Sala de Prensa

113
Marzo 2009
Año XI, Vol. 5

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   


Liberticidio global

Ignacio Ramonet *

Era un 11 de septiembre. Desviados de su ruta programada por pilotos decididos a todo, los aviones se precipitan hacia el corazón de la gran ciudad, resueltos a derribar los símbolos del odiado sistema político. Todo ocurre muy deprisa: explosiones, fachadas que saltan en pedazos, el estruendo infernal de los desmoronamientos, el terror de los supervivientes, que huyen cubiertos de polvo... Y los medios de comunicación transmitiendo la tragedia en directo...

¿Nueva York, 2001? No, Santiago de Chile, 11 de septiembre de 1973. Con la complicidad de Estados Unidos, golpe de Estado del general Pinochet contra el socialista Salvador Allende, y bombardeo sistemático del palacio presidencial por las fuerzas aéreas. Decenas de muertos y el comienzo de un régimen de terror de quince años...

Más allá de la legítima compasión por las víctimas de los execrables atentados de Nueva York en septiembre de 2001, ¿cómo no convenir que Estados Unidos no es un país más inocente que los demás? ¿Acaso no ha participado en acciones políticas violentas, ilegales y a menudo clandestinas en América Latina, en África, en Oriente Próximo, en Asia...? Con el saldo de una trágica muchedumbre de muertos, de «desaparecidos», de torturados, de presos, de exiliados...

La actitud de los dirigentes y de los medios de comunicación occidentales, su fervor proestadunidense a raíz de los criminales atentados del 11 de septiembre, no deben ocultarnos la cruel realidad. En todo el mundo, y en particular en los países del Sur, el sentimiento expresado con más frecuencia por la opinión pública ante esta tragedia fue: «Lo que les ha pasado es muy triste, pero se lo tienen merecido».

En efecto, y paradójicamente, en muchas regiones del planeta estos espantosos atentados no han levantado olas de simpatía hacia Estados Unidos. Todo lo contrario. Tanto es así que el presidente George W. Bush llegó a declarar: «Me impresiona que exista tal desconocimiento respecto a lo que es nuestro país y que haya gente que pueda odiarnos. Soy como la mayoría de los estadunidenses, no puedo creerlo, porque sé que somos buenos».

El libro negro de la guerra fría

Para comprender esas reacciones hostiles hacia Estados Unidos, que han asombrado a muchos estadunidenses, empezando por su presidente, George W. Bush, tal vez no esté de más recordar que, ya durante la «guerra fría» (1948-1989), Estados Unidos se lanzó a una larga «cruzada», en aquel entonces contra el comunismo. Cruzada que, en determinados casos, alcanzó proporciones de guerra de exterminio: miles de comunistas eliminados en Irán, doscientos mil opositores de izquierda exterminados en Guatemala, más de medio millón de comunistas aniquilados en Indonesia... Las páginas más abominables del libro negro del imperialismo estadunidense se escribieron a lo largo de esos años, marcados igualmente por los horrores de la guerra de Vietnam (1962-1975).

Ya entonces era «el Bien contra el Mal». Pero, en aquella época, según Washington, apoyar a determinados terroristas no era necesariamente inmoral. Por intermedio de la Central Intelligence Agency (CÍA), Estados Unidos organizó atentados en lugares públicos, desapariciones de oponentes, secuestros de aviones, sabotajes y asesinatos. En Cuba contra el régimen de Fidel Castro, en Nicaragua contra los sandinistas o en Afganistán contra los soviéticos. Fue allí, en Afganistán, con el apoyo de dos estados muy poco democráticos, Arabia Saudí y Pakistán, donde Estados Unidos patrocinó, en los años setenta, la creación de brigadas islamistas reclutadas en el mundo árabe musulmán y compuestas por lo que los medios llamaban entonces freedom fighters, ¡luchadores por la libertad! Como es bien sabido, ésas fueron las circunstancias en las que la CIA reclutó y entrenó al hoy célebre Osama Bin Laden.

Hiperpotencia y terror

Desde 1991 Estados Unidos permanece instalado en una posición de hiperpotencia única y ha marginado, de hecho, a las Naciones Unidas. En compensación, prometió instaurar un «orden internacional» más justo. En nombre de ese proyecto, dirigió y ganó, en 1991, la guerra del Golfo contra Irak. Sin embargo, concluido el conflicto, ha seguido manteniendo una escandalosa parcialidad en favor de Israel y en detrimento de los derechos de los palestinos.1 Por si fuera poco, haciendo oídos sordos a las protestas internacionales, ha mantenido contra Irak un embargo implacable, que mata a miles de inocentes y deja indemne al régimen. Este «nuevo orden mundial» no parece mucho más justo a los ojos de miles de habitantes de los países pobres del Sur. Y todo ello ha ultrajado, en particular, los sentimientos del mundo árabe y musulmán y facilitado la creación del caldo de cultivo del que ha surgido el islamismo radical y antiestadunidense.

Como el doctor Frankenstein, el 11 de septiembre de 2001 Estados Unidos vio alzarse en su contra a su antigua creación —Osama Bin Laden— con una violencia demencial. Y decidió combatirlo apoyándose en los dos estados —Arabia Saudí y Pakistán— que más han contribuido en los últimos treinta años a extender por todo el mundo las redes islámicas radicales, con la ayuda de métodos terroristas cuando lo han considerado oportuno.

La amenaza Pakistán

Si existe un país con una tradición política trágica, ese es Pakistán. Ningún jefe del ejecutivo de este Estado de ciento cuarenta millones de habitantes ha abandonado nunca el poder voluntariamente. Nacido en 1947 de la partición del imperio británico de la India, durante la cual millones de musulmanes e hindúes huyeron en condiciones apocalípticas de las regiones en las que eran respectivamente minoritarios, Pakistán, el «país de los puros», es el primer Estado creado, artificialmente, sobre una base confesional: la del islam.

Con el tiempo, este cemento religioso ha demostrado su incapacidad para aglutinar a una nación. En 1971, la secesión del Pakistán Oriental, convertido en Bangladesh, probaba que los criterios étnicos podían tener más fuerza que los religiosos. El otro elemento de cohesión, el odio a la India, mostró igualmente sus límites en las tres guerras libradas por ambos países, en 1947, 1965 y 1971, y saldadas con sendas derrotas de Pakistán.

Antes de las tensiones de la primavera de 2002, el último gran enfrentamiento tuvo lugar en julio de 1999, por el control de los altos de Kargil, en Cachemira. Esta región de mayoría musulmana permanece dividida por una línea de armisticio desde 1948. El sur de Cachemira está bajo la administración de la India, que se enfrenta en esa zona a una fuerte resistencia protagonizada por organizaciones separatistas islámicas (sostenidas clandestinamente por la red al-Qaida de Osama Bin Laden). Instigadas asimismo por los servicios secretos de Pakistán, dichas organizaciones (Lashkar-e-Taiba y Jaish-e-Mohammad) no dudan en recurrir a la violencia más extrema y cometer sangrientos atentados, como el perpetrado contra el Parlamento indio el 13 de diciembre de 2001, que costó la vida a catorce personas y puso a los dos países, una vez más, al borde de la guerra.

Nuevos atentados islamistas, en mayo y junio de 2002, provocaron una nueva y brutal subida de la fiebre bélica. Cada país movilizó, a lo largo de la frontera de Cachemira, mas de un millón de soldados dispuestos a enfrentarse en una guerra total. La población sumada de India y Pakistán alcanza los mil doscientos millones de personas, o sea un quinto de la población mundial... El planeta entero se aterrorizó ante la perspectiva de ese choque, ya que por primera vez en la historia se habrían enfrentado dos países con capacidad nuclear. Un eventual uso, por los dos adversarios, de sus respectivas bombas atómicas provocaría, en los primeros días, unos doce millones de muertos... Los heridos habrían ocupado todas las camas de todos los hospitales de todos los países desde Japón hasta Egipto... Las consecuencias en términos de aumento de la radiactividad general hubiesen sido nefastas para toda la humanidad. Y esa trágica guerra, además, lanzaría hacia los estados vecinos y hacia los países ricos a millones de nuevos emigrantes indios y paquistaníes en fuga del horror nuclear. Todo ello provocaría formidables consecuencias en cascada.

Tanto Islamabad como Nueva Delhi consideran Cachemira una cuestión central, vital, de la que pendería la identidad de ambas naciones.

La derrota militar paquistaní del verano de 1999, seguida de la humillante retirada de las fuerzas de invasión exigida por Washington, viejo aliado de Islamabad, determinó sin duda la caída del primer ministro Nawaz Sharif, derrocado el 12 de octubre de 1999 por el general Pervez Musharraf.

Era la primera vez, desde el final de la guerra fría, que se producía un golpe de Estado militar en un país importante y, lo que es más grave, en un Estado en posesión de armas nucleares. Único país islámico que dispone de la bomba atómica, Pakistán, un Estado en descomposición dirigido por militares, dispone también de misiles capaces de transportar cargas nucleares a una distancia de mil quinientos kilómetros...

Para colmo de males, se trata de una potencia situada en una zona extremadamente peligrosa, que debe hacer frente a la hostilidad de dos de sus vecinos, la India e Irán, y a la creciente desconfianza de un antiguo aliado, China. Antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y de la respuesta estadunidense, Pakistán toleraba el activismo extremista de un Estado amigo, un cuasiprotectorado, Afganistán, que acogía y amparaba a redes islamistas como la de Bin Laden, al-Qaida, directa o indirectamente favorecidas por Arabia Saudí (otro aliado de Islamabad). La influencia de estas redes terroristas se extendía hasta el Asia central ex soviética (Uzbekistán, Tayikistán, Turkmenistán) y el norte del Cáucaso (Dagestán y Chechenia, que forman parte de la Federación Rusa).

Al borde de la bancarrota, Pakistán es una de las principales plataformas del fundamentalismo musulmán. En el plano interior, es un polvorín. Está dividido por disensiones religiosas que oponen a sunníes y shiíes (el 20% de la población), enfrentamientos étnicos entre pastunes, baluchis, sindhis y punjabíes, y desigualdades sociales: el 40 % de la población vive por debajo del umbral de la pobreza, y el número de niños esclavos asciende a unos veinte millones... Por añadidura, es uno de los países más corruptos del mundo, con una economía criminal que, según la ONU, supera, en valor absoluto, a la economía legal.

Todo esto no ha impedido que, después del 11 de septiembre de 2001, la administración estadunidense del presidente Bush, abandonando cualquier escrúpulo, haya hecho de Pakistán su principal aliado en Asia del Sur...

¡Al fin un adversario!

Y es que, veteranos de la guerra fría, los hombres y las mujeres que rodean al presidente George W. Bush no pueden quejarse del giro de los acontecimientos tras el 11 de septiembre. Cabe incluso imaginarlos frotándose las manos. Porque, milagrosamente, los atentados les han restituido un elemento estratégico fundamental del que los había privado durante una década el derrumbamiento de la Unión Soviética en 1991: un adversario. ¡Al fin!

Bajo el nombre de «terrorismo internacional», el adversario elegido es el islamismo radical. Eso justifica todas las medidas autoritarias y todos los excesos. Incluida una versión moderna del macartismo, que tendría como blanco, más allá de las organizaciones terroristas, a todos aquellos que se oponen a la hegemonía estadunidense, e incluso a los adversarios de la mundialización liberal.

Embarcado en el primer conflicto armado del siglo XXI, Estados Unidos se fijó de inmediato varios objetivos militares. El primero fue anunciado el día siguiente al 11 de septiembre: desmantelar la red al-Qaida y capturar, «vivo o muerto», a Osama Bin Laden, responsable de crímenes —unos tres mil muertos— que ninguna causa puede justificar bajo ninguna circunstancia.

Un imperio contra un hombre

Este objetivo, fácil de formular, no era tan sencillo de cumplir. No obstante, a priori la desproporción de fuerzas entre ambos adversarios parecía abismal. A decir verdad, la situación militar no podía ser más insólita, puesto que era la primera vez que un imperio declaraba la guerra no a un Estado sino a un individuo...

Empleando sus aplastantes medios militares, Washington lanzó a la batalla todas sus fuerzas y no podía por menos de ganarla. Al comienzo, sin embargo, muchos dudaban de la victoria estadunidense, pues abundan los ejemplos de grandes potencias incapaces de dar cuenta de adversarios más débiles. La historia militar enseña, en efecto, que en un combate desigual aquel que puede lo más no siempre puede lo menos. «Durante casi treinta años, el poder británico ha sido incapaz de acabar con un ejército como el del IRA —nos recuerda el historiador Eric Hobsbawn— por supuesto, el IRA no ha vencido, pero tampoco ha sido vencido.»2

Como la mayoría de los ejércitos, el de Estados Unidos está organizado para combatir a otros estados y no para enfrentarse a un «enemigo invisible». Pero, en el siglo que comienza, las guerras entre estados llevan camino de convertirse en anacrónicas. La aplastante victoria de 1991 en el conflicto del Golfo no es una buena referencia. Puede incluso resultar engañosa como ejemplo. «Nuestra ofensiva de 1991 en el Golfo resultó victoriosa —explica el antiguo general de los marines Anthony Zinm— porque tuvimos la suerte de dar con el único malo del mundo lo bastante estúpido como para enfrentarse a Estados Unidos en un combate de tú a tú.»3 Otro tanto podría decirse de Slobodan Milosevic con relación a la guerra de Kosovo de 1999.

Este nuevo tipo de conflicto, en el que el fuerte se enfrenta al débil o al loco, es más fácil de empezar que de concluir. Y, por masivo que sea, el empleo de medios militares ultramodernos no garantiza necesariamente que se alcancen los objetivos perseguidos. Basta recordar los fracasos estadunidenses en Vietnam, en 1975, y en Somalia, en 1994.

Al atacar a Afganistán con el convincente pretexto de que el régimen talibán de ese país protegía a Bin Laden, el gobierno estadunidense sabía perfectamente que iniciaba la fase más sencilla del conflicto. Y que la concluiría satisfactoriamente y con un coste mínimo en cuestión de semanas. Pero la victoria contra uno de los regímenes más odiosos del planeta no aseguraba la consecución del primer objetivo de esta guerra: capturar a Bin Laden.

¿Qué es el terrorismo?

El segundo objetivo parece demasiado ambicioso: acabar con el «terrorismo internacional». En primer lugar, porque el término «terrorismo» es impreciso. Desde hace dos siglos, se utiliza para designar indistintamente a todos aquellos que recurren, con razón o sin ella, a la violencia para intentar cambiar el orden político. La experiencia demuestra que, en ciertos casos, dicha violencia era necesaria. «Sic semper tirannis», exclamaba ya Bruto al apuñalar a Julio César, que había derribado la República. «Todos los medios son legítimos para luchar contra los tiranos», decía a su vez el revolucionario francés Gracchus Babeuf en 1792.

Numerosos antiguos «terroristas» se han convertido con el tiempo en respetados hombres de Estado. Por ejemplo, y por no citar a todos los dirigentes franceses surgidos de la Resistencia, calificados de «terroristas» por las autoridades alemanas de la ocupación: Menahem Beguin, antiguo jefe del Irgun, convertido en primer ministro de Israel; Abdelaziz Buteflika, antiguo responsable del FLN argelino, convertido en presidente de Argelia; o Nelson Mandela, antiguo jefe de la ANC, convertido en presidente de Sudáfrica y premio Nobel de la Paz.

La actual «guerra mundial contra el terrorismo» y la propaganda que la acompaña pueden dar la impresión de que no hay más terrorismo que el islamista. Evidentemente, no es así. En el momento mismo en que se desarrolla esta nueva «guerra mundial», diversas organizaciones «terroristas» siguen actuando en casi todos los rincones del mundo no musulmán. ETA en España, las FARC y los paramilitares en Colombia, los Tigres tamiles en Sri Lanka, etc. Y hasta hace bien poco, el IRA y los unionistas en Irlanda del Norte.

Al albur de las circunstancias, casi todas las familias políticas han reivindicado el terrorismo como principio de acción. El primer teórico que propuso una doctrina del terrorismo fue el alemán Karl Heinzen, en su ensayo Der MoraEl asesinato»), de 1848, donde afirma que todos los medios, incluido el atentado suicida, son buenos para acelerar el advenimiento de... ¡la democracia! En tanto que demócrata radical, Heinzen escribe lo siguiente: «Si, para destruir el partido de los bárbaros, hay que hacer saltar por los aires la mitad de un continente y provocar un baño de sangre, no tengáis ningún escrúpulo de conciencia. Quien no esté dispuesto a sacrificar gustosamente su vida por la satisfacción de exterminar a un millón de bárbaros no es un auténtico republicano».4

El absurdo de este ejemplo muestra que ni siquiera los mejores fines justifican todos los medios. Los ciudadanos harán bien en temer lo peor de una República —laica o religiosa— construida sobre un baño de sangre. En la actualidad, se acepta de forma general que el uso de la violencia terrorista en un contexto de auténtica democracia política (como en Irlanda del Norte, el País Vasco español o Córcega) resulta inadmisible.

Adiós libertades 

Cabe temer igualmente que la cacería universal de «terroristas» que anuncia Washington como objetivo último de esta «guerra sin fin» se preste a peligrosos abusos y atentados contra las libertades fundamentales. 

Porque, si admitimos que los trágicos sucesos del 11 de septiembre de 2001 han inaugurado un nuevo período de la historia contemporánea, no podemos por menos de preguntarnos qué otro ciclo han cerrado esos mismos hechos y cuáles son las consecuencias.

La época que termina se había iniciado el 9 de noviembre de 1989 con la caída del muro de Berlín y confirmado con la desaparición de la Unión Soviética el 25 de diciembre de 1991. Constantemente celebradas, las características fundamentales de esa etapa —que vio, por otra parte, el despegue de la globalización liberal habrán sido: la exaltación del sistema democrático, la apoteosis del Estado de derecho y la glorificación de los derechos humanos. Tanto en política interior como exterior, esta moderna Trinidad era una especie de imperativo categórico constantemente invocado y, si bien no carecía de ambigüedades (¿realmente pueden conciliarse globalización liberal y democracia planetaria?), contaba con la adhesión de los ciudadanos, que veían en ella una victoria del derecho sobre la barbarie.

A este respecto, el 11 de septiembre de 2001 marca una clara ruptura. En nombre de la «guerra justa» contra el terrorismo, todas esas ideas generosas parecen repentinamente olvidadas. Para empezar, antes de atacar Afganistán, Washington no dudó en establecer alianzas con dirigentes que hasta ayer mismo eran considerados indeseables: el general golpista Pervez Musharraf de Pakistán o el dictador de Uzbekistán, Islam Karimov. Los gritos del legítimo presidente paquistaní, Nawaz Sharif, y de los defensores de las libertades uzbekos no consiguieron traspasar los muros de sus mazmorras... Valores antaño calificados de «fundamentales» abandonan la escena política sin hacer ruido, y estados democráticos se hunden, desde el punto de vista del derecho, en la regresión.

Medidas liberticidas

Lo prueba el alud de medidas liberticidas adoptadas por el gobierno estadunidense, que, al día siguiente de los atentados, implantaba en el país una justicia de excepción. El ministro del ramo, John Ashcroft, hacía aprobar una ley antiterrorista, motejada de «ley patriótica», que permite a las autoridades detener a sospechosos extranjeros por tiempo casi indefinido, deportarlos, encerrarlos en celdas de aislamiento, vigilar su correo, sus conversaciones telefónicas y sus comunicaciones vía Internet, y registrar su domicilio sin autorización judicial.

En aplicación de la mencionada ley, se detuvo en secreto a no menos de mil doscientos extranjeros, de los que más de seiscientos seguían en prisión a finales de diciembre de 2001, en muchos casos sin haber comparecido ante un juez ni recibido la asistencia de un abogado.5 El gobierno de Estados Unidos expresaba además su intención de hacer interrogar a unos cinco mil hombres de edades comprendidas entre los dieciséis y los cuarenta y cinco años, llegados al país con visados de turista y sospechosos por el simple hecho de ser originarios de Oriente Próximo.6

En mayo de 2002, el gobierno estadunidense concedió poderes ilimitados al Federal Bureau of Investigations (FBI), que podrá ahora espiar a los estadunidenses, inmiscuirse en sus reuniones aunque tengan lugar en una iglesia, una sinagoga o una mezquita, asistir a sus mitines políticos y husmear sus correos electrónicos y chats bajo el pretexto de buscar terroristas. El nuevo FBI se convierte así en una especie de CIA interior, una agencia interna de seguridad y espionaje con poderes ilimitados para llamar a la puerta de cualquier persona que levante sospechas, aunque no haya nadie ni nada que la relacione con una trama terrorista.7

En esa misma línea, el 6 de junio de 2002, después de las revelaciones sobre los errores cometidos por el FBI y la CÍA antes del 11 de septiembre que impidieron evitar los trágicos atentados, el presidente Bush anunció la reforma más importante del sistema de seguridad estadunidense desde 1947, cuando el presidente Harry Truman creó el Pentágono, la CÍA y el Consejo Nacional de Seguridad. «Sabemos que miles de asesinos profesionales están conspirando contra nosotros para atacarnos —ha declarado George W. Bush— y esa tremenda constatación nos obliga a actuar de modo diferente. Estados Unidos, como líder del mundo civilizado, debe proseguir y hacer más eficaz su lucha titánica contra el terrorismo».8

Por consiguiente, el presidente ha decidido crear un superministerio contra el terrorismo, un nuevo departamento que reagrupará veintidós agencias y servicios, dispondrá de ciento setenta mil funcionarios y de un presupuesto de más de treinta y siete mil millones de euros...

Aunque los tribunales ordinarios de Estados Unidos son perfectamente competentes para juzgar a los extranjeros acusados de terrorismo,9 el 13 de noviembre de 2001 el presidente George W. Bush ya había creado tribunales militares con procedimientos especiales. Estos procesos secretos podrán celebrarse en navíos de guerra y bases militares;10 la sentencia será pronunciada por una comisión constituida por oficiales del ejército; no será necesaria la unanimidad para condenar a muerte al acusado; el veredicto será inapelable; las conversaciones del acusado con su abogado podrán ser escuchadas clandestinamente; el procedimiento judicial se mantendrá en secreto y los detalles del proceso no se harán públicos en décadas...

¿Recurrir a la tortura?

Responsables del Federal Bureau of Investigations (FBI) han llegado a proponer que se extradite a determinados acusados a países amigos con regímenes dictatoriales para que la policía autóctona pueda interrogarlos utilizando métodos «violentos, expeditivos y eficaces». El recurso a la violencia y a la tortura se ha reclamado abiertamente en las columnas de las grandes revistas.11 En la cadena CNN, el comentarista republicano Tucker Carlson fue muy explícito: «La tortura no está bien. Pero el terrorismo es peor. De modo que, en determinadas circunstancias, la tortura es un mal menor». Por su parte, Steve Chapman recordaba en el Chicago Tribune que un Estado democrático como Israel no duda en aplicar la tortura, «presiones físicas moderadas», al 85% de los detenidos palestinos.12

En el programa estrella del canal CBS Sixty minutes, consagrado, el domingo 20 de enero de 2002, al tema «¿Está o no justificada la tortura a los talibanes detenidos?», se ofreció el testimonio del general francés Paul Aussaresses, que ha admitido haber utilizado la tortura contra los patriotas argelinos durante la guerra de Argelia (1954-1962), condenado por la justicia de su país por «complicidad en la apología de crímenes de guerra». CBS se justificó diciendo lo siguiente: «El general Aussaresses defiende un método [la tortura] para evitar la muerte de inocentes a manos de terroristas».

¡Matadlos a todos!

Tras revocar una decisión de 1974 que prohibía a la CIA asesinar a dirigentes extranjeros, el presidente Bush dio carta blanca a la agencia para llevar a cabo todas las operaciones secretas necesarias para la eliminación física de los jefes de al-Qaida. Olvidando las recomendaciones de las convenciones de Ginebra, la guerra de Afganistán se desarrolló con ese mismo espíritu: ejecutar a los miembros de al-Qaida incluso si se rendían. El secretario de Defensa estadunidense, Donald Rumsfeld, se mostró inflexible y rechazó toda posibilidad de solución negociada y rendición. «No queremos que se escape ningún terrorista de al-Qaida —declaró Rumsfeld—. Queremos impedir que se reconstituya la red en otro lugar del mundo. Limpiaremos las grutas de Tora Bora una por una si es necesario.» A continuación, hizo un claro llamamiento al asesinato de todos los prisioneros árabes y no afganos que luchaban al lado de los talibanes.13

Más de cuatrocientos de estos combatientes fueron exterminados a raíz del alzamiento de la fortaleza de Qalae-Jhangi y un número sin duda más elevado tras la toma de Tora Bora.

Todo indica que los estadunidenses sencillamente no quisieron dejar con vida a ninguno de los miembros de la secta terrorista al-Qaida. Ni siquiera cuando se rendían y se constituían prisioneros. En varias ocasiones, en Kandahar y en Tora Bora por ejemplo, los oficiales estadunidenses presentes sobre el terreno se mostraron inflexibles y se negaron a aceptar los pactos y acuerdos de rendición establecidos entre los miembros de al-Qaida y las fuerzas antitalibán aliadas. Exigieron que se prosiguiesen los combates hasta la liquidación total de los supervivientes. «¡Hay que matar a todos los combatientes de al-Qaida, y hay que matarlos ahora! Nada de aceptar que depongan las armas», exigieron miembros de la CÍA a los combatientes de la Alianza en el frente de Tora Bora.

Otro crimen también lo constituyó el uso indiscriminado, y prohibido por la Convención de Ottawa, de las bombas de fragmentación. Muy controvertidas, estas bombas (cluster bombs) son como muñecas rusas que contienen otras más pequeñas en su interior. Cada B-52 suelta una treintena de gruesas bombas (CBU-87), cada una de éstas desparrama más de doscientas pequeñas bombas (LU-97),y cada una de ellas, a su vez, libera trescientas granadas de color amarillo y grandes como una lata de cerveza. Por consiguiente, cada bomba de fragmentación disemina más de sesenta mil ingenios explosivos, y un único avión B-52 puede soltar, de una sola vez, ¡más de un millón ochocientas mil bombas! Y pensemos que estos aviones estuvieron bombardeando, en algunas zonas, sin descanso durante semanas enteras.

Cada bomba CBU-87 lo destruye todo, personas y material, en una superficie equivalente a una docena de campos de fútbol. Una media del 10% de las pequeñas bombas amarillas no estallan al tocar tierra. De manera que, disimuladas en la arena o en los matorrales, funcionan como minas antipersonal o antivehículo, y siguen sembrando la muerte entre los campesinos inocentes mucho después de haber sido lanzadas.

Para impedir el enjuiciamiento de militares estadunidenses por operaciones realizadas en el extranjero, Washington se niega a la ratificación del acuerdo que instituiría el Tribunal Penal Internacional (CPI). A tal efecto, el Senado ha aprobado, en primera lectura, la ley ASPA (American Servicemembers Protection Act), que permite a Estados Unidos tomar medidas extremas —que pueden llegar hasta la invasión militar de un país— para recuperar a cualquier ciudadano estadunidense amenazado con ser citado ante el futuro CPI.

Aprovechando la «guerra mundial contra el terrorismo», otros países —el Reino Unido, Alemania, Italia, España, Francia...— han reforzado igualmente sus legislaciones represivas.

Así pues, los defensores de los derechos públicos tienen motivos de sobra para inquietarse: el movimiento general de nuestras sociedades, que tendía hacia un respeto cada vez mayor por el individuo y sus libertades, se ha visto brutalmente atajado. Y todo indica que ha empezado la deriva hacia un Estado crecientemente policial...

En su informe anual sobre el estado de los derechos humanos en el mundo, presentado el 28 de mayo de 2002, Amnistía Internacional confirma esta deriva y denuncia que varios gobiernos aprovecharon ese horror y la ola de indignación que provocó para subirse al tren del «antiterrorismo» y utilizaron el brutal momento para «incrementar la represión, socavar la protección a los derechos humanos y reprimir la disidencia política».14

Un cambio geopolítico radical

Desde ese punto de vista, asistimos a un profundo cambio geopolítico que va a afectar a nuestras vidas irremediablemente. Todo empieza ese fatídico martes 11 de septiembre de 2001 con el descubrimiento de una nueva arma: un avión comercial, cargado de carburante y transformado en misil de destrucción y gigantesca bomba incendiaria. Ignorada hasta entonces, esta monstruosa arma nueva estalla por sorpresa ese día en Estados Unidos repetidas veces y en un breve lapso. La violencia del impacto es tal que consigue sacudir el mundo entero de forma efectiva.

Lo que cambia, para empezar, es la percepción misma del terrorismo. De inmediato, se habla de «hiperterrorismo»15 para subrayar que no volverá a ser como antes. Se ha rebasado un límite impensable, inconcebible. La desmesura de la agresión la convierte en un hecho sin precedente. Hasta el punto de que nadie sabe cómo llamarla. ¿Atentado? ¿Ataque? ¿Acto de guerra? Los límites de la violencia extrema parecen haberse ampliado.Y ya no se puede dar marcha atrás. Todos sabemos que los crímenes del 11 de septiembre —inaugurales— se reproducirán.16 Quizá en otro sitio, y sin duda en circunstancias diferentes, pero se repetirán. La historia de los conflictos enseña que, cuando aparece un arma nueva, por horribles que sean sus efectos, siempre vuelve a utilizarse. Lo confirma el empleo de gases de combate después de 1918, o la destrucción de ciudades mediante bombardeos aéreos después de Guernica, en 1937. En definitiva, ese es el miedo que perpetúa, cincuenta años después de Hiroshima, la amenaza nuclear...

Golpear las conciencias

Al tiempo que una crueldad insólita, la agresión del 11 de septiembre revela en sus autores un altísimo nivel de complejidad. Querían golpear con fuerza, golpear en lo más vivo, pero sobre todo golpear las conciencias. Y pretendían producir al menos tres tipos de efectos: enormes daños materiales, un impacto simbólico y una gran conmoción mediática.

Los resultados son de sobra conocidos: destrucción de unas tres mil vidas humanas, de las dos torres del World Trade Center, de un ala del Pentágono y, si el cuarto avión no se hubiera estrellado en Pensilvania, probablemente también destrucción de la Casa Blanca. Pero es evidente que estos estragos no constituían el objetivo principal. De otro modo, los aviones se habrían lanzado, por ejemplo, contra presas, embalses o centrales nucleares y habrían provocado desastres apocalípticos y decenas de miles de muertos...17 El segundo objetivo pretendía impresionar la imaginación colectiva desacreditando, ofendiendo y humillando los signos fundamentales de la grandeza de Estados Unidos, los símbolos de su hegemonía imperial en materia económica (el World Trade Center), militar (el Pentágono) y política (la Casa Blanca).

El tercer objetivo, menos evidente que los dos anteriores, era de orden mediático. Mediante una especie de golpe de Estado televisivo, Osama Bin Laden, presunto cerebro de la agresión, pretendía ocupar las pantallas, imponerles —como un realizador diabólico— sus imágenes, las escenas de su obra de destrucción. De ese modo, y con grave perjuicio para la administración estadunidense,18 se hizo con el control de todas las pantallas de televisión de Estados Unidos (y, más allá, del mundo entero). Ello le permitió develar, demostrar, evidenciar la insólita vulnerabilidad de la primera hiperpotencia, exhibir en el interior de los hogares estadunidenses su propio poder maléfico y poner personalmente en escena la coreografía de su crimen.

Mesianismo mediático

Una muestra de narcisismo que completa la otra imagen dominante del comienzo de esta crisis: la del propio Bin Laden. Sobre fondo de una cueva afgana, el autorretrato de un hombre de mirada extrañamente dulce... De la noche a la mañana, esta imagen convirtió a un hombre prácticamente desconocido la víspera del 11 de septiembre en la persona más famosa del mundo.19

Desde que un dispositivo técnico global permite difundir imágenes en directo a la totalidad del planeta, se sabía que el mundo estaba maduro para la aparición de un «mesianismo mediático». El caso Diana [de Gales], en particular, demostró que los medios de comunicación, mucho más numerosos que antes, están más unificados y uniformizados que nunca.Y que este estado de cosas sería aprovechado tarde o temprano por alguna especie de profeta electrónico.20

Osama Bin Laden es el primero. La agresión del 11 de septiembre le permitió acceder a todas las pantallas del mundo y transmitir su mensaje planetario. Genio del mal o moderno doctor Mabuse para muchos, pudo aparecer a los ojos de millones de personas, especialmente en el mundo árabe-musulmán, como un héroe. Y, más aún que como un héroe, como un mesías, «aquel que, elegido y enviado por Dios, viene a librar del mal a la humanidad»...     

Y que, con ese fin y por paradójico que pueda parecer, no duda en inventar un terrorismo de un nuevo tipo. Resulta obvio que en adelante tendremos que hacer frente a un terrorismo global. Global en su organización, pero también en su alcance y sus objetivos. Y que no plantea reivindicaciones muy precisas. Ni la independencia de un territorio, ni concesiones políticas concretas, ni la instauración de un tipo particular de régimen. Esta nueva forma de terror se manifiesta como una especie de castigo o escarmiento contra un «comportamiento general», sin más precisiones, de Estados Unidos y, más ampliamente, de los países occidentales.

Tanto el presidente George W. Bush —que habló de «cruzada», para retractarse después— como Osama Bin Laden han descrito este enfrentamiento en términos de choque de civilizaciones, incluso de guerra de religión: «El mundo se ha escindido en dos campos —ha afirmado Bin Laden—, uno bajo la bandera de la cruz, como lo afirma el jefe de los infieles, Bush, y el otro bajo la bandera del islam».21

Atacado por primera vez dentro de sus fronteras,22 en el corazón de su propia metrópoli y de un modo particularmente cruento, Estados Unidos decidió reaccionar rompiendo la baraja de la política internacional. Temiendo, en un primer momento, una respuesta precipitada e impulsiva, el mundo contuvo el aliento. No obstante, bajo la influencia del secretario de Estado Colin Powell, que ha demostrado ser la personalidad más lúcida de la administración estadunidense,23 Estados Unidos consiguió mantener su sangre fría. Y supo sacar partido de la emoción internacional y la solidaridad expresada por casi todas las cancillerías (con la única excepción de Irak) para reforzar su hegemonía planetaria.

Indiscutible supremacía

Desde la desaparición de la Unión Soviética en diciembre de 1991, se sabía que Estados Unidos se había convertido en hiperpotencia única. Pero, aquí y allí, algunos recalcitrantes —Rusia, China, Francia a su manera, etc.— se resistían a admitirlo. Los sucesos del 11 de septiembre barrieron todas las reticencias: Moscú, Pekín, París y muchas otras capitales reconocieron explícitamente la supremacía estadunidense. Numerosos dirigentes —y, el primero de todos, el presidente francés, Jacques Chirac— se apresuraron a presentarse en Washington, oficialmente para ofrecer sus condolencias, en realidad para rendir vasallaje incondicional. Todos comprendieron que había pasado el momento de las evasivas. «Quien no está con nosotros, está con los terroristas», había advertido el presidente Bush, antes de añadir que se acordaría de todos aquellos que en aquel momento particular hubieran permanecido pasivos.

Una vez constatado el acatamiento universal —que incluía los de la ONU, la OTAN y la Unión Europea—, Washington se comportó de manera soberana, es decir, sin tomar en consideración las recomendaciones o deseos de los países adictos. La coalición constituida obedeció a una geometría variable, en la que Washington escogió a su pareja en todo momento, le fijó unilateralmente la misión que debía cumplir y no le dejó ningún margen de maniobra. «La participación de Europa en esta guerra —constata un analista estadunidense— se hace sobre bases unilaterales que suponen la clara aceptación de una sola autoridad: el mando estadunidense.»24

Y no sólo en el terreno militar. En el de la información —la «guerra invisible»—, más de cincuenta países pusieron igualmente sus servicios de inteligencia y de contraespionaje a las órdenes de la CÍA y del FBI. Gracias a ello fueron detenidos, en apenas unas semanas, más de trescientos sesenta sospechosos en todo el mundo, acusados de vinculación con la red al-Qaida de Osama Bin Laden.25

La supremacía de Estados Unidos era grande; ahora es aplastante. «A comienzos del año 2002, el mundo se encuentra en una situación sin precedente en la historia de la humanidad —constata el politólogo estadunidense William Pfaff—. Una sola nación, Estados Unidos, goza de un poder militar y económico sin rival y puede imponerse prácticamente en cualquier sitio. Incluso sin recurrir a las armas nucleares, Estados Unidos podría destruir las fuerzas militares de cualquier otra nación del planeta. Si quisiera, Estados Unidos podría imponer una quiebra social y económica completa a cualquier otro país. Ninguna nación ha tenido nunca un poder semejante, ni una invulnerabilidad comparable.»26

A su lado, las otras potencias occidentales (Francia, Alemania, Japón, Italia, Canadá y el Reino Unido) son figuras liliputienses. La prueba más espectacular del impresionante poder de intimidación que ejerce Estados Unidos se nos ofreció el día siguiente al 11 de septiembre.

La estrategia de Bin Laden

Al hacer asesinar al comandante Massud, jefe militar de la Alianza del Norte afgana, el 9 de septiembre, Osama Bin Laden creyó haber eliminado una de las bazas decisivas de las que podría haberse servido Washington tras los atentados. Estados Unidos, se dijo, no podría seguir apoyándose en la Alianza del Norte. Si persistía en hacerlo para derrocar el régimen de los talibanes, protectores de al-Qaida, se encontraría enfrente a Pakistán, una potencia militar temible, con ciento cincuenta millones de habitantes y en posesión de armamento nuclear. Islamabad no aceptaría jamás, pensaba Bin Laden, el desmantelamiento del régimen de los talibanes, que había permitido a Pakistán hacer realidad una ambición ancestral: controlar al fin Afganistán y reducirlo, de hecho, al rango de protectorado.

Más al norte, Rusia, tensa con Washington debido a su grave desacuerdo con el proyecto de escudo antimisiles acariciado por el presidente Bush, tampoco colaboraría con los estadunidenses, ni les ofrecería ninguna intermediación ante sus estrechos aliados de Asia Central, Uzbekistán y Tayikistán.

Según este razonamiento, de sentido común, después del 11 de septiembre Estados Unidos habría tenido que resignarse a bombardear Afganistán desde muy lejos, con misiles de crucero Tomahawk, como tuvo que hacer William Clinton en 1998 tras los atentados contra las embajadas estadunidenses de Nairobi y Dar-es-Salam. Una respuesta sin duda espectacular pero sin consecuencias reales...

Como ha demostrado el desarrollo de los acontecimientos, Osama Bin Laden se equivocaba. En menos de veinticuatro horas, puestos en la ineludible disyuntiva de ayudar a Estados Unidos o asumir considerables riesgos en ámbitos estratégicos tan prioritarios como Cachemira, la rivalidad con la India y la posesión de armamento nuclear, el alto mando paquistaní y el presidente general Pervez Musharraf no lo dudaron un segundo. Optaron, como es bien sabido, por sacrificar Afganistán.

En cuanto a Rusia, tampoco vaciló un instante. El 11 de septiembre, Vladimir Putin fue el primero en ponerse en contacto con Bush para expresarle su solidaridad. Ésta fue tan lejos en Asia central que la jerarquía del ejército estadunidense no pudo por menos de conmoverse. La recompensa de Washington ha sido doble: silencio estadunidense sobre las atrocidades cometidas por el ejército ruso en su lucha «contra el terrorismo» en Chechenia; y aceptación de que Rusia se integre, de hecho, en la OTAN.27

Aterradora advertencia

La nueva actitud de Moscú significa claramente que ya no hay ninguna posibilidad de que se constituya una coalición militar capaz de actuar como contrapeso al poderío de Estados Unidos. Hoy por hoy su predominio militar es absoluto. Desde ese punto de vista, el «castigo» que infligió a Afganistán desde el 7 de octubre, bombardeándolo día y noche durante varios meses, representa una aterradora advertencia a todos los países del mundo. Quien esté contra Estados Unidos se encontrará solo frente a ellos, sin ningún aliado y expuesto a que lo bombardeen hasta devolverlo a la Edad de Piedra. La lista de próximos «blancos» potenciales se anuncia públicamente en los periódicos estadunidenses: Somalia, Yemen, Sudán, Irak, Irán, Siria, Corea del Norte... Y el presidente Bush, en su discurso sobre el estado de la nación, el 29 de enero de 2002, con la apelación «eje del mal» ha designado explícitamente tres próximas dianas: Corea del Norte, Irán y sobre todo Irak.

Otra lección posterior al 11 de septiembre es que la globalización continúa y se afianza como la principal característica del mundo contemporáneo. No obstante, la crisis actual ha revelado su vulnerabilidad. Por ese motivo, Estados Unidos sostiene que es urgente constituir lo que se podría llamar el aparato de seguridad de la globalización. Con la adhesión de Rusia, la entrada de China en la OMC y el pretexto de la lucha mundial contra el terrorismo, que permite recortar las libertades y el perímetro de la democracia en todas partes,28 en la actualidad parecen darse todas las condiciones para que este dispositivo global de seguridad se ultime. Sea bajo los auspicios de la nueva OTAN o, más probablemente, bajo el control directo de las fuerzas armadas estadunidenses. Que ya están actuando directamente, con el argumento de «combatir el terrorismo», en frentes tan dispersos como Filipinas, Afganistán, Pakistán, Georgia,Yemen, Somalia y Colombia.

Se abre paso la idea de que hemos entrado en un nuevo período de la historia contemporánea en el que, de nuevo, es posible dar soluciones militares a problemas políticos.

A causa de la globalización…

También se escuchan voces que hacen responsable parcial de los hechos del 11 de septiembre a la globalización liberal, porque ha agravado las injusticias, las desigualdades y la pobreza a escala planetaria.29 Y porque, en consecuencia, ha agudizado la desesperación y el rencor de millones de personas dispuestas a rebelarse, de personas decididas, en el mundo árabe-musulmán, a apoyar a los grupos islámicos más radicales, incluido al-Qaida, que apelan a la violencia más extrema.

Debilitando los estados, devaluando la política y desmantelando las principales reglamentaciones, la globalización ha favorecido el desarrollo de organizaciones de estructura flexible, no jerárquica, no vertical, reticular. Tanto las empresas globales como las ONG, por ejemplo, han aprovechado este nuevo statu quo y se han multiplicado.

Pero, en esas mismas condiciones, han proliferado también organizaciones parásitas, aprovechando de forma caótica espacios degradados por la globalización: mafias, organizaciones delictivas, redes criminales de todo tipo, sectas y grupos terroristas.30

Desde este punto de vista, la red-secta al-Qaida es una organización perfectamente adaptada a la era de la globalización, con sus ramificaciones multinacionales, sus redes financieras, sus conexiones mediáticas y comunicacionales, sus recursos económicos, sus fuentes de aprovisionamiento, sus centros de enseñanza y de formación, sus organizaciones humanitarias, sus órganos de propaganda, sus filiales y subfiliales...

A la manera de Bin Laden y de al-Qaida, determinadas empresas globales se apropiarán de un Estado hueco, vacío, desestructurado, presa del desorden endémico y del caos, para utilizarlo a su capricho. También desde este punto de vista Osama Bin Laden habrá sido en cierto modo un terrorífico precursor.

¿Hacia el individuo-estado?

A lo largo de la historia, el mundo ha conocido ciudades-Estado (Atenas, Esparta,Venecia, Hong-Kong, Singapur...), regiones-Estado (en la época feudal, pero también en la contemporánea, con las descentralizaciones, las autonomías y el neofederalismo), partidos-Estado (el partido fascista en la Italia de Mussolini, el nacionalsocialista en la Alemania de Hitler o el comunista en la Unión Soviética de Stalin) y naciones-Estado (en los siglos XIX y XX).

Pero, con la globalización, estamos asistiendo a la aparición de la red-Estado e incluso del individuo-Estado, del que Osama Bin Laden es el primer ejemplo evidente. Aunque, por el momento, este último siga necesitando —como el cangrejo ermitaño necesita una concha vacía— un «Estado vacío» (Somalia, Afganistán) para apropiárselo y ponerlo al servicio total de sus ambiciones.

La mundialización favorece este fenómeno, como probablemente favorecerá mañana la aparición de empresas-Estado.

RESEÑA

En Guerras del siglo XXI, Ignacio Ramonet expone de manera contundente las preguntas clave que debemos hacernos en el inicio de este siglo XXI y presenta un retrato del nuevo rostro del mundo tras los atentados del 11 de septiembre, la ofensiva de Estados Unidos contra el terrorismo internacional, el recrudecimiento del conflicto israeli-palestino en Oriente Próximo y el ascenso de la ultraderecha en el paisaje electoral europeo.

Este nuevo orden mundial viene condicionado por otro fenómeno central, la globalización, que ha iniciado en la Tierra otra era de conquistas, cuyos protagonistas no son en esta ocasión estados colonizadores sino empresas y multinacionales privadas dispuestas a dominar el planeta, invadiendo mercados en lugar de países. Esta mercantilización del mundo se traduce en un formidable agravamiento de las desigualdades y en una destrucción impresionante de la naturaleza, a la cual se saquea para extraer beneficios.

Ante los efectos de la globalización económica, y los nuevos miedos y amenazas que acechan al mundo, los ciudadanos reclaman una serie de nuevos derechos colectivos que incluyen el derecho a la preservación de la naturaleza y a un medio ambiente no contaminado, a una ciudad humana, a una información no manipulada, a la paz y al desarrollo de los pueblos. No podemos contentarnos con un planeta donde un millardo de habitantes viven en la prosperidad y tres millardos en la más atroz de las miserias. Las sociedades civiles deben reclamar su protagonismo en las grandes negociaciones internacionales. Para cambiar este mundo hay que poder soñar un futuro diferente.


* Ignacio Ramonet es director de Le Monde diplomatique, especialista en geopolítica y estrategia internacional y profesor de teoría de la comunicación en la Universidad Denis Diderot de París. Ramonet es doctor en semiología y en historia de la cultura por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, donde fue alumno de Roland Barthes. Es también fundador de Attac (Asociación para la Tasación de las Transacciones Financieras y la Ayuda a los Ciudadanos), de Media Watch Global y uno de los promotores del Foro Social Mundial de Porto Alegre. Es autor, entre otras obras, de La golosina visual, Marcos, la dignidad rebelde, Un mundo sin rumbo, La tiranía de la comunicación, Rebeldes, dioses y excluidos, Propagandas silenciosas y La post-television. Es colaborador de SdP. Este es el capítulo "11 de septiembre de 2001. Guerra mundial contra el terrorismo", de su libro Guerras del siglo XII. Nuevos miedos, nuevas amenazas.


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