Sala de Prensa

75
Enero 2005
Año VI, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Susang Sontag, Premio de la Paz de los Editores y Libreros alemanes

Literatura y libertad

El domingo 12 de octubre de 2003, Susan Sontag recibió el prestigioso Premio de la Paz de los Editores y Libreros alemanes, ceremonia con la que se clausura la Feria Internacional del Libro de Frankfurt. Con tal motivo, la narradora y ensayista reflexionó sobre la actual política exterior estadunidense, sus diferencias con Europa, los orígenes de ese desencuentro y, naturalmente, sobre la literatura, su ámbito de trabajo y dedicación preferido. Este es un extracto del discurso que pronunció ese día.

fotografíaAl dirigirme a todos ustedes en esta histórica Paulkirche, y en esta ocasión, me siento inspirada e infundida de humildad. Por ello no puedo sino lamentar la ausencia deliberada del embajador de Estados Unidos, el señor Daniel Coats, cuya negativa a asistir a la reunión de hoy, invitado por la Asociación de Libreros Alemanes en junio cuando se anunció el Premio de la Paz de este año, muestra que está más interesado en afirmar la posición ideológica y el carácter reactivo y rencoroso del gobierno de Bush que en cumplir con su normal deber diplomático de representar los intereses y la reputación de su –de mi– país. El embajador ha preferido no estar aquí, supongo, por las críticas que he expresado contra la nueva tendencia radical de la política exterior estadunidense, tal como muestra la invasión y ocupación de Irak. Me parece que debería estar presente, pues una ciudadana del país que representa en Alemania ha sido honrada con un importante premio alemán.

El embajador tiene el deber de representar a su país, a todo su país. Yo no represento, por supuesto, a Estados Unidos, ni siquiera a la considerable minoría que no respalda el programa imperial del señor Bush y sus asesores. Me gusta pensar que no represento sino la literatura, una idea de la literatura, y la conciencia, una idea de la conciencia o el deber. No obstante, atenta a la mención del premio de un importante país europeo, la cual hace referencia a mi condición de "embajadora intelectual" entre dos continentes (apenas es preciso señalar que embajadora en su sentido más lato), no puedo resistirme a proponer unas cuantas reflexiones acerca de la reiterada brecha entre Europa y Estados Unidos que supuestamente salvan mis intereses y entusiasmos.

En primer lugar, ¿es una brecha lo que se sigue salvando? ¿No es asimismo un conflicto? Las expresiones de menosprecio y cólera contra Europa, contra algunos países europeos, son la actual moneda corriente del discurso político estadunidense; y aquí, al menos en los países prósperos del lado occidental del continente, el sentimiento antiamericano es más común, más manifiesto y más intempestivo que nunca. ¿De qué conflicto se trata? ¿Sus raíces son profundas? Me parece que sí. Siempre ha habido un antagonismo latente entre Europa y Estados Unidos, al menos tan complejo y ambivalente como el que existe entre padre e hijo. Estados Unidos es un país neoeuropeo y, hasta hace pocos decenios, habitado sobre todo por pueblos europeos. No obstante, las diferencias entre Europa y Estados Unidos siempre han impresionado a los observadores extranjeros más perspicaces: Alexis de Tocqueville, que visitó la joven nación en 1831 y volvió a Francia a escribir La democracia en América, el cual es todavía, casi 170 años después, el mejor libro sobre mi país, y D. H. Lawrence, que hace 80 publicó el libro más interesante jamás escrito sobre la cultura estadunidense, su influyente y exasperante Studies in Classical American Literature, comprendieron que Estados Unidos, hijo de Europa, se estaba convirtiendo o se había convertido ya en la antítesis de Europa.

Roma y Atenas. Marte y Venus. Los autores de recientes tratados populares que promueven la idea de un inevitable choque de intereses y valores entre Europa y Estados Unidos no inventaron estas antítesis. Los extranjeros meditaron en ellas y crearon la paleta, la melodía recurrente de buena parte de la literatura a lo largo del siglo XIX, de Fenimore Cooper y Emerson a Whitman, de James, Dean Howells a Twain. La inocencia estadunidense y el refinamiento europeo; el pragmatismo estadunidense y la intelectualización europea; el vigor en Estados Unidos y el hastío en Europa; la candidez de un lado y el cinismo del otro; la buena fe frente a la malicia; el moralismo estadunidense frente a las artes concesivas europeas... ya conocen ustedes las tonadas.

Es posible cambiar la coreografía, sin duda, pues se han bailado con toda suerte de evaluaciones o pasos durante dos siglos tumultuosos. Los eurófilos pueden emplear la antigua antítesis que identifica el barbarismo orientado por el comercio con Estados Unidos y la alta cultura con Europa, mientras que los eurofóbicos extraen de un punto de vista prefabricado que Estados Unidos representa el idealismo, la apertura y la democracia y Europa el debilitado refinamiento petulante. Pero Tocqueville y Lawrence advirtieron algo más acérrimo: no solamente una declaración de independencia respecto de Europa y sus valores, sino un constante desgaste, el asesinato de los valores y el poder europeos. "Nunca se puede tener algo nuevo sin romper con lo viejo", escribió Lawrence. Resulta que Europa era lo viejo. Estados Unidos tendría que ser lo nuevo. "Lo nuevo es la muerte de lo viejo". Lawrence adivinó que Estados Unidos tenía como misión destruir Europa empleando la democracia –sobre todo la democracia cultural, la democracia de los modales– como arma. Y cuando la tarea se haya cumplido, escribió, Estados Unidos podría apartarse de la democracia en busca de algo distinto. (Quizás ese algo es lo que está surgiendo hoy día.)

Ruego su paciencia si mis referencias han sido sólo literarias. No obstante, una de las funciones de la literatura –de la literatura importante, de la literatura necesaria– es la profecía. Lo que se presenta ante nosotros, escrito en grandes caracteres, es la antigua polémica literaria –cultural– entre antiguos y modernos.

El pasado es (o era) Europa, y Estados Unidos se fundó en la idea del rompimiento con el pasado, que se considera estorboso, sofocante y –por sus deferencias y prioridades, por sus modelos– en esencia no democrático, o "elitista", el sinónimo reinante en la actualidad. Quienes se declaran a favor de un Estados Unidos triunfalista siguen dando a entender que su democracia implica el repudio de Europa y, de hecho, la adopción de una determinada barbarie saludable y liberadora. Si en la actualidad Europa es tenida por la mayoría de los estadunidenses por más socialista que elitista, ello aún hace de Europa, siguiendo los criterios estadunidenses, un continente retrógrado, apegado con testarudez a sus antiguos modelos, por ejemplo, al Estado benefactor. "Renuévalo" no sólo es un lema de la cultura; es la descripción de una maquinaria económica de alcance mundial, en avance perpetuo. Sin embargo, si es necesario, incluso lo "viejo" puede ser bautizado otra vez como lo "nuevo".

No es una casualidad que el resuelto secretario de Defensa estadunidense intentara hincar una cuña en el seno de Europa al distinguir de modo inolvidable la "vieja" (mala) Europa de la "nueva" (buena). ¿Cómo es que Alemania, Francia y Bélgica se han visto consignadas a la "vieja" Europa, mientras que España, Italia, Polonia, Ucrania, Holanda, Hungría, la República Checa y Bulgaria son parte de la "nueva"? Respuesta: apoyar a Estados Unidos en la actual expansión de su poderío político y militar es, por definición, pasar a la más deseable categoría de lo "nuevo". El que está con nosotros es "nuevo". Todas las guerras modernas, incluso cuando sus tradicionales motivos son la expansión territorial o la adquisición de recursos escasos, se presentan como choques de civilizaciones –guerras culturales– en los que cada bando reivindica elevadas razones e imprime carácter de bárbaro al otro. El enemigo es siempre una amenaza a nuestro "modo de vida", es un infiel; contamina y ultraja los valores superiores. La guerra actual contra la amenaza absolutamente manifiesta que representa el islamismo radical es un ejemplo muy claro. Lo que merece la pena señalar es que una versión más atenuada de los mismos términos injuriosos subyace en el antagonismo entre Europa y Estados Unidos. Debería recordarse también que, históricamente, el discurso antiamericano más virulento pronunciado en Europa –que en esencia acusa a los estadunidenses de barbarie– no provino de la llamada izquierda, sino de la extrema derecha. Tanto Hitler como Franco condenaron repetidamente a un Estados Unidos (y a la internacional judía) decidido a contaminar la civilización europea con sus vulgares valores empresariales.

La mayor parte de la opinión pública europea, por supuesto, sigue admirando la energía estadunidense, la versión estadunidense de "lo moderno". Y, sin duda, siempre ha habido compañeros de viaje estadunidenses de los ideales culturales europeos (una de ellas está ante ustedes), que entienden las antiguas artes de Europa como una liberación y una enmienda a las tenaces inclinaciones mercantilistas de la cultura estadunidense. Y siempre ha habido equivalentes en el lado europeo: los europeos fascinados, profundamente atraídos por Estados Unidos, a causa precisamente de las diferencias que lo distinguen de Europa.

Los estadunidenses casi siempre ven lo contrario del lugar común eurófilo: se ven a sí mismos defendiendo la civilización. Las hordas de los bárbaros ya no están a las puertas. Están en nuestro seno, en cada ciudad próspera, maquinando su destrucción. Los países "productores de chocolate" (Francia, Alemania, Bélgica) tendrán que apartarse, mientras que un país con "voluntad" –y Dios de su lado– continúa la batalla contra el terrorismo (en su actual mezcla con la barbarie). Según el secretario de Estado Colin Powell, es ridículo que la vieja Europa ambicione un papel en el gobierno o la gestión de territorios que ha ganado la coalición del conquistador. No tiene los recursos militares ni el gusto por la violencia ni el respaldo de sus poblaciones, mimadas y demasiado pacíficas. Y los estadunidenses lo han entendido bien. Los europeos no están de humor evangélico o beligerante.

En efecto, a veces debo pellizcarme para asegurar que no estoy soñando: muchas personas en mi país se sienten agraviadas porque en la actualidad a la población alemana, que descargó indecibles horrores en el mundo durante casi un siglo (como si se tratara de un nuevo "problema alemán"), le repugne la guerra; que la mayoría de la opinión pública alemana sea ya virtualmente... pacifista. ¿Acaso Estados Unidos y Europa no fueron socios y amigos nunca? Claro que sí. Pero quizás es cierto que los periodos de unidad son la excepción más que la regla. Uno de esos periodos transcurrió desde la Segunda Guerra Mundial hasta comienzos de la guerra fría, cuando los europeos sintieron profunda gratitud por la intervención, socorro y apoyo de Estados Unidos. Pero espera entonces que los europeos le estén eternamente agradecidos, lo cual no es lo que están sintiendo en este momento.

Desde el punto de vista de la "vieja" Europa, Estados Unidos parece propenso a dilapidar la admiración –y la gratitud– que sienten la mayoría de los europeos. La inmensa simpatía que despertó en las postrimerías de los atentados del 11 de septiembre de 2001 fue genuina. (Puedo dar testimonio de su particular ardor y sinceridad en Alemania: me encontraba en Berlín en ese entonces.) Pero lo que ha seguido es un creciente distanciamiento mutuo.

Los ciudadanos de la nación más poderosa y próspera de la historia deben enterarse de que a Estados Unidos se le quiere, envidia... y resiente. Más de uno sabrá que al viajar al extranjero muchos europeos creen que los estadunidenses son unos ordinarios, palurdos e incultos, y no dudan en identificar estas expectativas con la conducta que alude al resentimiento de la excolonia. Y algunos europeos cultivados, que parecen gozar de su visita o residencia en Estados Unidos, le atribuyen, condescendiendo, las virtudes liberadoras de una colonia en la que nos sacudimos las restricciones y los lastres de la alta cultura del "terruño". Recuerdo que un cineasta alemán, residente en aquel entonces en San Francisco, me comentó que le gustaba vivir en Estados Unidos "porque aquí no hay cultura". Para más que unos cuantos europeos, entre ellos debo mencionar a D. H. Lawrence, ese país era su escape. Y viceversa: Europa fue el gran escape de varias generaciones de estadunidenses en busca de "cultura". Desde luego, me refiero sólo a unas minorías, las minorías privilegiadas.

Así pues, Estados Unidos se cree actualmente el defensor de la civilización y el salvador de Europa y se pregunta por qué los europeos no entienden las cosas; y éstos ven en Estados Unidos a un temerario Estado guerrero, descripción que aquél devuelve viendo en Europa al enemigo: sólo simula su pacifismo, sostiene el discurso que cada vez se oye más en Washington, para así contribuir al debilitamiento del poderío estadunidense. Se cree que sobre todo Francia está conspirando para convertirse en su igual, e incluso en su superior, cuando se trata de configurar los asuntos mundiales, en lugar de reconocer que la derrota estadunidense en Irak animará a los "grupos de islamistas radicales, de Bagdad a los ghetos musulmanes de París" que prosiguen con su yihad contra la tolerancia y la democracia.

Es difícil para las personas no pensar el mundo con nociones polarizadas ("ellos" y "nosotros"), nociones que en el pasado han arreciado el tema del aislacionismo de la política exterior estadunidense tanto como en la actualidad arrecian el tema imperialista. Los estadunidenses se han habituado a pensar el mundo por medio del concepto de enemigo. Los enemigos están en otro sitio, al igual que la lucha casi siempre está "allá", y el radicalismo islamista ha sustituido al comunismo chino y ruso como amenaza a nuestro "modo de vida". Y "terrorista" es una palabra más elástica que "comunista". Puede agrupar una amplia gama de luchas e intereses muy diversos. Lo que esto puede implicar es que la guerra será interminable, puesto que siempre habrá terrorismo (como siempre habrá pobreza y cáncer); es decir, siempre habrá conflictos asimétricos en los que el lado más débil emplea ese tipo de violencia, cuyo objetivo en general son los civiles. La oratoria estadunidense, si no es que su talante popular, acaso respalde este triste panorama, pues la lucha en favor de la rectitud nunca cesa.

El genio de Estados Unidos, un país profundamente conservador, con un sesgo que los europeos no alcanzan a entender, ha concebido una variante del pensamiento conservador que celebra lo nuevo más que lo viejo. Pero esto también nos dice que del mismo modo que Estados Unidos parece en extremo conservador, por ejemplo, en el extraordinario poder del consenso y en la pasividad y el conformismo de la opinión pública (como señalara Tocqueville en 1831) y los medios, es asimismo radical, incluso revolucionario, con un sesgo que los europeos tampoco alcanzan a entender.

Acaso el origen más importante del nuevo (y no tan nuevo) radicalismo estadunidense es el que solía estimarse como fuente de los valores conservadores: en una palabra, la religión. Numerosos comentaristas han advertido que quizás la mayor diferencia entre Estados Unidos y casi todos los países europeos (tanto viejos como nuevos en la actual distinción estadunidense) es que en el primero la religión aún desempeña un papel estelar en la sociedad y el lenguaje público. Pero es una religión al estilo estadunidense: es decir, más su concepto que la religión propiamente. En efecto, cuando Bush se presentó a las elecciones presidenciales, un periodista inspirado le pidió al candidato que mencionara a su "filósofo predilecto". Recibida con beneplácito, la respuesta –la cual habría convertido en un hazmerreír a todo candidato de cualquier partido centrista europeo– fue: "Jesucristo". Si bien Bush no quiso decir, desde luego, y así se entendió, que si resultaba elegido su gobierno se adheriría a cualesquiera preceptos o proyectos sociales que Jesús expuso realmente.

Estados Unidos es una sociedad que aprueba la religión en general. Es decir, no importa qué religión se profese, siempre que se profese alguna. Una dominante, incluso una teocracia que sólo fuese cristiana (o de una particular denominación cristiana) sería imposible. La religión en Estados Unidos debe ser cuestión de preferencia. Esta idea moderna de la religión, relativamente despojada de contenido, concebida siguiendo las preferencias del consumo, es la base del conformismo estadunidense, de su santurronería y de su moralismo (lo que los europeos a menudo confunden, condescendiendo, con puritanismo). Toda fe histórica que las distintas entidades religiosas estadunidenses pretenden representar predica algo semejante: la reforma de la conducta personal, el valor del éxito, la cooperación comunitaria, la tolerancia de las preferencias ajenas (virtudes todas que favorecen y facilitan el funcionamiento del capitalismo de consumo). El hecho mismo de profesar una religión asegura la respetabilidad, promueve el orden y ofrece garantías de que las intenciones de la misión estadunidense de dirigir el mundo son virtuosas.

¿Estamos entonces tan apartados? Es extraño que, en un momento en el que Europa y Estados Unidos jamás habían sido tan semejantes desde el punto de vista cultural, haya una divisoria tan amplia. Con todo, a pesar de las semejanzas en la vida diaria ciudadana en los prósperos países europeos y en la vida diaria estadunidense, la brecha es genuina y se funda en importantes diferencias históricas, en las nociones del carácter de la cultura y en los recuerdos reales e imaginarios. El antagonismo –pues existe– no habrá de resolverse en el futuro inmediato, a pesar de la buena voluntad de muchas personas en ambas costas del Atlántico. Y no obstante sólo nos queda deplorar los intentos de acendrar esas diferencias, cuando tenemos tanto en común.

El dominio de Estados Unidos es un hecho. Sin embargo, no puede hacer todo en solitario, como está comenzando a advertir el presente gobierno. El futuro del mundo –el mundo que compartimos– es sincrético, impuro. No estamos aislados. Cada vez más nos filtramos los unos en los otros.

En suma, el modelo de todo entendimiento –de conciliación– posible que alcancemos se basa en reflexionar más sobre la antigua oposición de "viejo" y "nuevo". La oposición entre "civilización" y "barbarie" está condicionada en esencia: corrompe pensar y pontificar sobre ella, aunque mucho refleje determinadas realidades. Pero la oposición entre lo "viejo" y lo "nuevo" es genuina, no se puede erradicar, está en el centro mismo de lo que entendemos por experiencia.

Lo "viejo" y lo "nuevo" son los perennes polos de todo sentido de orientación en el mundo. No podemos deshacernos de lo viejo porque en él está invertido todo nuestro pasado, nuestra sabiduría, nuestros recuerdos, nuestra tristeza, nuestro sentido del realismo. No podemos deshacernos de la fe en lo nuevo porque en ella invertimos toda nuestra energía, nuestra capacidad de optimismo, nuestro ciego anhelo biológico, nuestra capacidad para olvidar: la capacidad curativa sin la cual toda reconciliación es imposible. La vida interior tiende a desconfiar de lo nuevo. Es más, una vida interior profundamente desarrollada se resistirá a lo nuevo. Se nos dice que hemos de elegir entre lo viejo y lo nuevo. De hecho, hemos de elegir ambos. ¿Qué más es la vida sino el trato reiterado entre lo viejo y lo nuevo? Me parece que siempre deberíamos buscar el modo de evitarnos semejantes oposiciones tajantes.

Lo viejo frente a lo nuevo, la naturaleza frente a la cultura: quizás es inevitable que los grandes mitos de nuestra vida cultural se expresen como geografía y no sólo como historia. No obstante, son mitos, lugares comunes, estereotipos, nada más; las realidades son mucho más complejas.

He pasado buena parte de mi vida intentando desmitificar modos de pensar que se polarizan y oponen. Traducido a la política, esto implica apoyar el pluralismo y lo secular. Como algunos estadunidenses y muchos europeos, me gustaría más vivir en un mundo multilateral, un mundo que no domina ningún país en particular (entre ellos el mío). Podría expresar mi apoyo, en un siglo que ya promete ser otro de extremismos y de horrores, a toda una panoplia de actitudes que promueven la mejoría: sobre todo la que Virginia Woolf llama "la melancólica virtud de la tolerancia".

Me permito hablar más bien como escritora, como paladín de la empresa de la literatura, pues en ello reside la única autoridad que detento. La escritora en mí desconfía de la buena ciudadana, de la "embajadora intelectual", de la activista en favor de los derechos humanos: esos papeles que se citan en la mención del premio, a pesar de mi vínculo con ellos. La escritora es más escéptica, más dubitativa que la persona que intenta hacer (y apoyar) lo justo.

Una de las tareas de la literatura es formular preguntas y elaborar afirmaciones contrarias a las beaterías reinantes. E incluso cuando el arte no es contestatario, las artes tienden a la oposición. La literatura es diálogo, respuesta. La literatura puede definirse como la historia de la respuesta humana a lo que está vivo o moribundo a medida que las culturas se desarrollan y relacionan unas con otras. Los escritores algo pueden hacer para combatir esos lugares comunes de nuestra alteridad, nuestra diferencia, pues los escritores son hacedores, no sólo transmisores, de mitos. La literatura no sólo ofrece mitos, sino contramitos, al igual que la vida ofrece contraexperiencias: experiencias que confunden lo que creías creer, sentir o pensar.

Un escritor es alguien que presta atención al mundo. Eso significa que intentamos comprender, asimilar, relacionarnos con la maldad de la cual son capaces los seres humanos, sin corrompernos –volviéndonos cínicos o superficiales– al comprenderlo.

La literatura nos puede contar cómo es el mundo. La literatura puede ofrecer modelos y legar profundos conocimientos encarnados en el lenguaje, en la narrativa. La literatura puede adiestrar y ejercitar nuestra capacidad para llorar a los que no somos nosotros o no son los nuestros.

¿Qué seríamos si no pudiéramos sentir simpatía por quienes no somos nosotros o no son los nuestros? ¿Quiénes seríamos si no pudiéramos olvidarnos de nosotros mismos, al menos un rato? ¿Qué seríamos si no pudiéramos aprender, perdonar, volvernos algo diferente de lo que somos?

En ocasión de la entrega de este glorioso premio, este premio alemán, me permito contarles algo de mi propia trayectoria.

Soy descendiente de judíos lituanos y polacos, la tercera generación estadunidense, y nací dos semanas antes del ascenso de Hitler al poder. Crecí en las provincias estadunidenses (Arizona y California), lejos de Alemania, y sin embargo toda mi infancia estuvo imbuida de Alemania, de la monstruosidad de Alemania y de los libros y la música alemanes que adoraba y fijaron en mí su modelo de seriedad e intensidad.

Antes de Bach y Beethoven, de Schubert y Brahms, hubo unos cuantos libros alemanes. Estoy pensando en un profesor de mis años de enseñanza elemental en un pueblo del sur de Arizona, el señor Starkie, el cual atemorizaba a sus alumnos al decirnos que había combatido en el ejército de Pershing contra Pancho Villa en México: este canoso excombatiente de una otrora aventura imperialista estadunidense se había conmovido con el idealismo –en traducción– de la literatura alemana y, habiendo comprendido mi singular afición por los libros, me dio en préstamo sus propios ejemplares de Werther y de Immensee.

Poco tiempo después, en mi orgía lectora infantil, la casualidad me guió hasta otros libros alemanes, entre ellos La colonia penitenciaria de Kafka, en la que descubrí el pavor y la injusticia. Y aun unos años después, cuando cursaba el bachillerato en Los Ángeles, encontré toda Europa en una novela alemana. Ningún libro ha sido más importante en mi vida que La montaña mágica, cuyo asunto es, precisamente, el conflicto de los ideales en el corazón de la civilización europea. Y así hasta el presente, a lo largo de una vida inmersa en la alta cultura alemana. En efecto, tras los libros y la música, que fueron experiencias virtualmente clandestinas, dado el desierto cultural en que vivía, llegaron las experiencias reales. Pues también soy tardía beneficiaria de la diáspora cultural alemana, habiendo tenido la enorme buena fortuna de tratar íntimamente a algunos de los incomparablemente brillantes refugiados de Hitler, aquellos escritores, artistas, músicos y eruditos que Estados Unidos acogió, a partir de los años treinta, y que tanto enriquecieron al país, sobre todo a las universidades. Me permito mencionar a dos que tuve el privilegio de contar entre mis amigos al final de la adolescencia y principios de la edad adulta, Hans Gerth y Herbert Marcuse; a muchos otros, cuando cursé estudios en Chicago y Harvard; y a Hannah Arendt, a quien conocí después de trasladarme a Nueva York a los 26... Cuántos modelos de seriedad cuyo recuerdo me gustaría evocar aquí.

Con todo, nunca olvidaré que mi vínculo con la cultura alemana, con la seriedad alemana, comenzó con el excéntrico y desconocido señor Starkie (creo que nunca supe su nombre de pila), mi profesor cuando tenía diez años y al que nunca volví a ver.

Y esto me lleva a una historia con la que concluiré, pues no soy embajadora cultural en primer lugar ni crítica ferviente de mi propio gobierno (una labor que desempeño como buena ciudadana estadunidense). Soy una narradora. Así que vuelvo a mis diez años, cuando hallaba consuelo a los agotadores deberes de ser niña absorta en los maltrechos volúmenes de Goethe y Storm propiedad del señor Starkie. Hablo de una época, 1943, en la que supe que había un campo de miles de soldados prisioneros al norte del estado, soldados nazis como creí entonces, y, consciente de que era judía (sólo de modo nominal, aunque lo nominal, ya se sabe, bastaba para los nazis), me aquejaba una pesadilla recurrente en la que los soldados, fugados de la prisión, habían conseguido llegar al sur del estado, a la casa a las afueras del pueblo donde vivía con mi madre y hermana, y estaban a punto de asesinarme.

Muchos años más tarde, los setenta, cuando Hanser Verlag comenzó a publicar mis libros, conocí al distinguido Fritz Arnold (que se había unido a la casa en 1965), mi editor hasta su muerte en febrero de 1999. En una de las primeras veces que nos reunimos, Fritz me dijo que quería aclarar –suponiendo, imagino, que era requisito previo a toda amistad que pudiera surgir entre nosotros– lo que había hecho durante la guerra. Le aseguré que no me debía explicación alguna, aunque, desde luego, me conmovió que abordara el asunto. He de añadir que Fritz Arnold no fue el único alemán de su generación (había nacido en 1916) que poco después de conocerme insistió en contarme lo que había hecho durante la guerra. Y no todas las historias fueron tan inocentes como la que estaba a punto de escuchar de Fritz. Pues bien, lo que Fritz me relató fue que había estado cursando literatura e historia del arte en la universidad, cuando, al comienzo de la guerra, fue reclutado por la Wehrmacht con el rango de cabo. Su familia, desde luego, estaba a favor de todo menos de los nazis –su padre había sido Karl Arnold, el legendario dibujante político de Simplicissimus– pero la emigración no era viable, así que aceptó, con pavor, la llamada al servicio militar, con la esperanza de no morir y de no tener que matar a nadie.

Fritz fue uno de los afortunados. Afortunado de encontrar destino primero en Roma (donde rechazó un ascenso), después en Túnez; afortunado de permanecer tras las líneas y de nunca disparar un arma; y finalmente afortunado, si ésa es la palabra justa, de caer preso de los estadunidenses en 1943, de ser transportado por barco hasta Norfolk, Virginia, y luego conducido en tren por el continente para pasar el resto de la guerra en un campo de prisioneros en un pueblo... al norte de Arizona.

Luego tuve el placer de relatarle, suspirando de admiración, pues ya había comenzado a sentir un profundo cariño por este hombre, que mientras él era prisionero de guerra en el norte de Arizona, yo estaba en el sur del Estado, aterrorizada por los soldados nazis que estaban allá, aquí, y de los que no había escapatoria.

Y luego Fritz me relató que sus casi tres años en prisión habían sido soportables gracias a que se le permitió leer libros: esos años transcurrieron leyendo y releyendo a los clásicos ingleses y estadunidenses. Yo le dije que la lectura, de libros traducidos y escritos en inglés, me había salvado cuando era colegial en Arizona, mientras esperaba crecer y escapar a una realidad más amplia.

La disponibilidad de la literatura, de la literatura mundial, permitía escapar de la prisión de la vanidad nacional, del filisteísmo, del provincianismo forzoso, de la inanidad educativa, de los destinos imperfectos y de la mala suerte. La literatura era el pasaporte de entrada a una vida más amplia; es decir, a un territorio libre.

La literatura era la libertad. Y sobre todo en una época en que los valores de la lectura y la introspección se cuestionan con tenacidad, la literatura es la libertad.

Susan Sontag


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