Tiananmen, 20 años después

Recuerdos
de un periodista
Alejandro
Gutiérrez *
Hace 20
años, José Luis Márquez puso el ojo en el
visor de su betacam cargada al hombro y apretó play
para dejar registro de la brutal represión
militar contra los estudiantes chinos en la plaza
de Tiananmen, en Beijing. Fue el único
camarógrafo de televisión que logró enviar
imágenes de los terribles acontecimientos
ocurridos entre la tarde del día 3 y hasta la
mañana del 4 de julio de 1989.
Lo que su
cámara de televisión no logró grabar, pero que
él mismo relata a Proceso, es la ayuda
voluntaria de los manifestantes y su propia
osadía para lograr traspasar el cerco militar,
preservar su integridad física y asegurar que el
contenido de las tres cintas que rodó durante
esa madrugada lograran ser vistas alrededor del
mundo.
Cuando la
ambulancia abrió las puertas traseras muy cerca
de mi escondite, (los estudiantes) me empujaron
para adentro junto con mi betacam, que habían
metido en una bolsa de mimbre. Con gestos y con
las manos, la única forma de comunicarnos, me
dijeron que permaneciera tirado en un rincón y
no hiciera ruido ni hablara. De hecho, yo lo
interpreté así: Por el amor de Dios, no
hables ni digas nada, porque si te encuentran,
nos matan a todos. Entonces, saqué la cinta
de la cámara y me la metí enfrente, por debajo
del pantalón, por si nos detenían, tratar de
salvar algunos planos.
Estaba muy
nervioso y estresado. Habían sucedido demasiadas
cosas esa madrugada. Entonces me taparon con unos
cartones y encima apilaron algunos cadáveres y
heridos. Chorreaba sangre por todos lados. La
ambulancia caminaba y paraba en cada retén
militar y yo escuchaba los gritos de los soldados
cuando se dirigían a los socorristas. Los
estudiantes habían convencido a los socorristas
para que me ayudaran a salir del sitio de la
masacre. Como yo no me podía mover, llegó un
momento que me quedé dormido, hasta que el tipo
de la ambulancia me llevó cerca del hotel donde
estaba toda la prensa. Ya eran las 2 o 3 de la
tarde del día 4, y entonces ya di la voz de
alarma de lo que había pasado: La masacre de
Tiananmen.
Este madrileño, de 58
años y jubilado, es un célebre camarógrafo del
periodismo español. Durante 40 años estuvo
presente en casi todas las coberturas de guerras.
Empezó en Vietnam en 1968, aunque pasó por Irak
(las dos guerras del Golfo), Afganistán, Angola,
Liberia, Mozambique, Israel-Palestina, Eritrea,
Centroamérica, Chile y la ex Yugoslavia, entre
muchos lugares en conflicto.
El escritor y
periodista Arturo Pérez Reverte, con quien
formó dupla como enviados de guerra en Sarajevo,
lo inmortalizó en su libro Territorio
Comanche. Márquez es el protagonista central
del libro, reflejado ahí como un camarógrafo
arriesgado, gruñón y obstinado por conseguir la
imagen emblemática del conflicto. De hecho, el
libro relata el deseo de Márquez por obtener la
escena de la voladura del puente de Bijelo Pojle,
que en los hechos no logró grabar.
Sobre este
episodio relata brevemente: Es el fracaso
de mis 40 años, el que los soldados no apretaran
el detonador (de la carga explosiva) en ese
momento; es que ese puente era un árbol de
Navidad. Era estratégico. Y Pérez Reverte me
decía vámonos, y yo que no
tío, no me voy, que es la foto de la puta
guerra. Le decía vete tú, ven
mañana a buscarme. Como imagen me parecía
la auténtica imagen bélica.
Llegada
a Pekín
Diecinueve días
antes de esa terrible noche en Beijín, Márquez
había llegado como parte del equipo de
Televisión Española (TVE) para la cobertura de
la visita de Mijail Gorbachov en la cumbre
chino-soviética. Pero esa cobertura finalmente
se extendió 55 días, siguiendo la evolución de
las protestas del pueblo chino.
La visita
de Gorbachov a Pekín, primera de un soviético
en 30 años, provocó mucha expectación.
Nosotros, como otros medios, fuimos enviados a
esa cobertura. Llegamos el día 14, un día antes
que Gorbachov. Era el momento en que las puertas
estaban abiertas para los medios. Pero a los dos
o tres días notamos algo en el ambiente. Los
chinos entendían que era el momento de echarse a
la calle y hacerse escuchar ante los medios
internacionales para que se conocieran los que
ellos reivindicaban, relata.
De tal suerte
que en los envíos informativos ocupaban un
minuto las actividades de Gorbachov y medio
minuto las manifestaciones en la calle.
En plena
visita de Gorbachov, la gente decidió tomar la
plaza de Tiananmen, donde los estudiantes
iniciaron una huelga de hambre, pidiendo
democracia y denunciando la corrupción. El
contingente crecía día con día. Primero
los estudiantes, luego se sumaron los
trabajadores y ciudadanos. En los alrededores
cada día llegaban camiones con cientos de
policías uniformados, muy jóvenes y con más
miedo en la cara que los manifestantes, porque no
sabían qué estaba sucediendo. Llegué a ver
policías que dejaban el uniforme y se pasaban
con la gente.
Márquez
recuerda que todo cambió cuando se fue
Gorbachov. La actitud del gobierno empezó
a cambiar. Su respuesta empezó a ser más
radical. En tanto, la plaza se
convirtió en un verdadero espectáculo,
llena de personas muy bien organizadas, con
grupos de seguridad controlando los accesos a la
plaza, otros que repartían la poca comida que
tenían, con servicio médico, con sus tiendas de
campaña para permanecer día y noche y sus
asambleas informativas. Eso era una
eclosión popular, asegura.
Entonces,
el cometido de los medios era
exclusivamente Tiananmen. No se fueron
periodistas, pero sí llegaron más, dice.
A partir de entonces, yo pasé días y
noches sin salir de la plaza.
El olfato
periodístico lo llevó a permanecer ahí en
busca de los acontecimientos.
Con la ayuda de
un traductor, Márquez y otros periodistas se
iban enterando de que en las asambleas los
estudiantes informaban que una parte del gobierno
sí quería el diálogo con ellos y otro sector
pedía la mano dura.
Empezaron
a correr rumores de que el gobierno había
decidido traer soldados de la frontera. Y
cuando lo confirmaban, se organizaban
grupos de estudiantes para ir a la carretera a
parar los convoyes militares. Lo lograban
gritándoles que eran un ejército del pueblo, y
ellos también eran el pueblo. Con eso los
soldados se venían abajo.
La noche previa
a la masacre, la tarde del día 3, se
empezaron a poner las cosas más tensas. Luego
empezaron a escucharse los primeros tiros. Los
militares y la policía asesinaron a algunos y
dejaron heridos muchos otros. Eso fue en las
inmediaciones a la plaza, en calles cercanas.
José Luis
regresó a la plaza desde su hotel, alrededor de
las 5 de la mañana del día 4. El taxista que lo
llevó tuvo que sortear los controles
establecidos por la ley marcial; lo hizo a
través de pequeñas callejuelas y lo dejó a un
lado de la plaza. Ya en la explanada, me
senté en una silla, me puse la cámara en las
piernas, me recargué en ella y me quedé
dormido.
De
repente, un ruido raro me despertó. Y del
edificio que entiendo era del Ministerio de
Interior empezaron a salir cientos de soldados
armados hasta los dientes, y por distintos puntos
de la plaza empezaron a entrar los carros de
combate con un ruido ensordecedor, y empecé a
ver la peor masacre que cualquiera pueda
imaginar, describe con su voz áspera.
Empecé a
rodar mis primeras imágenes: Todo era un caos.
La gente corría. Escuchaba disparos en distintos
puntos de la plaza, y la gente caía herida o
muerta. Luego, para mi sorpresa, los carros de
combate entraban por distintas esquinas pasando
por encima de las casas de campaña sin ningún
tipo de miramientos. Pensé: de aquí no salimos
vivos.
La gente
subía corriendo y se arremolinaba en el monolito
que está al centro de la plaza. Yo lógicamente
me dirigí hacia esa misma parte. Y, a pie de la
escalera del monolito, los soldados disparaban
contra la gente. Caían personas muertas y
heridas frente a mí. Y escuchaba los tiros a mis
espaldas, al otro lado del monolito.
Como yo
era el único cámara (como llaman en
España a los camarógrafos de televisión) que
estaba en la plaza, los estudiantes se portaron
muy bien conmigo y me dijeron que mejor me
escondiera entre la gente porque me iban a
reprimir. Me ayudaron en todo momento.
Entre la
balacera, el ejército y los estudiantes tuvieron
un diálogo para que desalojaran la plaza, y se
les propuso que abrirían un corredor libre para
que pudieran abandonar Tiananmen y olvidar
el asunto.
Los miles de
manifestantes empezaron a abandonar la plaza por
ese corredor de seguridad acordonado por el
ejército. Y a mí no me quedó de otra más que
apuntarme para seguir al contingente. Obviamente
yo no podía salir, aunque lo intenté, porque la
zona estaba rodeada por soldados.
Márquez
recuerda que empezaron a caminar muy de
madrugada; todo indicaba que,
efectivamente, se trataba de un corredor de
seguridad y que el desalojo iba a darse con toda
la tranquilidad.
Yo incluso
pensé que la cosa ya no me iba a dar para más
imágenes, iba pensando que ya tenía las
imágenes de la plaza. Aun así, caminando en
medio de todo el contingente para que no me
vieran los soldados, hice más tomas de los miles
y miles de estudiantes abandonando el sitio.
Caminamos mucho tiempo, creo más de una hora,
era un trecho largo y con toda esa gente el
trayecto era lento. Como pude me subí a una
camioneta que circulaba por en medio del grupo.
Pero
cuando íbamos llegando al Concert Hall (salón
de conciertos), un sitio rodeado de un
conglomerado de callejuelas, me di cuenta que
todo eso era una trampa montada. El sitio estaba
rodeado de tanquetas y soldados armados. Empecé
a escuchar los primeros tiroteos. Cuando yo
entré ahí, eso ya era una verdadera masacre.
Porque en Tiananmen sí hubo muertos, y la plaza
era el símbolo, pero la verdadera masacre se dio
en el Concert Hall, afirma.
Ahí
volví a tomar imágenes. Lo que veía era
espeluznante, muertos y heridos tirados en todo
el sitio. Gente corriendo y gritando para todos
lados y los soldados igual, disparando. Era
dantesco lo que podía ver, eso dentro del
nerviosismo que yo sentía.
Te lo
platico así con mucha tranquilidad, pero no
sabía qué estaba pasando. No entendía nada,
estaba en un territorio totalmente desconocido,
me sentía indefenso porque nadie sabía que yo
estaba ahí. Es ese miedo que te da la
inseguridad, no comprender el idioma, ni ver a
otros periodistas o cámaras por
ahí, explica.
Estaba
grabando con miedo. De hecho me detectaron, no
estoy seguro, pero empecé a escuchar los tiros
cada vez más cerca. Entonces, aunque no nos
podíamos comunicar, los mismos estudiantes me
protegieron, me quitaron la cámara y en medio
del caos me llevaron a un sitio para esconderme,
porque sabían que yo era un objetivo de los
soldados.
Logramos
llegar a una casa en una calle cercana, entramos
y ellos metieron mi cámara dentro de una bolsa
de plástico y la colocaron bajo un montón de
carbón, y yo me escondí bajo una cama en una
habitación. Hasta esa calle llegaron policías o
militares, no supe qué eran, pero gritaban; el
ambiente estaba invadido de gases lacrimógenos.
A mí me habían dado un ajo, que me coloqué en
la nariz, para resistir el efecto del gas. Nunca
me encontraron.
Después, los
estudiantes escondidos en ese sitio me
dieron a entender que tenía que salir de ahí.
Recuerdo que me disfrazaron de mujer, y metieron
mi cámara en un cesto de mimbre, como si fuera a
la compra. Me subieron en una bicicleta que
conducía un chino, pero yo me negué, porque
obviamente no saldría de ese barrio vestido como
una china.
A todo esto,
afuera seguían escuchándose los tiros y los
gritos. El caos. Fue el momento en el que algunos
de ellos hablaron con los socorristas y los
convencieron de que me tenían que sacar del
sitio. Ya en el hotel, los periodistas me veían
como diciendo, y este subnormal qué
tiene. Finalmente, sin ningún problema,
esa misma tarde logré transmitir mis imágenes a
Madrid, tenía grabado aproximadamente una hora
en tres cintas.
Control
informativo
Después de ese
día, vino el cerrojazo radical del
gobierno y el control sobre la prensa extranjera.
No podías andar con la cámara de televisión en
la calle. Debo decir que a mí nunca me
presionaron ni me dijeron absolutamente nada,
pese a que estoy seguro que me tenían
identificado.
Televisión
Española envió a otro periodista, Vicente
Romero. Yo le pedí que trajera de España
una cámara super 8 portátil, porque sólo
haciéndonos pasar por turistas podríamos grabar
imágenes en la calle. Todos los
periodistas empezaron a llamar a Hong Kong para
comprar cámaras portátiles. Pienso que
esa fue la primera vez que las televisoras
empezaron a utilizar ese tipo de cámaras.
Márquez se
sincera: Francamente, en Tiananmen es la
única vez que he tenido verdadero miedo. Y mira
que la he pasado muy mal en muchos sitios.
Y rememora algunos de esos momentos, como cuando
en la ciudad palestina de Ramalá lo hirieron con
balas de goma; cuando lo encañonó con su fusil
un soldado centroamericano, al que Márquez le
recriminaba porque aquel golpeaba y pretendía
matar a un hombre tirado en el piso, o cuando durante la
primera Intifada el ejército israelí lo detuvo
y luego de un tiempo lo abandonó en medio de un
barrio palestino, donde fue apedreado por traer
una camisa similar a la de los soldados hebreos.
Esas veces
no sentí miedo. Pero en China, donde yo no
controlaba nada, eso sí me dio miedo. Me sentía
fuera de mí, acepta.
¿Qué
opina de la célebre e inmortalizada imagen del
hombre solitario deteniendo el paso de los
tanques de guerra en Tiananmen? ¿Usted la
captó?
Es una putada
porque le costó la vida. La fotografía la tomó
un estadunidense. Yo también hice tomas para la
televisión. Es un hecho del que no dábamos
crédito cuando lo vimos. Yo estaba esperando que
le dieran un tiro cuando subió al tanque.
Supimos que al día siguiente apareció muerto,
con la cabeza rapada. Pero esa es una imagen que
nunca más se va a repetir.
*
Alejandro Gutiérrez es corresponsal en Madrid del semanario
mexicano Proceso, donde publicó esta entrevista que se
reproduce con autorización de su editor
internacional.
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