Sala de Prensa

83
Septiembre 2005
Año VII, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Del terrorismo y sus víctimas

Carlos Monsiváis *

Ante las atrocidades de los atentados en Londres, conviene especificar en todo lo posible la condena. Ésta ha sido unánime y, además, genuina, pero todavía se ve lastrada por las explicaciones: “Son víctimas inocentes/ Los terroristas le hacen daño a su causa/ Las mejores intenciones se pervierten con el uso de la violencia indiscriminada”, etcétera, etcétera. En este caso, el intento de hallar las razones es una concesión a quienes no la han pedido. El rechazo tajante de las acciones terroristas sólo puede consistir, circularmente, en el rechazo tajante. Lo otro es razonar con el vacío, y lo peor, incorporar el vacío a la índole de los razonamientos.

Del siglo XX a julio de 2005 la causa específica de los terroristas es el terrorismo, con lo repetitivo y circular del asunto. Parte del problema ha sido la prodigalidad con que los gobiernos extienden el término terrorista hasta incluir a rebeldes y luchadores sociales, pero si por terrorismo se entiende, en su expresión masiva tan contemporánea, los asesinatos indiscriminados como la expresión múltiple de la revancha, la intimidación generalizada y el dominio de los espacios instaurados por los crímenes selectivos o al azar, resulta entonces evidente y pleonástico: al terrorismo lo explica única y verdaderamente la voluntad de construir un poderío a través del terror.

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Hay en los orígenes de estos grupos ganas de enderezar la Historia, rencores y resentimientos profundos por las injusticias monstruosas contra un pueblo o una comunidad, desesperación ante la indiferencia internacional frente a un genocidio o un inmenso despojo, pero todo eso no explica el terrorismo que, por serlo, elimina los vínculos entre causa y efecto, y entre las acciones y los mínimos logros. Las reivindicaciones y las venganzas que expresa la matanza indiscriminada desembocan en la meta primordial: el gozo de la destrucción, el sojuzgamiento por unos instantes de la línea divisoria entre vida y muerte. Los fanáticos del 11 de Septiembre, del 11 de Marzo y del 7 de Julio proceden a partir de la ansiedad exterminadora; ésta es su ideología, su motivación esencial, su patria irrefutable. Destruyen para existir plenamente, y por eso no consideran –ni podrían hacerlo– el repudio que los acompaña, porque en su decisión (la conciencia ocupada por el dogma) los demás no existen, no porque ignoren que en su gran mayoría no son sus victimarios ni los cómplices voluntarios de sus victimarios, sino porque para sus ejecutores el acto terrorista es en sí mismo el universo entero. En rigor, la causa ni siquiera se inicia con el ingreso al grupo, sino, por ejemplo, da comienzo con los aviones que penetran las Torres Gemelas, con los bombazos en la estación de Atocha, con las bombas en un autobús y el Metro en Londres. Si se trata del móvil último, el de los terroristas es la creación de lo que deben calificar de “obras maestras del terror”. No con la fe en su causa sino en los estallidos nace su razón de ser.

El terrorismo es la alegría monstruosa que suplanta al Dios en que confíen los perpetradores de los atentados; es el envío al sorteo fatídico a gente desconocida; es el considerar resultados de segundo orden el miedo extenuante de las sociedades afectadas, las represiones sobre los únicamente culpables de estar allí en ese minuto preciso, las familias devastadas por la tragedia, las medidas represivas que cunden. Ni siquiera les estimula el deseo de la mayoría internacional de ver salir de Irak lo antes posible a las tropas. En la lógica del terrorista, todo esto es lo de menos. No son en sentido estricto ni combatientes, ni activistas, ni políticos afirmados en la violencia. Son terroristas, una categoría autónoma para la cual el poder se expresa en la multiplicación de los cementerios y en la centuplicación de los rostros lívidos.

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La frase más común en este día: “Se asesinó y se dañó gravemente a víctimas inocentes”. El adjetivo está de más y, de hecho, lastima la argumentación. No hay víctimas culpables y la condición de víctima elimina el calificativo. No me refiero tan sólo a lo innegable: Los asesinatos modifican la condición y la trayectoria de la causa, aun de la más justificable, ya que los medios moldean el fin. Mi tema es otro: El terrorismo masivo, la especie más extendida en la actualidad, procede en función del conteo de cadáveres que, según ellos, inicia cada vez el pago de una deuda imperialista o, más precisamente, que cada vez implanta todo el triunfo que cabe en las imágenes pulidas en la vigilia: los cadáveres vuelan, los vagones cerrados se convierten en amotinamientos del pánico, los sobrevivientes renacen envueltos en el asombro doloroso, los cadáveres en el pavimento son la claridad que va ordenando la confusión, la anciana que agoniza colgada de un poste es la señal a fin de cuentas indescifrable, la demasiada sangre... “Venid a ver la sangre por las calles” (Pablo Neruda). ¿Hay todavía quien crea en serio en la existencia de las víctimas culpables, eso que, por oposición, le concede algún grado de racionalidad a Al Qaeda, los fundamentalistas argelinos, el ERI, ETA, los chechenos?

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La barbarie del terrorismo no admite jerarquizaciones, aunque en el caso del terrorismo de Estado algunos de los ejecutores materiales, si los deberes militares les obligan, son en alguna medida las víctimas. No hay justificación alguna de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, ni de los bombardeos de Vietnam, Afganistán, Irak (las bombas de racimo), ni de los episodios de la guerra sucia en América Latina, ni de la destrucción de Chechenia por el ejército ruso, ni de las condiciones de la seguridad en las plantas nucleares (Chernobyl), ni de lo que admite ser calificado de terrorismo ecológico, esa avidez que sustenta el calentamiento global, ese capitalismo salvaje que lleva a George Bush a rechazar una vez más, por “razones económicas”, los Protocolos de Kyoto, destinados a reducir las emisiones de gas por el efecto invernadero. El terrorismo de Estado tampoco admite hablar de víctimas culpables.

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Un argumento muy oído (no muy escrito) habla de la responsabilidad absoluta de Tony Blair al atraer el terrorismo. Sin duda, Blair respaldó a Bush en forma incondicional en su lucha contra “el Eje del Mal” y en su política devastadora en Medio Oriente, mintió en forma abrumadora en lo tocante al arsenal de armas químicas en Irak, y así sucesivamente, pero no tiene demasiado sentido alegar que sus prácticas imperialistas presionan a los terroristas. Al Qaeda no representa al mundo islámico ni expresa la actitud de todos los árabes; son, sí, la expresión más cruel del autoritarismo criminal que aflige históricamente al Islam, y por eso les da igual, o asumen como la pedagogía necesaria, lo que le ocurre a los musulmanes. Insistir entonces en la suprema responsabilidad de Blair (con la que tiene es ya suficiente) es ceder al chantaje: “el que no está conmigo merece el terrorismo”, lo que, en el fondo, disculpa la matanza de Londres a cuenta de las correspondientes de civiles en Irak y Afganistán. Blair es el responsable principal de la participación de su gobierno en la invasión de Irak, pero lo ocurrido el 7 de julio es asunto exclusivo de los terroristas que no buscan vengarse de sus enemigos concretos, sino experimentar el deleite apocalíptico e intimidar de paso al mundo entero.

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Por múltiples razones, los canales de televisión apenas transmiten una parte mínima del 7 de julio en Londres. Pero lo contemplado es terrible: cuerpos cubiertos en camillas, personas que sollozan, mujeres y hombres vendados, jóvenes que preguntan por sus familias o que reparten carteloncitos con fotos, señores que lloran ante la cámara, declaraciones de resistencia moral al terrorismo... A través de esta devastación, que se deja ver como al día siguiente del terremoto o el tsunami, se localiza otra intención de los terroristas: convertirse en la Naturaleza misma, no en su equivalente, sino en una de sus manifestaciones implacables. Eso les gustaría, ser un diluvio portátil. Ante eso, discutir sus “razones” es dialogar con la alucinación del grupúsculo que se siente exactamente a la altura de las tormentas y los tifones.

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Otra gran perdedora del 7 de julio, la población musulmana en Europa. Robert Fisk señala: “Y claro, están los musulmanes en Gran Bretaña, quienes durante mucho tiempo habían estado esperando esta pesadilla. Ahora, cada uno de nuestros musulmanes será 'el sospechoso'; el hombre o la mujer de ojos oscuros, el hombre barbado, la mujer con velo, el joven que lleva su rosario islámico, la muchacha que fue objeto de insultos racistas”.(The Independent, 7 de julio de 2005, publicado en La Jornada, 8 de julio.)

El racismo se generaliza para apreciar las ventajas del odio o, más claramente, con tal de entender el gran vertedero del odio que es la venganza. Esta es la lógica: Si los terroristas ignoraban a quiénes iban a matar, hay que proceder de modo similar en materia de represiones policiacas y discriminación social. No se mata pero se veja al límite y se expulsa de sus derechos a un sector de la población. Esto se transparente en el Acta Patriótica estadunidense y en la prisión de Guantánamo.

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Voltaire lo razonó con claridad: Ser tolerante con la intolerancia equivale a convertirse en su cómplice, en hacerse corresponsable. Desde posiciones de civilidad, de urbanidad en el sentido clásico, ante el terrorismo se puede hacer muy poco, porque la eliminación de la violencia incluye un proceso de educación a largo plazo y nada nunca garantiza el cese del fanatismo, del integrismo, de la disminución drástica del valor concedido a la vida humana. En un planeta sobrepoblado, el valor de la vida humana ha descendido casi se diría “bajo el impulso de la presión demográfica”. Los genocidios del siglo XX y los ya presentes en el siglo XXI, con todo y el número de armas de alto poder a la disposición, influyen en la indiferencia ante las muertes por violencia, pura estadística al parecer, y en relación a lo anterior, las pesadillas más graves son el neoliberalismo que elimina los empleos y alienta el semiesclavismo, y esa versión marginal del neoliberalismo, el narcotráfico. Y son muy largos los procesos que deberán erradicar esos núcleos de terrorismo, de fanatismo, de desprecio furibundo a los derechos humanos. Todavía la solidaridad internacional no es suficiente lección civilizadora.

Es evidente que el terrorismo merece castigo. Es inconcebible la idea de ser débil ante el odio sostenido en bombas, pero es inaceptable también la idea de ser fuerte a costa de personas ni directa ni lejanamente involucradas y de castigar a la población civil por los crímenes de un grupo. Esto se ha visto a diario desde hace décadas en Israel en respuesta al horror del terrorismo palestino, y esto prolonga de modo interminable las guerras internas en demasiados países porque ya se vio que con cutters, con simples navajas, se penetra la coraza de un imperio, y que ante la decisión de inmolarse hasta hoy poco se puede.

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Un número amplio de los fundamentalismos mantienen su presencia gracias a la barbarie. Lo hemos visto en demasiados casos, como por ejemplo, la reducción salvaje de los derechos de las mujeres en los medios integristas o en las maquiladoras, el mantenimiento de prejuicios medievales sobre los derechos reproductivos, la indiferencia ante la deshumanización provocada por la pobreza, los crímenes de odio de la homofobia, el “socialismo–capitalismo” salvaje de China, las manifestaciones de racismo contra los indígenas en América Latina, la indiferencia ante la destrucción de África, la oposición del clero católico a los condones. Los prejuicios van del asesinato de los infieles a las estatuas de los Budas o a las bombas en clínicas donde, legalmente, se efectúa el aborto de mujeres violadas.

El fundamentalismo persistirá en las atrocidades de Al Qaeda o en la ultraderecha estadunidense mientras se mantenga lo que lo explica: el atraso educativo, la fe en la verdad revelada como patrimonio de los elegidos, la certidumbre de lo muy rentable de la intolerancia extrema en materia de industria armamentista, la impunidad final de los terroristas mientras se consideren a sí mismos seres intercambiables en su viaje al cielo.


* Carlos Monsiváis es escritor y articulista mexiano. Este artículo se publicó en la revista mexicana Proceso y se reproduce en SdP con la autorización expresa de su editor internacional.


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