Sala de Prensa

97
Enero 2007
Año VIII, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Homenaje crítico

Enrique Krauze *

Mi vínculo con Proceso es antiguo, complejo, difícil y entrañable. Nació en aquella multitudinaria reunión del hotel María Isabel en la cual Julio Scherer anunció la aparición de un semanario de información, análisis y crítica. Era la digna y valiente respuesta al atropello que semanas atrás había perpetrado el gobierno de Echeverría contra el periódico Excélsior. Al acto acudimos, si no recuerdo mal, Octavio Paz, Alejandro Rossi, Gabriel Zaid y yo. El entusiasmo de la convocatoria nos contagió. Paz y sus amigos de Plural habíamos salido de Excélsior por solidaridad con Scherer y habíamos firmado una carta pública de protesta. Por eso estábamos ahí. Pero el ejemplo de Proceso avivó en Paz y en nosotros la idea de fundar una revista literaria independiente. Creo que no exagero si digo que Proceso y Vuelta, que vieron la luz a fines de 1976, fueron revistas hermanas.

Mi sentimiento de agravio con respeto al golpe quedó registrado en un pequeño testimonio de la sección “Letras, letrillas, letrones” del primer número de Vuelta. Lo titulé “Cosío Villegas y Excélsior”: “Mucho tiempo antes de que ocurriera el coup de Excélsior, Cosío Villegas lo temió y profetizó. Pequeños detalles, como el retiro de los anuncios de Canal 13, le parecían reveladores. A fines de febrero los temores por Excélsior se le agudizaron. Quiso advertir a los directores, pero todos creyeron que estaba ‘chocheando’. Dos días antes de su muerte comentaba que nadie compartía su preocupación; el golpe le parecía cercano. Afortunadamente para él, no vivió para verlo. Tengo para mí que se habría exiliado”. En ese artículo, transcribí también algunos párrafos en los que aquel gran liberal advertía sobre los riesgos que pendían sobre la prensa libre –la de Scherer– en aquellos tiempos del carro completo:

…resulta difícil ser optimista pues parece incuestionable que una tarea tan pesada como es la regeneración general de la prensa mexicana no puede descansar en un solo diario, tanto por la desproporción entre la magnitud de esa tarea y el esfuerzo aplicado a ella, como porque justamente a causa de su soledad, ese diario se convierte automáticamente en blanco de tirios y troyanos…

Ese aislamiento de Excélsior, voz independiente en un mar de servilismo, fue, en efecto, la razón de su violento final. Pero la libertad de pensamiento, madre de todas las libertades, no pudo ser acallada, y de aquel hachazo salieron diarios y revistas que renovaron el periodismo mexicano y exhibieron en su inanición intelectual y moral a los medios y órganos puramente comerciales u oficiosos. Proceso tuvo el mérito histórico de ser el precursor.

Pasaron los años. Muchos antiguos colaboradores de Excélsior dejaron Proceso, algunos discretamente, otros por convicción, unos más por conveniencia. Por mi parte, aunque colaboraba de manera discontinua, seguí defendiendo la causa de Proceso en toda oportunidad que se me presentaba. Ese proceso personal de ser públicamente fiel a Proceso, y contribuir a la memoria histórica del golpe, me costó una buena cantidad de ataques en aquel espurio Excélsior dirigido –digamos así– por una persona ahora olvidada pero que, con su traición, dañó la causa de la libertad de expresión en México y, sobre todo, a la cooperativa de Excélsior, que vivió muerta por muchos años sin saber que lo estaba. Recuerdo y vindico ahora esa trayectoria de 30 años de lealtad, no porque la considere especialmente meritoria (muchos otros la ejercieron), sino porque siento que me permitirá hablar con claridad y franqueza sobre los aspectos que considero criticables de Proceso.

* * * * *

Además de amigo de la institución he sido su lector atento, contrariado, apasionado. Cada fin de semana, donde esté, sin esperar a la suscripción que llega a mi oficina, compro y leo la revista. Es parte de un ritual que me ha acompañado desde noviembre de 1976. En términos generales, durante casi 25 años coincidí con su temple crítico o, como decía Octavio Paz, con su “pasión crítica”. Como ha señalado Gabriel Zaid, durante el período de 1976 a 1994 había muchas cosas en la vida pública mexicana que no podían leerse más que en Proceso. Sobre la histórica contribución de Proceso a la democracia mexicana escribí unas líneas en tiempos de Salinas de Gortari que querría rescatar ahora, porque recobran el entusiasmo y la gratitud que sentía por el gran semanario:

Ir a Proceso domingo a domingo es como ir a misa: allí se comulga con la verdad pública. Durante todo el trayecto de estos tres sexenios, Proceso se ha mantenido intacto en la fe del público. La razón es simple: En Proceso el lector ha encontrado la verdad impublicable, la que los secretarios sueñan con acallar o suprimir. Sólo en sus páginas están los escándalos de corrupción, crímenes políticos, expedientes comprometedores, trayectorias personales, negocios ilícitos, transacciones dudosas, medidas erráticas, declaraciones contradictorias, puñaladas traperas, enjuagues secretos que integran esa tupida red de complicidades que sustenta al sistema político mexicano. “Nuestra vida pública”, decía Cosío Villegas, “no es pública”. En esa medida, es natural que la poderosa corporación política que nos gobierna maneje con absoluta secretividad sus decisiones, censure las noticias que no le convienen y en general trate a la prensa como un departamento interno o asociado de relaciones públicas. “La prensa como negocio que depende del patrocinio”, escribe Gabriel Zaid, “tiende a decir lo que quieren sus patrocinadores, aunque los lectores sepan que están leyendo un comercial y tengan que recurrir al teléfono, la conversación, el chisme, los rumores, para conjeturar lo que pasa en silencio”. Proceso ayuda a conjeturar lo que pasa en público. No ha estado al arbitrio de ningún patrocinio. Proceso sólo depende de sus lectores. Es un instrumento, un vehículo, una plaza, un café, un voceador de la sociedad civil, no un departamento del poder. Ése ha sido su único secreto.

Como lector de Proceso, debo confesar que desde 2000 y aun antes, en tiempos de Zedillo, su contenido político, y sobre todo sus portadas, me han decepcionado y, con frecuencia, irritado. Cosío Villegas (que quería y admiraba mucho a Julio Scherer) se quejaba conmigo del carácter estridente y extremista de Excélsior en los últimos meses de la administración legítima del periódico, la única que Cosío conoció. Yo entiendo muy bien que, como voz crítica, Proceso no puede, casi por principio, aplaudir los actos del gobierno, del signo que sea. No es ese su papel. Por otra parte, muchas de sus críticas han sido certeras. Fox, es verdad, mezcló irresponsablemente la vida privada con la pública, la vida empresarial con la política, la vida del creyente con la vida del presidente. Con todo, creo que por más mediocre que haya sido su desempeño no es comparable con los males que a México y a Proceso le infligieron los gobiernos autoritarios del PRI. Entiendo, por otra parte, que ha habido otros agravios en juego, una inquina personal de la “pareja presidencial” contra el semanario (y, según entiendo, contra miembros de la familia Scherer) que llegó a reflejarse en tribunales. Todo ello me parece un atropello y una torpeza (una más) de Los Pinos. Pero, sin desestimar esos factores, me pregunto si en el fondo de la animosidad sistemática de Proceso contra el nuevo régimen no hay una visión prejuiciada que nubla la visión y la misión de la revista.

Más allá de las querellas con el presidente y su consorte, en la actitud de Proceso con respecto al PAN hay en juego, si no me engaño, un factor adicional que me parece importante señalar, un factor religioso. Me explico. Los pilares espirituales de Proceso (mis admirados amigos Vicente Leñero, Enrique Maza, entre otros) pertenecen a una corriente de izquierda cristiana que por razones morales y hasta teológicas de fondo desprecian acremente a sus correligionarios fanatizados, los que, con aspereza pero con tino, Adolfo Christlieb Ibarrola llamaba “meadores de agua bendita”, los católicos ultramontanos, grupos como “los Tecos” o “el Yunque”, u órdenes religiosas como los Legionarios de Cristo. Esa querella dentro del catolicismo es un río profundo en el espíritu de Proceso. Yo no repruebo esa polémica; lo que lamento es que a veces amalgame en esas corrientes retardatarias todo el espectro de la política que no es “de izquierda”, no sólo a sectores moderados del PAN (como el que representaba aquel amigo de Scherer y mío, colaborador histórico de Proceso, Juan José Hinojosa), sino hasta a autores liberales que nada tienen que ver con el PAN. Sostengo que la posición histórico-moral de Proceso frente a esas corrientes de inspiración católica no es clara, consciente y argumentada. Tal como está, parece más bien sorda, soterrada, confusa, vindicativa, irracional, y por eso quizá se cuela a las páginas principales con una vehemencia que, por momentos, linda con el fanatismo. En pocas palabras, Proceso debe a sus lectores una discusión seria, autocrítica y profunda –una mesa redonda tal vez– sobre su posición teológico-política: un auténtico examen de conciencia. Quizá al hacerlo descubriría los resortes de su propio dogmatismo. Y descubriría algo más que me importa sobremanera subrayar: su lamentable incomprensión y su alejamiento de la tradición con la que, en lo personal, me identifico: la tradición política liberal, que nada tiene de conservadora ni de reaccionaria.

Dejemos el Cielo, volvamos a la tierra. Nunca comienzo a leer Proceso por el índice. Siempre busco la caricatura de Naranjo. Mi relación con él es dichosamente esquizofrénica: el contenido ideológico no me interesa, me parece previsible, simplón, maniqueo; pero siempre, o casi siempre, celebro su mal humor, su malicia, su mala leche, su sarcasmo y hasta su ocasional ternura. Lo considero un dibujante genial. Vuelta no incluía caricaturas en sus páginas y dudo que Octavio Paz hubiera invitado a Naranjo, pero en Letras Libres no dudamos en publicarlo cuando se da la ocasión. Decir que Naranjo, en la forma, está a la altura de los caricaturistas liberales de La Orquesta, parece un lugar común. Es rigurosamente cierto. Otro caricaturista muy estimable es Efrén, en la sección cultural: sus cartones son imaginativos y originales.

La sección editorial se ha mantenido entera –con altas y bajas, a través del tiempo, gracias en parte al ejemplo vivo de editorialistas célebres, puentes entre la utopía y la realidad, como Heberto Castillo. Fue plural en sus inicios y creo que en cierta medida lo sigue siendo ahora, por sus equilibrios de género, edad, postura ideológica y enfoque. A pesar de seguir un ritmo semanal y competir con las secciones diarias de los periódicos, las páginas editoriales de Proceso aportan algo nuevo. En lo personal, respeto a Miguel Ángel Granados Chapa (tan prolífico que a veces pienso que cada uno de sus nombres y apellidos es un autor por sí mismo), a Carlos Tello (que combina la historia del pasado y del presente) y a Javier Sicilia, siempre noble y apasionado, aunque enemigo jurado del liberalismo.

No leo mucho, lo confieso, la sección Internacional. No porque le falte pertinencia. De hecho sus corresponsales son solventes y las fotografías que se publican suelen ser escalofriantes. El motivo de mi omisión es la competencia del internet y las revistas internacionales especializadas. Pero se trata, no hay duda, de una sección imprescindible para el lector mexicano, que siempre ha tendido a mantener una perspectiva provinciana. Deslizo una sola crítica: su postura sistemáticamente adversa a Israel y un antiyanquismo sin matices que impide ver el escenario mundial con claridad.

La sección que me compete más de cerca es la de Cultura. Como nota personal, quiero reconocer que, en los momentos más delicados de confrontación en el mundo cultural (los que siguieron, por ejemplo, al “Encuentro Vuelta” y al “Coloquio de Invierno”), Proceso mantuvo una actitud de neutralidad y un propósito de objetividad. No pocas veces fue muy injusta y hasta displicente con Paz, pero en mi caso –permítaseme reconocerlo– no tengo un solo agravio. Tuve siempre el derecho de réplica, y no pocas de las buenas y malas polémicas en las que me enredé en mis años mozos y no tan mozos, tuvieron como escenario las páginas de Proceso. En cuanto a su tratamiento de la revista Letras Libres (en su tres ediciones: España, México e internet) tengo un pequeño reproche: su actitud ha sido excluyente.

Fundada y dirigida por muchos años por Vicente Leñero y su lugarteniente Armado Ponce, la sección de Cultura de Proceso ha ofrecido entrevistas y reportajes que aún ahora se extrañan en las páginas culturales de los periódicos. Tratándose de querellas (tan frecuentes en el ámbito cultural), por lo general Proceso dio voz a todas las partes. Para un futuro historiador de la cultura mexicana que se interese en la etapa 1977-1994, la sección será una fuente de primera importancia. Allí encontrará el clima, la atmósfera, la tensión de varios episodios que marcaron a nuestra “República de las Letras”. Aunque se interesa poco en el proceso creativo de los autores, y peca al buscar el escándalo cultural, una característica apreciable en la sección es su respeto a la calidad literaria. Los falsos prestigios, las frívolas burguesas de la literatura (hoy tan omnipresentes), los opinadores sin obra, los oportunistas, los ideólogos adocenados no han tenido cabida y, menos aún, reconocimiento en esas páginas.

Finalmente, una palabra sobre sus críticos de planta: son sin excepción informados, inteligentes y escriben bien. La crítica de libros es tan buena que merecería ampliarse, lo mismo que las artes. A Florence Toussaint, la excelente crítica de medios, le tengo otro pequeño reproche: Pienso que los 250 documentales históricos de Clío habrían merecido alguna vez un análisis en su columna. Termino este apresurado recuento con una sección que he leído siempre con el mayor gusto y hasta devoción: el “Inventario” de José Emilio Pacheco, esa fascinante enciclopedia de la vida literaria, heredera de Reyes, que José Emilio (o Proceso) deben algún día editar, con un índice exhaustivo.

Como en tiempos de Scherer, bajo la dirección de Rafael Rodríguez Castañeda –amigo gentil y periodista de cepa–, el lector sigue hallando en la primera sección de Proceso (además de un diseño más moderno y servicios de información excelentes) asuntos de interés, lo cual tiene su mérito. No cabe duda de que, desde 1994 (con la aparición de Reforma y la transformación dinámica de El Universal), Proceso tiene una competencia que no existió en sus primeros lustros. Es verdad que unomásuno y, más tarde, con mayor fuerza y vivacidad, La Jornada, han representado un periodismo de “izquierda” o “comprometido” que se ha traslapado un poco con el de Proceso. Pero la convergencia ideológica relativa no va en detrimento de los lectores, que suelen ser los mismos: muchos de ellos jóvenes universitarios. (Por cierto, sería bueno que Proceso llevara a cabo y publicara una encuesta amplia e independiente sobre el perfil y la opinión de esos lectores.)

Sin embargo, en los últimos años ha ocurrido en Proceso un proceso que me preocupa. Se ha vuelto previsible, a veces en extremo. Previsible y maniqueo, justamente los defectos de Naranjo, pero sin la gracia artística que lo redime. No siempre, pero muchas veces, uno conoce de antemano qué va a decir Proceso en su número siguiente. La primera sección es demasiado doctrinaria, propende a ver la realidad con anteojeras ideológicas. Quizá lo más soso y reiterativo sean las entrevistas. Una de las prácticas más vacías del periodismo mexicano es otorgar legitimidad a un académico por el solo hecho de serlo. La Academia (como la prensa) no es proclive a la autocrítica, sino al autobombo. Es obvio que en nuestras universidades e institutos de investigación superior sobran talentos de primer orden y estudiosos genuinos. Pero no faltan también los descubridores del hilo negro o, peor aún, los falsificadores profesionales con título para ejercer, los ideólogos doctrinarios que ajustan la realidad a su realidad. ¿Cómo distinguir unos de otros? ¿Cómo ampliar el repertorio de entrevistados? ¿Cómo hallar voces nuevas, originales, imaginativas, solventes? Ésa es una labor que Proceso no ha tomado con la seriedad debida. El asunto se vuelve aún más serio si consideramos la existencia del internet. Pienso que los reporteros de Proceso (excelentes muchos de ellos, y amigos críticos, como Antonio Jáquez) no hacen uso suficiente de esa herramienta. En cambio, la otra vertiente de su trabajo, el reportaje in situ, es bueno, aunque a veces también tendencioso. El mejor Proceso es el que busca con pasión la verdad, aunque sea incómoda, hasta para sí mismo. Es el Proceso que extraño.

La portada es “la mitad” de la revista, de toda revista. Debo confesar que la portada de Proceso no ha sido mi elemento preferido. No recurren al montaje, no ensayan la caricatura, no emplean medios modernos de diseño (que sí han adoptado en el cuerpo de la revista). Las portadas más impresionantes, es verdad, han sido fotográficas y, en momentos dramáticos, tipográficas. Pero el problema, además de la escasa calidad artística, es el sesgo tremendista. No siempre la realidad es terrible, pero para Proceso suele serlo con puntualidad semanal. En no pocas ocasiones el contenido objetivo de los reportajes desmiente el mensaje de la portada, a veces hasta extremos de esquizofrenia. Sobre todo en sus portadas, Proceso se aleja de su vocación de análisis, información y opinión, y se aproxima más a un tribunal de la Inquisición. Anuncia cada semana un Apocalipsis que no se cumple; y un Apocalipsis que no se cumple se banaliza. Confunde la crítica con la denuncia. Parecería por momentos que en el nombre lleva la penitencia: Proceso somete a proceso a todos los protagonistas de la vida nacional... salvo a Proceso.

Se dirá, tal vez, que la explicación del tono tremendista es, simple y llanamente, de mercado. Eso es lo que vende. No lo creo. Creo más bien que tanto las portadas como el contenido de la sección principal pueden seguir siendo fieles a la línea crítica predominante de Proceso y, sin detrimento de ese compromiso con los lectores, mostrar una disposición más abierta, más objetiva, más equilibrada, o, para usar el concepto preciso, más liberal. En esa palabra, en el reencuentro con esa noble tradición que viene del siglo XIX –y que debe arraigar en el XXI– está no sólo la mejor salida para Proceso y sus lectores, sino la única vía coherente para la izquierda mexicana, la que le permitirá contribuir a mejorar la vida social en un marco de respeto a la razón y el derecho.

* * * * *

He sido amigo de la institución, lector asiduo, colaborador incidental de Proceso. Pero antes y después de todo he sido amigo de su director fundador, Julio Scherer. Lo conocí una tarde de abril de 1976, cuando –por gestión de su fiel secretaria, la amable Elenita– le llevé el primer ejemplar de Caudillos culturales en la Revolución Mexicana. Años más tarde, acudí a él para buscar consejo y apoyo en un difícil trance personal. Me pidió caminar con él peripatéticamente alrededor de la calle de Fresas, y me ofreció un apoyo moral que me fortaleció decisivamente. Nunca olvidé ese gesto. Al poco tiempo, para mi sorpresa, lo encontré en los casilleros de la YMCA. Don Julio (años después le quité y me quitó el “don”) llegaba temprano como cualquier hijo de vecino y ejecutaba el ritual con parsimonia, escuchando las bromas de la gente en los vestidores. Sospecho que registraba los comentarios políticos con espíritu de encuestador: La “Guay” era un termómetro público que disparaba su imaginación periodística. Desde entonces tuve claro que había algo absorbente, implacable en la voluntad profesional de Scherer: su vida se regía semanalmente por el ritmo de Proceso. Cuando Scherer dejó la “Guay” y se fue al deportivo Chapultepec, no tuve más remedio que reemplazarlo en el desayuno con un amigo igualmente querido (y más antiguo, en mi vida, que Julio); un deportista ignorado e incomprendido (hasta por sí mismo): Carlos Monsiváis.

Caminábamos –Scherer y yo– al paso que nos marcaba nuestra amistad: en desayunos, comidas o charlas de oficina, bordeamos poco a poco, con delicadeza y discreción, temas personales, pérdidas dolorosas. Esa confianza me acercó a la historia de sus padres y a la de Susana, su esposa, de la que retengo, con agradecimiento, anécdotas conmovedoras. Y me acercó también a algunos miembros de su familia, como a su hijo Julio. Ahí, más que en la brega política, se forjó nuestro vínculo.

Pero la política era el condimento de esas reuniones. Acompañé a Scherer en el fugaz episodio en que Reyes Heroles intentó recuperar Excélsior. Actuábamos a contracorriente del sistema político mexicano que ambos –yo, un intelectual principiante; él, una leyenda del periodismo– enfrentábamos. Scherer defendió la “democracia sin adjetivos”, le dio resonancia a la gran batalla cívica de Chihuahua en 1986, se opuso a la caída del sistema en 1988, y alzó su voz en cada elección turbia durante el sexenio de Salinas. En todos esos episodios tuvimos una razonable coincidencia de opiniones que, por instantes, chocó con las del propio Octavio Paz, quien sin embargo siempre quiso mucho a Scherer. “Es un personaje extraído de la literatura rusa”, solía decir.

La frase de Paz contenía una verdad profunda. Su pasión incendiaria recuerda a Los poseídos de Dostoievski. ¿Qué lo ha movido todos estos años? Alguna vez creí que era la pasión por la verdad. No me equivocaba, pero ahora pienso que lo han movido siempre pasiones más variadas, complejas, contradictorias; pasiones humanas, demasiado humanas: indignación ante la injusticia, odio ante quienes ve como opresores... pero, al mismo tiempo, fascinación por los hombres del poder, los artistas revolucionarios, los caudillos míticos, los héroes y los antihéroes.

En los últimos tiempos, sin que mediara una discusión o, menos aún, la más mínima ofensa, tomamos cierta distancia. Ha sido una distancia cuidadosa. Cicerón dice que el motivo más común e insidioso de la pérdida de la amistad es la política. El riesgo de nuestra amistad en estos años ha sido mayúsculo. Scherer (según me ha confesado más de una vez) critica mi vínculo con Televisa. Yo le he argumentado que ese vínculo, no laboral, sino empresarial, fincado en el respeto y la independencia, no me ha restado libertad; ha abierto la televisión a una cultura del documental histórico, y ha contribuido a una apertura de la televisión a voces que nunca llegaban a ella. Por mi parte, yo le reclamo haber sucumbido, de manera absolutamente acrítica e irracional, a la fascinación de Andrés Manuel López Obrador. El apasionado Scherer se ha dejado ganar por la vertiente mesiánica del líder, sin advertir que encarna la más antidemocrática y autoritaria mezcla teológico-política que haya vivido México en su historia reciente.

* * * * *

Entristecido más que indignado por las últimas portadas de Proceso, que contribuyen a desacreditar las instituciones democráticas y a inflamar el más irresponsable espíritu revolucionario; decepcionado de no encontrar en mi querida revista un reportaje sobre las fuerzas reales que (más allá de los millones de genuinos partidarios) apoyan a López Obrador en su secuestro de la Ciudad de México (datos duros, dineros, orígenes), he temido por nuestra amistad. Pero hace unos días advertí la presencia de Julio y una de sus gentiles hijas en un vuelo en el que coincidiríamos. Le grité de lejos y me abrió los brazos como sólo él sabe hacerlo, como inquietas aspas asimétricas, abriendo el hueco del pecho que es el hueco del corazón, que es el hogar de la amistad. Hablamos mucho sin tocar la política. Hablamos mucho, pero nos “apapachamos” más, como para mostrarnos que sí, que podíamos diferir radicalmente en este momento crucial de México, y querernos a pesar de ello.

“Piensa en todo lo que nos une, no en lo muy poco que nos separa”, me decía Julio, hace años. Ahora ese poco parece mucho. Quizá es mucho. Pero, en la cuenta larga de la amistad, tal vez ese poco será nada. Hay amistades inmunes a la política. La nuestra, así espero, es una de ellas. La prueba la tiene el lector en estas páginas a las que fui convocado sin restricciones, con entusiasmo. Las he escrito con lealtad, como un homenaje a Proceso. Un homenaje crítico. Pedro Henríquez Ureña decía que “la amistad de un crítico es la mayor bendición”. Ésa es la amistad que doy, y es la amistad que espero, de Proceso y de Julio Scherer.

México, Distrito Federal, 29 de agosto de 2006.

.


* Enrique Krauze es historiador y ensayista, director de Editorial Clío y fundador de la revista Letras Libres. Este texto fue escrito para un número especial por el 30 aniversario de Proceso, y se reproduce en SdP con la autorización expresa de su director, Rafael Rodríguez Castañeda. © Comunicación e Información, S.A. de C.V.


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