Sala de Prensa

106
Agosto 2008
Año X, Vol. 4

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   


Un recuerdo de Roberto Fontanarrosa, a un año de su muerte

Sesenta pirulos... ¡Que lo parió!

Jorge Nardone *

Donde el sesgo de la calle Brown encaja con Wheelwright como la proa de un barco, la cuadrilla demuele viejos muros ferroviarios de ladrillos prensados. En la media mañana de un viernes de noviembre, alto sobre el río, el sol apura un poco el tranco de la ambigua, perezosa primavera.

De cara al ventanal, Roberto Fontanarrosa toma su café. En el bar hay un par de mesas ocupadas, soplidos de vapor, ruido de radio y golpes de vajilla.

Después de muchos años en Alberdi, se ha mudado ahí, a esa cuña céntrica frente a la costa, y a ese barcito hospitalario. “Nací, crecí y viví muchos años en la esquina de Corrientes y Catamarca, en el edificio Dominicis, segundo piso L, donde mucho tiempo después vivió también Huguito Diz”, dice, ya sobre los sesenta años de su edad y con más de cuarenta en sus entreverados oficios de dibujante, humorista, periodista y escritor. Alguna vez dijo que nació “negro y canalla”. Por suerte –se me ocurre anotar– fue en Rosario y no en Alabama.

No recuerda cifras precisas pero calcula que, entre cuentos y novelas, tiene unos quince títulos publicados, más numerosísimas ediciones de su producción gráfica. Incluidas las reediciones y las salidas anuales de Inodoro Pereyra y Boogie el Aceitoso, acumula cerca de setenta volúmenes en más o menos treinta años.

“Arranqué cuando Roberto Reyna, que transmitía box y fútbol por radio, amplió su agencia publicitaria con una sección gráfica. Armó un equipo con Alberto Mirtuono como dibujante; yo entré de pinche. Hacía café, pasaba alguna tinta, figuras, esas cosas. Trabajábamos en el edificio que está en la ochava noreste de San Lorenzo y Mitre”. La secundaria había quedado a media agua, abandonada en tercer año de la escuela industrial que hoy se llama Politécnico.

“Nunca se me había ocurrido trabajar en publicidad; a mí me gustaban las historietas. Pero mi viejo me conectó con Reyna y me aceptaron porque eran amigos, casi como un acto de beneficencia”. Anota que su padre, Berto, fue “gran jugador de básquet, un hombre de clubes, con muchas vinculaciones en el ambiente deportivo”.

Cuando Reyna abandonó su negocio publicitario en medios gráficos, Alberto Mirtuono creó la agencia Forma. Ahí fue a parar Fontanarrosa: “Alberto tuvo la buena fortuna de enganchar la publicidad de Mainero, fábrica de maquinaria agrícola, y armó su agencia en Santa Fe 1261, donde estaban todos: Omar Cuadros, Corredera, Galetto, los hermanos Cominotti; una banda. Había un montón de oficinitas; al edificio le decían La Cueva porque podían escaparse por un estacionamiento que estaba detrás, con salida a la calle Entre Ríos”.

Aunque de ancestros genoveses y franceses, Fontanarrosa luce –bien morocho y argentino– cierta gallardía berebere o de espadachín de la España de Felipe II. Infinitas tertulias de bar lo han curtido en “la insoportable levedad de la conversación”; es amistoso y amable, distante y cercano, explícito y cauto, candoroso y astuto.

En 1968 apareció la revista Boom. “La fundó Ovidio Miguel Lagos, un buen periodista con antecedentes profesionales fuertes, muy sólidos. Había laburado en Primera Plana, en la revista Adán; es un tipo capaz que juntó un grupo interesante de gente: estaban Rodolfo Vinacqua, Juan Carlos Martini, Rafael Ielpi, Gregorio Ceballos, Esvén Segovia, Carlitos Sanctis, Poly Laborde, Moresco, Pirucho Brescó, Pepe Ortuño, Puchi López... Tal vez me olvido de alguno”, dice, y agrega: “Fue una muy buena experiencia que duró hasta comienzos de 1970. Boom fue una revista costosa, muy costosa, presumo que hecha a pérdida total, con una periodicidad difícil. Era un mensuario de actualidad, hecha por un grupo humano excelente y con buenos contenidos. Ahí me di cuenta de que el periodismo era muy diferente de la publicidad; un laburo distinto, con otra libertad”.

En Boom, Fontanarrosa fue ilustrador: “Cuando todas las revistas hacían sus tapas con fotos, Ovidio quiso poner ilustraciones, y me llamó a pesar de que mi color siempre ha sido pobre. Además de las tapas, en la revista hacía de todo, avisos publicitarios y humor, en el que alternábamos un poco con Gregorio Ceballos”.

Cuando Boom desapareció de los quioscos, Fontanarrosa siguió con el humor en Deporte 70, otra revista rosarina de vida breve, y con sus trabajos para agencias de publicidad, hasta que su vinculación con la cordobesa Hortensia en 1972 disparó su carrera nacional.

Hortensia fue una creación de Alberto Pío Augusto Cognini y se publicó desde 1971 hasta 1990, aunque su época de oro –en la que llegó a vender cien mil ejemplares en todo el país– abarcó unos pocos años de la década del 70. Entre otros muchos talentos, Hortensia cobijó a Brócoli, Lolo Amengual, Crist, Ian y Caloi, además de Fontanarrosa.

“Fue una revista inesperadamente exitosa –cuenta–; alcanzó al país desde Córdoba, con gran repercusión en Buenos Aires. Ahí publiqué algunas historietas unitarias; primero, una parodia de Harry el Sucio, de Clint Eastwood, que luego fue Boogie el Aceitoso; después hice una gauchesca, Inodoro Pereyra, y luego seguí con las dos. De modo que esos personajes nacieron en Hortensia en 1972”.

Fontanarrosa rinde tributo a la publicación cordobesa: “Fue nuestra vidriera nacional, y esa divulgación que tuvimos ayudó mucho a que, en 1973, entráramos todos a trabajar en Clarín, donde ya estaba Caloi. Fue cuando el diario cambió su página de humor, dejó de comprar tiras extranjeras y optó por publicar a humoristas argentinos”.

También por esos tiempos, Daniel Divinsky lanzó Quién es Fontanarrosa, primer libro de la serie dedicada al rosarino que, sin interrupciones, publica Ediciones de la Flor desde hace más de treinta años.

Hoy, con más de un premio Konex a cuestas, y cuando Alfaguara acaba de lanzar en España el segundo volumen de sus Cuentos Reunidos (dos libracos así de gordos, que suman 1.688 páginas y que se venden a 26 euros cada uno), Fontanarrosa no olvida los orígenes de su vertiente literaria: “Empecé a mejorar mi escritura gracias a la amistosa guía de Juan Carlos Martini, de Rafael Ielpi, de Rodolfo Vinacqua, que me aconsejaron mucho y me ayudaron a ordenar mis lecturas y mi trabajo literario. Martini tenía entonces la librería Signos –una muy linda librería en Córdoba entre Paraguay y Corrientes– y armó Encuadre, una pequeña editorial que me publicó algunos cuentos bajo el título Fontanarrosa se la cuenta, que después reeditó Calicanto, de Buenos Aires, con algunos textos más y el título de uno de ellos, Los Trenes Matan a los Autos”.

El periodismo deportivo no le ha sido ajeno: Fontanarrosa ha publicado numerosos comentarios y crónicas sobre fútbol en Clarín, en el diario madrileño Marca, en El Mercurio, de Santiago, y en otros medios gráficos de lengua castellana.

Como todos, ha vivido su tiempo y su espacio social. Cultiva la memoria pero se aparta de la nostalgia. Siempre escuchó música popular: “Los Beatles me marcaron, como sucedió con toda nuestra generación. Antes, Los Plateros; después, Joan Manuel Serrat, por supuesto. Los poetas fuertes del folklore, como Hamlet Lima Quintana y Armando Tejada Gómez. Los cubanos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Al tango llegué de grande, como a muchos nos ha pasado”.

La bitácora de lecturas de Fontanarrosa arranca con “Emilio Salgari, Julio Verne, la aventura romántica de la colección Robin Hood y, por supuesto, la historieta, con Hugo Pratt y Héctor Germán Oesterheld”, sigue con los autores norteamericanos de sesgo periodístico como Ernest Hemingway, Truman Capote y Norman Mailer, y continúa hoy con la búsqueda de información más que de ficción, con la mira puesta en la filosofía, en la historia, en el intento de comprender el mundo, la sociedad y sus mudanzas. Nacido y criado en una ciudad que llegó a tener más de sesenta salas, Fontanarrosa pondera también la fuerte influencia que ha tenido el cine en su formación.

Mira hacia atrás y recuerda que le oyó decir a Manuel Puig: “Imagino al Paraíso como la Argentina de los años sesenta”, pero no cree que todo tiempo pasado haya sido mejor. “Mi familia era de clase media, bien media, sin sobresaltos ni carencias pero sin holguras. Aunque mi viejo, que siempre fue vendedor de seguros, se quejaba a veces, jamás nos faltó nada. Claro que tampoco sobraba, pero se podía pagar el alquiler de la casa, la ropa, la comida, el esparcimiento mínimo”, evoca.

Abomina los años de la dictadura –“un tiempo de mierda, muy de mierda”– y celebra que en la sociedad hayan aparecido inquietudes nuevas, positivas, como el interés por el medio ambiente. Rosario le gusta cada día más: “Es cierto que hay más inseguridad que antes, y eso conspira contra la calidad de vida. Pero la ciudad está mucho mejor en muchos sentidos”, dice, y destaca, entre las mejoras que se han hecho a la trama urbana, la apertura franca al río. “La ciudad empezó a cambiar con la intendencia de Horacio Usandizaga –sostiene–, y todos los que vinieron después introdujeron mejoras sucesivas. Todos; Héctor Cavallero, Hermes Binner y ahora Miguel Lifchitz”, asegura sin preferencias manifiestas.

La mañana ya es casi mediodía. Fontanarrosa, sin nada nuevo que contar, paga los cafés y, ya en la vereda, se despide. “Me voy a laburar un rato”, dice, y se las toma.


* Jorge Nardone es periodista y docente argentino. Este texto es el de una entrevista periodística realizada en noviembre de 2004, cuando Fontanarrosa cumplía los 60 años de su edad, y que se publicó en la revista institucional de la agencia publicitaria rosarina de Jorge Nazer, y compartido generosamente por su autor con los lectores de SdP.


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