Sala de Prensa

120
Octubre 2009
Año XI, Vol. 5

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   


El inexplicable crimen del periodista Christian Poveda

Cristian Alarcón *

El pasado 2 de septiembre, en un barrio de un suburbio salvadoreño, mataron de dos tiros en la cara a uno de los hombres que mejor conocía a las pandillas centroamericanas. Christian Poveda, nacido en Argelia, de padres españoles, y criado en París, había sobrevivido a varias guerras en las que trabajó casi siempre como fotógrafo. A los 54 años cayó bajo la metralla de una guerra urbana en la que cada día mueren unas diez personas, sólo en la capital de El Salvador. No sólo había hecho un trabajo más parecido a la etnografía profunda que al periodismo de la miseria, sino que su compromiso político con la búsqueda de un proceso de paz que calme la matanza en Centroamérica lo había llevado a filmar un documental que ya estaba dando la vuelta al mundo: La vida loca. En él se puede ver la mirada de alguien que cambia de posición todas las veces que sea necesario, hasta dar dimensión a lo complejo. El muerto, el vivo, la fiesta, la viuda, el joven esperanzado, la muerte de varios de los protagonistas a lo largo de los 16 meses de rodaje de la película, lo siniestro y la ternura: eso es lo que dejó, el retrato de un mundo de huérfanos para los que la violencia es el líquido en el que se nada para sobrevivir. O morir en el intento.

Hacía poco que el canal español Plus había estrenado La vida loca en Madrid. En El Salvador, Poveda y su equipo de producción habían decidido mostrarla en proyecciones que eran precedidas por debates en los que junto a pandilleros reinsertados hablaban de la violencia. En su proyecto Poveda había sido apoyado por la organización Homies Unidos, dirigida por un ex jefe de la 18, Luis Romero, conocido como Panza Loca. Pero apenas salió en TV, las rápidas manos del mercado ilegal hicieron copias y la película se comenzó vender por un dólar. Los amigos de Poveda dijeron que la 18 comenzó a cobrar tres dólares más de impuestos por cada DVD. Y una de las primeras versiones que salieron en la prensa fue que el crimen se había desatado como un escarmiento porque la pandilla creyó que el francés estaba haciéndose rico “a costa del barrio”.

DE ROMERO A POVEDA

El Salvador es el país de la masacre de los jesuitas. Es el país en el que mataron a Monseñor Romero. Es el país de los doce años de guerra civil, entre 1980 y 1992, y de los 75 mil muertos. El Salvador es el país más violento de América Latina –con un promedio de 10 homicidios por día–, 55 cada 100 mil habitantes. Es el país en el que más jóvenes de entre 15 y 24 años mueren en toda América Latina: el índice es de 92 sobre cien mil, cuando en la Argentina es de 5,3 cada cien mil. El Salvador es el país en el que gobernó el partido de derecha Arena durante 20 años. Es el país en el que en marzo, hace poco más de cien días, gobierna un presidente de izquierda, Mauricio Funes, del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional. El Salvador es un país en el que las instituciones son tan débiles que decir que existe la Justicia es por lo menos temerario. Sin embargo, a menos de 24 horas del crimen de Poveda, la policía logró detener a un pandillero de la 18. Lo fueron a buscar a su casa, en el cantón El Rosario, cerca del lugar del crimen. La prensa local dijo que lo habían enganchado cobrando “la renta” en los alrededores del camino en el que le dieron a Poveda. Pero no, le allanaron la casa y lo metieron por homicidio.

Cinco días después la policía llegó a otros cuatro pandilleros y un policía. Y de manera oficial se explicó una trama que por ahora es la oficial, y la única que explica la muerte del documentalista, aunque nada se sabe sobre las pruebas que la sostienen. Pasando en limpio: el agente de la Policía Nacional Civil Juan Napoleón Espinoza, de 38 años de edad, perteneciente a la delegación de la población salvadoreña de Soyapango, habría sido un cómplice de la clica –o unidad de base– de la 18 en esa zona en el cobro de la renta o extorsión a pequeños comerciantes –la principal manera de financiamiento de las maras–. Este hombre le habría dicho a los pandilleros que Christian Poveda le pasaba información a la policía. También acusaron por el crimen a Nelson Lazo Rivera, un supuesto jefe de la 18, preso en la cárcel de Cojutepeque. Desde allí Lazo habría llamado para ordenar el asesinato. Finalmente la División Antihomicidios y la División contra el Crimen Organizado le cayeron a Calixto Rigoberto Escobar “Toro”, José Alejandro Melara “El Puma”, Roberto Luis Romero “Tiger”, Miguel Ángel Rosa “El Cholo”, cuatro miembros de la misma clica, en el cantón El Rosario, la misma a la que pertenece el Puma. Una vez presos, los detenidos fueron exhibidos ante la prensa, y aparecieron esta semana con las cabezas gachas y las manos esposadas ante el país y el mundo. Una fuente off the record de la policía ya anunció que habrá más detenidos.

EL EXTRANJERO

De la hipótesis de una clica caliente porque Poveda estaba haciendo plata con la pandilla a la del buchón de la cana hay mucho trecho. Edgard Romero, amigo y compañero de trabajo de la víctima, y una de las productoras del documental dijeron que Poveda había estado inquieto por algunos rumores que lo ensuciaban en la pandilla. Y que el 2 de septiembre, cuando en su cuatro por cuatro volvió a subir a la zona de La Campanera, donde rodó La vida loca, quería aclarar los tantos. Su actitud ética había sido impecable y no quería dejar pasar un comentario como el que le había llegado. En el barrio lo conocían, aunque muchos supieron su nombre recién cuando apareció en las noticias. Le decían el Brother, o el extranjero. Solían verlo llegar con comida, sabían que a veces les daba unos mangos a los pibes para que compraran pupusas –la comida más popular de El Salvador, tortillas de maíz rellenas que se compran en la calle–. En los 16 meses que duró su inmersión construyó una confianza tal con los personajes del documental que podía dejar la camioneta con las ventanas abiertas frente a la tiendita de siempre sin que nadie se atreviera a tocarla. Por eso al comienzo nadie creyó que fueran pandilleros los que lo mataron.

Poveda salió de La Campanera cerca de las dos de la tarde. El camino que tomó es de tierra y está rodeado de maleza selvática. Apenas cruzó el límite entre soyapango y El Rosario, alguien, a quien supuestamente conocía, lo hizo frenar. Era sabido que no tenía drama en parar y alcanzar a los chicos que le hicieran dedo. Por algún motivo paró la camioneta a la vera de la ruta. Bajó. Dio tres pasos, y como si fuera un personaje de su propia película, en la que los muchachos van cayendo muertos a medida que los meses pasan, recibió los dos tiros en la cara. Su cuerpo quedó tirado allí. Su camioneta al lado. Adentro, su cámara de fotos. Y una lista de personas, todos pandilleros.

MANO DURA

Los pandilleros presos por el crimen no son cualquier pandillero. Todos, excepto el que estaba detenido y supuestamente dio la orden, formaban parte de una clica que trabajaba con algunas organizaciones no gubernamentales en procesos de reinserción social. Algunos trabajaban en una panadería, otros vendían el pan por las calles del cantón. Por eso entre los líderes de las ONG piensan –más allá de las pruebas que puedan implicar materialmente a los detenidos en el homicidio– que algo más complejo, mucho menos sencillo que la hipótesis oficial, hay detrás de esta muerte. Creen que estos disparos son el tiro de gracia a un incipiente proceso de paz que era observado por el presidente Funes, quien en cien días de gobierno no ha mostrado aún una política alternativa a la mano dura que los anteriores presidentes aplicaron en El Salvador.

Es justamente esa política la que, según todos los expertos, ha aumentado la violencia entre los jóvenes. Las pandillas reaccionaron al encarcelamiento masivo construyendo un poder inmenso dentro de los penales. Mutando. Convirtiendo las clicas ya no en unidades de base territoriales, sino en ubicuas células que pueden moverse, intercambiar miembros, proteger a pandilleros venidos de distintos puntos del país. El regreso a El Salvador –y también a Guatemala y Honduras– de los deportados desde los Estados Unidos ha producido enfrentamientos dentro de las propias pandillas. Ya no sólo estarían eliminando a los enemigos externos, sino también a los propios compañeros de armas. La disputa por el poder interno es mayor: comienzan a jugarse fichas nuevas, las que da la relación con el crimen organizado y, sobre todo, con el narcotráfico. Esto Poveda lo tenía claro. Así lo expone en lo que ahora se lee como su testamento político: un largo artículo que publicó hace cinco meses en Le Monde.

Ahora, esta víctima es por lo menos extraña. Parece tratarse de un rehén de una situación política regional complejísima. En palabras de un periodista que conoce de cerca a los actores del conflicto, “es como si los negros hubieran matado a Martín Luther King”. Poveda era severo al criticar la mano dura. La carencia de políticas públicas integrales que no sólo apuntaran a la represión, que integraran, que restaran en algo la pobreza estructura y endémica de la región. Al describir los suburbios por los que caminaba, en su texto, Poveda dice: “Muchas vecindades forman un callejón sin salida, última parada del autobús en el fondo de un cañón. Un callejón sin salida para la esperanza de unos habitantes condenados a la supervivencia”.


* Cristian Alarcón es periodista argentino y colaborador de SdP. Este texto lo publicó en el diario argentino Crítica.


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