Guerra
contra el terrorismo:
la ética periodística al basurero
Alcides
Ernesto Herrera *
Contexto
El
11 de septiembre de 2001, dos aviones de línea
comercial chocaron contra el World Trade Center,
en Nueva York, considerado símbolo del poder
económico de Estados Unidos. Otro avión
arremetió contra el edificio del Pentágono, en
Washington D.C., centro del poder militar de los
Estado Unidos. Un cuarto avión se dijo que
había sido derribado antes de llegar a cumplir
su objetivo: la Casa Blanca, y así completar el
ataque a los tres poderes fácticos de Estados
Unidos: el económico, el militar y el político.
Los atentados
terroristas fueron atribuidos a Osama Bin Laden,
un antiguo aliado de Estados Unidos en la lucha
contra el comunismo, que dirige la red terrorista
Al Qaeda, y que estaba protegido por el régimen
taliban en Afganistán. Días después de los
atentados, Estados Unidos llamó a las Naciones
Unidas a luchar contra el terrorismo y quitar al
régimen taliban en Afganistán. Después de
derrotar a los talibanes e imponer un
gobierno de transición, los estadunidenses
iniciaron una segunda guerra en Iraq, bajo el
concepto de guerra preventiva, pues
Sadam Hussein, presidente de Iraq, poseía
armas de destrucción masiva,
colaboraba con la red Al Qaeda y era un dictador
sanguinario que había asesinado a sus opositores
y vecinos con armas biológicas.
A las acciones
bélicas ejercidas por Estados Unidos después
del 11 de septiembre (11S) se les ha denominado
guerra contra el terrorismo. Los
principales aliados de esta guerra contra el
terrorismo fueron Inglaterra y España y se
aliaron 30 naciones pequeñas, entre ellas
Nicaragua, Honduras y El Salvador.
Desde que se
estrellaron los aviones estuvimos empotrados
viendo, leyendo, escuchando, siendo testigos de
la cobertura de los medios de comunicación.
Todos los medios de comunicación transmitían lo
mismo. Como nos dice Ferreira y Sarmiento:
Ver las transmisiones de cadenas CBS, ABC,
NBC, Fox, MSNBC, CNN, Telemundo y Univisión fue
como ver la misma estación repetida una y otra
vez (Ferreira y Sarmiento, 2003). Lo mismo
sucedió cuando Estados Unidos atacó Afganistán
e inició la guerra en Irak: los medios de
comunicación enviaron cientos de reporteros que
transmitían en directo, al menos así lo decían
los mismos medios, y mantuvieron informado las 24
horas a todos los que vivimos en este planeta.
Los medios de
comunicación han cubierto la guerra contra
el terrorismo y nos hacemos las mismas
preguntas que el periodista mexicano Gerardo
Albarrán de Alba: ¿Cuál es nuestro papel
en una guerra? ¿Debemos marchar como conscriptos
del lado de nuestra nación o, según el caso,
del aliado de nuestra nación? ¿Debemos ver y
reportar sobre el enemigo como eso: enemigo?
¿Debemos alentar sentimientos patrióticos para
que la sociedad cierre filas en torno a una
causa, al margen de si es justa o no lo es, pero
que se adopta como propia? ¿La prensa debe
renunciar a su labor de informar y asumirse como
simple instrumento de propaganda? ¿Se debe
someter la agenda informativa social a las
necesidades estratégicas de los ejércitos y sus
patrocinadores? ¿Se debe aceptar la censura e
incluso practicar la autocensura como arma de
guerra, bien sea para no fundamentar el desánimo
de la sociedad o para minar las resistencias
morales de eso que llaman enemigo? ¿A quién
servimos? ¿Para qué servimos? (Albarrán
de Alba, 2001).
Este ensayo
pretende analizar, desde las interrogantes de
Albarrán de Alba, la cobertura de los medios de
comunicación en la guerra contra el
terrorismo y sus implicaciones éticas.
Incitación
favorable a la guerra
Los medios de
comunicación estadunidenses se mostraron
favorables a la guerra que estaba promoviendo la
administración Bush contra Afganistán e Irak.
Desde el inicio nos vendieron el desastre de las
torres gemelas "como una serie televisiva
llamada America Under Attack (América
atacada) (Schechter, 2004: 75).
Tres días
después de los atentados los editoriales de los
principales periódicos hablan de guerra. Así
por ejemplo el 14 de septiembre los editoriales
del Washington Post fueron: Henry
Kissinger: Hay que destruir la red
terrorista. Robert Kagan: Debemos
luchar en esta guerra. Charles Krauthammer:
Hay que luchar, no hablar. William S.
Cohe: La guerra sagrada estadunidense
(Ibíd. 76). Según Chechter no hay ninguna
columna de Colman McCarthy hablando de paz. Entre
1969 y 1997 estuvo escribiendo una columna a
favor de la paz en el Washington Post.
Lo despidieron porque, según le dijeron, la
columna no generaba suficiente dinero a la
compañía. 'El mercado ha hablado', fue el
argumento esgrimido por Robert Kaiser, el
director del Post (Ibíd. 76).
Un mes después,
cuando había iniciado la guerra en Afganistán,
en la revista Newsweek se leyeron
expresiones de este talante: "En Yemen, un
nido de víboras del terrorismo, las autoridades
detuvieron a docenas de sospechosos
seguidores de Bin Laden". O bien: "El
máximo jefe podría estar en las montañas de
Afganistán, escondiéndose de las bombas y los
comandos estadunidenses, pero también, sin duda,
preparando su próxima atrocidad". O peor:
"Ahora los funcionarios de inteligencia
están advirtiendo que las células terroristas,
cerradas y secretas, son extremadamente
difíciles de penetrar; que por cada cabeza de
serpiente cortada, surgen dos más del
pantano
" (Albarrán de Alba, 2001).
Los medios de
comunicación de occidente se sumaron al coro
belicista de Bush, violentando los principios
éticos de la UNESCO que nos dice: El
compromiso ético por los valores universales del
humanismo previene al periodista contra toda
forma de apología o de incitación favorable a
las guerras de agresión y la carrera
armamentística, especialmente con armas
nucleares, y a todas las otras formas de
violencia, de odio, de discriminación
(Bonete Perales, 1995: 232). Bien directo nos
señala la UNESCO que el periodista debe oponerse
abiertamente a toda forma de apología o de
incitación a la guerra, pues haciéndolo así
los periodistas contribuyen a la creación de un
mundo nuevo más justo y humano.
La
primera víctima de la cobertura de la guerra: la
verdad
El 7 de octubre
de 2001 Estado Unidos inició el ataque a
Afganistán, por el motivo que el régimen
taliban protegía a los terroristas que habían
chocado aviones contra las torres gemelas y el
Pentágono. El 20 de marzo de 2003, tropas
mayoritariamente estadunidenses y británicas
bombardearon Bagdad, capital de Iraq, dando
comienzo a la guerra. El 9 de julio fue tomada
Bagdad y seis días después se da por finalizado
el conflicto, ¡aunque la guerra aún continua!
El principal
motivo para invadir Irak, según lo expresó
George W. Bush ante las Naciones Unidas (ONU) en
septiembre de 2002, es que Sadam Hussein se
ha burlado de nuestros esfuerzos y continua
desarrollando armas de destrucción masiva.
Podríamos estar completamente seguros de que
posee armas nucleares (sic) cuando, Dios no lo
quiera, las utilice (Moore, 2003: 57). Un
segundo motivo lo expresó Bush meses después:
Nuestras fuentes nos indican que Sadam
Hussein ha autorizado recientemente a los
comandantes iraquíes el uso de armas químicas,
las mismas armas que el dictador asegura no
tener (Ibíd., p. 60). Por último, un
tercer motivo era que Iraq tenía relaciones con
Osama Bin Laden y Al Qaeda: Se trata de un
hombre que ha mantenido contactos con Al Qaeda.
Es un hombre que representa muchas amenazas: es
de esos tipos a los que les gustaría más que
nada entrenar a los terroristas y suministrar
armas a los terroristas para que atacasen a su
peor enemigo sin dejar huella. Este tipo supone
una amenaza para el mundo, dijo Bush en St.
Paul, Minessota, el 3 de noviembre de 2002
(Ibíd., p. 58). Las causas que motivaron la
guerra, a dos años de iniciado el conflicto, ha
quedado demostrado que fueron mentiras creadas.
¿Qué hubiese pasado si se hubiera conocido la
verdad antes del 20 de marzo de 2003?
Los encargados
de informar e investigar la verdad de los
informes de la administración Bush fallaron,
como nos dicen Leonardo Ferreira y Miguel
Sarmiento (2003): Los medios de
comunicación fallaron antes, durante y ahora
después de terminado el conflicto. Fallaron
porque han dejado de cuestionar las intenciones
del gobierno y se han convertido no sólo en su
portavoz sino también en su mejor promotor.
Fallaron porque, en su mayoría, siguieron la
línea y se limitaron a cubrir un solo lado del
conflicto, el del Pentágono.
En otras
palabras, la prensa informó verazmente de lo que
dijo Bush en sus discursos sobre los motivos para
irse a la guerra, pero no consiguió averiguar, o
no quiso informar, lo que en verdad eran las
motivaciones que los llevarían a la guerra, que
para algunos ha sido el petróleo (Alcolumbre,
2003). Pues la verdad es arrojar luz sobre
los hechos ocultos, relacionarlos entre sí y
esbozar una imagen de la realidad sobre la que
puedan actuar los hombres (Kovach y Tom
Rosenstie, 2004: 56).
El gobierno de
Bush utilizó la información falsa que los
medios divulgaron, por eso, como nos exhorta
Restrepo, el compromiso con la verdad asume
una especial dificultad con unos actores que
creen necesario el fusilamiento de la verdad como
estrategia de guerra. Al periodista le
corresponde rescatar a la verdad del paredón de
fusilamiento mediante la aplicación de los más
exigentes métodos de investigación, de manejo
de las fuentes y de independencia respecto de
unos autores armados que quieren utilizar su
información como arma de combate
(Restrepo, 2004: 212).
El cliché de
que en la guerra la primera víctima es la
verdad se pone de manifiesto en la falta de
objetividad. Algunos opinan que es inalcanzable;
quienes opinan así, más bien quieren
deslindarse de su responsabilidad. Por eso
definiremos la objetividad como el firme
intento del que informa, para ver, comprender y
divulgar un acontecimiento tal como es y cómo se
produce en su ambiente y contorno, prescindiendo
de las preferencias y posturas propias
(Brajnovic, 1978: 101). O como lo entiende el
Código de ética de los periodistas de
Cataluña: observar siempre una clara
distinción entre hechos y opiniones o
interpretaciones, evitando toda confusión o
distorsión deliberada de ambas cosas, así como
la difusión de conjeturas y rumores
(Bonete Perales, 1997: 307). Leonardo Ferreira y
Miguel Sarmiento nos documentan un caso: Un
ejemplo clásico de esto fue el trato que se dio
a la noticia sobre el 'heroico' rescate de la
soldado Jessica Lynch, y sobre cuyas
características surgieron posteriormente
versiones contradictorias. Ese rescate fue, tal
vez, la mejor muestra de lo que puede suceder
cuando el cuarto poder rinde su independencia a
la presión patriótica: el mito y la conjetura
se hacen más fuertes que la realidad y los
hechos (Ferreira y Miguel Sarmiento, 2003).
Para lograr la
objetividad es necesario concentrarse en la
síntesis y la verificación. Bill Kovach lo
expresa de la siguiente manera: Tamatizar
los rumores, las insinuaciones, lo insignificante
y lo superfluo y concentrarse en lo que es cierto
y relevante de una noticia. A medida que los
ciudadanos se encuentran con una afluencia de
datos cada vez más grande, tienen mayor no
menor necesidad de fuentes identificables
dedicadas a verificar esa información,
destacando lo relevante y desechando lo que no
es (Kovach y Tom Rosenstie, 2004: 67).
Manipulación
en la cobertura de la guerra: desinformación e
información falsa
Partamos de dos
conceptos importantes por las consecuencias
éticas que estos tienen en el tema que estamos
analizando: desinformación e información
falsa. El termino
desinformación supone falta de
información, mientras que información
falsa indica que la información de la que
se dispone no es veraz (Agejas, 2002: 85).
Marcelo López Cambronero nos precisa el concepto
desinformación y nos dice que sólo
podemos hablar de desinformación si nos estamos
refiriendo a una parcela en la que la
información se muestra como importante de cara a
la constitución del individuo, es decir, cuando
estamos tratando una cuestión de la que debería
saber (López Cambronero, 2002: 85). En el
periodismo, desinformación e información falsa
se utilizan para la manipulación informativa que
tiene su manifestación concreta en la
propaganda, la censura y la autocensura y, como
efecto principal, la pérdida de independencia
del periodismo.
En la
guerra contra el terrorismo se puso en
práctica, con complicidad de los medios de
comunicación y periodistas todo un proyecto de
manipulación que implicó desinformación e
información falsa. Ignacio Ramonet nos relata
que el 20 de febrero de 2002 el New
York Times reveló el más impresionante
proyecto destinado a manipular las mentes. Para
llevar adelante la 'guerra de la información', y
siguiendo consignas de Rumsfeld y del
subsecretario de Estado a la Defensa, Douglas
Feith, el Pentágono había creado secretamente
una misteriosa Oficina de Influencia Estratégica
(OIE). Puesta bajo la dirección del general de
la aviación militar Simon Worden, la OIE tenía
por misión difundir informaciones falsas para
servir la causa de Estados Unidos. Estaba
autorizada a utilizar la desinformación, en
particular hacia los medios de comunicación
extranjeros. El diario neoyorquino precisaba que
la OIE había firmado un contrato de 100 mil
dólares mensuales con la agencia de
comunicación Rendon Group, ya utilizada en 1990
en la preparación de la guerra del Golfo
(Ramonet, 2003).
Otra estrategia
para la manipulación de la información fue la
de los periodistas incrustados. Las
reglas del juego, según Ferreira (2003), se
establecieron en reuniones que sostuvieron
oficiales del Pentágono con jefes de medios en
Washington, en octubre del 2002 y en enero del
2003. El mayor Tim Blair, encargado de las
relaciones con los periodistas
"incrustados", dijo: "Dichas
reglas del juego cambiarán de acuerdo a cada
misión y a cada lugar. El principio que nos
guía en el manejo de los incrustados es el de
control de seguridad en la misma fuente". Lo
que en otras palabras se traduce a que el jefe de
cada unidad militar tendría plena discreción y
control sobre lo que los reporteros asignados a
su grupo podrían hacer, o no.
Pero la forma
más burda fue la propaganda. En los días de los
atentados, no era sorprendente escuchar
cómo las transmisiones radiales promovían el
odio y la histeria, clamaban violencia contra los
árabes y los musulmanes, y exigían una
retaliación nuclear y una guerra mundial. A
medida que pasaban los días, los principales
noticieros radiales se volvieron
hiperdramáticos, se llenaron de música y amor
patriótico, y estaban saturados de propaganda de
guerra e histeria de terrorismo (Kellenr,
2002: 24). Cuando llovían las primeras bombas
sobre Irak, la mayor cadena de estaciones de
radio del país, Clear Channel, transmitió,
organizó y patrocinó en Atlanta, Cleveland, San
Antonio, Cincinnati y otras ciudades más, lo que
llamó "Manifestación pro América"
(Ferrerira y Sarmiento, 2003).
Conclusión
La cobertura a
la guerra contra el terrorismo ha
mostrado que los medios de comunicación han
violentado lo elemental de la ética
periodística, y en vez de informar han
desinformado; y con ello se han prestado a la
manipulación del gobierno de Estados Unidos. No
hemos tenido noticias, sino propaganda.
Los medios de
comunicación se mostraron favorables a la guerra
y su patriotismo los llevó a violentar el
derecho que tienen los ciudadanos de ser
informados con objetividad y veracidad, además
de violentar el código de ética de la UNESCO
que exige a los periodistas oponerse abiertamente
a toda forma de apología o de incitación a la
guerra.
La cobertura
periodística de la guerra, también mostró
deficiencia en la investigación del contexto en
que se realizaba el conflicto, las causas que lo
provocaron, como también la difusión de
información diaria. Pues aceptaron de buena gana
ser incrustados en los campos de
batalla y se sometió la agenda informativa a las
necesidades estratégica del ejército de Estados
Unidos.
Por último, las
grandes cadenas noticiosas aceptaron la censura y
practicaron la autocensura para que el pueblo
estadunidense y los países que apoyaron la
guerra no se desanimaran en el apoyo a dicha
guerra. ¡Hasta tenían prohibido mostrar los
ataúdes de los soldados estadunidenses muertos!
Algunos medios
de comunicación han mostrado su mea culpa,
pero no ha sido clara y precisa; parece entonces
que no están dispuestos a renunciar a sus
prebendas económicas y políticas en aras de la
responsabilidad social que tienen como medios de
comunicación con la ciudadanía.
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Referencias bibliográficas
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información, Editores Ariel Comunicación,
Barcelona.
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- Albarrán de Alba, Gerardo, Guerra
Santa en Sala de Prensa 36,
Octubre 2001, Año III, Vol. 2, en la siguiente
dirección www.saladeprensa.org, visitada el 8 de mayo de 2005.
- Alcolumbre, María, El verdadero motivo
de la guerra en Irak en
www.monografias.com, visitada el 8 de junio de
2005.
- Brajnovic, Luka, Deontología periodística,
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www.comunica.org/chasqui/, visitada el 5 de mayo
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14
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- Moore, Michael (2003), ¿Qué han hecho con
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visitado el 8 de junio de 2005.
- Restrepo, Javier Darío (2004), El zumbido
y el moscardón, Editorial Fondo de Cultura
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- Schechter Danny, (2004), Las noticias en
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Barcelona.
* Tomado de Rebelión.org
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