Sala de Prensa

77
Marzo 2005
Año VII, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


El carácter democrático en
la mediatización de la política

Gonzalo Gajardo *

Restituir en Chile una “moral pública” no es un asunto que se resuelve sólo en los tribunales o en los púlpitos; es, ante todo, un problema político. En el límite, el actual estado de miserabilismo en que nos hayamos sumidos no es sino el hedor de un país que se ha negado a abrir de una buena vez las ventanas. La pretensión de mantener el actual estado de cosas en nombre de la “paz social” como una ventaja competitiva para insertarnos en el mundo globalizado, no sólo es falaz sino profundamente ingenuo, ya que cualquier pretensión de desarrollo tecnoeconómico supone y exige profundizar en el desarrollo social, político y cultural.
Álvaro Cuadra, Los otros escándalos de la política chilena

Cuando la polis vive una democracia de baja intensidad en que la política se fundamenta en la autarquía basada en la negociación cupular con una lógica dirigista coercitiva, el ámbito de la cultura impone su lógica de la mediatización, que no es sino la extensión del liberalismo tecnoeconómico al ámbito de la circulación de bienes simbólicos. La mediatización, en tanto prolongación de la lógica de mercado en el intercambio de bienes simbólicos, es de suyo amoral; su validez se juega más bien en lo estratégico, la eficacia. Por tanto, no es éste el ámbito donde reclamar valores, actitudes o comportamientos. Constatamos que el escándalo no es sino un aspecto de la política-mediática, el modo en que las sociedades burguesas tienden a administrarse en un contexto tardo–capitalista globalizado.
Álvaro Cuadra, La mediatización de la política: el efecto Galileo

Las sociedades democráticas contemporáneas son, esencialmente, sociedades mediatizadas: las relaciones políticas se articulan a distancia, a través de los medios de comunicación. El acceso a la esfera pública, y las actuaciones dentro de ella, está mediado por un complejo entramado informativo. La democracia se ha convertido así en un régimen de símbolos, de signos, de señales, de imágenes y de conversaciones; es un continuo flujo de representaciones que buscan organizar, canalizar y expresar los diversos -habitualmente contradictorios- intereses que existen en la sociedad. En estas condiciones las disputas por el poder y la influencia se trasladan, progresivamente, hacia la esfera de las mediaciones; es allí, en el espacio comunicacional, simbólico, de las sociedades donde se libran las principales disputas y se producen los mayores conflictos. Y no en el terreno de las movilizaciones masivas, la paralización de fábricas, las demostraciones de fuerza, la confrontación electoral o las negociaciones parlamentarias. Digamos así: la política pierde peso físico y el poder su solidez mecánica, al trasladarse la democracia al escenario más liviano, volátil e incorpóreo de la comunicación. De allí que estas sociedades aspiren a la transparencia, desconfíen del secreto, cultiven el exhibicionismo y condenen a los poderes fácticos; aquellos, justamente, que no dan la cara y buscan incidir en la esfera pública a partir de un capital distinto del simbólico-expresivo.
José Joaquín Brunner, Escándalo

Un hecho mayúsculo ha aparecido en la escena de nuestras preocupaciones públicas, la pesquisa de una red pedofíílica posiblemente ha penetrado círculos y anillos de la elite, trasuntando aquello en un problema de orden político–moral, para luego mutar a la conceptualización de escándalo. Conforme al accionar de los medios de comunicación masiva, el escándalo viene a constituir la resultante final del procesamiento del debate público por parte de éstos, convirtiendo al campo comunicacional más que en su reflejo, en el propio espacio contenedor y depositario del mismo.

Este último escándalo viene a significar, quizás, el punto de inflexión en un proceso de mediana data, en el que la condición política de nuestra sociedad y la actuación en el campo público propiamente tal, progresivamente se ha ido mediatizando; Los medios de comunicación en nuestra sociedad han ido acentuando, cada vez con mayor intensidad, un rol mediador en el debate.

En consecuencia, quizás, la máxima expresión de la intensidad de una determinada coyuntura en el campo del debate político–social signifique, según la presencia y rol de los mass media, la formulación de un formato de escándalo.

- ¿La mediatización de la política y del sentido de lo público, constituye una manifestación neutral o proactiva a la formación, desarrollo o categorización ideal de una sociedad democrática avanzada?
- Al contrario, ¿puede significar aquélla la reproducción instrumental de una determinada formación socio–histórica, en la que se anulan los modos de representación de un estado de profundidad democrática en la sociedad actual?

Estas dos preguntas son fundamentales para comprender las distintas direccionaliades que adquiere el debate acerca del fenómeno de mediatización social y política; el primer autor -citado en el epígrafe- abre una mirada crítica negativa al fenómeno de mediatización de lo político–social, señalando que aquélla significa un correlato de la reproducibilidad del orden neoliberal en una polis de baja intensidad sustantivo–democrática; el segundo inaugura una sugerente insinuación en cuanto que la concepción contemporánea de sociedad democrática está señalada por la mediatización y el desarrollo de las dimensionalidades comunicacionales que aquélla comporta; ambos apuntan a fijar como objeto de análisis el orden y el modo actual de distribución del capital simbólico.

De una forma o de otra, asistimos quizás en la actualidad a un agudísimo proceso de crisis de la democracia representativa, en el que nuestras sociedades concretas viven el reemplazo de las nociones políticas colectivas por estados psicológicos generales de individualismo; la necesidad de reducir y resumir el volumen del mensaje para hacerlo políticamente emotivo o efectivo, hace que las comunicaciones adquieran un rol fundamental en la representación aparente de que existe un modo directo y mediatizado de producción y reproducción de nuevos equilibrios sociales anti statu quo.*

Resulta también interesante apreciar, para el caso de nuestro estado institucional democrático, el reclamo por la notoria falta de diversidad comunicacional en el proceso democrático transitivo. Esta falta de diversidad y contrapeso comunicacional sería deliberadamente funcional a la desarticulación programada de las anteriores y originales formas de resistencia crítica a la instalación política–económica–social del autoritarismo, pues la ausencia de diversidad comunicacional contribuye a la implantación de un discurso unívocamente legitimador del sistema imperante heredado postdictadura.**

La morfología del escándalo, como maximización de la tensión en una determinada coyuntura crítico–político–social, asociada al fenómeno de mediatización de la sociedad y en particular de su dinámica política, manifiesta en su despliegue y desenvolvimiento la degradación del funcionamiento de instituciones formales que tradicionalmente regularon el proceso (mecánico, si se quiere) del debate público; la mediatización política, en particular, viene a develar también la presencia del ejercicio del poder fáctico, legitimado quizás por el propio surgimiento de este eficaz y moderno modo de representación del campo público.

Podría entonces señalarse simple y llanamente que la mediatización de la sociedad y de la política constituye, con toda propiedad, el modo con el que la sociedad moderna representa el sentido de la transparencia ideal y los estados de anormalidad sociales y políticos concretos. Sin embargo, es la ausencia de la representación del conflicto en la sociedad o de lo conflictivo en ella, lo que nos conduce a rechazar esta afirmación.

Cuando nos referimos a la representación del conflicto social en el campo público, obviamente descartamos la apariencia dicotómica generada por el ejercicio de disputa fáctica representada mediáticamente. La mediatización abstracta y desociologizada del debate político–social en el espacio público constituye la anulación de la capacidad de la sociedad democrática para representar sujetos, campos, estructuras, conjuntos problemáticos y conflictivos; la significación del conflicto social representa la apertura de espacios de profundización democrática que conducen a la generación de dinámicas integradoras de actores sociales diversos. Cuando la mediatización reemplaza y suplanta esta capacidad de integración dinámica, no sólo asistimos a la contracción e invalidación de la institucionalidad tradicional reguladora del debate, sino también al soslayo de la capacidad de ejercer la alternativa crítica a las modelaciones funcionales del propio Estado y sistematización de la sociedad.

De ahí que sea apropiado generar una gran reflexión acerca de la relación existente entre el fenómeno mediatizador y la anulación de la significación del conflicto social en el campo público, de la suplantación de las instituciones tradicionales depositarias de la función política por causa este fenómeno, de la incapacidad de integrar al campo público discursos crítico–alternativos al sistema social imperante a causa de la reproducibilidad del propio sistema mediante el modo actual de circulación de bienes simbólicos.

El análisis crítico del devenir de la modernidad, necesariamente debe conducirnos a un serio debate acerca del nivel de profundización democrática de nuestra sociedad y no sólo a una descripción pasiva de ella.

_____
Notas:

*Alexandre Dorna expone un conjunto de sugerentes ideas que relacionan un proceso general de crisis de la democracia representativa con el surgimiento de diversas formas eclécticas de populismos, particularmente en América Latina. Dorna afirma que los estallidos populistas son respuesta al inmovilismo de las elites políticas para responder a las condiciones de incertidumbre, miedo y fragilidad que la ola modernizadora neoliberal ejerce sobre las masas desfavorecidas. Al respecto, señala que dichos procesos se ven claramente relacionados con modos de expresión mediática en la transmisión de mensajes y símbolos; la mezcla aleatoria entre populismo y mediatización sería una respuesta efectiva para la generación de un nuevo orden de equilibrio social y legitimidad política. A nuestro juicio, el fenómeno de la mediatización política puede operar, en algunos contextos, de modo muy neutral y funcional a un determinado sistema social sin que aquello signifique la legitimación de un discurso populista y sin que ello signifique de ningún modo una suerte de evidenciación del conflicto social general. (Alexandre Dorna; "¿Hay que tenerle miedo al populismo?", en Le Monde Diplomatique, edición chilena, noviembre de 2003.)

** El connotado y galardonado periodista chileno Juan Pablo Cárdenas, actual director de la Radio Universidad de Chile y ex director de la revista Análisis, hace una interesante reflexión acerca del rol jugado por los reducidos medios de comunicación antidictatoriales en la articulación discursiva contra el régimen y en la opinión crítica acerca del modelo ultracapitalista instalado por éste. A modo de recuento, señala cómo ocurre la desarticulación de estos medios de comunicación que son considerados obstáculos para el proceso de administración democrática del modelo heredado, paralelamente a cómo se estructura la forma de propiedad monopólica actual de los medios de comunicación existentes y funcionales al propio modelo. (Juan Pablo Cárdenas; "Periodismo y procesos político chileno", en El Mostrador.cl, octubre de 2003.)


* Gonzalo Gajardo es licenciado en Historia por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, en Chile. Esta es su primera colaboración para Sala de Prensa.


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