Sala de Prensa

78
Abril 2005
Año VII, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Periodismo a la deriva

Paloma Díaz Sotero *

INTRODUCCIÓN

¿Quién es el periodista y para qué o quién trabaja? Es la pregunta que llevo haciéndome desde que decidí añadir a mi experiencia profesional la realización de un Doctorado en Periodismo. Y la primera conclusión a la que llego es que lo que nos venden diariamente a través de los medios de comunicación no es periodismo; son sólo noticias.

Para desembocar en esta idea basta con alejarse un poco de la prensa diaria y los informativos de radio y televisión y encontrarse con otras formas de contar las cosas… Abunda lo mediocre, cierto. Es preciso ver formas y contenidos insólitos y distintos para ser consciente de la mediocridad y desear mejorar.

Cuando leo en la calle carteles reivindicativos del tipo “Otra universidad es posible. Otro mundo es posible. Otro barrio es posible”, dudo de quien lo proclama, puesto que yo no conozco otro mundo, otra universidad, otro barrio. Creo, sin embargo, en que otro periodismo distinto al cotidiano es posible, porque uno tiene ejemplos a la vista que lo certifican. Algunos, como la revista Le Temps Strategique –fundada por Claude Monnier (cfr. 1992, 1998 y 2001)–, estaban ahí desde hace tiempo aunque sean pocos los que llegan a descubrir su existencia.

Reflexionar sobre distintos tipos de periodismo (“de servicio”, “de precisión”, “de anticipación”, “de soluciones”, etc.) que rompen el convencionalismo rutinario, así como sobre distintas formas de hacerlo según los países y las épocas, es imprescindible para darnos cuenta del tipo de periodismo que, por el contrario, se hace hoy mayoritariamente, procurando así ser conscientes de la profesión y del mercado en los que estamos metidos.

En mi caso particular, el descubrimiento de otros periodismos con los que interpelar y rebatir el tradicional “periodismo de declaraciones” ha surgido recientemente entre las lecturas y diálogos de un curso de Doctorado y lo que presento a continuación es el fruto de esa reflexión elaborada a lo largo de varios meses:1

Es preciso señalar que los aspectos comentados corresponden al trabajo periodístico en España, que es donde, de momento, lo ejerzo y lo estudio. La descripción de los tipos de “periodismo alternativo” señalados al final, como salvavidas, viene dada por el análisis de casos concretos encontrados fuera de mi país.

1. PROFESIÓN Y OFICIO

Para comenzar me gustaría que resultara posible aclarar qué es el periodismo: ¿una profesión o un oficio?

La verdad, las consultas a distintos profesionales no me han aclarado nada. Y el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua tampoco; paradójicamente, cada uno de estos términos remite al otro para ser definido:

Profesión: 1. Acción y efecto de profesar. 2. Ceremonia eclesiástica en la que alguien profesa en una orden religiosa. 3. Empleo, facultad u oficio que alguien ejerce y por el que percibe una retribución.

Oficio: 1. Ocupación habitual. 2. Cargo, ministerio. 3. Profesión de algún arte mecánica. 4. Función propia de alguna cosa. 5. Comunicación escrita referente a los asuntos de las administraciones públicas.

Teniendo en cuenta que en España no hay regulación alguna sobre lo que debe hacer el periodista y para qué, es prácticamente imposible identificar el periodismo con un término u otro de manera precisa. Algunos dicen simplemente que es “un trabajo por el que te pagan, un trabajo como otro cualquiera”. Yo, al menos, he llegado a una conclusión propia:

El oficio es del periodista; y la profesión, de los periodistas como colectivo.

Creo que es oficio porque este término suele aplicarse a los trabajos artesanales, y creo que la relación que tiene el periodista con su texto escrito o su montaje audiovisual es tan directa e inimitable como la del artesano con su obra. La conexión “mente–mano–material” del creador es inquebrantable. El oficio, en el caso del periodista, sería el aprendizaje y la actividad del trabajador para contar lo que ha ocurrido. Consiste en ver, oír, relacionar, evaluar, seleccionar, ordenar y contar. Hay una creación en la que el trabajador está directamente implicado.

Pero desde el momento en que ese trabajo forma parte de una red de información y de un colectivo; desde el momento en que su autor es asalariado de una empresa, depende de otros asalariados que hacen el mismo trabajo, se atiene a un espacio y un tiempo gestionados con criterios económicos, modulando cada uno de esos papeles activos dentro de un sistema, estamos ante una profesión. Es decir, yo puedo hablar de “mi oficio” en lo que se refiere a mi relación directa con la noticia y con el lector, pero puedo hablar de “mi profesión” en lo que se refiere a la relación de mi trabajo con el sistema, a mi trabajo como parte del sistema.

Aclarada esta cuestión que me ha mantenido en vilo mucho tiempo, podemos empezar a repasar, según yo la veo, la situación actual de la profesión –que ha perdido el norte–, inseparablemente de la del oficio –que ha perdido el método–.

2. EL INDIVIDUALISMO Y LA FALTA DE MÉTODO

El desencanto

En cuanto que nos adentramos en el periodismo activo y compartimos conversación con periodistas en ejercicio, nos encontramos con el desencanto y el escepticismo que invade a éstos respecto a su profesión. Sin duda, son síntomas inequívocos de la vocación con que emprendieron su carrera y que aún mantienen (aunque muchos se empeñen en ocultarlo, precisamente por ese desencanto). ¿Por qué, entonces, ese malestar trabajando en algo por lo que sienten pasión?

El escepticismo y el afán de hacer autocrítica surge en el periodista antes incluso de empezar a ejercer como tal, durante la carrera. De ahí que no sorprenda toparse con jóvenes reporteros de entre 25 y 30 años que sean unos descreídos, pesimistas, agoreros sobre el oficio que desempeñan (paradójicamente con devoción, en algunos casos). Ese desencanto se apodera del joven periodista en cuanto que es consciente de los intereses a los que responde cada medio, de los tentáculos de los grandes grupos de comunicación y del sectarismo que estos grupos impregnan al periodismo que “intenta” ejercerse en sus medios, tal y como lúcidamente ilustra la investigación cualitativa entre viejos y nuevos asalariados del periodismo español desarrollada por Luis García Tójar (2000).

La misma sensación se vislumbra también mientras se estudia en la Facultad. Pero el desencanto se acrecienta cuando uno empieza a trabajar y comienza a ver que el problema está en las mismas salas de redacción, en sus propios maestros. No todos tienen por qué percatarse de la falta de profesionalidad, pero algunos tienen la suerte o la desgracia de hacerlo en los dos o tres primeros años de trabajo. La mayoría de los periodistas vocacionales salen de la facultad deseando contar historias y, con mucha suerte, lo mejor que encuentran es la edición de crónicas ajenas o de teletipos de agencia.

El desencanto y las críticas pasivas de los compañeros con más experiencia son las primeras lecciones que nos aprendemos y sobre las que asentamos todas las demás.

Si trabajamos en un medio de comunicación que publica información diariamente (y yo he trabajado en tres), en seguida nos damos cuenta de que en él apenas se hace periodismo y de que eso es lo que deprime al personal. Muy pocos tienen la oportunidad de hacerlo, y de lucirlo –que es el deseo del periodista por muy modesto que sea–. En su mayor parte, lo que se hace en estos medios son noticias, y las noticias apenas son ya periodismo. Hoy, las noticias son “menganito dice, fulanito contesta”. El periodismo de declaraciones es el que ocupa la mitad de los espacios informativos. En ocasiones es tan poco periodístico que ni siquiera nos pone en antecedentes para entender por qué ha dicho lo que ha dicho quien lo ha dicho; ni siquiera nos explica de dónde viene la supuesta polémica; da por hecho que los ciudadanos están implicados en ese juego de declaraciones entre los protagonistas de la noticia y allá cada cual cómo lo entienda. Quién, qué, dónde y cuándo, pero ni cómo ni por qué.

Este extremo se convierte en normalidad cotidiana en la mayoría de los portales de noticias en Internet, en los que prima la rapidez con la que se puede dar a conocer algo respecto al momento en que ocurre. La profundidad de la noticia apenas importa. Cuando la noticia no es un juego de declaraciones, se cuentan hechos. Hechos que la mayoría de las veces se quedan solos, sin una explicación que sirva para entenderlos. No se profundiza en ellos. Sólo se cuentan. ¿Eso son noticias? Pues sí.

En la noticia, deberíamos: primero, establecer los hechos literales –contados con la mayor objetividad o precisión posible–, y segundo, dar sentido a esas literalidades. Pero para poder hacer eso actualmente, tendremos que pasarnos al género del reportaje, en el que podemos indagar un poquito más en los hechos y facilitar un análisis de los mismos. El problema es que uno apenas suele tener el espacio (determinado por la publicidad) y el tiempo que le permitan profundizar más allá de hechos y declaraciones.

Estas limitaciones acaban sumiendo al periodista en una especie de romanticismo trágico: ¿por qué no puedo librarme de esta vocación que tan mal me trata?

La anarquía

En definitiva, el periodista es generalmente un tipo quemado por la profesión, pero apasionado de su oficio. Es inevitablemente descreído y desesperanzado, lo que le convierte en un ser mordaz y crítico y, por tanto, más apasionado. También los hay que caen en la desidia y trabajan como funcionarios, pero de esos he visto pocos en mi corta experiencia profesional.

Sin embargo –y llego adonde quería llegar–, considero que ese escepticismo en el que caemos nos hace renegar de la forma en que trabajamos, pero no del fondo. Pese a las múltiples limitaciones –externas y propias–, seguimos reconociendo la importancia social de nuestra profesión. Unos creen que la desempeñan contando cosas que pasan y que se dicen, diariamente, mecánicamente. Otros creemos que eso es insuficiente para servir a la sociedad, ya que vale de poco contar y leer cosas sin entenderlas. Bueno, sirve para manipular.

Esta deficiencia como actor social y la consecuente frustración tiene su origen en la falta de regulación de la profesión periodística y del oficio. No hay método. Si lo hubiera, respondería a unos fines. Pero no lo hay, así que el objetivo del periodismo se pierde entre lo social, lo empresarial, lo político y lo personal. Cada uno a lo suyo, y la profesión a la deriva.

La objetividad subjetiva

Echando la vista atrás, encontramos un ejemplo de método inquebrantable de trabajo, el del periodismo americano de los años 40 y 50. Sin embargo, lo criticamos por la falta de implicación de los profesionales, que se limitaban a ser altavoces de los organismos oficiales (cfr. por ejemplo Hallin, ed. 1997). Desde luego que eso es un servicio a los ciudadanos, pero estos se merecen un esfuerzo intelectual por parte de los profesionales que les transmiten la información. La información hay que analizarla, evaluarla, cribarla, jerarquizarla en función de los acontecimientos que la rodean y la propician. No estamos de acuerdo con aquella forma de informar, pero estamos de acuerdo en que había método. Había unas normas a las que todos debían ceñirse en virtud de la sacrosanta objetividad. Y el que no, era amarillo.

Ahora se apela a la objetividad del periodista; es de éste y no del periodismo en general. Y si el periodismo delega en el individuo, es fácil pensar que el periodismo ha fracasado. De hecho, trabajando en un medio de comunicación, nos damos cuenta de que uno puede ser mejor o peor periodista, más o menos objetivo, y que eso da igual para trabajar. Y todo porque la profesión ha perdido su base de mínimas reglas. ¿Por qué todo intento de determinar unos criterios, unos límites, para ejercer la profesión es visto como una amenaza a la libertad de expresión? Porque, señores, hay que reconocer que el periodista es un ser vanidoso (tiene la vanidad natural del creador) que se ha acostumbrado a hacer lo que le da la gana (seguir su propio criterio) siempre que puede, o siempre que su jefe –al que suele considerar incompetente para el puesto– se lo permite. Está tan acostumbrado a ver que las cosas se hacen mal a su alrededor que es incapaz de admitir una crítica. Eso es un efecto en cadena y la mayoría acaban siendo eslabones de esa cadena.

Desde el principio se puede caer en una especie de soberbia propia de una juventud que cree que todo lo sabe y carece de oportunidades para demostrar que sabe algo. Esto favorece que aprendamos a criticar lo de los demás antes que lo nuestro. Por otro lado, tenemos que reseñar un comportamiento del que somos conscientes gracias a la diferencia con el ejercicio del periodismo en EEUU: la ausencia de corrección. La colaboradora en plantilla de El Mundo Dale Fuchs (2003), inmigrante estadounidense, lo dejó bien claro en un artículo publicado en la revista digital del Poynter Institute sobre las diferencias a un lado y otro del Atlántico. Aquí –en España–, “los jefes no releen la información de los redactores antes de darle luz verde, por lo que ni corrigen ni opinan al respecto”, venía a decir Fuchs. Su artículo era caricaturesco, pero reflejaba en el fondo una realidad, como toda caricatura. El redactor se forma su propio criterio por su propia experiencia; adopta un estilo propio, carece de él o lo copia hábilmente de otro. Nadie dice nada. Si hace algo muy bueno, puede recibir una palmada en la espalda; si hace algo muy malo, el ostracismo (picar la cartelera) o el despido; si hace algo normal que podría mejorar con la ayuda de un simple comentario, probablemente nunca lo sabrá.

Yo he tenido la suerte de tener un jefe que ha sido duro conmigo y me ha hecho darle la vuelta entera a varias historias sólo para demostrarme que podía contar lo mismo, pero mejor; y también tengo jefes que nunca me dirán si lo que hago es bueno o malo. El caso es que sea aceptable y medianamente comprensible. Pero ¿qué clase de jefe es ése?, me pregunto.

Con tareas mecánicas y de edición, no tienen problema en corregir o en decirte que te has equivocado. Pero el trabajo intelectual es tan personal, que casi nadie se atreve a inmiscuirse en él. Muy pocos entienden que su experiencia les otorga el derecho y hasta el deber de ser maestros. Se fomenta la idea de que cada uno sabe lo que tiene que hacer, se apela a lo que cada uno entiende por profesionalidad, y allá cada cual con su criterio. Los hay pésimos observadores, pésimos contadores de historias, pésimos distribuidores de la información, pésimos en evaluar los datos, pésimos en recordarlos y nunca lo sabrán porque nadie se lo dirá nunca. Podrían mejorar simplemente si alguien les dice “echo en falta esto” o “no entiendo esto otro”, pero muy pocos se atreven a hacerlo.

Esa falta de corrección inicial es la que fomenta el carácter incorregible de la mayoría de los periodistas, su vanidad y su intolerancia a las críticas. Así, ¿cómo vamos a poner normas a una forma de trabajar basada en el individualismo? Si cada uno forja las suyas, ¿cómo va haber un consenso?

“El periodista” no es “la prensa”

El individualismo del trabajo periodístico ha llegado a unos niveles altísimos que lo alejan mucho más de la función social que se le adjudica. La pérdida del sentido de colectividad ha hecho que se pierda la idea de servicio. Y viceversa. Se habla más de “los periodistas” que de “la prensa”.

Quizá, hace años, cuando un periodista se identificaba como periodista, se veía a sí mismo –y era visto por los demás– como “la prensa”, como representante de una institución, de un actor social. Como el policía que dice “soy policía” y uno es consciente de que está ante “la policía”. Ahora, el periodista no representa a nada que se asocie con un servicio público. Por el contrario, genera recelo, desconfianza y hasta desprecio.

Peor aún es que la empresa periodística también haya perdido el alma de servicio público que se le supone que debe tener y no trate a sus trabajadores como garantes de un servicio, sino como trabajadores que producen piezas para fabricar una mercancía: por ello cobran como cualquier otro trabajador de una cadena de montaje en una fábrica. Por otro lado, la pérdida de esa identificación del periodismo con el perro guardián y con el servicio a la sociedad ha dado lugar a que la propia sociedad haya perdido la necesidad de periodismo.

Hasta los años 80, se percibía una especie de delegación de responsabilidad por parte de la sociedad en los periodistas, igual que el pacto de Rousseau con los gobernantes. El periodista era el encargado de sacar la información que no se veía a simple vista. La sociedad lo erigía en el “conseguidor” de información, en el nexo transmisor entre el subsuelo y la superficie, entre lo oculto y lo público. Era el que hacía posible que nos enteráramos de lo que ocurre en otras partes del país o del mundo. Sin embargo, ahora, la información parece tan accesible que el periodista se ha vuelto prescindible, como apunta el periodista suizo Claude Monnier (1999). Los políticos no paran de hablar; todas las instituciones y las empresas tienen sus gabinetes de comunicación y emiten sus comunicados diariamente; Internet y el satélite nos traen la información de todo el mundo a nuestra casa. Es fácil perder el respeto a alguien “innecesario”.

Parece que el periodista no hace nada excepto canalizar ordenadamente esa información. Se nota que él no la ha buscado porque todos los medios cuentan prácticamente lo mismo. Es más, no sólo no la ha buscado, sino que se ha convertido en el instrumento del poder, ya que transmite aquello que el poder quiere que se transmita. Los medios interpretan como prestigio el simple reconocimiento por obtener la declaración oficial los primeros. La figura del periodista que busca está en peligro de extinción. Ahora, el periodista es el que espera. Por eso, la profesión ha perdido crédito y prestigio, dentro y fuera de ella. Tal vez, la gente no tenga inquietud por informarse porque piense que todos los medios siempre cuentan lo mismo y de los mismos, una idea, por otro lado, fomentada por la exhibición de declaraciones en la que ha caído el periodismo.

3. PARA QUIÉN Y PARA QUÉ

Del perro guardián al perro de competición

La falta de método en el trabajo periodístico también se debe a la falta de un objetivo concreto. El periodismo ha perdido el norte. Sabemos su función, pero dudamos de que estemos cumpliéndola. Una vez fuimos el perro guardián que vigilaba las instituciones, los poderes, el cumplimiento de la legalidad y la perpetuación del sistema que se erigía como el mejor de los conocidos. Ésa era la forma de servir a los ciudadanos. Era un servicio a la sociedad, a la ciudadanía más que a los ciudadanos. Después, nos alzamos en Cuarto Poder al demostrar la capacidad para contrarrestar a los otros tres establecidos –ejecutivo, legislativo y judicial–.

Sin embargo, siempre se eludió contrarrestar al poder económico. Realmente ése era el cuarto y “el nuestro” debería haber sido el quinto. Supongo que los bancos y las empresas no entraban en el campo de control porque desde el principio estuvieron implicados directamente en la prensa.

La cada vez mayor implicación de los grupos de poder empresarial en los medios ha hecho imposible la independencia de éstos respecto a aquéllos. A su vez, el poder empresarial está veladamente entrelazado con el poder político, por lo que la tarea de controlar a ambos es paradójica y compleja. Por otro lado, en España, la democracia parece ya inquebrantable después de dos décadas y media. Con las elecciones cada cuatro años y la representatividad de al menos dos grupos políticos asegurada, el sistema que nos venden como perfecto parece estar a salvo.

¿Qué tiene que defender el periodismo entonces? ¿Por qué tiene que luchar? Por sí mismo. Por mantener su cuota de poder. Los medios se han constituido en actores del juego de poder político y económico.

Actores políticos

Durante la década de los 80, la prensa española gozó de ser el símbolo de la evolución democrática. La práctica del periodismo era un fin en sí mismo, era un servicio a la sociedad independientemente de las noticias y de la forma de trabajar. Esto, sin duda, contribuyó a despreciar la búsqueda de un método y de un fin. Lo que importaba era que los periodistas –más como individuos que como colectivo– eran libres para trabajar sin cortapisas, para decir lo que quisieran. Además, la mayoría de los medios de comunicación comulgaban con el gobierno, que era de izquierdas.

Llegaron los 90 y llegaron las cadenas privadas de televisión haciendo más patente la participación empresarial en la comunicación. En prensa escrita, El Mundo, con las denuncias de corrupción socialista, reanimó el papel de perro guardián que tenía el periodismo y que parecía estar hibernando. Su agresividad con el gobierno de Felipe González y la “amenaza” de un cambio de signo político despertaron al resto. Desde entonces, el periodismo ha estado muy vinculado a la política o lo que es lo mismo, a la izquierda y la derecha. Parece que el servicio a los ciudadanos consiste en luchar por que la izquierda retome el poder con sus políticas sociales y se vaya la derecha, o por que los “liberales de centro” se mantengan en su sitio haciendo avanzar la economía mientras la izquierda se lame las heridas que nunca se cierran.

Y la pregunta es: ¿realmente se sirve así a la sociedad?

La conclusión a la que yo he llegado es que no. A la mayoría de la gente le da igual quién gobierne mientras tenga trabajo. La gente tiene otros problemas menos elevados y más terrenales que la prensa ignora por completo.

¿La gente se ve representada en la prensa?

Tampoco. Quizá, en la sección local de su ciudad o su provincia tenga una oportunidad, pero la política regional y los sucesos acaban consumiendo el papel disponible cada día. La información útil para la vida cotidiana de los ciudadanos podemos encontrarla de casualidad en un reportaje que nos cuenta el problema de un colectivo o de un vecindario, pero no porque el objetivo fuera difundir esa información de utilidad.

Aparte, tenemos las secciones de vivienda, decoración, viajes, ocio, belleza, etc. Pero éstas van dirigidas a los individuos como consumidores. Han ganado terreno por el peso que ha cobrado la curiosidad sobre cualquier forma o propuesta de consumo en nuestra sociedad. Quizá, la prensa también actúe así como consecuencia de este proceso “globalizador” que metamorfosea al ciudadano en consumidor. Por lo menos, no hace nada para impedirlo.

La masa, un eco del juego de la comunicación

¿Dónde está esa defensa del bienestar social que se le supone a los “medios de comunicación social”?, es la siguiente pregunta.

Ni siquiera ya se les llama así –”medios de comunicación social”–. Se denominan “medios de comunicación de masas”. Y si informan a la masa, ¿cómo van a informar al individuo? Es contradictorio. Informar al individuo es formarlo. Pero los medios no forman. Sólo informan en abstracto, sin implicarse con sus destinatarios. Al final, el juego de la comunicación se disputa entre los medios y los poderes político y económico. A ellos principalmente van dirigidos los periódicos. La masa que ve los telediarios y la parte de la masa que, por formación cultural y poder adquisitivo compra los periódicos, son una especie de “eco popular” para el que los medios dicen trabajar. Conviene aludir a la opinión pública, a los sondeos y recurrir a las opiniones callejeras para salvaguardar eso en lo que legitimamos nuestro trabajo: la sociedad.

Oí decir al actual alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, en una entrevista durante la campaña electoral de 2003, que las campañas políticas se hacen ahora para los medios de comunicación, que el político habla para los medios sabiendo que estos son los que se hacen eco de lo que el político dice. Todos éramos ya conscientes de ese proceso, pero la frase refleja hasta qué punto los políticos lo han asumido. Por eso, éstos ya no hablan al ciudadano, sino a la masa: porque quien difunde su mensaje es el medio de comunicación de masas. Y por eso simplifica su mensaje político a eslóganes y críticas a la oposición: para que la masa –poco reflexiva y acostumbrada a la dramatización de la realidad en televisión– se quede con alguna referencia de la representatividad social del político, es decir, de su personaje y su papel. Por otro lado, los medios se alzan en portavoces, a su vez, de la ciudadanía, convertida en no más que un sondeo, una encuesta o una manifestación.

Vender lectores a los anunciantes

Aclarada la idea de que el periodista no trabaja para los ciudadanos, sino para el poder político y para salvar su pellejo en el juego entre políticos y ciudadanos, debemos reseñar para quién más trabajan los periodistas.

¿Un medio de información es un espacio para la publicidad? Sí. Si los anunciantes no financian el periódico, el periódico no sale. Tanto dinero en publicidad, tantas páginas para rellenar. Cuesta creer que esto ocurre con esa frialdad matemática, pero así es.

Hace tiempo que los teóricos de la comunicación se preguntan irónicamente si los periódicos venden noticias a los lectores o lectores a los anunciantes. Dudo que el periodista trabaje para Telefónica o El Corte Inglés, pero su trabajo depende directamente de ellos. Tal vez, los jefes de sección encarnen ese prototipo de “periodista total” ocupado de lo que escribe y de quien lo paga, es decir, de la redacción y de la gestión. Pero dudo que los redactores “de base” se paren a pensarlo. Aun así, éstos ajustan el resultado de su trabajo al molde perfecto en el que el sistema publicitario parece rígidamente encasillarlos.

4. LA REALIDAD QUE REFLEJAN LOS MEDIOS

La tendencia y la diferencia

El problema no es la realidad que reflejen los medios, sino que lo que reflejen se percibe como la realidad. Como ya he dicho anteriormente, los medios sólo informan y apenas ayudan a entender la información. Informan de lo diferente, de lo que destaca sobre lo normal, y lo destacan como distinto, como desviado. Luego, resulta imposible ser normalizado. Con esta conducta, contribuyen a conservar el sistema.

El periódico, el telediario, el informativo de radio se llenan de noticias, pero las noticias se hacen rápidamente con el único objeto, al fin y al cabo, de cubrir un hueco en un rompecabezas por el que pagan al día siguiente decenas de miles de personas y decenas de anunciantes. La consecución de noticias que no profundizan en nada, que sólo ponen en escena unos actores, un tiempo y un lugar, requiere una actividad intelectual mínima. La rapidez del montaje favorece la ausencia de interrogantes sobre lo que acontece.

Se facilita la manipulación. Por eso, la fórmula no se cambia. Por eso y porque resulta rentable. Un redactor que edita tres noticias al día con un poco de aquí y otro poco de allá es mucho más rentable que uno que elabore dos reportajes bien armados a la semana.

Se echa en falta que los medios den relevancia, por un lado, a lo normal, a lo cotidiano, y por otro, a la evolución, a las tendencias a largo plazo. Dar una oportunidad al periodismo de precisión (Meyer, ed.1993; Dader, 1997) en los medios de comunicación, igual que a otros tipos de periodismo, nos ayudaría a entender las cosas que pasan, a mirarnos en el espejo y reconocernos, a ser conscientes de la realidad en la que vivimos.

Realidad parcial

Y los medios representan trocitos de realidad sin preocuparse; es más, aprovechándose de que la masa –consumidora y poco reflexiva– lo adopta como realidad plena.

Por ejemplo, ¿qué porción de realidad política puede quedar reflejada en un par de cortes de voz de 15 segundos cada uno, entresacados del discurso del líder de la oposición? ¿Qué porción de realidad son las seis citas entrecomilladas del presidente del gobierno en su comparecencia en el Congreso de los Diputados?

Desde el principio, la noticia, por su formato, es engañosa. Nunca puede presumir de ser el fiel reflejo de la realidad que cuenta. Es una síntesis y ese concepto de síntesis habría que enseñárselo a los ciudadanos. Deberían ser conscientes de que lo que ven, leen y oyen es una parte minúscula. Así también serían conscientes del trabajo intelectual de los periodistas.

Traeré a colación una anécdota. La primera vez que hice una conexión radiofónica en directo fue totalmente improvisada. Era mi primer mes de prácticas. Tenía 21 años y aún estudiaba la carrera. “¿Qué queréis?”, pregunté por el teléfono móvil que llevaba. Y, desde el estudio, una voz me dijo: “Cuéntanos lo que ves”. Y yo creí morir. ¿Qué contaba? Veía muchas cosas, pero no podía contarlo todo. Como no sabía qué hacer, conté todo lo que tenía ante mí, pero creo que no reflejé en mis comentarios la verdadera importancia de lo que pasaba. Allí mismo, con 50 simpatizantes de Batasuna gritando “Españoles, fascistas” detrás de mí, y 20 policías nacionales delante, fui consciente de que informar no es tan fácil como hablar.

5. SOLUCIONES

Autocrítica

Desde luego, el panorama que hemos reflejado es desalentador y hasta vergonzoso. Pero hace falta una reflexión aún mayor sobre la profesión para buscar una solución a esta actividad informativa que nos ocupa y que ha dejado de ser periodística en su mayor parte. En mi opinión, el primer paso hacia una solución sería la crítica reflexiva y colectiva, tal y como hemos hecho un grupo de periodistas en el curso de doctorado aludido al principio y que inspira estas páginas.

¿Que le faltaba a este foro constituido en un aula para que pudiera ser de utilidad a la profesión? Pues difusión. Es preciso que los foros periodísticos en los que se debate el rumbo de la profesión sean públicos y gocen de difusión pública, al menos entre los implicados. Y el primer foro público deberían promoverlo las asociaciones profesionales de periodistas. Deberían seguirle las asociaciones de editores, que, como colectivos empresariales, darían así un espaldarazo a la función social de los periodistas y éstos se verían respaldados no sólo como productores asalariados.

Otro de los organismos que debería fomentar ese debate sería un Consejo Nacional Audiovisual, que ni siquiera existe en España, pese a estar presente en buena parte de los Estados de la UE. El PSOE ha luchado en los últimos años por su constitución (volvió a pedirlo a primeros de junio de 2003 en el Congreso), aunque durante sus años de gobierno fue demorando todo lo posible su llegada. El PP, que en sus años de oposición parecía reclamarlo, no parece estar ahora por la labor, pese a las críticas realizadas por el presidente del gobierno contra la “telebasura”. ¿Realmente interesa combatir la “telebasura”?

Puestos a pedir, también pediría un Colegio de Periodistas (en Cataluña existe) que se erigiera como agrupación independiente de profesionales conscientes de serlo, y no como la actual amalgama entre empleados y empresarios existente en España bajo el nombre de “asociaciones de prensa”. El Colegio fijaría unos criterios mínimos para el ejercicio de la profesión y serviría como referente y vigilante. Así tendríamos algo que respetar.

Observatorio de medios

Como dudo que todos estos deseos se materialicen, propongo uno más factible, pero no menos complicado: la creación de un observatorio de medios de comunicación. ¿Dónde? Creo que el lugar más indicado e independiente es la Universidad, aunque tuviera que contar con la colaboración o la financiación de entidades privadas. La Facultad de Ciencias de la Información, por su importancia didáctica, primero, y por relevancia social y prestigio, después, debería impulsar esta iniciativa como lo hacen las facultades de periodismo en las universidades norteamericanas.

Al menos, la Universidad aún se ve como un actor del desarrollo social, cultural y científico de nuestro país. Claro que nuestras Facultades de Comunicación dejan bastante que desear como motor cultural y científico, pero me niego a aceptar que nunca lo serán. Al fin y al cabo, constituyen un área de conocimiento joven entre las Humanidades y las Ciencias Sociales. Si Sociología y Políticas, Medicina, Biología, e Industriales desarrollan investigaciones en colaboración con el CIS o con el CSIC, ¿por qué no Ciencias de la Información aprovechando la relevancia que el concepto “información” ha cobrado en la última década?

Supondría un pequeño gran paso que la Facultad de Ciencias de la Información creara una publicación –con página en Internet– que atendiera los problemas de la profesión y sus medios, y no sólo de las grandes teorías o los trabajos de la investigación científica internacional; que se hiciera eco de todas aquellas críticas y estudios realizados sobre la situación específica de los medios de comunicación del propio país; que comentara el tratamiento de la actualidad en los medios desde una perspectiva a la vez académica y profesional; que fuera un foro abierto para periodistas; y que contara con opiniones de expertos. Al menos, podría suscitar cierta idea de colectividad entre los periodistas al tener un punto de referencia que no fueran los llamados “confidenciales” de Internet y la tertulia del bar de la esquina.

Formación

Si institucionalmente hubiera conciencia de los males que afectan al periodismo actual, del individualismo profesional, de la falta de método, de la pérdida de rumbo, de la ausencia de servicio, surgirían iniciativas para combatir todo eso. Y la reforma empezaría, seguramente, por la propia Facultad o Escuela de Comunicación en la que se desarrollara tal tipo de laboratorio crítico.

Para empezar, y en el caso de la Facultad de la Universidad Complutense en la que viví no hace mucho mi experiencia de estudiante, lo primero, se echa en falta una verdadera asignatura de Ética profesional basada en estándares técnicamente argumentados, –no una simple casuística deontológica constreñida a dilemas de buen comportamiento individual sobre privacidad y confidencialidad–. Se trata de una perspectiva que, como empiezan a mostrar algunos profesores de periodismo como los expertos de la Universidad de Harvard, Bill Kovach y Tom Rosenstiel (2001), conciben la ética profesional como el estudio del “ethos” o ambiente de prácticas operativas de un colectivo, en el que se van decantando una serie de valores y de estándares, no tanto porque sean “buenos” o “malos” conforme a según qué credos ideológicos, religiosos o morales, sino en cuanto que marcan una distancia –y una distinción– entre quienes resuelven con solvencia acreditada para el colectivo las tareas que se supone que distingue a éste del resto de los posibles “aficionados”. Así contribuyen a decantar una propuesta de excelencia ético-profesional. Pero, desde luego, ésta nunca podrá ser didácticamente aceptable si no parte del análisis de la información cotidiana y del trabajo de los medios de comunicación.

Ya sabemos que el periodismo de verdad no se aprende hasta que no se trabaja en un medio, pero los estudiantes de esta carrera deberían licenciarse con una mínima capacidad crítica garantizada; deberían saber bucear en una información y cribarla. Debería haber una asignatura que enseñara eso.

Los medios dan por hecho que un licenciado en periodismo sabe desgranar una información, pero muy pocos saben hacerlo porque pocos leen los periódicos y muy pocos lo hacen con interés periodístico. Los estudiantes creen que tienen que estar al tanto de la actualidad, pero no caen en la cuenta de que es más importante ver la estructura de las noticias, de las páginas y del periódico entero, junto con los contextos que justifican o propenden a ciertos tratamientos. Un buen plan de estudios no debería dejar a merced de la voluntad y suerte de cada estudiante la lectura consciente de periódicos.

Hasta aquí lo que incumbe a los profesionales de la comunicación. Pero el futuro del periodismo no sólo está en sus manos, sino también en manos de los receptores de la información.

Recuperar la “res publica”

Los ciudadanos deben recuperar su conciencia de ciudadanos, su conciencia pública perdida tras la mutación en consumidores, para ser conscientes de la importancia de estar informados. Para conseguirlo, no faltan propuestas, que yo formulo para el caso español, pero que supongo fácilmente adaptables a otros países:

– El Estado, las Comunidades y los Ayuntamientos deberían fomentar la creación de consejos de participación ciudadana. La verdad, lo veo difícil, principalmente porque al gobierno tratará de impedir toda posibilidad de que los ciudadanos se alíen cualquiera que sea su fin. Cada uno en su casa, con sus necesidades cubiertas, da menos problemas.

– El Ministerio de Educación o, en su defecto, los colegios y los institutos deberían impartir algo de educación cívica (yo tenía una asignatura que se llamaba así en EGB) y fomentar la lectura de periódicos como medio de integración de los individuos en la “res pública”.

– Los medios deberían ampliar su espacio para dar voz a los lectores. Por ejemplo, el ciudadano escribiría más cartas al director si confiara en que los periódicos van a publicárselas, si estos dedicaran más espacio a esta sección.

Me gustaría destacar aquí el apartado que el informativo de Tele 5 dedicaba –en el momento de redactar este texto–, en su edición de los fines de semana, a las noticias y quejas formales que envían los espectadores. Me parece una señal de reconocimiento a los televidentes como ciudadanos. Lástima que este espacio sea una excepción en la cadena y, en general, en la televisión española.

6. ANÁLISIS DE LOS TIPOS DE PERIODISMO “ALTERNATIVOS”

Tal vez no habría llegado a todas las conclusiones expuestas anteriormente si no hubiera tenido a mano una serie de modelos de trabajo periodístico diferentes al trabajo cotidiano que parece hacerse en España. Creo que sólo es posible indagar en algo por la comparación con sus opuestos, y me consta que hay un periodismo al margen de la fabricación diaria y estandarizada de noticias que cuentan cosas que pasan y cosas que dicen. Hay un periodismo que mantiene su condición de servicio público y que estima que sus lectores son seres racionales, sensibles, capaces de reflexionar y agradecidos cuando se le dan a conocer otras cosas que pasan, con mayor profundidad y con otro estilo (mejor dicho, con estilo).

Y lo encontramos en distintos tipos de práctica periodística, según su objetivo: periodismo de precisión, de servicio, de soluciones, de “anticipación” (según Claude Monier)2 y de movilización, todos ellos con el género del reportaje como principal vía de manifestación, lo que me lleva a la primera conclusión: que se puede hacer buen periodismo con espacio y tiempo. Diariamente, con las plantillas de las que disponen los medios, no puede hacerse ese tipo de trabajo. Pueden realizarse semanalmente. Y con esa frecuencia encontramos historias mucho más interesantes y mejor tratadas que a diario.

Al fin y al cabo, la información diaria ha quedado reducida a contar algunas cosas que “pasan” en el país y en el mundo, y otras que “se dicen”. La profundización y el análisis tienen otro tempo. Podría haber periodistas de plantilla dedicados semanalmente a sacar un buen reportaje, pero eso ha quedado para los domingos. Y lo que se propone luego bajo ese apartado "festivo" no pasa de ser, a menudo, más que una versión un poco más extendida del mismo espíritu creciente de las soft news (o el infoentretenimiento).

En televisión, ni siquiera eso. Suele haber un espacio semanal dedicado a reportajes, como Informe Semanal en TVE, pero pocos formatos como ese clásico encontramos en el resto de cadenas. También tenemos el “30 minutos” de Telemadrid, una vez al mes y a horas intempestivas.

La radio, sin embargo, aunque carece de espacios para el reportaje, está mucho más apegada que los otros medios a la gente de la calle, a los problemas cotidianos del ciudadano normal. Se hace eco de ellos, pero pocas soluciones aporta.

Periodismo de Soluciones

Esto de las denuncias sin soluciones me lleva a aquello que criticaba José Luis Requejo en El modelo de reportero propuesto por el periodismo de soluciones (2001). Decía que el periodista era siempre portavoz de malas noticias.

A mí, el periodismo de soluciones, según los ejemplos a los que he tenido acceso, (Benesch, 1998; Walbran, 2002, Hope Magazine) no me parece a primera vista ni muy atractivo ni muy práctico. Me alegra ver que en EEUU tienen dinero para dedicar publicaciones enteras a soluciones, pero el público que las lea no dejará de ser reducido y específico, como el público que compra revistas de ciencia, de moda, de gastronomía, etc. Supongo que tendrían su target en las ONGs y en la gente con conciencia altruista implicada en labores sociales.

Aun así, y como publicación educativa me parece bien; si trasciende socialmente, mejor. Pero tan incompleto me parece el periodismo general de denuncia que se hace diariamente como el específico de soluciones. Creo, sin embargo que está bien conocer ese periodismo alternativo para caer en la cuenta de que en los periódicos y en los telediarios faltan soluciones. Las noticias que se quedan en la denuncia, en transmitir la mala noticia, quedan incompletas porque nunca se dice qué pueden hacer las personas afectadas ante el problema comentado.

Información movilizadora

Ésta es otra de las alternativas que algunos proponen (Lemert, 1986, Dader, 1999). Escasa, dado que la prensa actual es de periodistas que esperan la noticia para espectadores que la esperan en su casa. Considero que el periodismo no tiene que ser movilizador, a no ser que sea contra una injusticia flagrante (la lapidación en Nigeria) o una guerra injustificada como vimos este año. Que ese carácter forme parte de la línea editorial de un medio es perfectamente legítimo y quizá hasta necesario. Pero los mensajes movilizadores le corresponden, a mi entender, a otro tipo de actores sociales: partidos, instituciones, ONGs, cualquier colectivo y cualquier persona a título individual.

Lo que, en mi opinión, sí deben procurar los medios es hacerse eco de esas movilizaciones hechas por otros. En consecuencia con la demanda de mayor implicación social y mayor acercamiento a la calle, los medios deben informar de todas las iniciativas que surjan de ella, incluidas aquellas que no vienen acreditadas por los agentes sociales clásicos (partidos políticos, sindicatos, instituciones prestigiadas...) y que por eso mismo ponen igual de nerviosos a los poderes oficiales y a los aspirantes a reemplazarlos.

Periodismo de precisión y de anticipación

Éstos sí que me parece que necesitan un impulso efectivo. Promoverlos sería una verdadera labor social a favor de la salvación de la persona como ser racional consciente y en contra del borrego manipulable.

El periodismo de precisión nos sitúa donde estamos, en la realidad, más real en cuanto que nos ofrece datos del pasado y nos muestra las tendencias desde entonces. Este periodismo enlaza con el de anticipación que promovió Claude Monier en Le Temps Strategique,3 que pone el presente en relación con el futuro.

Estas vertientes del periodismo, prácticamente inexploradas en nuestro país, son las que creo más necesario llevar a la práctica. Es la información que nos ayudaría a entender muchas de las noticias que parece que surgen de la nada, sin explicación. Para casi todo lo que sucede hay una explicación y de casi todo lo que sucede se pueden sacar unas conclusiones que ayuden a prever otros acontecimientos similares. Otra cosa es que no interese conocerlas porque nos hace reflexionar, y la invitación a la reflexión puede suponer una pérdida de beneficios. Los lectores de prensa están perdiendo la capacidad de reflexión asociada a la información (las piezas informativas son cada vez más pequeñas y el collage periodístico cada vez más confuso) y muchos telespectadores ni siquiera han desarrollado esa capacidad (habituados a leer montajes de imágenes fugaces).

Un buen ejemplo que encuentro recientemente para justificar la necesidad de un periodismo de anticipación es el de la neumonía atípica. Por lo que se refiere a la información divulgada en los medios españoles, sólo he visto noticias sobre el aumento de casos y la impotencia para contenerlos y curarlos. También leí, pasado el primer mes de enfermedad (el primer mes de su existencia en los medios) algún reportaje sobre el posible origen, pero no vi ningún reportaje sobre las condiciones de vida que en determinada parte del mundo hicieron posible que naciera una enfermedad como ésa. Y lo que más eché en falta fue, (directamente en la línea que reclama el periodismo de anticipación), un reportaje sobre el alcance y las consecuencias que podía llegar a tener la epidemia, basándonos en las circunstancias del momento y en la historia de otras enfermedades endémicas –su nacimiento, su desarrollo y su desenlace–.

Sobre la necesidad de hacer periodismo de precisión tengo un buen ejemplo también: ¿Por qué los medios sólo hablan de los malos tratos desde las víctimas y las denuncias? ¿Por qué no indagan en las condiciones de vida y el perfil de los “verdugos”? Hay factores externos que contribuyen a que alguien tienda a la violencia, igual que al fracaso escolar, igual que a los suicidios. Se podrían analizar numerosos factores de la vida de las parejas y compararlos con los de años anteriores; y podríamos obtener alguna conclusión significativa. Claro, que eso sería factible si hubiera estadísticas fiables y accesibles a los medios. En España, tenemos enormes dificultades para impulsar este tipo de información analítica: la práctica inexistencia de estadísticas completas y fiables y el casi imposible acceso directo a datos oficiales de los organismos públicos (no a los datos oficiales filtrados por la oficina de prensa interesada, que es una cosa bien distinta). ¿Cómo es posible que el Ministerio de Educación carezca, por ejemplo, de un listado de colegios públicos, privados concertados y privados en el territorio nacional? (eso declaran sus portavoces consultados). Así, cómo se van a hacer estudios.

Periodismo de Servicio

La prensa dedica cada vez más espacio a la información de servicio, información de utilidad para la vida cotidiana al margen de los asuntos de política, economía y sucesos que rara vez nos afectan directamente. Hablamos de información sobre y para la vivienda, sobre viajes, salud, estética, cesta de la compra…

Esto es lo que le interesa realmente a la gente. Pero habría que puntualizar dos cosas. Una: esta información va más dirigida al individuo como consumidor que como ciudadano, como bien recalcan Alberdi, Armentia y su equipo (2002) en su artículo sobre el rediseño de El Correo. Y dos: esta información resta espacio a la información política, económica, internacional y cultural, que son las que hacen que uno conozca la sociedad a la que pertenece.

Otra cosa es que éstas sean de baja calidad y no permitan la mejor toma de conciencia cívica de lo que pasa, supuestamente pretendida por ese otro periodismo de máxima trascendencia.

Pero con el contrapunto de estas objeciones, el periodismo de servicio claramente centrado en ayudar al público a resolver necesidades prácticas múltiples, también debería tener un hueco en nuestras agendas profesionales, a veces sólo repletas de trivialidad y falsos intelectualismos.

7. CONCLUSIÓN

El estudio de todas estas prácticas periodísticas, la observación y reflexión sobre el periodismo cotidiano español y el contraste entre todos ellos aportan un conocimiento mínimo, pero imprescindible sobre la profesión y su peso en la sociedad. Estas son las conclusiones que resumen mi aprendizaje personal al respecto:

1.– Periodismo no es sólo informar de lo que pasa (y esperar a que pase). Es reflexionar y hacer reflexionar sobre lo ocurrido, tanto lo distinto como lo cotidiano, y analizar lo ocurrido de manera que nos permita prever posibles consecuencias. Actualmente, la prensa no tiene como función primordial hacer comprender los acontecimientos, sólo contarlos.

2.– La exhibición del presente genera pasividad en los lectores–espectadores y eso les hace perder su conciencia de ciudadanos implicados en un espacio público. El presente puesto en relación con el pasado y con el futuro genera lectores–espectadores activos porque alimenta la capacidad de reflexionar y alimenta la creatividad respecto a cómo enfrentarse con las incertidumbres. Pero esos individuos conscientes son peligrosos para el sistema porque tienen más posibilidades de ser activos socialmente. Un grupo de ciudadanos concienciados de su ciudadanía en democracia son una amenaza.

3.– Es frustrante ver cómo la profesión de uno contribuye a la pasividad de los ciudadanos; darse cuenta de que los medios de comunicación son los agentes sociales más conservadores en estos momentos (ayudados por la publicidad, sin duda). Perpetúan modelos. Mantienen el sistema como está porque, aunque denuncien sus vicios, no indagan en ellos para poder cambiarlos. De la misma manera, el periodismo actual está consolidando un modelo de ciudadano despegado de la sociedad a la que pertenece.

4.– Pero ser consciente de esto, de lo que he escrito en estas páginas y de mucho más, es el primer paso para poder cambiar algo. La lucha consecuente de quienes son conscientes de los defectos de la profesión sería hacer que los demás también reflexionasen sobre estas cuestiones.

5.– Y por último, el objetivo más ambicioso: devolver al periodismo la condición de agente clave en el desarrollo social y de la ciudadanía, devolverle su dimensión cívica.

__________
Bibliografía:

ALBERDI, A./ ARMENTIA, J.I./ CAMINOS J.M./ MARÍN, F. (2002) “El rediseño de El Correo como ejemplo de la consolidación de la prensa de servicio”. ZER : Revista de Estudios de Comunicación, Nº12. Bilbao. Universidad del País Vasco.
BENESH, Susan (1998) “The rise of Solutions Journalism”. Columbia Journalism Review, vol.36:6 marzo–abril, pp.36–39.
DADER, José Luis (1997) Periodismo de precisión. Vía socioinformática de descubrir noticias. Madrid. Síntesis.
DADER, José Luis (1999) “Recuperación ciudadana de los medios: Vías de participación y contrapeso crítico de los consumidores y usuarios ante los medios de comunicación de masas”, en VV.AA. Los usuarios en la sociedad de la información. Madrid. CEACCU.
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REQUEJO, José Luis (2001) “El modelo de reportero propuesto por el Periodismo de Soluciones”, en “La redefinición del concepto de reportero en la sala de redacción”. Tesis doctoral. Pamplona. Universidad de Navarra.
WALBRAN, Shannon (2002) “Las costureras de la Favela”. Changemakers.net Junio. www.changemakers.net/journal/02june/walbranesp.cfm

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Notas:

1 Este ensayo surge y se desarrolla a partir del curso sobre Periodismo Cívico y Otros Periodismos No Convencionales, impartido por el profesor José Luis Dader dentro de los programas de Doctorado de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Cfr.JL. Dader “Periodismo cívico y otras vías de racionalidad democrática en la comunicación política mediática”, www.ucm.es/info/per3/doctorado/dader.htm
2 Claude Monnier (1992, 1998) llama así al periodismo que analiza el presente para prever como puede repercutir en el futuro, aunque él mismo lo califica en otros momentos de “periodismo de perspectiva” o “estratégico”.
3 Claude Monnier fundó la revista de periodismo de análisis y perspectiva Le Temps Strategique en 1980 y la dirigió hasta su desaparición, en 2001.


* Paloma Díaz Sotero es redactora diario español El Mundo y estudiante del Programa de Doctorado Dpto. Periodismo III de la Facultad de CC. Información de la Universidad Complutense de Madrid. Esta es su primera colaboración para Sala de Prensa.


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