Sala de Prensa

72
Octubre 2004
Año VI, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


El medio de comunicación se hace medio

José Manuel de Pablos y Concha Mateos Martín *

De manera provocativa, este artículo podría haberse titulado “No me preocupa la concentración de medios”, pero nuestra inquietud, por el contrario, se manifiesta cuando el medio de comunicación se hace medio: cuando el medio informativo se hace medio de manipulación empresarial, de personajes que con esa idea hacen una intrusión –siempre grave– en el cosmos informativo.

Veamos, no obstante, en qué momentos o condiciones a nosotros no nos preocuparía la congregación de medios, que naturalmente no es al estilo Berlusconi ni tampoco al estilo Polanco, salvando las distancias de ambas maneras de rodearse de medios.

Esta cuestión tiene sus correspondientes precedentes, antecedentes o cuestiones previas. La primera de todas es la necesidad de rechazar con firmeza esa idea bastarda que habla de ese cuento del ‘cuarto poder’. Una de las primeras piedras que ha de dar brillo al mundo informativo ha de ser en todo momento la convicción más íntima de que el periodismo en términos generales –al margen de sus formatos de manifestación pública– ha de estar al servicio de la sociedad en el sentido más amplio del concepto sociedad, como comunidad de ciudadanos y no de súbditos, o sea, de personas libres, capaces de tomar decisiones sin presiones subliminales algunas y a gusto con sus medios, capaces de iniciar reflexiones después de hacer uso del medio (de comunicación) que no es medio en el sentido expuesto en el título de este trabajo, sino medio (de manipulación).

Mientras haya profesionales que conjugan el equivocado concepto cuarto poder, el periodismo seguirá herido de gravedad, como se encuentra en la actualidad en aquellos países aparentemente democráticos, con gobiernos aparentemente democráticos, y no sabemos si nos explicamos.

Si volvemos a la provocación del principio, podemos ver que es posible no tener miedo a una concentración de medios, al menos en sus inicios, si los supuestos acaparadores de una congregación no alteran su comportamiento y se siguieran comportando como veremos en nuestro análisis teórico.

Pondremos dos casos. En ambos, de acuerdo con la hipótesis de esta aportación, la despreocupación por una hipotética concentración mediática no sería la vista por un sector de la sociedad, seguramente por quienes en un momento como el actual pudieran considerarse puristas mediáticos, frente a manipuladores o intoxicadores con segundas y aviesas intenciones.

Primer caso, el periodismo de la familia Cano, de Bogotá, Colombia. Segundo caso, el periodista Ignacio Ramonet, director de Le Monde diplomatique, de París.

La tesis que deseamos exponer es que el problema teórico de la concentración no es la concentración en sí, sino los concentradores y sus planes para los que atesoran medios, usándolos como vías para cuestiones diferentes a la comunicación social, de ahí la maldición de que “el medio (de comunicación) se hace medio (de manipulación)” en casos como estos últimos, nunca en los supuestos de los Cano o Ramonet.

Si un empresario tuviera la visión mediática de un periodista como Ramonet, ¿cómo nos iba a importar que tuviera periódicos o emisoras de cualquier tipo? Al contrario, tendríamos la seguridad en todo momento de que tales medios estaban en las mejores manos, que mientras dependieran de él no nos tendría que preocupar de que el medio fuera medio o vía de otra cosa que de ser medio en el sentido mass media y no medio de manipulación, de intoxicación, de controlar a políticos temerosos del tratamiento a recibir en planas o segundos radiofónicos o televisuales. Tampoco de que el medio se empleara para ganar dividendos de peso social por cuenta de empresarios de la cultura del cemento o de cualquier otro tipo de actividad especulativa e interesada.

Es igualmente natural que esa concentración supuesta de que hablamos preocuparía a otro tipo de personas, en especial a quienes vieran en esa modalidad utópica de concentración una oportunidad de comparar situaciones, en las que saldrían perdiendo, al ponerse en la balanza esa ‘concentración buena’ en contrapeso con la concentración a secas o perversa, como no puede ser de otra manera una concentración mediática, ante la cual siempre gana el empresario y pierde la ciudadanía, todo ello con el beneplácito de sistemas políticos corruptos en una u otra medida, que permiten lo que permiten por el temor que siempre aparece en torno al empresario mediático, más en el concentrador.

Disponer de ediciones cercanas diarias con la calidad de Le Monde diplomatique, mejor aún ediciones locales del Le Monde parisino, es una verdadera utopía, que haría olvidar la idea de concentración y arrinconaría la realidad de que siempre hay un dueño. Ya dijimos antes que esto sucederá si se mantuvieran en nuestro ejemplo teórico la situación actual. Su hubiéramos escrito esto hace 20 o 30 años pudiéramos haber colocado al diario londinense The Times parejo a Le Monde, pero con el tiempo ha caído en una concentración y ya aquel The Times glorioso poco tiene que ver con el actual diario del australiano Murdoch. Por eso, todo lo que decimos aquí está atado a la situación en el tiempo, de modo que lo que sirve para hoy no sabemos si se mantendrá. Es lo mismo que ha sucedido con el madrileño El País: poco que ver el primer diario con el periódico actual, cabeza de un gran grupo empresarial, establecido dentro y fuera de España. El tiempo nos acaba informando de todo cambio habido, con pocas posibilidades de mensaje erróneo.

Claro que en un día como hoy es una utopía esa posibilidad de tener al empresario al margen de la hechura del diario, olvidado de la manipulación; difícil es encontrar a uno que no intervenga, aunque sea un incapaz que maneja el periódico como quien vende alpargatas o chorizos. Tal vez esas situaciones hacen más daño, por ser más numerosas, que el fenómeno de las concentraciones permitidas o toleradas por gobiernos temerosos de recibir daño mediático.

Cuando encontramos al editor ideal, aquel cuyo medio se considera público, a pesar de ser de titularidad privada, aparece un problema mayor que el de una concentración, cual es la incapacidad del lector para ponerse a la gran altura de la calidad del diario de referencia, que perece en medio del éxito mediático y el fracaso contable.

Veamos en pocas líneas el caso paradigmático de los Cano bogotanos. Hicieron un diario de calidad.1 Nunca se sometieron a la crónica roja que tanto daña la mera imagen del periodismo, pero que es tan rentable para compañías mercantiles por encima de otra cosa. Lucharon contra bandoleros de toda guisa. Hicieron periodismo de investigación, con uno de los jóvenes Cano en el papel de aprendiz de reportero de verdad. Recibieron el castigo del anunciante que pagaba más campos de publicidad en sus planas, pues aún sabiendo cuál era el peligro de publicar sus escándalos financieros, no lo dudaron y recibieron el varapalo de ver mermada la facturación publicitaria de El Espectador, diario estrella de Bogotá.

Todo lo anterior se quedó chico cuando los enemigos del mejor periodismo lanzaron un vehículo cargado de explosivos y destruyeron las instalaciones físicas del diario, más no le forma de hacer prensa de estos titanes del periodismo en español. Salieron del trance con ayudas llegadas de los lugares más dispares y vueltos a la arena volvieron a sufrir otra tragedia provocada, cuando unos pistoleros enviados por un poderoso criminal asesinaron al Cano, director y patriarca de la familia, a las mismas puertas del rotativo.

Este nuevo calvario espantó sobre todo a los lectores, que empezaron a asustarse de tanta violencia salvaje reaccionaria a la claridad de la palabra expuesta en el periódico donde se hizo García Márquez. El diario esplendoroso entró en declive, cambió directivos, vendió acciones, se fueron los Cano: cerró el gran diario.

¿Cómo iba a preocupar una concentración de medios en manos de esta familia colombiana, que supo como pocos lo que significa el Periodismo, que nunca jugó a poner a uno de los suyos en el gobierno, como han hecho otras tantas familias poderosas en la martirizada Colombia, como en otros países latinos? Pues tampoco preocupa, como una supuesta concentración bajo la batuta de Ramonet, excepto para quienes buscaran todo lo que aquí se ha mostrado condenable.

Muchos lectores de El Espectador les fallaron a los Cano. La sensibilidad deteriorada de esos lectores, devorada por las televisiones, no podían aceptar aquellos presupuestos y buenas maneras periodísticas del mejor de los diarios. Les pasó como al urbanita acostumbrado al entorno sucio de la gran ciudad y que en el campo se ‘contamina’ de aire limpio y sin contaminantes.

¿Cómo puede preocupar una concentración de medios bajo estos postulados? Para empezar, Canos o Ramonet –nuestros referentes hoy– no optarían por una concentración de medios: se ocupan de hacer del suyo el mejor: Le Monde diplomatique y El Espectador, dos referencias donde las haya.

Claro que es un peligro cualquier modalidad de concentración, vista la poca posibilidad de la ‘concentración buena’. Más preocupante puede suceder que el medio de comunicación de masas deje de ser de masas, como le sucedió al diario bogotano, porque un periódico no puede reducirse a ser un ejemplar de culto, destinado a pocos. Esa transfiguración significa su cierre, tal y como hemos visto que ocurrió en Colombia y como le sucedería a Le Monde diplomatique si se redujera el universo de sus lectores, ello provocado por la corrosión televisual en las mentes críticas que se adocenan y quieren ser fruidores de divertimento y no de información. Ahí radica el gran problema del periodismo de estos tiempos: transita del cierre posible a que el medio pase a ser un medio, pero diferente al concepto mass media. Entre esos dos polos, los periodistas están de manos esposadas y el público, en manos de la televisión.

[1] Interesados en más detalles, ver la tesis de la Dra. Sara Marcela Bozzi Anderson, de Cartagena de Indias (Colombia) “El Espectador, en la encrucijada de su historia”, Universidad de La Laguna. La Dra. Bozzi es profesora de la Universidad de Cartagena.


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