Sala de Prensa

66
Abril 2004
Año VI, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


El poder de comunicar como propuesta

Sobre el 11-M: comunicando el terror y la solidaridad

Ana Azurmendi *

Introducción: Resulta complicado escribir sobre la tragedia del 11 de Marzo de Madrid. Han transcurrido tres semanas y todavía hoy rememorar el ataque terrorista, visualizar de nuevo aquellas imágenes, escuchar a los supervivientes, a las familias de los fallecidos, a los bomberos, policías, servicios médicos de emergencia y vecinos que acudieron a asistir a las víctimas produce una conmoción difícil de transmitir. La reflexión que inicio ahora no tiene como objetivo analizar la relación medios de comunicación–terrorismo, ni ahondar en las interconexiones atentado terrorista–vuelco electoral del 14-M. Se trata mucho más de una rectificación de la opinión que mantuve con otra tragedia, la del 11-S, y, al mismo tiempo, de una propuesta de reflexión sobre el papel de los medios en el logro de la paz.

En 20011 critiqué la autocensura de los medios estadounidenses al informar de la masacre del 11-S. Una de las razones en las que fundaba la crítica era que la decisión de no mostrar imágenes de las víctimas resultaba incoherente con la controversia que habían mantenido los mismos medios acerca de la difusión en directo –por televisión y por internet– de la ejecución de Timothy Mcweith, autor del atentado en 1995 contra el edificio federal de Oklahoma, en el que fallecieron 168 personas. No se logró la autorización de la retransmisión pero, a raíz de la polémica, la ABC difundió las grabaciones de sonido de las ejecuciones en la silla eléctrica de 23 condenados en el Estado de Georgia.

En cuanto a la función de los medios de comunicación en las situaciones de violencia terrorista, siguiendo las opiniones de los estudiosos, es innegable su papel de doble altavoz de dos discursos contrapuestos, elaborados a partir de claves diferentes: por un lado, hacen llegar a la ciudadanía los diversos planteamientos políticos que exigen el fin de la violencia; por otro, amplifican los efectos de las estrategias terroristas, al ser sus protagonistas involuntarios.

España está habituada –no acostumbrada– a otro terrorismo, el de ETA. Y con una mayor o menor homogeneidad los medios de comunicación españoles siguen unas rutinas informativas, forjadas con la desgracia de 933 asesinatos producidos desde junio de 1968 (80 del GRAPO)2 y de un cuantioso número de personas con secuelas físicas y psicológicas por los atentados terroristas. Los días 11 y 12 de marzo de 2004 el terror obligó a romper esas rutinas en apenas 25 minutos (lo que se tardó en tener la primera información del atentado). Pienso que junto al encomiable esfuerzo informativo, hubo momentos –excesivos momentos ¿quizá?– de inútil incremento de dolor a las familias de las víctimas. Inútil porque no se añadía información, y doloroso por la indiferencia hacia las víctimas que demostraron quienes captaron y difundieron determinadas imágenes. Aunque sobre este punto admito la interpretación de que no se tratara tanto de desdén hacia las víctimas como de una falta de profesionalidad de los reporteros gráficos. Tanto peor.

1. El 11-S vivido, presenciado y pensado como outsider

El 11-S, el primer atentado de Al–Quaeda contra Estados Unidos, fue retransmitido por los medios de comunicación españoles a partir de las imágenes, sonidos y crónicas de los medios estadounidenses. Y recuerdo que fuimos muchos los que nos preguntamos sorprendidos ¿será censura o autocensura, esta voluntad de omitir imágenes de las víctimas?. En el informe de Reporteros sin Fronteras publicado en octubre de 2001,3 se había podido leer: “Jim Rutenberg y Felicity Baninger, periodistas especialistas en medios de comunicación del New York Times, entraron la noche del 11 de septiembre en diversas redacciones de televisión para preguntar a los responsables sobre las opciones editoriales de los canales; ‘empezaban a llegar imágenes horribles’ cuentan. ‘Había sangre. Había cuerpos desmembrados. A pesar de que algunos periodistas querían mostrar esas imágenes, el director del canal MSNBC, Eric Sorenson, decidió no difundirlas: ‘Creo que existen muchas maneras de enseñar el horror, sin caer en lo sanguinolento; ¿hay algo más horrible y visual que un inmueble de 110 pisos cayéndose ante nuestros ojos?’. Sin embargo, algunos canales como NBC, CBS, y Fox News, difundieron las imágenes de aquellas personas desesperadas que saltaron del inmueble ardiendo. Después lo lamentaron: ‘Fue una mala decisión, confiesa Bill Wheatley, Vicepresidente de NBC News, la imagen es realmente demasiado perturbadora’. Los que como el canal ABC, se negaron a enseñar esas imágenes se explican: La pregunta es: ¿se informa o se causa un dolor inútil?4 Quienes difundieron la imagen, también se justifican: en palabras de Sandy Genelvis de la CBS: ‘Eso es el terrorismo (...). Por una parte, se quieren respetar los sentimientos del oyente, por otra se quiere enseñar lo que los terroristas han cometido realmente(...); teníamos vídeos sensibles, teníamos imágenes gore, pero en todo momento nos planteábamos la cuestión: ¿aportamos algo más a la historia difundiéndolas? Y así, hemos hecho públicas las imágenes únicamente por el placer de demostrar que las teníamos’”. Y sobre el desconcierto que la opción editorial de mostrar poco había provocado en Europa, comentaba la misma periodista: “No los leo (por los periódicos europeos), y de todas maneras eso importa poco. Solamente sé que aquí, en EEUU, nuestro trabajo ha sido apreciado y aplaudido por todos”.

En las investigaciones sobre el 11-S, con análisis de contenido de la cobertura televisiva en EEUU, se confirman estas primeras impresiones. Así, por ejemplo en el capítulo How TVNews Covered the Crisis: The Content of CNN, CBS, ABC, NBC and Fox de K. MOGEMEN, L. LINDSAY, X. LI, J. PERKINS, M. BEARDSLEY, del libro Communication and Terrorism. Public and Media Responses to 9/11,5 tras el estudio de 1.117 reportajes de entre 30 segundos a 12 minutos emitidos durante las 8 primeras horas desde el atentado de las Torres Gemelas6 se llega a lo siguiente:

Table 9.1. Percentage of Topics in Networks’First 8 Hours of coverage (N= 1.117 stories)7
Topic Network
  ABC CBS NBC CNN Fox Total
World Trade Center 23 28 34 31 32 29
President and government 18 16 9 19 25 18
Criminal and terrorism 7 10 10 10 15 10
Overview 11 11 17 4 8 10
Pentagon 6 4 8 10 10 8
Air Traffic 8 4 7 5 4 6
Safety 4 3 6 0 1 3
Middle East 4 3 3 3 0 3
Enemy 3 4 1 5 3 3
Business 2 2 1 1 1 2
Personal story 1 5 0 4 0 2
American public 3 3 0 0 0 2
Past events 3 2 1 2 0 2
International 1 1 2 0 0 1
U.S.Arab community 1 0 0 0 0 0
Other 5 5 2 4 0 3

Table 9.2. Percentage of Key Issues
Topic Network
  ABC CBS NBC CNN Fox Total
Description of incident 15 13 27 25 14 18
Severity of disaster 18 22 20 14 18 18
Terrorism 13 21 12 12 21 15
U.S. Government reaction 14 8 11 15 18 14
Safety concerns 15 15 16 10 9 13
Rescue effort 7 6 6 9 9 7
Victim of the tragedy 1 3 1 6 2 3
Muslim or Arab 5 1 4 2 1 3
Economic Impact 1 3 1 1 2 1
International reaction 1 1 1 2 0 1
Arab community in US 0 0 0 0 0 0
Other 9 8 1 5 4 6

Table 9.4. Percentage of Coverage frames in Networks’First 8 hours of Coverage
Topic Network
  ABC CBS NBC CNN Fox Total
Disaster 38 45 54 44 43 44
Political 22 16 17 26 25 22
Criminal 14 18 5 12 12 12
Safety 8 10 18 6 7 9
Human interest 5 3 1 4 4 4
Economy 1 3 1 1 2 2
Environment 3 1 0 0 1 1
Religious 0 0 1 1 0 0
Other 9 4 2 5 5 6

En definitiva, no existió en las ocho primeras horas de cobertura informativa un énfasis desproporcionado en las historias de interés humano. Por el contrario, fue la descripción del atentado, la información sobre las consecuencias políticas y de seguridad las que se impusieron sobre cualquier sensacionalismo.8

En las entrevistas a miembros de los equipos directivos de CNN y de Fox News, directamente responsables de las retransmisiones,9 al preguntarles sobre el criterio que siguieron para dar o no dar imágenes de las víctimas, señalaban que “el gusto jugó un papel importantísimo en las decisiones sobre lo que difundíamos o no difundíamos. CNN, proseguía el ejecutivo de la cadena McAlisster, no mostró las imágenes de la gente saltando desde las ventanas del WTC, por ejemplo. Y eso fue una decisión. CNN fue también cuidadosa en limitar la visión de carnicería humana en pantalla. Aunque esto fue facilitado también por la destrucción del mismo escenario en el que todo ocurría, hubo momentos en los que podíamos haber mostrado muchísimo más de lo que realmente transmitimos”. Y el corresponsal Gary Tuchman apuntaba: “Recuerdo que iba caminando hacia la tienda de ropa Brooks Brothers y vi que se había habilitado como morgue; se usaban cubos para recoger los restos humanos que estaban esparcidos por todos lados con los trajes de la tienda. La destrucción era tan absoluta que yo... nunca vi una sola víctima. Fui muy cuidadoso con las palabras que empleaba. No quería hablar sobre trozos de cuerpos, ni que la gente los viera en los cubos”. Las decisiones sobre qué mostrar y qué decir estuvieron basadas en “nuestros propios standars profesionales. Si yo hubiera dicho algo que hubiera creado repulsa en la gente de aquí, de la sede de Atlanta, me hubieran llamado y me lo habrían dicho. Pero creo que todo esto era parte de lo que esperaban de nosotros, tener el tacto para saber qué decir, cómo decirlo y cuándo”.10

Coinciden con estas observaciones los testimonios de miembros del staff de informativos de Fox News. John Stack, uno de los vicepresidentes, hablaba de la decisión de seleccionar cuidadosamente las imágenes que ofrecían. Y cómo se limitaron a dar, en una sola ocasión, una imagen de una persona lanzándose al vacío desde una de las torres, cuando, en realidad, imágenes mucho más duras como son por ejemplo las de los heridos y muertos palestinos las suelen repetir hasta tres veces en un breve espacio de tiempo.11

Desde fuera de los EEUU, el resto del mundo presenciamos en directo, durante la tarde –o la mañana– del 11 de septiembre, una tragedia de enorme impacto. El editorial de un periódico español sintetizaba así lo que todos pudimos ver:

“Los símbolos del capitalismo americano y de su poderío militar quedaron ayer reducidos a cenizas en una dramática jornada que puede cambiar el curso de la historia. La dantesca imagen de las Torres Gemelas envueltas en fuego, el éxodo de miles de personas de un Pentágono pasto de las llamas, el cierre de Wall Street y el desalojo de decenas de edificios del sur de Manhatan, la clausura de los grandes aeropuertos estadounidenses, la evacuación del Congreso, la Casa Blanca y el Tesoro, en Washington y el terror, en suma, que asoló ayer EEUU constituyen una breve película de unos hechos que quedarán grabados para siempre en la retina de millones de personas del planeta y que serán vistos con perplejidad y asombro por las generaciones venideras (...). Las imágenes de la tragedia de ayer, vistas por televisión en todo el mundo, suscitan la reflexión de si EEUU no es un gigante con pies de barro, con numerosos enemigos extramuros que esperan un signo de debilidad para atacar a la gran potencia.”12

Cuatro meses después, en una mesa redonda sobre el Derecho a la Información, en Santiago de Compostela, se comentó a raíz de este editorial:

“Tragedia, imágenes, símbolos, películas grabadas para siempre de lo que ocurrió... Algunos periodistas de radio y televisión decían: no, esto no es algo que está ocurriendo en el mundo sino algo que estamos viviendo. No es tan seguro que fuera así. Es verdad que el 11 de septiembre vimos dos aviones que se estrellaban contra las Torres Gemelas, ese día nos lo hicieron mirar como 40 veces; que esas imágenes nos angustiaron; que durante la semana siguiente no salía de hablar más que de la bestialidad de ese ataque, del infierno que debieron pasar las personas que estaban en el interior de los edificios, de si nosotros nos hubiéramos tirado o no desde lo alto del rascacielos...de que qué escalofriantes los mensajes telefónicos que dejaron a sus familiares algunos de los atrapados en las torres, o algunos de los pasajeros de los aviones secuestrados... y luego, la guerra, con una información muy confusa, y la rendición en medio de un significativo secretismo. Pero, de todas maneras, es evidente que toda esta realidad la hemos vivido y la estamos viviendo de una forma diferente a la de los protagonistas directos del drama. Los medios de comunicación nos permiten sentir y vivir los acontecimientos según nos lo cuentan. Un poco como en las películas.”13

Desde la distancia, al fin y al cabo, éramos outsiders; se comprendía que en la ética periodística interviene –o por lo menos con el 11-S había intervenido– un principio totalmente subjetivo, distinto a su vez de la subjetividad del profesional de la comunicación, que es la subjetividad del público a quien se dirige la información. Y en este sentido me inclinaba a pensar que existía una obligación ética de “oportunidad”, entendiéndola como la adecuación o acomodación del contenido mediático a los sentimientos de una ciudadanía en circunstancias excepcionales. Me parecía claro entonces que así se explicaba que los mismos medios que quisieron retransmitir la ejecución de Mcweith se negaran, después, a difundir imágenes de las víctimas del atentado del 11-S.

2. El 11-M, vivido, presenciado y pensado como insider

Pero hoy no albergo ninguna duda sobre la escasa eficacia de ese criterio subjetivo de “oportunidad”. Es excesivamente débil para fundamentar una conducta profesional de carácter prudencial, porque ¿en función de qué se decide que una imagen es o no adecuada a los sentimientos que en un momento determinado tiene una población? ¿Con qué se mide la situación psicológica o emotiva de la ciudadanía? Con la experiencia de una masacre observada desde dentro, defiendo la prevalencia del criterio del respeto a la dignidad de la persona, protagonista central o accidental de la noticia, se trate del acontecimiento que se trate. Respeto a su dignidad que se traduce en el respeto a su honor, a su intimidad, y a su imagen. Y esto aunque legalmente no surja ningún problema con la legislación vigente sobre el tema, como es, en el caso español, con la Ley Orgánica 1/82, de 5 de mayo, de protección civil del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen, o con los art. 205, 207 y 197 y ss. (delitos contra el honor y delitos contra la intimidad e imagen respectivamente) del Código Penal.

España es escenario de las acciones terroristas de ETA desde 1968 y del GRAPO desde 1975. A lo largo de estos 36 años, periodistas y ciudadanos nos hemos visto abocados a manejar la correlación terrorismo-medios de comunicación a partir de la experiencia de la brutalidad terrorista. La situación política y social ha determinado de tal modo el tratamiento informativo de los atentados que hoy no hay periodista que no señale como una gran injusticia el silencio de los medios sobre las víctimas y sus familias en el periodo de años entre 1968 y 1991. Como no hay profesional de la información que no critique la posterior atención sensacionalista que se ha prestado al fenómeno entre 1991 y 1997. En la actualidad se ha llegado a una actitud más moderada que todos valoramos muy positivamente.14

En el libro testimonial Terrorismo, víctimas y medios de comunicación, editado en 2003 por la Fundación Víctimas del Terrorismo y la Federación de Asociaciones de la Prensa de España,15 comenta Angel ARNEDO, director de El Correo16 refiriéndose a la cobertura informativa del terrorismo desde 1991: “Mientras se ampliaban los tiempos y los espacios dedicados a hechos terroristas, se profundizaba en otra actitud tan nociva con las víctimas y sus familiares como la anterior: si antes se les ignoraba, o casi, más tarde se pasaba por encima de otras consideraciones éticas. Porque si bien es cierto que aquellas imágenes removían las conciencias, no lo es menos que no respetaban el dolor ni el decoro de los afectados: cuerpos mutilados, cadáveres en mitad de un charco de sangre, heridos desfigurados, víctimas en posturas poco dignas, eran fotografiados, filmados y exhibidos, lo que no hacía sino aumentar el sufrimiento (...) en los últimos años el tratamiento dado a las víctimas, con ser cuantitativamente más amplio, es cualitativamente más discreto. Ahora los periódicos y los medios audiovisuales no queremos, ni consciente ni inconscientemente, ocultar ni minimizar el dolor de las víctimas. Pero creo que, por fin, después de tantos años, hemos aprendido a respetar su dolor”.17

Aunque es el testimonio de Ángel EXPÓSITO, director de la agencia Europa Press, quien mejor muestra la distancia entre ver el fenómeno terrorista como outsider o como insider: “Recuerdo algunas ocasiones en que bastó con que un informador fuera víctima del horror terrorista para que su entorno, sus compañeros cercanos y su familia, apreciaran cómo el periodismo caía sobre ellos, sin contemplación, con exceso, sin reparar en el dolor, distancia, respeto y consideración. Y si no fue así, es decir, que se le trató con dolor, distancia, respeto y consideración, ¿por qué no somos capaces de hacerlo cuando las víctimas visten distintos uniformes, togas o no visten nada especial?. Pongámonos en su lugar. ¿Hubiéramos publicado los periodistas fotos particularmente hirientes para el honor y la memoria de las familias de la víctima, si ésta hubiera sido un informador? ¿Habríamos repetido hasta la saciedad la imagen de un periodista incorporándose sobre sus propias amputaciones? (...) antes que periodistas, deberíamos ser gente, y (...) antes que escribir, filmar o simplemente contar, deberíamos pararnos una décima de segundo y ponernos en el sitio del de enfrente. Seguro que así escribiríamos, filmaríamos y contaríamos mejor las cosas”.18 O en palabras de la periodista de Fax Press Pilar CERNUDA: “Cuando existen medios informativos que explotan comercialmente el morbo, que ponen calificativos a las historias más penosas, que se meten a saco en el mercadeo de la desgracia, que buscan a los fotógrafos capaces de hacer negocio con las imágenes más revulsivas, es difícil mantener el equilibrio. Pero hay que hacerlo. (...) Sólo de la sensibilidad de los periodistas depende que los dramas que provoca el terrorismo no acrecienten con la crudeza de unas fotografías, unos vídeos o unas crónicas que no han escatimado medios para mostrar el horror en superlativo”.19

Comparto sus consideraciones. Aunque desgraciadamente ahora es necesario comprobar si siguen siendo válidas en el caso de la tragedia del 11-M. En el atentado de Madrid, perpetrado por una célula de Al–Quaeda, han sido asesinadas 190 personas y son más de 1.600 los heridos. Los teléfonos móviles y los micrófonos de las radios, primero, e inmediatamente después los fotógrafos free–lancer, los reporteros gráficos de prensa, las cámaras de televisión, nos dieron la crónica del terror minuto a minuto, y nos dieron también la crónica de la solidaridad. Es evidente que se ha hecho un esfuerzo por un tratamiento informativo contenido, sin que hubiera espacio para un sensacionalismo burdo. La prensa ha utilizado el blanco y negro en muchas de las fotografías, y cuando ha empleado el color lo ha hecho con aquellas imágenes más soportables a la vista.20 Es evidente que ha habido una selección de material. Que no se ha ofrecido lo más terrible que seguramente sí se tenía. J.A. VIDAL–QUADRAS,21 desde su experiencia como reportero y como docente universitario, hace una de las mejores defensas de la opción por el periodismo de interés humano que, sin duda, ha tenido protagonismo en el 11-M junto con el seguimiento de la investigación policial: “Puede darse la morbosidad, y más gravemente en ciertos programas de televisión, pero parece fuera de toda duda que los reportajes vivos conmueven a los receptores, estimulan acciones de ayuda en todos los niveles de la sociedad, obligan a los poderes políticos a emprender medidas concretas, movilizan a las organizaciones intermedias, a los ciudadanos corrientes, y fomentan una mejor educación para la solidaridad. (...) Pienso que todas las noticias se pueden publicar, si se saben contar”.

Entre las decenas de miles de imágenes y de sonidos retransmitidos hay algunos –pocos, ciertamente– que desearía borrar para siempre; más, deseo algo imposible: que nunca se hubieran grabado. Me detengo en dos de ellas. Una cámara de Antena 3 TV entra el mismo día 11 en uno de los vagones de tren reventados; los bomberos han estado ya y no quedan restos humanos. La cámara recorre uno de los laterales del espacio innombrable en el que todo son amasijos de hierros, un revuelto de objetos tronchados y cosas que dejaron de ser, y entre ellas, con la misma tonalidad del polvo que lo cubre todo, una cabeza de una mujer que todavía mantiene el gesto facial de sobrecogimiento. Por un momento pensé que el periodista que hacía el reportaje no se había dado cuenta de lo que la cámara tomaba, todavía hoy mantengo la duda. La siguiente imagen y sonido que desearía que nunca se hubiera grabado necesita una mínima introducción. Cuando se comenzó a atender a la multitud de heridos en la estación de Atocha, se habilitó un polideportivo de la calle Daoiz y Velarde, cerca de los lugares de las explosiones, con el fin de proporcionales las asistencias necesarias mientras se procedía a su traslado a los centros hospitalarios de Madrid. Al mismo tiempo, otros muchos heridos fueron atendidos en el exterior, o en unidades de hospitales de campaña que se instalaron por todas las áreas de siniestro (explotaron consecutivamente 13 bombas en tres lugares diferentes de una misma línea de trenes de cercanías). En esos primeros tres cuartos de hora de caos y de avalancha de muertos y heridos, se descubrió una bomba trampa22 preparada para explotar en el momento en el que ya la policía, bomberos, asistencias médicas y vecinos se encontraban atendiendo a las víctimas. Por este motivo bastantes heridos y periodistas que estaban en el exterior fueron conducidos al interior del polideportivo donde yacían muchos heridos graves. Todos los medios seguían ya en directo los acontecimientos. La retransmisión de los periodistas radiofónicos desde aquella instalación deportiva que hizo de refugio fue austera: dieron cuenta de la amenaza de una nueva bomba y de su impresión al ver aquella sala repleta de heridos. Por el contrario una cámara de TVE se paseó por los heridos que a duras penas se mantenían sentados, para, a continuación, mostrar en un plano general la sala con el sonido de los aullidos de un joven, los gritos de muchos, los quejidos angustiosos de tantos, la agonía... luego supimos que allí mismo murieron diez personas. Es decir, mientras la cámara tomaba las imágenes de aquel centenar de heridos echados por el suelo y cubiertos con mantas o papeles de aluminio, diez de ellos estaban en trance de muerte. Estas últimas escenas fueron repetidas y luego integradas en uno de los reportajes de la misma cadena de televisión en su programa “Informe Semanal”, del sábado día 13, por la noche.

Hay otras instantáneas que, siendo parte de la tragedia, no han producido este impacto tan negativo. Una de las imágenes que más se han difundido como portada de periódicos y revistas españolas y de fuera de España, así como en las televisiones, ha sido la de un joven con el rostro ensangrentado, un ojo muy inflamado, utilizando un teléfono móvil mientras esperaba a que llegase una ambulancia. El jueves día 18, una semana después del atentado, todos los informativos dedicaron amplios espacios al estado de las víctimas todavía ingresadas en los centros hospitalarios. Y allí estaba Sergio Gil, el joven que se ha convertido en uno de los rostros del 11-M. Una reportera de Tele 5 le entrevistó en la habitación del hospital, y al comentarle “¿sabes que te has hecho famoso?”, respondía asintiendo, con una indudable satisfacción. También aclaró en esa misma entrevista que lo único que recordaba era que se había subido al tren y que lo siguiente de lo que era consciente era el hospital, que guardaba la noción del barullo de sirenas de policía y ambulancias, pero de nada más. El contraste estaría en otra joven herida, en mejor estado que Sergio, que junto con otras víctimas esperaba también a ser atendida. Tenía heridas en la cara y se limpiaba la sangre con una toalla que le habían dado las asistencias. Un cámara de Antena 3 fue haciendo un barrido por toda el área tomando las imágenes de todos los heridos que se encontraban en el exterior, sobre las aceras. Al llegar a la joven ésta se enfadó y se enfrentó al cámara, con un expresivo: “!Pero bueno, encima...!”. Hubo muchas más imágenes de malheridos en estos recorridos de cámara. La mayoría de ellos, probablemente por su situación de shock, se sintieron incapaces de reaccionar. Al verlas, se transmitía una sensación extraña; no sólo se palpaba la vulnerabilidad de las víctimas ante la masacre, sino también su desamparo ante la insolencia de algunos profesionales de los medios.

3. Una experiencia común al 11-S y al 11-M: ¿Para qué sirven las guías de actuación cuando la realidad del horror desborda cualquier previsión?

Escribe J.L. SEGLIN en la revista especializada Media Ethics23 que resulta ineficaz que una empresa de comunicación redacte sus códigos de ética si no ha sido capaz de que los profesionales que la integran interioricen esas guías de actuación. Porque ante una realidad que desborde lo previsible –y habitualmente el contenido de los códigos periodísticos redundarán en lo previsible– se imponen un tipo de decisiones muy difíciles en su proceso –puesto que la presión es enorme y la rapidez es crucial– y más difíciles aún en su ejecución. Además, a posteriori, lo que se va a exigir a los profesionales de la comunicación es que hayan acertado con el tratamiento informativo. Aunque pienso que este planteamiento no afecta sólo a los periodistas sino también a las empresas de comunicación en cuanto tales. Sin entrar en más detalles, puesto que éste no es el lugar, una de las decisiones empresariales equivocadas, con resultados mediáticos grotescos, fue la emisión por parte de Tele 5, la misma noche del 11 de marzo, de la telecomedia de éxito “Los Serrano” (como proyectar en un velatorio un show de Billy Cristal).

Pero, volviendo a los profesionales, la situación que más se repitió en las redacciones de los medios españoles fue la que describe M. AZNÁREZ, defensora del lector de El País, en su artículo Informar en medio de la confusión, donde habla de los retos que se plantearon en aquellos momentos: “¿Qué pasa en un periódico cuando al comenzar el día se sabe que, sólo a unos metros, ha habido un salvaje atentado terrorista con cientos de muertos y heridos? ¿Cómo se pone en marcha una maquinaria informativa que entre prisas, desconcierto, contradicciones, falta de datos fiables, nervios y angustia, pretende ofrecer una información rigurosa? ¿Cómo salvar los escollos de una terrorífica realidad que puede conducir con facilidad a la truculencia o sensiblería?”. Y a continuación hace referencia a las dos cualidades que, en su opinión, han resultado imprescindibles en esos trágicos momentos de gran intensidad informativa: “Son necesarias altas dosis de sangre fría, al tiempo que una fuerte empatía con los que sufren”. Continúa su descripción de las circunstancias del trabajo de aquel día: “A las doce de la mañana la Redacción era un hervidero. Se preparaba una edición especial. Al margen de aportar una primera versión de los hechos, en estos casos se trata, más que nada, de acompañar a los ciudadanos, de decirles que no están solos en esos momentos difíciles y de desconcierto”. (...) “Además de tensión se palpa la emoción. Hay muchas llamadas telefónicas de familiares de desaparecidos que piden datos de hospitales, números de teléfono, y relatan sus casos entre llantos”.

En las entrevistas que se recogen en el libro Communication and Terrorism. Public and Media Responses to 9/11, también se pone de manifiesto que el máximo elemento de presión en las redacciones fue la falta de tiempo para ponderar las consecuencias de la cobertura informativa que estaban haciendo, para constatar si estaban o no contribuyendo a inflamar el prejuicio antiárabe, o, incluso si estaban ofreciendo una visión de los acontecimientos mínimamente coherente24. Según los miembros del staff de informativos de CNN, “no teníamos un plan maestro que sirviera de referencia a nuestro redactores, ni un manual para cubrir este tipo de desastres. Las experiencias que resultaron más útiles fueron el episodio de las bombas de Oklahoma y nuestra práctica de ‘noticias de última hora’, porque al fin y al cabo ésta –la del 11-S– fue una noticia continua de constantes breakings news”. Liz Mercure, productora jefe de CNN, menciona la sensación de caos, de la imposibilidad de prever nada, ni de planificar: “You’re just following where the story takes you” (“sigues los pasos que te va marcando la historia”).25 Joy DiBenedetto, uno de los vicepresidentes de la misma empresa, declaraba: “Sentíamos la preocupación por mantenernos fríos en aquellas circunstancias y de que nadie que hablara por el micro en directo dijera nada prematuro o algo no basado en los hechos”.26 Los directivos de informativos de Fox News mencionan también esta presión de la falta de tiempo para analizar los acontecimientos y de lo útil que resultó la experiencia del atentado de Oklahoma para la cobertura del 11-S. Uno de los presentadores, John Scott, se refiere a la dificultad para mantenerse sereno haciendo el trabajo: “Yo no estaba preparado para que aquellos edificios se desplomaran. Me parecía que se me iban acumulando emocionalmente un shock tras otro”. Lo que emergía en todos los niveles de la cobertura de las primeras 8 horas del 11-S era “reacción instintiva, interpretar la tragedia ocurrida y dirigir respuestas emocionales que abocaron en un crecimiento de la angustia en los telespectadores”.27

Pienso que estos atentados, al establecer un tipo “macro” de violencia, desnudan al fenómeno terrorista. Queda al descubierto, sin adornos, que la lógica del terror consiste en lograr construir una presión suficientemente insoportable: cuantas más muertes, más presión; cuanto más crueles sean, más presión. Quedar al descubierto: ése es el precio por la cobertura informativa de primera magnitud ambicionada y lograda por los terroristas –directos durante todo el día, atención mundial asegurada–. Los medios de comunicación son entonces una especie de coro de tragedia griega que aquí cumple básicamente tres funciones: mitifica los acontecimientos (todos recordamos imágenes míticas del 11-S y las tenemos del 11-M), ofrece un contexto y una interpretación para lo ocurrido, y transmite la carga emocional de la calamidad.28 Lo que ocurre es que de la misma forma que los medios tienen la capacidad de comunicar el terror, tienen también el poder de comunicar los resortes emocionales de la reacción. Y los medios de comunicación en España han demostrado que esto es así.

4. Estudios sobre la relación terrorismo-medios de comunicación: ¿por qué no dar un paso más?

Quizás por todo eso hoy resulta chocante leer algunas reflexiones de los expertos en temas de comunicación y terrorismo de los años ochenta y noventa. Recorriendo la bibliografía estadounidense, británica y española se observa que el terrorismo se ha tratado casi exclusivamente desde parámetros políticos, y que en ese mismo contexto han entrado los medios de comunicación. La cobertura periodística se ha estudiado desde la semiología de la comunicación y la estrategia política, en una especie de desentrañamiento abstracto de la lógica terrorista. Una de las obras básicas para comprobarlo es Terrorism and the news media. A selected annotated bibliography (McFarland & Cía, Jefferson, North Carolina, London, 1994) de A. O. ALALI y G.W. BYRD, en la que se comentan 738 títulos sobre terrorismo y medios de comunicación. De ellos, una gran mayoría tratan el tema desde un enfoque político, psicológico o de la teoría de la comunicación. Muy pocos desde el punto de vista del tratamiento de las víctimas, y si lo hacen será de una manera indirecta, desde el sensacionalismo de los medios.

Algunos de los estudios de los años ochenta abordan la relación terrorismo-medios de comunicación desde una vertiente práctica, será el caso del número especial “Terrorism and the Media” de la revista International Journal 2(1979), editado por Y.ALEXANDER, en el que se incluyen entre otros documentos Disorders and Terrorism. Report of Task Force on Disorders and Terrorism (Washington: National Advisory Committee on Criminal Justice Standards and Goals, 1976)29 y los guidelines de United Press International.30

Con el mismo propósito práctico escribía C. SORIA en 1980 un artículo Ethos informativo y terrorismo31 en el que llevaba a cabo un análisis de la simbiosis medios de comunicación y fenómeno terrorista, desde el punto de vista de los dilemas éticos que plantea a las redacciones y desde los principios que, a su entender, debían guiar la cobertura de atentados terroristas.32

Pero, en general, la bibliografía de los ochenta y de los noventa sobre medios de comunicación y terrorismo responden a un interés más teórico que práctico. Cabría destacar aquí la obra de A.H. MILLER (ed) Terrorism, the media and the law (Transnational Publishers, Dobbs Ferry, New York 1982); de M. J. O’NEILL, Terrorism spectaculars: Should TV coverage be curbed? (Priority Press Publications, New York 1985), con su estudio sobre la capacidad de manipulación de significado que permiten las imágenes; y de G. CHALIAND, Terrorism. From popular struggle to media spectacle (Saqi Books, Worcester 1987), que sigue un enfoque político del tema y da cuenta del crecimiento del terrorismo internacional.

Sobre el terrorismo de ETA, en una de las fases políticamente más interesantes, J.M. RIVAS TROITIÑO, Desinformación y terrorismo: análisis de las conversaciones entre el Gobierno y ETA en Argel (enero–abril 1989) en tres diarios de Madrid (ed. Universidad Complutense, Madrid 1992), mira a los medios de comunicación desde el punto de vista de su papel en el transcurso de aquellas conversaciones.

R.G. PICARD, The Journalist’s Role in Coverage of Terrorist Events, en A.O. ALALI y K.K. EKE (ed.) Terrorism (Sage Publications, Newbury Park, London, New Delhi, 1991), analiza las tres tradiciones retóricas del periodismo sobre el terror: la tradición de la información, la del sensacionalismo y la de elaboración de historias. B. L. NACOS, Terrorism and the media. From the Iran hostage crisis to the Oklahoma City bombing (Columbia University Press, New York 1994), añade al análisis del terrorismo en términos políticos un estudio de costes de popularidad para los gobiernos. D.L. PALETZ y A.P. SCHMID (ed) Terrorism and the media (Sage Publications, Newbury Park, London, New Delhi, 1992), ofrecen en su captíulo 6, Broadcasting organization’s perspectives, las repuestas de 20 directores de informativos de televisión y prensa sobre la práctica aconsejada en la cobertura de actos terroristas, sin embargo no aportan un conocimiento significativo sobre la cuestión al tratarse de respuestas excesivamente previsibles.

Sorprende que trabajos publicados después del 11-S continúen estos planteamientos. Véase, por ejemplo, P. JENKINS, Images of Terror. What we can and can’t know about terrorism (Aldine de Gruyter, New York 2003), quien dedica dos páginas a la cobertura televisiva de los atentados terroristas; y P. WILKINSON, Terrorism versus Democracy. The Liberal State Response (tercera reimpresión, Frank Cass Publishers, Portland 2003), que adopta también la perspectiva de la teoría política y de la comunicación. Al tratarse de una reimpresión se entiende que no se haya rectificado el enfoque hacia las nuevas expresiones terroristas. Más sorpresa causa que el informe de la Federación Internacional de Periodistas (IFJ) sobre Medios de comunicación, guerra y terrorismo, de 23 de octubre de 2001, centre su atención en el capítulo de la amenaza a las libertades civiles que se produjo a raíz del 11-S,33 y no porque el tema no sea grave, sino porque son otras las cuestiones centrales de la relación medios-terrorismo.

Considero que, desde la experiencia del drama vivido, conviene dar un paso más en el estudio de la cobertura mediática del terrorismo. Mi propuesta es resituar el centro de atención en el papel de los medios como transmisores, no sólo de la carga emocional de la tragedia, sino también de la carga emocional de la reacción ciudadana. Volver a reflexionar sobre cómo se hace un periodismo para la paz. En el 11-M, los medios de comunicación han dado unánimemente ese paso. Es cierto que los medios españoles han contado con la referencia de la cobertura realizada por los estadounidenses en el 11-S, pero con lo que la prensa, la radio, la televisión e internet han contado sobre todo, ha sido con la propia tradición retórica del periodismo sobre el terror. Porque los códigos éticos, las guías de actuación, saltaron por los aires y lo que se mantuvo firme fue el afán por informar, la sensibilidad, el deseo de no incrementar inútilmente el sufrimiento de las personas y la sintonía con lo que los ciudadanos esperaban de los medios.

Hoy existe un acuerdo mayoritario sobre tres actitudes exigibles a los medios: la no neutralidad en el terrorismo, la no justificación bajo ningún motivo de la violencia cuando existe un cauce político real para la reivindicación y el tratamiento informativo respetuoso con el dolor de las víctimas y de sus familiares. Un ejemplo de este consenso es el Documento sobre tratamiento informativo del terrorismo del Consejo de Administración de la televisión pública española RTVE, de 15 de enero de 2002,34 en el que se declara que los medios de comunicación “no pueden ser neutrales frente a quienes ponen en peligro el sistema de libertades” y que “el tratamiento aséptico, pretendidamente equidistante entre terroristas y demócratas provoca el efecto contrario de la objetividad”. El texto continúa: “Una información objetiva sobre hechos y personas relacionadas con el terrorismo exige la aportación de todos los datos necesarios para que el receptor del mensaje tenga la exacta dimensión de lo que se trata. El horror de los atentados, la responsabilidad de quienes los cometen, las consecuencias de la violencia, deben ser puestas de manifiesto para evitar el efecto de apología indirecta de los contenidos informativos”. Y en cuanto al tratamiento informativo sobre las víctimas del terrorismo, de su condición y estado: debe ser el de mayor respeto a su situación e intimidad así como al dolor de sus allegados. (...) La emisión de imágenes cuya dureza atente contra la intimidad de las víctimas o pueda herir la sensibilidad de los espectadores, debe ser evitada”.

Desde otro país golpeado por la violencia terrorista, Colombia, la Red Medios Para la Paz35 insiste en estas mismas ideas en su declaración Sobre la difusión de hechos violentos, de 14 de septiembre de 1999: “Fijaremos criterios claros sobre las transmisiones en directo, con el fin de mejorar la calidad de esa información y evitar que el medio sea manipulado. No presionaremos periodísticamente a los familiares de las víctimas de hechos violentos para no intensificar el clima dramático y emocional, porque no contribuye al periodismo de calidad. Estableceremos criterios de difusión y publicación de imágenes y fotografías que puedan generar repulsión en el público o acostumbramiento y contagio con la violencia”. Pero creo que se apunta hacia elementos innovadores, hacia algo que todavía es territorio por explorar desde la reflexión teórica: “Respetaremos las opiniones e ideologías diversas. Utilizaremos expresiones que contribuyen a la convivencia entre los colombianos”. La autora, también colombiana, C. ORTIZ ARIZA,36 reitera: “En tiempos de violencia, la información puede exacerbar o morigerar las pasiones en conflicto. El diálogo reflexivo puede ser reemplazado por la sola polémica. (...) Más de 135 periodistas colombianos han sido asesinados en el ejercicio de su labor en los últimos 20 años. Sería interminable nombrarlos. Sería injusto destacar sólo algunos. Cada uno desde su orilla aportó a la información, a la búsqueda de la transparencia. Al bien común. (...) En este contexto, insistiremos en la responsabilidad social de los medios, pero también en la necesidad de la objetividad frente a la retórica, en el diálogo frente a la polémica, en las fronteras entre lo permitido y lo prohibido, en la persuasión frente a la intimidación, en fin... en la democracia frente a la tiranía en el uso de los medios y en la definición de los contenidos de la información”.

Los medios de comunicación han demostrado que tienen poder para convocar la reacción de la ciudadanía; porque la respuesta ciudadana en el 11-M ha sido inmediata, en forma de ayuda y solidaridad con las víctimas y de manifestación contra la violencia, en cuanto los medios han hecho la llamada. Entonces, ¿no tendrán éstos también los resortes para lograr que esa respuesta sea perdurable, que adquiera expresiones de compromiso social, de acuerdos políticos? ¿No pueden conseguir los medios de comunicación que la fortaleza de la reacción emocional se transforme en decisiones racionales, eficaces y solventes?. Porque, parafraseando a C.SORIA, “es necesario comprender que detrás de cada terrorismo puede haber un problema real”. Y los medios deben afrontar este hecho. Deben contribuir a aclarar un diagnóstico complejo, sin limitarse a transmitir los episodios sintomáticos más convulsos protagonizados por los violentos; los medios son quienes mejor pueden promocionar, desde la información, la reflexión y la persuasión vías que faciliten una salida a los problemas reales o, cuando menos, pueden hacer transparente el empeño sincero por encauzarlos. Y eso ya es algo. Es evidente que, a la vez, queda mucha tarea y mucha responsabilidad para los políticos y plataformas de sociedad civil comprometidas seriamente en el intento de pacificación.

El terrorista justifica la violencia y el asesinato con sus reivindicaciones; a ojos de todos los demás, éstas quedan absolutamente deslegitimadas precisamente por el recurso a la violencia y a la muerte. ¿Cómo se rompe este abismo? ¿Es exigible a los profesionales y medios de comunicación, tanto a los que ideológicamente son cercanos a las reivindicaciones de estos grupos como a los más alejados, un especial esfuerzo por la paz?

Creo que los profesionales de la comunicación –de la información y del entretenimiento– han comenzado a tomar la iniciativa. Películas como “La fuga de Segovia” (1981), “La muerte de Mikel”(1983) y “Días contados” (1994), de Imanol Uribe; “Ehun metro” (1997), de Alfonso Ungría; “Akixo”( (1988), de Juanma Bajo Ulloa; “Ander eta Yul” (1989), de Ana Díez; “Ke Arteko Egunak” (1989), de Antxón Eceiza; “A ciegas” (1997), de Daniel Calparsoro; “Yoyes” (2000), de Elena Taberna; y documentales como “Ama Lur” (1968), de Néstor Basterretxea y Fernando Larruquert; “El proceso de Burgos” (1979), de Imanol Uribe; “Estado de excepción” (1976), de Iñaki Núñez; “Sin libertad” (2001), de Iñaki Arteta; “Asesinato en febrero” (2001), de Elías Querejeta, y “La pelota Vasca. La piel contra la piedra” (2003), de Julio Medem, representan puntos de mira de una realidad rota en mil pedazos, difícil de recomponer porque las aristas que deja la violencia son deformes, son fronteras contrahechas que hacen imposible la reconstrucción del puzzle social. La comunicación sobre el terror en estos casos alcanza los modos de la tragedia, en el sentido estricto del término, y actúa no ya como el coro de las tragedias griegas –mitificando, contextualizando, o haciéndose eco de la calamidad– sino como la voz del ser humano, que clama por una solución posible sin tener que renunciar a sí mismo.

¿Rol de los medios?: Éste:

“En este conflicto la ‘otra voz’, reveladora de la condición humana fundamental, se manifiesta con una plenitud y una hondura que hacen, a mi juicio, que sea la tragedia la más alta creación poética del hombre. El hombre es destino, fatalidad, naturaleza, historia, azar, apetito, o como quiera llamársele a esa condición que lo lleva más allá de sí y de sus límites; pero además, el hombre es conciencia de sí. En esta contradicción reside el misterio de su ser, su carácter polémico y aquello que lo distingue del resto de los entes. Pero la grandeza de la tragedia no consiste en haber llegado a esta concepción sino en haberla vivido realmente y en haber encarnado la contradicción insoluble en los dos términos. Para el griego la vida no es sueño ni pesadilla ni sombra, sino gesta, acto en que la libertad y el destino forman un nudo indisoluble. Ese nudo es el hombre.” (OCTAVIO PAZ. El mundo heroico en El arco y la lira,1986.37)

_____
Notas:

1 A.AZURMENDI, Autorregulación: una vuelta de tuerca a la ética, en vol. col. P. DÍEZHANDINO, J.M. MARINOS y N. WATT (editores) Ética de la comunicación: problemas y recursos (Edipo, S.A., Madrid 2002)97–108.
2 Dato obtenido de la página web de la Asociación Víctimas del Terrorismo, www.avt.org
3 Publicado en la revista “Sala de Prensa” 36(2001); dirección de la página en Internet: www.saladeprensa.org
4 Debate que un año despés aún persistía como relata el artículo de J. B. SINGER, The Unforgiving Truth in the Unforgivable Photo en “Media Ethics” 13(2002)6 y 30.
5 B.S. GREENBERG (ed.), Communication and Terrorism. Public and Media Responses to 9/11 (Hampton Press, Cresskill, New Jersey 2002) pp.101–121.
6 303 de la ABC, 192 de la CBS, 184 de la NBC, 232 de la CNN y 206 de FoxNews.
7 K. MOGEMEN, L. LINDSAY, X. LI, J. PERKINS, M. BEARDSLEY, How TVNews Covered the Crisis: The Content of CNN, CBS, ABC, NBC and Fox en B.S. GREENBERG (ed.), Communication and Terrorism. Public and Media Responses to 9/11,p.115.
8 Ibidem, p. 116.
9 Se realizan entrevistas a 10 miembros del Staff de informativos de CNN y a 9 de Fox News, entre directores, productores, presentadores y reporteros.
10 Idem, p.111.
11 Ibidem.
12 Editorial de “El Mundo” día 12 de septiembre de 2001.
13 En las Jornadas Perspectivas Jurídicas en la Sociedad de la Información. Organizadas por la Xunta de Galicia. Enero de 2002, Santiago de Compostela.
14 Análisis que hacen A. GIL ARNEDO y F. DOMÍNGUEZ en Terrorismo, víctimas y medios de comunicación (Fundación Víctimas del Terrorismo y FAPE, Madrid 2003).
15 Terrorismo, víctimas y medios de comunicación (Fundación Víctimas del Terrorismo y FAPE, Madrid 2003), con Prólogo de Adolfo Suárez, antiguo Presidente de España. Escriben en este libro directores de todos los medios de comunicación de prensa, radio y televisión españoles, así como periodistas especializados.
16 Periódico del País Vasco, emblemático de la cadena de periódicos regionales del grupo Correo.
17 Ibidem, pp. 26 y 27.
18 Ibidem, pp.41 y 42.
19 Ibidem, p.80.
20 A pesar de todo han sido numerosas las llamadas de atención a los medios por parte de lectores de prensa y telespectadores. Tal y como relata Malén AZNAREZ, Defensora del Lector de “El País”, en su artículo del 14 de marzo, El ejercicio del periodismo. Informar en medio de la confusión, recoge la queja de lectores reprochando la crueldad de las fotografías publicadas el viernes día 12 de marzo, por su crueldad y porque añadían “un sufrimiento extra”, o en otro caso se manifiesta la “repulsa” que provoca la fotografía de portada.
21 J.A., VIDAL–QUADRAS, Ni cuervos, ni ángeles, sólo periodistas en “Comunicación y Sociedad” 2(1994), 173–179.
22 En aquellos primeros momentos, al pensar que la autora era ETA, no se dudó de que aquellos cuatro artefactos que se encontraron eran bombas trampa. Se habían colocado dieciocho bombas, trece explotaron en los vagones de tren, las cuatro supuestas bombas trampa las explosionaron de manera controlada los artificieros policiales y una más, que milagrosamente no explotó, fue llevada a un almacén confundida entre los efectivos personales de las víctimas. Esta última es la que ha ofrecido un número considerable de pistas para el trabajo de la policía.
23 J.L.SEGLIN, Codes of Ethics: Why Writing Them Is Not Enough en “Media Ethics” 13 (2002) 1 y 14.
24 K. MOGEMEN, L. LINDSAY, X. LI, J. PERKINS, M. BEARDSLEY, How TVNews Covered the Crisis: The Content of CNN, CBS, ABC, NBC and Fox en B.S. GREENBERG (ed.), Communication and Terrorism. Public and Media Responses to 9/11,p.108.
25 Ibidem, p. 108.
26 Ibidem, p. 111.
27 Ibidem, p.114.
28 C. SORIA, en C. SORIA, Ethos informativo y terrorismo en “Revista de legislación y Jurisprudencia”, enero 1980, pp.13 y ss. citando a MILLER, señala en esta misma línea que “el terrorismo ofrece, pues, los componentes típicos de todo drama: ‘buenos’, ‘malos’ e ‘intriga’. Carácter casi teatral que cumple las exigencias del mejor guión televisivo. En este sentido, “el terrorismo es una mezcla de propaganda y teatro”.
29 Y.ALEXANDER (ed) en el número especial Terrorism and the Media de la revista “International Journal” 2(1979),p.139–140.
30 Ibidem. 146–147:
“–We will judge each story on its own and if a story is newsworthy we will cover it despite the dangers of contagion.
–Our coverage will be thoughtful, conscientious and show restraint.
–We will not sensationalise a story beyond the fact of it being sensational.
–We will report the demands of terrorists and kidnappers as an essential point of the story but not provide an excessive platform for their demands.
–We will do nothing to jeopardise lives.
–We will not become a part of the story.
–If we do talk to a kidnapper or terrorist we will not become a part of the negotiations.
–If there has been no mention of a deadline we will not ask the kidnapper or terrorist if there is one.
–In all cases we will apply the rule of common sense.”
31 C. SORIA, Ethos informativo y terrorismo en “Revista de legislación y Jurisprudencia” enero 1980, pp. 13 y ss., citado en La ética periodística ante el desafío terrorista: la función pacificadora de los medios de comunicación en vol. col. Periodismo y Ética. 2º Encuentro Internacional del PGLA (PGLA, Viña del Mar, 1986).
32 1. No cabe la neutralidad informativa. 2. Es necesario comprender que detrás de cada terrorismo puede haber un problema real, por lo tanto no se simplificará la realidad, y se tendrá en cuenta que “a la hora de fijar una política informativa los medios son hostigados por las mismas perplejidades que asedian a toda sociedad que quiere erradicar de su seno al terrorismo: publicar o no publicar; negociar o no negociar; soluciones políticas o soluciones policiales; intervención militar o marginación total del problema; legislación y tribunales ordinarios o legislación y tribunales especiales; importancia objetiva o importancia subjetiva”. “Casi siempre detrás de cada grupo terrorista hay un problema real que se presenta por los terroristas y sus voceros como última justificación de la violencia. La diferente naturaleza de ese problema real puede llegar a ser el criterio de la diferenciación entre los diferentes grupos terroristas, y sugiere al mismo tiempo que ‘ante los distintos terrorismos, la respuesta informativa nunca puede ser, cuando se produce, rigurosamente idéntica”. 3. El fín no justifica los medios. Porque “pueden y deben entenderse las posibles causas del terrorismo (...) los problemas reales que, quizás, prestan algún soporte a la violencia terrorista (...). Puede y debe entenderse el terrorismo, pero no debe haber espacio para justificarlo.(...) Tal vez teniendo a la vista esa diferencia real, aunque sutil, entre comprender y justificar; Richard FRANCIS, director de la BBC Radio, afirmaba, por ejemplo, que es importante distinguir en la información ‘entre invitar a hablar a aquellas personas que están a favor de las ideas políticas y a las que tratan sólo de justificar los medios del terrorismo(...) y es importante que los periodistas pregunten los motivos de aquellos que sólo buscan justificar el terrorismo.
33 INTERNATIONAL FEDERATION OF JOURNALISTS, Journalism, Civil Liberties and the War on Terrorism en www.ifj.org. Se ofrece una vaga referencia del eco que en prensa, asociaciones de periodistas y en la opinión pública tuvieron este tipo de anuncios. Se menciona esta reacción en Australia, Canadá, Chipre, Dinamarca, Unión Europea, Francia, Finlandia, Alemania, Gran Bretaña, Grecia, India, Irlanda, Japón, Jordania, México, Holanda, Nigeria, Noruega, Palestina, Polonia, Quatar, Rusia, Arabia Saudita, Sudáfrica, Suecia, y Estados Unidos, sobre las leyes por la seguridad que los mandatarios políticos anunciaron a raíz del 11-S.
34 En www.rtve.es/informa/terror.
35 www.mediosparalapaz.org.
36 C. ORTIZ ARIZA, El papel de los medios de comunicación en una situación de violencia como la colombiana en “Revista Latina de Comunicación Social”, 49(2002), en www.ull.es/publicaciones/latina/2002/latina49abril/4902ortiz.htm.
37 O. PAZ, El arco y la lira: el poema, la revelación poética, poesía e historia (Fondo de cultura económica, 3 ed., 6 reimpr., México 1986) pp.206–207.


* Ana Azurmendi es profesora de Derecho de la Información en la Universidad de Navarra. Este artículo fue escrito y enviado a SdP como su primera colaboración.


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