Sala de Prensa

113
Marzo 2009
Año XI, Vol. 5

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   


La normalización de lo anormal
(o la legitimación de la violencia de los "buenos")

Paco Gómez Nadal *

Hay cierto ambiente de pánico del que nos contagiamos todas y todos en estos tiempos de miedos inducidos y de enemigos fabricados o, cuanto menos, sobredimensionados. De un lado, los apocalípticos que acompañan el mensaje unidireccional de las grandes potencias se acurrucan en sus casas en pánico ante el acoso de hordas de terroristas de las que nos hablan las 24 horas del día (cuando esa batalla, en caso de existir, está dejando sus víctimas lejos de los hogares occidentales de televisor de plasma). De otro, nosotras y nosotros mismos, seguros de la mentira, pero pintando también un lúgubre grabado de Goya en el que poderes omnímodos manipulan este teatro de títeres como si la paranoia de 1984 se hubiera cumplido.

Y en medio, o alrededor, o dentro, están, estamos, los medios de comunicación. Casi todo lo que pueda decir acá puede sonar a evidente. Recordar cómo el contexto internacional nos ha llevado desde el nefasto 11 de septiembre de 2001 a justificar e, incluso, promocionar, desde los medios de comunicación violaciones de derechos humanos es repetir un discurso que ya hemos oído y que no ha tenido el más mínimo efecto de rectificación en las grandes corporaciones mediáticas. Abu Ghraib, Guantánamo, los vuelos secretos de la CIA, las prácticas brutales en prisiones marinas… todo lo sabemos, todo es público ahora, todo es inocuo pues.

En realidad, el origen, la génesis de estas prácticas ha sido más que explicada. Desde el terreno académico, Philip Zimbardo demostró ya en 1971 en los sótanos de la Universidad de Stanford cómo los individuos expuestos a determinados contextos y con poder –palabrita clave en todo este juego- podían desarrollar actitudes de crueldad extrema perdiendo todo control o toda noción sobre bien y mal. Políticamente, periodísticamente, desde Bob Woodward hasta los principales medios de comunicación estadunidenses han revelado los detalles de cómo se fabricaron mentiras que soportaran los abusos en la llamada “guerra contra el terrorismo” o del momento en que se generó la doctrina de los “interrogatorios“” y cómo se instaló en la práctica de las tropas estadunidenses.

La sorpresa, la verdadera sorpresa es por qué, una vez revelado el escándalo, nadie ha asumido la responsabilidad política y penal… por qué se siguen practicando estas formas de tortura, por qué entró en receso el Derecho Internacional Humanitario –al igual que ahora se ha congelado el libre mercado-, por qué los ciudadanos del mundo no se horrorizan ante esta pornografía de la tortura, qué papel seguimos jugando los medios en la “normalización” de estos  hechos, qué otros medios están surgiendo para contrarrestar este apagón de los valores fundamentales. Y una última pregunta que a mí, personalmente, me inquieta: cómo este clima internacional ha servido para justificar y acelerar la violación de derechos humanos en países como Colombia (a cuyas autoridades la palabra “terrorismo” le ha caído como regalo inesperado).

Como explica Alejandro Pizarroso, “el terrorismo es, desde sus formas primitivas en la historia, un ‘medio de comunicación’. Es decir, el acto violento de cualquier tipo que realiza una organización terrorista está destinado a generar miedo, a manipular a un público sicológicamente. En nuestra sociedad mediática esto sucede a través de los medios y no hay limitación ni autorregulación que contenga este fin. Precisamente por ello, el combate al terrorismo tiene que ser también en su terreno. No valen sólo acciones policiales o negociaciones políticas, sino que se combate también en los medios. Podemos imaginar la cantidad de informaciones sesgadas que pueden aparecer en ese combate”.

Trataré entonces de ubicar algunos elementos generales de este clima mediático internacional, de esta guerra desde la comunicación que, seguramente, van a ver reflejados en la realidad nacional colombiana.

Elemento 1: La trampa del lenguaje

Sé que la semiología no está de moda, que parece oler a alcanfor de los setenta, pero toda guerra es, primero, guerra de signos, de lenguajes manipulados para generar la escenografía de lo posible. El cómo nombramos los hechos marca definitivamente la percepción de los mismos. Los tiempos pasan y los eufemismos que utilizamos para describir la realidad y las políticas también. No es lo mismo el Estatuto de Seguridad de Turbay que la Seguridad Democrática de Uribe ¿verdad? ¿O sí es lo mismo?

Igualmente, no suena igual tortura que métodos de interrogación. Los medios de comunicación tienen especial tendencia a contagiarse del lenguaje oficial, del que contienen las notas de prensa. Hace 15 o 20 años los aparatos de comunicación oficiales no eran tan refinados ni tenían un alcance tan universal. Hoy son las fábricas de contenido que manufacturan no sólo mensajes, sino que dictan la redacción de las noticias. Daños colaterales, combatientes irregulares, narcoterroristas… lenguaje, conceptos camuflados para hablar del horror que inflinge el bando de los ‘buenos’.

Los periodistas reproducen las notas de prensa o los discursos escuchados en las conferencias públicas como copian los comunicados que se refieren a lo inocuo. En esta trampa del lenguaje juega también la adicción a la versión oficial. “Si no hay versión oficial, la información no es válida”. Es posible que el periodista esté observando los hechos por sí mismo y que tenga palabras propias para describirlo, pero antes de escribir o de transmitir llamará a la fuente oficial y las palabras del poder serán las que primen en su narración periodística.

Elemento 2: El enemigo del Estado como enemigo de cada ciudadano / Patriotismo mediático

Juan Carlos Fernández Serrato explica con precisión cómo “la retórica bélica no tiene como finalidad explicar razones, sino encontrar argumentos que hagan imposible el rechazo popular a las acciones armadas y elaborar relatos dirigidos  a crear una ilusión al mismo tiempo de victimismo y de orgullo patrio (o racial, o religioso, de clase…). De esta manera, el 'buen ciudadano' debe ser todo un 'buen patriota' o inscribirse en cualquier otro patrón de lo que es 'correcto' en tiempo de guerra, según haya dictaminado el discurso de autoridad dominante para la formación social en la que política y/o administrativamente se encuentra integrado el individuo. De acuerdo con la 'correcta' asimilación de esos discursos autolegimitimadores, el 'buen ciudadano', el 'hombre como dios manda' (la mujer aquí va  ala zaga de la figura del héroe masculino o de un admirable 'Juan Nadie' también masculino), deberá lanzarse a la batalla o, si se queda en la retaguardia, deberá contribuir muy activamente a sostener con su trabajo el esfuerzo y la entrega de los que luchan en primera línea de fuego”.

Aquí, en Colombia, saben mucho de esto. El lenguaje de la patria ha sido un arma arrojadiza del poder. Y no es casual. Ha sido fabricado e instalado en la sociedad no sólo con la connivencia de los medios de comunicación, sino con la activa participación de empresas, agencias de publicidad y otros agentes sociales. En este momento en Colombia, tomar café, hacer turismo o tomar un refresco es asunto de patriotas. Igual se trata la participación política: estar con el gobierno es un deber de patriota, criticarlo o confrontarlo es una traición a ese ambiguo, nebuloso e infantil concepto de patria. Una manilla es equivalente a un compromiso.

Así pues, desde la retaguardia, los ciudadanos de Estados Unidos tienen la obligación moral de justificar los abusos de sus tropas o de su gobierno, al igual que los europeos o los colombianos. Una vez que esos abusos son compartidos con la mayoría de la población, la responsabilidad se redistribuye e impone un silencio masivo o un autoengaño social para no mirarse al espejo y afrontar la culpa.

Elemento 3: Los buenos pueden torturar

¿Quiénes son los buenos? El discurso pone de este lado de la trinchera a los que no cuestionan la legalidad vigente o el régimen democráticamente elegido, siempre que el régimen nos guste. Si preguntamos a muchos ciudadanos, éstos dudarán de si en Venezuela o Bolivia hay democracia porque el mensaje del poder ha sembrado dudas sobre algo tan evidente como que sus presidentes han sido elegidos por la mayoría.

Igual ocurre con los bandos de los buenos y los malos. Es una adscripción casi individual. Podemos sacar del bando de los buenos, sin pudor, a personajes como Piedad Córdoba porque es una mala hierba y el ciudadano ve las consecuencias de no estar del lado de los ‘buenos’: exclusión pública, persecución política, vergüenza social. Nadie quiere estar de ese lado. Recuerden el dicho popular de que el que no la debe no la teme… el problema es la definición de qué es deber.

A los que se quedan en la trinchera de la mayoría y de lo “legítimo” se les ofrece, a cambio, una amnistía moral, una nebulosa que justifica lo injustificable. Con mecanismos tan perversos, incluso, como el que denuncia Slavoj Zizek, para mantenernos en la era de la felicidad. Dice así: “Una de las grandes ironías de nuestra difícil situación es que la misma biomoralidad, centrada en la felicidad y en evitar el sufrimiento, se menciona hoy como el principio básico de la justificación de la tortura: debemos torturar –generar dolor y sufrimiento– a fin de evitar más sufrimiento”.

Los buenos son los ciudadanos promedio que trabajan abnegadamente, pagan sus impuestos, compran en los centros comerciales y transitan por la Vía Panamericana en lugar de cortarla.

Elemento 4: Animalización del enemigo

Si es lícito matar, torturar, aislar a una minoría para garantizar la felicidad y la llamada ”paz social” de la mayoría, podemos apuntalar la tranquilidad de conciencia de nuestras sociedades animalizando al enemigo. Nada nuevo, ha sido una de las más viejas técnicas de guerra. Cuando dotamos al enemigo de rasgos animales estamos haciendo más leve el peso moral de matarlo o de torturarlo.

El miliciano de Al Qaeda no tiene alma, ni sentimientos, es sanguinario, hace rituales casi demoníacos antes de entrar en batalla. Igual son los guerrilleros en Colombia, deshumanizados por el poder y por los medios, sin emociones, incapaz de amar o de sentir compasión. Por tanto… matarlos o hacerles daño no es tan grave, no es más grave que matar o torturar a un cerdo o a un pollo –de hecho, hoy en día es más grave torturar a un animal que a un humano-. En las mismas imágenes de las torturas de Abu Ghraib se puede ver cómo se pasea al torturado con una correa de perro o se les obliga a revolverse en sus excrementos convirtiendo un recinto carcelario en una piara.

Por otro lado, frente a estos seres demoníacos y animalizados los medios de comunicación nos ofrecen los perfiles de los héroes que mantienen a raya a estas peligrosas alimañas: el soldado Ryan siempre presente, el general Naranjo entregado al sacrificio de la patria, incluso héroes que rescatan animales no tan perversos como el enemigo (vean el caso de la sargento Beberg y la adopción del perro iraquí Rachet, mucho más importante para el mundo mediático estadunidense que los miles y miles de iraquíes muertos).

Elemento 5: Efecto archivo y efecto aislamiento

Retomando el concepto de Mal de Archivo de Jacques Derrida, podemos entender que cuando un noticiero o un periódico publica en exclusiva las fotos de Abu Ghraib o imágenes de la violencia desproporcionada de los ejércitos del bien contra los de la oscuridad, esos acontecimientos quedan archivados en un doble juego: el de la consignación (la huella) y el del olvido (la muerte de ese acontecimiento).

Simplificando en extremo este planteamiento, me atrevería a decir que cuanto se publica muere al contacto con los lectores. Ya pasó, es simple registro de un suceso que ocurrió en un momento de la línea del tiempo, ya no hay nada que hacer y eso libera al lector o al espectador de cualquier responsabilidad.

Un ejemplo claro es lo que acontece cada vez que se desclasifican documentos de los archivos de la CIA o de otros departamentos de seguridad de Estados Unidos. Cuando nos cuentan las connivencias en el golpe de estado de Chile, por ejemplo. Ya no hay nada que hacer, es parte del archivo de la humanidad y sólo se muestra como un paso más de la redención a través de la verdad (podríamos decir que ese ha sido el falso propósito de las comisiones de la verdad en diferentes países: tanta verdad y tan pocos responsables). Se hace responsable así a toda la sociedad y, al tiempo, se diluyen las verdaderas responsabilidades.

El otro fenómeno que ocurre en la presentación de las noticias es el aislamiento de unas frente a otras. Tratamos las informaciones como sucesos, en lugar de como procesos, y, como tal, la fragmentamos, evitando o, al menos, sin ayudar a que el ciudadano pueda relacionarlas y ver sus conexiones. Nada tiene que ver una acción militar con otra, no hay relación entre el tráfico de drogas y el modelo de intervención en Afganistán o entre los contratos de reconstrucción de Irak y los objetivos militares de las tropas de invasión. No, nada que ver. Es más, para completar este fenómeno de aislamiento, lo mejor es “anecdotizar” todo suceso o todo personaje. Las torturas en los vuelos de la CIA o en Guantánamo son casos aislados, “no forman parte de ninguna política oficial”. Como las persecuciones del DAS, a cuyos miembros presentes, por cierto, aprovecho para saludar.

Elemento 6: La democracia para desahogarse no para exigir derechos

Los medios de comunicación son el canal perfecto para aplicar la técnica del “bien pueda exprésese en democracia” que practica perversamente el poder de los buenos en esta “guerra” contra el terrorismo.

Se genera la ficción de que se puede criticar, de que no hay problema en poner en medios las voces críticas por duras que estas sean. Como plantea Michel Chossudovsky: “Washington no silencia a sus críticos antibelicistas. Muy al contrario. El orden social inquisitorial permite ciertas formas de desacuerdo. Es políticamente correcto que bajo una 'democracia' se condene la política exterior estadunidense en los términos más firmes”.

Son técnicas refinadas que todavía no han aprendido gobiernos como el de China, que se empeñó torpemente en reprimir a los que protestaban por la violación de derechos humanos en Tibet, cuando lo mejor es dejarlos hasta que se queden afónicos ignorando sus reclamos y apelando a que protesten pero sin molestar a los ciudadanos “de bien” (lo mismo que se le dice aquí a corteros, indígenas, maestros y demás).

Es decir, el sistema mediático permite los desahogos, las terapias individuales o de grupo, pero presta poca atención a la consecución de los derechos que reclaman los quejosos.

Elemento 7: Viejas fórmulas para nuevas realidades

Las escuelas de periodismo y la industria han perpetuado unas formas narrativas que las nuevas tendencias no han podido desbancar. Es cierto que el tránsito de periodista-autor a periodista-productor ha marcado una pérdida de calidad en este trabajo y una supeditación del fondo a la forma, con criterios de productividad factoriles que atentan contra la reflexión o la capacidad crítica en los medios.

Por ello, las viejas fórmulas siguen vigentes en muchos medios –muy especialmente en Latinoamérica y el Caribe-. Periodistas obsesionados con la noticia –un género limitado y cuadriculado-, con la oficialidad de las fuentes –lo que no es oficial no es creíble- y que cuando escriben sobre la vida dicen que le están dando “color” a sus notas.  Esto significa que, cuando los matices reales y las voces de la ciudadanía aparecen, lo hacen como un aderezo, no como parte central de la topografía de la noticia. La voz de la víctima incluye dramatismo, no realidad. La voz de los excluidos nunca es la de sujetos de derecho sino la de mendicantes de atención o justicia. Perversa fórmula que hace un daño estructural a una posible democracia real y a la estabilidad emocional de dichas voces mostradas sólo para aderezar el menú informativo.

Elemento 8. Los prejuicios de los y las periodistas.

Lo sentimos, los periodistas no son heterónimos de Clark Kent, ni surcamos la realidad empapados de la omnisciencia y armados de una equidistancia cósmica. Los periodistas y las periodistas son –somos- ciudadanos del común, normalmente mal pagados, expuestos a innumerables presiones –de su propia industria y de las fuentes-, que gozan de mala imagen y a los que, además, les pedimos que sean socialmente correctos, políticamente inteligentes y culturalmente insuperables. No es así, y eso hay que tenerlo en cuenta cuando se diseñan estrategias para formarlos o convencerlos de la importancia de ciertas temáticas. Los periodistas respiran, tienen tantos prejuicios como cualquiera, les cuesta llegar a final de mes, se enferman y sudan. Pero, además, van –vamos- generando cierta costra de insensibilidad que, si bien es defensiva, se vuelve tremendamente agresiva y termina mostrándose en sus textos.

Mi pesimismo sobre una posible transformación de los medios de comunicación de masas tradicionales es cósmico. Las industrias de la información no sólo están centradas en sus finanzas, sino que tienen profundos lazos con el poder establecido, y en el caso de América Latina el asunto se torna perverso si revisamos el accionariado mediático.

Sé que en este taller van a buscar caminos, alternativas a este entorno opresivo diseñado para justificar lo injustificable. Sé que se enfrentan a realidades cotidiana sumamente complicadas. Por eso, aunque no voy a recomendar ninguna fórmula mágica, quiero terminar esta intervención contándoles dónde encuentro yo razones para seguir respirando y trabajando en este universo de la mentira. Considero que en los pequeños movimientos sociales, en las nuevas redes distribuidas que funcionan de manera casi anárquica en Internet, en los medios alternativos de comunicación no militantes o en la comunicación comunitaria está la esperanza. No sólo por el tipo de información que circula por esas venas sociales, sino porque promocionan un nuevo modelo de ciudadano más crítico, menos come cuento. Hay una actitud de resistencia que se debe fomentar. En estos días, los indígenas del Cauca y de otros departamentos marchan y lo hacen, según lo han declarado, “con la palabra”. Mi esperanza es que, en esas redes alternas de distribución y consumo de información, la palabra y la verdad retomen el valor que nunca debieron perder.

No es el tema sobre el que me pidieron hablar, así que no seguiré por ese camino, aunque me apasione. Prefiero terminar agradeciendo la invitación y su paciencia. E invitando a todas y todos a mantener una actitud de resistencia activa ante esta terrible maquinaria de normalizar lo anormal y a buscar formas creativas y atrevidas para reconectar a las ciudadanas y ciudadanos con el concepto de la verdad y con la necesidad de lo moral.


* Paco Gómez Nadal es ... Presentación hecha en Bogotá en el taller Periodismo y terrorismo convocado por la Coalición Colombiana contra la Tortura, el 24 de octubre de 2008.


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