Sala de Prensa

97
Enero 2007
Año VIII, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


En los 30 años de Proceso

Enrique Maza *

Hace 30 años, en su primer número, Proceso escribía: “Este semanario nace de la contradicción entre el afán de someter a los escritores públicos y la decisión de estos de ejercer su libertad y su dignidad… Nos empeñamos en hacerlo porque estamos persuadidos de que es importante contribuir a que la nación se conozca a sí misma para que, a partir de su propia conciencia, pueda delinear su porvenir justo y digno... Proceso de los hechos, proceso a los hechos y a sus protagonistas: estas son las líneas de acción de nuestro semanario”.

En otra de sus páginas, hace esta reflexión: “El cáncer es una enfermedad que crece para sí misma a costa del cuerpo. El resultado del sexenio (de Luis Echeverría), en una profunda corrupción, es que el capital privado, nacional y extranjero, y el poder político crecieron para sí mismos a costa del cuerpo social”.

Desde hace 30 años, Proceso ha venido haciendo, en su información sin concesiones, el proceso de la antinomia que desgarra a nuestra nación y que nos remite al dualismo profundo en que vivimos y a sus tendencias contradictorias: creencia y crítica, conformismo e inconformidad, inercia y superación, negación del pueblo y afirmación popular, acumulación de riqueza y pobreza generalizada, clase privilegiada y ciudadanía que no acaba de surgir.

Estas oposiciones acusan períodos de crisis, como los que vivimos hace 30 años, los que hemos vivido periódicamente y los que estamos viviendo ahora, con sus síntomas inquietantes, acostumbrados al desorden y, peor aún, a la falta de ética y a la suciedad moral; amoldados a la trivialización del pensamiento, al estrechamiento de miras, a la mecanización de conductas, a la chabacanería de valores. Estamos creando una sociedad habituada a sus venenos patentizados por la ley televisa. Mercaderes de ilusiones.

Los síntomas han crecido de tal modo, que la angustia y el malestar que se perciben en grandes sectores de la población tienen la magnitud del fracaso: basta con ver a los desnutridos, a los desempleados, a los migrantes, a los indígenas, a los que mueren de enfermedades curables. Son los síntomas de esta sociedad enferma, que Proceso ha reporteado, notificado y denunciado durante 30 años. Igualmente hacía el Excélsior que no pudo soportar Echeverría y del cual nos corrió, porque le ponía frente a los ojos el rostro del México real. Eso era en verdad lo que no soportaba, porque le hacía ver la futilidad y el fracaso de su presidencia desperdiciada. Recurrir a la violencia es propio de hombres frustrados y miserables. No hay para qué evocar aquí todos los mecanismos de defensa que pretenden soslayar el fracaso.

Entre la tranquilidad y la verdad, Proceso escogió la verdad. Pero no la verdad fría porque, cuando la verdad no se hace carne y sangre, carece de fuerza. Su verdad no es como la verdad política que, por lo común, no tiene solidez, porque resulta de la propia victoria pírrica carente de compromiso. Hay que oír a los panistas de hoy: su palabra no tiene enjundia. Es el caso típico de la clase dominante, prisionera del conflicto interno que resulta de su propia victoria, repartida entre la mala fe y la buena conciencia que se convence a sí misma de haberle lavado la cara al sistema. Olvidan que el hombre no vive solamente de bienestar y de poder bajo la protección tutelar de los tecnócratas.

No tiene freno el deseo de tener, porque es cuantitativo y nunca se llega al fin aritmético. Tampoco tiene freno el deseo de poder, porque nada asegura que violencia, por un lado, y pasividad e irresponsabilidad, por el otro, no sigan alimentándose mutuamente. No se ve hoy, como no se ha visto en las 1566 semanas en las que ha se publicado Proceso, durante 30 años, razón alguna para esperar que se ponga término al hambre que hay en México o que florezca la justicia para todos los mexicanos, porque poder, dinero y política siguen siendo represivos. Siempre lo son.

A ese mundo quisieron llevarnos los presidentes neoliberales, de Miguel de la Madrid hasta Fox, pero ese mundo está marcado por el fracaso. El mundo de intercambio es de hecho inconcebible e irrealizable, porque las diferencias de necesidades, de capacidades y de poderes lo arruinan en su noción misma.

Por eso, la muerte se infiltra siempre, de un modo o de otro, en nuestras relaciones interhumanas. No sólo la muerte física –sobre todo la muerte por hambre-, sino la muerte social, cultural, intelectual, afectiva, familiar; la muerte de la justicia, de la moral, de la conciencia, de la calidad humana. Y ahí entramos de lleno al terreno periodístico. Es el terreno de Proceso.

Porque es el terreno de la realidad, de los acontecimientos, de lo que pasa, de lo que se sufre, de lo que se dice, de lo que se hace, de lo que deja de hacerse, de lo que se roba, del cinismo del poder, de la crueldad del dinero, de la vida como se vive arriba y abajo. Fue sintomática la crítica que se hacía a Proceso –y que todavía se escucha-: “Es una dosis semanal de bilis”. La fuga de la realidad: no querer saber, esconder la cabeza en la arena; que no se perturben la vida acomodada, la conciencia domesticada, el dinero resguardado, el poder incuestionable, el sueño de hadas.

Por eso, uno de los retos de Proceso fue llegar a una sociedad que quería cobrar conciencia de sí misma, a una ciudadanía que no acababa de serlo. La televisión pretendía y pretende enterrarla en la vulgaridad; la coacción estatal se convierte en instrumento de clase, con un poder represivo de los grupos sociales, que pretende acabar con toda lucha y con toda impugnación. Díaz Ordaz con el 68, Echeverría con el 71 y con el cierre de Excélsior, y López Portillo con el bloqueo publicitario a Proceso lo demostraron así.

Sin querer queriendo, Proceso se volvió una palanca de la sociedad. Tal vez no era su papel, pero fue su efecto periodístico, porque escrutó sin cesar y sin concesiones los móviles sociales, económicos, políticos, humanos, religiosos y culturales, en su naturaleza, en sus decisiones autoritarias, en el modelo de país que nos imponen y en sus consecuencias. Es inconmensurable la distancia del modelo a la realidad. En tiempos como estos, es necesario conservar en nuestro pensamiento y en nuestros corazones la voluntad de lucidez y la pasión de la grandeza y del riesgo.

Por eso, la información y la reflexión de Proceso han debido manejarse en un mar de problemas y en un arduo esfuerzo de investigación, esperando siempre que su información ayude a que el individuo y la sociedad se conozcan y cobren conciencia de sí mismos. No nos equivocamos cuando hablamos de la quiebra del humanismo en nuestro país. Quizá sea ésa la razón de que la revista Proceso haya encontrado tantos ecos. Y, en este sentido, tal vez, no se equivocan quienes dicen que Proceso ha desempeñado bien su papel de “mala conciencia” o, como diría Sartre, de “carga a fondo contra el tiempo”.


* Enrique Maza es fundador y miembro del Consejo de Administración del semanario mexicano Proceso. Este texto fue escrito para un número especial por el 30 aniversario de Proceso, y se reproduce en SdP con la autorización expresa de su director, Rafael Rodríguez Castañeda. © Comunicación e Información, S.A. de C.V.


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