ser congruente con estos principios excluye pensar en relaciones armoniosas entre periodistas y políticos, ya que ambos sectores reclaman su independencia.

No es cosa de antagonismo, se trata simplemente de caracteres incompatibles.

Se suele decir que los medios son tan esquizofrénicos como los políticos, porque se necesitan, se confunden mutuamente, y al mismo tiempo las dos partes presumen de estar en estamentos diferentes. Los políticos están obligados por la responsabilidad del poder a no perder de vista cual debe ser su comportamiento con la sociedad; los periodistas tienden a decir que en nombre de la sacrosanta libertad de expresión su tarea fundamental es criticar al poder. Todo esto es de una simplicidad nada convincente.

Es cierto que los periodistas deben estar preparados para criticar al poder si lo que hace es dañino para la comunidad, pero también hay que ser justamente autocríticos con el propio poder de los medios que muchas veces es de tal calibre que genera tantos o peores danos que los de la propia acción política.

Juan Luis Cebrián, primer director del diario español El país, en entrevista con Radio Nederland dijo que existe el “ensoñamiento” de muchos periodistas, merced al cual tienen la creencia de que pueden condicionar los comportamientos sociales o políticos a través de los editoriales en los periódicos o los programas en la radio y la television5.

Pretensión abusiva y falsa. Si un medio marca la agenda política de un país democrático, puede ser, cuando menos, por dos razones: porque hay una alianza con el poder político; o porque el medio se ha enrolado en coaliciones oscuras, económicas y políticas, que pretenden, tacita o explícitamente la caída del gobierno. Otra cosa es que los medios, al denunciar corrupciones o abusos del poder, puedan señalar e influir, junto con otros actores y mensajes, la agenda política.

La suposición de que la democracia es un régimen perfecto e incorrupto, en realidad es una suposición absolutista. La mejor democracia posible facilitara condiciones de vida digna para sus ciudadanos y funcionamiento recto de acuerdo con el Derecho. Pero hay que asumir que tanto el poder político como el periodismo (dos actores entre otros), nunca serán perfectos.

Esto, a la vez, no los disculpa de sus errores; por eso, al poder hay que pedirle que sea transparente y que no mienta, aunque más grave todavía son sus silencios, sus arcanos, la suposición de que hay cosas sobre las que no se habla. A los medios hay que exigirles que no deformen, no confabulen, no oculten, no adulen.

Unas de cal...

Hay gobiernos que parecen empeñados en doblarle la cerviz a la prensa crítica. En tales ocasiones las relaciones mutuas pasan primero por las artimañas, y luego alcanzan el puro enfrentamiento, los juicios sumarios a aquellos que violan la intimidad del poder. La forma más aguda, por supuesto, es la represión directa, el crimen, la amenaza sobre las familias. Las cifras y datos que nos ofrecen cada año Periodistas sin Fronteras muestran que la represión a la prensa es recurrente y grave.

En 2007 la violencia volvió a ser un tema especialmente acuciante para el periodismo en la región, mediante asesinatos, agresiones y amenazas. Los actos han sido perpetrados por agentes del Estado y particulares. Hubo al menos 16 asesinatos y tres desapariciones vinculados con el ejercicio de la profesión. Los asesinatos de comunicadores ocurrieron en Brasil, Colombia, Estados Unidos, Guatemala, Haití, Honduras, México, Paraguay y Perú.

La libertad de expresión gana cuando se rompe el cerco de la impunidad a través de la búsqueda y condena de los responsables de los delitos.

Durante 2007 hubo algunos avances en varias investigaciones sobre los asesinatos de comunicadores en el pasado o durante ese año. Sin embargo, la ausencia de una debida investigación en muchos asesinatos de periodistas ocurridos en los últimos años, es fuente de inquietud. Estos crímenes impunes propician nuevos asesinatos y una acuciada autocensura de los perseguidos.

El Estado recurre a las mismas tácticas usadas por empresarios inescrupulosos que asfixian a medios independientes cortándoles la publicidad.

El gobierno hace lo propio con la cartera estatal: la reparte como dadiva a los amigos y simpatizantes, y la niega al resto. Cuando el periodista tiene la suerte de poder hablar en confianza con algún representante de esos gobiernos, le dice que no es más que la reacción de legítima defensa de los asediados por la prensa bárbara, dispuesta a todo. El presidente francés Nicolás Sarkozy, por ejemplo, adjudico la caída de su popularidad, un año después de ser elegido, a que la prensa lo trata mal.

Es cierto que no pocas veces grandes propietarios de medios de comunicación utilizan sus empresas como armas de combate, en su calidad de autores o cómplices de estrategias sediciosas, pero ningún régimen democrático tiene derecho a copiar maniobras de inspiración delictiva, ni a justificar sus injusticias con las de los otros. Por lo demás, esos gobiernos no discriminan, para ellos toda la prensa independiente es sospechosa de complicidades antidemocráticas.

Otro problema es cuando los gobiernos se divorcian unilateralmente de los medios de comunicación, se encapsulan. El Presidente no otorga entrevistas, no ofrece conferencias de prensa, y cuando lo hace esgrime sus argumentos pero no acepta interrogantes ni aclaraciones. Crea, cuando lo estima oportuno, su propio programa mediático en el cual no aparecen esas preguntas insidiosas de gente malhadada que tiene por pésima costumbre poner todo en duda. Metiches.

... algunas de arena

En esta conflictiva y tensa relación entre medios y poder político, o entre democracia y autoritarismo en el terreno de la comunicación, nada más alentador para la región que el caso de la ley Televisa, en México. En junio de 2007 la Suprema Corte de Justicia de la Nación declaro resuelta la acción de inconstitucionalidad contra las reformas a la Ley Federal de Radio y televisión y confirmo la invalidez de artículos clave de la llamada Ley Televisa.

La resolución desataba una agria polémica entre el poder mediático y representantes de la sociedad civil que lograron una victoria judicial sin precedentes. La lucha no ha terminado porque el legislativo aun no aprueba la Nueva Ley de Radiodifusión y Telecomunicaciones. Sin embargo, el caso se ha transformado en un ejemplo para América Latina y El Caribe.

Javier Corral, presidente de la Asociación Mexicana de Derecho a la información, AMEDI, y uno de los impulsores de la nueva ley, considera que:

un servicio público tiene que, en primer lugar, garantizar su cobertura a todos los ciudadanos y responder a los intereses de los gobernados y hacia allá deben dirigirse los contenidos. Más que una ley que diga qué puede o no decir la televisión, queremos una legislación que ciña el servicio público de radiodifusión, esté en manos de entes públicos o en manos privadas, hacia el desarrollo democratico6.

Otro interesante antecedente ha ocurrido en Uruguay. El 12 de diciembre de 2007, los diputados de ese país aprobaron definitivamente la nueva legislación de medios comunitarios. La norma establece que un tercio de las frecuencias disponibles deberá concederse a medios comunitarios, en su mayoría pequeñas radios (cerca de 200).

Redactada inicialmente por la Asociación Mundial de Radios Comunitarias (AMARC), la Asociación de la Prensa Uruguaya (APU), y la Central de Trabajadores (PIT-CNT), la nueva legislación define las radios y televisiones comunitarias como “servicios de interés público independientes del Estado, proporcionados por asociaciones civiles sin animo de lucro”, destinados a “satisfacer las necesidades de la comunicación, consagrar el ejercicio del derecho a la información y la libertad de expresión” de los ciudadanos. La ley fija pocas restricciones, salvo la ausencia de ánimo de lucro y de proselitismo político o religioso, para calificar a un medio como “comunitario” y concederle el derecho a emitir.

La concesión de frecuencias, por otra parte, se hará “mediante concursos abiertos, transparentes y públicos”, y no dependerá, como antes, de los criterios del Estado. Ahora habrá un Consejo Honorario Consultivo, formado por representantes del Estado, de la sociedad civil y de universidades públicas y privadas, habilitado para intervenir en el proceso de concesión y renovación de las frecuencias.

En muchos países se han creado observatorios destinados a monitorear los medios de comunicación. Esa trilogía compuesta por periodistas, investigadores y consumidores crea un circulo virtuoso que posibilita el dialogo y, especialmente, la ampliación de los participantes en el análisis de la comunicación. Los problemas no son menores para mantener estas iniciativas pero su existencia es la mejor demostración del interés colectivo que existe en el área latinoamericana y del Caribe por incidir en la forma y contenido que generan los medios. Se trata de una incidencia democrática que debe alegrar a los medios, porque al final de cuentas estos siempre han dicho que desean hacer lo que la gente quiere y espera. Pues bien, los observatorios, entre otras actividades, intentan estructurar sugerencias concretas en esa dirección.

Holanda puso en marcha un programa semanal de televisión destinado al análisis del quehacer periodístico en el país. La idea nace como consecuencia de un discurso de la reina Beatriz (un 3 de mayo, Día Internacional de la Libertad de Prensa), en el que al referirse a la prensa afirmo categórica: “De leugen regeert” (la mentira reina). Ya teníamos el nombre ideal para el programa, “La mentira reina” pasa revista, cada semana, a las principales erratas de la comunicación. Un presentador, dos especialistas invitados, y los propios autores de los diversos géneros periodísticos discuten con los afectados los alcances de lo dicho, lo escrito y lo proyectado.

El principal merito del espacio es ventilar sin tapujos los errores, las malas interpretaciones, o los alcances del sensacionalismo, tentación tan en boga en el actual periodismo.

Visión política

Hay políticos que dejan huellas perdurables. Valentín Paniagua, ex presidente del Perú, es uno de ellos. Dirigió el país sólo ocho meses, entre el 22 de noviembre del 2000 y el 28 de julio del 2001. Su fugaz paso gubernamental consistió en una acción cuádruple: organizar las elecciones presidenciales del 2001, crear un clima de resurgimiento democrático, poner en marcha el dispositivo judicial para condenar a los cabecillas terroristas en el fuero civil, y crear la Comisión de la Verdad. Falleció el 16 de octubre del 2006.

Paniagua participo en el Tercer Encuentro Internacional de la Radio, organizado por Radio Nederland y Radio educación en Ciudad de México, del cuatro al seis de mayo del 2005. El se preguntaba, en el auditorio del museo antropológico del Distrito Federal, si hay o no responsabilidad de los medios por la imagen, ahora muy deteriorada, de la política y de los políticos. La hay, en alguna medida, porque la imagen de la política y los políticos la percibe el ciudadano, en medida importante, a través de la información de los medios.

Por lo demás, en sociedades erizadas y polarizadas como las latinoamericanas, no siempre se busca la forma de encauzar las grandes inquietudes, sino las formas de enfrentar; se prefiere la confrontación antes que la concertación puesto que eso es noticia, mientras que el consenso o la armonía son vistos como procesos de “normalidad” que no atraen.

El poder que poseen los medios de prensa, engendra la gran paradoja de que en este mundo, en el que se articulan medios y se crean instituciones con el propósito de ejercer control –institucional o social– sobre quienes ostentan poder, no se hayan implantado aun, a escala generalizada, mecanismos eficaces para ejercer control sobre este poder. Hay que decirlo con toda claridad, no se trata del régimen torpe e insensato de ejercer control por parte del Estado sobre los medios. Hay países donde los propios medios ensayan algunos mecanismos que facilitan, de alguna manera, el control de los excesos de la prensa y, naturalmente, protegen al destinatario de la información.

Es un hecho que en la Sociedad Mediática hay un intento de sustituir los partidos por los medios, los electores por las encuestas; en fin, de convertir la política en arte mediático marcado por la personalización, la exaltación de las formas y la imagen en la oferta electoral. Es lo que Porfirio Muñoz Ledo llama, tan gráficamente, el Cesarismo radiofónico o el Bonapartismo televisivo”7. Lo que busca la Democracia de Audiencia es el otorgamiento de poderes discrecionales para el ungido, que posibiliten el ejercicio del poder según su leal saber y entender.

La propiedad de los medios

La globalización ha profundizado en América Latina y el Caribe el fenómeno de la concentración de medios en pocas manos. A los magnates de la comunicación local se han sumado grandes propietarios y consorcios internacionales que se han aliado o los han absorbido o hecho desaparecer. La existencia de monopolios u oligopolios pueden constituir un serio obstáculo para la difusión de cuestiones de interés local o particular, la diversidad, y para la recepción de opiniones diferentes. Si estos medios son controlados por un reducido número de personas, o bien por sólo una, se crea, de hecho, una sociedad en donde pocos ejercen el control sobre la información.

La democracia precisa de la confrontación de ideas, del debate, de la polémica. Cuando se escamotea el debate o se debilita por la escasez de fuentes, se hiere la base en la que se asienta el funcionamiento democrático.

El artículo numero 12 de la Declaración de Principios sobre Libertad de expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos señala:

Los monopolios u oligopolios en la propiedad y control de los medios de comunicación deben estar sujetos a leyes antimonopólicas por cuanto conspiran contra la democracia al restringir la pluralidad y diversidad que asegura el pleno ejercicio del derecho a la información de los ciudadanos. Las asignaciones de radio y televisión deben considerar criterios democráticos que garanticen una igualdad de oportunidades para todos los individuos en el acceso a los mismos8.

Construcción de espacios públicos

A fines de esta década la revolución tecnológica y la globalización profundizan dos tendencias mediáticas: De un lado, por primera vez de forma masiva los medios inciden en la segmentación de los públicos, en la proyección de valores distintos a los de la socialización. El individualismo tiende a ser la medida de todas las cosas. La democracia autentica busca compatibilizar lo que son los bienes particulares con los beneficios colectivos, sus frutos se ofrecen a sujetos únicos que, sin embargo, están determinados por su instinto gregario.

Por otra parte, se ha producido una conversión en las características de los medios. De haber sido corriente de transmisión de inquietudes sociales ahora son fuente de entretenimiento y mediadores políticos, económicos y sociales. La transformación es otro fruto de la crisis de representatividad política, de la fragmentación social, del uso de los medios por parte de individuos y grupos y, también, por aquellos que quieren aprovechar los medios para sustituir a la clase política.

En este escenario, los medios asumen en ocasiones, con serias consecuencias, un papel que no les corresponde. Por el lado positivo, la gente se siente escuchada y representada ante las autoridades. El socio mediático tiene poder porque puede recurrir a la investigación seria y a la denuncia. Por el lado negativo, los medios pueden usar el escándalo, al que temen tanto los políticos.

El problema irrumpe cuando los medios, especialmente la televisión, tienden a suplantar la voluntad popular y los mecanismos de representatividad. Alteran y lesionan los principios democráticos: el Congreso es sustituido por debates supuestamente óptimos, escenificados por pretendidos expertos, por circunstanciales encuestas donde a la gente se le pregunta lo obvio para que asienta mediante el aplauso.

Esos medios crean la ilusión de la democracia directa, un camino mediático, autoritario e irresponsable, que en sus extremos genera la destrucción de la democracia aunque dice defenderla; y debilita a gobiernos democráticos que ejercen con recursos menos espectaculares en sus métodos y generalmente temerosos de todo tipo de control sobre los medios.

En estas peripecias autoritarias los periodistas son sumisos al poder que obedecen, aunque se sienten poderosos cuando llaman a la rebelión contra autoridades que disgustan a sus amos.

En el caso latinoamericano, el gesto autoritario de ciertos gobiernos nacionalistas y agitadores mediáticos va dando fruto: desde la recuperación democrática regional en los años 1980 no habíamos visto aparecer signos xenófobos en el espacio latinoamericano. Según una encuesta de Latinobarómetro y la Corporación Andina de Fomento (CAF), siete de cada diez latinoamericanos está en desacuerdo con que personas no nacionales, pobres o de distinta raza vivan a su país.

El estudio indica que “América Latina no parece darles mayoritariamente la bienvenida a los inmigrantes” y “esto contradice de corazón la imagen de una región calida y acogedora, y muestra el lado oscuro de nuestra cultura”. Latinobarómetro lanzo una afirmación lapidaria: “América Latina está lejos de la integración si se mira estos datos porque sus ciudadanos no aceptan consensuadamente ni siquiera lo que los puede favorecer”.

Esta tendencia va en contra de aspectos benignos de la globalización, que pueden servir para que una multiplicidad de actores estatales y no estatales, nacionales y pos-nacionales, se relacionen en redes y creen nuevos espacios de conocimiento, cultura, entendimiento social y democrático. A la vez, muchos de esos espacios están construidos por personas y grupos sociales que no son propietarios de medios ni son considerados en las encuestas, pero cuentan cada vez más en el debate público.

El experto argentino Néstor García Canclini expresa así la situación:

La creación de sitios multidireccionales, diversificados, de comunicación abierta, promovidos y gestionados desde focos heterogéneos de la vida social, tal como se manifiestan en Internet, hace pensar en otros tipos de espacios o esferas públicas. Están participando en ellos gobiernos, empresas y movimientos socioculturales independientes. Así, la industrialización de la cultura hace posible ampliar el mapa de las comunicaciones, sitúa en la conversación internacional más voces y relatos, músicas e imágenes, que en cualquier otra epoca9.

Es preciso poner las cosas en perspectiva. El espacio público que sea parte de la democracia, que la favorezca, no podrá ser hecho por un solo actor: ni el Estado salvara al pueblo con sus periódicos monocolor, ni los líderes que quieren controlar todos los medios, ni tampoco la sociedad civil en solitario. Ni siquiera el pueblo a si mismo.

En el caso latinoamericano, la Patria Grande bolivariana no existe, pero en cambio las encuestas y la realidad nos muestran que vamos a transformaciones regionales, a nuevas alianzas internas y externas. Las adversidades no son pequeñas ni es bueno negarlas, son demasiado evidentes las divisiones y regresiones; sin embargo existe la voluntad de avanzar.

Contribuye a esta nueva etapa del regionalismo los cambios hacia la región motivados por la globalización de parte de Estados Unidos, China, Europa y otros. Existe una infinidad de iniciativas sociales que demuestran el hambre de participación. En este contexto de cambio de la geografía política son fundamentales las legislaciones públicas para ordenar los medios en función de una mayor representatividad social, para limitar los monopolios, para estimular sin censuras aquellos espacios que abra la sociedad civil, y para la tarea que todos asumamos para educarnos como ciudadanos racionales que usan, utilizan y, en algunos casos, hacemos los medios periodísticos.

En resumen, como dice el filosofo Zyigmunt Bauman10, ante la pregunta “¿Qué hacemos con los medios?”, debe preguntarse primero: “¿Qué hacemos con el mundo en el que operan los medios?” No se puede responder a la primera pregunta sin encontrarle una respuesta coherente a la segunda.

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Notas:

1 Miguel Bonasso. Más allá de la radiodifusión. Critica, Buenos Aires: 4-5-2008.
2 Jorge Halperin & Leandro Halperin. Noticias del poder. Buenas y malas artes del periodismo político. Buenos Aires: Aguilar, 2007.
3 Este texto fue escrito originalmente para la memoria del proyecto Medios de comunicación y política que desarrollaron en los países andinos y en Centroamérica, Radio Nederland, el Instituto Holandés para la Democracia Multipartidaria, NIMD, la organización holandesa de ayuda al desarrollo de las comunicaciones, Free Voice, y el Instituto Prensa y Sociedad, del Perú, con la participación de diversas organizaciones internacionales, en el caso de Centroamérica, como el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD.
4 Bill Kovach & Tom Rosenstiel. Los elementos del periodismo. Madrid: Editorial El país, 2003.
5 Juan Luis Cebrián. Fundamentalismo democrático. Madrid: Taurus, 2006. Y entrevista con el autor.
6 Javier Corral. Entrevista con el autor. 2007.
7 Valentín Paniagua. Tercer Encuentro Internacional de la Radio. México: Radio Nederland & Radio educación de México, 2005.
8 Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Informe Anual de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos 2007. Volumen II: Informe de la Relatoría Especial para la Libertad de expresión. Washington D.C.: OEA/CIDH, 2008. Disponible en: http://www.cidh.org/annualrep/2007sp/indice2007.htm.
9 Néstor García Canclini. Medios de comunicación. El escenario iberoamericano. Madrid: Fundación Telefónica, 2007.
10 Zygmunt Bauman. La sociedad sitiada. Buenos Aires: Fondo de Cultura económica, 2006.


* José Zepeda Varas es periodista chileno-holandés. Trabajó en radio en Chile hasta el golpe militar de 1973. Productor y periodista de Radio Nederland desde 1976. En 1994 asumió la dirección del Departamento Latinoamericano. Con una trayectoria conocida como capacitador internacional y analista de los medios de comunicación, ha publicado varios manuales de capacitación y un libro sobre los sesenta años de Radio Nederland. Es colaborador de SdP.


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