Sala de Prensa


13
Noviembre 1999
Año II, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


La prensa en Cuba: las sutilezas del sistema

Homero Campa *

Todas las mañanas, Bill Clinton, Ernesto Zedillo o José María Aznar se levantan y leen su respectiva prensa nacional: resúmenes informativos, columnas políticas, editoriales, encuestas... Todo lo que, fundamentalmente, produce su prensa diaria.

Todas las mañanas, Fidel Castro se levanta y lee --según ha confesado-- los cables internacionales: todo lo que se escribe de y desde Cuba por los corresponsales extranjeros y/o lo que se publica de la isla desde el exterior.

En otras naciones una nota o un reportaje de la prensa nacional puede ocasionar un escándalo y --junto con otros factores-- tirar a un ministro. En Cuba no ha ocurrido tal. La prensa nacional no es un elemento de presión. Sus noticias ya son sabidas desde hace mucho por los funcionarios de primer o segundo nivel. En cambio, existe preocupación por lo que se difunde hacia afuera. La imagen del país está en las manos de una prensa extranjera que, en apariencia, está fuera de su control.

Ahora bien, esa prensa extranjera ¿informa realmente lo que sucede en Cuba?.

La respuesta es: sí, pero muy poco.

En Cuba --como en otros países de sistemas cerrados-- la información importante --la que vale-- se maneja en círculos muy restringidos: el Comité Central, el Consejo de Estado, el Buró Político del Partido. Tener acceso a una fuente confiable de esos círculos es un reto casi siempre incumplido por los corresponsales de prensa. Lo que informamos y difundimos es normalmente lo evidente o autorizado. No necesariamente los datos que nos explican la historia profunda de los fenómenos. Describimos la espuma de las olas y casi siempre en eso nos quedamos. De vez en cuando nos asomamos al fondo y muy raramente nos sumergimos. Somos entes que rondamos el poder y muy rara vez éste se abre a nosotros para explicar sus decisiones.

Vamos a poner un ejemplo: ¿Cómo fueron los contactos previos entre el gobierno de Clinton y el de Castro para llegar a las negociaciones que llevaron al acuerdo migratorios de Nueva York en septiembre de 1994? ¿Cómo se desarrollaron éstas negociaciones? ¿Qué papel jugaron exactamente Gabriel García Márquez y el expresidente norteamericano Jimmy Carter? Luego, ¿cómo fueron los contactos en Canadá entre Peter Tarnoff y Ricardo Alarcón para llegar a los acuerdos migratorios complementarios en mayo siguiente? ¿Qué rol jugó como discreto mediador el entonces presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari?

Las respuestas a las anteriores interrogantes escaparon al manejo de la prensa. La historia de la llamada "crisis de los balseros" es incompleta --o quizá irreal-- sin el conocimiento de estos entretelones. Acaso los corresponsales escribimos sobre el "qué", sin poder explicar el "cómo" de los hechos.

Mi experiencia en Cuba me indica que para penetrar el poder es necesario un compromiso de adhesión ideológica al régimen. Al hacerlo, un periodista atentaría contra su oficio. Conocer de los hechos o acciones del poder sin posibilidad de informarlos en tiempo y forma --es decir, al momento y sin juicios de valor--, es la paradoja más frustrante para un periodista de vocación.

Si nuestra misión en la isla es informar ¿por qué no lo hacemos a cabalidad? ¿Cuál es la razón por la que algunas noticias trascendentes sobre Cuba las conoce antes el editor de un diario en Washington o en la Ciudad de México que su corresponsal en La Habana? ¿Cómo actúa --o debe actuar-- un reportero en ese país para tener la "la nota"?

El periodista acreditado en Cuba se enfrenta a problemas que, aclaro, no son exclusivos de la isla, pero se acentúan allí por las características de su régimen.

Según mi experiencia personal, destacan:

Primero --ya lo dije-- la falta de información. O mejor dicho: el estrecho acceso a la información. Las fuentes son escasas y sus filtraciones restringidas.

Normalmente, en cualquier país un corresponsal extranjero se apoya en la prensa nacional: las notas del día, las columnas políticas, los artículos de opinión. En Cuba hay que monitorear todo: radio, televisión y los diarios Granma y Juventud Rebelde. Sin embargo, pocas informaciones locales son las que nos funcionan para hacer una nota de interés para México o el mundo.

Por tanto, hay que salir a la calle para hablar con medio mundo e ir a la mayor parte de actos y reuniones, públicos y semipúblicos, para saber, al menos, "que hay en el ambiente".

Hay que destacar que en Cuba --salvo la cancillería-- ningún ministerio u organismo gubernamental tiene una oficina de prensa ni emite boletines. La presidencia del Consejo de Estado no tiene tampoco algo similar y no existen de manera programada conferencias de prensa con Fidel Castro ni con los principales funcionarios del régimen. Salvo que ellos convoquen para algún asunto específico, los funcionarios tienen que ser "cazados" por el corresponsal.

Es común que cualquier cubano hable mucho y de todo. Pero su información es superficial. Los personajes que nos interesan no hablan casi y cuando lo hacen no se les puede citar porque "se embarcan". Todo funcionario sabe que una filtración a la prensa extranjera sobre un asunto "delicado" puede costarle el puesto y posiblemente la libertad. Un desliz con los corresponsales es una especie de traición y como tal se paga. Todavía existe entre los funcionarios el criterio de que la prensa extranjera se "alinea a los intereses del imperialismo yanqui" y, por lo tanto, hay que verla con reservas, si no es que como parte del enemigo.

La falta de fuentes oficiales obliga a buscar las independientes. Pero en Cuba éstas son casi inexistentes. No hay instituciones políticas desligadas del aparato estatal. La Iglesia misma apenas está en un proceso de reconstrucción y su información se mantiene aún en el ámbito de lo religioso. Los grupos disidentes son tan pequeños y marginales que el valor de su información es casi nula. Salvan un poco esta situación los diplomáticos (los mejores chismes se corren en las recepciones de las embajadas), los propios colegas periodistas que te pasan datos y declaraciones y algunos académicos e intelectuales.

Viene ahora un segundo problema: documentar la información. En Cuba los corresponsales publicamos menos de lo que sabemos o de lo que nos enteramos. ¿Por qué? Es sumamente arriesgado publicar lo que no podamos después demostrar.

Un ejemplo: durante la Guerra del Golfo, Naciones Unidas impuso un embargo económico total a Iraq. En esas fechas entró un barco iraquí al puerto de La Habana. Los corresponsales de prensa acudieron al puerto y observaron y fotografiaron al barco. Un periodista búlgaro publicó además que el barco "podría traer petróleo". La nota recorrió el mundo y de ser cierta ponía en aprietos al gobierno de Fidel Castro: iba contra una disposición de la ONU. El gobierno cubano negó que el barco llevara petróleo y retó al periodista búlgaro a probar su información. No lo pudo hacer y fue expulsado de Cuba.

De este ejemplo se deduce un tercer problema: la susceptibilidad. Las autoridades cubanas son muy sensibles a lo que se publica en el extranjero y que es enviado desde Cuba por un corresponsal. Les duele y molesta la información que consideran "negativa", "desbalanceada" o "distorsionada". Para valorar las notas informativas utilizan criterios políticos, pero el corresponsal aplica criterios periodísticos. En términos formales, uno debe pensar: esta información es importante, relevante y noticiosa. Y no: "esta información jode o beneficia a la revolución".

A veces, los funcionarios hacen sentir al corresponsal como un ingrato. Ellos han abierto sus puertas para que el periodista trabaje en la isla y, pese a esa apertura y disposición, éste se dedica a "golpear" o a "destacar sólo los aspectos negativos del Periodo Especial" e "ignora los esfuerzos del pueblo por salir de la crisis".

Son típicos los ejemplos de corresponsales que --a veces de manera sutil y amigable y otras no tanto-- reciben quejas por difundir notas con entrevistas a grupos disidentes. Los funcionarios argumentan que dichos grupos no son representativos, que no tienen apoyo popular, que son pequeños, que están supeditados a intereses foráneos de gobiernos o de sectores duros del exilio, etcétera.

Eso nos lleva al cuarto problema: las presiones.

En Cuba los corresponsales reciben casi un trato diplomático: tienen ciertas prerrogativas (autos con placa especial, acceso a teléfonos vía satélite, celulares, Internet, franquicias aduanales, invitaciones a recepciones protocolares) y se mantiene hacia ellos una disposición de respeto y amabilidad. Como el régimen otorga ese "trato diplomático", hace sentir que su comportamiento y responsabilidad debe ser correspondiente. Y juzga como una traición a ese trato "los golpes periodísticos" que en otros lados del mundo suelen asimilarse como normales. Entonces, la información se restringe aún más y se dificulta el acceso a los funcionarios. Puede suceder que un "periodista incómodo" quede fuera de la lista de corresponsales invitados a actos con ministros o con el presidente Fidel Castro. Los trámites para una entrevista --que pueden ser agilísimos cuando hay disposición política-- se hacen lentos y tortuosos para el que ha sobrepasado los límites. La hostilidad o la indiferencia hacia las gestiones de trabajo son un "signo" que a nadie escapa.

Como las reglas son no escritas, el corresponsal debe tener cierta sensibilidad para manejarse en los límites de "lo permitido". Estos marcos provocan una incertidumbre que inhibe el libre ejercicio de la profesión. Muchos se preguntan: "¿Voy a arriesgar mi estancia en la isla, la oportunidad de narrar la transición cubana, por una información que, aunque cierta, puede ser a mediano plazo intrascendente?" Vienen entonces los matices, los malabares en la redacción para "decir la información sin que moleste" y, lamentablemente, algo de autocensura.

Para combatir esto, no hay mejor remedio que el profesionalismo: la rigurosidad de la información, la fuente citable, el hecho puro y llano, el dato concreto, preciso y verificable. Requisitos todos que salvan una nota periodística y a su autor.

No me consta, pero obvio es decir que un corresponsal que tenga problemas legales en la isla es sujeto de mayores presiones.

No hay --o no tengo conocimiento de ello-- persecución y vigilancia personalizada. Creo que ninguno de los corresponsales acreditados sufrimos paranoia. Los micrófonos escondidos, los teléfonos intervenidos, el hombre atrás que nos vigila, son sólo tema de charlas o de bromas. Nuestro trabajo debe ser tan público y transparente que no tenemos por qué ocultar lo que hacemos. Incluso, a veces es mejor que los servicios de Seguridad del Estado sepan qué hacemos para evitar así la sospecha de que intrigamos o de que conspiramos.

Es justo decir que podemos transitar libremente por toda la isla y tocar todos los temas --aun los más espinosos-- siempre y cuando no se omita o distorsione el criterio que sobre ellos tiene la Revolución.

Así pues, a la prensa extranjera le queda como reto en Cuba ser más profesional y, al régimen, cambiar su actitud y su manejo con ella. Creo que esto se logrará en la medida en que la prensa nacional ocupe el papel que le corresponde: informante de los asuntos de interés nacional, espacio de análisis y reflexión, foro de debate público, conciencia crítica del poder y de la sociedad.

Por ello, para la prensa nacional los retos son mayores: tiene que transformarse radicalmente.

Claro que para ello es necesario una apertura política y ésta no se vislumbra a mediano plazo. La mayoría de los periodistas cubanos piensan que la situación de su prensa nacional sería lo último en cambiar en este país. La información es poder y su control es inherente a un régimen como el cubano.

No obstante, la inmovilidad en materia de información y prensa puede resultarle peligrosa. Al respecto --y ya para terminar-- anoto algunas reflexiones:

Primero: Cuba intenta insertarse en este mundo cambiante y complejo. Este mundo tiene como característica estar abierto a la información. Nadie ya escapa a los ojos de la opinión pública mundial y Cuba --si quiere insertarse-- no podrá seguir como una fortaleza sitiada: tendrá que abrirse y junto con esa apertura le llegarán cúmulos de información para los que no está acostumbrada y le exigirán a su vez información que le será difícil negar. La prensa puede quedar rebasada con este fenómeno. No le queda mas remedio que enfrentarse abiertamente al intercambio de informaciones.

Segundo: la prensa nacional debe llenar el vacío informativo y las expectativas de la población. Las transformaciones cubanas no podrán efectuarse a cabalidad si no son informadas y explicadas en toda su amplitud, con sus riesgos y consecuencias. El gobierno cubano requiere un consenso social para aplicar las medidas económicas que se propone. Le será útil para ello un papel más activo de la prensa cubana. La omisión nunca convence. Más todavía, la omisión prohíja el rumor y la incertidumbre. Estos pueden provocar reacciones sociales a veces violentas e imprevisibles.

Tercero: la eficiencia en la reforma económica cubana requiere de flujos de información en distintos niveles. La toma de decisiones empresariales requiere de datos y hechos diarios que deben resolver los medios periodísticos.

Cuarto: la prensa nacional cubana debe ser viable económicamente. Todo medio dependiente en sus recursos de un partido, gobierno o grupo privado tiende inevitablemente a sujetarse a sus intereses. Si la prensa cubana se aboca el reto de sobrevivir con criterios propios debe ser autofinanciable. Y para ello debe vender su información. Y sólo podrá hacerlo sí ésta es de calidad. Además, debe modernizarse: ser eficiente, con sólo el personal necesario y con medios modernos de trabajo.

Y quinto: En aras de la credibilidad debe buscar autonomía. En estos momentos, en Cuba, ello sólo es posible mediante un proceso gradual de descentralización de recursos y decisiones. Los criterios periodísticos sobre qué, cuando y cómo informar deberán tomarse en la mesa de edición sin la consulta a "las instancias del partido".


* Homero Campa es licenciado en Periodismo y Comunicación Colectiva (UNAM). Hasta agosto de 1999 y durante siete años fue corresponsal en La Habana del semanario mexicano Proceso, del que ahora es Coordinador de Información Internacional. Es coautor de los libros El estallido social en el siglo XX (UAM-Xochimilco, 1989) y Cuba: los años duros (Plaza & Janés, 1997). Este texto fue leído en diciembre de 1998 en la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Habana durante el ciclo de conferencias "La prensa extranjera en Cuba" y fue entregado a Sala de Prensa por su autor, como su primera colaboración para este sitio.


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