Sala de Prensa

119
Septiembre 2009
Año XI, Vol. 5

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   


No hay caminos en el mar

María Mansilla *

¿Por qué hacer esto? “Porque me interesa compartir, dar esperanza. Porque siento que las fotos del estilo que yo hago, con ese sentimiento del mundo, cada vez interesan menos a las editoriales, a los periódicos y a las revistas. Eso me preocupa, y no quiero que se pierda. Entonces, si puedo estimular a seguir comprometiendo fotógrafos, estoy dispuesta a hacerlo”, confiesa Susan Meiselas con esa vocación que tiene para disponer de su sensibilidad más allá de sus logros personales. Es la fuerza de esa profecía la que la trajo desde Nueva York, donde vive, a dictar este taller en la sede de la Fundación PROA, en Buenos Aires. La esperaban, ansiosos, los trece periodistas de distintos países de Latinoamérica que volaron hasta allá para ponerle voz, cara y relato a muchas de las fotos por las que acariciaron y eligieron este oficio.

Si usted se la cruza por la calle, casi, casi puede confundirla con cualquier turista extranjera: Susan Meiselas se viste de forma austera, con prendas básicas, calzado bajito y cómodo. Su pelo lacio color almendra queda tal cual lo seca el aire tras la ducha de la mañana; sus ojos claros son todo su maquillaje. El reloj de su muñeca izquierda, el único accesorio. Meiselas sintoniza sin traumas la hora local, como cuando fue una más en Nicaragua, en El Salvador, en Irán, en Papua o en India, documentando cómo las noticias atraviesan el destino de las personas. Los sellos tatuados en su pasaporte son mojones que reconstruyen la historia que fue cambiando al mundo en las últimas décadas. Sus disparos muestran el rostro de quienes perdieron sus sueños en cada una de esas transformaciones. Desde hace 30 años es parte de la agencia Mágnum. Ha publicado en el New York Times, y en las revistas Time (Londres), Geo, Paris Match, entre otras. Editó varios libros: Encounters with the Dani, Kurdistan: In the shadow of history, Nicaragua, Chile from Within, Pandora´s Box. Codirigió documentales. Su obra fotográfica es colección permanente de museos europeos y estadunidenses. La Medalla Robert Capa, el Premio Leica a la Excelencia y el Maria Moors Cabot son algunos de los aplausos que reconocieron su compromiso. (Para ver su trabajo: www.magnumphotos.com, clic en “Photographers”, clic en “Susan Meiselas”.)

Susan Meiselas está en la blanquísima Fundación Proa, en el histórico y colorido barrio de La Boca, pero hay un detalle que impide confundirla con una turista cualquiera: ella, una de las reporteras más admiradas del planeta, no lleva encima ninguna cámara de fotos. Es que vino a acompañar el trabajo de los otros, sin tiempo ni ánimo, siquiera, para atender comentarios obsecuentes ni piropos. Como a todas sus asignaciones, a ésta la encara con una sola pretensión: “involucrarse, colaborar y sentir que es algo compartido”. Es buena escuchadora. La única vez que interrumpió a un tallerista fue para proponerle que, en estos días, mejor no se hablara de frustraciones. Su castellano es perfecto, con sabor caribeño y condimentos mexicanos, como el recurrente “Ándale” con el que remata sus frases entusiastas, que son casi todas.

Hacer un ensayo

Estamos viviendo un momento bien difícil, porque cada vez queda menos espacio para mostrar nuestro trabajo. Por un lado, en los medios gráficos, el lugar en la página es más estrecho. Además, los periódicos cada vez son menos, están en crisis en todo el mundo. Sólo se publica una imagen aquí, otra allá. Las revistas que antes dedicaban seis u ocho páginas dobles a un artículo, ahora le dedican una o dos páginas nada más.

Uno puede decir: “Voy a hacer un ensayo”, y luego pensar: “¿Para qué? ¿Dónde lo voy a poner?”. ¿Por dónde vamos, cómo hacemos, cómo profundizamos nuestra propia experiencia? Y, al mismo tiempo ¿cómo la compartimos?: esta es la preocupación común. A mí me pasa lo mismo, incluso puede ser más impactante porque en los años ochenta esas fotos no solamente fueron publicadas por todas partes sino que eran reportajes que uno sentía que valía la pena hacer. Por eso, tenemos que crear nuevos espacios para nuestras ideas.

Por otro lado, se asoma internet, y esa es la esperanza. Es un espacio donde se puede trabajar independientemente, se abren muchas posibilidades, pero todavía no lo hemos desarrollado lo suficiente. Hoy proliferan las imágenes, incluso las que provienen de personas que no son fotógrafos. Pronto, todo el mundo con su teléfono móvil va a tomar fotos y las enviará a BBC o CNN. ¿Qué va a pasar con nosotros? ¿Se necesitará de nuestros ojos, de nuestra mirada? Somos profesionales, ¿eso importa? En algunos casos, solamente vale la foto. Los aficionados no han llegado al punto de armar sus propios cuentos. Pero pronto van a empezar: si vas a la tienda Apple de Nueva York vas a ver que todo el mundo está listo para sacar su propio cuento. Vamos a quedar atrás.

La idea es que vayamos sembrando semillas y compartiendo las distintas formas de contar historias, pensar en qué otros lenguajes, en qué otras herramientas podemos encontrar para incluir en nuestras presentaciones. La foto no nos dice todo, hay una lengua que se ha ampliado. Por eso es interesante ver cómo la vamos a complementar: con texto, con audio, con datos. Está bien si alguien tiene vocación para escribir y quiere contar el cuento como quiera. Pueden incluirse testimonios, relatos o sonidos de que se escuchan cuando se está en un lugar. Todos esos lenguajes pueden aportar algo para contar la historia.

No hay caminos en el mar. Estamos en el mar, en plena crisis, y al mismo tiempo no sólo tenemos que compartir experiencias sino interrogarnos por qué hacemos esto, reafirmar qué es lo interesante para cada uno.

Todo empieza con la fotografía. El fotoperiodista es realmente el dueño de la foto, de la elección del tema. Lo importante es que ponga sus manos alrededor de algo que no necesariamente tiene por qué ser ambicioso; puede ser algo pequeño, si luego se puede ampliar, bien. Para el ejercicio de hacer un foto ensayo hay que liberar la imaginación, preguntarse qué más se quiere saber. Lo importante es sentir lo que se está buscando sin tener idea de lo que se va a encontrar. Este el principio de todo.

Cómo empezar: el plan de no tener ningún plan

Los fotoreporteros tienen mucha capacidad para cubrir temas como deportes, moda, política. Pueden maniobrar en cualquiera de esto terrenos, saben cómo hacer cuando sólo tienen un momento para ilustrar cualquier artículo en el periódico. Pero también tienen otras capacidades que no usan todos los días cuando están trabajando. La diferencia puede hacerse teniendo en cuenta dos aspectos. Primero: cómo estructurar su propio tiempo, el que no pasan en el periódico. La estructura de un medio les aporta seguridad financiera, pero también es rígida, los limita. Lo importante es encontrar otras maneras de aprovechar las oportunidades. Por ejemplo, si el diario los envía a un lugar, ¿por qué no mandar el material y quedarse, en lo posible, unas semanas allí? Hay posibilidades cuando se tiene una idea. Y segundo: tener presente lo que se sabe, uno se puede olvidar de adónde va todo eso que está haciendo. Puede ser que todo lo que se haga en una semana de taller no sea útil más que por su propio proceso. Por eso, por el momento, es mejor olvidar todo y comprometerse a la experiencia, siendo sensibles a lo que ocurra. En el taller no hay que seguir ninguna pauta, aquí no vamos a dirigir a nadie. No dirigir es una disciplina. Descubrir es diferente a dirigir, es lo que más compromete a esta manera de trabajar. Es discutible la idea de planificar. Siempre es importante pensar en eso: en los preconceptos y en lo que descubren los ojos.

Llegar a un tema es involucrarse con él

A la hora de proponer temas, es importante generarse problemas, tener sorpresas, poder contar cosas concretas. El tema tiene que ser lo suficientemente rico como para que te haga sentir que hay un cuento detrás, que hay algo que motiva la elección. Al principio puede ser un poco abierto; luego se encontrará un hilo, un gran asunto en el que intervienen muchos personajes.

Los escritores siempre piensan que los fotoreporteros somos los que tenemos que ilustrar su idea. Se supone que el fotógrafo tiene ideas, que tiene que poder captar y capturar vidas también de otra manera; y tiene que desarrollar un lenguaje para lograr un cambio y obtener más espacio en los medios de comunicación. El fotógrafo tiene que ser un poco rebelde. Porque si los escritores dominan es porque los fotógrafos no toman su espacio. He escuchado a muchos editores decir que cuando piden ideas a su equipo, nadie las tiene. Eso es peligroso: si no tenemos iniciativas, ya no van a darnos espacios.

Si se cuenta con poco tiempo para hacer un trabajo, como en este taller, no hay pautas. Lo único importantísimo para considerar es que tienen que escoger una persona o un lugar con el que puedan mantenerse en contacto. Todos los temas elegidos en este taller representan a personas que están debajo de las noticias, de la vida social, que están como escondidos, son invisibles. Personas de clase media, trabajadores, personas que no son pobres sino que no lograron lo que querían hacer en la vida. Los personajes visibles suelen ser los políticos, las personas súper importantes, poderosas. Creo que es bueno ampliar la mirada, mostrar algo que no estamos imaginando.

Una vez, en un taller, un alumno se encontró, el primer día, con un gitano. Pasó cuatro horas con él, estuvo feliz de la vida, y llegó al final del día mostrando su trabajo. Los demás no habían logrado mucho, pensaban: “Qué suerte tener ese personaje”. ¿Y qué pasó? El gitano desapareció los próximos días, así que el fotógrafo quedó completamente decepcionado, pero se obsesionó tanto que el último día alquiló un coche y recorrió los alrededores del lugar, preguntando a la gente por dónde iban los gitanos cuando salían de allí. Fue fascinante: iba andando con la foto, mostrándosela a la gente, hasta que a unos cien kilómetros del pueblito donde estábamos, encontró a ese hombre. Su desesperación logró algo muy, muy lindo. ¿Qué es lo que quiero compartir con esta historia? La manera como el fotógrafo se involucró, lo encontró para desarrollar y profundizar su relación con el tema. Empezar a involucrarse es lo más importante en la primera etapa.

El sujeto: la clave

El fotógrafo sabe que hay un momento, sabe cuándo la gente abre una ventana; no toda la puerta, pero sí una ventana. Y entra. Un cineasta estadunidense que se llama Fred Wiseman dice que la gente está esperando que alguien vaya a buscarla para compartir su historia, y ese dato es la llave para abrir esta puerta. La mayoría está dispuesta, pero no está esperando.

Hay veces en las que se siente que las puertas están cerradas. Puedes tocar, tocar, tocar, y nadie responde. ¿Hasta qué punto aguantas una puerta cerrada? Si sientes eso, no vale la pena quedarse. Yo soy sensible a decir: “¿No me quieren? Entonces, no voy a tocar más”. Por más que sientas que ahí hay algo interesante, tienes que entender que ellos son dueños de su propio cuerpo, ¿por qué van a querer compartir? ¿Por qué van a darnos su confianza? ¿Por qué van a mostrar su vida?

El periodista debe saber qué  hacer donde no conoce a nadie: cada uno tiene que encontrar su manera para que le tengan confianza. Pero tienen que tener un deseo real, no puede ser falso. Eso es lo más difícil: que no hay pautas.

Acercarse a la gente es todo un proceso tanto para el fotógrafo como para las personas hasta que sienten que están compartiendo algo más que tiempo. Es algo real lo que se encuentra: es gente que acepta que el fotógrafo va a hacer parte de su vida con ellos. La gente acepta al fotógrafo por la forma como él se acerca a ellos, no tanto por sus palabras. Si sólo te dan una hora hoy, no hay que insistir mucho. Lo más importante no es capturar todo en un día sino sentir: “OK, mañana seguimos”. Ser suave, no insistir. Ellos no están acostumbrados a que una persona se quede cuatro o cinco días en su vida. Hay que dejarles aire. Así, pueden establecer una relación íntima incluso con desconocidos, y eso puede ser impresionante, pero no tienen que poner tanto en la fotografía y en esa relación como para no poder, luego, cortar el contacto. Eso puede pasar. Por eso, es importante poder separarse por momentos.

Perspectiva: viaje al corazón del ensayo

Una vez en el terreno, el periodista puede comenzar a imaginar un ensayo. En este punto no se trata de hacer lo que acostumbran: buscar una imagen que complemente el texto. Ahora, cada foto será como una piedra en el camino, y se puede pensar en un hilo, en la narrativa. Para hacer un trabajo lo suficientemente desarrollado se necesitan unas 10 ó 15 ideas. Cada foto tiene que decir algo diferente a la anterior, tiene que permitir conocer a una persona o un lugar.

He notado, en algunos casos, que los fotógrafos disparan sin perder ni un segundo. A cada paso están tomando una foto. Si disparan a cada ratito, no le dan tiempo a su ojo para reflexionar. No están pensando, están solamente reaccionando. Además, no consiguen la imagen que quieren dar al sujeto. Están ahí para retratar la manera en que trabajan y viven normalmente. Por eso es mejor sacar, y salir. Sacar, y salir. Así nace otro tipo de relación. Cuando alguien da permiso para entrar, está dispuesto, y hay que tomar en serio ese regalo. Uno no solamente está para sacar fotos sino para compartir, para charlar a través de la palabra y de muchas otras maneras.

¿Cuándo hay que pensar en profundizar? Cuando sientes que ya tienes el permiso para estar donde estás con quien estás. Imaginemos que estamos haciendo un ensayo, hoy, aquí, en Fundación Proa, ¿cuántas fotos podemos tomar? ¿Cuántas perspectivas hay? Está la entrada del museo, las secretarias, nosotros, las relaciones entre uno y otro. Siempre hay que analizar el espacio antes de disparar. Dividirlo hasta saber qué necesitan de él, esto permite anticiparse al momento clave. Si saben que una estatua no va a moverse, que está ahí, entonces hay que esperar el momento exacto en el que algo particular suceda. Hay que tener paciencia, sentir confianza, saber que pueden volver.

Cuando hemos definido cómo presentar a nuestros personajes, surge la necesidad de definir y dar información sobre el lugar. Y es en la relación con las personas que irán surgiendo esos datos, si uno lo percibe.

Al hacer Carnival Strippers trabajé  como una etnógrafa, tratando de ver desde todas las perspectivas: la de los jóvenes, chicos, viejos, hombres, mujeres. Todo fue obturación, horas y horas esperando hasta capturar cada aspecto. Esta es la idea de la perspectiva: se trata de poder ver algo, dividirlo y luego recomponerlo. Es como diseccionarlo, como armar un rompecabezas. Algunos de ustedes están buscando detalles para ampliar la mirada, y ahí es donde entra en juego la perspectiva. A los detalles importantes, conviene no dejarlos en evidencia, es mejor mostrarlos de una manera más abstracta.

Una de las dificultades que pueden surgir cuando trabajamos con una misma persona durante cuatro días, es la forma de involucrarse con él. Es una relación de uno a uno, hay una expectativa de diálogo, pero una cosa es el diálogo con palabras y otra cosa es el diálogo con imágenes. Entonces, ¿cómo responder a lo que estamos viendo? Una manera es sentir la curiosidad de mirar y ver lo que él ve, tener su punto de vista, saber cómo es su relación con sus rincones, con su lugar, compartir su sensación.

Cuando hay dos o más sujetos, podemos movernos alrededor de ellos. Mostrarlos incluso de lejos; no siempre hay que estar encima del personaje porque puede sentir angustia. Hay que estar al lado pero dejarle su espacio; si no, siempre van a sentir tu presencia. Y lo que estamos buscando son los momentos en los que la gente no está pensando que tú la miras, que olvida por un ratito que estás ahí, para capturar algo más íntimo. Se trata sólo de estar, sentir que hay una complicidad, que no tienes que probar nada, que tu presencia está aceptada. No eres invisible, pero quedarte el tiempo suficiente da más espacio para la espontaneidad, para ver, para ser parte y observar, de lejos, de cerca, de arriba, de abajo.

Si vamos a trabajar en un lugar cerrado, sin luz natural, lo que podemos hacer es probar con luz ambiente, luego con flash, y así hasta encontrar la iluminación indicada para aplicar durante el resto del trabajo. Sobre todo cuando se trata de un espacio de intimidad para las personas. Por eso, es bueno que se resuelva la parte técnica por anticipado para que, luego, no se convierta en un obstáculo.

La edición

Cuando me preguntaron por mis impresiones frente algunas fotos, respondí de una manera un poco brutal, dije: “No depende de mí, ni de nadie más que tú”. El fotógrafo tiene que tomar su propia decisión de acuerdo a lo que él consideren sobre una y otra foto. Es importante la experiencia de confiar en sus propias decisiones, tomadas con los ojos y con conciencia. Nuestros ojos nos dirigen más que nuestro entendimiento. Quizás, muchas veces, no sabemos bien qué estamos capturando pero si reflexionamos, sí lo sabemos. Es importante sentirnos satisfechos de lo que decidimos por nosotros mismos.

Algo elemental, desde el comienzo de la edición, es reducir y reducir. Hacer, cada día, una preselección. Dejar solamente las fotos que vale la pena seguir complementando luego de haber estado ahí, en un lugar. Cada día es diferente para capturar algo, para ir profundizando y desarrollando la toma. De entre 15 ó 20 fotos, quizás solo una vale. Poco a poco se va descubriendo por dónde va el tema y cómo queremos expresarlo. Es un cuento. Si en un momento nos decidimos por cierta foto, hay que dejar las demás en otro folder. Vemos una y otra vez la preselección, y cuando hay dos retratos de la misma situación, buscamos otra alternativa. Eso ayuda a pensar: “Tengo esto, no tengo que poner más de tal cosa, ¿qué puede complementar, por dónde voy, por dónde no he pasado, qué falta?”. Tenemos que evaluar si el ojo capturó cosas que no capturó la foto, es decir: si la foto dice todo lo que hemos visto, si transmite el mismo entusiasmo que podemos transmitir con palabras al contar qué estamos fotografiando. Eso ayuda inconcientemente a descubrir por qué seguimos tal camino o si hay que salir a buscar algo diferente. El fotógrafo tiene que ser duro consigo mismo.

Otro aspecto para tener en cuenta es con qué foto va a empezar la historia. Cuál será la apertura y por dónde seguir contando para que quienes vean nuestro trabajo sientan que están en la vida de esa gente, en el mundo de esa gente. Hay que imaginar dónde se empieza a compartir esta historia con otros: cuál será la narrativa, la estructura, la secuencia. Una posibilidad es usar la luz como hilo, llegar del día a la noche. Otra, puede ser presentar al personaje desde distintos aspectos, distintas actividades, hasta llegar al más importante.

También hay que pensar en las herramientas para dar contexto al tema. Quizás, lo mejor es colgar las fotos en una pared. O armar una especie de librito. O sumarle texto y audio, y proyectarlas. En este caso, por ejemplo, si ponemos música y un texto, hay que cuidar que no se combinen de tal manera que sea difícil escuchar la canción y leer al mismo tiempo; si se hace una proyección con texto, se le puede dar a las letras un color que predomine en las fotos. Y mejor si se deja un espacio entre los párrafos para que la lectura sea más ágil. Los comentarios deben permanecer en pantalla el tiempo suficiente para que se puedan leer completos. Todos estos elementos pueden aportar mucha sensibilidad, dar otro contexto al trabajo, al cuento.

Siempre tenemos que divertirnos para reinventarnos, para sorprendernos, primero, a nosotros mismos.


* María Mansilla es periodista, redactora y colaboradora en Las 12 (suplemento femenino de Página 12), National Geographic en español, Elle, Hecho en Bs.As., Rumbos (Grupo La Nación), Etiqueta Negra, entre otros. Está a cargo del Taller de Redacción Periodística de ARGRA Escuela. Esta es la parte central de la relatoría del Taller de Fotoperiodismo con Susan Meiselas, realizado en Buenos Aires, Argentina, en octubre de 2005, por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que preside Gabriel García Márquez, la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA) y la Fundación Proa. El texto completo está en el sitio de la FNPI.


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