Sala de Prensa

119
Septiembre 2009
Año XI, Vol. 5

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   


Periodismo y terrorismo

Raúl Trejo Delarbre *

El lunes 10 de agosto, el diario mexicano Milenio publicó en su edición impresa, así como en los espacios que tiene en televisión e Internet, una entrevista con Servando Gómez Martínez, uno de los jefes de la pandilla de narcotraficantes conocida como “La Familia Michoacana”. Se trata de la segunda comparecencia mediática de ese personaje. Semanas antes Gómez Martínez, a quien apodan La Tuta, había llamado a un canal de televisión en Michoacán que difundió en directo sus declaraciones telefónicas mientras en la pantalla se veía al nervioso y azorado conductor que debió conversar con ese inesperado interlocutor.

Ahora se trató de Pablo César Carrillo, director de Milenio en León, Guanajuato, que también frente a una cámara de televisión dialogó con el narcotraficante a quien tenía del otro lado de la línea telefónica.

Hay dos versiones sobre el origen de esa conversación. La nota periodística en donde se publicó un resumen del diálogo explica: “Gómez Martínez contactó a Milenio León para rechazar la participación de La Familia en el ataque del jueves pasado a instalaciones de la procuraduría guanajuatense en Irapuato y Silao —con saldo de dos muertos y 25 heridos—, acción que endilga a Los Zetas. También aprovecha para reiterar el llamado a dialogar con el gobierno federal, tal como lo hizo el 15 de julio con el periodista Marcos Knapp, de la michoacana CB Televisión”.

Sin embargo el mismo lunes, en Milenio, el director editorial de ese diario, Ciro Gómez Leyva, dedicó su cotidiano comentario editorial a ese asunto y relata: “Reapareció La Tuta. Pero esta vez fue diferente. Esta vez Pablo César Carrillo, director de Milenio León, lo buscó y encontró. Periodismo elemental: el reportero va por el protagonista, contacta con su círculo de contención, negocia las formas. Se da la entrevista. La entrevista se difunde”.

Tomar al aire la llamada de un delincuente que busca acceder a los medios para propagar su versión de acontecimientos criminales en los que se encuentra involucrado, sin duda es  una decisión difícil que tiene implicaciones jurídicas, profesionales y éticas.

Buscar a un delincuente para que ofrezca declaraciones resulta todavía más complejo. En los meses recientes distintos grupos criminales han aparecido en medios de comunicación para expresar la influencia social que han ganado, para dirimir rivalidades con otras pandillas delincuenciales o para amagar a la población o a las autoridades. La decisión de buscar a un jefe criminal para ofrecerle espacio en un medio –sobre todo para recibir sus declaraciones a teléfono abierto– puede lindar con la complicidad.

En la entrevista que le hizo a Servando Gómez, el periodista Pablo César Carrillo, de acuerdo con la versión que publicó Milenio el lunes 10 de agosto, mantiene diálogos como el siguiente:

“ – ¿Son cristianos, Servando?

– Creo mucho en Dios, Dios y el padre Cristo por obra del Espíritu Santo; qué más puedo decir.

– ¿No siente que cometer actos que se consideren excesivos pudieran alejarlos del cristianismo?

– Sé que tienes razón, pero desgraciadamente vamos a mostrar debilidad. Quizá te preguntes ‘¿cómo es posible que pidan diálogo cuando hacen eso’?. Somos una organización.

El presunto operador aclara: ‘Lo único que le pido a Dios, donde quiera que me encuentre, que es a él al único a quien le quiero rendir cuentas, que nada más me juzgue él’”.

En esas declaraciones no hay revelación, ni novedad algunas. Y aun si las hubiera, se trataría de afirmaciones de un delincuente a quien el trabajo periodístico no cuestiona, ni cuyas afirmaciones se ubican dentro de un contexto analítico ni crítico. El señor denominado “La Tuta” expone con toda amplitud sus creencia religiosa así como su pragmática idea de la justicia. Mientras lo alcanza la justicia de los hombres, él se considera exonerado para que nada más lo juzgue dios. El periodista no contrasta esas afirmaciones. Asume con el delincuente tanta familiaridad que lo llama por su nombre de pila. El capo criminal, a su vez, en varias ocasiones le dice “muchacho” con notoria condescendencia.

¿Es periodísticamente útil difundir declaraciones de los narcotraficantes? ¿En dónde se rompe la difícil frontera entre el trabajo periodístico profesional y la utilización del periodismo por parte de un grupo criminal? Ese tema inquieta cada vez más en los medios de comunicación. El mes pasado, en su edición de julio, la revista Nexos publicó varias opiniones de periodistas y analistas de los medios acerca de los dilemas profesionales y éticos que surgen ante la cobertura noticiosa del narcotráfico.

En esa edición Pascal Beltrán del Río, director de Excélsior, consideró en un texto titulado “Periodistas, no voceros”:

“¿Qué se diría de un medio que publica sistemáticamente, sin mayor comentario, los boletines de una de dependencia de gobierno? Seguramente no se le bajaría de gacetillero y vendido. Si tiene tan mala fama hacerlo con los comunicados oficiales y las fotos de funcionarios que sólo buscan la promoción personal, ¿por qué reproducir los llamados narcomensajes sin un mínimo espíritu crítico o esfuerzo de interpretación?
“Es una equivocación en el ejercicio periodístico negarse a ver que tanto los recados del crimen organizado como las decapitaciones tienen un claro efecto propagandístico e intimidatorio. Y que sus autores buscan la caja de resonancia de los medios de comunicación para potenciar su mensaje de terror.

“La difusión de las narcomantas y las decapitaciones en algunos medios —al principio, quizá, por su carácter novedoso— ha ayudado a que estos fenómenos pasen de ser excepcionales a convertirse en rutinarios.

“Los medios que les brindan espacio hacen un pobre servicio informativo a su público, que generalmente recibe las imágenes sin mayores elementos para comprender su significado. En cambio, colaboran con las estrategias de los delincuentes, sirviéndoles de altavoz”.

En la conversación con “La Tuta”, Milenio León y luego la matriz nacional de esa cadena periodística no solamente sirvieron como voceros de un delincuente. Además, según al menos una de las versiones de ese asunto, el periódico buscó tales declaraciones.

En su texto del lunes pasado, significativamente titulado “Darle voz a un terrorista”,  Gómez Leyva ofreció una reflexión inicial sobre los riesgos de esa información y justificó su publicación en Milenio al considerar que se había tratado de “un día de aprendizaje más en la redacción”. Sin embargo luego se preguntó: “¿Y si a La Tuta se le ocurre darnos entrevistas cada semana?”.

A fines de mayo un grupo de narcotraficantes asesinó en Torreón al reportero Eliseo Barrón Hernández, periodista de la edición de Milenio en Coahuila. Dos meses y medio más tarde, esa misma casa editorial busca al capo de otro grupo de narcotraficantes para difundir sus declaraciones. Me parece que los colegas de Milenio cometieron un error al solicitar y luego al difundir esa nota. Ojalá realmente haya sido un día de aprendizaje para esa redacción.


* Raúl Trejo Delarbre es miembro del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, columnista político. Este texto lo publicó el pasado 14 de agosto en Eje Central.


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