Periodismo
y terrorismo
Raúl
Trejo Delarbre *
El
lunes 10 de agosto, el diario mexicano Milenio
publicó en su edición impresa, así como en los
espacios que tiene en televisión e Internet, una
entrevista con Servando Gómez Martínez, uno de
los jefes de la pandilla de narcotraficantes
conocida como La Familia Michoacana.
Se trata de la segunda comparecencia mediática
de ese personaje. Semanas antes Gómez Martínez,
a quien apodan La Tuta, había llamado a
un canal de televisión en Michoacán que
difundió en directo sus declaraciones
telefónicas mientras en la pantalla se veía al
nervioso y azorado conductor que debió conversar
con ese inesperado interlocutor.
Ahora se trató
de Pablo César Carrillo, director de Milenio
en León, Guanajuato, que también frente a una
cámara de televisión dialogó con el
narcotraficante a quien tenía del otro lado de
la línea telefónica.
Hay dos
versiones sobre el origen de esa conversación.
La nota periodística en donde se publicó un
resumen del diálogo explica: Gómez
Martínez contactó a Milenio León para
rechazar la participación de La Familia en el
ataque del jueves pasado a instalaciones de la
procuraduría guanajuatense en Irapuato y Silao
con saldo de dos muertos y 25
heridos, acción que endilga a Los Zetas.
También aprovecha para reiterar el llamado a
dialogar con el gobierno federal, tal como lo
hizo el 15 de julio con el periodista Marcos
Knapp, de la michoacana CB Televisión.
Sin embargo el
mismo lunes, en Milenio, el director
editorial de ese diario, Ciro Gómez Leyva,
dedicó su cotidiano comentario editorial a ese
asunto y relata: Reapareció La Tuta.
Pero esta vez fue diferente. Esta vez Pablo
César Carrillo, director de Milenio León,
lo buscó y encontró. Periodismo elemental: el
reportero va por el protagonista, contacta con su
círculo de contención, negocia las formas. Se
da la entrevista. La entrevista se difunde.
Tomar al aire la
llamada de un delincuente que busca acceder a los
medios para propagar su versión de
acontecimientos criminales en los que se
encuentra involucrado, sin duda es una
decisión difícil que tiene implicaciones
jurídicas, profesionales y éticas.
Buscar a un
delincuente para que ofrezca declaraciones
resulta todavía más complejo. En los meses
recientes distintos grupos criminales han
aparecido en medios de comunicación para
expresar la influencia social que han ganado,
para dirimir rivalidades con otras pandillas
delincuenciales o para amagar a la población o a
las autoridades. La decisión de buscar a un jefe
criminal para ofrecerle espacio en un medio
sobre todo para recibir sus declaraciones a
teléfono abierto puede lindar con la
complicidad.
En la entrevista
que le hizo a Servando Gómez, el periodista
Pablo César Carrillo, de acuerdo con la versión
que publicó Milenio el lunes 10 de
agosto, mantiene diálogos como el siguiente:
¿Son cristianos, Servando?
Creo
mucho en Dios, Dios y el padre Cristo por obra
del Espíritu Santo; qué más puedo decir.
¿No
siente que cometer actos que se consideren
excesivos pudieran alejarlos del cristianismo?
Sé que
tienes razón, pero desgraciadamente vamos a
mostrar debilidad. Quizá te preguntes
¿cómo es posible que pidan diálogo
cuando hacen eso?. Somos una organización.
El presunto
operador aclara: Lo único que le pido a
Dios, donde quiera que me encuentre, que es a él
al único a quien le quiero rendir cuentas, que
nada más me juzgue él.
En esas
declaraciones no hay revelación, ni novedad
algunas. Y aun si las hubiera, se trataría de
afirmaciones de un delincuente a quien el trabajo
periodístico no cuestiona, ni cuyas afirmaciones
se ubican dentro de un contexto analítico ni
crítico. El señor denominado La
Tuta expone con toda amplitud sus creencia
religiosa así como su pragmática idea de la
justicia. Mientras lo alcanza la justicia de los
hombres, él se considera exonerado para que nada
más lo juzgue dios. El periodista no contrasta
esas afirmaciones. Asume con el delincuente tanta
familiaridad que lo llama por su nombre de pila.
El capo criminal, a su vez, en varias ocasiones
le dice muchacho con notoria
condescendencia.
¿Es
periodísticamente útil difundir declaraciones
de los narcotraficantes? ¿En dónde se rompe la
difícil frontera entre el trabajo periodístico
profesional y la utilización del periodismo por
parte de un grupo criminal? Ese tema inquieta
cada vez más en los medios de comunicación. El
mes pasado, en su edición de julio, la revista Nexos
publicó varias opiniones de periodistas y
analistas de los medios acerca de los dilemas
profesionales y éticos que surgen ante la
cobertura noticiosa del narcotráfico.
En esa edición
Pascal Beltrán del Río, director de Excélsior,
consideró en un texto titulado
Periodistas, no voceros:
¿Qué se
diría de un medio que publica sistemáticamente,
sin mayor comentario, los boletines de una de
dependencia de gobierno? Seguramente no se le
bajaría de gacetillero y vendido. Si tiene tan
mala fama hacerlo con los comunicados oficiales y
las fotos de funcionarios que sólo buscan la
promoción personal, ¿por qué reproducir los
llamados narcomensajes sin un mínimo espíritu
crítico o esfuerzo de interpretación?
Es una equivocación en el ejercicio
periodístico negarse a ver que tanto los recados
del crimen organizado como las decapitaciones
tienen un claro efecto propagandístico e
intimidatorio. Y que sus autores buscan la caja
de resonancia de los medios de comunicación para
potenciar su mensaje de terror.
La
difusión de las narcomantas y las decapitaciones
en algunos medios al principio, quizá, por
su carácter novedoso ha ayudado a que
estos fenómenos pasen de ser excepcionales a
convertirse en rutinarios.
Los medios
que les brindan espacio hacen un pobre servicio
informativo a su público, que generalmente
recibe las imágenes sin mayores elementos para
comprender su significado. En cambio, colaboran
con las estrategias de los delincuentes,
sirviéndoles de altavoz.
En la
conversación con La Tuta, Milenio
León y luego la matriz nacional de esa
cadena periodística no solamente sirvieron como
voceros de un delincuente. Además, según al
menos una de las versiones de ese asunto, el
periódico buscó tales declaraciones.
En su texto del
lunes pasado, significativamente titulado
Darle voz a un terrorista,
Gómez Leyva ofreció una reflexión
inicial sobre los riesgos de esa información y
justificó su publicación en Milenio al
considerar que se había tratado de un día
de aprendizaje más en la redacción. Sin
embargo luego se preguntó: ¿Y si a La
Tuta se le ocurre darnos entrevistas cada
semana?.
A fines de mayo
un grupo de narcotraficantes asesinó en Torreón
al reportero Eliseo Barrón Hernández,
periodista de la edición de Milenio en
Coahuila. Dos meses y medio más tarde, esa misma
casa editorial busca al capo de otro grupo de
narcotraficantes para difundir sus declaraciones.
Me parece que los colegas de Milenio
cometieron un error al solicitar y luego al
difundir esa nota. Ojalá realmente haya sido un
día de aprendizaje para esa redacción.
* Raúl
Trejo Delarbre es
miembro del Instituto de Investigaciones Sociales
de la UNAM, columnista político. Este texto lo
publicó el pasado 14 de agosto en Eje Central.
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