Sala de Prensa

116
Junio 2009
Año XI, Vol. 5

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   


Tiananmen, 20 años después

Recuerdos de un periodista

Alejandro Gutiérrez *

Hace 20 años, José Luis Márquez puso el ojo en el visor de su betacam cargada al hombro y apretó play para dejar registro de la brutal represión militar contra los estudiantes chinos en la plaza de Tiananmen, en Beijing. Fue el único camarógrafo de televisión que logró enviar imágenes de los terribles acontecimientos ocurridos entre la tarde del día 3 y hasta la mañana del 4 de julio de 1989.

Lo que su cámara de televisión no logró grabar, pero que él mismo relata a Proceso, es la ayuda voluntaria de los manifestantes y su propia osadía para lograr traspasar el cerco militar, preservar su integridad física y asegurar que el contenido de las tres cintas que rodó durante esa madrugada lograran ser vistas alrededor del mundo.

“Cuando la ambulancia abrió las puertas traseras muy cerca de mi escondite, (los estudiantes) me empujaron para adentro junto con mi betacam, que habían metido en una bolsa de mimbre. Con gestos y con las manos, la única forma de comunicarnos, me dijeron que permaneciera tirado en un rincón y no hiciera ruido ni hablara. De hecho, yo lo interpreté así: Por el amor de Dios, no hables ni digas nada, porque si te encuentran, nos matan a todos. Entonces, saqué la cinta de la cámara y me la metí enfrente, por debajo del pantalón, por si nos detenían, tratar de salvar algunos planos.

“Estaba muy nervioso y estresado. Habían sucedido demasiadas cosas esa madrugada. Entonces me taparon con unos cartones y encima apilaron algunos cadáveres y heridos. Chorreaba sangre por todos lados. La ambulancia caminaba y paraba en cada retén militar y yo escuchaba los gritos de los soldados cuando se dirigían a los socorristas. Los estudiantes habían convencido a los socorristas para que me ayudaran a salir del sitio de la masacre. Como yo no me podía mover, llegó un momento que me quedé dormido, hasta que el tipo de la ambulancia me llevó cerca del hotel donde estaba toda la prensa. Ya eran las 2 o 3 de la tarde del día 4, y entonces ya di la voz de alarma de lo que había pasado: La masacre de Tiananmen”.

Este madrileño, de 58 años y jubilado, es un célebre camarógrafo del periodismo español. Durante 40 años estuvo presente en casi todas las coberturas de guerras. Empezó en Vietnam en 1968, aunque pasó por Irak (las dos guerras del Golfo), Afganistán, Angola, Liberia, Mozambique, Israel-Palestina, Eritrea, Centroamérica, Chile y la ex Yugoslavia, entre muchos lugares en conflicto.

El escritor y periodista Arturo Pérez Reverte, con quien formó dupla como enviados de guerra en Sarajevo, lo inmortalizó en su libro Territorio Comanche. Márquez es el protagonista central del libro, reflejado ahí como un camarógrafo arriesgado, gruñón y obstinado por conseguir la imagen emblemática del conflicto. De hecho, el libro relata el deseo de Márquez por obtener la escena de la voladura del puente de Bijelo Pojle, que en los hechos no logró grabar.

Sobre este episodio relata brevemente: “Es el fracaso de mis 40 años, el que los soldados no apretaran el detonador (de la carga explosiva) en ese momento; es que ese puente era un árbol de Navidad. Era estratégico. Y Pérez Reverte me decía ‘vámonos’, y yo ‘que no tío, no me voy, que es la foto de la puta guerra’. Le decía ‘vete tú, ven mañana a buscarme’. Como imagen me parecía la auténtica imagen bélica”.

Llegada a Pekín

Diecinueve días antes de esa terrible noche en Beijín, Márquez había llegado como parte del equipo de Televisión Española (TVE) para la cobertura de la visita de Mijail Gorbachov en la cumbre chino-soviética. Pero esa cobertura finalmente se extendió 55 días, siguiendo la evolución de las protestas del pueblo chino.

“La visita de Gorbachov a Pekín, primera de un soviético en 30 años, provocó mucha expectación. Nosotros, como otros medios, fuimos enviados a esa cobertura. Llegamos el día 14, un día antes que Gorbachov. Era el momento en que las puertas estaban abiertas para los medios. Pero a los dos o tres días notamos algo en el ambiente. Los chinos entendían que era el momento de echarse a la calle y hacerse escuchar ante los medios internacionales para que se conocieran los que ellos reivindicaban”, relata.

De tal suerte que en los envíos informativos “ocupaban un minuto las actividades de Gorbachov y medio minuto las manifestaciones en la calle”.

“En plena visita de Gorbachov, la gente decidió tomar la plaza de Tiananmen”, donde los estudiantes iniciaron una huelga de hambre, pidiendo democracia y denunciando la corrupción. El contingente crecía día con día. “Primero los estudiantes, luego se sumaron los trabajadores y ciudadanos. En los alrededores cada día llegaban camiones con cientos de policías uniformados, muy jóvenes y con más miedo en la cara que los manifestantes, porque no sabían qué estaba sucediendo. Llegué a ver policías que dejaban el uniforme y se pasaban con la gente”.

Márquez recuerda que todo cambió cuando se fue Gorbachov. “La actitud del gobierno empezó a cambiar. Su respuesta empezó a ser más radical”. En tanto, “la plaza se convirtió en un verdadero espectáculo”, llena de personas muy bien organizadas, con grupos de seguridad controlando los accesos a la plaza, otros que repartían la poca comida que tenían, con servicio médico, con sus tiendas de campaña para permanecer día y noche y sus asambleas informativas. “Eso era una eclosión popular”, asegura.

Entonces, “el cometido de los medios era exclusivamente Tiananmen”. No se fueron periodistas, pero sí llegaron más, dice. “A partir de entonces, yo pasé días y noches sin salir de la plaza”.

El olfato periodístico lo llevó a permanecer ahí en busca “de los acontecimientos”.

Con la ayuda de un traductor, Márquez y otros periodistas se iban enterando de que en las asambleas los estudiantes informaban que una parte del gobierno sí quería el diálogo con ellos y otro sector pedía la mano dura.

“Empezaron a correr rumores de que el gobierno había decidido traer soldados de la frontera”. Y cuando lo confirmaban, “se organizaban grupos de estudiantes para ir a la carretera a parar los convoyes militares. Lo lograban gritándoles que eran un ejército del pueblo, y ellos también eran el pueblo. Con eso los soldados se venían abajo.”

La noche previa a la masacre, la tarde del día 3, “se empezaron a poner las cosas más tensas. Luego empezaron a escucharse los primeros tiros. Los militares y la policía asesinaron a algunos y dejaron heridos muchos otros. Eso fue en las inmediaciones a la plaza, en calles cercanas.

José Luis regresó a la plaza desde su hotel, alrededor de las 5 de la mañana del día 4. El taxista que lo llevó tuvo que sortear los controles establecidos por la ley marcial; lo hizo a través de pequeñas callejuelas y lo dejó a un lado de la plaza. Ya en la explanada, “me senté en una silla, me puse la cámara en las piernas, me recargué en ella y me quedé dormido”.

“De repente, un ruido raro me despertó. Y del edificio que entiendo era del Ministerio de Interior empezaron a salir cientos de soldados armados hasta los dientes, y por distintos puntos de la plaza empezaron a entrar los carros de combate con un ruido ensordecedor, y empecé a ver la peor masacre que cualquiera pueda imaginar”, describe con su voz áspera.

“Empecé a rodar mis primeras imágenes: Todo era un caos. La gente corría. Escuchaba disparos en distintos puntos de la plaza, y la gente caía herida o muerta. Luego, para mi sorpresa, los carros de combate entraban por distintas esquinas pasando por encima de las casas de campaña sin ningún tipo de miramientos. Pensé: de aquí no salimos vivos.

“La gente subía corriendo y se arremolinaba en el monolito que está al centro de la plaza. Yo lógicamente me dirigí hacia esa misma parte. Y, a pie de la escalera del monolito, los soldados disparaban contra la gente. Caían personas muertas y heridas frente a mí. Y escuchaba los tiros a mis espaldas, al otro lado del monolito.

“Como yo era el único cámara (como llaman en España a los camarógrafos de televisión) que estaba en la plaza, los estudiantes se portaron muy bien conmigo y me dijeron que mejor me escondiera entre la gente porque me iban a reprimir. Me ayudaron en todo momento.”

Entre la balacera, el ejército y los estudiantes tuvieron un diálogo para que desalojaran la plaza, y se les propuso que abrirían un corredor libre para que “pudieran abandonar Tiananmen y olvidar el asunto”.

Los miles de manifestantes empezaron a abandonar la plaza por “ese corredor de seguridad acordonado por el ejército. Y a mí no me quedó de otra más que apuntarme para seguir al contingente. Obviamente yo no podía salir, aunque lo intenté, porque la zona estaba rodeada por soldados”.

Márquez recuerda que empezaron a caminar “muy de madrugada”; todo indicaba que, “efectivamente, se trataba de un corredor de seguridad y que el desalojo iba a darse con toda la tranquilidad”.

“Yo incluso pensé que la cosa ya no me iba a dar para más imágenes, iba pensando que ya tenía las imágenes de la plaza. Aun así, caminando en medio de todo el contingente para que no me vieran los soldados, hice más tomas de los miles y miles de estudiantes abandonando el sitio. Caminamos mucho tiempo, creo más de una hora, era un trecho largo y con toda esa gente el trayecto era lento. Como pude me subí a una camioneta que circulaba por en medio del grupo.

“Pero cuando íbamos llegando al Concert Hall (salón de conciertos), un sitio rodeado de un conglomerado de callejuelas, me di cuenta que todo eso era una trampa montada. El sitio estaba rodeado de tanquetas y soldados armados. Empecé a escuchar los primeros tiroteos. Cuando yo entré ahí, eso ya era una verdadera masacre. Porque en Tiananmen sí hubo muertos, y la plaza era el símbolo, pero la verdadera masacre se dio en el Concert Hall”, afirma.

“Ahí volví a tomar imágenes. Lo que veía era espeluznante, muertos y heridos tirados en todo el sitio. Gente corriendo y gritando para todos lados y los soldados igual, disparando. Era dantesco lo que podía ver, eso dentro del nerviosismo que yo sentía.

“Te lo platico así con mucha tranquilidad, pero no sabía qué estaba pasando. No entendía nada, estaba en un territorio totalmente desconocido, me sentía indefenso porque nadie sabía que yo estaba ahí. Es ese miedo que te da la inseguridad, no comprender el idioma, ni ver a otros periodistas o cámaras por ahí”, explica.

“Estaba grabando con miedo. De hecho me detectaron, no estoy seguro, pero empecé a escuchar los tiros cada vez más cerca. Entonces, aunque no nos podíamos comunicar, los mismos estudiantes me protegieron, me quitaron la cámara y en medio del caos me llevaron a un sitio para esconderme, porque sabían que yo era un objetivo de los soldados.

“Logramos llegar a una casa en una calle cercana, entramos y ellos metieron mi cámara dentro de una bolsa de plástico y la colocaron bajo un montón de carbón, y yo me escondí bajo una cama en una habitación. Hasta esa calle llegaron policías o militares, no supe qué eran, pero gritaban; el ambiente estaba invadido de gases lacrimógenos. A mí me habían dado un ajo, que me coloqué en la nariz, para resistir el efecto del gas. Nunca me encontraron.”

Después, los estudiantes escondidos en ese sitio “me dieron a entender que tenía que salir de ahí. Recuerdo que me disfrazaron de mujer, y metieron mi cámara en un cesto de mimbre, como si fuera a la compra. Me subieron en una bicicleta que conducía un chino, pero yo me negué, porque obviamente no saldría de ese barrio vestido como una china”.

A todo esto, afuera seguían escuchándose los tiros y los gritos. El caos. Fue el momento en el que algunos de ellos hablaron con los socorristas y los convencieron de que me tenían que sacar del sitio. Ya en el hotel, los periodistas me veían como diciendo, “y este subnormal qué tiene”. Finalmente, sin ningún problema, esa misma tarde logré transmitir mis imágenes a Madrid, tenía grabado aproximadamente una hora en tres cintas.

Control informativo

Después de ese día, vino el “cerrojazo radical” del gobierno y el control sobre la prensa extranjera. No podías andar con la cámara de televisión en la calle. “Debo decir que a mí nunca me presionaron ni me dijeron absolutamente nada, pese a que estoy seguro que me tenían identificado”.

Televisión Española envió a otro periodista, Vicente Romero. “Yo le pedí que trajera de España una cámara super 8 portátil, porque sólo haciéndonos pasar por turistas podríamos grabar imágenes en la calle”. Todos los periodistas empezaron a llamar a Hong Kong para comprar cámaras portátiles. “Pienso que esa fue la primera vez que las televisoras empezaron a utilizar ese tipo de cámaras”.

Márquez se sincera: “Francamente, en Tiananmen es la única vez que he tenido verdadero miedo. Y mira que la he pasado muy mal en muchos sitios”. Y rememora algunos de esos momentos, como cuando en la ciudad palestina de Ramalá lo hirieron con balas de goma; cuando lo encañonó con su fusil un soldado centroamericano, al que Márquez le recriminaba porque aquel golpeaba y pretendía matar a un hombre tirado en el piso, o cuando durante la primera Intifada el ejército israelí lo detuvo y luego de un tiempo lo abandonó en medio de un barrio palestino, donde fue apedreado por traer una camisa similar a la de los soldados hebreos.

“Esas veces no sentí miedo. Pero en China, donde yo no controlaba nada, eso sí me dio miedo. Me sentía fuera de mí”, acepta.

–¿Qué opina de la célebre e inmortalizada imagen del hombre solitario deteniendo el paso de los tanques de guerra en Tiananmen? ¿Usted la captó?

–Es una putada porque le costó la vida. La fotografía la tomó un estadunidense. Yo también hice tomas para la televisión. Es un hecho del que no dábamos crédito cuando lo vimos. Yo estaba esperando que le dieran un tiro cuando subió al tanque. Supimos que al día siguiente apareció muerto, con la cabeza rapada. Pero esa es una imagen que nunca más se va a repetir.


* Alejandro Gutiérrez es corresponsal en Madrid del semanario mexicano Proceso, donde publicó esta entrevista que se reproduce con autorización de su editor internacional.


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