Sala de Prensa

65
Marzo 2004
Año VI, Vol. 3

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Concentración, consonancia, constricción, clausura y comercialidad:

Los cinco jinetes apocalípticos
del periodismo español actual

José Luis Dader *

Cuantos compartimos los ideales de una sociedad abierta y plural tendemos a lamentar cualquier reducción de la diversidad de medios periodísticos coexistentes en una sociedad o –como prefieren decir algunos tecnoliberales-, en un "mercado". No en balde, los herederos del sueño ilustrado de las democracias atlánticas hemos crecido como ciudadanos bajo el lema jeffersoniano de "entre deber optar por un gobierno sin periódicos o periódicos sin un gobierno, no dudaría un momento en preferir esto último";1 aun cuando sea preciso recordar también que el mismo pionero de la democracia, al poco de ejercer la presidencia estadounidense se desdijo de este modo: "La supresión de la prensa no podría privar más completamente a la nación de sus beneficios de lo que se ha hecho por su prostituida entrega a la falsedad. Nada se puede creer de lo que se lee ahora en un periódico. La verdad misma se vuelve sospechosa al ser colocada en ese instrumento contaminado (...) La persona que nunca echa una mirada a un periódico está mejor informada que aquella que los lee" (Cfr. Chaffee, 1975:85-128).

Sin entrar a dilucidar ahora cuál de las dos visiones predominó en realidad en el citado político, dadas las paradójicas ambivalencias de este sucesivo defensor de las opiniones libres, la propaganda gubernamental y la persecución de periodistas,2 el hecho es que la desaparición de medios periodísticos ha quedado en el acervo de la conciencia progresista como un síntoma –cuando no una prueba- de degradación antidemocrática.

La desaparición de cabeceras de prensa o de medios en general ha sido contemplada, por ello, como la antesala del pensamiento único. La concentración en unas pocas manos de las tribunas existentes sería la versión suave de lo anterior, una forma de debilitamiento empresarialmente legal pero tan dañina para la independencia crítica como la censura o la supresión directa de voces alternativas. Esa forma mercantilmente lícita de desaparición de la diversidad informativa ha sido atribuida a una tendencia inexorable de la competitividad capitalista, y en ese sentido España ha transitado en los últimos años por los mismos senderos que tantos otros países, en los que los imponderables de los costes crecientes y la insuficiente demanda han ido silenciando diarios y emisoras de radio y televisión, con tendencia de los supervivientes a configurar cadenas oligopólicas de transversalidad multimedia.

Otros especialistas mucho más idóneos y pertrechados de datos han dejado constancia del paulatino descenso de la competencia periodística española, donde a la postre son mayoría las ciudades con un solo diario local, la prensa generalista de difusión nacional ha quedado reducida a cuatro periódicos irradiados desde la capital y el dominio real de todo el conjunto viene ejercido por media docena de grupos empresariales (básicamente alineados además en dos posiciones simplificadoras y antagónicas). Estos mismos grupos controlan a su vez de manera férrea un paisaje audiovisual en que las emisoras locales de radio y televisión están en su mayoría asociadas a los mismos patronos y limitan su producción local a un tiempo exiguo de emisión "desenchufada" de la cadena. Pero el objetivo de estas páginas no es tanto describir lo ya sabido y mejor detallado en otras fuentes (Cfr. Quirós, 2003; Bustamante, coord., 2002; Pérez Gómez, 2002; Bustamante, 2001; Reig, 1998), como incidir, desde una mirada menos transitada, en la supuesta repercusión de este panorama sobre la libertad de expresión y pluralidad de suministros de noticias.

Desde la perspectiva de estos fines democráticos, la concentración no resulta entonces, y necesariamente, un mal en sí mismo. Y en este punto me temo que discreparé de tantos denostadores de la "globalización". Se sostiene en efecto que la globalización tiende a eliminar, en el caso de la comunicación, las pequeñas empresas locales, devoradas por los gigantes mediáticos nacionales o transnacionales, que con sus economías de escala, reducen costes, atraen los recursos publicitarios por la mayor eficiencia de una gestión en cadena y, como resultante final, restringen los contenidos a una pálida y esquemática versión de la realidad. No se trata de negar estos riesgos evidentes. Pero no nos engañemos con el idílico paraíso perdido de unos supuestos medios locales incisivos, variados, beligerantes ante el poder, e independientes. Demasiadas evidencias existen en cualquier lugar del mundo –y en España contamos con ejemplos bien claros en el paisaje periodístico de las ciudades de tamaño medio o pequeño-, de que los ámbitos locales propenden al control de periódicos y emisoras por la oligarquía caciquil de la zona. En tales circunstancias, diversos medios de audiencia pequeña y débil capacidad de obtención de recursos publicitarios, no constituyen ninguna garantía de voz independiente. Bien al contrario, su endeblez económica les hace víctima fácil de la obediencia institucional (mediante la llave mágica de la publicidad de los organismos públicos utilizada como premio o castigo), o de la sumisión pura y dura a los escasos empresarios locales con excedentes de capital como para permitirse el lujo de perder el dinero que requiera el sostenimiento de un periódico, desde el que ejercer presión y control sobre el juego de las políticas locales.

En tales ambientes se hace ley férrea la tendencia ya descrita en los años cincuenta por Wright Mills (ed. 1973) de la fusión en una homogénea elite del Poder de los en apariencia –sólo en apariencia-, diversos poderes competidores. Los escasos actores políticos –institucionales y privados- con acceso privilegiado a tan exigua mesa del casino mantendrán entre sí el sensato principio de protegerse entre todos, a cambio de evitar la amenaza de los auténticos incontrolados. Por consiguiente, tres o cuatro periódicos débiles en un espacio mediático pueden contribuir mucho menos a la democrática salubridad del desvelamiento de noticias relevantes y el ejercicio plural de la crítica, que un solo periódico, si éste afianza su potencia económica en una masa de lectores y una diversidad y magnitud de empresas anunciantes que le protejan de las presiones de cada entidad denunciada, por poderosa que ésta sea.

De hecho, si echamos un vistazo –aunque ya en marcos nacionales-, a las grandes cabeceras periodísticas, como un The New York Times, The Washington Post, etc., vemos que basan su credibilidad de independencia en el hecho de haber conquistado una solidez empresarial que les hace inmunes a las amenazas de un gobierno o una marca multinacional del máximo poderío, con la retirada de toda su publicidad, en caso de no gustarles un tratamiento informativo. En un pulso de tales características tendría probablemente mucha más imagen que perder la marca chantajista que la economía del periódico.

De vuelta a los ámbitos locales, un sólido medio de economía robusta puede defender mucho mejor a la generalidad de los ciudadanos que varios hipotecados a falsos empresarios de prensa (cuyas auténticas empresas son las licencias de construcción, la impunidad fiscal y tantas otras). Es cierto que la ausencia de competencia puede malacostumbrar al medio solitario. Pero aquí ya dependerá de que su criterio rector sea la seducción del ingreso en el club de los "decision-makers", la simple búsqueda del beneficio económico más rápido y abultado, o bien al contrario, como han conseguido los empresarios periodísticos más genuinos y respetados, el servicio al conjunto de la sociedad a partir de una independencia basada en el desahogo económico.

El ciudadano tiene a veces poca libertad de expresión que esperar de una pluralidad de medios locales amordazados y en cambio, la vía de denuncia de las injusticias cercanas puede a veces encontrarla –tampoco siempre, no caigamos en el esquematismo contrario-, en el medio global que ajeno a los intereses provincianos puede lanzar una voz nacional sobre cualquier asunto que estime merecedor de la noticiabilidad. No es por eso extraño –al menos en España- que el puesto más codiciado por muchos periodistas locales sea el de corresponsal de alguno de los grandes medios nacionales. Y no sólo por razones de tranquilidad salarial (que también), sino ante todo por escapar de la censura o autocensura en la que viven inmersos buena parte de sus colegas de la misma ciudad.

Las injusticias y los silencios locales, cuando no la simple mediocridad y grisura tradicionalistas, pueden ser paliados, siquiera un poco, desde el distanciamiento sin compromisos y el cosmopolitismo de lo global. Por consiguiente, la concentración no tiene por qué ser vista, en sí misma, como algo necesariamente peor que su contrario.

Pero al lado de la concentración mediática hay otros procesos del escenario español –y seguramente también de otros entornos comunicacionales- que acrecientan los peligros iniciales de toda acumulación y se muestran mucho más cancerígenos para el ideal de la pluralidad informativa y el debate democrático.

El primero de ellos es el de la consonancia, advertido hace ya varias décadas por la comunicóloga alemana Noelle-Neuman (1973,1987), que consiste en la homogeneidad de voces o de enfoques (pensamiento único, en una de sus variantes), ejercido desde la pluralidad de soportes o de cabeceras mediáticas. ¿De qué sirve un entorno de múltiples empresas informativas, incluso pertenecientes a grupos ideológicos y económicos opuestos, si todos ellos condensan su atención en los mismos asuntos, las mismas figuras públicas y silencian todos por igual el resto de realidades y colectivos que resultan marginales (o marginados) de esa corriente principal o gran foco de luz focalizada y monocorde?

La conocida teoría de la agenda-setting (o canalización de la atención pública), en la que se inspira esta idea adicional de Noelle-Neumann, nos señala que el mayor efecto potencial de los medios sobre la opinión pública no estriba en decirnos a los ciudadanos qué pensar, sino sobre qué pensar (McCombs y Shaw, 1972). Y al hilo de ello, la autora alemana advierte cómo la pluralidad de medios puede mantener en apariencia –o en el segundo nivel de sus comentarios e interpretaciones-, un abierto debate entre enfoques cruzados y diversos. Pero partiendo de una férrea restricción inicial, según la cual, el monolítico concepto de noticiabilidad de la mayoría de los periodistas, les lleva a coincidir constantemente en su atención sobre los mismos asuntos y protagonistas. Se diría –y hay profesionales que literalmente así lo denuncian-, que los reporteros y jefes de redacción de los diversos medios le tienen auténtico horror a ser originales, a no coincidir con sus competidores en la selección de los temas o asuntos de mayor relevancia. Lo que conlleva que todos desplacen sus mejores efectivos a los mismos puntos candentes e incluso seleccionen los mismos actos culturales y los mismos protagonistas de aniversarios o de encuentros y debates para llenar sus páginas y espacios. Por tal pavor a perder la sensación de estar "en la pomada" (como ahora se dice en España), o en el centro de la noticiabilidad (como si el espacio de la relevancia social fuera un vulgar embudo), corren frenéticos para conseguir las declaraciones de la celebridad del momento (y todos publican las mismas declaraciones), compiten por contratar a los más célebres columnistas u opinadores en sus tertulias radiofónicas o televisivas (y el pequeño club de los mismos opinadores simultanea tribunas en las que se pagan cantidades astronómicas a los pocos intelectuales de moda mientras se desprecia cualquier otra voz no reconocida que pudiera ofrecerse incluso de manera espontánea).

La contrapartida de todo esto es un espacio público hermético, ante el que cualquier colectivo o individuo que quisiera aportar otras denuncias o versiones de la compleja red de realidades sociales, se encontrará a menudo detenido ante un muro de indiferencia silenciosa. De poco sirve entonces una ideal abundancia de plataformas mediáticas. Lo curioso es que a menudo quienes practican este proceso de simplificación y reduccionismo sienten una sincera inclinación teórica por la búsqueda de la pluralidad y diversidad (desean que su propio medio fuera diferente de los demás y fuera único en mostrar toda una galería de personajes, tratamientos y noticias). Pero a la hora de la verdad todos parecen pensar del mismo modo y bucear en las mismas aguas. El paroxismo de la consonancia se alcanza en España con los lanzamientos de promociones comerciales (cuestión que retomaremos más adelante): a los competidores se le ocurre en las mismas fechas lanzar cursos de inglés similares, enciclopedias paralelas, colecciones de películas o de libros sobre las mismas temáticas. Y ni si quiera se atreven a diferenciarse en el ritmo, de manera que cuando uno iniciara su colección de monedas otro hubiera optado por ofrecer libros de economía. La tónica es hacer todos lo mismo al mismo tiempo, cuestión que en el caso de las programaciones de televisión se traduce en el absurdo de presentar producciones del mismo género a las mismas horas, condenando a las partidarios de otras alternativas a esperar el momento programado por todos para la correspondiente reiteración; en la que el espectador se verá de nuevo compelido a elegir entre las mínimas variaciones del tema dominante que entonces se imponga.

Un fenómeno en apariencia eliminador de esta consonancia es el hecho indiscutible del gran enfrentamiento ideológico que los medios periodísticos españoles vienen sosteniendo en los últimos años, el cual fue aludido antes como alineamiento básico en dos grandes bandos beligerantes. Podría suponerse entonces que la discrepancia ideológica constituiría la contraprueba sobre la inexistencia de la citada consonancia, al tiempo que ejercería de antídoto contra la misma. Sin embargo tal contradicción teórica se diluye en la práctica mediante una controversia sólo de segundo orden. Pues como ya apunta el núcleo de la aludida teoría de la agenda-setting, las diversidades (ideológicas) de el qué, puede que se ejerzan sólo a posteriori del acuerdo previo monocorde en el sobre qué. Resulta así compatible para un espacio mediático tan sectarizado como el actual español (otro de los cánceres que comentar más adelante), la coincidencia en los temas o personajes, pero enfocados desde el mas visceral tamiz a la hora de juzgarlos. La restricción del espacio público es tan asfixiante como para comprobar que los principales periódicos y cadenas se ocupan a diario de algo menos de una docena de cuestiones, reiteradas hasta el punto de clonarse sin retoques, siquiera formales, de una edición de noticias de la mañana a la noche (en el seno de cada emisora radiotelevisiva), o con una coincidencia telepática en las mismas fotografías, textos declarativos, etc., (entre los diversos medios de supuesta competencia e incluso confrontación ideológica).

A partir de esa misma pasta nutriente, nuestros medios se ocupan después de un acerado y hasta vitriólico ejercicio de discrepancia ideológica, en el que los mismos hechos y hasta las mismas palabras constituyen para unos prueba irrefutable de maldad abyecta y para otros ejercicio de civismo y solidaridad inconmensurables.

Podría alegarse que la discrepancia en el modo de enjuiciar constituye la sana garantía de pluralidad para un espacio público. Pero habrá que advertir que si nuestras opciones de debate se restringen a unos escasos y estereotipados puntos de controversia, nuestra conciencia de ciudadanos libres y bien informados puede autocomplacerse con una libertad de las apariencias: sobre la ignorancia de tantos conflictos mediáticamente sepultados, tantos grupos o movimientos sin mención en ninguno de los periódicos supuestamente más combativos, tantas personas con hechos o conocimientos singulares que aportar al beneficio común que no podrán traspasar la burbuja impermeable de la atención –salvo la sangre o el sensacionalismo empleados como punta de lanza- de los acomodados paladines de la discusión sobre pirotecnias. Parafraseando a Robert Entman (1989:8) nunca antes quizá tanta abundancia informativa se reveló tan insignificante para captar la diversidad real de cuanto sucede o podría estar sucediendo.

El sectarismo interpretativo al que además asistimos en el periodismo español contemporáneo merece una nueva etiqueta con la que marcar otra de las perversiones de influencia peor que la mera concentración: la constricción en enfoques ideológicos unilaterales.

El derecho a tomar partido y respaldar decididamente unas causas frente a otras es también un derecho legítimo de la prensa democrática. Dependiendo de los movimientos profesionales en boga (profesionalismo liberal, teoría de la responsabilidad social, nuevo periodismo, periodismo cívico, etc.), y dependiendo también de los excesos cometidos en uno u otro sentido, se ha visto con mejor o peor imagen la decisión de algunos periodistas o medios de respaldar unas posturas frente a otras, abandonando la equidistancia cínica de quienes confunden la objetividad con un cronómetro, la ecuanimidad con la represión de los adjetivos o la no beligerancia con la asistencia pasiva –narrada en primera fila- ante la extinción de un moribundo.

Pero hay diferentes modos de tomar partido y probablemente uno solo, el "partidismo ad hoc", que no desmerezca de la independencia y permita seguir reivindicando la legitimidad de una tarea comunicativa al servicio de la crítica genuina. Ese partidismo, como explicaran Jay Blumler y Michael Gurevitch (ed. 1995:64-67) en su catálogo de formas de enfrentamiento entre poderes públicos y medios, consiste en implicarse con rigor, honestidad y transparencia en cuantas polémicas un medio estime necesarias. Pero interviniendo desde ese rigor y con ausencia de prejuicios, las tomas de postura habrían de ser, por fuerza, en unos casos favorables y en otras contrarias a los diversos actores públicos que determinan sus actuaciones en función de patrones ideológicos o intereses corporativos.

En lugar de tan extraño partidismo –el esperable sin embargo de una prensa genuinamente independiente-, los medios españoles nos tienen en cambio bien acostumbrados a la coincidencia previa e inalterable con los respectivos amigos y clientes. El público, a su vez, ya de por sí inclinado al ejercicio de la "exposición selectiva" (reforzando constantemente las creencias propias) se ve impelido a cultivar ésta sin la menor oportunidad de toparse con la pedagogía democrática de alguna disonancia opinativa. De la misma forma que -se dice-, un hispanoparlante podría vivir semanas o meses en Nueva York sin necesidad de cruzar una palabra en inglés, nuestros ciudadanos españoles disfrutan ahora -para las opciones principales al menos-, la posibilidad de combinar un periódico, una emisora nacional de radio y otra de televisión en las que sólo escuchar interpretaciones de la actualidad simpáticas para sus preferencias políticas, con el aderezo de un constante bombardeo de recriminaciones para las contrarias. Y todo ello con la casi total seguridad de no verse sorprendido por alguna manifestación contraria que, de producirse, aparecerá convenientemente neutralizada.

Se practica así entre nosotros de manera profusa –como en tantas sociedades latinas, por otra parte-, lo que Wolfgang Donsbach (1995:52) denomina el "pluralismo externo" o de "kiosco"; es decir, la posibilidad de escoger entre varios enfoques sectarios a la hora de comprar un periódico u otro, sintonizar una emisora u otra. Pero sin la menor (o muy excepcional) oportunidad de encontrar –y disfrutar- el "pluralismo interno"; esa rara avis algo más conocida en sociedades anglosajonas, de encontrar dentro de un mismo medio, y tratadas de igual a igual, diversas perspectivas que simultáneamente critican y aplauden a un gobierno, a los diferentes grupos de oposición y a otras fuerzas sociales.

Un ejercicio de generalización como el aquí realizado ha de incurrir por fuerza en algunas reducciones particularmente injustas y por ello quisiera dejar constancia al menos de que no siempre y no todos nuestros periodistas y medios desconocen alguna forma de quiebra de la unilateralidad. Pero me atrevo a señalar, sin temor a equivocarme, que la constricción mediática española es mucho más habitual que su ruptura.

Por lo que se refiere al alineamiento estructural cabría establecer en nuestro periodismo un arco de manifestación identitaria en el que situar con diversos grados de intensidad el grado de afinidad o discrepancia de los grupos de prensa (que no ya medios individuales) respecto a los distintos partidos políticos y sus intereses corporativos. Pero una vez fijada la gradación, las alineaciones de nuestros medios permanecen asombrosamente invariables a lo largo del tiempo, sean cuales sean las políticas adoptadas por cada partido, e incluso a pesar de sus cambios de liderazgo. Tal fidelidad por encima de coyunturas hace pensar, más que en verdaderos compromisos ideológicos, en una especie de sentimentalismo visceral –como el que practicamos los aficionados al fútbol con los equipos de nuestra vida-, o quizá como algo todavía peor para el sentido de la función periodística: en pactos de intereses instrumentales sin el menor resquicio para las conjeturas teóricas Tanto sólo los cambios de gobierno (por lo que se refiere a la calificación de progubernamentales o antigubernamentales) o de propiedad, parecen romper ese rígido espectro en el que, con más o menos intensidad, unos y otros se manifiestan.

En cuanto al nulo o débil pluralismo interno, nuestro periodismo muestra algunas prácticas que si bien matizan el diagnóstico no obligan a variarlo en lo sustancial: Se trata del juego de la diversidad aparente que sobre todo en tertulias radiofónicas y debates televisivos se escenifica. Consiste éste en reunir un nutrido grupo de partidarios de la "línea editorial" del medio correspondiente, a los cuales se agrega un discrepante reconocido –que suele ser la misma persona a lo largo de meses y de años-, para que con sus advertencias minoritarias ejerza de testigo o prueba de supuesta tolerancia pluralista. En realidad, bien sea por la escasa consistencia dialéctica del disidente o por su manifiesta dificultad para defenderse de la lluvia de ataques del enfoque dominante, este "proscrito" sólo contribuye a resaltar la superioridad argumentativa del pensamiento políticamente correcto en ese espacio o emisora. Al haber debatido con este tipo de contrincante "maniatado" o "sparring" se magnifica la sensación de victoria de unos medios ajenos por tanto al análisis crítico de la actualidad y empeñados más bien en la mera reiteración de los incomunicativos catecismos de cada secta.

La llegada de Internet, y en especial el afloramiento de la prensa digital hacían presagiar una posible vía de escape frente a los cánceres anteriores. El ciudadano no dispuesto a padecer ni la constricción local ni el alineamiento vertical multimedia veía abrirse la posibilidad, a través de la Red, de crear su propio recorrido secuencial por las páginas de los diversos medios con presencia en el ciberespacio (nótese que en el caso de emisoras de radio y televisión, la emisión simultánea condena, o bien a un esquizoide salto entre emisoras con la pérdida constante de momentos significativos, o bien al inverosímil equipamiento -cual magnate de las tecnologías-, de una pared plagada de monitores y magnetoscopios desde la que escrutar y grabar el paisaje audiovisual supuestamente plural pero imposible de visualizar pluralmente).

En un primer momento, y como en el resto del mundo, los medios periodísticos españoles de soporte convencional, crearon su versión digital, que si bien en esta primera fase proporcionaban una versión restringida de sus contenidos, permitían ya, en unos pocos minutos (y obviando la lentitud de descarga todavía evidente), confrontar y ampliar las informaciones de unos medios frente a otros, tanto locales o regionales como nacionales e internacionales. Esta prensa digital no terminaba de apuntar en la dirección más natural para las posibilidades de su tecnología, que al no tener ya la restricción económica del papel o el horario de programación, podría ofrecer documentos íntegros, declaraciones ampliadas y textos de mayor amplitud antes cercenados por la tiranía del tiempo o el espacio míseramente racionados. Bien al contrario, la mayoría de nuestros periódicos o emisoras en red nos proporcionaban la síntesis de la síntesis (eso sí, con unas infografías animadas cada vez más espectaculares). Pero se suponía que esa falta de desarrollo del complemento informativo para el que el medio nacía más dotado, podría irse conquistando paulatinamente, a medida que los medios empezaran a apreciar que un periódico digital no tendría por qué ser tan solo el impreso repetido con banderolas que se mueven.

Lejos ya ciertamente de las primeras experiencias de colocar en la Red la reproducción de la primera página para ver qué bonita quedaba y lo vanguardistas que estábamos llegando a ser, las empresas mediáticas han ido comprendiendo que la edición digital requiere un tratamiento propio con una parte al menos de sus periodistas dedicados a componer la información para el nuevo soporte.

Pero, como decía, en lugar de explotar al máximo las posibilidades para las que el cibermedio está mejor dotado, los editores digitales han optado por el camino inversamente contrario: esto es, construir una versión ligera -eso sí, actualizada en tiempo mínimo-, de forma que el acceso a las informaciones de más enjundia, seguirá restringido -salvo documentos excepcionales- al ejemplar en papel (lo que además de costoso ya no será geográficamente posible en muchos casos). Algunos medios al menos han realizado un considerable esfuerzo para que su versión digital sirva cuando menos para un vistazo eficiente y más dinámico que su versión impresa. Otros ni siquiera han ido más allá de colgar tal cual una selección de sus textos. Pero lo más grave y que obliga a incorporar una nueva etiqueta a esta ristra de calamidades es la instauración en España de la clausura digital:

Las ediciones digitales de los periódicos convencionales han venido dilucidando en todo el mundo, qué estrategia comercial y de contenidos afrontar para sus nuevas páginas. En general ha triunfado el modelo de los grandes rotativos anglosajones según el cual, se permite el acceso completo y gratuito a los contenidos del periódico en la fecha del día, si bien en versión digital (es decir, sin la reproducción fotografía estricta del formato "pdf"), y, tras la visualización directa de la primera página, mediante la cumplimentación de un boletín de suscripción gratuita. Este primer acceso en el día de edición se sufraga mediante inserciones publicitarias en el soporte cibernético, junto con la participación de gastos generales que en su caso cada empresa periodística determine en su plan de gestión. En cambio, para acceder tanto a la versión en "pdf" como a las "históricas" o hemeroteca del periódico, el usuario deberá ya contratar una subscripción o pagar una cantidad por cada artículo o documento que desee obtener.

Frente a esta solución, los periódicos españoles se han dividido entre el acceso a la versión adelgazada digital (con acceso más o menos prolongado en el tiempo a la hemeroteca, también digital, y con acceso en versión íntegra "pdf" a las portadas, en algunos casos-, mientras que otros -al menos por ahora- han optado por la clausura total, salvo el acceso a la primera página del periódico y algunas informaciones de utilidad general, como agenda del día y similares. El acceso al desarrollo de las noticias del propio día queda restringido, en esta fórmula, al pago de una subscripción, de la misma manera que el rastreo en hemeroteca, artículos seleccionados o versiones en "pdf". Y todo ello a tarifas poco asequibles para un ciudadano que deseara o necesitara consultar varios medios.

Tan drástico candado, asociado al previo pago de la llave correspondiente (por lo que la palabra clausura adquiere su sentido más literal), ha sido encabezado por el diario El País, a partir del cual algunos se lanzaron a imitarle sin reparo ni el menor análisis realista de su verdadera posición en el mercado, si bien parece observarse una marcha atrás en esta opción. El ejemplo más ridículo de esta tendencia lo aportan algunos periódicos locales, con tiradas en papel de unos diez o quince mil ejemplares, que fascinados por el buque insignia de El País, clonaron la fórmula de la clausura sin más acceso pleno que el resumen de cabecera. Todavía un medio de referencia puede permitirse el lujo -en teoría-, de esperar el esfuerzo económico de un importante número de lectores para acceder a sus contenidos digitales. Pero un medio que a duras penas excita los ánimos de compra tradicional de menos del 5% de la población de su área de influencia, comete un increíble error de presunción siguiendo esta política. Por el contrario, pierde la mejor oportunidad que Internet brinda a la prensa local, y que consiste en que un buen número de personas oriundas de la zona y que por múltiples razones residen en puntos alejados de la geografía nacional e internacional, se habituaran, por la comodidad de un acceso sencillo y gratuito a mantener el cordón umbilical con los asuntos de su tierra. Quizá los gestores de estos medios piensen que tal deseo de comunidad virtual por parte de los emigrantes será tan poderoso como para provocarles la necesidad del pago. Pero bastará preguntar a esos gerentes por la cifra de subscripciones virtuales para ver que no es así, ya que confunden el ejercicio de un contacto ocasional y sin compromiso -que poco a poco podría ir creando hábito-, con la decisión tajante de un contrato permanente. Para que éste se produzca será preciso que la persona sopese su deseo real con el coste económico y ya es más difícil que aquél se mantenga entre sus prioridades.

El movimiento drástico hacia la clausura virtual, encabezado por El País e imitado de forma tan insensata por algunos de los más pequeños, no ha sido secundado con la misma intensidad por muchos otros de nuestros principales diarios, e incluso existen rumores de que el fracaso en las expectativas de subscripciones experimentado por El País, está a punto de obligar a éste a cambiar de rumbo. El diario El Mundo ha sido el que quizá apostó de una manera más rápida y elaborada por un modelo alternativo de versión digital semiabierta, con notable amplitud de contenidos periodísticos (en ocasiones incluso con el seguimiento de noticias por su redacción autónoma, que elabora informaciones no contenidas en la versión en papel), dejando sólo clausurado el servicio de hemeroteca y la edición completa en papel (en "pdf"). Con otra estrategia intermedia, otros diarios como ABC y La Vanguardia, han optado por un acceso ilimitado a la primera página y un acceso gratuito posterior al resto de contenidos del día -en la versión adelgazada o sintética del formato digital-, una vez cumplimentado un formulario de petición sin coste. En estos casos, el acceso al "pdf" y a la hemeroteca siguen restringidos a una suscripción de pago.

Sin duda, el esfuerzo en inversión tecnológica y humana desplegado por los diarios tradicionales en la Red legitima la búsqueda de recursos que financien ese esfuerzo. Pero el momento de importante crisis publicitaria, a finales de los noventa y primeros años dos mil, en que la propia prensa de papel experimentó un notable descenso de anuncios, condujo demasiado rápido a suponer que el modelo de financiación por inserciones publicitarias en la Red resultaba inviable (ante la evidencia, además, de lento crecimiento del acceso de los españoles a Internet, estimado al comienzo de 2004 en un 25% de la población según los cálculos más optimistas). Por otra parte, la oferta de subscripciones electrónicas por conglomerados de periódicos de empresas diferentes ni siquiera ha sido ensayada, la cual quizá sí haría plantearse a un sector más amplio de ciudadanos el esfuerzo de un pago por el acceso conjunto a diversos diarios de consulta, al margen del que más asiduamente compre cada usuario.

Pero de una manera u otra, en una encrucijada aun no decidida, y que sin duda experimentará transformaciones importantes a corto plazo, lo relevante en términos de ciudadanía y de acceso popular al espacio público, es que la clausura total o intermedia de las versiones electrónicas de nuestro periodismo cercena por ahora una de las promesas más igualitaristas y globalizadoras en sentido positivo de la era Internet: esa verdadera aldea global macluhiana en la que cualquier individuo en cualquier lugar podría consultar y confrontar las informaciones de los medios periodísticos profesionales, sin más limitación que el conocimiento de lenguas de cada cual.

La demanda de ese acceso más indiscriminado y pleno sigue patente, no obstante, por el afloramiento de otra prensa digital alternativa, constituida por los diarios exclusivamente virtuales (Cfr. por ejemplo, Albornoz, 2001),3 o el tímido aún fenómeno entre nosotros de las "weblogs", "blogs" o "bitácoras". Unos y otros prueban que en diversos sectores del público español persiste una apetencia insatisfecha de información de actualidad y de análisis de la misma, que los medios convencionales no están siendo capaces de satisfacer, como consecuencia bien probable del hastío provocado por la concentración, la consonancia, la constricción y la clausura hasta aquí señaladas.

Este otro fenómeno naciente, aunque minoritario, de ciberperiodismo, a menudo semiprofesional o decididamente amateur, constituye en sí mismo otra virtud de la globalidad en su vertiente de sociedad abierta. En otros países como Estados Unidos, la fuerza del mismo empieza a preocupar seriamente a los gestores del periodismo convencional, que intentan atraer y asociar a sus empresas a los "bloggers" más exitosos para neutralizar su competencia. Pero la proliferación de informadores y comentaristas virtuales espontáneos no puede llevarnos a engaño respecto a la necesidad en una democracia madura de un servicio de información de actualidad amplio, contrastado, clarificador y riguroso respecto a los asuntos de máxima trascendencia para la vida pública de las comunidades. Tales condiciones sólo puede garantizarlas un periodismo de calidad y sometido a una exigente criba de profesionalidad, que sin negar -e incluso aplaudiendo- el derecho a la libertad de expresión de cuantos quieran contribuir con su granito de arena electrónica, suministre más allá de ese primer nivel de libertad, un consumado ejercicio de información selecta -tanto en el plano de la descripción de hechos, como del análisis y el contraste de opiniones-, con el que facilitar en las mejores condiciones de reflexión y suministro de datos, el ejercicio de la deliberación democrática.

Por ello, mientras algunos se apresuran a diagnosticar la muerte del periodismo (a veces bien merecida por su ensimismamiento miserable), a manos de los nuevos cibericonoclastas, es ahora cuando más indispensable y valioso puede llegar a considerarse (como agudamente señala David Weaver, 1998-1999:223), el genuino ejercicio de una descripción periodística pormenorizada, tras una criba inteligente, conforme a criterios intelectualmente sólidos de relevancia, y con el acompañamiento de una crítica implacable, plural e independiente, respecto a nuestra confusa y profusa avalancha de señuelos informativos.

En tal contraposición entre la concentración de insuficiencias periodísticas (que no se limita a la sinergia de los capitales) y las necesidades de recuperación de un periodismo genuino, cobra todavía mayor dramatismo el último de los jinetes apocalípticos que asolan nuestro periodismo contemporáneo: el de la comercialidad.

El comercialismo con sus diversas facetas, nacidas como agudamente recordara John Thompson,4 de una natural y necesaria asociación del periodismo con las demandas espontáneas de su audiencia potencial, ha ido poco a poco contaminando y arrinconando la parte nuclear de la descripción y el comentario de noticias de la vida pública hasta transformarlo en ese nuevo híbrido de presencia internacional rampante que llamamos infoentretenimiento, y que parece capaz de rematar definitivamente al achacoso pero todavía imprescindible viejo periodismo (Hallin, ed. 1997).

Pero en el caso español no me detendré siquiera en las manifestaciones de hipercomercialidad que suponen la expansión de la "prensa rosa", los "reality shows", "debates basura", o la estridencia informativa y el morbo como principal enfoque de los pocos temas serios que obtienen un hueco entre toneladas de noticias deportivas, de crónica negra o simplemente frívolas. Todo eso son aspectos del ingente comercialismo que alimenta la maquinaria informativa de la mayoría de los medios públicos y privados de nuestro país. Pero la incidencia del comercialismo en su totalidad está todavía más acrecentado, en mi opinión, por otros aspectos colaterales y limítrofes, que por eso mismo enmarcan o encuadran -amplificándola- la gravedad del escenario. Propongo fijar la mirada, no ya en el contenido intrínseco de la información comercializada -de suyo deprimente-, sino en los materiales del enmarcado; literalmente como si al contemplar una pintura dijéramos que todavía más impresionante que la composición interior resultara serlo el recubrimiento de las tablas que lo diferencian de la pared.

Y en nuestro caso, la expansión final del comercialismo extremo consiste en la desaparición de los límites o los marcos. Es decir, la mezcla a tal punto entre información y comercio que los periódicos españoles se han convertido en bazares mientras los periodistas de radio y televisión engarzan sus mensajes periodísticos con su reclamo como vendedores de todo tipo de bisuterías.

En lo que atañe a la prensa de papel, circulan con asiduidad los comentarios chistosos sobre las capacidades de carga que necesita el comprador de un diario, al llegar acompañado cada ejemplar con un tomo de enciclopedia, el DVD de una película, un dinosaurio de plástico o diversas combinaciones de éstos y otros abalorios, todo ello recubierto con llamativos cartonajes que incrementan el volumen del empaquetado. Los más enloquecidos por la avalancha resultan ser los dueños de los puestos de venta, que requerirían espaciosos establecimientos para desplegar los accesorios tan variados y complejos que todos nuestros diarios y revistas suministran,5 y que ante la falta de aquéllos despliegan como pueden sus muestrarios por los alrededores.

Tales estrategias para hacer más atractiva la venta, en un mercado de dura competencia y exiguas cifras de lectores, podrían contemplarse en un principio como un pintoresco tributo a la era del consumismo, pero que en nada afectaría al núcleo informativo de la prensa, ajena y pulcra en sus contenidos genuinos, y sólo "enmarcada" por esta parafernalia,. Sin embargo, la invasión del marco no se limita hacia el exterior de las aceras de los kioscos -por las que el caminante se ve obligado a veces a ejercicios de equilibrista-. Sino que se produce también hacia el interior del diario, colonizando páginas en teoría dedicadas a explicar la actualidad diversa y que en cambio se destinan a describir –no en formato publicitario, sino como relato intelectual-, la obra maestra del cine o la literatura que esa semana acompañará los ejemplares del periódico.

Es indudable que, en ocasiones, las colecciones de libros o películas que los diarios recuperan así para la memoria colectiva y a precios insignificantes, constituyen en sí mismas una loable labor de divulgación cultural. Gracias a estas campañas, en efecto, todos los lectores habituales nos sentimos satisfechos de adquirir una novela inencontrable o de haber descubierto un autor hasta entonces desapercibido. Pero al mismo tiempo resulta muy dudoso -y pone en cuestión la credibilidad, ese tesoro capital del periodismo-, que las obras promocionadas sean tan excelentes, cuando en realidad muchas han sido seleccionadas por criterios populistas u oportunidades de saldo editorial. Cuando los firmantes de tales páginas divulgativas son los mismos críticos de literatura o cine de las secciones fijas, el lector puede empezar a recelar que las mismas exageraciones volcadas en las páginas de promoción, no estén también presentes, por similares dependencias comerciales, en los supuestos ejercicios de la crítica cultural. Por otra parte, la generosidad de varias páginas destinadas muchos días a este otro periodismo de divulgación cultural, contrasta con el cicatero espacio que merecen muchas noticias y artículos de las secciones de máxima relevancia sociopolítica. Por lo que cabe preguntarse si el periodismo puede respetarse a sí mismo al alejar su centro de gravedad –incluso en términos cuantitativos- del análisis y descripción de los asuntos públicos cotidianos que afectan la estructura institucional de la comunidad.

La confusión entre periodismo y mercaderías resulta aún mucho más apabullante en el caso de los informativos audiovisuales. Dejando al margen, por sobriedad expositiva, la invasión de los boletines televisivos con cortes publicitarios (que hace tan sólo una década estaban prohibidos por ley), me centraré en el fenómeno cada vez más extendido de los periodistas radiofónicos que mezclan información, opinión y reclamo publicitario en el transcurso de una misma frase. Hace menos de diez años que un célebre periodista radiofónico, Antonio Herrero, realizó una acalorada denuncia en su espacio de noticias por que una compañera de su emisora hubiera pasado a presentar un programa de entrevistas y comentarios en televisión, en el transcurso del cual ella misma intercalaba frases de promoción comercial de diversos productos. Hoy día aquel periodista, luego fallecido en circunstancias trágicas, tendría que haber optado por abandonar el periodismo radiofónico o por tragarse sus palabras, ante la "normalidad" con la que sus compañeros de equipo y buena parte de sus competidores en las emisoras privadas practican hoy sin el menor sonrojo esa peculiar amalgama en la que la misma persona que acaba de criticar un tráfico de influencias políticas nos anuncia, acto seguido, que para superar tan amargo momento conecta con un representante de unos conocidos Grandes Almacenes en el que podremos comprar los productos más fabulosos a precios de ganga. Lo más inaudito de este comportamiento generalizado en nuestras emisoras de radio privada, no es ya que suceda, sino que ninguna voz del espacio público lo critique y que quienes lo practican con más asiduidad y pingües beneficios pasan por ser ejemplos sobresalientes de nuestro mejor periodismo.

Ante expresiones como las aquí seleccionadas de una galería mucho más profusa, cabe concluir lamentablemente que el comercialismo desarrollado a estos extremos reduce a juego de niños los supuestos estragos de la concentración empresarial. Porque, como en realidad articula la tesis subyacente de este ensayo, asistimos a una concentración supraconvergente, al menos en España, en la que la consonancia de las percepciones, la constricción de los idearios, la clausura de los accesos, y la restricción de la uniformidad comercial, fulminan las mínimas posibilidades de apertura, controversia plural y creatividad crítica a las que el periodismo formado en los ideales de la Ilustración siempre aspiró. En tales condiciones qué más da que la oclusión de la disparidad de voces y pensamientos sea controlada por una pequeña oligarquía o quede distribuida entre un numeroso ejército de clones.

No quisiera concluir, sin embargo, propiciando una visión sin contrapuntos del cuadro dibujado, que por fuerza resultará incompleto al estar centrado en unos aspectos que no suelen ser los más atendidos. Es preciso recordar igualmente que ese periodismo español que se debate entre tan inquietantes fenómenos, también da muestras diarias de revelaciones impagables para la salubridad cívica o de escrutinios tenaces y de enorme riesgo personal y grupal, bajo el criterio clásico de compadecer al afligido y afligir al prepotente. Y que en medio de las tendencias denunciadas sigue habiendo periodistas y empresas de periodistas que capean como pueden el temporal y dan muestras cotidianas de independencia, ecuanimidad y rebeldía ante tantas tentaciones de homogenización en la corriente principal. Para contribuir de algún modo a que estas otras tendencias prosperen o al menos no se extingan es necesario insistir con el foco sobre las circunstancias negativas; aun a riesgo de parecer injustos con las realizaciones nobles y positivas que también están presentes y nos alientan a seguir confiando en la insustituibilidad del periodismo.

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Notas:

1 Thomas Jefferson en carta a Edward Carrington, 16 de enero de 1787, en D. Paletz (1998:3 y 18).
2 Este decidido defensor de la educación universal, el respeto a las opiniones populares como principio de gobierno y la función crítica de la prensa fue también capaz de financiar desde la Presidencia un periódico gubernamental para defender su política y ordenar la persecución por libelo de algunos medios que le acusaban de demagogo y cuasi dictador (Perloff, 1998:19). El clima de alianzas y odios que Jefferson sostuvo con diversos publicistas propició que uno de ellos, al que había liberado de la cárcel acusado de sedición, tras reñir con él, se dedicara luego a difundir diversos escándalos personales del Presidente, entre los que destaca su nunca desmentida relación con una de sus esclavas, desde los 14 años de edad de ésta, y con la que habría llegado a tener cinco hijos (Thompson, 2001:198-199).
3 Según recoge este autor, en el año 2000, La "Oficina de justificación de la Difusión" (OJD) identificaba en España 38 diarios "on-line", si bien en su mayoría consistían en las versiones digitales de su hermanos en papel. En el año 2004, de los 55 diarios incluidos en el control de OJD como diarios "On-line", sólo cinco son cabeceras de presencia única en la Red ("El Confidencial", "Libertad Digital", "Panorama Actual", "Vilaweb" y "Xornal.com"). A estos puede añadirse alguno más de relativo éxito, como "La Estrella Digital" o "Diario Directo", que están presentes en la Red pero que no someten el control de sus accesos a la citada oficina de medición.
4 En concreto señala este autor (ed. 2001:81) que, cuando comienza a configurarse la actividad periodístico como profesión, a finales del XIX, "también reconocía la necesidad de presentar los hechos en forma de una historia que fuese amena, colorista y entretenida. La fidelidad a los hechos y el entretenimiento constituían el doble ideal de la profesión periodística emergente. Sin embargo estos ideales no siempre eran perfectamente compatibles".
5 El "más difícil todavía" lo practica recientemente uno de los principales periódicos de circulación nacional, que con la compra de cada ejemplar ofrece al cliente la posibilidad de elegir un coche en miniatura como juguete de niño, o una muñequita para elección de la niñas. Al margen de las críticas por "sexismo inducido" que pueda despertar esta estrategia de ventas, habrá que imaginar el conflicto causado a padres con criaturas de ambos sexos, cuya única solución tal vez tenga que ser la compra de dos ejemplares.

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Referencias:

- ALBORNOZ, Luis Alfonso (2002) "La prensa española en la Red: un sector pionero en busca de rentabilidad", TELOS: Cuadernos de Comunicación, Tecnología y Sociedad, nº 53, octubre-diciembre.
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- PÉREZ GÓMEZ, Alberto (2002) El control de las concentraciones de medios de comunicación. Derecho español y derecho comparado. Madrid. Dyckinson.
- PERLOFF, Richard (1998) Political Communication. Politics, Press and Public in America. Mahwah, New Jersey. Lawrence Erlbaum.
- QUIRÓS, Fernando (2003) "Escenarios de concentración y desregulación informativa", Patria Editorial. México.
- REIG, Ramón (1998) Medios de comunicación y poder en España: Prensa, radio, televisión y mundo editorial. Barcelona. Paidós.
- THOMPSON, John (2001) El escándalo político. Poder y visibilidad en la era de los medios de comunicación. (v.o. 2000) Barcelona. Paidós.
- WEAVER, David (1998-99) "Periodismo y nuevas tecnologías: Perfiles de los periodistas del siglo XXI", Cuadernos de Información y Comunicación (CIC), nº 4. Madrid. Fac. CC. Información Univ. Complutense.


* José Luis Dader es miembro del Consejo Editorial de Sala de Prensa. Profesor titular del Área Periodismo en Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Este artículo fue escrito para el V Aniversario de SdP.


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