Sala de Prensa

108
Octubre 2008
Año X, Vol. 4

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   


La relación entre prensa y poder en México

El 68 narrado en imágenes

En 1968, jóvenes de todo el mundo tomaron por asalto a la imaginación. Casi todos ellos fueron reprimidos, pero sólo en México fueron masacrados, desaparecidos o hechos prisioneros políticos. El 2 de octubre de ese año, a diez días de la inauguración de los XIX Juegos Olímpicos -únicos que se han realizado en suelo latinoamericano-, el gobierno mexicano lanzó al Ejército sobre miles de estudiantes que se congregaron el la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco para realizar un mitin con el que culminaría un movimiento de poco más de dos meses que se había caracterizado por la brutalidad policiaca contra los jóvenes. La toma militar de los campus de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Instituto Politécnico Nacional prefiguraron un momento que es considerado como un parteaguas en la historia moderna de la aún endeble democracia mexicana, pero que en ese momento representó un negro episodio de la guerra fría, registrado profusamente por fotógrafos de prensa, cuyas imágenes fueron sistemáticamente censuradas o manipuladas por casi todos los medios mexicanos. El silencio ominoso de la prensa, o lo que es peor, su obsecuencia hacia el poder, tampoco debe ser olvidada.

Alberto del Castillo Troncoso *

Portadas de algunos medios en los días del movimiento estudiantil.La prensa se subordinó a las coordenadas políticas de un régimen de partido de Estado en 1968. La discrepancia ciudadana no fue tolerada por los gobiernos priístas, de naturaleza autoritaria y corporativa, pero tampoco representó una reivindicación enarbolada por la mayor parte de los ciudadanos. Por ello el trabajo de los fotógrafos resulta de capital importancia para comprender los claroscuros de la relación entre la prensa y el poder en aquellos años.

En la gran rebelión de maestros y ferrocarrileros que tuvo lugar en 1958 predominó una censura explícita que presionó a fotógrafos como Héctor García a publicar sus imágenes en revistas marginales, alejadas de los circuitos comerciales, y obligó a otros profesionales de la lente, como Rodrigo Moya, a guardar sus negativos durante cerca de medio siglo, hasta que una parte de ellos fue publicada hace unos meses en La Jornada.

Por el contrario, en el 68 lo que tenemos es una vasta cobertura periodística que gira alrededor de la órbita de una autocensura con reglas políticas y culturales implícitas que se expresan, sobre todo, en el uso editorial de las imágenes.

Un indicador significativo de este proceso está representado por el destino editorial de las fotografías de tres autores clave del 58, como Enrique Bordes Mangel y los mencionados Héctor García y Rodrigo Moya ya en la nueva coyuntura del 68.

Bordes trabajaba para Prensa Latina, creada por la Revolución Cubana para contrarrestar el peso de las agencias de noticias estadunidenses, y la fina mirada de este autor, atenta no sólo a rostros y gestos, sino a todo tipo de referencias simbólicas, carteles y grafitis incluidos, no pudo encontrar el espacio periodístico que permitiera dimensionar los alcances de lo que personalmente considero como verdaderos ensayos fotográficos sobre el movimiento y que actualmente pueden consultarse en su archivo. Héctor García tuvo mejor suerte y su seguimiento fotográfico del 68 estuvo muy bien contextualizado por las crónicas de Carlos Monsiváis, el diseño de Vicente Rojo y las colaboraciones de otros autores como Carlos Fuentes y Juan García Ponce en espacios tan prestigiados como La Cultura en México, el suplemento cultural de la revista Siempre!, y la Revista de la Universidad.

Finalmente, Rodrigo Moya ya había colgado su cámara a nivel profesional para esa época, pero ello no le impidió realizar una cobertura rigurosa de la marcha del rector Javier Barros Sierra y la manifestación multitudianaria del 13 de agosto, con algunas secuencias notables que dan cuenta de la gran calidad de su mirada documentalista y que permanecen inéditas en su archivo.

El silencio gráfico de Bordes y Moya en la esfera pública nacional contrasta con la proyección de García como la lente privilegiada del movimiento en los siguientes años, lograda no sólo por la calidad del autor, sino por el posicionamiento obtenido en tales espacios editoriales.

Ni la prensa ni las revistas ilustradas se comportaron de una manera homogénea o uniforme en el lapso que va del 22 de julio al 2 de octubre del 68. Por el contrario, existen distintos matices y claroscuros que abarcan diversas posturas, las cuales van desde la derecha empresarial anticomunista hasta grupos radicales de la ultraizquierda, pasando por una gran variedad de opciones moderadas.

En todos los casos la subordinación y el alineamiento al Estado y los poderes fácticos, reflejados entre otras cosas en el control del papel y la publicidad comercial, marcó distintos niveles de comportamiento que se vieron incluso dentro de cada periódico.

De un mapa complejo y variado entresaco algunos ejemplos para ilustrar el planteamiento anterior: Excélsior, el diario que albergó en sus páginas la crítica informada de Daniel Cosío Villegas y una pléyade de ilustres colaboradores, que desmantelaron con sus reflexiones la naturaleza autoritaria del régimen de Díaz Ordaz, se caracterizó por publicar editoriales institucionales cautelosos y moderados, muy cercanos a la perspectiva oficial, con las notorias excepciones de la toma militar de CU y el 2 de octubre. En tal contexto, la cobertura informativa del diario, con fotógrafos como Aarón Sánchez, Miguel Castillo y Carlos González –quien por cierto fue herido de un bayonetazo en Tlatelolco–, respondió a este tipo de intereses y contradicciones, y desde esas coordenadas y parámetros hay que realizar la lectura de sus imágenes.

La revista Tiempo estaba dirigida por el laureado escritor Martín Luis Guzmán, quien desde tiempo atrás había sido cooptado por el Estado y resultó uno de los enemigos acérrimos del movimiento, con el encargo oficioso de satanizar a los estudiantes y alimentar la teoría de la conjura gubernamental a lo largo de aquellos tres meses. La paradoja consiste en que el director de esta revista contrataba los servicios de los Hermanos Mayo, el colectivo de fotógrafos republicanos que hizo leyenda en la historia del fotoperiodismo nacional, con un bagaje de izquierda que se diluyó en los feroces pies de foto anticomunistas que le endilgó el director de Tiempo.

La Prensa, uno de los diarios de mayor circulación en aquella época, se alineó rápidamente con el discurso de las autoridades y se limitó a aderezar los boletines oficiales antiestudiantiles como notas periodísticas. Su profusa cobertura abarcó el trabajo de diversos fotógrafos. Entre ellos, cabe destacar el caso de Enrique Metinides, el maestro de la nota roja en México en el siglo pasado, cuyas imágenes se exhiben actualmente como obras de arte en galerías y museos europeos y estadunidenses.

Resulta muy significativo el rastreo del trabajo de este autor en las páginas de La Prensa cubriendo simultáneamente los episodios estudiantiles y los casos policiacos cotidianos ocurridos en aquellos meses. La mirada del autor, especializada en narrar historias macabras y destacar el papel de los mirones en accidentes y desastres de toda índole, aplica las mismas premisas de encuadre y composición al contexto del 68, subrayando los efectos de la represión.

La revista Life en español rescató la tradición de las grandes revistas ilustradas y fomentó la construcción editorial de secuencias narrativas que contaron con la mirada de eficientes fotógrafos mexicanos, como José Dávila Arellano y Jesús Díaz, así como el contexto de corresponsales como Bernard Diederich, quienes mantuvieron cierta distancia respecto de las posturas oficiales y que los vinculan, en cambio, con algunos sectores de la opinión pública estadunidense. Los ejemplos abundan, la premisa es la misma: las coberturas son amplias y muy diversas, y como toda imagen, permiten lecturas diferentes. Aquí vamos a destacar aquella que se refiere a los contextos editoriales y los vínculos con el poder y, sólo mantendremos una distinción importante entre periódicos y revistas: los primeros se orientaron a la cobertura cotidiana de las noticias, mientras las segundas tuvieron el espacio y la pausa para construir narraciones y secuencias que dotaron de mayor contundencia a las imágenes.

Por lo general, los estudios historiográficos sobre el 68 han subestimado el papel de las fotografías y se han concentrado en otro tipo de documentos orales y escritos. No se trata de que las imágenes hayan estado ausentes en la reflexión de cronistas, escritores y académicos en estos 40 años. El problema reside en que han jugado un papel secundario, casi decorativo, para ilustrar las reflexiones y los planteamientos de los analistas.

En este espacio vamos a invertir las coordenadas para dar la voz al testimonio de los fotógrafos y al uso editorial de sus imágenes. Esta lectura resulta de gran importancia para comprender los distintos ángulos de percepción con que fue registrado el movimiento y la manera en que se fue construyendo un imaginario colectivo que influyó en vastos sectores sociales y que se ha ido reciclando a lo largo de cuatro décadas hasta convertirse en unos cuantos iconos.

La presentación de esta peculiar cronología pretende alejarse de los terrenos de la nostalgia conservadora para recuperar el espíritu lúdico y contestatario de un movimiento que puso las bases para una crítica del poder.

Es una muestra de la cobertura informativa que la revista Life en español hizo del naciente movimiento estudiantil en México –marcado desde el principio por la brutal represión policiaca y militar– y del mayo francés; las gráficas fueron captadas por Héctor García y Gilles Caron. Abajo aparece la secuencia de la persecución y golpiza que sufrió uno de los jóvenes manifestantes, publicada en el mismo medio y que fue acreditada a "Dávila Arellano". La violencia de las fuerzas del orden contra los jóvenes que demandaban libertades democráticas se convirtió, en 1968, en eje del trabajo periodístico de aquellos años.El inicio de la rebelión

La primera etapa de lo que hoy conocemos como el movimiento estudiantil de 1968 comprende la última semana de julio y se caracteriza gráficamente por dos elementos: el exceso de la represión –materializado en el abuso policiaco– y la presencia del Ejército en el primer cuadro capitalino, así como el activo protagonismo de los adolescentes, estudiantes de preparatorias y vocacionales, que se enfrentaron a los agentes del orden, arrinconados en sus planteles ubicados –con algunas excepciones– en el llamado barrio universitario del centro de la ciudad de México.

La crónica intensa de estos diez días de violentos enfrentamientos puede leerse en el trabajo clásico de Ramón Ramírez y en la posterior recopilación de Daniel Cazés. En ese lapso, las autoridades urdieron de manera vertiginosa la teoría de la conjura como plataforma oficial desde la cual iba a ser interpretado el movimiento, esto es, como parte de un complot internacional de carácter comunista, financiado desde el extranjero para boicotear los Juegos Olímpicos.

En términos generales, la prensa se alineó rápidamente con el discurso oficial y reprodujo boletines y declaraciones de las autoridades, predominando, en esta primera etapa, las figuras de dos militares: el jefe del Departamento del Distrito Federal, Alfonso Corona del Rosal, y el jefe de la policía capitalina, Luis Cueto.

El Centro, escenario principal

La diversidad del material fotográfico de esta etapa contiene varios elementos a destacar: el acotamiento urbano al primer cuadro capitalino y el énfasis en la calle como escenario privilegiado de la trifulca y el enfrentamiento, pero también de las aprehensiones ilegales de los jóvenes a cargo de policías de civil y uniformados; la escasa edad de los estudiantes protagonistas de este primer periodo, víctimas de las redadas oficiales, asunto que no debemos subestimar, ya que el crecimiento acelerado del 68 en las siguientes semanas se basó en esta etapa; la militarización del centro de la ciudad y las primeras reacciones de curiosidad de la población frente a tanques y vehículos militares en pleno Zócalo capitalino; la represión brutal de las fuerzas armadas, representada en forma límite por el disparo de una bazuca con que el Ejército destruyó la puerta de San Ildefonso, hecho negado sistemáticamente por las autoridades, pero que encontró eco inmediato en las diversas visiones fotográficas publicadas al día siguiente del suceso, en un momento inicial en el que las confiscaciones de rollos a los fotógrafos todavía no operaban en forma sistemática como consigna oficial entre los mandos civiles y militares.

Aparece la secuencia de la persecución y golpiza que sufrió uno de los jóvenes manifestantes, publicada en el mismo medio y que fue acreditada a "Dávila Arellano". La violencia de las fuerzas del orden contra los jóvenes que demandaban libertades democráticas se convirtió, en 1968, en eje del trabajo periodístico de aquellos años.Casi todos los testimonios recogidos de los fotógrafos de la época coinciden en ubicar este episodio como el momento simbólico más representativo de la primera etapa del movimiento, que marca un salto cualitativo en el uso de la violencia por el Estado. Los estudiantes recogieron este hecho como uno de los acontecimientos fundadores que justificaron la existencia del movimiento, e incorporaron las fotos del momento a su propia narrativa en los periódicos murales que elaboraron en los días posteriores.

Díaz Ordaz y sus "jilgueros"

Entre muchos otros ejemplos, destaco algunos matices presentes en la narración de El Heraldo de México, dirigido por el empresario poblano Gabriel Alarcón, muy cercano al presidente Gustavo Díaz Ordaz y portador de toda una autoproclamada "modernidad gráfica", reflejada en la amplitud de su cobertura.
Estas coordenadas contradictorias permanecerán a lo largo de los siguientes meses: por un lado, el conservadurismo expresado en la reproducción de las tesis anticomunistas y la xenofobia concentrada en la figura de los supuestos "agitadores extranjeros", y por el otro, la modernidad reflejada en la multiplicidad de miradas de una cobertura atenta a los distintos escenarios y representada por un grupo eficiente de cerca de diez fotógrafos que llegaron a actuar juntos en algunos de los episodios.
Las revistas encontraron la pausa para la narración de hechos como elemento distintivo, y esto se muestra en Life en español y su seguimiento testimonial del hostigamiento de un estudiante, con el crédito de Dávila Arellano y pies de foto muy precisos que denuncian la prepotencia de los soldados, así como la propuesta editorial, que presenta un sugerente diálogo visual de las persecuciones policiacas en México, vista por Héctor García, y Francia, a través de la lente de Gilles Caron, lo que muestra la voluntad de leer los acontecimientos desde una perspectiva más amplia, o en La cultura en México, y el equilibrio establecido entre las imágenes de Héctor y la crónica de Monsiváis, y finalmente en la portada y páginas interiores de Por qué?, dirigida por el polémico periodista Mario Menéndez, que omite créditos fotográficos, pero registra meticulosamente la represión y el encarcelamiento de los jóvenes desde una perspectiva muy particular, en la que se asume como portavoz único de la verdad.
La imagen del estudiante molido a culatazos por un soldado del grupo de paracaidistas, captada por la lente de Héctor García, circuló sin crédito por las distintas opciones periodísticas hasta convertirse en uno de los iconos más contundentes de esta primera etapa del movimiento.

El movimiento

Otra imagen inédita de Rodrigo Moya, en la cual aparece el rector Barros Sierra a la cabeza de la marcha.La construcción del guión paranoico de la teoría de la conjura, elaborado la última semana de julio por autoridades gubernamentales, cuya existencia ha sido corroborada por investigaciones recientes basadas en la apertura de documentos oficiales, no contó con una pieza del rompecabezas a la que faltó ajustarse, en los días posteriores, a los esquemas previsibles del comportamiento “políticamente correcto” de la clase política y su alineamiento previsible al Estado.

Lo anterior se refiere a la actuación del rector Javier Barros Sierra, quien a las pocas horas del atentado en San Ildefonso izó a media asta la bandera en Ciudad Universitaria, pronunció su famoso discurso sobre la violación a la autonomía y encabezó la primera marcha organizada de universitarios y politécnicos que posibilitó el surgimiento del Consejo Nacional de Huelga como interlocutor único del gobierno.

En unas cuantas horas Barros Sierra aterrizó el abstracto concepto de la autonomía, lo dotó de su poder movilizador y legitimó la existencia de un movimiento opuesto al autoritarismo del gobierno.

Fue tan eficaz la actuación política del rector en aquellos primeros días de agosto, que detuvo por un tiempo el linchamiento gubernamental contra los jóvenes, operado en las páginas de la prensa, y abrió una breve tregua en la postura antiestudiantil de los diversos medios, lo cual permitió el surgimiento de un espacio político para la organización del movimiento.

Debido a ello, este episodio representa uno de los eslabones más importantes en la lucha por el control y la difusión de las imágenes que tuvo lugar en el 68. La carga simbólica de las fotografías que retrataron al rector Barros Sierra encabezando una marcha pacífica por las calles del sur de la ciudad hizo saltar a la rebelión estudiantil de los límites estrechos de la nota roja al primer plano de la agenda nacional.

Incluso la cobertura fotográfica de diarios tan conservadores como El Heraldo de México se detuvo en consignar en sus pies de foto detalles tan significativos como la carretada de aplausos con que los habitantes del multifamiliar Miguel Alemán, en Félix Cuevas, saludaron el paso de la marcha desde los balcones de sus departamentos.

Otros medios con similar orientación ideológica enfatizaron la dignidad de Barros Sierra y el transcurso pacífico y civilizado de los estudiantes cobijados bajo su liderazgo.

Tal es el caso de La Prensa, que dejó a un lado, por una ocasión, los boletines oficiales para insistir en primera plana en que “millares de estudiantes y maestros, encabezados por el rector, efectuaron ayer una de las manifestaciones más grandes, pacíficas y ordenadas de que se tenga memoria”. Toda una deferencia hacia los estudiantes que no se volvería a repetir en las siguientes semanas.

Paradójicamente, la excepción de la jornada no provino de los grupos empresariales, tradicionalmente alineados con el gobierno, sino de algunos sectores de la izquierda, representados en la revistas Sucesos y Por qué?

Fotografías de María García y Héctor García publicadas en el suplemento La cultura en México.Esta última propuso una cobertura gráfica de la marcha que denostaba la figura del rector y en la que denunciaba en los pies de foto el “oportunismo” de Barros Sierra, reflejado –supuestamente– en la decisión del funcionario de no prolongar la manifestación hasta el Zócalo y doblar por la avenida Félix Cuevas de regreso a Ciudad Universitaria.

Con base en la reiteración de estas coincidencias entre esa revista y la postura de las autoridades, algunos líderes del movimiento estudiantil han sugerido la existencia de un vínculo entre su director y la Secretaría de Gobernación.

En lo personal, y ateniéndome a la edición fotográfica, me parece que más allá de la supuesta injerencia gubernamental en las páginas de Por qué? lo realmente importante es subrayar la similitud de las posturas de los sectores más radicales del movimiento con el discurso oficial.

Una coincidencia inquietante que se mantuvo a lo largo de las siguientes semanas. Tal es la lectura posible que se desprende del manejo editorial de algunas de las fotografías publicadas en la revista dirigida por Mario Menéndez.

Por su parte, María García –una de las pocas fotógrafas del 68– realizó una interesante cobertura del episodio, sobreponiéndose a la hostilidad de algunos de sus compañeros de gremio, no habituados a la competencia femenina. La secuencia de sus imágenes fue publicada en La cultura en México, con el contexto crítico de la crónica de Carlos Monsiváis, que las potenció editorialmente como parte de la iconografía del 68 en los años posteriores.

Finalmente, Rodrigo Moya, quien a mediados del 68 comenzaba una nueva aventura como editor de una revista, se incorporó a la marcha en calidad de ciudadano y obtuvo vistas diversas de la manifestación que tuvieron como destino su archivo, lugar en el que hibernarían durante cuatro largas décadas.

Manifestación del 13 de agosto, Zócalo capitalino.La mirada del poder y la óptica ciudadana

La marcha del 13 de agosto representa lo mejor del espíritu irreverente, festivo y contestatario del 68. Es la primera demostración masiva del Consejo Nacional de Huelga, organismo creado apenas una semana antes y, por tanto, fuera del control corporativo del gobierno y alejado en ese momento de su aparato de inteligencia.

Es difícil imaginar a 40 años de distancia la subversión implícita en el hecho de que un organismo sin membrete oficial organizara una manifestación de 150 mil personas sin pedir el permiso correspondiente a las autoridades, se dirigiera en sus volantes al pueblo de México, haciendo caso omiso de la figura del Ejecutivo y, para colmo, pretendiera desembocar en el espacio sagrado del Zócalo capitalino, reservado para las marchas de apoyo al “señor Presidente”.

La “prensa vendida” tuvo sus matices

La cobertura fotográfica fue muy amplia y abarcó a la prensa en su conjunto. Había pasado ya la tregua correspondiente a la marcha del rector , y los periódicos empresariales, como El Sol de México y El Heraldo, y otros cercanos a la perspectiva oficial, como La Prensa, volvieron a ajustarse a las coordenadas previsibles, que buscaban desacreditar el movimiento y vincularlo a intereses comunistas y extranjeros. Sin embargo, los matices y diferencias abundan, y así tenemos la cobertura de periódicos como Excélsior, El Universal y El Día, que informaron sobre la jornada con sesgos ideológicos menos evidentes y desplegaron una cobertura fotográfica amplia, en la que todavía no se imponía la lectura oficial de los hechos.

En este artículo vamos a presentar dos miradas contrapuestas, que observaron detenidamente la marcha con resultados y finalidades muy distintas. Ambas habían permanecido hasta hace poco tiempo en el anonimato, también por razones diferentes. La primera es resultado del ejercicio del poder ordenado por Luis Echeverría Álvarez, secretario de Gobernación, y la segunda es la recreación gozosa de un ciudadano de a pie, que decidió unirse a la marcha por voluntad propia.

Manifestación del 13 de agosto a su paso por avenida Juárez, en el centro de la ciudad de México.Manuel Gutiérrez o la mirada del poder

Manuel Gutiérrez, mejor conocido como Mariachito era un personaje conocido en el gremio de los fotoperiodistas en la primera mitad de la década de los sesenta por sus colaboraciones en las notas de sociales y deportes en la prensa convencional. Lo que no todos los colegas sabían es que había sido contratado un par de años antes por Echeverría, y que éste le había asignado la labor de registrar meticulosamente todas las acciones de la rebelión estudiantil, cuestión que Mariachito realizó con todo profesionalismo, como puede verse en el archivo que su familia vendió a la UNAM a la muerte del fotógrafo.

La marcha del 13 de agosto ocupa un lugar relevante en el archivo, como puede verse en el riguroso trabajo en curso que realiza al respecto la investigadora Oralia García en el IISUE. Gutiérrez se ubicó en uno de los balcones del hotel Del Prado, en la avenida Juárez, y desde ahí observó el paso de la marcha con la precisión milimétrica del científico que registra con su microscopio cada instante de su objeto de estudio.

Entre las secuencias sobresale una que también llamó la atención de la prensa y que fue utilizada por algunos sectores para desacreditar al movimiento: un grupo de estudiantes va cargando una manta con la figura del Che Guevara, precedido de cuatro muchachos que cargan desafiantes un ataúd con un letrero que señala que no hay ningún cuerpo en su interior, porque el ejército había incinerado todos los cadáveres.

Uno puede consultar el trabajo de Gutiérrez en el Archivo Histórico de la UNAM y revisar esta secuencia de imágenes casi en forma cinematográfica: la manta, que al principio es un punto perdido en el horizonte, va avanzando lentamente hasta pasar casi por debajo de la lente de Mariachito, justo a un costado de la marquesina del Cine Prado, que se mantiene como mudo testigo de los hechos.

El resultado es una mirada fría y distante, ubicada en un lugar inmóvil, que registra claramente los rostros de los estudiantes y el contenido de sus carteles y grafitis, y que posteriormente fue utilizada por los servicios de Gobernación para la identificación de detenidos y demás labores de inteligencia.

Rodrigo Moya o la perspectiva ciudadana

Rodrigo Moya es uno de los fotógrafos documentalistas más importantes del México de mediados del siglo pasado. En febrero del 68 colgó su cámara a nivel profesional, cansado de la falta de opciones profesionales para su gremio y del verticalismo y autoritarismo del régimen de partido de estado en que le tocó laborar en aquellos años. La rebelión de agosto lo sorprendió como a tantos otros ciudadanos hastiados del PRI, y decidió cubrir algunos de los episodios estudiantiles. Para ello contaba con enorme experiencia, ya que era el autor del registro fotográfico más amplio que existe sobre las rebeliones estudiantiles, magisteriales y ferrocarrileras que pusieron en jaque al sistema entre 1958 y 1960.

Moya registró la marcha con pasión. Con la cámara en movimiento que definió su estilo envolvente, cubrió lo mismo la vanguardia que la retaguardia, se adelantó a la manifestación para cubrir las primeras filas, se subió a los edificios para obtener tomas en picada, y al final se integró a la celebración de la multitud en el Zócalo.

Entre otras secuencias, rescatamos la imagen de la quema del gorila de papel maché que llevaron a cabo los estudiantes en la plaza y junto a Palacio Nacional en aquella noche festiva. El simio representa en lo inmediato al general Cueto, el odiado jefe de la policía capitalina. En el plano simbólico, se trata de la quema carnavalesca del gorila mayor que gobernó a México durante aquel sexenio. Estamos frente a una de las fotografías que sintetiza con mayor fortuna el tono lúdico y desafiante del poder que caracterizó al movimiento estudiantil en aquel agosto, una atmósfera que poco a poco fue desplazada por el temor y la represión en los meses siguientes.

Días de agosto, exitosa marcha y fallido plantón

La espectacular marcha del 27 de agosto marca el punto más alto en la capacidad organizativa del movimiento estudiantil. También exhibe, de manera dramática, sus límites y fisuras, los primeros errores en la conducción del Consejo Nacional de Huelga (CNH), la sombra de los servicios de inteligencia gubernamentales y la estrategia mediática de las autoridades, que optaron por el control cada vez más directo de las coberturas fotográficas cotidianas y permitieron la existencia de espacios alternos marginales mediante la publicación de algunas imágenes en algunas revistas ilustradas semanales de alcances limitados.

La última semana de agosto parecía propicia para la negociación entre el gobierno y el CNH. Un representante de Gobernación se había comunicado telefónicamente el 22 de aquel mes con algún representante del consejo para manifestar su disposición a discutir algunos de los puntos del pliego petitorio.

Mientras diarios como La Prensa privilegiaron la difusión de imágenes sobre el desalojo del Zócalo, revistas como Life en español (la fotografía de arriba corresponde a la edición de esos días) y el suplemento "La cultura en México", de Siempre!, dieron espacios preferenciales a fotografías de la multitudinaria marcha del 27 de agosto.La respuesta del CNH fue convocar a una segunda marcha multitudinaria el día 27 y exigir la realización de diálogo público entre los representantes gubernamentales y una comisión de 36 representantes del consejo, seis por cada uno de los puntos del pliego petitorio, con una cobertura informativa del episodio.

La expectativa del encuentro se mantuvo durante varios días y se esfumó en la madrugada del día 28, con la intervención de las fuerzas armadas para dispersar la guardia que los estudiantes montaron en el Zócalo para exigir el diálogo público con Gustavo Díaz Ordaz y la evidente articulación de una estrategia represiva gubernamental ejecutada en las horas posteriores al desalojo.

La marcha del 27 partió del Museo Nacional de Antropología y desembocó en el Zócalo. Reunió a unas 300 mil personas y transcurrió pacíficamente, exhibiendo el enorme poder de convocatoria logrado por el consejo en apenas tres semanas de existencia.

En el mitin se leyeron varios discursos y durante el transcurso del mismo se izó en el astabandera un trapo rojinegro. Al final, uno de los líderes estudiantiles arengó a la multitud y propuso la provocadora idea de dejar una guardia de 3 mil estudiantes para exigir el diálogo público con Díaz Ordaz en el Zócalo capitalino el día del Informe. En la madrugada intervino el Ejército para dispersar a los estudiantes y recuperar el control de la plaza.

La prensa se alinea

La cobertura de la prensa sobre la marcha se alineó a la estrategia gubernamental y apoyó la teoría de la conjura. En esta ocasión mostró su perfil más claro y contundente, al evidenciar vínculos más sólidos de colaboración con el gobierno.

Lo primero que llama la atención es que la mayor parte de los periódicos priorizaron el capítulo del desalojo de los estudiantes del Zócalo, a la una de la madrugada, como nota principal, desplazando la información gráfica sobre la marcha a las páginas interiores.

De esta manera, el gobierno capitalizó la decisión política del CNH sobre la permanencia de una guardia de estudiantes en la plaza. Como en un operativo previo concertado entre la prensa y el Estado, se minimizó el peso político de la enorme manifestación y se centró la atención en la provocación de los estudiantes.

Si tomamos en cuenta que el cierre de edición se realizaba en condiciones normales a las once de la noche, llama la atención la disposición de la prensa en su conjunto a utilizar un material que registró acciones ocurridas entre la una y las tres de la madrugada. Se trata de un hecho que sólo puede ser explicado por el dictado de lineamientos gubernamentales a los directores y dueños de los medios.

Ofensiva mediática

El caso límite que ilustra esta confluencia de intereses es el que se refiere al episodio de la inclusión en las primeras planas de la fotografía del mitin nocturno con el astabandera luciendo el trapo rojinegro, como parte de la línea inducida desde la Presidencia de la República. Así lo muestra la correspondencia sostenida entre Gabriel Alarcón, director de El Heraldo, y Díaz Ordaz, en la que el primero informa al presidente que ha comunicado a otros directores la pertinencia de utilizar dicha imagen para contrarrestar la influencia del movimiento, según consta en una documentación abierta recientemente a la consulta pública en el Archivo General de la Nación.

La prensa uniformó como nunca antes su cobertura de los hechos. En periódicos como El Heraldo, El Sol de México, El Universal y La Prensa se cabeceó en los titulares la operación del desalojo y se publicaron gráficas parecidas de mantas con la imagen del Che Guevara y carteles con el retrato de Demetrio Vallejo, como pruebas para desacreditar al movimiento, toda vez que en los textos se insistía en la ausencia de argumentos académicos por parte de los estudiantes.

La gigantesca marcha juvenil, con todo su poder de convocatoria, quedó opacada así en la percepción pública por el énfasis de los medios en la irracionalidad de la presencia de una guardia estudiantil permanente y la eficiencia del operativo militar de desalojo.

Puntos de vista sobre la marcha

Un espacio alterno puede encontrarse en algunas revistas ilustradas, con modalidades ideológicas distintas. Life en español tomó distancia de las posturas oficiales, al señalar que los gobiernos latinoamericanos descalificaban de inmediato las movilizaciones sociales etiquetándolas de “comunistas”, y en cambio señaló que el móvil verdadero de la rebelión había que encontrarlo en la naturaleza autoritaria de un “régimen de partido único”.

Con esta lógica la revista publicó una fotografía panorámica de la marcha a su paso por avenida Juárez, captada desde la Torre Latinoamericana, lo cual le permitió dimensionar una protesta cívica que calculó en 200 mil personas.

Por su parte, “La cultura en México”, suplemento de la revista Siempre!, publicó una secuencia de imágenes de Héctor García sobre la marcha, en las cuales se destacaba tanto la multitud como distintos aspectos de la manifestación, recuperando su carácter cívico y propositivo, con una mirada documental propia.

Esta crónica visual estuvo contextualizada por la ironía de Carlos Monsiváis, quien intercaló párrafos con argumentos y distintas opiniones sobre el movimiento, entre las que se podía encontrar la defensa servil del gobierno, a cargo del periodista Carlos Denegri, junto a posturas lúcidas y certeras como las de Daniel Cosío Villegas, quien cuestionaba, con enorme inteligencia, la politización y el nivel académico del estudiantado.

El acto simbólico más importante del movimiento

La fotografía publicada a finales de agosto del presidente Gustavo Díaz Ordaz posando en Bellas Artes, en la clausura del congreso de la Confederación Nacional Campesina con Luis Echeverría y Alfonso Martínez Domínguez, entre otros personajes destacados de la clase política mexicana bajo el célebre mural de Siqueiros que muestra a Emiliano Zapata entregando su fusil, Diario Excélsior del 28 de agosto de 1968. Gustavo Díaz Ordaz posa con varios colaboradores debajo del Zapata de Siqueiros en Bellas Artes. La publicación de esta fotografía en diversos periódicos marca la lucha por el control de los símbolos patrios que caracterizó al septiembre de 1968.constituye una de las imágenes con mayor carga simbólica, que aporta la clave para descifrar tanto el clima político que predominó en septiembre de 1968, como el mensaje del mandatario al Consejo Nacional de Huelga (CNH): el partido en el poder era el único heredero de la Revolución Mexicana y entre sus atributos estaba el legítimo ejercicio de la violencia contra sus enemigos.

A unas cuadras del acto, en pleno Zócalo capitalino, francotiradores gubernamentales apostados en el edificio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación disparaban contra civiles, como ha documentado Carlos Mendoza, y dos días después, el propio Díaz Ordaz haría explícito este mensaje amenazador en su cuarto Informe de gobierno.

El mensaje presidencial se convirtió en el espacio mediático propicio para exaltar la figura del jefe del Ejecutivo y para subrayar la legitimidad de un sistema político que había sido cuestionado como nunca.

En toda la prensa se resaltaron los rasgos de firmeza y seguridad de Gustavo Díaz Ordaz, asociándolos con la necesidad de reinstaurar el orden, con abundantes detalles gráficos y textuales acerca de la recepción festiva del discurso presidencial por parte de los diputados, que lo vitorearon e interrumpieron con aplausos en 84 ocasiones.

En dicho Informe el mandatario abordó durante una hora el conflicto estudiantil, ignorando sus causas, denigrando a sus líderes y preparando el clima de persecución que se daría en semanas posteriores.

El silencio como reivindicación ciudadana

La manifestación del silencio constituye la última respuesta organizada y multitudinaria del movimiento que puso en jaque la estrategia represiva de Díaz Ordaz. Fue concebida y planeada por el CNH como respuesta simbólica al amenazador discurso presidencial y a la campaña de temor y linchamiento llevada a cabo en casi todos los medios como caja de resonancia del Informe.

Partió del Museo Nacional de Antropología, ante un impresionante operativo policiaco, y reunió a cerca de 250 mil personas. El signo distintivo de la marcha consistió en la ausencia de gritos y consignas, que algunos remarcaron con el uso de cintas adhesivas y esparadrapos sobre sus labios.

Revista Por qué? del 25 de septiembre. Aspecto del reportaje gráfico que sintetiza la cobertura de la publicación sobre la manifestación del silencio.Para los organizadores, se trataba de contrastar un digno silencio con la vacía retórica desplegada en las dos semanas anteriores por el gobierno y sus aliados. Cuarenta años después, se le considera el acto simbólico más importante del movimiento, el que representa mejor la defensa y reivindicación ciudadana de un estado de derecho.

La lucha simbólica por el control y la difusión de las imágenes

La estrategia de la mayoría de los periódicos consistió en minimizar la importancia de la marcha y acotarla en un perfil bastante bajo, en el cual las coberturas fotográficas disminuyeron considerablemente y en ocasiones fueron desplazadas a páginas interiores, vinculando en algunos casos de manera por demás significativa este episodio con la violenta llegada del ciclón Naomi, que causó severos estragos en el estado de Sinaloa.

La excepción más notable la representa la revista Por qué?, de Mario Menéndez, la cual dedicó un amplio reportaje fotográfico de 30 imágenes que describe la participación de diversos contingentes –entre los cuales destacan varios acercamientos al grupo de la Unión Nacional de Mujeres Mexicanas– y narra en detalle la jornada cívica que desembocó en el Zócalo.

El corpus gráfico está debidamente contextualizado en un escrito de Heberto Castillo, que con tono didáctico y mesurado hace una defensa del movimiento con referencias constantes a la Constitución, lo que define las coordenadas legales desde las cuales pueden leerse estas imágenes.

A mediados de septiembre, en medio del linchamiento mediático gubernamental, este reportaje representa el punto de vista más significativo de todo lo que se publicó entonces sobre esta marcha.

Nacionalismo y modernidad en el mes de la patria

La precaria posibilidad de la realización del diálogo público se fue diluyendo en las semanas posteriores al Informe presidencial con la aplicación de una estrategia gubernamental que incluyó, entre otros puntos, la utilización de las fuerzas armadas, francotiradores y agentes infiltrtados, la fragmentación de las demandas estudiantiles en diversas ventanillas y dependencias burocráticas, el control de los medios y la supresión de referencias noticiosas sobre el movimiento y, finalmente, pero no menos importante, la apropiación de los símbolos patrios en torno a la figura del presidente.

Así, el gobierno avanzó en el mes de la patria hacia la celebración de los Juegos Olímpicos arropado en una ideología nacionalista defensiva, que ponía en entredicho sus pretensiones retóricas de cosmopolitismo y modernidad.

Primera plana de El Universal del 19 de septiembre de 1968, en la cual se da cuenta de la ocupación militar de Ciudad Universitaria; la fotografía fue captada por Daniel Soto.La voz del amo

La ocupación de Ciudad Universitaria (CU) se justificó como una medida dolorosa pero necesaria por la mayor parte de la prensa capitalina. Las reacciones de intelectuales fueron diversas. Mientras Salvador Novo declaró que se había desayunado con la mejor noticia recibida en mucho tiempo, Daniel Cosío Villegas escribió que se trataba de una medida irracional y contraproducente, pues obligar a los jóvenes a salir a las calles en una ciudad virtualmente tomada por las fuerzas armadas era una acción que rayaba en la estupidez.

En la Cámara de Diputados, el locutor Luis M. Farías, entonces presidente de la Gran Comisión, felicitó al rector y le aseguró que debería estar agradecido con el gobierno por haber recuperado las instalaciones de la universidad.

El propio Javier Barros Sierra declaró que la ocupación había significado el uso de fuerza desmedido que la Universidad Nacional Autónoma de México no merecía, y un par de días después renunció a su cargo con el argumento de que no le importaban las críticas de algunas personas menores, sin autoridad moral, pero que obedecían inequívocamente a la voluntad presidencial.

Testimonio de Daniel Soto, de El Universal

Un testimonio obtenido recientemente en una entrevista con Daniel Soto, jefe del departamento de fotografía de El Universal, confirma que la cobertura del episodio se trató de un operativo de Estado diseñado en la Secretaría de Gobernación, de cuya sede partió, a las 22 horas, la comitiva oficial con los fotoperiodistas hacia el campus universitario.

Una vez en CU se organizaron varios recorridos para los fotógrafos de la lente, que incluyeron una visita guiada a las aulas con letreros y grafitis irreverentes y obscenos, la exhibición de botellas vacías con estopas que “mostraban” el “peligroso arsenal” de bombas molotov decomisadas a los estudiantes y, lo más revelador, los cientos de jóvenes obligados a permanecer acostados con los brazos extendidos en la explanada de rectoría.

Una vez concluida la sesión dirigida, se conminó a los fotógrafos a abandonar CU, pero Daniel Soto permaneció unos minutos captando imágenes, y cuando quiso salir la pinza se había cerrado y se topó con una impasible (e impasable) valla de soldados, que le cortó la salida.

Entonces se produjo una escena digna de Costa Gavras, que en realidad es una alegoría de la resistencia civil contra el autoritarismo de Estado y que el propio Soto describe con las siguientes palabras:

“No nos dejaban salir, ya eran casi las 12:30 de la noche y había que entregar el material. En avenida Insurgentes estaba el cordón de soldados y uno trataba de salir hablando con ellos, pero no: ‘¡Aquí no pasas! Tenemos órdenes de que nadie salga. ¡Oigan, pero somos periodistas, ustedes nos trajeron! Pues no, no sabemos nada de eso. ¡Aquí no pasa nadie!’ Y en eso pasó uno de los muchachos que trabajaba como fotógrafo, que estaba del otro lado de la valla. Yo ya había quitado el rollo de la cámara, lo traía en la mano y le dije: ‘¡Quiubo!, ¿qué haces aquí? Nada, ando por aquí a ver si puedo entrar. No –le digo–, ¿cómo te va? –le di la mano y le pasé mi rollo; él sintió la película e inmediatamente entendió de qué se trataba. Y le dije–: ‘¡Ándale, vete rápido!’ Se fue y entregó todo ese material”.

La mirada de Aarón Sánchez, de Excélsior

No todos los fotógrafos corrieron la misma suerte. Era el caso de Aarón Sánchez, quien entonces tenía 20 años y trabajaba en Excélsior. Se había destacado por la obtención de algunas imágenes importantes sobre las marchas estudiantiles publicadas en ese diario y en el Magazine de Policía, la noche del 18 de septiembre resultó nefasta, ya que le fue decomisado su material fotográfico por militares. En una entrevista reciente, explica los hechos y asume las consecuencias de su novatez:

“Al hacer fotografías de la tropa en la universidad, me detuvieron los soldados y me llevaron con el general, que me quería quitar la cámara o cuando menos los rollos. Entonces le dije: ‘Oiga, general, mire, ¡yo soy de Excélsior! Este es un trabajo serio. ¡No vamos a hacer escándalo! Por favor, ¡no me vaya a quitar el rollo! Es más, mire, tengo una colección de fotos en mi coche de lo que ha venido sucediendo, para que vea lo que hemos venido fotografiando. A ver, ¡tráelas!’ Entonces me mandó con unos soldados a mi coche, porque yo estaba haciendo una colección de fotos y debo de haber tenido unas 300 imágenes en la cajuela del carro. Y entonces me dijo: ‘Mira, vamos a hacer una cosa: préstame tus fotos y se las voy a enseñar al Presidente y mañana te las devuelvo y te dejo ir’. Pues con eso de que te dejo ir, le dije: ‘¡Órale pues, general!’ Por supuesto, nunca me las regresaron”.

Los testimonios orales y fotográficos de Daniel Soto y Aarón Sánchez, junto con los de otros destacados profesionales como Enrique Metinides, Rodrigo Moya, Enrique Bordes Mangel, María y Héctor García puede verse en la exposición Miradas sobre el 68, que actualmente se exhibe en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco. Las versiones de todos enriquecen y diversifican los puntos de vista sobre los hechos del movimiento estudiantil.

Fotografía de los Hermanos Mayo publicada en la revista Tiempo el 23 de septiembre de 1968. El pie de la imagen cita textualmente un fragmento del informe presidencial de Gustavo Díaz Ordaz, para reforzar la perspectiva oficial sobre el movimiento estudiantil.Control oficial y usos editoriales de las imágenes

La cobertura fotoperiodística de la ocupación de CU muestra el grado de injerencia del Estado en los contenidos de la prensa y se produce en momentos en los que la salida represiva había ganado la partida en la voluntad presidencial y sus círculos más cercanos.

Los siguientes episodios de las ocupaciones violentas del Casco de Santo Tomás y de Zacatenco así lo demuestran. Los usos editoriales de las fotografías se acotaron, por lo general, a las coordenadas de esta estrategia represiva.

Las imágenes incómodas se omitieron (algunas han venido publicándose en los pasados años ) y el resto fueron presentadas con pies de foto convenientes para el guión oficial, aunque debe tomarse en cuenta el enfoque alternativo que representaron algunas revistas ilustradas, las cuales tomaron cierta distancia de los parámetros gubernamentales.

Un ejemplo emblemático es el de algunas de las imágenes de los Hermanos Mayo, que fueron publicadas por la oficialista revista Tiempo, dirigida por Martín Luis Guzmán, el laureado escritor de la Revolución Mexicana, quien aplaudió la intervención militar en CU y que fueron retomadas en secuencias más amplias en la revista Por qué?, de Mario Menéndez.

La mirada del editor se impuso en lo inmediato a la impronta de los fotógrafos y fortaleció la versión oficial, en el primer caso, mientras la elección editorial de una secuencia de imágenes del mismo hecho, contextualizada con pies de foto críticos, permitió otra lectura, en el segundo ejemplo. A 40 años de distancia, este importante corpus de imágenes puede ser leído desde distintas perspectivas.

Amarillismo

El Heraldo de México, propiedad del derechista empresario Gabriel Alarcón, presentó un amplio reportaje gráfico sobre la ocupación militar del Politécnico el 24 de septiembre de 1968. En ese trabajo participaron ocho fotógrafos, cuyos créditos fueron publicados.Entre el 21 y el 24 de septiembre ocurrieron algunos de los episodios más violentos del 68, que exhibieron no sólo la voluntad represiva del gobierno y la coordinación de policías y granaderos con agentes de inteligencia y las fuerzas militares, sino la capacidad organizativa de un sector de la población que resistió activamente esos operativos y emergió, por primera vez, como protagonista de los hechos.

Las hechos más relevantes de esas fechas fueron los enfrentamientos de los cuerpos represivos con civiles en la unidad Nonoalco-Tlatelolco y las tomas violentas de la Vocacional número 7, Zacatenco y el Casco de Santo Tomás.

Estos sitios configuraron una zona particularmente conflictiva para el gobierno, claramente delimitada al norte de la capital, que no compartía el perfil de la ciudad olímpica seductora y cosmopolita ideada por los diseñadores gubernamentales para los turistas, como ha mostrado en forma elocuente Daniel Inclán en su documental Ciudad Olimpia: el año en que fuimos modernos.

La mirada de los empresarios

Diarios como El Heraldo y El Sol de México apostaron por una modernidad gráfica representada por amplios reportajes fotográficos, convenientemente acotados por pies de foto antiestudiantiles.

Los directores de ambos medios, Gabriel Alarcón y José García Valseca, personajes cercanos a la Presidencia de la República, desplegaron importantes secuencias con registros capturados por unos 15 fotógrafos, entre los que destacaban Ernesto Valenzuela, Ismael Casasola, Ramón Guzmán y Porfirio Cuautle, quienes superaron ampliamente a sus competidores y rivales.

La diversidad visual contrasta con la uniformidad de la información escrita. La recepción de la información tuvo diversas posiblidades, desde padres de familia, como lectores previsibles de la publicación, hasta la revisión callejera de peatones y transeúntes en puestos de periódicos, que se formaban su propia opinión acerca de los sucesos a partir de otros intereses.

Esas narraciones, por lo general subrayaban la detención de los jóvenes “subversivos” por parte de las fuerzas del orden, pero también intercalaban escenas que mostraban una ciudad violenta, con territorios en disputa, lo cual desmentía los discursos oficiales en torno a la paz y la tranquilidad reinante en el país.

En el reportaje de El Heraldo que mostramos en este espacio puede verse a los soldados parapetados entre los pupitres o acechando en posiciones de combate junto a civiles y judiciales que se protegen al lado de un camión durante la toma del Politécnico. El fotógrafo acompaña a los militares en el asalto urbano y proyecta en todo momento el punto de vista de las fuerzas armadas.

Nota roja y conservadurismo

La prensa amarillista y sensacionalista ha estado vinculada con los intereses gubernamentales desde el inicio del fotoperiodismo, tal como puede verse en el caso de El Imparcial, un periódico que, a pesar de la pretensión de neutralidad que sugería su título, en realidad era un importante vocero de la clase dominante porfiriana a principios del siglo pasado. En los años sesenta, medios como La Prensa y Alarma disponían de los tirajes más amplios y ocupaban un lugar importante en las preferencias populares, en un momento en que la televisión apenas iniciaba su posicionamiento en los llamados usos y costumbres de la “gran familia mexicana”. Uno de los fotógrafos más destacados de La Prensa fue Enrique Metinides, gran maestro del género del reportaje policiaco en México en el siglo XX, cuya obra forma parte del paisaje cotidiano de grandes museos de arte moderno y galerías artísticas estadunidenses y europeas.

La mirada de Metinides, acostumbrado a construir sus historias con contundentes secuencias de tres o cuatro imágenes, se adaptó perfectamente a los sucesos del 68 y fue retomada por los editores del diario para narrar los hechos a sus lectores.

El caso que presentamos (ver la página 11) ha sido cotejado en el archivo del maestro y permite acercarnos al manejo editorial del periódico, que proyecta la imagen del granadero herido como protagonista principal de los sucesos en la toma de instalaciones del Politécnico.

La secuencia desemboca en la llegada providencial de la ambulancia, el transporte más socorrido del universo delicuencial construido por Metinides. Esta criminalización implícita del movimiento, lejos de ser casual, formaba parte de la estrategia gubernamental.

Así lo demuestra la utilización de algunos espacios del diario por importantes personajes de la clase política mexicana como Mario Moya Palencia y su jefe, Luis Echeverría Álvarez, quienes utilizaban la columna Granero político para denostar a sus adversarios y poner en circulación cierta información que era leída entre líneas tanto por sus subalternos y compañeros de ruta como por sus adversarios, como ha mostrado Jacinto Rodríguez en su libro La otra guerra secreta.

Miedo y manipulación

La premisa gubernamental que influyó en las decisiones editoriales de una parte significativa de los medios consistió en el intento de sembrar temor y parálisis en sectores amplios de la población, produciendo lo que algunos teóricos han denominado “pánico social”.

El nuevo ciclo se inició con la ocupación militar de Ciudad Universitaria y abarcó las tomas violentas de Zacatenco y del Casco de Santo Tomás.

Al segmento pequeño pero organizado de vecinos aliados del movimiento se le aplicó la mano dura de los operativos policiacos y militares.

A la gran mayoría de la población se le impuso una cobertura mediática que soslayó las causas y orígenes de la rebelión estudiantil y subrayó el territorio de la violencia y la nota roja como espacios informativos por excelencia del conflicto.

La vuelta de tuerca que cerraría esta pinza se produciría una semana más tarde, en la Plaza de las Tres Culturas.

Contra el olvido

El 30 de septiembre tuvo lugar uno de los episodios más significativos del movimiento estudiantil de 1968: la realización de un mitin frente a la Cámara de Diputados organizado por la Unión Nacional de Mujeres Mexicanas, el mismo grupo que había refutado el informe de Gustavo Díaz Ordaz y le había dicho públicamente al presidente que la violencia ejercida contra ellas las semanas previas provino de las fuerzas armadas y policiacas, y no de los estudiantes.

El hecho pasó desapercibido en la mayor parte de los periódicos, pero es de un simbolismo muy importante, ya que se trata de la única ocasión en que las mujeres convocaron a un acto público y ejercieron un liderazgo político indiscutible.

El hecho de realizar el acto e invocar al Poder Legislativo también representa una impronta simbólica muy relevante, ya que ponía en relieve la falta de independencia de los poderes de la Unión y la supremacía del Ejecutivo, que derivaba en la ausencia de democracia.

Por todo ello, se trata de una de las reivindicaciones ciudadanas más importantes durante el movimiento, por lo que no sorprende que haya sido marginada por casi toda la prensa.

Una de las excepciones más destacadas en la cobertura corrió a cargo de la revista por qué?, dirigida por Mario Menéndez, que dedicó tres fotografías de los Hermanos Mayo, contextualizadas oportunamente por un reportaje.

En un número posterior, el director desplegaría algunas de estas imágenes intercaladas con las fotografías de los cadáveres de algunas mujeres asesinadas por el gobierno el 2 de octubre. El mensaje icónico resultaba evidente: las madres de familia habían sido ultimadas por la capacidad de protesta desplegada un par de días antes frente a la Cámara de Diputados.

Obra de Óscar Guzmán, el fotomosaico Discrepar, 2007, se expone en el Memorial del 68, ubicado en el Centro Cultural Universitario TlatelolcoLa memoria y el olvido

A 40 años de distancia se ha inaugurado un museo que aborda por primera vez los hechos del movimiento estudiantil. Se trata del Memorial del 68, ubicado en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco, justo a un lado de la plaza de las Tres Culturas.

El reto para la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)), que encabeza este proyecto, resulta muy interesante, y consiste en superar el peligro evidente de convertir un movimiento dinámico y contestatario en una estatua, con la posibilidad de fetichizarlo o, peor aún, de canonizarlo mediante una apología idealizadora, trazada a partir de un guión de lo “políticamente correcto” en los nuevos horizontes sociales y culturales de la nación mexicana, en la que casi toda la clase política se asume como heredera del 68.

A contrapelo, el Memorial del 68 abre una perspectiva crítica de los sucesos, se aleja tanto de los discursos oficiales como de la retórica esquemática de la izquierda, y apuesta por la diversidad, representada, entre otras cosas, por la riqueza de la historia oral como núcleo central para tejer los testimonios de los propios participantes y recrear la percepción del fenómeno a la distancia.

Los testimonios de 57 personas, entre los que se encuentran ex líderes del Consejo Nacional de Huelga (CNH), políticos, intelectuales, artistas, escritores y analistas de distintas tendencias se entrecruzan en monitores y otros espacios audiovisuales, y se contextualizan por medio de la presentación de secuencias fotográficas que dan contenido a los episodios más relevantes del 68.

Un espacio particularmente revelador es en el cual convergen las voces y reflexiones de Gilberto Guevara Niebla, Marcelino Perelló, Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, Luis González de Alba y Sócrates Amado Campos Lemus en torno a la participación de éste en la instalación de una guardia estudiantil en el Zócalo la madrugada del 28 de agosto, en lo que se considera uno de los errores más graves del CNH.

El incluir a todas las voces del conflicto es un acierto museográfico que permite tomar distancia de las mitologías, ofrece un panorama más complejo de los sucesos y deja las conclusiones al juicio de los receptores.

La iconografía del 68 ha cumplido un año en el Memorial. Las imágenes fotográficas interpelan la memoria del público y remueven recuerdos y testimonios que habían permanecido en el olvido.

Me ha tocado constatar el diálogo de padres de familia con sus hijos adolescentes en torno a las imágenes evocadoras de la marcha del silencio o de otros episodios que movilizaron a miles de personas.

El estudio sistemático de la recepción de los registros orales y gráficos, así como el uso de los mismos por públicos recientes, constituye uno de los factores más relevantes que permitirá realizar un diagnóstico más certero de los hechos.

La renovación creativa del Memorial o su conversión en un espacio reproductor de mitos, dependerá de la capacidad para abrir el espectro del 68 y de su flexibilidad para cotejar los hechos locales con las experiencias ocurridas en otras latitudes.

A 40 años del 68

Otra muestra puede apreciarse en la UNAM con el apoyo y colaboración del Instituto Mora y el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, con el título de A 40 años del 68.

Se trata de un espacio para reflexionar sobre los hechos y se propone una lectura de fondos documentales muy interesantes, entre los que puede verse la respuesta de la UNAM frente al conflicto y el contenido de algunos informes de inteligencia del gobierno.

Sin embargo, la pieza fundamental está representada por el trabajo de Manuel Gutiérrez Paredes, el fotógrafo contratado por Luis Echeverría para registrar el movimiento, cuyo archivo puede ser consultado en los acervos del Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación (IIUE-UNAM), en lo que constituye una verdadera mirada del poder. Es la primera vez que se presenta este material debidamente contextualizado, por lo que constituye una aportación significativa a la interpretación del movimiento.

Es de esperar que ambas exposiciones, la del Memorial y la del IIUE, contribuyan a enriquecer la memoria colectiva sobre los hechos y a generar nuevas pautas de lectura e interpretación de los mismos en las nuevas generaciones.

La noche de Tlatelolco

La portada de la revista por qué?, acerca del 2 de octubre de 1968, responsabilizó al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz de la masacre en Tlatelolco.El movimiento estudiantil de 1968 no se reduce al 2 de octubre y, al mismo tiempo, es imposible narrar los acontecimientos estudiantiles sin mencionarlo. La fecha constituye una de las referencias más importantes de la historia contemporánea de México. Algunos sectores de la izquierda la han convertido en fetiche descontextualizado que ha desplazado las aportaciones registradas en las etapas anteriores del movimiento, mientras la derecha conservadora pretende borrarla del calendario cívico.

El hecho documentable es que la matanza marcó el fin del movimiento y tuvo repercusiones negativas en la vida política del país durante la siguiente década, cerrando la participación para algunos sectores sociales, que decidieron incorporarse a la guerrilla, lo que terminó por fortalecer la impunidad de un gobierno que impulsó el terror de Estado por medio de la guerra sucia a lo largo de los años 70.

La teoría de la conjura

Las portadas de los periódicos del día siguiente de la matanza constituyen un indicador importante de los escasos márgenes de maniobra de la prensa en esta situación límite y los parámetros de subordinación a las coordenadas marcadas por el régimen de partido de Estado, que impuso la versión de la conjura y fabricó un escenario en el que los francotiradores apostados en las azoteas y departamentos de algunos edificios de la unidad Tlatelolco fueron denunciados de manera inmediata como parte del complot estudiantil, anunciado oportunamente por el general Corona del Rosal dos meses antes.

Palabra de fotógrafo

A contrapelo del pensamiento de todos aquellos que consideran que todo está dicho acerca del 2 de octubre, conviene señalar en este artículo la existencia de algunos testimonios de fotógrafos que estuvieron presentes en la Plaza de las Tres Culturas aquella tarde, y que han decidido hablar a cuatro décadas de distancia. Todos confirman la existencia del operativo estatal y enriquecen de diversas maneras la información existente sobre los hechos.

Enrique Metinides tuvo que caminar varios kilómetros para llegar a Tlatelolco. Una vez ahí, con su peculiar estilo que marcó toda una época en La Prensa, logró captar imágenes contundentes de los terribles efectos de la acción de los disparos de los francotiradores y sus huellas en los cuerpos de algunos militares. Jesús Fonseca, de El Universal, describe las dificultades que tuvo que enfrentar en su vía crucis particular que lo llevó del edificio Chihuahua al de Relaciones Exteriores, pasando por el amontonamiento de cadáveres que logró fotografiar a un lado de la iglesia de Santiago, dato que confirma el joven reportero Joaquín López Dóriga, quien narró aquellos hechos y sólo los vio publicados en su periódico, El Heraldo, 35 años después de la masacre. Mientras Aarón Sánchez, de Excélsior, pudo registrar las golpizas y humillaciones a que fueron sometidos los estudiantes por parte de la tropa en las horas terribles de las detenciones, después de la balacera.

Por su parte, Daniel Soto, jefe del departamento de fotografía de El Universal, narra la manera en que recibió órdenes de la dirección del periódico de entregar todos los materiales del 2 de octubre a los agentes de Gobernación. Apenas pudo comunicarse con algunos de sus colegas y juntos lograron rescatar parte de la cobertura que el mismo diario ha publicado recientemente. Todos ellos continuaron trabajando en sus medios de comunicación y fueron testigos del silencio impuesto desde el gobierno en aquellas horas de angustia e impotencia, así como de la campaña macartista de hostigamiento contra la disidencia que se incrementó en los siguientes meses.

El punto de vista de la izquierda

Una de las escasas excepciones está representada por la revista por qué?, dirigida por Mario Menéndez y plenamente identificada con el movimiento en las semanas anteriores. Resulta de gran interés acercarse a las claves del contenido del número extraordinario dedicado a Tlatelolco, publicado en octubre de aquel año, en la medida en que representa el punto de vista de la izquierda sobre los trágicos hechos, predominante en las siguientes dos décadas, que es la antítesis exacta de la teoría gubernamental de la conjura.

En dicha versión, el Ejército masacró a cientos de personas en un operativo perfectamente coordinado con los servicios de inteligencia gubernamentales. El expediente fotográfico de la revista supera con creces todo lo publicado hasta aquellos momentos y utiliza, sin darles crédito, imágenes de Héctor García, los Hermanos Mayo, Armando Salgado, Carlos González y Óscar Menéndez, entre muchos otros.

La memoria histórica

A partir de 1988 este esquema monolítico se fue fragmentando. Documentalistas como Carlos Mendoza, historiadores como Sergio Aguayo y Lorenzo Meyer, y periodistas como Jacinto Rodríguez han penetrado las entrañas del monsturo en los fondos de la extinta Dirección Federal de Seguridad que se encuentran a resguardo del Archivo General de la Nación, y han documentado nuevas claves para interpretar la masacre, que muestra la falta de coordinación entre los distintos grupos armados del gobierno, los servicios de inteligencia y los cuerpos de elite del Estado Mayor Presidencial.

Pese a todo, ninguna investigación independiente ha negado la existencia de un operativo gubernamental realizado aquella tarde, con responsabilidades históricas tan concretas como impunes. Todos concluyen que se trató de un crimen de Estado.

Cuarenta años después, no todo está dicho sobre el 2 de octubre ni sobre el movimiento estudiantil de 1968. Al contrario, en cierto sentido se puede afirmar que la investigación sobre nuevos fondos documentales apenas comienza y el replanteamiento crítico sobre los ya existentes se renueva constantemente.

Entre otros territorios pendientes de abordar en forma crítica, están los libros de texto de historia de bachillerato y las exhibiciones museográficas. En ambos espacios, la historiografía y la investigación documental todavía tienen mucho que decir, entre otras cosas, porque el avance del conocimiento no se produce en forma lineal, sino que se replantea constantemente a partir de las coordenadas del presente.


* Alberto del Castillo Troncoso es investigador del área Historia Social y Cultural del Instituto de Investigaciones Dr. José Ma. Luis Mora. Este trabajo, que se publicó originalmente en el diario mexicano La Jornada, en diez entregas discontinuas entre el 21 de julio y el 2 de octubre de 2008, forma parte de un trabajo más amplio que el autor desarrolla en el propio Instituto Mora, con apoyo del Fondo Sectorial de Investigación para la Educación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y se reproduce en Sala de Prensa con la autorización expresa de su autor.


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