Sala de Prensa

113
Marzo 2009
Año XI, Vol. 5

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   


Objeto, sujeto y contenido de
la autorregulación periodística

Gerardo Albarrán de Alba *

La ética no se enseña, se construye.

En el plano individual, el proceso inicia con la asimilación de valores morales que cada quien recibe en el ámbito familiar. La socialización temprana nos permite contrastarlos con la realidad de nuestro entorno particular. Así, desde esos primeros momentos, toda persona enfrenta la característica esencial de la ética: la solución de dilemas.

En el plano colectivo, nuestras sociedades funcionan a partir de unos cuantos valores subyacentes que determinan la forma y el fondo de las relaciones sociales, así como todo aquello que es admitido o rechazado por la comunidad, incuso más allá del ámbito de las leyes que rigen la convivencia y los intercambios de todo tipo entre particulares.

En el plano profesional, la deontología nos dota de aquellos principios que regirán la conducta de aquellos entre quienes se han consensuado y asumido voluntariamente.

En el caso del periodismo, sabemos cuál es el fin último de la ética aplicada; lo que falta es definir claramente es la materia de la que se ocupa, sobre quiénes recaerán las acciones del proceso informativo y cómo se definen las múltiples formas que adquieren lo que gremialmente hemos dado en llamar mecanismos de autorregulación.

1. OBJETO

El periodismo profesional –que sólo puede considerarse así cuando es ético y responsable– pasa necesariamente por la autorregulación. Esta idea, aceptada por teóricos del derecho y la deontología, aún no acaba de permear todos los estratos de la prensa. Hoy es posible encontrar a muchos periodistas, editores y dueños de medios que se resisten a asumir la carga moral que les representa la ética, particularmente cuando ésta se muestra imbuida por principios filosóficos más cercanos a la moral religiosa que a la búsqueda de un bien general.1 No obstante, la ética periodística ha estado presente desde siempre en los medios, pero es relativamente reciente su sistematización en forma de documentos, códigos, instrumentos diversos, organizaciones e instituciones que operan públicamente.

Existen decenas de mecanismos de autorregulación, los cuales son tan diversos como las condiciones particulares de las naciones –y aún las zonas dentro de éstas– donde se aplican. Lo cierto es que nadie puede abrogarse el derecho a imponer a los demás su propia visión de conducta moral profesional, ni siquiera de lo que debe ser o cómo debe aplicarse la ética periodística. Por eso no extraña que la Federación Internacional de Periodistas (FIP) rechace esa posibilidad:

No hay un modelo único de autorregulación que pueda ser copiado en todo el mundo. Los periodistas en cada país deben trabajar juntos para establecer y revisar estándares comunes de ética y profesionalismo.2

Con todo, coincidimos en lo esencial con las cuatro funciones elementales de  la autorregulación que Aznar ha señalado: 1.- Establecer las normas éticas a que se deben sujetar voluntariamente tanto los empresarios de la información como los periodistas, 2.- Contribuir a crear las condiciones de normalidad –tanto en lo laboral como en lo profesional y lo social– para el cumplimiento de éstas, 3.- Brindar elementos de juicio crítico al público sobre el desempeño de los propios medios, y 4.- Socializar los procesos de toma de decisión en los medios y el conocimiento que deriva del diálogo ético de los periodistas. (1999b)

Ciertamente, no puede concebirse una autorregulación que carezca de bases escritas que sistematicen las prácticas deontológicas comunes de cada redacción, i.e., los códigos de ética. Precisamente, lo que hacen algunos mecanismos de autorregulación es volver operativas aquellas normas deontológicas que se imponen a sí mismos los periodistas y los medios, e.g., el defensor del lector y el estatuto de redacción. El involucramiento del público es pieza fundamental de la autorregulación; los diversos mecanismos no sólo deben ser públicos, sino que los hay también que permiten la participación directa de lectores y auditorio, mediante la fiscalización de los propios medios, i.e., los consejos de ética y los observatorios de medios. Finalmente, la socialización deontológica tiene varias formas, se dirige a los propios periodistas –en particular–, mediante la capacitación  y actualización constante,  y a la sociedad toda –en general–, desde los Consejos de Prensa y muchos otros mecanismos de participación directa del público. Todos estos serán desarrollados en la primera parte de este trabajo.

Básicamente, el objeto de los mecanismos de autorregulación es la elaboración de un producto informativo no sólo de calidad, sino con una gran pertinencia social, cuyo contenido cumpla con la función de la prensa en democracia: proporcionar a la sociedad información suficiente, veraz y oportuna que permita la participación razonada de los individuos en la toma de decisiones de su comunidad.

Por otro lado, no puede ignorarse que la autorregulación ha sido un freno tradicional que los propietarios de los medios han opuesto a la amenaza gubernamental de imponerles controles legislativos que afectarían no sólo  su libertad editorial para ejercer el papel de fiscalizadores del poder público, sino también al negocio que les representa el hecho de haberse convertido ellos mismos en factores de poder. En el mejor de los casos, la autorregulación periodística es incluso un instrumento de defensa de las libertades de expresión e información como valores universales de la democracia, siempre que se encuentren amenazadas. Esta es la base, precisamente, de la teoría de la responsabilidad social de la prensa:

[…] el poder y la casi monopólica posición de los medios impone en estos la obligación de ser socialmente responsables, de ver que todas las voces son fielmente presentadas y que el público tiene suficiente información para decidir; y si los medios no asumen ellos mismos esa responsabilidad tal vez sería necesario que alguna dependencia pública la impusiera. (Siebert, Peterson, y Schramm, 1973)

Esta responsabilidad social implica, además, que los periodistas y los medios demuestren un voluntario respeto de los derechos fundamentales de los ciudadanos, y no sólo porque la ley se los mande. La inmensa mayoría de los códigos éticos nacionales e internacionales así lo consignan, e imponen con ese fin una serie de estándares mínimos en las prácticas  periodísticas  cotidianas   –con una decidida orientación  hacia el interés público– como la precisión, la veracidad y el equilibrio informativos, tendencia que siguen claramente los documentos de este tipo en Latinoamérica.

Finalmente, la autorregulación periodística es un elemento más en la construcción de la confianza pública en la prensa. Pero no se trata de inculcar en la sociedad una fe ciega en los medios, sino enseñarles a «entender y valorar la importancia de una prensa libre e independiente», compartiendo con ellos lo más posible sobre sus métodos de reporteo y sobre sus fuentes de información.3

2. SUJETO

Todo sujeto es un «ente dotado de derechos y obligaciones derivados de un sistema normativo determinado». (Villanueva, 2000) Para los fines de este trabajo, encontramos dos sujetos claramente definidos por el propio proceso informativo, o cuatro según se le mire: el periodista y los medios, por un lado, y  las fuentes de información y el público, por el otro.4

2.1 El periodista y los medios

A lo largo de los años, diversos autores han señalado que la deontología periodística, particularmente traducida en códigos, acrecienta el prestigio de la profesión.5 Podría considerarse que así es, pero esta resulta una posición un tanto utilitaria. No es menos cierto que «la ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo, como el zumbido al moscardón».6 Por eso no hemos sino apenas mencionado esta característica en el primer apartado de este capítulo, pues nosotros no consideramos el reconocimiento público entre los objetivos básicos de la autorregulación, sino que lo consideramos una consecuencia natural y hasta deseable del ejercicio profesional, ético y responsable. Y aun cuando no negamos la posibilidad de que haya periodistas  y  medios  que  pretendan cobijar –o embozar– su  prestigio –cualesquiera que sea éste– bajo el manto de la ética, cabe hacer una precisión: ninguna conducta profesional es ética por sólo pregonarlo. Especialmente si nos referimos a la ética periodística, ésta no se agota en las normas de conducta profesional recogidas en los cientos de códigos deontológicos que existen en el mundo, sino que se construye todos los días. Así, el prestigio de la prensa –digamos, el indispensable cimiento de su credibilidad– está a prueba en las decisiones periodísticas que debe tomar cotidianamente. Todo el edificio deontológico que descansa sobre éstas puede derrumbarse con una sola mala decisión. De ahí que la ética periodística no pueda quedar solamente restringida al ámbito de la conciencia individual de periodistas y editores que, si bien resulta indispensable, no alcanza a todo el proceso de producción informativa. Incluye, por supuesto, a la empresa informativa, que es la que provee a los periodistas de la infraestructura necesaria para difundir la información que recaban y procesan, y que tiene el poder último para determinar la orientación ideológica de los contenidos, pero que además lucra con su actividad. La deontología periodística, por tanto, es una construcción colectiva.

Pero no siquiera los periodistas pueden, por sí mismos, prever todos los escenarios hipotéticos de su actividad, pues a fin de cuentas trabajan con un bien público, que es la información, y la prensa no es titular exclusivo de este que también es un derecho. Los individuos que integran la sociedad son los titulares de la libertad de expresión y del derecho a la información. Por tanto, la construcción de la deontología periodística debe contemplar a la sociedad en su conjunto. De hecho, algunos mecanismos de autorregulación constituyen en sí mismos fuentes de información ética no sólo para los periodistas, sino para la propia sociedad. (Aznar, 1999a)  Es el caso de los códigos deontológicos, que no son documentos destinados al estricto consumo interno en las redacciones, sino que su eficacia está determinada por su obligada difusión por parte de los medios, lo cual permite al público conocer los compromisos morales y profesionales de la prensa, y hacerlos exigibles mediante el contraste con sus prácticas reporteriles y editoriales. Otros mecanismos de autorregulación abren a los medios a la participación directa de la sociedad –i.e. los consejos de ética–. Y la propia sociedad, una vez organizada, también puede y crea sus propios organismos de fiscalización de la prensa, como es el caso de los observatorios de medios. Es claro entonces que el periodismo sólo se explica a sí mismo a partir de su relevancia social.

2.2 Las fuentes de información y el público

Quienes trabajamos en la prensa sabemos que compartimos muchas de las cualidades de los escritores e incluso llegamos a tomar prestadas algunas técnicas de redacción literaria para que nuestros relatos periodísticos ganen fuerza expresiva. A fin de cuentas, los periodistas contamos historias y, al hacerlo, buscamos también nuestras propias formas de expresión, nuestra propia voz. Pero a diferencia de novelistas, poetas, cuentistas y ensayistas, ningún periodista escribe para sí mismo. Todos escribimos necesariamente para que alguien nos lea, nos escuche o nos vea.7 Y ese alguien es la sociedad.

Pero, además de esto, la sociedad misma es el objeto noticiable de la prensa, ya sea a partir de historias sobre algunos de sus individuos o de grupos de estos, o bien instituciones públicas y organismos de la sociedad civil. El periodista escribe sobre la gente, sobre lo que hace, sobre lo que le pasa. Y, sobre todo, elige reportar y destaca información sobre sucesos que tienen relevancia para el interés público, entendido éste como aquello que tiene pertinencia social, es decir, que afecta a la vida de la sociedad. Así, partes de la sociedad se convierten también en fuentes de información que merecen del periodista un trato respetuoso, justo y equilibrado.

Especial atención merecen algunas fuentes de información. No es lo mismo un funcionario público, un político profesional, un representante popular electo o un miembro destacado de la sociedad civil –por mencionar sólo algunas de las fuentes de información tradicionales–, que una persona dedicada a casi cualquier otra actividad privada. Mientras los primeros son objeto natural de la labor de fiscalización de la prensa, y por tanto aprenden y se acostumbran al trato casi cotidiano con reporteros, editores, fotógrafos y camarógrafos, los demás individuos de la sociedad no tienen mayor contacto con ellos que no sea a través de los propios medios, es decir, cuando las personas leen un periódico o una revista, y escuchan o ven un noticiario radiofónico o televisivo; pero rara vez en su vida enfrentará a un periodista.8 Dicho de otra forma, conviene separar los conceptos  «fuente informativa» y «público». Si bien es cierto que ocasionalmente un individuo de la sociedad general puede convertirse en fuente de información –como testigo o actor de un hecho noticiable–, y que toda fuente de información tradicional –i.e. actores políticos y sociales– es también parte del público, no son la misma cosa; menos aún cuando se convierten en objeto de noticia y, consecuentemente, de investigación periodística. En cualquier caso, toda fuente de información es sujeto particular de la autorregulación periodística, por cuanto son titulares de derechos fundamentales protegidos por las leyes. En efecto, a toda fuente de información se le atribuyen hechos y dichos que deben ajustarse a los principios de veracidad periodística, mediante el contraste y la verificación  de la información que se recaba de y sobre dicha fuente de información, respetando el ámbito de sus vidas privadas –excepto cuando éstas se involucran en actos públicos que afectan a la sociedad general– y con especial cuidado sobre su derecho al honor, pero, nuevamente, no sólo porque así lo prescriban las leyes, sino por una convicción ética elevada.

Estos derechos no son mayores que las responsabilidades de las fuentes ni de la sociedad general de hacia los medios informativos. Los primeros tienen la obligación de no ocultar ni manipular información, convirtiendo a los medios en sus aliados –las más de las veces, involuntarios– en juegos de poder; mucho menos deben intentar corromper o coaccionar a los periodistas. Los segundos tienen la obligación de discernir entre las diversas calidades y cualidades informativas que se le ofrecen y entre las cuales elige libremente, además de participar decididamente en todos los mecanismos de autorregulación periodística a su alcance, ejerciendo así una presión legítima sobre los medios.

3. CONTENIDO

Hay quienes ven a la ética periodística no como un problema que implica resolver dilemas constantemente, sino como una herramienta más para hacer un buen trabajo;9 hay quienes consideran que más bien es una utopía, pues pone en lo más alto un ideal profesional,10 y hay quienes consideran que, cuando se traduce en códigos deontológicos, fija las exigencias mínimas11 que se pueden esperar de un periodista. Lo cierto es que la autorregulación tiene varias formas; idealmente, nace del diálogo ético al interior de una redacción y adquiere su legitimación en los códigos deontológicos. Es desde este punto que se construyen los demás mecanismos que garantizan su cumplimiento.

Sin embargo, los códigos deontológicos –y todo mecanismo de autorregulación interna de los medios–degeneran en una mera operación de imagen cuando carecen del consenso mínimo en la redacción. Al menos en México, los pocos códigos éticos que existen en periódicos fueron impuestos por empresarios y directivos. Redactados por unos cuantos funcionarios de cada medio –cuando no son una burda copia de algún código de otro país–,12 estos códigos carecen de consenso y, por supuesto, son ignorados por la mayoría de los periodistas que deberían guiar su toma de decisiones cotidiana por éstos; en lugar de ello, cada uno de ellos opta por seguir sus criterios morales individuales.

En la elaboración de un código deontológico para una redacción, no se debe ignorar la participación de reporteros, editores, redactores, correctores, secretarios de redacción, fotógrafos, diseñadores, articulistas, editorialistas, columnistas e incluso algún colaborador destacado. Aquí se defiende el involucramiento pleno del cuerpo periodístico en la discusión axiológica y el diseño de las normas deontológicas de cada medio, no sólo porque aquél deberá aplicarlas, sino porque cada una de las partes involucradas en el proceso informativo cotidianamente enfrenta dilemas sobre los que deberá tomar una decisión siempre periodística y además, con demasiada frecuencia, ética.

La solución tampoco pasa por el desplazamiento de empresarios y directivos. El cuerpo periodístico de una redacción no puede imponer a la empresa informativa un código sobre el cual basar su desempeño ético. Esto podría derivar en un grave conflicto laboral que amenazara la existencia misma del medio, particularmente si no existe la mínima receptividad entre los propietarios y accionistas, una situación lamentablemente frecuente en periódicos y revistas que nacen para cobijar intereses extraperiodísticos.

Un diálogo ético real, efectivo –y los mecanismos de autorregulación que se derivan de éstos–, sólo puede fructificar en aquellos medios donde la conciencia y la responsabilidad profesional alcance a toda la pirámide jerárquica. Un código deontológico puede y debe surgir del acercamiento entre posiciones que ocasionalmente entran en conflicto –como la primicia periodística contra la rentabilidad empresarial–, de la discusión razonada de valores, del análisis informado y de las decisiones colegiadas respecto de dilemas específicos que afecten a toda la redacción. Crear un código deontológico para una empresa periodística implica una larga discusión, en la que todos sus integrantes pueden y deben aportar algo. El consenso obtenido así garantiza la legitimidad de una conducta ética buscada, interioriza las bondades de un desempeño profesional, facilita tanto la prevención como la sanción de conductas reprobables de cualquier miembro de una empresa periodística determinada y permite una constante revisión de los diversos mecanismos de autorregulación mediante la incorporación del aprendizaje ético traducido en nuevas y mejores normas.

_____
Notas:

1 José Luis Exeni, «Apuntes sobre autorregulación del periodismo», en Sala de Prensa, No. 30, abril de 2001.
2 «Governments must refrain from regulating media content», en The Royaumont News Line, issue 4, November/December 1999, p. 2.
3 Bill Kovach, «Journalism and patriotism», en Sala de Prensa No. 46, agosto de 2002.
4 El propio Villanueva menciona a tres sujetos de la autorregulación informativa: el público, el periodista y la empresa informativa. A las fuentes de información las inscribe dentro del público, pero no son lo mismo. Asimismo, Aznar 1999b.
5 Cfr. Aznar, 1999a; asimismo, Villanueva, 1999.
6 Declaración del periodista, escritor y Premio Nóbel de Literatura Gabriel García Márquez, citada en el portal de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano en http://www.fnpi.org.
7 Incluso en los medios electrónicos, caracterizados por la imagen o el sonido, existe un lenguaje periodístico basado en cualquiera de los géneros que, en mayor o menor medida, se practican en todas las redacciones del mundo: informativos, opinativos e híbridos. Cfr. Linares, 1998.
8 Mención aparte debe hacerse de las llamadas celebridades de la farándula y los deportes más populares, cuya exposición al público no sólo es enorme, sino que ellas mismas alimentan el interés del público incluso en detalles de sus vidas privadas.
9 Luego de que el autor de este trabajo cuestionara a los fotógrafos finalistas del Premio Nuevo Periodismo por el manejo de la imagen de las personas en sus trabajos, Gabriel García Márquez susurró al oído de Julio Scherer García: “Están mal; la ética no es un problema, es una herramienta”, según contó el propio Scherer. Javier del Rey, defensor del lector del diario colombiano
El Tiempo, en su relatoría, discrepó: “García Márquez se equivoca en esto; por su naturaleza, la ética siempre es un problema”. Escuchado en el «Seminario internacional: Nuevo periodismo para un nuevo milenio», con Gabriel García Márquez, Sergio Ramírez y Joaquín Estefanía, organizado por Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, Banco Interamericano de Desarrollo y Cemex, en Monterrey, N.L., del 3 al 5 de abril de 2002.
10 Expresión utilizada por Javier Darío Restrepo, defensor del lector del diario
El Colombiano, durante el Taller de Ética Periodística impartido en la Universidad Iberoamericana, en la Ciudad de México, durante la primer semana de octubre de 2000, bajo los auspicios del Instituto Federal Electoral.
11 Así lo percibe Aznar, (1999a), aun cuando acepta que con ello no se resuelven todos los problemas éticos de la prensa.
12 Compárese el código impuesto por el dueño y director del diario mexicano
El Economista con los enunciados básicos del código del diario español El País.


* Gerardo Albarrán de Alba es periodista, director de Saladeprensa.org y coordinador de Proyectos Académicos del semanario mexicano Proceso.


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