Sala de Prensa

95
Septiembre 2006
Año VIII, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Luisa Márquez Iguarán:
Fundamento de la creación literaria

Patricio García Caro *

Gracias a todos ustedes por la organización de este certamen y a la vida misma por haberme dado la oportunidad de compartir muchos momentos con Luisa Santiaga, a través de los cuales pude conocer las dimensiones de su afectividad y aproximarme a los interrogantes y respuestas sobre la genialidad de la creación literaria.

La importancia de la celebración del centenario del natalicio de nuestra madre trasciende lo coloquial o familiar para ofrecernos la oportunidad de identificar en su historia personal, familiar y social, los múltiples factores que convergieron para que el primogénito de la familia que formó con Gabriel Eligio García Martínez, con el devenir de los tiempos, fuera el único Premio Nobel que ostenta Colombia con orgullo, en la actualidad.

Es lugar común afirmar que existen mujeres de vientre privilegiado, que gestan en él a los héroes o a los genios. Pero a continuación es menester preguntar por los factores de la personalidad y la comunicación que de manera tan determinante influyen en el desarrollo de la inteligencia y la genialidad, particularmente la de su hijo primogénito, Gabriel García Márquez. Entre estos podríamos destacar, a vuelo de pájaro, los siguientes:

  • El efecto constructor de destinos que tienen las contradicciones, las paradojas y las dificultades de todo tipo, cuando el individuo, en vez de darse por vencido, las asume como un reto vital. No existe mayor fuerza cohesiva para el amor que los factores que pretenden contravenirlo o desafiarlo.
  • La desolación, rendición y desarme de los espíritus que sigue a los períodos de guerra o de luto nacional y familiar constituyen un gran estímulo para los enamoramientos y formación de pareja, porque son una forma de afirmar la vida sobre la muerte.
  • La visión ancestral o tradicional de las mujeres de un solo hombre, que perseveraban y esperaban a su amado contra viento y marea, permaneciendo siempre fieles.
  • El grado de identificación y asimilación de su cultura de origen le confirieron las fortalezas necesarias para privilegiar los valores del humanismo cristiano que le dan coherencia, credibilidad y continuidad a una familia a pesar de la adversidad.
  • Su apreciable grado de desarrollo cognoscitivo, alcanzado extra curricularmente, quizás a través de la reflexión y la lectura paciente de algunos textos clásicos, como la Biblia, se expresaba como aguda inteligencia y flexibilidad de su personalidad.

Luisa Santiaga solía seducir con demostraciones humildes de su intelecto, perseverancia y admirable manejo de sus emociones y del lenguaje. Evitaba decir que una mujer de pechos pródigos era “tetona”, ya que este término le parecía de mal gusto y prefería llamarla, haciendo uso de su picardía y eufemismos, tocaya de Zenón.

Fue una coleccionadora de refranes, que como persuasivos retablos de sabiduría, sabía utilizar en el momento preciso y en las proporciones adecuadas. Gustaba de casi todos los frutos del mar, especialmente del mero, cuya apetecida carne exaltaba sólo con la primera parte del conocido refrán español: “del mar el mero, de la tierra el carnero”. Pero su pulcritud y buen gusto por el lenguaje la llevaba a rechazar, por prosaica, la segunda parte que agrega: “de las frutas el madroño, y de las mujeres el coño”.

Fue una cultora esmerada de la palabra, que privilegió siempre sobre cualquier otra forma de comunicación y la convirtió en una extraordinaria conversadora, dotada de una estructura narrativa y de unos recursos semánticos que envidiaría cualquier autor después de haberle dedicado años al estudio comparativo de los estilos literarios. Hasta su propio hijo Gustavo, quien después de realizar unos acertados cálculos del tiempo que uno se gasta sentado a la mesa y después en el retrete, decidió aprenderse todo el diccionario de la Real Academia de la Lengua de a dos o tres palabras, por cada sentada, hasta que llegó a dominarlo por completo.

Gabito reconoció el virtuosismo literario de su oralidad una mañana en que desayunábamos desprevenidamente en su casa de La Habana, en compañía de Margoth y Mercedes, por supuesto. Después que ella contó mejor que él el pasaje de Cien Años de Soledad en el que el abuelo Nicolás Ricardo Márquez Mejía consultó a una pitonisa por el destino de los tres criados que había perdido. Dijo el Nobel: “Se dan cuenta, así como mi mamá cuenta las historias las escribo yo”.

El afecto, la ternura y la tolerancia fueron virtudes que también cultivó con gran esmero. En una ocasión insistió en visitar una casa coronada de almenas y pintada de rojo en el Barrio Abajo de Barranquilla, donde había vivido la familia en uno de sus tiempos más difíciles. En esta época Gabito se ensayó como pintor decorativo de los primeros buses de madera y latón que surcaban las calles de Barranquilla, actividad que le permitía contribuir a la manutención del resto de la familia. Es posible que él ya no recuerde estos hechos, pues de algún tiempo para acá decidió vivir el aquí y el ahora y sólo tener buenos momentos y recuerdos felices.

Cuando franqueó el umbral de esta hermética vivienda, encontró que estaba atestada de aguacates y de muchos jóvenes que fumaban marihuana. Ella se abrió pasó entre las cortinas de humo con valor y donosura, pero no renunció a su tenacidad de volver a recorrer la casa de sus recuerdos y de entrevistarse con la dueña de la esquina, que hacía la famosa chicha venezolana que tanto gustaba a sus hijos, pero esto último apenas pudo intentarlo, pues según sus palabras, la encontró más sorda que una tapia.

Escuchaba y comprendía las posturas de cada uno de sus hijos sin intemperancias y en vez de mostrarse autoritaria e impositiva persuadía con el espíritu desarmado y conciliador que siempre la caracterizó. En vez de contradecir abiertamente, utilizaba el recurso pedagógico del reto o la provocación con una frase contundente que invitaba a la reflexión o aprobaba sus desmesuras, las que algunas veces compartía. Estaba dotada de suficiente templanza y rigor para afrontar las vicisitudes propias del oficio de vivir, ser madre y esposa; para mantener el gobierno de la casa y el avituallamiento diario durante las prolongadas peregrinaciones de Gabriel Eligio García por los pueblos de la Costa, en pos de sus sueños de redención económica.

Tras su rigor y formalidad de madre y señora de casa disimulaba muy bien sus tendencias picarescas y hedónicas, que sólo revelaba a los que quería entrañablemente, cumpliendo aquel refrán que dice: “la mujer del César no sólo debe serlo sino parecerlo”, como una de las normas de su vida.

Cuando Gabriel Eligio perseguía a Luis Enrique por toda la casa y los fértiles campos de Sucre, para castigarlo por sus pilatunas y desaplicación académica, éste solía evadir finalmente el castigo paterno encaramándose en el techo de la casa armado de su guitarra. Desde esta fortaleza inexpugnable conmovía el corazón atribulado de su madre y ganaba su complicidad cantándole las canciones del famoso trío Los Panchos. Muchos años después, en Barranquilla, cuando ambos estaban tan viejos que parecían más cómplices que nunca, los escuché cantar felices de nuevo, a dos voces, aquellas inolvidables canciones de amor.

Conocía tanto el talante de sus hijos, que logró caracterizar a cada uno y reservarle una respuesta o apunte lapidario, que casi siempre tenía el efecto de estremecerlos emocionalmente y de invitarlos a revisar sus comportamientos. A Jaime, que heredó de ella la vocación por la conversación y de su padre la imaginación exacerbada, solía hacerlo tocar tierra cuando se elevaba hablando de grandes proyectos de ingeniería y de sumas astronómicas, con estas palabras: “Mi pobre hijo Jaime, se la pasa hablando de millones y la mayoría de las veces no tiene con que tomarse una gaseosa”. Esta unidad de los contrarios en las cosas o contrasentido que formaban parte de su repertorio verbal cotidiano, impregnan la creación literaria, tienen la capacidad de capturar al lector, como puede apreciarse particularmente en la obra de Gabriel García Márquez.

Durante los últimos años de su vida se resistió a dejarse vencer por la peste del olvido, los que aprendió a ocultar habilidosamente para que sus interlocutores no se percataran de que estaba perdiendo la memoria. Solía devolver las preguntas con su habitual picardía y contestarle a los hijos cuando le preguntaban por su identidad, a ver si lo reconocía: “Bien jodido debes estar si ya no sabes quién eres tú mismo”.

Su aliento vital se fue apagando lentamente y sin señal alguna de dolor, tanto que cuando nos preguntaban por su salud contestábamos al unísono que estaba bien, pues más que enferma parecía dormir como un niño. Murió en casa, rodeada de sus hijos, nietos y tataranietos, como la más ilustre de las matronas caribeñas. A pesar de que estuve presente en sus funerales, permanecí en vigilia toda la noche y la acompañé a su morada final en el cementerio de La Manga, estoy convencido de que el 9 de junio de 2002 se fue para el cielo en cuerpo y alma como Remedios la Bella.


* Patricio García Caro es primo de los García Márquez, pero considerado como otro hermano desde los tiempos lejanos en que Luisa Santiaga decidió adoptarlo como un hijo más. Conocido como el loquero de la familia”, asistió médicamente a Luisa Santiaga en sus últimos lustros de vida. Este es el texto que leyó en el homenaje a la madre de los García Márquez, y se publica simultáneamente en la Revista Arte & Parte de La Guajira, Colombia, y en Sala de Prensa con la autorización expresa de su director.


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