Sala de Prensa

81-82
Julio-Agosto 2005
Año VII, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


La palabra contra la opresión

José Zepeda *

Con Roa Bastos se marcha un parte de lo mejor de nosotros mismos. Pierde Latinoamérica a un escritor independiente comprometido con la causa de los abandonados por la historia en una tierra que pareciera haberse enamorado del infortunio.

Augusto Roa Bastos (1917-2005)Resulta singular su fama con las letras, aunque siempre descreyó de ellas. La razón es poderosa: Paraguay es un país eminentemente oral, en donde la cultura del libro es más débil que en cualquier otro lugar de América Latina. Se trata, por lo demás, de una nación bilingüe en la que el guaraní le otorga esa porción de un mundo relacionado con la naturaleza, con los sentimientos, con las emociones y la comunicación íntima, que hacen de este idioma un instrumento irreemplazable de la comunicación.

Dentro la mitología guaraní pervive el elemento creador de la palabra. Se trata de un tema central: el árbol de la palabra, un cedro mítico que le da fuerza al primer padre, que es a la vez el último, en una suerte de inversión del creador que se apoya además en la vara insignia, un derivado de este árbol de la palabra. De esa madera desciende Roa Bastos.

Comenzó a escribir realmente en el exilio, a partir de 1947. Antes su labor se redujo siempre al trabajo de periodista, o las actividades culturales especialmente dedicadas a la gente desvalida, lo que creo en torno a su figura esa aura maléfica con que lo vieron los ojos de la dictadura.

Aunque sus libros puedan inducir a otras creencias siempre tuvo una sorna inquina por las letras, y si no hubiese sido por esa desgracia del exilio no habría sido escritor. En una entrevista con Radio Nederland dijo que escribir en español es estar en deuda permanente con la otra lengua, la materna, el guaraní. Y agregó, entre pícaro y coqueto: "Mi gran pasión fue ser músico, pero descubrí que no estaba dotado para esta actividad, por eso me conforme con la literatura". Seguramente su vida de escritor estuvo determinada siempre por escribir el libro que le hubiese gustado leer, esa fue la búsqueda de toda sus existencia. La autocrítica lo llevó a actividades pirómanas, y no dudó un momento en quemar alguna novela. Para él se trataba de una disciplina de rigor, de un elemento de la estrategia literaria, porque cuando se termina una obra se la tiene tan a la mano para asaltarla que los mecanismos íntimos comienzan su labor, aparentemente, para añadir las ausencias y reparar los errores. Hay, entonces, una búsqueda de percepción infructuosa, un anhelo por deshacerse de algo mal hecho. Pero la novela quemada no son simples páginas, es tiempo invertido, es vida entregada; el novelista cae en estados de sonambulismo cuando hay obras que nacen mal paridas y es difícil enderezarlas, aunque entienda concientemente que no es beneficioso para él saquearse a sí mismo.

Roa Bastos -en cuanto a su tiempo disponible para la literatura- fue escritor proletario, de feriados y fines de semana, porque desde esos tiempos del exilio Stroessner le quitó hasta la nacionalidad y tuvo que trabajar para dar de comer a su gente. Por eso su obra fue relativamente escasa. El hecho de escribir ha sido prácticamente un trabajo clandestino que influyó en la característica tan suya de no tener necesidad de producir por producir.

El exilio fue siempre una fuente permanente de enriquecimiento y nunca habló de esas circunstancias en términos de queja. El extrañamiento, si se desea, produce lo mejor en uno; no las heridas, no el dolor. Naturalmente, fue penoso por todos aquellos que no pudieron volver a Paraguay, los que se quedaron en el camino.

El autor de Yo, el Supremo; Hijo de hombre; El trueno entre las hojas; El Fiscal... creía que  "la ideología es una respiración del ser humano que no puede ser eliminada". Una respiración en busca de otros relieves para encontrar un equilibrio entre dos concepciones diferentes: la ideología indígena que supone una alianza con la naturaleza, esa posibilidad de proyectar y preservar sus valores culturales; y la ideología del mestizo que desea entrar en una etapa de desarrollo histórico mayor, porque Paraguay -como otras naciones de la región- sigue teniendo necesidad de una segunda independencia.

Se ha extinguido una vida modesta, tanto que ha pedido en su testamento que se ahorren las honras fúnebres. Siempre fue un hombre de poco ruido. Sin embargo, perdurarán todavía por mucho tiempo sus palabras para describir la figura del tirano y, en el trasfondo -en contrapartida de esas siniestras figuras-, la de los verdaderos héroes de esta historia que han tratado siempre de liberar a sus pueblos. Esta mecánica ha hecho que el poder absoluto haya sido relegado a la inoperancia. Aunque no debemos olvidar ni un instante que en gran medida los dictadores son consecuencia de sus propias sociedades. En el caso de Paraguay, Alfredo Stroessner llegó al poder prometiendo un cambio, y la sociedad le dio un aval implícito que contribuyó, en su medida, a su entronización, con la creencia de que llegaba para inaugurar una época distinta a las anteriores. Así, el poder del gobierno autoritario marca la línea de flotación de aceptación de una sociedad. Eso nos deja como enseñanza mayor Augusto Roa Bastos.



Augusto Roa Bastos
(1917-2005)

Escritor paraguayo, nacido en Asunción, en 1917, es uno de los grandes narradores latinoamericanos contemporáneos.

Fue testigo de la revolución de 1928, trabajó como voluntario en el servicio de enfermería durante la etapa final de la guerra del Chaco (1932-1935) contra Bolivia, y, sin afiliarse a partido alguno, fue poniéndose al lado de las clases oprimidas de su país. En 1947 tuvo que abandonar Asunción, amenazado por la represión que el gobierno desataba contra los derrotados en un intento de golpe de Estado, y se estableció en Buenos Aires, donde sobrevivió con trabajos muy diversos y dio a conocer buena parte de su obra. Otra dictadura lo obligó en 1976 a abandonar Argentina para trasladarse a Francia y enseñar literatura y guaraní en la Universidad de Toulouse le Mirail. En 1982, tras un breve viaje a su país, fue privado de la ciudadanía paraguaya, y se le concedió la española en 1983. En 1989 obtuvo el Premio Cervantes.

El estreno de su pieza teatral La carcajada, en 1930, señala el comienzo de su carrera literaria. Sólo o en colaboración, escribiría después otras piezas, como La residenta y El niño del rocío, fechadas en 1942, o Mientras llegue el día, estrenada en 1946, a la vez que trabajaba como administrativo de banca o como periodista para El País, diario de Asunción que le facilitaría los primeros viajes a Europa. En 1937 tenía escrita la novela Fulgencio Miranda, nunca publicada, y en 1942 apareció El ruiseñor de la aurora y otros poemas. En 1944 Roa Bastos formó parte del grupo Vy'a Raity (El nido de la alegría), decisivo para la renovación de la poesía y la plástica en Paraguay. Con esos antecedentes llegó a Buenos Aires, donde dio a conocer un nuevo poemario en 1960, El naranjal ardiente (Nocturno paraguayo), pero sobre todo consolidó su condición de narrador con los relatos El trueno entre las hojas (1953) y El baldío (1966), que se acercaron a los problemas sociales y políticos de su país, y con sus novelas Hijo de hombre (1960) y Yo el Supremo (1974), que le permitieron el análisis de episodios decisivos de la historia paraguaya, desde la dictadura inicial de José Gaspar Rodríguez de Francia (1814-1840), de quien se ocupó en la segunda, hasta la guerra del Chaco y los tiempos más recientes. Diversas colecciones de relatos conocidos y nuevos completan la producción de Roa Bastos: Los pies sobre el agua (1967), Madera quemada (1967), Moriencia (1969), Cuerpo presente y otros cuentos (1971), Antología personal (1980), Contar un cuento y otros relatos (1984). También ha dado a conocer una nueva pieza teatral, Yo el Supremo (1985), que aprovecha un episodio de la novela del mismo título.

En 1992, con ocasión del Quinto Centenario del Descubrimiento de América, dio a conocer Vigilia del Almirante, novela sobre Cristóbal Colón, iniciando un nuevo periodo de gran creatividad que ya ha dado las novelas El fiscal (1993), Contravida (1994) y Madama Sui (1996). Con ellas Roa Bastos insistió en la recreación de momentos y personajes de la historia de su país, enriquecidos a veces con ingredientes autobiográficos y, como ya había hecho en obras anteriores, referencias complejas a la condición del propio discurso narrativo. Desde los artículos reunidos en La Inglaterra que yo vi (1946), fruto de su primer viaje a Europa, son numerosos los ensayos que publicó. También escribió varios guiones cinematográficos.

Augusto Roa Bastos falleció el 26 de abril de 2005, a los 87 años de edad, en Asunción, Paraguay.


* José Zepeda es director del Departamento para América Latina de Radio Nederland © Radio Nederland Wereldomroep, all rights reserved.


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