Sala de Prensa

102
Junio 2007
Año IX, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Más y más poder

“¿Quién es Hugo Chávez? ¿Un verdadero revolucionario o un neopopulista pragmático? ¿Un demócrata que intenta construir un país sin exclusiones o un caudillo autoritario que ha secuestrado el Estado y las instituciones? ¿Quién es este hombre que agita un crucifijo mientras cita al Che Guevara y a Mao Tse Tung?”, se preguntan la periodista Cristina Marcano y el escritor Alberto Barrera en su libro Hugo Chávez sin uniforme, obra publicada por editorial Debate y en la que realizan un perfil biográfico del presidente venezolano. Con autorización de la editorial, se reproducen fragmentos del ultimo capítulo del libro, en el que los autores concluyen: quien quiera que sea Chávez, un obsesión lo delata: el poder. 

Cristina Marcano y Alberto Barrera *

Corría el año de 1999. Jesús Urdaneta todavía estaba al frente de la Dirección de los Servicios de Inteligencia cuando el presidente Hugo Chávez le habló y le dijo: “Ese viejo vagabundo me tiene harto, metiéndose conmigo. Encárgate de eso, ¿sí?”.

Chávez se refería al sociólogo argentino Norberto Ceresole, a quien desde ese momento se le dieron 48 horas de plazo para abandonar el país. No era la primera vez que era forzado a salir de Venezuela. Cuatro años antes, el 14 de junio de 1995, durante el gobierno de Rafael Caldera, fue detenido por la policía política y expulsado del país. En aquel entonces fue acusado de asesorar a Hugo Chávez Frías. Paradójicamente, el mismo Chávez era el que sentía cuatro años después que su exasesor le era incómodo.

Ceresole y Chávez se conocieron en Buenos Aires en el invierno de 1994 (…) La empatía fue inmediata. Luego volvieron a encontrarse en Colombia y, a finales de 1994, en Venezuela. Hicieron juntos alguna gira por el interior del país, viajando en una camioneta destartalada (…) De esos tiempos, se le atribuye a Norberto Ceresole haber sembrado en el exgolpista una teoría que, sustentándose en la unión del ejército y del pueblo en un movimiento cívico-militar, justifica la necesaria concentración del poder en un solo jerarca.

Mucho se habló, durante aquel 1999, de la existencia de dos chavismos enfrentados: uno democrático, representado por la figura de José Vicente Rangel, y otro militarista, cuyo vocero principal habría sido Norberto Ceresole. Acusado, sin embargo, de neofacista, antisemita y loco, el sociólogo argentino terminó alejado del país. Murió en Buenos Aires en el año 2003. Aún así, en lo que aparenta ser su derrota, resulta bastante factible confirmar que algunas de sus propuestas calaron muy bien dentro del proceso venezolano y dentro del desarrollo personal de Hugo Chávez. En la fórmula del sociólogo argentino, publicada formalmente en Madrid en el año 2000, se establece que el caudillo garantiza el poder a través de un partido cívico-militar, que funge como intermediario entre la voluntad del líder la masa. El modelo lleva el nombre de “posdemocracia” y destaca, entre sus valores, el mantenimiento de un poder concentrado, unificado y centralizado (…)

Chávez jamás ha renunciado a la simbología castrense. Al juramentarse como nuevo presidente, obtuvo también, como lo establece la Constitución y de manera instantánea, el cargo de Comandante en Jefe de la Fuerza Armada Nacional. Probablemente para un ciudadano proveniente de la vida civil, este hecho no tendría la misma significación que tuvo para Hugo Chávez. La democracia lo devolvió al ejército. Fue como un atajo para un meteórico ascenso dentro de su carrera militar.

Cuando llega al poder, esta circunstancia se hizo evidente: desde la implementación de planes sociales administrados y gerenciados por los distintos cuerpos de la Fuerza Armada, hasta el uso del uniforme en algunas de sus actuaciones o alocuciones oficiales. También desde las constantes referencias a la historia y a la vida castrense, hasta la activación de la formación premilitar obligatoria en la educación secundaria del país. Basta con asomarse a la conformación de su equipo de gobierno para tener una idea de un nuevo protagonismo en las funciones públicas en el país:

(…) Según el diario El Universal, más de 100 uniformados, en su mayoría activos, ocupan cargos directivos y de confianza dentro de las empresas del Estado, en servicios e institutos autónomos y nacionales, fondos gubernamentales, fundaciones y comisiones especiales. Y para las elecciones regionales de octubre de 2004, 14 de los 22 candidatos propuestos por el oficialismo y designados a dedo por Chávez provenían del mundo militar.

La vida social venezolana ha vuelto a entrar en un contacto mucho más directo con el ámbito castrense. Hasta en el lenguaje se cuelan elementos que vienen de los cuarteles. En sus campañas Chávez organiza a sus seguidores en “patrullas” que deben levantarse “al toque de la diana” para ir a las urnas a librar “la batalla” y “derrotar al enemigo” (…)

Para el año 2001, Venezuela contaba con más generales y almirantes que México y Argentina en conjunto. Para el año 2004, violando lo que establece la Constitución Nacional, ya 120 civiles han sido juzgados por Tribunales Militares. Visto a la distancia, más de un analista lee en esta historia el guión inveterado de Norberto Ceresole, el proyecto de una Fuerza Armada transformada en partido político, en gerencia pública, en protagonista de la sociedad.

El “vengador”

Un sector de la sociedad ha acusado con insistencia a Hugo Chávez de promover la lucha de clases y el odio entre los venezolanos, de azuzar el resentimiento social, de haber dividido al país. Ante esto, los afectos al gobierno sostienen que la nación vivía en un espejismo de armonía; que Chávez no inventó las diferencias, que simplemente las puso en evidencia. Posiblemente, como suele ocurrir en más de un caso, ambas partes tengan algo de razón (…)

La imagen que los venezolanos tenían de sí mismos siempre integró un gran componente cultural de igualitarismo, de diversidad policlasista que –gracias a las sucesivas bonanzas petroleras– tejían unas relaciones sociales fluidas y sin fricciones. Esta imagen, no obstante, escamotea otra realidad: la enorme y creciente pobreza, el resentimiento de aquellos que se sienten excluidos de la gran fiesta nacional, de la riqueza natural del país (…) Pero también es cierto que la temperatura verbal de Chávez se convirtió rápidamente en un detonante altamente combustible. Su ferocidad discursiva, sin duda, fue muy efectiva en la batalla electoral. No sólo el país estaba preparado para él, también él ya estaba preparado para el país. “Cuando Chávez entró en escena con fuerza –dice Teodoro Petkoff– y empezó a hablar con fuerza, la gente no vaciló un solo momento. Era el vengador perfecto, hecho a la medida del desencanto y de la frustración de los venezolanos”.

Pero, a la hora de gobernar, esa característica pasó a ser un centro de producción de conflictos determinante. Chávez acusa, descalifica, insulta con excesiva facilidad. Chávez decreta la ley de “el que no está conmigo está contra mí”. Se trata de una estrategia, y de una forma de ser, que para más de un analista también pertenece al ámbito militar: el método de la confrontación (…)

En muy poco tiempo, los venezolanos comienzan a vivir en una efervescencia indescriptible. La política se ha “afectivizado” y se ha colado en todos los espacios de la vida social. Quien visita el país casi puede sentir que se encuentra en la inminencia de una guerra civil. No se trata de un problema ideológico o de un cambio drástico y concreto de los programas políticos. En eso también se emparienta con la tesis que sostenía Ceresole. El único debate está centrado en una sola persona, en la adhesión o el rechazo fervoroso al líder. Chávez sólo parece ser un afecto que se contagia, en contra o a favor. No hay más. El discurso desde el poder se ejerce de manera que no queden más opciones (…)

Frente a este punto, por supuesto, los análisis están igualmente enfrentados. La opción ubica el origen de esta situación en la violencia verbal de Chávez, en su estilo agresivo, en su manera de descalificar a la disidencia y exigir fidelidad absoluta a su proyecto. Del otro lado argumentan que se trata de una actitud meramente defensiva, que Chávez no arremete, sino que reacciona a ataques de sus adversarios (…)

Dentro de esta perspectiva (…) su agresividad sería una forma de protección. El periodista norteamericano John Lee Anderson, quien realizó un perfil del líder venezolano en 2001, si bien señala que ciertos rasgos de la personalidad de Chávez han propiciado la división del país, también critica a cierta dirigencia, política y empresarial, que se opone al presidente: “No están haciendo ninguna cosa que yo esperaría de gente con su educación y sus recursos. O sacan el dinero del país o conspiran todo el tiempo, diciéndole a los periodistas que los militares están ‘inquietos’, sembrando tensiones por todas partes. Desprecian y temen a Chávez, le dicen ‘mono’, y el nivel de discusión política es bajísimo, patético”.

Pero más allá del enfrentamiento entre la élite político-económica tradicional y el gobierno, la polarización en torno a Chávez no ha dividido el país de manera homogénea. No hay una línea que separe a ricos de pobres o a blancos de negros, como muchos pudieran pensar dado el maniqueísmo con el que ha llegado a ser tratado el asunto. Por el contrario, puede suceder, y sucede con frecuencia, que la división se produzca dentro de una misma familia. No es raro que los propios colaboradores del gobierno tengan problemas con sus familiares y amigos por sus preferencias políticas (…) En una misma familia puede haber chavistas  y antichavistas, así como puede haberlos dentro de un mismo vecindario con características socioeconómicas similares (…)

Lo que sí es evidente es que Chávez no rehuye los choques. Más bien, parece buscarlos, promoverlos. Suelen las revoluciones acudir con frecuencia a ese método: provocar conflictos para purgar instituciones. Según se sabe, antes de abril de 2002, el gobierno estaba enterado de que había una conspiración militar en marcha. El golpe de Estado sirvió para depurar a las Fuerzas Armadas. De igual manera, la huelga petrolera de diciembre de 2002 y enero de 2003, fue usada por el poder para “limpiar” a la empresa Petróleos de Venezuela. Con el despido de 18 mil trabajadores, el gobierno por fin tomó el control de la más codiciada pieza estatal. El mismo Chávez ha reconocido que él propició esa crisis (…)

“Contacto místico”

Donde unos ven firmeza y seriedad, otros denuncian autoritarismo; donde unos destacan liderazgo, otros sólo señalan espíritu mesiánico, un populismo desenfrenado. Donde unos encuentran responsabilidad, otros sólo hallan personalismo egocéntrico… Nadie, sin embargo, ni unos ni otros, pueden dejar de observar y reconocer el carisma que tiene Hugo Chávez. Esa magia que ha establecido con los pobres de Venezuela. Para ellos, la posibilidad de que exista un Chávez público y otro privado es una hipótesis impensable. Para ellos, Chávez es un sentimiento profundo, incuestionable; una emoción que ya se ha vuelto una fe.

La raíz original del poder de Chávez reside en el vínculo afectivo y religioso que establece con los sectores populares del país. Es lo que el teórico Peter Wiles, refiriéndose al populismo en América Latina, ha denominado “contacto místico con las masas”. Chávez siempre está cerca. Es un símbolo que no ha sido devorado por los protocolos del poder (…) Chávez toca a la gente. Se detiene. Pregunta nombres, datos de vida. Siempre parece sinceramente interesado en el otro. Chávez habla desde ellos. Se propone como uno más, como cualquiera. Incluso después de seis años en la presidencia, con un sobrepeso de más de 15 kilos, vistiendo ropa de marca y usando relojes Cartier, el vínculo se mantiene con bastante fervor.

En ocasiones, se muestra como una víctima de sus propios lujos, como aquella vez que ordenó que no le compraran más trajes. Y, en honor a la verdad, parece tentarlo más la vanidad que el goce de los bienes materiales (…) Casi franciscano, añade que no desea nada, que no necesita nada. Ya en plan de bolero: le basta con el amor del pueblo. Aunque haga uso de enormes recursos para promocionarse y mantenerse en el poder, y ofrezca dádivas como si las estuviera sacando de su propio bolsillo.

Se trata de un discurso muy empático, que conmueve, que genera confiabilidad y fidelidad. Pulsa los sentimientos escondidos, los miedos, los resentimientos; acude a las diferencias, a las experiencias de rechazo, a la injusticia, y construye desde ahí una voz, un plural del cual, sin embargo, él es el protagonista. No nos quieren. La oligarquía nos desprecia. Siempre se han burlado de nosotros. Les damos asco. (…) De manera constante recuerda su historia, su origen humilde y rural. No sabe inglés y, públicamente, se burla de su propia y precaria pronunciación. Se autoproclama como un hombre feo, popular, sin propiedades, sin educación para las altas galas, sin otra ambición que el cariño sencillo, que el servicio a los más necesitados (…)

La académica Patricia Márquez señala que “muchas personas que durante años se han sentido excluidas ahora se conciben como integrantes de un proyecto de cambio, que creen abarca por lo menos una transformación de las reglas del orden social y político”. Y Chávez es, simbólica y afectivamente, la garantía de ese cambio, la encarnación de la esperanza para salir de la miseria, aunque la pobreza haya aumentado 17.8% durante su gobierno, según las cifras oficiales. Su figura funciona como sagrado intermediario entre los millones de dólares del Estado petrolero y los sueños de la mayoría de la población secuestrada por la miseria.

Sin embargo, durante los primeros cuatro años de su gobierno las expectativas populares no parecen obtener respuestas concretas. La mayoría de los cambios representan conquistas políticas pero los programas de ayuda social no resultan eficientes. Todo lo contrario: empiezan a parecerse demasiado a las prácticas de los gobiernos anteriores, asfixiados por el clientelismo, la burocracia y las denuncias de corrupción. Todo ese panorama cambió en el  año 2003, cuando comenzaron a implementarse las llamadas Misiones: un conjunto de planes de asistencia social, de ayuda a los pobres, que todavía permanecen en medio de una gran polémica.

El primero de esos planes se llama Barrio Adentro y está destinado a atender los problemas de salud en las grandes barriadas populares de las diferentes ciudades del país (…) a este plan le siguieron una serie de programas educativos: la Misión Robinson, la Misión Sucre y la Misión Ribas (…) (Luego), la Misión Vuelvan Caras (para combatir el desempleo y promover la autogestión), Mercal (para establecer mercados populares) y la Misión Miranda (para otorgar beneficios a exmiembros de las fuerzas armadas). Cuando ya no había más operativos sociales que ofrecer, Chávez acuñó un término grandilocuente para englobarlos a todos: la Misión Cristo.

La crítica general a todo este proyecto se centra en tres aspectos fundamentales: es populista, discrecional y no cuenta con ningún control social. Luis Pedro España, sociólogo que durante años se ha dedicado a la investigación del tema y que en la actualidad coordina el Proyecto Pobreza de la Universidad Católica Andrés Bello, sostiene que las misiones, como los otros planes sociales del gobierno, parecen diseñadas más como instrumentos de permanencia en el poder que como eficaces programas para combatir la pobreza en el país. Todos se sustentan en el pago de becas-salarios a los participantes, funcionan dentro de un sistema de filiación partidista, de fidelidad al gobierno, y no tienen ningún tipo de auditoría en ninguno de sus niveles de ejecución (…)

A esto, también hay que agregarle los análisis que apuntan que se ha creado un Estado paralelo al Estado que ya existe. En vez de solucionar los graves problemas de la educación o la salud públicas, se han creado nuevas estructuras, generando otra administración y otro presupuesto, de manera desigual y descontrolada, provocando que tarde o temprano sea inviable el funcionamiento de ambas instancias. Al parecer, la mayor eficacia de estos programas ha sido electoral.

El inicio de las Misiones coincide con una tendencia a la baja en la popularidad de Hugo Chávez. El repunte fue inmediato. Pocos meses después, un estudio de la firma Alfredo Keller y Asociados ubicaba la aceptación popular del presidente en un 46%, destacando el efecto esperanzador de los operativos: aunque sólo 15% manifestaba haberse visto beneficiado por ellos, 85% mantenía la ilusión de que, en algún momento, le tocaría algo de esa nueva “repartición de recursos” que promueve el gobierno.

“Estrella de la historia”

En Venezuela, los poderes aparecen fusionados al Ejecutivo. El Parlamento, dominado por el oficialismo, no se ha apartado un ápice de las líneas del Palacio de Miraflores (sede presidencial); tampoco se atreven a hacerlo las instituciones destinadas a controlar a la presidencia. La Contraloría y la Fiscalía –que fueron decisivas, por ejemplo, en la destitución de Carlos Andrés Pérez— están en manos de acólitos de Chávez; de hecho, el fiscal general de la República fue su primer vicepresidente. Más aún, se teme que –gracias a una reforma legal de 2004– el Tribunal Supremo de Justicia esté pronto dominado por magistrados oficialistas. En este marco, el mandatario luce blindado. Ninguna querella en su contra –alrededor de una docena reposan en la Fiscalía– puede amenazarlo. Hugo Chávez es el presidente venezolano con mayor acumulación de poder desde 1958 y lo ejerce de manera personalista.

Para cualquier análisis, ese elemento parece ser imprescindible. La impronta personal, particular, del líder resulta más que definitiva.

Dentro de la tradición caudillesca y populista latinoamericana, el chavismo quizás aporte algún elemento inédito. En todo caso, también resulta inédita la Venezuela petrolera de comienzos del siglo XXI en el mapa del mundo globalizado. Mientras el gobierno anterior debió mantenerse con un precio tope de 16 dólares por barril, la revolución bolivariana ha navegado en un mercado que ha puesto el precio del crudo cerca de los 40 dólares por barril (…) La realidad económica, la “plata dulce”, término con el que se conoció a etapas similares en el sur del continente, ofrece un lujo que permite –para algunos analistas– esta “revolución bolivariana”. Es una situación que refuerza todos los elementos que concentran en Hugo Chávez el poder –simbólico y real– de ser el protagonista del proceso, el jefe del Estado y la estrella de la historia.

¿Quién es, en definitiva, Hugo Chávez? ¿Por donde va la historia de aquel niño, criado por su abuela en una casa de palma con suelo de tierra? ¿Es un verdadero revolucionario o un neopopulista pragmático? ¿Hasta dónde llega su sensibilidad social y hasta dónde alcanza su propia vanidad? ¿Es un demócrata que intenta construir un país sin exclusiones o un caudillo autoritario que ha secuestrado el Estado y las instituciones? ¿Acaso puede ser esas dos cosas al mismo tiempo? ¿Quién es este hombre que agita un crucifijo mientras cita al Che Guevara y a Mao Tse Tung? ¿Cuándo es él, realmente? ¿Cuál de tantos? ¿Cuál de todos los Chávez que existen es el más auténtico?

No es fácil saberlo. Lo que sí parece evidente es que hay algo común a todos. Un deseo. Un ansia que lo mueve, que no lo deja dormir. Es una obsesión que, como toda obsesión, se delata sola. No se puede esconder. Sea el Chávez que sea, obsesivamente, siempre está deseando el poder. Más poder.


* Este texto se publicó en el número 1576 de la semanario mexicano Proceso, y se reproduce en SdP con la autorización de su editor internacional.


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