Sala de Prensa

99
Marzo 2007
Año IX, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Las lecciones de Kapu

Marcela Turati *

Entró al salón con su paso lento, su calvicie despeinada, su sonrisa de abuelito bueno, su rostro de polaco sonrosado. Estábamos emocionados: el maestro del taller era el periodista-leyenda, el hombre que desde la universidad nos hacía soñar cuando leíamos sus aventuras de testigo de una veintena de revoluciones; sus andanzas por el Congo, cuando lo tomaron por espía y estuvo a punto de ser ejecutado; su escape de las tropas rebeldes nigerianas a través de remotas carreteras, tras ser apaleado y robado; su posible muerte al atravesar la carretera que dividía a Honduras y El Salvador, cuando el fútbol estaba por desatar una guerra. Ryszard Kapuscinski.

Sus alumnos de los próximos días íbamos cargados de dudas eruditas: ¿Cómo reporteó El Emperador, su novela a múltiples voces sobre el emperador etíope Haile Selassie? ¿Cómo eligió la estructura de El Sha, que describe a un país y a un gobernante a través de fotos? ¿Cuánto tardó para escribir El Imperio, su novela vivencial sobre la Unión Soviética?

Kapu, como pronto comenzamos a nombrar al maestro, aclaró poco. No detalló ninguna técnica. No reveló verdades ocultas. Evadía las preguntas. Fiel a la profesión que abrazó como forma de vida, él era el reportero y, como tal, entrevistaba a los alumnos.

Al tercer día de escuchar las grandes aventuras de los propios colegas y de notar que el maestro sólo escuchaba y no pretendía hablar, el taller de crónica prometía ser un fiasco.

De tanto en tanto, los alumnos nos quedábamos callados, esperando sacarle alguna frase iluminadora. Acorralado, soltaba entonces comentarios que nos regresaban a la esencia de la profesión, que le quitaban el glamour y los reflectores a lo que hacemos. “Lo más importante en nuestra profesión es recordar todos los días que todo nuestro trabajo depende de otros. Es paradójico porque el reportero es solitario –se mueve entre desconocidos— pero los demás deciden sobre el éxito de lo que hacemos. Estamos con alguien 15 minutos y nunca lo volveremos a ver. El primer contacto decide todo. Hay que tener una profunda, sincera humildad, porque la gente siente cualquier gesto de arrogancia”, soltaba de pronto, con una sonrisa infantil que en segundos se tornaba pícara. Kapuscinski, o Ricardo, como pedía en México que le dijeran, siempre se lamentó porque la ocupación soviética no le permitió estudiar Filosofía y terminó cursando Historia, aunque, quizás sin saberlo, era un filósofo de la profesión. Al escucharlo uno aprendía lo que no se enseña en la universidad: la humildad como principal cualidad del reportero, el periodismo como misión, el reconocimiento de la dignidad humana del entrevistado, la toma de partido por los desprotegidos, la austeridad como forma de vida.

Acostumbrado a evadir las alfombras rojas, evitar los grandes palacios y las entrevistas con los poderosos, él entraba a cada uno de sus temas por la puerta de la cocina, entrevistaba a quienes nadie acostumbraba entrevistar. Así, de esas voces colectivas, asustadas, anónimas, recreó la monarquía dilapidadora y excéntrica que gobernó Etiopía, en El Emperador. Kapu decía que el periodismo requiere una dedicación completa, mantener abiertos los sentidos, volcarse uno mismo a lo que está viviendo, y no sólo lo decía sino que lo practicaba, al grado que en África duró tres años sin hablar a casa, para reportarse con su esposa. Para él, ya era una desconcentración. “Para el reportero es importante ir, no como turista, moverse de manera concentrada para tratar de recordar todo, memorizar. Ese es un viaje de trabajo, de esfuerzo. Posiblemente es el único momento de la vida que tienes para estar en ese lugar, donde encontramos a ese hombre o mujer, por eso hay que ser muy intensos, hay que darse todo, memorizar. Cuando vuelvas a ese lugar tienes que ser capaz de notar si ha cambiado la puerta de una casa”, decía, sencillo, sin pontificar. Los grandes reportajes y crónicas que aparecen en sus libros nunca fueron publicados por periódicos polacos. Trabajaba para una agencia de noticias pobre y sólo alcanzaba a meter líneas telegráficas. Decía que para no enloquecer del trabajo “mecánico, burocrático y de esclavos” de la agencia de noticias, todo lo que se le quedó en las libretas y absorbió en la memoria lo volcó años después en sus libros. “Tenía 100 dólares para escribir un golpe de estado y transmitir cada palabra costaba 50 centavos. Con 200 palabras describía un evento de un país del que nadie sabía nada (…) Yo me planteaba que el mundo es más rico, interesante y fabuloso, que no cabía en el lenguaje de la agencia de prensa. Cada libro mío es un segundo tomo de lo que escribí en mis notas”.

A las preguntas más elaboradas les tenía las respuestas más sencillas. No pocas veces desconcertaba.

-¿Cómo hizo para que los soldados lo dejaran pasar y entrar a ese país sitiado donde había un golpe de Estado?

-“Les sonreí”, fue su respuesta.

-¿Qué se necesita para ser un buen periodista?

-"Ser, primero, buena persona".

Con sus pequeñas intervenciones, Kapu, el maestro de Filosofía, iba recordando los básicos y conectándonos a tierra. A ratos parecía que daba clases de anti-periodismo, porque sus enseñanzas contrastaban con lo que se aprende en las redacciones. Pedía, por ejemplo, nunca traspasar los límites ajenos, huir de la fama y el dinero, no perder ningún amigo por una nota, ponerse en los zapatos del entrevistado, tener el amor a la humanidad como motor, dejar el ego a un lado porque –sentenciaba- el periodista que cree saber todo, está destinado a fracasar.

“Uno tiene que ser humilde y saber qué se puede preguntar y qué no, cuál es el límite humano, hasta donde puede escribir. Uno tiene que saber decir a sus jefes: ‘No pude’, pero puedes encontrar otras historias para no llegar con las manos vacías”.

Este misionero del periodismo, predicaba la humanización de cada historia, ponerle rostro a la noticia. Y lo ponía en práctica.

“Estoy en contra de reportar la guerra como partido de futbol. Hay que decir quién era esta gente que murió, dar nombres, detalles, circunstancias. Esto da el sentido de humanismo. La abstracción esconde el drama real y la tragedia. A los muertos hay que mostrarles la cara humana, mostrarles respeto, regresarles sus dignidad, es llorar con ellos la tragedia, ponerte en su lugar”, comentaba.

A este periodista apasionado por el Tercer Mundo le preocupaban los cambios que, con los avances tecnológicos y la aparición de conglomerados mediáticos, sufrió el oficio; la precarización laboral y la poca profesionalización del reportero, su falta de lectura y preparación; la ambición como motor.

Se quejaba de que los periodistas actuamos como manada (“el 99% cubrimos el 1% de lo que pasa en el mundo”).

Repetía que esta profesión no deja dinero. Decía que había de desconfiar de aquellas redacciones de pisos de mármol en las que las recepcionistas parecen edecanes.

¿En nuestro oficio es peligroso volvernos cínicos?, le preguntó uno de los alumnos. “No lo creo, mi experiencia es que en nuestro oficio entra gente que ya era cínica, entran por hacer carrera, dinero, planes de vida que no tienen nada que ver con nuestra vocación. Los periodistas con vocación y sabiduría son honestos y tratan de ser mejores. Nuestra profesión los hace cada vez más sensibles y vulnerables”.

Algunas preguntas le tocaban el corazón. Entonces, con esa sonrisa que tienen los pacíficos, nos dejaba entrar a sus inquietudes como reportero de larga trayectoria que no dejó que lo absorbiera el confort y la burocracia de las redacciones: “Debemos ser humildes y darnos cuenta de que la inspiración y el entusiasmo de repente se apagan, se apaga el fuego interior, y si no tenemos formación no vamos a poder continuar. Hay que prepararse para este momento ya porque después será tarde”.

Así, durante toda esa semana, fue desgranando su credo de periodista y de buena persona. Regresándonos a los orígenes de la profesión. Impartiéndonos clases de filosofía. Predicando al periodismo como misión de vida llena de sacrificios.

Supe que dos años después, Kapu regresó a México a dar otro taller y no se aguantó las ganas de ir al Zócalo para ver de cerca la llegada del Ejército Zapatista.

Varios colegas lo vieron reportear entre la multitud agolpada en el centro de la ciudad. Otra de esas noches en el DF anduvo en Garibaldi, la plaza de los borrachos, los mariachis y los tequilas, de juerga con sus alumnos.

Un día de esos tuve el honor de desayunar con él. Durante ese encuentro en el restaurante de su hotel no dejó de quejarse de "la gente de la editorial" que lo había traído a México porque ordenaba su agenda y castraba su libertad. Yo estaba por viajar a Campeche a cubrir los efectos del huracán "Isidore", y él, fiel a sí mismo, no dejaba de interrogarme sobre la situación estaban viviendo los damnificados. Sus preguntas me dieron pistas de dónde empezar a reportear.

Otro día, ya en Campeche, recibí una llamada suya a mi celular: quería saber, de primera mano, qué había hecho Isidore y cómo estaba la gente, y, de paso, despedirse.

Luego supe de él de oídas. Escuché que en Argentina se llevó a sus pupilos a un partido de futbol, lo vi en las portadas de todos los periódicos recibiendo el premio Príncipe de Asturias en reconocimiento a su humanismo, leí que estaba presentando por el mundo su último libro de Viajes con Herodoto, a quien consideraba el primer periodista de la historia.

Siempre pensé que Kapu nunca moriría. En África, América Latina y Asia había sobrevivido a las enfermedades más extrañas, a múltiples amagos de fusilamiento, a guerras y anarquía. Y como siempre había salvado el pellejo y mantenido íntegra su alma y su fe en el ser humano, lo pensaba como alguien inmortal.

Hasta ayer, cuando comencé a recibir mensajes a mi celular de varios colegas enlutecidos y con la misma tristeza compartida, expresada en tres palabras: Se murió Kapu.

Sí, se murió el Maestro. Se murió una buena persona.

Murió Kapu.


* Marcela Turati es reportera del diario mexicano Excélsior, fue finalista del Premio FNPI. Participó en el primer taller de crónica que impartió Ryszard Kapusinski a periodistas latinoamericanos, en la Ciudad de México (2001).


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