Sala de Prensa

104
Junio 2008
Año X, Vol. 4

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Carlos Monsiváis y la mulata de Córdoba

El 25 de noviembre de 2006, Carlos Monsiváis recibió el premio literario (ex Juan Rulfo) de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Tanto su texto, como la presentación del premiado, a cargo de José Emilio Pacheco, fueron recogidos más tarde, en versión corregida, en un volumen que publicó el editor español Jorge Herralde en la Colección Argumentos de Anagrama, Las alusiones perdidas. El segundo es el que se reproduce a continuación.

José Emilio Pacheco *

Oigo lo que se fue, lo que aún no toco, y la hora actual con su vientre de coco…
Ramón López Velarde: La suave patria, 1921 

Conmemoramos aquí los cien años de Francisco Ayala y de Andrés Henestrosa. En el impredecible 2038 la Feria Internacional del Libro de Guadalajara celebrará en su presencia el centenario de Carlos Monsiváis. Los decanos de nuestra crítica literaria, Christopher Domínguez y Rafael Lemus, recordarán aquel distante 2006 como la primera apoteosis de Monsiváis ya que en esa fecha remota le correspondieron el Premio Nacional de Literatura, el Premio Ramón López y sobre todo el Premio 2006 de la FIL.

Por si esto fuera poco, recibió 234 doctorados honoris causa; entre libros y artículos vio publicarse 498 textos acerca de él: dio 329 conferencias, concedió 1,524 entrevistas; asistió a la inauguración de El Estanquillo, el museo que aloja 10,000 piezas de su colección, y durante la ceremonia en que se develó su estatua ecuestre en la plaza Garibaldi, un bacalao de Guanabacoa le predijo que aún le esperaban el Premio Cervantes 2012, el Príncipe de Asturias 2015 y el Premio Nobel 2018 que recibió en su octogésimo aniversario.

Monsiváis llegó a Estocolmo en medio del estruendo provocado por el hecho de que, al abrirse al público los archivos secretos del espionaje mexicano, Adolfo Castañón descubrió el gran libro perdido de la literatura nacional: las célebres Conversaciones telefónicas (1957-2017) que recogen lo que llaman los anglosajones the wit and wisdom, es decir el ingenio y la sabiduría de Carlos Monsiváis. Desde entonces en la Universidad de Salamanca hay un seminario permanente que discute cuál es la obra cumbre de la maledicencia en lengua española: si las Conversaciones de Monsiváis o el tomo-bomba de tiempo que, tal vez sin proponérselo, dejó Adolfo Bioy Casares acerca de lo que Jorge Luis Borges decía en la intimidad.

Ya en el irrecordable 2006 Monsiváis era el más público de los escritores mexicanos y al mismo tiempo el más secreto, el más elocuente y el más reservado, el más famoso y el más incógnito. Nadie puede responder a la pregunta de quien es Monsiváis. Acerca de él empieza a desarrollarse una leyenda como la que inventó Humberto Eco sobré Borges.

El ciudadano Monsiváis murió en 1991 de una enfermedad contagiada por los innumerables gatos que alojaba en su casa de Portales. Su muerte se mantuvo en secreto por las consecuencias que tendría sobre la industria editorial mexicana. Para evitar el desempleo masivo de quienes imprimen, distribuyen y venden libros, revistas y periódicos y aun de los que fabrican el papel, una serie de escritores encabezados por Sergio Pitol contrató a un viejo actor de la época de oro del cine mexicano para que representara en las universidades, los foros, las pantallas, los micrófonos, las casas, las calles y los cafés a este personaje singular. Mientras tanto un equipo multidisciplinario e inteligentísimo escribía sin descanso todos los libros, ensayos, artículos que hemos leído y seguiremos leyendo bajo la firma de Monsiváis.

Como el centenario de 2038, esta leyenda se encuentra todavía en el indescifrable porvenir. En cambio, ya existe otra, la de un día de octubre de 2004 en que, según ha podido documentarse, Monsiváis presentó a mismo tiempo un libro en El Colegio de México y otro en el Fondo de Cultura Económica. Simultáneamente participaba en una mesa redonda en Bellas Artes, era entrevistado en vivo por la televisión, contestaba preguntas en un programa radiofónico de teléfono abierto y redactaba con un bolígrafo de hotel su artículo para El Universal.

La primera hipótesis acerca de este enigma es que la ciencia nacional ya ha logrado en secreto la clonación: hay un ejército de Monsivaises que fingen ser una sola persona. La segunda se apoya en la magia del México profundo: como la protagonista de la más hermosa historia fantástica inventada anónimamente en este país, La Mulata de Córdoba, Monsiváis posee el don de la ubicuidad, la solidaridad con los oprimidos, el poder de escapar a todo lo que pretende cercarlo y el privilegio de la eterna juventud.

Nadie ha recordado que en 2006 se cumplieron también cincuenta años desde que publicó en la revista estudiantil Medio Siglo su ensayo sobre la literatura policial, asombroso tanto para un adolescente de dieciocho años (hay que ver, y espero que nadie los vea, mis textos de esa edad) como para cualquiera que hoy mismo lo escribiese. En 1958 saldría en la misma revista otro vasto ensayo pionero sobre la ciencia ficción. Antes que el gran cronista por todos conocido se hicieron presentes en Monsiváis el joven poeta que renunció a escribir versos, no a leerlos ni a apreciarlos, el narrador de un cuento. “Fino acero de niebla”, que anticipó la veta narrativa del Nuevo catecismo para indios remisos y se adelantó en ocho años a la llamada literatura de la onda, el ensayista y el crítico y en primer lugar el gran lector.

Practicante del arte de la memoria, Monsiváis es quizá el último que se sabe poemas enteros. Por algo deslumbró a Pablo Neruda cuando Carlos Fuentes lo llevó a conocerlo en París y Monsiváis le recitó sin un solo error páginas y páginas de sus libros. Esa capacidad infinita de recordar la extiende a todos los campos y abarca todas las culturas. Su obra y su persona son sin retórica la memoria de México.

Los estudiosos de Monsiváis son legión. Conocen su obra como no llegaré a abarcarla jamás, aunque aspiro a ser su lector más antiguo y constante. Elena Poniatowska y Sergio Pitol han escrito páginas memorables acerca de él. Entre sus amigos cercanos, ellos tienen más derecho que yo para estar aquí. Sea como fuere, soy un testigo implicado que ha mantenido con Monsiváis una relativa amistad de medio siglo.

Durante muchos años nos vimos casi todos los días. Desde hace décadas rara vez conversamos, aunque los encuentros son siempre afectuosos y extrañamente suceden más bien fuera de México. No ha habido motivo alguno de discordia. Lo que ocurre es que no está nunca en la Ciudad de México y también que se ha vuelto imposible reunirnos como antes en lugares públicos porque la gente lo saluda en masa, le pide autógrafos o quiere tomarse fotos con él.

Esta arcaica familiaridad no me impide el ejercicio de la admiración. Siempre he tratado de no parecerme a los habitantes de Nazaret. Ellos, según el Evangelio, se preguntaban cómo iba a ser el Mesías ese Jesús que era el hijo del carpintero y jugaba con ellos en la calle. Intento distinguir, aunque son uno y el mismo, entre mi amigo Carlos y “Monsiváis”, el autor de Días de guardar, Amor perdido, Escenas de pudor y liviandad, Entrada libre, Las herencias ocultas del pensamiento liberal del siglo XIX, Los rituales del caos, Salvado Novo, Las tradiciones de la imagen, Aires de familia y tantos otros libros fundamentales. El solo enumerar sus títulos se llevaría todo el tiempo que me han concedido.

Carecer de generación equivale a no tener pasaporte ni tarjeta de crédito. Llegamos demasiado temprano para pertenecer a la onda, demasiado tarde para incorporarnos a la brillante promoción de 1932. Monsiváis y yo, con un año de diferencia, quedamos en el lugar de en medio, en la tierra de nadie, en la Nepantla que desde Sor Juana Inés de la Cruz se volvió el hábitat de la literatura mexicana. O en todo caso formamos nuestra propia y pequeña generación con Sergio Pitol, apenas unos años mayor.

Juntos conocimos un México que no tardaría en desaparecer, el país de José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Martín Luis Guzmán, Julio Torri y los muralistas: hicimos muchas publicaciones, colaboramos en México en la Cultura, La Cultura en México, la Revista de la Universidad, Excélsior, Diorama, Proceso, Sábado de Unomásuno y La Jornada Cultural con Fernando Benítez, Vicente Rojo, Jaime García Terrés y Julio Scherer García.

El primero que nos dio un espacio para aprender equivocándonos fue Elías Nandino. De ese suplemento de Estaciones que también cumplirá medio siglo en 2007 obtuvimos la ventaja adicional de no quedarnos aislados en la Ciudad de México. Desde entonces Monsiváis ha recorrido sin cesar el país entero. Si de alguien puede decirse que es un escritor nacional, sin que por ello deje de ser el más capitalino de todos, es de él. Monsiváis jamás ha dejado de presentarse dondequiera, de allí que no sea tan fantástica ni tan humorística la teoría de su ubicuidad.

La época exigía un testigo de excepción y lo encontró en él, desde la invasión de Guatemala en 1954, hasta el 68 y Tlatelolco, el terremoto de 1985 y sus consecuencias, la rebelión neozapatista de 1994, las devastaciones del neoliberalismo, la narcosaturación de la sociedad mexicana, la brutalización de nuestra vida diaria y todo lo que ha ocurrido entre estos hechos trascendentales. Podemos esperar para muy pronto su crónica de cuanto ha pasado en México durante el estremecedor 2006.

El gran cronista es el Monsiváis más conocido, el más necesario y, por decirlo así y desde ahora, el clásico. Clásico en el sentido de que no podrá dejar de leerlo quien aspire a conocer y a entender cómo hemos sido, qué ha pasado con nosotros en la segunda mitad del siglo XX, “el estúpido siglo XX”, diría un nuevo Léon Dauder, y en lo que va del aún más imbécil y siniestro siglo XXI.

Menos célebre pero no menos apreciado es el crítico de la poesía y de la narrativa mexicana. Su primera antología de 1965 es contemporánea de su inicial y hasta la fecha última Autobiografía, que merece reeditarse de inmediato. Considero extraordinaria su relectura de nuestro siglo XIX, porque cuando empezamos a escribir, con raras excepciones como la de José Luis Martínez y el propio Henestrosa, todo el mundo desdeñaba esa tradición.

Una gran diferencia entre Monsiváis y su maestro Salvador Novo es que en una época en que las “malas palabras” aún se denominaban “groserías” y no eran como ahora el habla común, el español de México en el siglo XXI, Novo propuso: “Mandemos pues henchidos el respeto/ don Ignacio Ramírez al carajo/ y a la chingada don Guillermo Prieto.” Es decir, envió a la basura nuestro doliente siglo XIX.

En los años setenta Enrique Florescano nos llevó al Departamento de Investigaciones Históricas del INAH y gracias a él pudimos leer esa menospreciada tradición que ahora está al alcance de todos gracias a las compilaciones de Boris Rosen, Nicole Giron, José Ortiz Monasterio y tantos otros.

Monsiváis también supo redescubrir para México ese tesoro enterrado. Ramírez y Prieto no son ni podían ser Tolstói ni Víctor Hugo. Pero son a su manera grandes escritores de un pueblo que acaba de nacer (y aún no termina de hacerlo) y son también los ministros de Benito Juárez por cuyas manos pasaron todos los incalculables tesoros de la Iglesia y no se quedaron con un céntimo. Cuando ante el avance del ejército francés Juárez tuvo que salir de la capital, Ramírez, que era parte de su gabinete, lo siguió a pie porque no tenía ni para alquilar un caballo, ya no digamos un carruaje. Y a su muerte hubo que empeñar todos los muebles de su casa para poder enterrarlo. Hay un leve contraste entre el México de los liberales de entonces y el México de los neoliberales de hoy.

Un crítico se prueba también por su capacidad de contradecirse y rectificarse. Me parece ejemplar que Monsiváis, en principio desdeñoso de Amado Nervo, haya sido capaz en estos años de dedicarle un libro entero. Otro volumen requeriría el examen de su relación con Octavio Paz, a quien consagra Adonde yo soy tú somos nosotros. En 1978 polemizan y esa discusión es ejemplar para nuestros días, pues muestra la absoluta necesidad de la crítica a todo y a todos y lo imprescindible que resulta la urgencia de dejar atrás la injuria y el deseo mutuo de exterminio para volver a practicar la indispensable polémica.

Seis años antes, en 1972, Paz añadió a la reedición barcelonesa de Puertas al campo un párrafo que vale la pena resaltar y no he visto citado:

El caso de Monsiváis me apasiona: no es ni novelista ni ensayista sino más bien cronista, pero sus extraordinarios textos en prosa, más que la disolución de esos géneros, son su conjunción. Un nuevo lenguaje aparece en Monsiváis –el lenguaje del muchacho callejero de la ciudad de México, un muchacho inteligentísimo que ha leído todos los libros y todos los cómics y ha visto todas las películas, Monsiváis: un nuevo género literario.

Así pues, un gran acierto del jurado del Premio de la FIL 2006 ha sido consolidar de una vez y para siempre este género único, suyo, nuestro y de todos: el ensayo-relato-crónica de Monsiváis, singularidad que sin embargo cada día tiene más seguidores.

Como uno de sus clásico, Borges, dijo sobre otro de sus clásicos, Quevedo, el escritor al que hoy hacemos entre todos el más merecido de los homenajes es “menos un hombre que una dilatada y compleja literatura”. Aquellos dos adolescentes de 1957 entramos ahora en la última jornada y ya jamás tendré oportunidad de decir esto en público. Termino entonces con la expresión de una gratitud que estoy seguro es compartida: Gracias, Carlos Monsiváis, por habernos dado en tantas páginas que no olvidaremos el testimonio, la constancia, la experiencia, la perduración critica, irónica, dolida, inclemente y también compasiva y solidaria de todos nuestros ayeres.


* José Emilio Pacheco es poeta, narrador, guionista de cine, crítico, traductor, investigador y periodista cultural mexicano. Este texto fue publicado en el semanario Proceso.


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