No hay
caminos en el mar
María
Mansilla *
¿Por
qué hacer esto? Porque me interesa
compartir, dar esperanza. Porque siento que las
fotos del estilo que yo hago, con ese sentimiento
del mundo, cada vez interesan menos a las
editoriales, a los periódicos y a las revistas.
Eso me preocupa, y no quiero que se pierda.
Entonces, si puedo estimular a seguir
comprometiendo fotógrafos, estoy dispuesta a
hacerlo, confiesa Susan Meiselas con esa
vocación que tiene para disponer de su
sensibilidad más allá de sus logros personales.
Es la fuerza de esa profecía la que la trajo
desde Nueva York, donde vive, a dictar este
taller en la sede de la Fundación PROA, en
Buenos Aires. La esperaban, ansiosos, los trece
periodistas de distintos países de
Latinoamérica que volaron hasta allá para
ponerle voz, cara y relato a muchas de las fotos
por las que acariciaron y eligieron este oficio.
Si usted se la
cruza por la calle, casi, casi puede confundirla
con cualquier turista extranjera: Susan Meiselas
se viste de forma austera, con prendas básicas,
calzado bajito y cómodo. Su pelo lacio color
almendra queda tal cual lo seca el aire tras la
ducha de la mañana; sus ojos claros son todo su
maquillaje. El reloj de su muñeca izquierda, el
único accesorio. Meiselas sintoniza sin traumas
la hora local, como cuando fue una más en
Nicaragua, en El Salvador, en Irán, en Papua o
en India, documentando cómo las noticias
atraviesan el destino de las personas. Los sellos
tatuados en su pasaporte son mojones que
reconstruyen la historia que fue cambiando al
mundo en las últimas décadas. Sus disparos
muestran el rostro de quienes perdieron sus
sueños en cada una de esas transformaciones.
Desde hace 30 años es parte de la agencia
Mágnum. Ha publicado en el New York Times,
y en las revistas Time (Londres), Geo,
Paris Match, entre otras. Editó varios
libros: Encounters with the Dani, Kurdistan:
In the shadow of history, Nicaragua, Chile
from Within, Pandora´s Box.
Codirigió documentales. Su obra fotográfica es
colección permanente de museos europeos y
estadunidenses. La Medalla Robert Capa, el Premio
Leica a la Excelencia y el Maria Moors Cabot son
algunos de los aplausos que reconocieron su
compromiso. (Para
ver su trabajo: www.magnumphotos.com, clic en
Photographers, clic en Susan
Meiselas.)
Susan Meiselas
está en la blanquísima Fundación Proa, en el
histórico y colorido barrio de La Boca, pero hay
un detalle que impide confundirla con una turista
cualquiera: ella, una de las reporteras más
admiradas del planeta, no lleva encima ninguna
cámara de fotos. Es que vino a acompañar el
trabajo de los otros, sin tiempo ni ánimo,
siquiera, para atender comentarios obsecuentes ni
piropos. Como a todas sus asignaciones, a ésta
la encara con una sola pretensión:
involucrarse, colaborar y sentir que es
algo compartido. Es buena escuchadora. La
única vez que interrumpió a un tallerista fue
para proponerle que, en estos días, mejor no se
hablara de frustraciones. Su castellano es
perfecto, con sabor caribeño y condimentos
mexicanos, como el recurrente Ándale
con el que remata sus frases entusiastas, que son
casi todas.
Hacer
un ensayo
Estamos viviendo
un momento bien difícil, porque cada vez queda
menos espacio para mostrar nuestro trabajo. Por
un lado, en los medios gráficos, el lugar en la
página es más estrecho. Además, los
periódicos cada vez son menos, están en crisis
en todo el mundo. Sólo se publica una imagen
aquí, otra allá. Las revistas que antes dedicaban
seis u ocho páginas dobles a un artículo, ahora
le dedican una o dos páginas nada más.
Uno puede decir:
Voy a hacer un ensayo, y luego
pensar: ¿Para qué? ¿Dónde lo voy a
poner?. ¿Por dónde vamos, cómo hacemos,
cómo profundizamos nuestra propia experiencia?
Y, al mismo tiempo ¿cómo la compartimos?: esta
es la preocupación común. A mí me pasa lo
mismo, incluso puede ser más impactante porque
en los años ochenta esas fotos no solamente
fueron publicadas por todas partes sino que eran
reportajes que uno sentía que valía la pena
hacer. Por eso, tenemos que crear nuevos espacios
para nuestras ideas.
Por otro lado,
se asoma internet, y esa es la esperanza. Es un
espacio donde se puede trabajar
independientemente, se abren muchas
posibilidades, pero todavía no lo hemos
desarrollado lo suficiente. Hoy proliferan las
imágenes, incluso las que provienen de personas
que no son fotógrafos. Pronto, todo el mundo con
su teléfono móvil va a tomar fotos y las
enviará a BBC o CNN. ¿Qué va a pasar con
nosotros? ¿Se necesitará de nuestros ojos, de
nuestra mirada? Somos profesionales, ¿eso
importa? En algunos casos, solamente vale la
foto. Los aficionados no han llegado al punto de
armar sus propios cuentos. Pero pronto van a
empezar: si vas a la tienda Apple de Nueva York
vas a ver que todo el mundo está listo para
sacar su propio cuento. Vamos a quedar atrás.
La idea es que
vayamos sembrando semillas y compartiendo las
distintas formas de contar historias, pensar en
qué otros lenguajes, en qué otras herramientas
podemos encontrar para incluir en nuestras
presentaciones. La foto no nos dice todo, hay una
lengua que se ha ampliado. Por eso es interesante
ver cómo la vamos a complementar: con texto, con
audio, con datos. Está bien si alguien tiene
vocación para escribir y quiere contar el cuento
como quiera. Pueden incluirse testimonios,
relatos o sonidos de que se escuchan cuando se
está en un lugar. Todos esos lenguajes pueden
aportar algo para contar la historia.
No hay caminos
en el mar. Estamos en el mar, en plena crisis, y
al mismo tiempo no sólo tenemos que compartir
experiencias sino interrogarnos por qué hacemos
esto, reafirmar qué es lo interesante para cada
uno.
Todo empieza con
la fotografía. El fotoperiodista es realmente el
dueño de la foto, de la elección del tema. Lo
importante es que ponga sus manos alrededor de
algo que no necesariamente tiene por qué ser
ambicioso; puede ser algo pequeño, si luego se
puede ampliar, bien. Para el ejercicio de hacer
un foto ensayo hay que liberar la imaginación,
preguntarse qué más se quiere saber. Lo
importante es sentir lo que se está buscando sin
tener idea de lo que se va a encontrar. Este el
principio de todo.
Cómo
empezar: el plan de no tener ningún plan
Los
fotoreporteros tienen mucha capacidad para cubrir
temas como deportes, moda, política. Pueden
maniobrar en cualquiera de esto terrenos, saben
cómo hacer cuando sólo tienen un momento para
ilustrar cualquier artículo en el periódico.
Pero también tienen otras capacidades que no
usan todos los días cuando están trabajando. La
diferencia puede hacerse teniendo en cuenta dos
aspectos. Primero: cómo estructurar su propio
tiempo, el que no pasan en el periódico. La
estructura de un medio les aporta seguridad
financiera, pero también es rígida, los limita.
Lo importante es encontrar otras maneras de
aprovechar las oportunidades. Por ejemplo, si el
diario los envía a un lugar, ¿por qué no
mandar el material y quedarse, en lo posible,
unas semanas allí? Hay posibilidades cuando se
tiene una idea. Y segundo: tener presente lo que
se sabe, uno se puede olvidar de adónde va todo
eso que está haciendo. Puede ser que todo lo que
se haga en una semana de taller no sea útil más
que por su propio proceso. Por eso, por el
momento, es mejor olvidar todo y comprometerse a
la experiencia, siendo sensibles a lo que ocurra.
En el taller no hay que seguir ninguna pauta,
aquí no vamos a dirigir a nadie. No dirigir es
una disciplina. Descubrir es diferente a dirigir,
es lo que más compromete a esta manera de
trabajar. Es discutible la idea de planificar.
Siempre es importante pensar en eso: en los
preconceptos y en lo que descubren los ojos.
Llegar
a un tema es involucrarse con él
A la hora de
proponer temas, es importante generarse
problemas, tener sorpresas, poder contar cosas
concretas. El tema tiene que ser lo
suficientemente rico como para que te haga sentir
que hay un cuento detrás, que hay algo que
motiva la elección. Al principio puede ser un
poco abierto; luego se encontrará un hilo, un
gran asunto en el que intervienen muchos
personajes.
Los escritores
siempre piensan que los fotoreporteros somos los
que tenemos que ilustrar su idea. Se supone que
el fotógrafo tiene ideas, que tiene que poder
captar y capturar vidas también de otra manera;
y tiene que desarrollar un lenguaje para lograr
un cambio y obtener más espacio en los medios de
comunicación. El fotógrafo tiene que ser un
poco rebelde. Porque si los escritores dominan es
porque los fotógrafos no toman su espacio. He
escuchado a muchos editores decir que cuando
piden ideas a su equipo, nadie las tiene. Eso es
peligroso: si no tenemos iniciativas, ya no van a
darnos espacios.
Si se cuenta con
poco tiempo para hacer un trabajo, como en este
taller, no hay pautas. Lo único importantísimo
para considerar es que tienen que escoger una
persona o un lugar con el que puedan mantenerse
en contacto. Todos los temas elegidos en este
taller representan a personas que están debajo
de las noticias, de la vida social, que están
como escondidos, son invisibles. Personas de
clase media, trabajadores, personas que no son
pobres sino que no lograron lo que querían hacer
en la vida. Los personajes visibles suelen ser
los políticos, las personas súper importantes,
poderosas. Creo que es bueno ampliar la mirada,
mostrar algo que no estamos imaginando.
Una vez, en un
taller, un alumno se encontró, el primer día,
con un gitano. Pasó cuatro horas con él,
estuvo feliz de la vida, y llegó al final del
día mostrando su trabajo. Los demás no habían
logrado mucho, pensaban: Qué suerte tener
ese personaje. ¿Y qué pasó? El gitano
desapareció los próximos días, así que el
fotógrafo quedó completamente decepcionado,
pero se obsesionó tanto que el último día
alquiló un coche y recorrió los alrededores del
lugar, preguntando a la gente por dónde iban los
gitanos cuando salían de allí. Fue fascinante:
iba andando con la foto, mostrándosela a la
gente, hasta que a unos cien kilómetros del
pueblito donde estábamos, encontró a ese
hombre. Su desesperación logró algo muy, muy
lindo. ¿Qué es lo que quiero compartir con esta
historia? La manera como el fotógrafo se
involucró, lo encontró para desarrollar y
profundizar su relación con el tema. Empezar a
involucrarse es lo más importante en la primera
etapa.
El
sujeto: la clave
El fotógrafo
sabe que hay un momento, sabe cuándo la gente
abre una ventana; no toda la puerta, pero sí una
ventana. Y entra. Un cineasta estadunidense que
se llama Fred Wiseman dice que la gente está
esperando que alguien vaya a buscarla para
compartir su historia, y ese dato es la llave
para abrir esta puerta. La mayoría está
dispuesta, pero no está esperando.
Hay veces en las
que se siente que las puertas están cerradas.
Puedes tocar, tocar, tocar, y nadie responde.
¿Hasta qué punto aguantas una puerta cerrada?
Si sientes eso, no vale la pena quedarse. Yo soy
sensible a decir: ¿No me quieren?
Entonces, no voy a tocar más. Por más que
sientas que ahí hay algo interesante, tienes que
entender que ellos son dueños de su propio
cuerpo, ¿por qué van a querer compartir? ¿Por
qué van a darnos su confianza? ¿Por qué van a
mostrar su vida?
El periodista
debe saber qué hacer donde no conoce a
nadie: cada uno tiene que encontrar su manera
para que le tengan confianza. Pero tienen que
tener un deseo real, no puede ser falso. Eso es
lo más difícil: que no hay pautas.
Acercarse a la
gente es todo un proceso tanto para el fotógrafo
como para las personas hasta que sienten que
están compartiendo algo más que tiempo. Es algo
real lo que se encuentra: es gente que acepta que
el fotógrafo va a hacer parte de su vida con
ellos. La gente acepta al fotógrafo por la forma
como él se acerca a ellos, no tanto por sus
palabras. Si sólo te dan una hora hoy, no hay
que insistir mucho. Lo más importante no es
capturar todo en un día sino sentir: OK,
mañana seguimos. Ser suave, no insistir.
Ellos no están acostumbrados a que una persona
se quede cuatro o cinco días en su vida. Hay que
dejarles aire. Así, pueden establecer una
relación íntima incluso con desconocidos, y eso
puede ser impresionante, pero no tienen que poner
tanto en la fotografía y en esa relación como
para no poder, luego, cortar el contacto. Eso
puede pasar. Por eso, es importante poder
separarse por momentos.
Perspectiva:
viaje al corazón del ensayo
Una vez en el
terreno, el periodista puede comenzar a imaginar
un ensayo. En este punto no se trata de hacer lo
que acostumbran: buscar una imagen que
complemente el texto. Ahora, cada foto será como
una piedra en el camino, y se puede pensar en un
hilo, en la narrativa. Para hacer un trabajo lo
suficientemente desarrollado se necesitan unas 10
ó 15 ideas. Cada foto tiene que decir algo
diferente a la anterior, tiene que permitir
conocer a una persona o un lugar.
He notado, en
algunos casos, que los fotógrafos disparan sin
perder ni un segundo. A cada paso están tomando
una foto. Si disparan a cada ratito, no le dan
tiempo a su ojo para reflexionar. No están
pensando, están solamente reaccionando. Además,
no consiguen la imagen que quieren dar al sujeto.
Están ahí para retratar la manera en que
trabajan y viven normalmente. Por eso es mejor
sacar, y salir. Sacar, y salir. Así nace otro
tipo de relación. Cuando alguien da permiso para
entrar, está dispuesto, y hay que tomar en serio
ese regalo. Uno no solamente está para sacar
fotos sino para compartir, para charlar a través
de la palabra y de muchas otras maneras.
¿Cuándo hay
que pensar en profundizar? Cuando sientes que ya
tienes el permiso para estar donde estás con
quien estás. Imaginemos que estamos haciendo un
ensayo, hoy, aquí, en Fundación Proa,
¿cuántas fotos podemos tomar? ¿Cuántas
perspectivas hay? Está la entrada del museo, las
secretarias, nosotros, las relaciones entre uno y
otro. Siempre hay que analizar el espacio antes
de disparar. Dividirlo hasta saber qué necesitan
de él, esto permite anticiparse al momento
clave. Si saben que una estatua no va a moverse,
que está ahí, entonces hay que esperar el
momento exacto en el que algo particular suceda.
Hay que tener paciencia, sentir confianza, saber
que pueden volver.
Cuando hemos
definido cómo presentar a nuestros personajes,
surge la necesidad de definir y dar información
sobre el lugar. Y es en la relación con las
personas que irán surgiendo esos datos, si uno
lo percibe.
Al hacer
Carnival Strippers trabajé como una
etnógrafa, tratando de ver desde todas las
perspectivas: la de los jóvenes, chicos, viejos,
hombres, mujeres. Todo fue obturación, horas y
horas esperando hasta capturar cada aspecto. Esta
es la idea de la perspectiva: se trata de poder
ver algo, dividirlo y luego recomponerlo. Es como
diseccionarlo, como armar un rompecabezas.
Algunos de ustedes están buscando detalles para
ampliar la mirada, y ahí es donde entra en juego
la perspectiva. A los detalles importantes,
conviene no dejarlos en evidencia, es mejor
mostrarlos de una manera más abstracta.
Una de las
dificultades que pueden surgir cuando trabajamos
con una misma persona durante cuatro días, es la
forma de involucrarse con él. Es una relación
de uno a uno, hay una expectativa de diálogo,
pero una cosa es el diálogo con palabras y otra
cosa es el diálogo con imágenes. Entonces,
¿cómo responder a lo que estamos viendo? Una
manera es sentir la curiosidad de mirar y ver lo
que él ve, tener su punto de vista, saber cómo
es su relación con sus rincones, con su lugar,
compartir su sensación.
Cuando hay dos o
más sujetos, podemos movernos alrededor de
ellos. Mostrarlos incluso de lejos; no siempre
hay que estar encima del personaje porque puede
sentir angustia. Hay que estar al lado pero
dejarle su espacio; si no, siempre van a sentir
tu presencia. Y lo que estamos buscando son los
momentos en los que la gente no está pensando
que tú la miras, que olvida por un ratito que
estás ahí, para capturar algo más íntimo. Se
trata sólo de estar, sentir que hay una
complicidad, que no tienes que probar nada, que
tu presencia está aceptada. No eres invisible,
pero quedarte el tiempo suficiente da más
espacio para la espontaneidad, para ver, para ser
parte y observar, de lejos, de cerca, de arriba,
de abajo.
Si vamos a
trabajar en un lugar cerrado, sin luz natural, lo
que podemos hacer es probar con luz ambiente,
luego con flash, y así hasta encontrar la
iluminación indicada para aplicar durante el
resto del trabajo. Sobre todo cuando se trata de
un espacio de intimidad para las personas. Por
eso, es bueno que se resuelva la parte técnica
por anticipado para que, luego, no se convierta
en un obstáculo.
La
edición
Cuando me
preguntaron por mis impresiones frente algunas
fotos, respondí de una manera un poco brutal,
dije: No depende de mí, ni de nadie más
que tú. El fotógrafo tiene que tomar su
propia decisión de acuerdo a lo que él
consideren sobre una y otra foto. Es importante
la experiencia de confiar en sus propias
decisiones, tomadas con los ojos y con
conciencia. Nuestros ojos nos dirigen más que
nuestro entendimiento. Quizás, muchas veces, no
sabemos bien qué estamos capturando pero si
reflexionamos, sí lo sabemos. Es importante
sentirnos satisfechos de lo que decidimos por
nosotros mismos.
Algo elemental,
desde el comienzo de la edición, es reducir y
reducir. Hacer, cada día, una preselección.
Dejar solamente las fotos que vale la pena seguir
complementando luego de haber estado ahí, en un
lugar. Cada día es diferente para capturar algo,
para ir profundizando y desarrollando la toma. De
entre 15 ó 20 fotos, quizás solo una vale. Poco
a poco se va descubriendo por dónde va el tema y
cómo queremos expresarlo. Es un cuento. Si en un
momento nos decidimos por cierta foto, hay que
dejar las demás en otro folder. Vemos una y otra
vez la preselección, y cuando hay dos retratos
de la misma situación, buscamos otra
alternativa. Eso ayuda a pensar: Tengo
esto, no tengo que poner más de tal cosa, ¿qué
puede complementar, por dónde voy, por dónde no
he pasado, qué falta?. Tenemos que evaluar
si el ojo capturó cosas que no capturó la foto,
es decir: si la foto dice todo lo que hemos
visto, si transmite el mismo entusiasmo que
podemos transmitir con palabras al contar qué
estamos fotografiando. Eso ayuda inconcientemente
a descubrir por qué seguimos tal camino o si hay
que salir a buscar algo diferente. El fotógrafo
tiene que ser duro consigo mismo.
Otro aspecto
para tener en cuenta es con qué foto va a
empezar la historia. Cuál será la apertura y
por dónde seguir contando para que quienes vean
nuestro trabajo sientan que están en la vida de
esa gente, en el mundo de esa gente. Hay que
imaginar dónde se empieza a compartir esta
historia con otros: cuál será la narrativa, la
estructura, la secuencia. Una posibilidad es usar
la luz como hilo, llegar del día a la noche.
Otra, puede ser presentar al personaje desde
distintos aspectos, distintas actividades, hasta
llegar al más importante.
También hay que
pensar en las herramientas para dar contexto al
tema. Quizás, lo mejor es colgar las fotos en
una pared. O armar una especie de librito. O
sumarle texto y audio, y proyectarlas. En este
caso, por ejemplo, si ponemos música y un texto,
hay que cuidar que no se combinen de tal manera
que sea difícil escuchar la canción y leer al
mismo tiempo; si se hace una proyección con
texto, se le puede dar a las letras un color que
predomine en las fotos. Y mejor si se deja un
espacio entre los párrafos para que la lectura
sea más ágil. Los comentarios deben permanecer
en pantalla el tiempo suficiente para que se
puedan leer completos. Todos estos elementos
pueden aportar mucha sensibilidad, dar otro
contexto al trabajo, al cuento.
Siempre tenemos
que divertirnos para reinventarnos, para
sorprendernos, primero, a nosotros mismos.
*
María Mansilla es
periodista, redactora y colaboradora en Las
12 (suplemento femenino de Página 12),
National Geographic en español, Elle,
Hecho en Bs.As., Rumbos (Grupo
La Nación), Etiqueta Negra, entre
otros. Está a cargo del Taller de Redacción
Periodística de ARGRA Escuela. Esta es la parte
central de la relatoría del Taller de
Fotoperiodismo con Susan Meiselas, realizado en
Buenos Aires, Argentina, en octubre de 2005, por
la Fundación
Nuevo Periodismo Iberoamericano que preside Gabriel García Márquez,
la Asociación
de Reporteros Gráficos de la República
Argentina (ARGRA) y la Fundación Proa. El texto completo está en el sitio de
la FNPI.
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