Sala de Prensa

99
Marzo 2007
Año IX, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Las fronteras de Ryszard

Este es un texto personal. No pretendo más que compartir mi visión de uno de los autores más importantes del siglo XX, a partir de las circunstancias que rodearon los tres encuentros en los que pude hablar con él y aprender a escuchar.

Eric Lombardo Lemus *

La última vez que conversamos me abrió las puertas de su casa y hablamos de periodismo, de las nuevas tecnologías, del nuevo siglo, y yo terminé siendo el entrevistado frente a quien era un reportero infatigable, un periodista que quería saber un poco más sobre el presente de El Salvador, uno de los escenarios de su libro La guerra del fútbol.

A él lo conocí gracias a la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, sin imaginar que iba a estar tan cerca y tan lejos de alguien que fue grande a base de humildad frente al otro. Y pienso en la cercanía por cuanto, si quiero escuchar su voz, regreso a sus libros; y en la lejanía porque creo que todos quienes lo admiramos quisimos estar acompañándolo el día que ingreso al hospital Banacha antes que un ataque al corazón le truncara sus próximos viajes y sus libros en proceso que surgían de toda esa babélica información ordenada celosamente en el ático de su casa.

Pero hablar de nuestro último encuentro es saltar todo el inicio y desarrollo de una larga y a ratos divertida historia. Al principio de todo, yo no sabía nada, absolutamente nada de él. Mi primer contacto fue el resumen en la página electrónica de la Fundación que empezaba por… “Nació en Polonia en 1932. Después de estudiar en la universidad de Varsovia fue corresponsal en el extranjero desde 1958 hasta 1981, cubriendo 17 revoluciones en 12 países del Tercer Mundo…”. Esa hoja de vida fue una especie de portal hacia alguien cuyo trabajo me era desconocido. ¿Qué diablos había aprendido en la universidad y en todos mis años de ejercicio profesional? Nada, me respondí.

Pronto, supe que si quería llamarme reportero no podía seguir siendo un ignorante de su obra. Empecé con lo básico: me conformaba con leer sus artículos publicados en algún sitio en la Internet porque me di cuenta que sus libros eran un tesoro imposible de encontrar en cualquiera de las librerías de San Salvador. Si en las universidades nunca habían mencionado su obra, era lógico que estuviera ausente en la oferta de las librerías locales.

Y para hacerme de uno de los libros añorados, la única posibilidad era ir a una tienda en ciudad de Guatemala. O sea, para leer la obra de este cronista y eterno viajero había que cruzar fronteras. Y esa metáfora me fascinó porque me obligaba a repetir la primera ruta que realicé cuando soñé con comerme el mundo a pasos, autobuses apretujados y aventones a la orilla de la carretera. Cruzar bordes, cruzar ríos, cruzar montes, cruzar aduanas. Ahora que lo traigo a cuenta reflexiono sobre cómo incidió desde el principio la personalidad de Ryszard Kapuscinski en mi vida al devolverme a mi mundo. Viajar, pero con otra perspectiva. ¡Cuánta alegría!

Pero el camino a uno de sus libros no fue tan fácil.

El año que la FNPI convocó a ese primer taller histórico en el Distrito Federal mexicano en 2001 decidí que no iba a concursar por una de las plazas de ese encuentro porque en esa misma fecha debía ir al cerro Aconcagua, en Mendoza, Argentina, y realizar una transmisión online desde los Andes a un sitio electrónico en El Salvador. Yo buscaba cruzar la frontera de mi resistencia, cruzar el umbral de la ilusión y la gloria efímera que te ofrece el momento en que pones pie sobre la cresta de una montaña.

Mientras ascendía aquel macizo rocoso y luego de toparme con el fracaso, ante la imposibilidad de coronar su cima, pensé que eso me pasaba por necio, por ir en contra de una posibilidad quizás un poco más concreta. Debí haber atendido el llamado de mi conciencia: concursar por un lugar en el taller de Kapuscinski, como lo hizo otro colega del periódico donde yo trabajaba en aquel momento.

Fue él quien después me relató que a aquel encuentro se había sumado Gabriel García Márquez. Óscar Tenorio parecía levitar sobre mi coronilla cuando rememoraba el placer de estar en un encuentro a dos voces. ¡Su rostro irradiaba éxtasis literario! Cuando bajaba de las alturas, yo aprovechaba para prestarle uno de los libros que había traído desde México y él me lo dejaba a plazos de una semana y contando.

El primero fue El Emperador (uno de los diez mejores libros en 1983 según Newsweek) por medio del cual supe la miseria y el esplendor de un autócrata llamado Haile Selassie, el último rey de Etiopía. Una semana más tarde leí el reportaje poliédrico El Sha (2001) donde Kapuscinski relató, a partir del punto de vista del hombre de a pie, el último año de la dictadura de Mohammad Reza Palevi. Su método fue como una luz al final del túnel. A medida que devoraba cada una de sus páginas, empecé a experimentar un sentimiento de amistad; sentía que aquel hombre que describía todo cuanto yo leía, aquel sujeto que estaba entre esas palabras, era alguien imprescindible en mi vida. Fue un sentimiento extraño porque desembocó en una certeza. En ese tipo de certeza que te ofrece tu compañero de cordada durante una travesía peligrosa. Era esa sensación de que alguien está contigo para las buenas y las malas sin rechistar, y que te acompaña con la expresión socarrona que tenemos los montañeros cuando vivimos el miedo y sabemos que la mejor medicina es una pizca de humor negro al filo de un precipicio, por ejemplo. Al leer a Kapuscinski revivía esa confianza.

Sus libros eran la salida perfecta para un periodista restringido por el espacio. Y yo estaba francamente harto de las presiones que rodeaban el trabajo que hacía en aquel momento y buscaba un espacio para mis crónicas.

En sus relatos estaba el fruto de un trabajo a cuatro manos, del sacrificio hecho al perder horas de sueño, y de la alegría de un reportero del tercer mundo al saber que ha cumplido con su deber, que hizo su trabajo, cuando el último despacho tiene aviso de recibido.

Sin embargo, al concluir la lectura de los dos libros, me quedé con un mal sabor de boca. A regañadientes, los debía devolver a su propietario; Óscar no bajó la guardia ni un día hasta que recupero sus tesoros. Y por muy ridículo que pareciera, me era imposible ir a Guatemala en aquellos días.

Había escrito correos electrónicos, telefoneado y fastidiado a un amigo en el montañismo para que me consiguieran una copia de aquel ejemplar y tal y cual. Jaime Viñals hacía un alto en sus expediciones para venir a ofrecer una conferencia a El Salvador sobre sus aventuras en el Himalaya y fue el ángel guardián de aquellos textos.

¡Cuánta aventura y adrenalina para leer a Kapuscinski! Ahora los ejemplares de El Sha, El Emperador, La guerra del fútbol, Ébano, ¡mi favorito Ébano!, El Imperio, estaban dispuestos para ser subrayados, anotados al pie de la página, manchados con un plumón aquí y con otro allá. ¡Ahora podía empezar a estudiar periodismo!

La FNPI convocó a un segundo taller en 2002 y envié un ensayo. A las pocas semanas, un aviso en su página web advertía que la selección no era fácil porque hubo más de cien aspirantes. Pero la espera mereció la pena. Cuando leí mi nombre en la lista de los 15 seleccionados, supe que debía preparar mi bolsa de viajes.

El domingo que llegué al aeropuerto de Ezeiza, a 34 km de la ciudad de Buenos Aires, lo primero que hice fue buscar una alternativa colectiva para llegar a mi destino: un hotel NH al final de la avenida Corrientes.

En lugar de coger uno de los taxi negro amarillo, preferí un remise, una de las opciones del transporte colectivo porteño, para echar un vistazo a las zonas donde se alojaban los otros pasajeros e ir tragando a pausas las imágenes del Buenos Aires querido, el escenario de la dictadura asquerosa de Videla, las megalomanías de los Perón y su santa, y el fatídico corralito bancario que recordó a los argentinos que todavía vivían en América Latina.

Buenos Aires parecía soñoliento. Las calles solitarias albergaban hojas de papel que revoloteaban de un lado a otro. Hojas que pasaban de largo frente a la entrada del hotel, donde un botones sonriente me invitaba a registrarme sin contratiempos. Una vez crucé el umbral de la puerta automática, me recordó que la vida en Buenos Aires tenía dos lados, como en el resto de Latinoamérica. Una adentro, aromatizada, y otra afuera con papeles flotando.

El recepcionista, amable, sin embargo no supo decirme nada, si había otro periodista inscrito, alguien de la Fundación o si Kapuscinski estaba hospedado en este mismo lugar. Nada. Incómodo, minutos después hube que salir en solitario a la conquista peatonal de esa ciudad maravillosa. La Plaza de Mayo, el Obelisco, la inagotable avenida Corrientes, Puerto Madero, el Teatro Colón, San Telmo, Plaza Borrego; en fin, todo me parecía insuficiente. Estaba ansioso para que acabara el domingo y empezara el lunes, y arrancara el taller al que había venido.

Sentía que conocía de toda la vida a ese hombre, sin saber más de él que sus palabras. En mi cabeza, la imagen que pesaba era la de un sujeto amable, tranquilo, relajado, que siempre estaba dispuesto a ayudar al prójimo. No lo podía imaginar como uno de esos intelectuales serios, engreídos, cerrados. No, alguien que tiene la capacidad de hablar con el hombre de a pie debe ser un sujeto sencillo, me repetí.

A primera hora del lunes bajé al restaurante del hotel y me encontré con una escena impecable y silenciosa. ¿Bajé demasiado temprano? A la vista, no había nadie con cara de periodista despistado. En el rincón de las frutas, estaba dos chicos del servicio de restaurante junto a alguien que preguntaba y preguntaba. Ni un alma más a la redonda. Confundido, cogí un vaso y dispuse una mesa pequeñita cuando un rostro sonriente, con una calva reluciente, vino de ese rincón que había visto al inicio. Yo, congelado, de pie, con cara de estúpido, y un vaso vacío. Su ¡hooola! era un hola de toda la vida. Y su cara era la misma de la contraportada de sus libros, pero con canas. Era él. ¿De dónde eres?, preguntó. De-de El Salvador…, alcancé a titubear. ¿El Salvador? ¡Ah…, El Salvador! Bueno, come. Come bien, agregó al tiempo que soltó el apretón de manos. Yo, anonadado, lo vi subir al ascensor junto con su desayuno directo a su habitación. Los cinco días siguientes entablé las mejores amistades que he hecho en mi vida como reportero. A algunos de mis compañeros de taller quizá no los vuelva a ver nuevamente, pero Kapu, como le llamamos todos en aquel encuentro, nos enseñó que desde ese encuentro seríamos inseparables.

Con unos he coincidido más que con el resto desde entonces, y nadie podría olvidar que nuestro punto coincidente fue el maestro, el profesor que abrió la tapa de sus libros en aquellas sesiones en el barrio de La Boca, mientras Buenos Aires sobrevivía a la crisis con tangos y sonrisas. A Kapu lo vimos cada mañana igual, radiante, ya sea filosofando sobre la relevancia de la ética en nuestras vidas, nuestro deber como portavoces de las minorías, la importancia de escuchar al otro, como con aquella sonrisa permanente durante la presentación de Los cínicos no sirven para este oficio en el auditórium de la Fundación Proa, mientras Horacio Verbinsky hablaba y hablaba y hablaba acerca de… Horacio Verbinsky, por supuesto. Al almuerzo siguiente, Omero Ciai del diario italiano La Repubblica gastaba una de sus mejores bromas, como buen romano, mientras degustábamos –entre mollejas y bifes– las anécdotas de Kapu durante sus travesías en África. Claudia Selser de Clarín, recuerdo, animada por la confianza se atrevió a contarle al maestro que todos coincidíamos en que se parecía a Karol Wojtyla.¿Alguna vez le han dicho que usted se parece al Papa?, preguntó ella. No sé cómo habría reaccionado otro escritor, pero Kapuscinski se acercó un poco a la mesa y –como quien revela un secreto– nos dijo sí, alguna vez crucé una frontera en África disfrazado como sacerdote. ¡Risas a granel!

El encuentro con el maestro fue impredecible. Creo que tanto quienes fueron sus alumnos durante el encuentro en el D.F. como quienes nos siguieron en Caracas deben coleccionar decenas de recuerdos maravillosos junto a un tipo de hombre que en la grandeza destacó por su humildad. Y es que la humildad de Kapuscinski calló la boca de todos los que llegamos a aquel taller con poemarios, libros, crónicas publicadas bajo el brazo y con el gesto cejijunto de los intelectuales latinoamericanos. Junto a él caías en la cuenta que eso no era lo más importante, sino la capacidad de conocer al otro, a tu semejante por muy disímil que pareciera. Y he ahí la relevancia de la humildad del maestro. Durante su encuentro en Buenos Aires, no desperdició momento para ir a la zona brava de La Bombonera para saber cómo era el hincha del Boca, por ejemplo, ni para escuchar a todo aquel que quisiera contarle alguna cosa.

De aquella experiencia tengo tres recuerdos cercanos: el encuentro fugaz durante el desayuno es el primero.

El segundo es sumamente emocional. Era la última mañana del taller en Buenos Aires y no caigo en la cuenta si fue durante un intercambio de palabras que sostenía con mis entrañables Sandra La Fuente, de Venezuela, o Amalia Morales, de Nicaragua, o Francisco Vásquez, de México, que mencionamos lo que es un rito cuando finalizas el bachillerato: todos solemos firmar la camisa de los compañeros con mensajes para la posteridad.

Kapuscinski, emocionado, nos dio la espalda y dijo ¿qué esperan? Ignoro si el resto de los compañeros de Bolivia, México, Argentina, Uruguay, Ecuador, Chile, Colombia hacían lo mismo al concluir su bachillerato, pero el caso es que todos tomamos una pluma e hicimos de la camisa blanca del maestro un lienzo. ¡Cuánta energía hubo de sentir Kapuscinski! ¡Cuantas emociones! Por todos los que te adoran… Más vida para vivirla con cariño… Para el emperador del periodismo… se podía leer en el cuello, en las mangas, en la espalda, mientras a él se le aguaban los ojos. Al final, nadie pudo contener un sollozo cuanto menos.

El tercero fue un momento único y divertido que compartimos con Omero el último día de nuestra estancia en Buenos Aires. Ambos fuimos a la recepción del hotel y preguntamos a la chica que presidía el escritorio, si sabía si Kapuscinski estaba o no en su habitación. Ella, con una sonrisa y sin emitir respuesta, caminó hacia el ascensor y con un gesto nos invitó a pasar. Una vez adentro, giró una llave y salió. La puerta se cerró… Con Omero nos pusimos a reír. Íbamos hacia el último piso, al que nadie tenía acceso ni por el ascensor ni por las escaleras. Nadie, a menos que fueras el huésped, ya que era la habitación ejecutiva, la presidencial o qué sé yo. De modo que íbamos directo hacia… ¿el pasillo?, ¿hacia una puerta? Y esa interrogante nos empezó a poner nerviosos porque si el ascensor llega directo a la habitación y él está dormido o saliendo de la ducha o indispuesto ¿cómo explicas que estás ahí? Cuando el ascensor se abrió henos allí en una especie de hall, pero de la misma habitación. ¿Y si el huésped estaba tomando la siesta?, ¿qué hacer? Estábamos en una situación la mar divertida como incierta. Ambos salimos temerosos, como un niño que entra a una casa abandonada y pregunta: ¿Yujú… hay alguien aquí? Al final, el maestro sí estaba y nos regaló mucho más minutos para conversar sobre periodismo.

Como he dicho antes, este taller cambió por completo mi perspectiva de la vida en cuanto a ser reportero. Poco más de un año más tarde, vine a estudiar un doctorado en periodismo a Barcelona y tuve la fortuna de estar presente –con el favor de los dioses– el día que la Universidad Ramón Llull le concedía el doctorado Honoris Causa, la mañana de un viernes radiante. Era el 17 de junio de 2005 y el cielo del Mediterráneo barcelonés era impresionante. Ese azul que se funde con el mar.

Tras la investidura y su discurso de agradecimiento, corrí hacia el pasillo de salida para intentar darle un libro que había escrito. Para mí, aquello era un compromiso personal. En Buenos Aires, cuando me dedicó Ébano, escribió “… con mejores deseos de leer tus próximos libros…”.

Y, claro, quienes rodeaban a Kapuscinski en ese momento no iban a comprender que un latinoamericano, un desconocido con aspecto de sudaca, intentara acercarse a él. Pero al margen de lo incómodo que la situación podía llegar a ser, sobrepasé al grupo que lo escoltaba y le extendí mi libro al tiempo que pregunte ¿me recuerda? Soy quien le ha escrito por fax para pedirle una entrevista. Los ojos de Ryszard iluminaron alrededor y me dio un abrazo cálido, paternal, antes de decir a quienes nos rodeaban, ¡mi alumno! ¡Él es mi alumno de El Salvador! Sí, ahora recuerdo que mi esposa me dijo que quieres hablar conmigo. Sabes… ¿por qué no vienes a Varsovia? Me quedé helado. ¿Varsovia? ¿Ir a la casa del maestro? ¿Será posible que me esté invitando? Alrededor estaba la crema y nata del periodismo catalán, ajena a mis cavilaciones.

¿Varsovia? La ciudad que resistió la ocupación nazi y soviética. ¿Varsovia?, bueno ¿por qué no? Cuando llegué a esta conclusión, observé que lo más granado de la radio, prensa y televisión española estaba agrupado en un rincón del patio hablando de sus conflictos, de su mundillo, de los dolores cotidianos de cabeza que produce esta profesión. Y frente al maestro solamente estaban unas estudiantes polacas de un programa de intercambio y los reporteros gráficos registrando cada uno de sus movimientos, que ya en aquel momento eran difíciles, tortuosos; aunque los escondiera detrás de su sonrisa eterna.

Me llamó la atención ese momento, tan disímil a la calidez del encuentro con nosotros, los latinoamericanos, tres años atrás. Me vino a la memoria el día de la despedida, cuando le firmamos su camisa blanca, al tiempo que reíamos y llorábamos. Aquí, en cambio, los periodistas locales no se agolpan en busca de su palabra. ¡Cuán distintos somos!

Un mes más tarde iba camino hacia Varsovia vía Berlín.

Era necesario afinar una investigación bibliográfica que buscaba realizar en la Biblioteca Iberoamericana de Berlín. Y en esta ciudad estaba mi compañera, que cursaba un diplomado en periodismo y nuevas tecnologías. El día acordado, como en una película de suspense, ella estaría una tarde de viernes, en la plataforma equis de la estación Ost Bahnhof Lichtenberg a la espera del tren con dirección a la capital polaca. A la hora prevista, el tren llegó y partió con nosotros a bordo, emocionados, porque dentro de unas horas íbamos a cruzar una nueva frontera, una de las del antiguo Este soviético.

A la mañana siguiente, al salir del vagón adormilado y sentir el aire frío que rodea a la estación central de trenes de Varsovia, lo primero que me despertó fue la sensación de vacío en el estómago que te produce llegar a un lugar donde ni una letra o palabra suena a castellano. ¡Estamos en Varsovia! Ahora nuestro siguiente reto era encontrar el barrio de Sródmiescie y, en especial, la calle Prokuratorska. Y la mejor manera fue acudir al mapa y empezar a observar y buscar y buscar y observar hasta que varias horas más tarde estábamos junto con Claudia frente a un intercomunicador que precedía a una verja blanca. Adentro, un jardín bien cuidado, precedía el trayecto hacia otra puerta.

En aquel momento tuve un sobrecogimiento que me impedía tocar el botón. No podía. Sentía que ya no era importante llamar a su puerta y que bastaba con todo lo que había hecho y, por ilógico que fuera, podía dar la vuelta y regresar sobre mis pasos. Solo el ánimo de Claudia me forzó a pinchar. Al otro lado, una voz seria femenina preguntó algo en polaco y yo, con un nuevo titubeo, le dije que venía a visitar al señor Kaspuscinski, que era su alumno de El Salvador, que le había escrito por fax. Silencio. Un momento, por favor, dijo en inglés. Un silencio más largo que solo fue interrumpido por la misma voz preguntando si podía hablar en español. Dice que pase y que suba, escuché. Pe-pero, antes quiero decirle que vengo con Claudia, que en el fax no pude avisarle, que igual es un abuso. De modo que crucé el primero y segundo umbral, subí unas primeras escaleras para encontrarme con el rostro sonriente de Alicja Mielczarek de Kapuscinski, su esposa, con quien había sostenido la comunicación previamente. Sube, está arriba, dijo. Otro tramo de gradas hasta llegar al ático donde el maestro escribía, conversaba y recibía a quienes acudían a su casa. Helo ahí, la última imagen que guardo entre mis anotaciones. Un hombre afable al final de una escalera que invitaba sin miramientos y con abundantes sonrisas a cruzar la frontera hacia un reino de libros, anotaciones pegadas a la pared, recuerdos curiosos traídos de diversas partes de la tierra, una máquina de escribir de los tiempos soviéticos, y muchos folios de papel reciclado, cientos de hojas para escribir, manuscritos en polaco copiado en papel carbón, una cafetera y miel de abeja. Era poco más de las nueve de la mañana de un sábado 16 de julio. Aquel día apartó el dolor que le causaba su cadera y nos obsequió los minutos más largos que recuerdo de mi vida al cruzar fronteras. Como dije al principio, terminé siendo yo el entrevistado. Reproducir esa conversación es un tema aparte.

Días después le iban a operar la cabeza del fémur para aliviar el dolor que lo martirizaba. A ratos de pie, a ratos sentado, luego reposando sobre un largo sillón. El maestro sufría, pero jamás pensó en parar. En su presente, siempre hubo un viaje hacia el futuro. Me duele menos cuando estoy sentado, pero no se puede estar sentado toda la vida, nos dijo cuando explicó el malestar que le producía el desgaste de su fémur. Pero sus deseos de vivir eran tan fuertes que jamás uno de sus alumnos habríamos pensado que la vida sería injusta, que jugaría otra baraja. O quizás, como reprodujo en uno de sus últimos libros traducidos al español, Viajes con Heródoto, el destino tiene que cumplirse, nadie puede cambiarlo ni evitarlo aunque conduzca al precipicio.

Aquella mañana, cuando nos despedimos, no dijo adiós, sino hasta luego.

Cuando me hayan operado y esté recuperado, la próxima vez que vengas te mostraré Varsovia.

Un año más tarde volví a la ciudad de Berlín a trabajar en el proyecto de la Biblioteca Iberoamericana y le escribí a Alicja para avisarle de nuestras nuevas, que le enviaría por correo unos libros, y que iba a ser padre.

Una mañana de primavera recibí una llamada telefónica de ella para avisarme que él está viajando, es imposible visitarlo por el momento. Pero, al margen de la negativa, la llamada desembocó en lo cercano, lo cotidiano, en mi futura paternidad. ¿Cómo se siente?, ¿está nervioso? No se preocupe. Todo va a salir bien. Los Kapuscinski eran increíbles. Tanto él como ella están hechos con ese material que falta hoy día para que el mundo marche mejor.

Al maestro no pude volverlo a ver, ni estrechar su mano; pero en los meses siguientes a donde fui y con quien hablé, Ryszard Kapuscinski fue el tema de la conversación y sus libros mi eterna compañía.

Ahora que el maestro partió, aquel frío 22 de enero, sé que solo cruzó una frontera más, porque él no está quieto. Muchos como yo, lo llevamos bajo el brazo o guardado en nuestra bolsa de viajes.


* Eric Lombardo Lemus es periodista salvadoreño, cursa estudios de doctorado en comunicación social en la Universidad Pompeu Fabra y reside actualmente en España. Participó en el taller de crónica que impartió Ryszard Kapusinski a periodistas latinoamericanos, en Buenos Aires (2002).


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