Sala de Prensa

65
Marzo 2004
Año VI, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Aznar, el final de una forma de control mediático

Jenaro Villamil *

"Ibamos todos en ese tren" era, entre otras muchas, la consigna que con mayor claridad se escuchó en la tarde lluviosa de Madrid y de todas las ciudades españolas donde se desbordaron más de 11 millones de ciudadanos unidos por el rechazo a la pesadilla de un día anterior. Al shock provocado por la ola de atentados que ensangrentaron a la capital hispana le ha seguido una mezcla creciente de azoro, desconfianza, de ensimismamiento y reflexión frente al sinsentido de la masacre, al tiempo que crece la certeza cívica frente a las preguntas sin respuesta de por qué y quién fue: todos pudieron ser alcanzados por esas bombas y todos están irremediablemente unidos frente a un gran aparato de engaño, de violencia real y simbólica.

Quizá por esta razón la consigna oficial de la marcha fue desbordada por esta otra que nadie sembró, que surgió como grito de identificación y dolor más genuino: "íbamos todos en ese tren". Y si fue Al Qaeda o ETA, el enemigo "externo" o "interno" -cuestión no menor frente al enrarecido clima político en vísperas de las elecciones generales-, la única certeza es que todos están, de una u otra forma, heridos por la onda expansiva de violencia, que todos viajan en el mismo tren, el del presente y del futuro compartidos, que se enfrenta una vez más a la irracionalidad y al odio.

Las primeras y provisionales reflexiones que arroja el 11-M de Madrid, a la luz del tratamiento mediático y la reacción de la opinión pública son las siguientes:

1. Las similitudes entre lo ocurrido hace tres días en la capital española y hace dos años y medio en Nueva York (911 días exactos, que simbólicamente también se traducen como 9-11, fórmula estadunidense para referirse a los ataques a las Torres Gemelas) trascienden el objetivo inmediato de crear el mayor daño posible a civiles y de fortalecer políticas a mediano plazo de mano dura que justifiquen la violación de libertades y garantías en aras de la seguridad frente a la "guerra global contra el terrorismo". En ambos casos se observa también una grosera manipulación electoral de los sucesos y de las víctimas. Si Bush ha optado por destinar 150 millones de dólares en su campaña publicitaria teniendo como telón de fondo las imágenes de las víctimas de los ataques del 11 de septiembre, enmarcadas en el lema "un liderazgo firme para tiempos de cambio", en España crece la convicción entre los sectores más informados de que el gobierno de José María Aznar pretende mantener el secreto, la confusión y la ambigüedad frente a lo sucedido para aminorar el efecto inmediato en las urnas contra su partido político, el PP, para aparentar firmeza frente a los inacabables cuestionamientos a la falta de consenso y de apoyo a su política exterior.

Y esto ya no es una especulación de café, sino una opinión compartida entre miembros de la Audiencia Nacional ("La Audiencia Nacional cree en la autoría islámica; jueces y fiscales no esperan que el gobierno remita ningún informe hasta el lunes": La Vanguardia, 13-marzo-04). También fue sugerido por el ex mandatario español Felipe González, en una declaración difundida el viernes en la cadena radiofónica SER (todo servicio de inteligencia, afirmó, a las 24 horas ya debe saber con certeza la autoría de los atentados).

Como en el caso de los grandes operativos de engaño de comunicación política global recientes -por ejemplo, las nunca encontradas "armas de destrucción masiva" de Hussein para validar la invasión a Irak-, la apuesta del gobierno de Aznar es sumamente riesgosa y puede detonar un escándalo mayúsculo, precisamente porque hay una feroz vigilancia de la opinión pública interna y externa.

2. El nivel de exhibicionismo violento y de espectacularidad casi milimétrica (por escasos dos minutos el número de muertos pudo ser cinco veces mayor, coinciden expertos en los medios informativos españoles) corresponde con la existencia de un nivel de terrorismo que le apuesta precisamente a globalizar mediáticamente la sensación de vulnerabilidad, de miedo y de odios (nacionalistas, xenófobos, religiosos, culturales) en todos los distintos niveles nacionales y sociales. Estos efectos no se circunscriben sólo a las ciudades o países directamente afectados. Generan una onda expansiva en lo que algunos teóricos han llamado "la sociedad del riesgo global" (Ulrich Beck). Frente a esta pretensión, la consigna "íbamos todos en ese tren" (como aquella que inundó a México con el "todos somos Marcos" en el momento más álgido que el aparato de poder pretendía inducir la vía represiva contra un nuevo movimiento político de dignidad y rebelión indígena) expresa lo mejor de una resistencia cívica global frente al maniqueísmo de la "lucha contra el eje del mal", contra los fundamentalismos ocultos y expresos, contra la simplificación inmediata.

"Han matado a muchas personas por el mero hecho de ser españoles", afirmó en su primer mensaje Aznar. Y ahora se sabe que la nacionalidad era lo de menos: uno de cada tres de los muertos pertenecía a alguna de 12 nacionalidades distintas que conviven en España. La proporción se puede elevar, ya que buena parte de los mil 400 heridos no cuentan con papeles. Nacen, viven, trabajan y toman el tren todas las mañanas en esas estaciones elegidas como escenario de destrucción.

3. Se confirmó también la necesidad ética de la mesura informativa y de la claridad en la convicción democrática y pacífica de los distintos frentes políticos involucrados que buscan vencer y no convencer, que explotan la intolerancia en la arena mediática o pretenden capitalizar "las contradicciones del enemigo". En este sentido, tan dañino ha sido el hecho de que ETA no se deslindara inmediatamente de la autoría de los atentados y que ayudara al ambiente de ambigüedad y temor que se ha generado, como que el gobierno español se apresurara en el frente interno y externo a responsabilizar exclusivamente a ETA, para luego tener que abrir contradictoriamente la posibilidad de "nuevas hipótesis" o "líneas de investigación" que se impusieron en otros medios informativos no controlados o presionados directamente por el régimen.

Por ejemplo, ahora se conoce la instrucción que la ministra de Relaciones Exteriores, Ana Palacio, dio a todos los embajadores de su país: "deberá VE (vuestra excelencia) aprovechar aquellas ocasiones que se le presenten para confirmar la autoría de ETA de estos brutales atentados, ayudando así a disipar cualquier tipo de duda que ciertas partes interesadas puedan querer hacer surgir" (El País, 13-marzo-04, p. 24). Un día después, el ministro del Interior, Angel Acebes, y el propio Aznar tuvieron que recular en su contundente condena a la organización vasca.

ETA tampoco ha manifestado expresamente su condena ni su rechazo a la vía violenta, esa misma vía que genera y alimenta la indignación, el rechazo abierto y la desconfianza en prácticamente todo el espectro cívico y político español. Otro ángulo preocupante de la condena a ETA es que no pocos medios, en especial comentaristas de TVE y voceros del oficialismo, han hecho una simbiosis de las demandas de autonomía de los vascos con los métodos de ETA y han expandido el prejuicio a otros nacionalismos, a grado tal que la amplitud del odio se oriente también hacia el gobierno catalán, hacia los gallegos o hacia todas las instituciones autonómicas. Por esta misma razón, en la marcha multitudinaria de Barcelona los gritos de "¡asesinos!" contra el vicepresidente primero, Rodrigo Rato, y contra el dirigente del PP catalán, Josep Piqué, quedaron como una muestra preocupante de rechazo al prejuicio antinacionalista. En contraparte, en Madrid otra de las consignas cívicas más escuchadas fue "¡Vascos sí, ETA no!" Tras los atentados crece el rechazo a la fórmula del "patriotismo constitucional" del gobierno de Aznar que en sus expresiones concretas ha resultado ser "de un pobre patriotismo o poco constitucional", según distintos analistas políticos.

4. Los recientes acontecimientos también han documentado las más recientes y tristes expresiones de una política de comunicación del PP, que le ha apostado al control, al partidismo y a las presiones desde el poder para inducir su versión de los hechos en medios públicos, como la televisión española. El expediente más negativo de los ocho años de José María Aznar está justamente en su política de medios. En su reciente libro de balance de ocho años de gobierno, El aznarato, el historiador Javier Tusell, distante a cualquier expresión de oposición radical al PP, califica como "tormentosa e insostenible" la política de comunicación del gobierno saliente, le reprocha haber incumplido con su propuesta de modificar el estatuto de 1980 de la televisión pública y considera que durante este periodo se creó "un grupo mediático adicto al poder" de Aznar, lo mismo que, justamente, le reprochó su partido al PSOE en 1996.

Por si fuera poco, antes de que ocurrieran los sucesos del 11-M creció el debate sobre la parcialidad informativa de TVE. El 16 de febrero, un estudio de la UNED y de la Universidad Carlos III reveló que esta televisora pública le dio el triple de tiempo a las opiniones favorables a la guerra que a las contrarias, aun existiendo una oposición social muy extendida a la política exterior de Aznar frente a Irak (en Madrid también fueron multitudinarias las movilizaciones antibélicas) y alrededor de 500 periodistas de la televisora se organizaron para crear un "comité contra la manipulación" en la empresa. Obviamente se les ha perseguido e intimidado. A raíz de la cobertura de los recientes días, es muy probable que el otro juicio ciudadano severo se oriente contra la parcialidad y los prejuicios que se reflejaron en los medios públicos durante los momentos más turbulentos de la historia reciente de España.

Para muchos periodistas y comunicadores españoles es el momento también de abandonar la polarización inducida durante el aznarato y hacer suya la consigna: "íbamos todos en ese tren".


* Jenaro Villamil es coordinador de Asuntos Especiales del diario mexicano La Jornada, en el que publica su columna "República de pantalla", el domingo 14 de marzo de 2004.


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