Sala de Prensa


12
Octubre 1999
Año II, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Ocho notas para una reconsideración
de las relaciones medios-democracia

Sergio Caletti *

Lo primero es reconocer que pocas problemáticas capturan las tensiones e incertidumbres de este fin de siglo con tanto vigor como aquella que interroga por las vinculaciones entre las tecnologías de comunicación y los procesos democráticos o, si se quiere más en general, creo que es el nudo entre las tecnologías de comunicación y la dimensión política de la vida de nuestros países.

Pero esta no es en realidad una problemática demasiado nueva. En rigor fue ella la que en la primera mitad del siglo dio uno de sus orígenes a los estudios de comunicación.

En aquél momento el problema que aparecía y en torno al cual avanzaron los trabajos de investigación y las reflexiones, era el problema de las influencias y efectos, esas eran las palabras que se observaban en relación con lo que hacían los medios sobre la ciudadanía y la opinión pública, actitudes políticas, decisiones de voto, etcétera.

Desde entonces, en los 60 años que transcurrieron, nunca desapareció de la mesa de debates. En realidad, atravesó teorizaciones sobre líderes de opinión, preocupaciones por lo ideológico, esquemas cognoscitivos, conjeturas sobre la recepción... Las más diversas aproximaciones se han hecho para replantear, reformular, revisar estas relaciones entre medios y política.

Y me parece que en general estas reflexiones, en lo que resulta sustantivo, si se revisa la historia de los debates, llegan normalmente al mismo punto, al difícil punto acerca de si finalmente la relación entre tecnologías de comunicación y política le permite a la democracia salir ganando, salir perdiendo o, en todo caso, bajo qué condiciones una cosa o la otra.

En este último cuarto de siglo, es obvio decirlo, las tecnologías de comunicación se han modificado aceleradamente, así como las condiciones sociales de su utilización.

Por su parte, las propias características con las que se desenvuelven los procesos políticos también han sufrido modificaciones significativas y es un elemento que no debemos perder de vista.

Y bien, pese a la importancia y al peso de estas transformaciones, yo creo que muchas veces sentimos que nos faltan las palabras adecuadas para nombrar los fenómenos y para poder echar luz sobre las pistas a seguir.

En este marco, preocupado por esta trayectoria de debates, me voy a permitir hacer estas reflexiones que las expondré como se ha anunciado, como ocho notas sucesivas.

La primera: En los años que corren y ante la fenomenal expansión de la TV y de las nuevas tecnologías interactivas a las que hacemos referencia, parecen ser dos las grandes respuestas principales que se ensayan. Examinémoslas brevemente.

Por un lado, bajo la tesis general de la espectacularización de la política, un número significativo de investigadores y ensayistas, particularmente en América Latina, hace énfasis en los riesgos para la democracia que entraña la degradación de las formas propias del debate argumentativo, sometido a los 30 ó 60 segundos que el tiempo televisivo le impone para dar a conocer sus ideas, entre las interrupciones de las tandas de anuncios comerciales. También tienden a señalar el modo en que la discusión general de los grandes asuntos viene reducida o sustituida por notas sensacionalistas, el culto a los temas escandalosos y, con frecuencia, hasta cuestiones que son de la vida privada de los propios dirigentes políticos en vez de prestar atención a sus ideas, cuando no de la vida de artistas o figuras diversas del espectáculo.En síntesis, según esta perspectiva, entre democracia y show habría incompatibilidades insanables.

Por el otro lado, la otra gran respuesta que yo siento que se perfila en los últimos años pasa por la tesis de la teledemocracia. Otro conjunto de autores augura futuros promisorios e incluso, diría, hasta la resolución de ese punto ciego que la filosofía política y la ciencia política contemporánea más bien ha dado por inevitable desde que hace doscientos y tantos años Russeau nos advirtiera contra las deformaciones que la representación implicaba en la vida democrática.

Ese punto ciego, podría ahora, gracias a las nuevas tecnologías, resolverse permitiendo, propiciando, haciendo factible según algunos, la asamblea electrónica, una suerte de ágora rediviva, donde todos, de alguna manera podríamos participar.

Según otros (por ejemplo un politólogo muy importante, Robert Dall) han llegado a conjeturar que es posible la formación de minipopulus, de pequeñas comunidades deliberativas que puedan tratar democráticamente temas durante ciertos períodos por pantalla. Esta aparece como casi una contrafigura de la perspectiva que supone que el encuentro de las tecnologías con los fenómenos de comunicación, en realidad degrada la política. En este otro caso, el encuentro de las tecnologías parece darle ganancias a la democracia.

A mi modo de ver, estas grandes respuestas señalan con claridad aspectos posibilidades o problemas que realmente no debemos olvidar, creo que, de una u otra manera, cada una a su modo, pone el dedo en un renglón importante, pero al menos en el común de sus formulaciones, padecen creo yo, de la misma debilidad.

En ambas, tanto la tecnología como la política resultan autonomizadas de las relaciones sociales en las que, en realidad, se forjan, en las que adquieren su sentido.

La política, sumida bajo su formato democrático, aparece como la abstracción mitológica del debate racional y de la participación responsable: la tecnología, como un sistema de recursos definidos, ya sea para restringir, ya sea para posibilitar la puesta en escena de la ágora ateniense.

Va la segunda: Me interesa detenerme un minuto en lo que implica esta autonomización en particular del vector tecnológico, una autonomización a la que estamos muy habituados y muchas veces hasta ni reparamos en ella. Tanto nos sorprende muchas veces la tecnología en nuestra propia vida cotidiana, los adelantos tecnológicos, que efectivamente los separamos de las relaciones sociales en las que esa tecnología se forja.

Veámoslo por ejemplo en los dos casos que señalábamos, el de la espectacularización y el de la teledemocracia. En ambos, yo diría que la tecnología es como si hiciera las veces de la variable independiente, por decirlo en pocas palabras; como en la hipótesis de la espectacularización, el acercamiento que se hace a lo tecnológico es crítico, es negativo en el encuentro con la política La democracia pierde por nocaut en el primer asalto.

Esta visto que la TV no es el lugar más propicio para sesudos debates racionales y menos aún cuando los anunciantes reclaman por el raiting. En cambio, en el segundo caso, el encuentro que también es arrollador deja enormes ganancias a la democracia, que ahora suma a su favor, el horizonte entero, decíamos, de posibilidades que le ofrece una tecnología que disuelve los problemas que se interpongan.

Como se ve, la exterioridad de lo tecnológico respecto de las relaciones sociales en las que interviene, es radical. Es obvio que el lugar asignado es el de un "deus exmáquina" como solía decirse hace mucho tiempo, o si se prefiere una glosa clásica diríamos que todo ocurre como si estuviéramos ante un nuevo fetichismo: el fetichismo de la tecnología, y probablemente su secreto sea el mismo que aquél otro fetichismo de hace casi 150 años.

En rigor, la tecnología no determina las relaciones sociales ni las políticas, desde ningún afuera. Hoy probablemente pueda decirse que sin duda refuerza la orientación y las reglas de unas relaciones sociales que han podido condensar en la tecnología su modo de aprehender el mundo, de vincularse con el mundo haciéndolo eficaz y lo que a veces es mas grave, haciendo aparecer como natural lo que en rigor es evidentemente construcción social. Por decirlo en dos palabras, la tecnología no determina las relaciones sociales, la pólvora no determina la guerra.

No pretendo insinuar ninguna neutralidad de la tecnología y que, por lo demás, es otra forma de la misma abstracción. Por el contrario, lo que me interesa es afirmar que la tecnología se desarrolla en la dirección de las relaciones sociales nominantes.

A la prensa de Gutenberg, por ejemplo, le llevó prácticamente dos siglos desarrollarse para ser el motor de los debates en la Europa prerrevolucionaria y posterior. Antes de eso, se había desarrollado en la dirección de la reforma protestante, poniendo mas fácilmente en contacto directo a los fieles, a los creyentes con la palabra de Dios. Había sido otro uso social y otra condensación de relaciones sociales bastante distinta.

Creo yo que la omisión de las relaciones sociales en las que la tecnología se inscribe conduce con frecuencia a reduccionismos. Vamos a nuestros casos. Una buena posición de la literatura especializada en el campo de los estudios de la comunicación, ha sostenido en los últimos tiempos, con mucho énfasis, que los medios hacen la política: sea fabricando candidatos, como en el caso multicitado de Collor de Melo, por ejemplo; sea gobernando el debate, como en el caso de los programas notorios de opinión en cada país; o sea reconvirtiendo la política su propia negación, una suerte de pan y circo moderno.

En rigor, estas interpretaciones no difieren, en lo sustantivo, de aquellas que hace 30 años aproximadamente aseguraban que los intereses políticos gobernaban la programación de los medios y determinaban su información, etcétera.

Si el análisis de la relación política-medios, en aquél entonces, explicaba a los medios por la política, ahora ocurre a lo inverso; es como si estuviéramos tentados a explicar la política por los medios, sin hablar de tanto político que explica sus errores por problemas de comunicación.

Dejemos por un instante la tecnología. Si nuestra preocupación es la democracia, en realidad nuestra preocupación es la sociedad civil. A partir de ella y por ella, esa preocupación se extiende hacia las formas en que el sistema político puede poner en marcha para su más libre expresión y participación.

Pero rescatar en este sentido la perspectiva de la sociedad civil supone preguntarse por los modos en que ella se vincula con los procesos políticos. Claro está que la respuesta no es una, sino múltiple y por ejemplo, en primer término, obviamente debe aludirse a la operación del voto que con sistemática regularidad devuelve a la ciudadanía un importante poder de decisión.

Además nos interesa rescatar otra forma de vinculación, que muchas veces por su extrema contigüidad con la esfera misma de lo estrictamente político, resulta colocada en una superposición que confunde. Me refiero a la esfera de lo público.

Por obra de la modernidad hemos naturalizado una cierta sinonimia entre lo público y lo político, un poco a la manera de la Roma clásica.

La democracia moderna, incluso como propuesta y como batalla por su consecución, significa y ha significado precisamente el intento de conquistar una radical publicidad de los actos políticos y constituir al debate ciudadano en el resorte de las grandes decisiones, en condiciones de visibilidad y accesibilidad generales, de transparencia.

Pero esta prescripción está lejos de permitirnos sancionar la perfecta coincidencia de la política con la esfera de lo público.

Alguna vez podríamos señalar que, tan pronto nació la esfera de lo público, nació, por ejemplo, el secreto de Estado, que es la más clara, inmediata y obvia contraposición al proyecto de la transparencia.

Hace dos siglos, el entonces naciente mundo burgués moderno significó, por excelencia, la construcción de un espacio público para atraer hacia él la construcción cotidiana de lo político. Pero bien vistas las cosas, ni este propósito supone la identidad de lo público y de lo político ni aun si lo supusiese podríamos hoy decir que se ha cumplido.

Cabe entonces sostener la distinción: a nuestro juicio, la sociedad civil plantea y elabora su relación con los institutos del poder político, más allá de las regulaciones jurídico-electorales, precisamente a través de la esfera de lo público y en particular de lo que se ha dado en llamar "la esfera de la opinión pública", que opera como una bisagra cotidiana privilegiada para los múltiples y complejos juegos de relación Estado-sociedad.

Como decía en esta afirmación, se pueden entrever la clásica tesis expuesta respecto de lo que se denominó "la publicidad burguesa", en el contexto de la transición del antiguo régimen a las modernas repúblicas.

Nos atrevemos a extender la noción de este espacio tenso, en el que se articulan sociedad y Estado, más allá de los requisitos "raciocinantes" que le impone, al referirse a una transición que se cumple en el siglo de las luces. La transición en la que hoy nos encontramos no es precisamente ni guiada ni azuzada por la ilustración.

Claro está que esta bisagra que constituye el espacio de lo público, podrá ser débil o fuerte, discriminatoria o inclusiva, más abierta o más refractaria a expresar los propios procesos que atraviesa la sociedad que la nutre. Y de ningún modo dará lo mismo que sea de una característica u otra, pero, en cualquier caso, seguirá siendo ese lugar, por excelencia, en donde las aspiraciones, temores, tensiones de la sociedad civil respecto de su propia situación y de su futuro se colarán hasta hacerse visibles, hasta expresarse como reclamos o como sueños, al menos, cada vez que la República incumpla con su precepto de ser casi ella misma la ciudadanía.

No hace falta argumentar que este incumplimiento es, en rigor, algo bastante frecuente.

Quisiera cerrar este tercer punto con una afirmación: es la esfera de lo público -y no la política- lo que las tecnologías de comunicación contribuyen decisivamente a construir. Cuando la República -lo estoy diciendo en el sentido emblemático, en el sentido casi ideal- pierde transparencia y la democracia se enturbia, las tecnologías de comunicación contribuyen a edificar un espacio de lo público, a través del cual la sociedad civil expresa sus distancias con los institutos políticos del poder.

Me interesaría subrayar tres rasgos en esta noción de una esfera de lo público, que articula sociedad civil-Estado:

En primer término, esta esfera es la de la visibilidad universal, formen parte o no de ella las decisiones de los institutos políticos. Quiero decir que hay tendencias que todos conocemos, que no hace falta argumentar, en las que por la complejidad misma de los sistemas políticos contemporáneos, la publicidad de las decisiones se restringe progresivamente. A veces por razones de la propia tecnocracia, del propio posicionamiento tecnocrático intrincado, interno; a veces por razones de manejo y control político.

Pero no sólo es el espacio de una visibilidad del funcionario público, sino es también el que define el régimen de visibilidad predominante en un contexto social. Es en este espacio donde pueden advertirse las definiciones que la sociedad construye sobre lo que debe darse o lo que no; lo que merece ser visto y lo que no. ¿Cómo ver lo visible?

Con el advenimiento de la sociedad moderna, por ejemplo, fue el cuerpo y sus funciones las que se sustrajeron a la visibilidad pública para dar lugar precisamente a esa noción de privacidad, de intimidad que hoy parece desmoronarse.

Y cuando la discusión política inundó, las casas de café parisienses y londinenses para protestar contra las medidas arbitrarias del monarca o del régimen monárquico, la regla era que se suspendían provisoriamente las alcurnias o interrogaciones acerca de los orígenes de los distintos parroquianos para atender y ver exclusivamente su información o sus opiniones.

En segundo lugar, este espacio de lo público elabora su propia autorrepresentación; se hace visible en lo que implícitamente considera que debe ser visto por todos, por sí misma, por el Estado.

En tercer lugar, y como ya anticipamos, la esfera de lo público no puede sino estar atravesada por las tecnologías de comunicación que la hacen posible y que al mismo tiempo refuerzan la orientación de sus formas dominantes. Cuando nos referimos aquí a tecnologías de comunicación yo quisiera decir que lo hacemos en el sentido más amplio posible del término. No me refiero solamente a los que hemos convencionalizado como los medios de comunicación. Estoy convencido de que por supuesto en distintas medidas la sociedad civil recurre a las más diversas tecnologías de comunicación para hacer visibles sus tensiones.

En el modelo canónico del espacio público el debate emplaza a tabernas o al mismo parlamento, por ejemplo, no son pensables sino por la articulación que le presta la palabra impresa para hacerla circular, para darle entidad, para permitir su debate. Sin la palabra impresa lo que fue la formación de lo que fue aquella transición hubiera quedado circunscrito a distintos intercambios orales.

Se podrían dar mil ejemplos en ese sentido pero vamos un poco más cerca en el tiempo, a casos bastante claros en los que la sociedad civil recurre a las tecnologías que puede tener disponibles de comunicación para aflorar, para hacerse visible: por ejemplo, en los años 70 en Europa, las FM libres o piratas; o en la sociedad soviética, previa a la glasnot, las cartas y manifiestos de la disidencia; o mil y una vez los graffitis en las paredes de cualquier gran ciudad. Y por supuesto la TV.

Las tecnologías de comunicación imprimen sus códigos en la construcción de la esfera pública en la medida en que participan en esta elaboración. Sus reglas serán las reglas de la visibilidad y si la TV hoy es la tecnología dominante en esta elaboración, las reglas de la TV tenderán a ser las reglas que, en general, asumamos para los procesos de comunicación.

Un rasgo más me interesa señalar, y es el rasgo oscuro, es el rasgo difícil. En su autorrepresentación, la sociedad civil no disimula demasiado que ella tampoco es la armónica reunión de los individuos libres e iguales que soñó la República. La sociedad civil en rigor es un conglomerado de desigualdades, de conflictos, de relaciones de poder no directamente políticas. Y el espacio de lo público será expresión de esa sociedad civil con todos sus lastres.

A riesgo de ser esquemáticos, sería conveniente distinguir en este sentido el modelo canónico, al que hemos hecho referencia, de formación de la moderna sociedad civil y de espacio de lo público, de aquel que no sea relativamente más cercano, que no es el del cuadrante noroccidental del planeta, como decía un politólogo.

En los países que se formaron bajo modelos coloniales o neocoloniales o inclusive en aquellos que algunos han denominado tardocapitalistas, es frecuente que se produzca un ingreso al siglo XX, un ingreso a los procesos de modernización, incluso a los procesos más o menos democráticos que cuando menos garantizan el voto periódico de la ciudadanía, bajo un régimen político fuertemente centralizado y de control social. Y entonces aquí el fenómeno es distinto; en esto América Latina creo que ofrece varios ejemplos.

Y me parece importante advertir que cuando en estos casos se avanza en procesos hacia una democracia más madura, más profunda, más avanzada, la sociedad civil que debe participa de ella, muchas veces es una sociedad civil débil, una sociedad civil que no ha alcanzado, no ha maserado su autonomía de los institutos del poder político.

En cambio, esa sociedad civil es una sociedad civil débil porque a veces es extremadamente desigual donde algunos grupos particulares y los intereses de algunos grupos particulares predominan extraordinariamente sobre el conjunto. Y entonces aquí se plantea un problema. Cuando estamos pensando en estos grupos, son a la vez aquellos que ejercen libremente el derecho de organizar empresas rentables, con productos culturales, con objetos de información y comunicación. Y entonces, estas desigualdades harán sentir su peso de modo en que el espacio público pueda avanzar hacia su propio desarrollo. Yo diría cuál es, en ese caso, el papel que le cabe al Estado, cuál es el papel que le cabe al poder político y de qué manera enfrenta estas desigualdades de la propia sociedad civil a la que en realidad le interesa que crezca libremente.

Durante décadas, una de las alternativas que se proponía habitualmente en América Latina era el control gubernamental, mucho más que el estatal y en el control gubernamental de los medios y en especial de la TV, bajo el supuesto de que los organismos de gobierno asumirían los intereses generales de la población, con mayor fidelidad que los poderosos grupos particulares.

Error, ni los poderosos grupos particulares dejaron de serlo ni -lo que es igualmente relevante- se favoreció por esa vía la autonomía general de la sociedad y el desarrollo de sus posibilidades. Las tecnologías de comunicación fueron reducidas a nuevos instrumentos de control social, esto es, lo contrario de lo que se pretendía, y la sociedad civil muchas veces derivó en una suerte de minoridad a ser cuidada.

En otros casos, la alternativa que se planteaba era más pragmática. Entre las instituciones del poder político y los grandes grupos particulares, en definitiva, era posible llegar a acuerdos sensatos para que los medios fueran "más abiertos", "más democráticos", "más objetivos".

Error, diría. Aun cuando los grandes grupos se avinieran a algún acuerdo, no era la democracia la que ganaba, no era la sociedad civil la beneficiada en un esquema en el que los propios organismos del Estado actuaban como un factor de poder más corporativamente, sin que la sociedad ganase un ápice en sus posibilidades de expresión.

¿Qué queda entonces? ¿Qué es lo que puede hacer un gobierno democrático en favor de la democracia? Simplemente voy a sumar estos argumentos a favor de una respuesta que en esta conferencia ha sido bastante coincidente.

Creo que lo que le cabe por sobre todo a un gobierno democrático que quiera avanzar en la democratización, es propiciar, permitir, facilitar todo lo posible la ampliación de los espacios públicos, de los espacios en los que la sociedad pueda elaborar su propia vinculación con los institutos del poder y pluralizar, facilitar, propiciar, avanzar en la pluralización, sea interna o sea externa, de los dispositivos que tengan lugar en este espacio público.

Yo diría: prácticamente sin ninguna restricción, salvo una, la de todos aquellos fenómenos que conspiren contra este mismo propósito. Valga decir claramente monopolios, oligopolios.

Hay otro problema en esta perspectiva: las tendencias actualmente predominantes no hacen sencilla la tarea de ampliar los espacios públicos y promover la pluralidad.

En todo el planeta, como se ha dicho, las grandes fusiones en el negocio de las comunicaciones parecen signar totalmente la coyuntura. En este marco, a la TV le toca condensar hoy un nuevo modo con el que la sociedad se visibiliza y representa a sí misma. Ese modo es paradójicamente o aparece como paradójicamente el de la despolitización, y la TV cumple este papel a la maravilla, sirve para condensar estas formas de la sociedad hoy tendiente a la despolitización, al desinterés por lo político, de una manera bastante eficaz.

Es obvio que la esfera de lo público aparece todos los días crecientemente ocupada por cuestiones que poco vinculan a las decisiones de la vida colectiva, desde episodios sentimentales de una top model, hasta el desarrollo sistemático de la información policial. Pero no es exactamente esto lo que debe sorprendernos ni es exactamente esto lo que estoy llamando como despolitización.

Cualquier estudio sobre los medios sabe que la prensa sensacionalista tiene una larga historia, no debemos asombrarnos tanto. Me parece que de lo que se trata es de que en estos años la problemática de lo común y el debate político tienden a abandonar el centro del espacio de lo público, ese centro que ostentó seguramente en los últimos 200 años. Esta pérdida de la centralidad por parte de lo político se observa en cuanto a su jerarquía respecto del conjunto de los fenómenos que preocupan a la sociedad, como en cuanto a esa tan largamente ostentada capacidad para ser el elemento organizador, el eje articulador del espacio de lo público, de la propia autorrepresentación social.

Y ¿qué sucede en el marco de esta pérdida de la centralidad?. El espacio público tiende a ferializarse. Y con este término yo quisiera aludir a esa otra vieja forma, tampoco para sorprenderlos demasiado, a esa otra vieja forma casi primitiva de lo público por donde comenzó la historia: la plaza que reunía acróbatas y feriantes, a magos, historias fantásticas, almanaques con recetas de cocina y noticias de niños nacidos con dos cabezas.

Hoy, todo indicaría que la escena de lo público, en el macro de los medios que predominan en ella, se asemeja mucho más a algunos rasgos que en realidad eran premodernos, más que a los que esperamos que efectivamente tengan lugar de acuerdo a lo que nos enseñaron que tenía que ser.

A mi entender, esta ferialización contemporánea no es resultado de la TV, aunque como decía, la TV funciona con eficacia. Más bien me inclino a pensar que el espacio público se ferializa cada vez que amplios sectores de la sociedad, en este caso de una sociedad cuasi continental o planetaria, supone que ningún horizonte es demasiado verosímil. Ninguna discusión sobre lo común, ninguna participación personal habrá de cambiar significativamente el estado de las cosas, y cuando esta posibilidad entra en juego, los asuntos, en cambio, cuando sí entran en juego estas posibilidades, los asuntos políticos recuperan jerarquía.

Son frecuentes las críticas que hacemos a la televisión. Por supuesto sería muy bueno que mejoraran los programas por la cuestión de buen gusto, no sé si por una cuestión de democracia... Por supuesto que el buen gusto no está reñido por la democracia, pero son muy frecuentes las críticas que hacemos a estas tendencias que exponen hoy los medios masivos, las tecnologías de comunicación sobre la mesa ante nuestros ojos.

Me parece que antes que atribuirlas a los medios, a las tecnologías, convendría concebirlas como un problema de los propios procesos democráticos, como un problema político de la representación de la sociedad civil, un problema del que primero deberían hacerse cargo los propios dirigentes políticos, en tanto que dirigentes, no que funcionarios de un sistema.


* Sergio Caletti es investigador y profesor titular de Teorias de la Comunicacion en la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de Entre Rios, en Argentina. Vicedecano de la Facultad de Ciencias de la Educación de esta ultima (UNER). Este texto es la versión estenográfica de su exposición oral en la Conferencia Internacional "El derecho de la información en el marco de la reforma del Estado en México", realizada en mayo de 1998 bajo los auspicios de la Comisión de RTC de la Cámara de Diputados, la Universidad Iberoamericana, la Universidad Autónoma Metropolitana, la Fundación Konrad Adenauer y la UNESCO, y se reproduce en Sala de Prensa con autorización del presidente de la Comisión de RTC, diputado Javier Corral Jurado.


Tus comentarios, sugerencias y aportaciones
nos permitirán seguir construyendo este sitio.
¡Colabora!



| Volver a la página principal de SdP |
|
Acerca de SdP | Periodismo de Investigación | Etica y Deontología |
|
Derecho de la Información | Fuentes de Investigación |
|
Política y gobierno | Comunicación Social | Economía y Finanzas |
|
Academia | Fotoperiodismo | Medios en Línea | Bibliotecas |
|
Espacio del Usuario | Alta en SdP |
|
SdP: Tu página de inicio | Vínculos a SdP | Informes |
|
Indice de Artículos | Indice de Autores |
|
Búsqueda en Sala de Prensa |
|
Fotoblog |

© Sala de Prensa 1997 - 2008


IMPORTANTE: Todos los materiales que aparecen en Sala de Prensa están protegidos por las leyes del Copyright.

SdP no sería posible sin la colaboración de una serie de profesionales y académicos que generosamente nos han enviado artículos, ponencias y ensayos, o bien han autorizado la reproducción de sus textos; algunos de los cuales son traducciones libres. Por supuesto, SdP respeta en todo momento las leyes de propiedad intelectual, y en estas páginas aparecen detallados los datos relativos al copyright -si lo hubiera-, independientemente del copyright propio de todo el material de Sala de Prensa. Prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de Sala de Prensa sin la autorización expresa del Consejo Editorial. Los textos firmados son responsabilidad de su autor y no reflejan necesariamente el criterio institucional de SdP. Para la reproducción de material con copyright propio es necesaria, además, la autorización del autor y/o editor original.