México 2008 - Informe Especial
del CPJ
Desaparecidos
Mónica
Campbell y María Salazar *
A
las 8 de la noche del 20 de enero de 2007,
Rodolfo Rincón Taracena guardó la versión
final de su nota sobre una banda criminal que
atacaba a clientes de cajeros automáticos en
Villahermosa, capital del estado de Tabasco, en
el sureste mexicano. El reportero de la fuente de
justicia, fumador empedernido, de 54 años de
edad, atendió una llamada y se dirigió a la
salida, no sin antes comentarle al jefe de
información de Tabasco Hoy, el diario
de mayor circulación en el estado, que uno de
sus informantes pasaría a recogerlo. Le
indicó que regresaría al día siguiente, pero
nunca más volvió.
Rincón es uno
de los siete reporteros mexicanos desaparecidos
desde 2005. Es una cifra casi sin precedentes en
los 27 años de historia del Comité para la
Protección de los Periodistas (CPJ por sus
siglas en inglés). Entre los desaparecidos
figuran varios reporteros jóvenes y agresivos,
algunos veteranos con experiencia, el propietario
de una edición quincenal y un equipo de trabajo
de una importante televisora. Sólo en Rusia se
ha registrado un índice comparable de
desapariciones. A mediados de los 90, siete
reporteros que cubrían la guerra insurgente en
la república de Chechenia desaparecieron en ese
país.
México ya es
considerado uno de los países más peligrosos
para periodistas en el mundo. Veintiún
reporteros han sido asesinados desde el año
2000, al menos siete de ellos en represalia
directa por su trabajo. El aumento del número de
periodistas desaparecidos es un claro ejemplo de
que los peligros que enfrenta la prensa mexicana
han sufrido un cambio importante. Durante gran
parte de esta década, los periodistas en México
eran baleados a plena luz del día en calles
céntricas o sus cuerpos aparecían en plazas
públicas. Existe la presunción de que
narcotraficantes y crimen organizado son
responsables de la mayoría de estas ejecuciones
y que su mensaje para la prensa ha sido claro:
Cuídense.
Según los
analistas, el aumento en las desapariciones
implica un cambio de táctica del crimen
organizado o bien, y esto es aún más probable,
que hay un nuevo tipo de victimario al acecho.
Familiares y colegas de varias de las víctimas
indicaron en entrevistas con el CPJ que hay
funcionarios públicos locales involucrados en
las desapariciones. En al menos cinco de estos
casos, el CPJ encontró que los reporteros
desaparecidos investigaron relaciones entre
funcionarios de gobiernos locales y el crimen
organizado en las semanas previas a su
desaparición. Entre ellos se destaca el
reportero Alfredo Jiménez Mota, quien publicó
importantes reportajes sobre redes de corrupción
entre traficantes, la policía, ministerios
públicos locales y funcionarios gubernamentales
en la norteña ciudad de Hermosillo.
Aun cuando las
desapariciones ocurrieron en diferentes rincones
del país, todas se registraron en los corredores
por los que se trafican miles de millones de
dólares en drogas hacia los Estados Unidos. En
estas regiones, la corrupción ha penetrado todos
los niveles de la sociedad. En el caso del
desaparecido equipo de dos personas de TV Azteca,
el reportero Gamaliel López Candanosa fue
acusado públicamente de tener lazos con
narcotraficantes locales, una acusación que la
televisora desmintió. Cualquiera que sea el
motivo, el camarógrafo Gerardo Paredes Pérez,
designado para cubrir la nota a último momento,
parece haber sido una víctima involuntaria.
Las siete
desapariciones siguen sin resolverse y no existe
ninguna pista firme. Inicialmente bajo control de
la policía local, la mayoría de los casos fue
investigada en forma deficiente durante las
primeras y cruciales horas de la pesquisa, según
pudo saber el CPJ. Por ejemplo, en el caso de
José Antonio García Apac, editor en el estado
de Michoacán, era ampliamente conocido que
había reunido información sobre una lista de
funcionarios supuestamente corruptos antes de su
desaparición, pero la policía local no
investigó ese indicio. Tres de los siete casos
están ahora bajo la supervisión de las
delegaciones estatales de la Procuraduría
General de la República (PGR). Autoridades
radicadas en la Ciudad de México sólo
investigan uno de los casos.
Las familias de
los periodistas viven en un limbo emocional y
legal ante la imposibilidad de enterrar a sus
seres queridos, atrapados en litigios de
sucesiones e incapaces de continuar con sus
vidas. Sus colegas le han bajado al tono a sus
investigaciones o directamente las han abandonado
a medida que los casos se enfrían y el miedo los
contagia. Los casos incluyen la desaparición de
los reporteros Mauricio Estrada Zamora y Rafael
Ortiz Martínez, quienes fueron levantados
después de publicar reportajes sobre la
delincuencia y la corrupción. 
En una reunión
con el CPJ en junio, el Presidente Felipe
Calderón prometió apoyar un proyecto de ley que
convertiría en delito federal todos los
crímenes contra la libertad de expresión. Se
espera que el Congreso someta a debate dichas
medidas durante el período de sesiones
ordinarias. El CPJ envió recomendaciones
específicas, entre otras que los casos de
periodistas desaparecidos sean supervisados por
investigadores federales.
La primera
fuente de inseguridad para los periodistas es,
sin duda, la delincuencia organizada y la segunda
es el gobierno, señaló el diputado
federal Gerardo Priego Tapia, que encabeza la
Comisión Especial para dar Seguimiento a las
Agresiones a Periodistas y Medios de
Comunicación del Congreso y que apoya la
federalización de dichos delitos. Pero el
peor escenario para los periodistas es cuando se
asocian la delincuencia organizada y el gobierno.
Y en muchas partes del país están
ligados.
Las
desapariciones forzadas han sido frecuentes en la
historia moderna de América Latina,
especialmente durante los años 70 y
80, una era marcada por las dictaduras de
derecha y las guerras civiles. En México, las
desapariciones han vuelto a emerger como un
fenómeno nacional.
De acuerdo a una
serie de trabajos de investigación publicada en
2008 por el semanario Proceso en la
Ciudad de México, al menos 600 personas han
desaparecido en todo el país desde 2006, fecha
en la que el nuevo Presidente Calderón desplegó
al ejército y la policía federal en una guerra
contra el crimen organizado. Mientras que muchos
son optimistas y creen que los esfuerzos del
Presidente Calderón traerán beneficios a largo
plazo, la campaña ha alterado la estabilidad
social, haciendo a los funcionarios corruptos
más vulnerables al escrutinio y produciendo un
aumento tanto en los crímenes violentos como en
la cantidad de desapariciones. En varios de los
casos documentados sobre personas desaparecidas, Proceso
encontró evidencias de la participación de
funcionarios públicos.
Rincón era
considerado uno de los reporteros más obstinados
de la fuente de justicia. Un día antes de su
desaparición, el periódico publicó un
reportaje de dos páginas donde el reportero
mencionaba narcotiendas regenteadas por
traficantes. La publicación, que señalaba a
varios sospechosos, incluía un mapa indicando
los centros de distribución y una fotografía de
una familia supuestamente vendiendo drogas. En su
artículo sobre los cajeros automáticos, Rincón
detallaba la ubicación de las guaridas de los
delincuentes. Era su clásica
exclusiva, señala Roberto Cuitláhuac,
editor de justicia del periódico.
Pero no surgió ningún
testigo y la única pista de los investigadores
que se conoce públicamente (el descubrimiento de
restos humanos en un rancho vecino) no condujo al
hallazgo de Rincón.
Su novia de
muchos años, Olivia Alaniz Cornelio, también
reportera de otro diario de Villahermosa, reveló
al CPJ que aunque Rincón estaba acostumbrado a
recibir amenazas, una llamada un mes antes
de su desaparición sí lo dejó alarmado. No
mencionó los detalles, cuenta Alaniz, pero le
advirtió que estuviera alerta.
Alaniz tiene
dudas de que la desaparición de Rincón haya
sido obra exclusiva de los narcotraficantes.
Es más común que los narcos manden un
mensaje junto con sus víctimas, señala y
menciona que en alguna ocasión dejaron una
cabeza decapitada en la escalinata de El
Correo de Tabasco, un periódico con
oficinas en Villahermosa. Es imposible que
el crimen organizado adquiera tanto poder aquí y
haga sus negocios sin la ayuda de funcionarios
corruptos. Alguien se dio a la tarea de silenciar
a Rodolfo sin dejar rastro.
Varios de los
otros reporteros desaparecidos escribieron sobre
posibles vínculos entre las autoridades locales
y el crimen organizado. En 2005, a medida que el
narcotráfico se extendía hacia los estados de
la frontera norte de México, los editores de El
Imparcial, un importante periódico de
Hermosillo, en Sonora, contrataron a un joven
reportero que había publicado artículos sobre
el crimen organizado en el vecino estado de
Coahuila.
Alfredo Jiménez
Mota, ex boxeador de 110 kilos de peso, era
agresivo y ambicioso, cuenta su padre también de
nombre Alfredo Jiménez. En su trabajo, publicaba
los nombres de narcotraficantes conocidos,
sacando a la luz las operaciones de grupos
criminales y nombrando a los funcionarios
públicos que, según afirmaba, estaban
relacionados con las bandas. Su editor, Jorge
Morales, asegura que Jiménez se ganó muchos
enemigos.
Jiménez irritó
a funcionarios de la procuraduría general de
justicia del estado, al asediarlos por
investigaciones inconclusas, y provocó la ira
del jefe de la policía cuando mencionó
supuestos vínculos entre el cuerpo policíaco y
narcotraficantes, según averiguó el CPJ.
Morales señala que en repetidas ocasiones le
insistió a Jiménez que no firmara sus
reportajes por razones de seguridad, pero el
reportero fue pertinaz hasta el punto de amenazar
con demandar a El Imparcial si el
periódico no le daba crédito por su trabajo.
En los días
previos a su desaparición, Jiménez parecía
preocupado y mencionó a varios colegas que
sentía que alguien lo seguía, señala Morales.
La noche del 2 de abril de 2005, el reportero
postergó una cena con una compañera de trabajo
para reunirse con un informante
nervioso, apuntó el editor. Según sus
padres, quienes recibieron información de las
autoridades, Jiménez fue a un restaurante de
hamburguesas para reunirse con el subdirector de
la cárcel local, Andrés Montoya García.
Montoya indicó a las autoridades que
condujo a Jiménez hasta una tienda de
autoservicio, dónde lo dejó alrededor de las
10:30 p.m.
Esa fue la última vez
que alguien vio a Jiménez. El Imparcial
señala que obtuvo los registros del teléfono
celular del reportero, que muestran varias
llamadas telefónicas efectuadas esa noche
a los números de Montoya, a un
subdelegado de la PGR de nombre Raúl Fernando
Galván Rojas y a otra persona que el periódico
no pudo rastrear.
Montoya y
Galván fueron investigados y absueltos por las
autoridades federales, aclara Morales. Ambos
renunciaron poco después de la desaparición de
Jiménez y han desaparecido de la vida pública.
No fue posible localizar a ninguno de ellos para
obtener sus comentarios sobre este informe.
Funcionarios en la Unidad Antisecuestro de la
PGR, grupo encargado del caso, no respondieron a
repetidas solicitudes del CPJ para efectuar
comentarios. Este caso es el único de los siete
que ha sido directamente supervisado por la PGR
en la Ciudad de México.
El caso dio un giro inesperado en junio, cuando
el gobernador de Sonora, Eduardo Bours,
hizo pública una carta que vinculaba a su
gobierno con el caso de Jiménez. Supuestamente
escrita por uno de los captores, la carta detalla
el aparente secuestro, tortura y asesinato del
reportero e implica a varios funcionarios locales
así como al hermano del gobernador.
Bours negó con
vehemencia cualquier participación en el caso e
instó a una nueva investigación. Aunque Morales
y el padre de Jiménez dudan de la credibilidad
de la carta, sí creen que las autoridades de
Sonora pueden haber actuado en connivencia con
grupos locales del crimen para desaparecer al
reportero. Jiménez escribía sobre el
narcotráfico, apunta Morales, pero todo
conducía a las autoridades.
Un analista
experto en temas de seguridad señala que el
aumento en las desapariciones pudiera simplemente
reflejar un cambio en las tácticas de los grupos
criminales. El impacto del asesinato de un
periodista es de duración corta, afirma
Raúl Fraga Juárez, periodista y experto en
seguridad de la Universidad Iberoamericana.
Pero con la desaparición de un periodista,
la incertidumbre ronda por siempre.
Otros acusan
más directamente a funcionarios locales. Samuel
González Ruiz, ex fiscal federal de la PGR
encargado de investigar crimen organizado y
consejero de seguridad para las Naciones Unidas,
cree que las desapariciones pueden reflejar la
participación de las autoridades locales en
actos criminales. En México, hay casos en que no se
puede distinguir entre las policías estatales y
municipales y los delincuentes. Y para los
periodistas es cada vez más riesgoso denunciar
la situación, señala. Aunque es difícil
probarlo, reconoce, no tengo la menor duda
que en los casos de desapariciones de periodistas
las policías estuvieron involucradas.
Para su serie de
artículos sobre el fenómeno general de
desapariciones en México, la reportera de Proceso
Gloria Leticia Díaz habló con varias personas
que señalaron que sus seres queridos habían
sido arrastrados por hombres uniformados, que
según creen pertenecerían al ejército o a la
policía. Los funcionarios del Ministerio
Público respondieron que cualquier persona puede
comprarse un uniforme.
Un mapa de los
estados y las ciudades donde han desaparecido
periodistas deja en evidencia pautas muy claras.
Todos ellos trabajaban en estados que son
corredores clave para el tráfico de cocaína,
heroína y marihuana desde Colombia y México
hacia los Estados Unidos. La violencia en
Guerrero, Michoacán y Nuevo León, tres estados
en los que han desaparecido periodistas, ha
aumentado a medida que los poderosos grupos
criminales (entre ellos los cárteles de Sinaloa
y del Golfo), pelean por el territorio y toman
represalias contra aquellos que se interponen en
su camino, ya sean militares, policías o incluso
médicos que atienden a sus adversarios heridos.
Hasta hace poco,
Nuevo León y su rica capital, Monterrey, eran
considerados lugares seguros. Pero a principios
de 2007 se registró una escalada de violencia
cuando bandas de narcotraficantes, incluyendo el
brazo armado del cártel del Golfo, Los Zetas,
empezaron a luchar por el control de Monterrey y
la ruta hacia Texas. El surgimiento de grupos
criminales bien financiados trae consigo un
aumento en la corrupción a diferentes niveles de
la sociedad, incluyendo el periodismo. En un
informe de 2006, el CPJ citó a numerosas fuentes
que señalaban que los periodistas han aceptado
sobornos, o chayote, para dar un
sesgo a sus trabajos periodísticos o hacer
correr mensajes de los narcotraficantes en la
prensa.
Cuando una ola
de asesinatos al estilo ejecución golpeó a
Monterrey, Gamaliel López Candanosa,
corresponsal de TV Azteca, decidió entrar en
acción. Muy pronto los reporteros de la fuente
policíaca comenzaron a advertir que López,
conocido en la ciudad como Gama,
parecía llegar siempre primero a los lugares de
los crímenes. En una entrevista de 2007 con Crucero,
una publicación local en línea, López
señaló que algunos reporteros celosos habían
corrido el falso rumor de que estaba en
complicidad con Los Zetas.
El 10 de mayo de
2007, López y el camarógrafo Gerardo Paredes
Pérez habían terminado una nota sobre el
nacimiento de gemelos siameses en el Hospital
Universitario de Monterrey y tenían programado
acudir a su próxima tarea informativa, un
reportaje sobre niños víctimas de abuso.
Después de concluir la nota en el hospital,
nadie volvió a ver a los periodistas ni a su
carro compacto Chevrolet, marcado con el logotipo
de TV Azteca. 
En noviembre de
2007, el Procurador de Nuevo León, Luis Carlos
Treviño Berchelman, declaró ante diputados
locales que López había desaparecido como
resultado de sus nexos con el crimen organizado.
Presionado por TV Azteca para que presentara
evidencias que respaldaran su afirmación,
Treviño se retractó y no ha vuelto a tocar el
tema.
Un periodista
local que habló a condición de permanecer en el
anonimato, señaló al CPJ que en los meses
previos a su desaparición López habría actuado
como mensajero de Los Zetas, indicando a otros
reporteros qué debían cubrir y qué ignorar.
Me dijo no te preocupes, si esa es buena
gente y lo que quieren es trabajar a gusto,
abunda el periodista. Me dijo que les
hiciera caso.
La gerencia de
TV Azteca no regresó las repetidas llamadas del
CPJ para conocer su opinión sobre este informe y
la familia de López no pudo ser localizada para
obtener sus comentarios. Paredes no trabajaba
habitualmente con López y sus colegas creen que
él no fue el objetivo.
En México, la
desaparición de una persona es en general
clasificada como un delito estatal. Típicamente,
la policía local maneja las primeras
investigaciones y luego el caso es trasladado a
la unidad de personas desaparecidas del
procurador general del estado. Al igual que en
los homicidios, las desapariciones pueden ser
atraídas por el gobierno federal bajo
determinadas circunstancias: si la víctima es un
funcionario público; si en el crimen se
utilizaron armas de uso exclusivo del ejército,
o si la desaparición está relacionada con el
crimen organizado. Pero las investigaciones
pueden naufragar (o lo que es peor, los delitos
ser encubiertos) en las etapas iniciales, cuando
la policía local está a cargo de llevarlas a
cabo.
Estadísticas
7 periodistas
han caído en represalia directa por su
trabajo desde 2000.
14 periodistas más han
muerto bajo circunstancias poco claras
desde 2000.
16o. en el mundo por
número de periodistas muertos.
14 por
ciento de los asesinatos de periodistas
han tenido condenas.
10o. lugar mundial en el
Índice de Impunidad del CPJ que calcula
el número de asesinatos de periodistas
como porcentaje del total de la
población. Entre más alto sea el lugar
de un país en la lista, más alto es el
riesgo para la prensa.
7 periodistas
están reportados como desaparecidos.
Todos desaparecieron desde 2005.
2o. lugar en el mundo
por el número de periodistas
desaparecidos desde 1982. (Sólo Rusia
con siete casos en los 90 y uno
más en esta década ha registrado
un número más alto.)
|
A
principios de 2008, el Congreso aprobó varias
medidas diseñadas para reformar el sistema de
justicia penal. Se crearon programas de
protección de testigos, se establecieron
reglamentos para mejorar el reclutamiento y la
capacitación de los oficiales de policía y se
asignaron recursos para la compra de equipos
forenses. Estos son exactamente los cambios
que necesitamos, afirmó Macedonio Vázquez
Castro, experto en derecho penal del Centro de
Estudios de Política Criminal y Ciencias Penales
en la Ciudad de México. Pero el sistema enfrenta
aún muchas dificultades, entre ellas el miedo a
la intimidación que los delincuentes provocan
entre los ciudadanos y los funcionarios
encargados del cumplimiento de la ley.
Vázquez señala
que, inevitablemente, surgen conflictos de
interés cuando la policía local investiga casos
que involucran al crimen organizado. La
situación que enfrentan los funcionarios
policíacos en la calle puede ser extremadamente
desafiante, subraya Vázquez. Yo creo
que si no hay resultados positivos, si claramente
la investigación no lleva a ninguna parte,
entonces hay un choque de intereses en algún
lado. Es decir, ¿qué podemos esperar que hagan
estas personas cuando hay delincuentes sueltos
con las armas cargadas y listas para disparar? La
corrupción puede ser el resultado de la
avaricia
o de la supervivencia.
El 8 de julio de
2006, Rafael Ortiz Martínez, reportero del
diario Zócalo de la ciudad de Monclova,
en el norteño estado de Coahuila, fue visto por
última vez mientras salía de la
redacción a la 1 de la mañana. Acababa de
editar un material para el noticiero de radio que
conducía. En algún lugar durante el recorrido
de tres minutos en auto desde la oficina del
periódico hasta su departamento, Ortiz y el
vehículo de la empresa que tenía asignado, un
Nissan Tsuru color rojo cereza, se desvanecieron.
Días más
tarde, el gobernador de Coahuila, Humberto
Moreira Valdés, anunció que había evidencia
suficiente para creer que narcotraficantes
habían secuestrado a Ortiz en represalia por su
trabajo. Sin embargo, dos años después, un
funcionario de la policía estatal en Monclova,
hablando desde el anonimato ya que no se permite
comentar sobre el estado de las investigaciones,
señaló al CPJ: No tenemos ninguna
pista.
Sergio Cisneros, editor
de Zócalo en 2006, comentó que Ortiz
no acostumbraba investigar el crimen organizado
ni el tráfico de drogas. Por política y
cuestiones de seguridad, esos temas no se han
tratado nunca en el periódico, explicó
Cisneros. Pero algunos periodistas de Monclova
expresaron al CPJ que Ortiz había informado
recientemente sobre un conflicto entre taxistas
locales y Los Zetas.
En Ciudad Acuña
(donde Ortiz trabajó como periodista de
investigación para Radio Felicidad hasta seis
meses antes de su desaparición), el reportero
había informado sobre abusos laborales en las
minas cercanas, describió redes locales de
prostitución y mencionó los nombres de capos
locales del narcotráfico, según Osiris Cantú,
director del diario Zócalo de Acuña.
Amigos del reportero, que prefirieron el
anonimato por temor a represalias, señalaron que
el periodista recibió innumerables amenazas de
muerte, algunas relacionadas con sus críticas a
un candidato a regidor local.
Al
comienzo de la investigación, las autoridades
catearon la casa de Ortiz, revisaron sus
pertenencias e intentaron localizar su auto. Pero
la investigación se paralizó. El funcionario de
Monclova aseguró que familiares y colegas de
Ortiz no mostraron disposición de cooperar con
las investigaciones. El editor de noticias de Zócalo,
Pedro Pérez, lo explica de otro modo:
Entrevistado por la policía en una ocasión,
dijo que se rehusó a ser interrogado de nuevo
después de que los investigadores le indicaron
que la policía había perdido los expedientes
del caso.
El misterio
también rodea el caso de Mauricio Estrada
Zamora, reportero de la fuente policíaca del
periódico La Opinión de Apatzingán, en
el estado occidental de Michoacán. Desapareció
el 12 de febrero de 2008, después de salir de
las oficinas del periódico a las 10 de la noche
para dirigirse de regreso a su casa. A la
mañana siguiente su vehículo estacionado, con
las puertas abiertas y el motor en marcha, fue
hallado en el municipio vecino de Buena Vista
Tomatlán. La computadora portátil y la cámara
de Estrada habían desaparecido, así como
también el estéreo de su auto.
La
investigación pareció bien encaminada en el
inicio. La unidad estatal antisecuestro de
Michoacán consignó un helicóptero para que
iniciara una búsqueda a Buena Vista Tomatlán.
La policía local entrevistó a los familiares de
Estrada, incluyendo a su esposa y hermano.
Hablaron con cinco integrantes del plantel del
periódico que estaban trabajando cuando Estrada
salió de las oficinas. Nos preguntaban si
Estrada había recibido alguna amenaza y sobre
los últimos artículos que publicó,
afirma María de la Luz Uyuela Granado, jefa de
redacción del periódico.
Poco después,
de acuerdo a entrevistas del CPJ con los editores
de La Opinión de Apatzingán, los
familiares de Estrada se enteraron que el
reportero había tenido un reciente desacuerdo
con un funcionario de la Agencia Federal de
Investigaciones (AFI), sujeto al que apodan
El Diablo. La investigación, para
entonces en manos de la delegación estatal de la
PGR, se hizo cada vez más lenta hasta que
eventualmente se estancó, señalaron los
editores.
Sara Salas,
vocera de la PGR, afirmó que los investigadores
no pudieron identificar a un agente de la AFI
conocido como El Diablo ni establecer
conexión alguna entre la desaparición de
Estrada y el policía federal. Descartaron
cualquier nexo con grupos criminales, agregó,
antes de regresar el caso a la policía local.
En varios casos,
los familiares de las víctimas han buscado
investigar por ellos mismos, trabajando con
grupos civiles y organizando a sus amigos para
distribuir volantes. Las familias se
sienten solas y aisladas de las autoridades. Casi
siempre hay poco contacto entre ellos,
señala Alma Díaz Coordinadora de la Asociación
Esperanza, un grupo ubicado en el norteño estado
de Baja California que ayuda a los familiares de
desaparecidos, incluidos los de Alfredo Jiménez
Mota. El mensaje que reciben las familias
es: no hay cuerpo, no hay delito, abunda
Díaz, que alienta a los familiares a no quedarse
callados. No pueden dejarse abrumar por el
temor.
En el estado
centro occidental de Michoacán, Rosa Isela
Caballero, esposa del desaparecido periodista
José Antonio García Apac, está presionando a
las autoridades para que escalen sus
investigaciones. García, fundador y editor del
semanario Ecos de la Cuenca de
Tepalcatepec, se detuvo camino a casa para llamar
a su familia en Morelia alrededor de las 8 de la
noche del 20 de noviembre de 2006. Preguntó si
necesitaban algo de la tienda en casa. Mientras
hablaba por teléfono con su hijo, se escuchó a
García responder a unos sujetos que le pedían
que se identificara y le ordenaban que colgara.
Se escucharon sonidos de que se llevaban a
rastras a García antes de que se cortara la
comunicación.
García
escribía regularmente sobre el crimen organizado
en Michoacán, donde la violencia relacionada con
las drogas se ha disparado en años recientes.
Semanas antes de su desaparición, Ecos de la
Cuenca publicó artículos sobre la
violencia entre los cárteles y la colusión
entre policías locales y sicarios a la órdenes
de los traficantes de drogas.
Entrevistada por
el CPJ, Isela, madre de los seis hijos de
García, indicó que había realizado
innumerables viajes a la oficina del procurador
general en busca de respuestas. Preguntó, por
ejemplo, si era posible rastrear las llamadas del
celular de García, que estaba usando cuando
aparentemente fue levantado. La vocera del
procurador, Sara Salas, señaló que los
registros telefónicos no arrojaron ninguna
pista.
Sylvia
Martínez, abogada de la familia García,
también pidió saber si las autoridades
investigaron una lista que García había
compilado con nombres de funcionarios de
Michoacán que se pensaba tenían nexos con el
crimen organizado. Isela señaló que su esposo
llevó dicha lista a la unidad federal contra el
crimen organizado en la Ciudad de México en mayo
de 2006 para corroborar su información, acto que
otros reporteros de Michoacán consideraron muy
riesgoso, tomando en cuenta el alto nivel de
corrupción al interior de las dependencias
encargadas de la procuración de justicia en
México.
Isela afirma que
las autoridades estatales de Michoacán le
dijeron que esa línea de investigación no se
estaba indagando, porque no había registro
alguno de la visita de García a la oficina
contra el crimen organizado. Según Salas, las
autoridades federales no comentaron si ese
indicio se estaba investigando. Con base en otra
información no especificada, indicó, las
autoridades concluyeron que el caso de García no
estaba conectado con el crimen organizado.
Las autoridades
estatales de Michoacán informaron a Isela en
julio que el caso de García se había archivado.
No quiero que se olviden del caso,
dice Isela. Más que nada, lo que quiero
saber es si está muerto o vivo.
Isela continúa
publicando Ecos de la Cuenca cuando
puede, aunque ahora sólo publica noticias del
gobierno local. Ya no produce reportajes sobre
crimen organizado ni otros temas que puedan
generar controversia. Sólo mi esposo
podía hacer ese tipo de trabajos,
explicó. Su meta es mantener vivo el periódico
en memoria de su esposo. En la esquina superior
derecha de la edición aparece una foto en blanco
y negro de García, con una nota a pie de página
demandando a las autoridades que resuelvan el
crimen. Esto es lo que a él le hubiera
gustado que hiciera, apuntó Isela. Vive
con unos 100 dólares al mes del periódico, el
apoyo de sus tres hijos mayores y recursos que le
otorga la Fundación Rory Peck, una organización
internacional radicada en el Reino Unido que
defiende la libertad de prensa.
Isela se
recupera poco a poco. Después de padecer
insomnio durante mucho tiempo, ahora duerme toda
la noche. Está recuperando el peso que perdió y
está comenzando a correr nuevamente, algo que
solían hacer juntos con García. También está
rodeada de cinco hijos con los que comparte una
pequeña casa en las afueras de Morelia, capital
de Michoacán. Ellos son mi apoyo y me han
ayudado a salir adelante, afirma Isela. Uno
de sus deseos es tener algún lugar especial en
memoria de su esposo. Visita a menudo la tumba de
su suegra e imagina que García también está
enterrado allí.
En los otros
casos de desapariciones, los colegas están
conmocionados. En Tabasco Hoy, donde
trabajaba Rodolfo Rincón Taracena, el personal
del periódico ha realizado ajustes. En una tarde
reciente, Cuitláhuac, editor de la fuente de
justicia, se sentó en la silla que alguna vez
ocupó Rincón. Él y su grupo de cuatro
reporteros coincidieron en que las
investigaciones de Rincón eran peligrosas,
aunque admitieron que tomaba precauciones.
Variaba sus rutinas, no tomaba taxis en la calle
y utilizaba el automóvil de la empresa siempre
que fuera posible. Hoy, los cuatro reporteros
adoptan idénticas medidas de prevención, pero
no siguen los pasos de las investigaciones de
Rincón.
Ya de por sí es
bastante inseguro, afirma Manuel Antonio
Ascencio, estar sólo en un carro y manejando en
una calle secundaria. Ascencio se rehúsa a
acrecentar los riesgos por asumir un trabajo de
investigación. Su compañero José Ángel Cintro
Domínguez admite que alguna vez le gustó la
fuente de justicia porque lo situaba en
medio de la acción. Pero ahora se queda
atrás y observa cómo las actividades del crimen
organizado en Tabasco no ven la luz en los
medios. Supuestamente el gobierno está
combatiendo todo esto y se supone que debemos
cubrirlo, afirma Cintro. ¿O debemos
simplemente dejar todo y no informar nada?
Cuitláhuac se
anima a dar una respuesta: Ese es
exactamente el efecto psicológico que los
delincuentes quieren.
*
Monica Campbell es
periodista freelance y consultora del CPJ
radicada en la Ciudad de México. María Salazar es la investigadora senior del programa
de las Américas del CPJ.
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