Sala de Prensa

65
Marzo 2004
Año VI, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Estados Unidos:

Cómplices o víctimas de Bush,
los principales diarios y cadenas de tv: tres estudios

Jim Cason y David Brooks *

Washington y Nueva York, 13 de marzo (La Jornda).- Ahora que todo indica que las justificaciones oficiales para la guerra fueron ficticias -las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein y su vínculo con Al Qaeda-, se han producido una serie de análisis al interior de los medios masivos estadunidenses sobre si fueron cómplices, víctimas o sólo malos periodistas al justificar la política de George W. Bush.

En tres evaluaciones separadas del papel de los principales periódicos estadunidenses, las conclusiones son parecidas: los medios no ejercieron su papel de cuestionar y criticar la línea oficial del gobierno.

En algunos casos, indican los críticos, los principales medios transmitieron únicamente información de la Casa Blanca, dependieron sólo de fuentes de opositores o desertores iraquíes o altos funcionarios estadunidenses, quienes nutrían el caso para la guerra, e ignoraron o despreciaron a críticos dentro del gobierno como a fuentes mundiales, incluyendo los inspectores de Naciones Unidas.

En el peor de los casos, periodistas y editorialistas funcionaron como cómplices del gobierno y en el mejor de los escenarios no cumplieron con su papel de cuestionar las aseveraciones oficiales (con ciertas y notables excepciones).

Michael Massing, en amplio artículo sobre las fallas periodísticas durante la preparación de guerra contra Irak, publicado en febrero en el New York Review of Books, señala: "En el periodo antes de la guerra los periodistas estadunidenses dependieron demasiado de fuentes simpatizantes del gobierno. Los que mantenían opiniones disidentes -y había más de unos cuantos- fueron descartados".

El resultado, argumenta, fue una cobertura muy subordinada a la Casa Blanca. Así, medios como el New York Times y CNN se convirtieron no sólo en fuentes del argumento oficial en favor de la guerra, sino que periódicos como el Times "jugaron un papel importante en legitimarla".

Aunque algunos periódicos, como los de la cadena Knight-Ridder (Miami Herald, Philadelphia Inquirer, entre otros) sí reportaron las profundas dudas de los argumentos oficiales dentro y fuera del gobierno, incluyendo acusaciones de que la Casa Blanca había exagerado los informes de inteligencia, como señala Massing, la cadena no cuenta con medios en Washington o Nueva York, donde se define la agenda nacional.

A pesar de que había elementos para cuestionar la posición oficial y realizar investigaciones sobre las "pruebas" de la amenaza que representaba el régimen de Hussein, los grandes medios decidieron evitar publicar tales reportajes o relegarlos a páginas interiores.

En parte, la tarea de revelar dudas y preguntas sobre la línea oficial fue dificultada por lo que algunos periodistas aquí señalan es el control más extenso que han visto sobre la información oficial. Y, como siempre, la Casa Blanca tiene su manera de recompensar o castigar a los reporteros que cubren esa fuente, con el manejo del acceso, la clave en Washington para todo reportero político.

A la vez, señala Massing, el clima político también tuvo un impacto en los periodistas, y pocas voces en Washington se atrevieron a criticar a un presidente que en ese entonces contaba con amplio apoyo popular.

Los periodistas que se atrevían a cuestionar la política oficial recibieron ataques de lectores, periodistas de derecha y organizaciones, quienes cuestionaron el patriotismo y la lealtad de los comunicadores.

Chambista sin convicciones

Tal vez la periodista más criticada por promover y nutrir la línea oficial es Judith Miller, del New York Times. Massing le preguntó cómo percibe lo que ella escribió ahora que han sido desacreditadas las justificaciones originales para la guerra.

"Mi chamba -respondió Miller- no es evaluar la información del gobierno y ser analista independiente de inteligencia. Es informar a los lectores del New York Times lo que pensaba el gobierno sobre el arsenal de Irak."

Como señala Massing, muchos periodistas estarían en desacuerdo con esto y considerarían que ofrecer una evaluación independiente de la línea oficial es una de sus responsabilidades principales.

Una evaluación de más de 80 editoriales de seis de los principales diarios estadunidenses en las seis semanas entre el discurso de Colin Powell ante Naciones Unidas y el inicio de la guerra publicado en el Columbia Journalism Review, también demuestra una subordinación a la opinión oficial por los supuestos medios independientes.

Enfocado en la reacción al discurso del secretario de Estado presentando el caso estadunidense en favor de la guerra, el autor Chris Mooney descubre que todos los editoriales publicados el día siguiente no sólo respaldaron la posición oficial, sino que opinaron que el argumento era "irrefutable" o que "dejaba poca duda" de la amenaza que representaba Hussein para Estados Unidos.

"Cuando el gobierno obtiene el apoyo editorial de los medios de elite, es casi trato concluido, porque el público se formará en esa línea", comentó David Domke, profesor de comunicación de la Universidad de Washington, en entrevista con Mooney.

Mooney concluyó que los editorialistas de los principales diarios demostraron "una voluntad pasiva de escribir sobre el debate de Irak en los términos del presidente". También dijeron que Powell estaba en lo correcto, a pesar de no contar con prueba independiente, y jamás demandaron más información.

Ahora muchos periodistas y editorialistas culpan a fallas de los servicios de inteligencia, y justifican lo hecho como sólo reportar y opinar con los elementos disponibles. Su defensa es algo así como "no maten al mensajero", pero, al parecer, el mensajero fue parte de la guerra, lo que permitió, en gran medida, una invasión justificada por mentiras y exageraciones presentadas como verdades por estos mismos medios.

Otra evaluación de cómo los medios cubrieron el tema de las armas de destrucción masiva presentada esta semana concluyó que la deficiente cobertura fue resultado no de maniobras políticas o de perjuicios pro guerra por parte de los medios, sino de "convenciones periodísticas cansadas". O sea, fue resultado de un periodismo flojo.

En la investigación de los medios realizada por el Centro para Estudios Internacionales y de Seguridad de la Universidad de Maryland se concluyó que muy pocas notas brindaron alternativas a la línea oficial sobre las armas de destrucción masiva en torno al conflicto de Irak, y que la mayoría de los periodistas aceptó el vínculo entre terrorismo y armamento letal promovido por Bush.

En el prólogo del libro, el director del centro afirma: "Los medios estadunidenses no jugaron el papel de verificar y equilibrar el ejercicio del poder que requiere la norma de la democracia".

Para Massing, el contraste entre la prensa mucho más crítica que surgió al fin de la guerra y su docilidad antes de ella subraya una de las tendencias más preocupantes de los medios de comunicación estadunidenses, su mentalidad de horda: "Editores y reporteros no gustan divergir demasiado de lo que todos los demás están escribiendo. Cuando un presidente es popular y prevalece un consenso, los periodistas evitan desafiarlo".

Este episodio ofrece una advertencia muy antigua, tan antigua como el periodismo: no creas todo lo que lees. Pero aquí, entre los periodistas y editores que se autoelogian como los más "objetivos" e imparciales del mundo, y se presentan como modelo para periódicos y medios en otros países -incluyendo México-, su papel al justificar una guerra realizada con base en mentiras y manipulación no puede ser un capítulo muy celebrado de su historia.

Particularmente porque tantos medios fuera de este país evitaron caer en la trampa de creer lo que un gobierno decía para promover sus propios intereses.


* Jim Cason y David Brooks son corresponsales en Nueva York del diario mexicano La Jornada. Esta nota fue publicada el domingo 14 de marzo de 2004.


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