Concentración, consonancia,
constricción, clausura y comercialidad:
Los
cinco jinetes apocalípticos
del periodismo español actual
José
Luis Dader *
Cuantos
compartimos los ideales de una sociedad abierta y
plural tendemos a lamentar cualquier reducción
de la diversidad de medios periodísticos
coexistentes en una sociedad o como
prefieren decir algunos tecnoliberales-, en un
"mercado". No en balde, los herederos
del sueño ilustrado de las democracias
atlánticas hemos crecido como ciudadanos bajo el
lema jeffersoniano de "entre deber optar por
un gobierno sin periódicos o periódicos sin un
gobierno, no dudaría un momento en preferir esto
último";1 aun cuando sea preciso
recordar también que el mismo pionero de la
democracia, al poco de ejercer la presidencia
estadounidense se desdijo de este modo: "La
supresión de la prensa no podría privar más
completamente a la nación de sus beneficios de
lo que se ha hecho por su prostituida entrega a
la falsedad. Nada se puede creer de lo que se lee
ahora en un periódico. La verdad misma se vuelve
sospechosa al ser colocada en ese instrumento
contaminado (...) La persona que nunca echa una
mirada a un periódico está mejor informada que
aquella que los lee" (Cfr. Chaffee,
1975:85-128).
Sin entrar a
dilucidar ahora cuál de las dos visiones
predominó en realidad en el citado político,
dadas las paradójicas ambivalencias de este
sucesivo defensor de las opiniones libres, la
propaganda gubernamental y la persecución de
periodistas,2 el hecho es que la
desaparición de medios periodísticos ha quedado
en el acervo de la conciencia progresista como un
síntoma cuando no una prueba- de
degradación antidemocrática.
La desaparición
de cabeceras de prensa o de medios en general ha
sido contemplada, por ello, como la antesala del
pensamiento único. La concentración en
unas pocas manos de las tribunas existentes
sería la versión suave de lo anterior, una
forma de debilitamiento empresarialmente legal
pero tan dañina para la independencia crítica
como la censura o la supresión directa de voces
alternativas. Esa forma mercantilmente lícita de
desaparición de la diversidad informativa ha
sido atribuida a una tendencia inexorable de la
competitividad capitalista, y en ese sentido
España ha transitado en los últimos años por
los mismos senderos que tantos otros países, en
los que los imponderables de los costes
crecientes y la insuficiente demanda han ido
silenciando diarios y emisoras de radio y
televisión, con tendencia de los supervivientes
a configurar cadenas oligopólicas de
transversalidad multimedia.
Otros
especialistas mucho más idóneos y pertrechados
de datos han dejado constancia del paulatino
descenso de la competencia periodística
española, donde a la postre son mayoría las
ciudades con un solo diario local, la prensa
generalista de difusión nacional ha quedado
reducida a cuatro periódicos irradiados desde la
capital y el dominio real de todo el conjunto
viene ejercido por media docena de grupos
empresariales (básicamente alineados además en
dos posiciones simplificadoras y antagónicas).
Estos mismos grupos controlan a su vez de manera
férrea un paisaje audiovisual en que las
emisoras locales de radio y televisión están en
su mayoría asociadas a los mismos patronos y
limitan su producción local a un tiempo exiguo
de emisión "desenchufada" de la
cadena. Pero el objetivo de estas páginas no es
tanto describir lo ya sabido y mejor detallado en
otras fuentes (Cfr. Quirós, 2003; Bustamante,
coord., 2002; Pérez Gómez, 2002; Bustamante,
2001; Reig, 1998), como incidir, desde una mirada
menos transitada, en la supuesta repercusión de
este panorama sobre la libertad de expresión y
pluralidad de suministros de noticias.
Desde la
perspectiva de estos fines democráticos, la
concentración no resulta entonces, y
necesariamente, un mal en sí mismo. Y en este
punto me temo que discreparé de tantos
denostadores de la "globalización". Se
sostiene en efecto que la globalización tiende a
eliminar, en el caso de la comunicación, las
pequeñas empresas locales, devoradas por los
gigantes mediáticos nacionales o
transnacionales, que con sus economías de
escala, reducen costes, atraen los recursos
publicitarios por la mayor eficiencia de una
gestión en cadena y, como resultante final,
restringen los contenidos a una pálida y
esquemática versión de la realidad. No se trata
de negar estos riesgos evidentes. Pero no nos
engañemos con el idílico paraíso perdido de
unos supuestos medios locales incisivos,
variados, beligerantes ante el poder, e
independientes. Demasiadas evidencias existen en
cualquier lugar del mundo y en España
contamos con ejemplos bien claros en el paisaje
periodístico de las ciudades de tamaño medio o
pequeño-, de que los ámbitos locales propenden
al control de periódicos y emisoras por la
oligarquía caciquil de la zona. En tales
circunstancias, diversos medios de audiencia
pequeña y débil capacidad de obtención de
recursos publicitarios, no constituyen ninguna
garantía de voz independiente. Bien al
contrario, su endeblez económica les hace
víctima fácil de la obediencia institucional
(mediante la llave mágica de la publicidad de
los organismos públicos utilizada como premio o
castigo), o de la sumisión pura y dura a los
escasos empresarios locales con excedentes de
capital como para permitirse el lujo de perder el
dinero que requiera el sostenimiento de un
periódico, desde el que ejercer presión y
control sobre el juego de las políticas locales.
En tales
ambientes se hace ley férrea la tendencia ya
descrita en los años cincuenta por Wright Mills
(ed. 1973) de la fusión en una homogénea elite
del Poder de los en apariencia sólo en
apariencia-, diversos poderes competidores. Los
escasos actores políticos institucionales
y privados- con acceso privilegiado a tan exigua
mesa del casino mantendrán entre sí el sensato
principio de protegerse entre todos, a cambio de
evitar la amenaza de los auténticos
incontrolados. Por consiguiente, tres o cuatro
periódicos débiles en un espacio mediático
pueden contribuir mucho menos a la democrática
salubridad del desvelamiento de noticias
relevantes y el ejercicio plural de la crítica,
que un solo periódico, si éste afianza su
potencia económica en una masa de lectores y una
diversidad y magnitud de empresas anunciantes que
le protejan de las presiones de cada entidad
denunciada, por poderosa que ésta sea.
De hecho, si
echamos un vistazo aunque ya en marcos
nacionales-, a las grandes cabeceras
periodísticas, como un The New York Times,
The Washington Post, etc., vemos que basan
su credibilidad de independencia en el hecho de
haber conquistado una solidez empresarial que les
hace inmunes a las amenazas de un gobierno o una
marca multinacional del máximo poderío, con la
retirada de toda su publicidad, en caso de no
gustarles un tratamiento informativo. En un pulso
de tales características tendría probablemente
mucha más imagen que perder la marca chantajista
que la economía del periódico.
De vuelta a los
ámbitos locales, un sólido medio de economía
robusta puede defender mucho mejor a la
generalidad de los ciudadanos que varios
hipotecados a falsos empresarios de prensa (cuyas
auténticas empresas son las licencias de
construcción, la impunidad fiscal y tantas
otras). Es cierto que la ausencia de competencia
puede malacostumbrar al medio solitario. Pero
aquí ya dependerá de que su criterio rector sea
la seducción del ingreso en el club de los
"decision-makers", la simple búsqueda
del beneficio económico más rápido y abultado,
o bien al contrario, como han conseguido los
empresarios periodísticos más genuinos y
respetados, el servicio al conjunto de la
sociedad a partir de una independencia basada en
el desahogo económico.
El ciudadano
tiene a veces poca libertad de expresión que
esperar de una pluralidad de medios locales
amordazados y en cambio, la vía de denuncia de
las injusticias cercanas puede a veces
encontrarla tampoco siempre, no caigamos en
el esquematismo contrario-, en el medio global
que ajeno a los intereses provincianos puede
lanzar una voz nacional sobre cualquier asunto
que estime merecedor de la noticiabilidad. No es
por eso extraño al menos en España- que
el puesto más codiciado por muchos periodistas
locales sea el de corresponsal de alguno de los
grandes medios nacionales. Y no sólo por razones
de tranquilidad salarial (que también), sino
ante todo por escapar de la censura o autocensura
en la que viven inmersos buena parte de sus
colegas de la misma ciudad.
Las injusticias
y los silencios locales, cuando no la simple
mediocridad y grisura tradicionalistas, pueden
ser paliados, siquiera un poco, desde el
distanciamiento sin compromisos y el
cosmopolitismo de lo global. Por consiguiente, la
concentración no tiene por qué ser vista, en
sí misma, como algo necesariamente peor que su
contrario.
Pero al lado de
la concentración mediática hay otros procesos
del escenario español y seguramente
también de otros entornos comunicacionales- que
acrecientan los peligros iniciales de toda
acumulación y se muestran mucho más
cancerígenos para el ideal de la pluralidad
informativa y el debate democrático.
El primero de
ellos es el de la consonancia, advertido
hace ya varias décadas por la comunicóloga
alemana Noelle-Neuman (1973,1987), que consiste
en la homogeneidad de voces o de enfoques
(pensamiento único, en una de sus variantes),
ejercido desde la pluralidad de soportes o de
cabeceras mediáticas. ¿De qué sirve un entorno
de múltiples empresas informativas, incluso
pertenecientes a grupos ideológicos y
económicos opuestos, si todos ellos condensan su
atención en los mismos asuntos, las mismas
figuras públicas y silencian todos por igual el
resto de realidades y colectivos que resultan
marginales (o marginados) de esa corriente
principal o gran foco de luz focalizada y
monocorde?
La conocida
teoría de la agenda-setting (o
canalización de la atención pública), en la
que se inspira esta idea adicional de
Noelle-Neumann, nos señala que el mayor efecto
potencial de los medios sobre la opinión
pública no estriba en decirnos a los ciudadanos qué
pensar, sino sobre qué pensar
(McCombs y Shaw, 1972). Y al hilo de ello, la
autora alemana advierte cómo la pluralidad de
medios puede mantener en apariencia o en el
segundo nivel de sus comentarios e
interpretaciones-, un abierto debate entre
enfoques cruzados y diversos. Pero partiendo de
una férrea restricción inicial, según la cual,
el monolítico concepto de noticiabilidad de la
mayoría de los periodistas, les lleva a
coincidir constantemente en su atención sobre
los mismos asuntos y protagonistas. Se diría
y hay profesionales que literalmente así
lo denuncian-, que los reporteros y jefes de
redacción de los diversos medios le tienen
auténtico horror a ser originales, a no
coincidir con sus competidores en la selección
de los temas o asuntos de mayor relevancia. Lo
que conlleva que todos desplacen sus mejores
efectivos a los mismos puntos candentes e incluso
seleccionen los mismos actos culturales y los
mismos protagonistas de aniversarios o de
encuentros y debates para llenar sus páginas y
espacios. Por tal pavor a perder la sensación de
estar "en la pomada" (como ahora se
dice en España), o en el centro de la
noticiabilidad (como si el espacio de la
relevancia social fuera un vulgar embudo), corren
frenéticos para conseguir las declaraciones de
la celebridad del momento (y todos publican las
mismas declaraciones), compiten por contratar a
los más célebres columnistas u opinadores en
sus tertulias radiofónicas o televisivas (y el
pequeño club de los mismos opinadores simultanea
tribunas en las que se pagan cantidades
astronómicas a los pocos intelectuales de moda
mientras se desprecia cualquier otra voz no
reconocida que pudiera ofrecerse incluso de
manera espontánea).
La contrapartida
de todo esto es un espacio público hermético,
ante el que cualquier colectivo o individuo que
quisiera aportar otras denuncias o versiones de
la compleja red de realidades sociales, se
encontrará a menudo detenido ante un muro de
indiferencia silenciosa. De poco sirve entonces
una ideal abundancia de plataformas mediáticas.
Lo curioso es que a menudo quienes practican este
proceso de simplificación y reduccionismo
sienten una sincera inclinación teórica por la
búsqueda de la pluralidad y diversidad (desean
que su propio medio fuera diferente de los demás
y fuera único en mostrar toda una galería de
personajes, tratamientos y noticias). Pero a la
hora de la verdad todos parecen pensar del mismo
modo y bucear en las mismas aguas. El paroxismo
de la consonancia se alcanza en España con los
lanzamientos de promociones comerciales
(cuestión que retomaremos más adelante): a los
competidores se le ocurre en las mismas fechas
lanzar cursos de inglés similares, enciclopedias
paralelas, colecciones de películas o de libros
sobre las mismas temáticas. Y ni si quiera se
atreven a diferenciarse en el ritmo, de manera
que cuando uno iniciara su colección de monedas
otro hubiera optado por ofrecer libros de
economía. La tónica es hacer todos lo mismo al
mismo tiempo, cuestión que en el caso de las
programaciones de televisión se traduce en el
absurdo de presentar producciones del mismo
género a las mismas horas, condenando a las
partidarios de otras alternativas a esperar el
momento programado por todos para la
correspondiente reiteración; en la que el
espectador se verá de nuevo compelido a elegir
entre las mínimas variaciones del tema dominante
que entonces se imponga.
Un fenómeno en
apariencia eliminador de esta consonancia es el
hecho indiscutible del gran enfrentamiento
ideológico que los medios periodísticos
españoles vienen sosteniendo en los últimos
años, el cual fue aludido antes como
alineamiento básico en dos grandes bandos
beligerantes. Podría suponerse entonces que la
discrepancia ideológica constituiría la
contraprueba sobre la inexistencia de la citada
consonancia, al tiempo que ejercería de
antídoto contra la misma. Sin embargo tal
contradicción teórica se diluye en la práctica
mediante una controversia sólo de segundo orden.
Pues como ya apunta el núcleo de la aludida
teoría de la agenda-setting, las
diversidades (ideológicas) de el qué,
puede que se ejerzan sólo a posteriori del
acuerdo previo monocorde en el sobre qué.
Resulta así compatible para un espacio
mediático tan sectarizado como el actual
español (otro de los cánceres que comentar más
adelante), la coincidencia en los temas o
personajes, pero enfocados desde el mas visceral
tamiz a la hora de juzgarlos. La restricción del
espacio público es tan asfixiante como para
comprobar que los principales periódicos y
cadenas se ocupan a diario de algo menos de una
docena de cuestiones, reiteradas hasta el punto
de clonarse sin retoques, siquiera formales, de
una edición de noticias de la mañana a la noche
(en el seno de cada emisora radiotelevisiva), o
con una coincidencia telepática en las mismas
fotografías, textos declarativos, etc., (entre
los diversos medios de supuesta competencia e
incluso confrontación ideológica).
A partir de esa
misma pasta nutriente, nuestros medios se ocupan
después de un acerado y hasta vitriólico
ejercicio de discrepancia ideológica, en el que
los mismos hechos y hasta las mismas palabras
constituyen para unos prueba irrefutable de
maldad abyecta y para otros ejercicio de civismo
y solidaridad inconmensurables.
Podría alegarse
que la discrepancia en el modo de enjuiciar
constituye la sana garantía de pluralidad para
un espacio público. Pero habrá que advertir que
si nuestras opciones de debate se restringen a
unos escasos y estereotipados puntos de
controversia, nuestra conciencia de ciudadanos
libres y bien informados puede autocomplacerse
con una libertad de las apariencias: sobre la
ignorancia de tantos conflictos mediáticamente
sepultados, tantos grupos o movimientos sin
mención en ninguno de los periódicos
supuestamente más combativos, tantas personas
con hechos o conocimientos singulares que aportar
al beneficio común que no podrán traspasar la
burbuja impermeable de la atención salvo
la sangre o el sensacionalismo empleados como
punta de lanza- de los acomodados paladines de la
discusión sobre pirotecnias. Parafraseando a
Robert Entman (1989:8) nunca antes quizá tanta
abundancia informativa se reveló tan
insignificante para captar la diversidad real de
cuanto sucede o podría estar sucediendo.
El sectarismo
interpretativo al que además asistimos en el
periodismo español contemporáneo merece una
nueva etiqueta con la que marcar otra de las
perversiones de influencia peor que la mera
concentración: la constricción en
enfoques ideológicos unilaterales.
El derecho a
tomar partido y respaldar decididamente unas
causas frente a otras es también un derecho
legítimo de la prensa democrática. Dependiendo
de los movimientos profesionales en boga
(profesionalismo liberal, teoría de la
responsabilidad social, nuevo periodismo,
periodismo cívico, etc.), y dependiendo también
de los excesos cometidos en uno u otro sentido,
se ha visto con mejor o peor imagen la decisión
de algunos periodistas o medios de respaldar unas
posturas frente a otras, abandonando la
equidistancia cínica de quienes confunden la
objetividad con un cronómetro, la ecuanimidad
con la represión de los adjetivos o la no
beligerancia con la asistencia pasiva
narrada en primera fila- ante la extinción
de un moribundo.
Pero hay
diferentes modos de tomar partido y probablemente
uno solo, el "partidismo ad hoc", que
no desmerezca de la independencia y permita
seguir reivindicando la legitimidad de una tarea
comunicativa al servicio de la crítica genuina.
Ese partidismo, como explicaran Jay Blumler y
Michael Gurevitch (ed. 1995:64-67) en su
catálogo de formas de enfrentamiento entre
poderes públicos y medios, consiste en
implicarse con rigor, honestidad y transparencia
en cuantas polémicas un medio estime necesarias.
Pero interviniendo desde ese rigor y con ausencia
de prejuicios, las tomas de postura habrían de
ser, por fuerza, en unos casos favorables y en
otras contrarias a los diversos actores públicos
que determinan sus actuaciones en función de
patrones ideológicos o intereses corporativos.
En lugar de tan
extraño partidismo el esperable sin
embargo de una prensa genuinamente
independiente-, los medios españoles nos tienen
en cambio bien acostumbrados a la coincidencia
previa e inalterable con los respectivos amigos y
clientes. El público, a su vez, ya de por sí
inclinado al ejercicio de la "exposición
selectiva" (reforzando constantemente las
creencias propias) se ve impelido a cultivar
ésta sin la menor oportunidad de toparse con la
pedagogía democrática de alguna disonancia
opinativa. De la misma forma que -se dice-, un
hispanoparlante podría vivir semanas o meses en
Nueva York sin necesidad de cruzar una palabra en
inglés, nuestros ciudadanos españoles disfrutan
ahora -para las opciones principales al menos-,
la posibilidad de combinar un periódico, una
emisora nacional de radio y otra de televisión
en las que sólo escuchar interpretaciones de la
actualidad simpáticas para sus preferencias
políticas, con el aderezo de un constante
bombardeo de recriminaciones para las contrarias.
Y todo ello con la casi total seguridad de no
verse sorprendido por alguna manifestación
contraria que, de producirse, aparecerá
convenientemente neutralizada.
Se practica así
entre nosotros de manera profusa como en
tantas sociedades latinas, por otra parte-, lo
que Wolfgang Donsbach (1995:52) denomina el
"pluralismo externo" o de
"kiosco"; es decir, la posibilidad de
escoger entre varios enfoques sectarios a la hora
de comprar un periódico u otro, sintonizar una
emisora u otra. Pero sin la menor (o muy
excepcional) oportunidad de encontrar y
disfrutar- el "pluralismo interno"; esa
rara avis algo más conocida en sociedades
anglosajonas, de encontrar dentro de un mismo
medio, y tratadas de igual a igual, diversas
perspectivas que simultáneamente critican y
aplauden a un gobierno, a los diferentes grupos
de oposición y a otras fuerzas sociales.
Un ejercicio de
generalización como el aquí realizado ha de
incurrir por fuerza en algunas reducciones
particularmente injustas y por ello quisiera
dejar constancia al menos de que no siempre y no
todos nuestros periodistas y medios desconocen
alguna forma de quiebra de la unilateralidad.
Pero me atrevo a señalar, sin temor a
equivocarme, que la constricción mediática
española es mucho más habitual que su ruptura.
Por lo que se
refiere al alineamiento estructural cabría
establecer en nuestro periodismo un arco de
manifestación identitaria en el que situar con
diversos grados de intensidad el grado de
afinidad o discrepancia de los grupos de prensa
(que no ya medios individuales) respecto a los
distintos partidos políticos y sus intereses
corporativos. Pero una vez fijada la gradación,
las alineaciones de nuestros medios permanecen
asombrosamente invariables a lo largo del tiempo,
sean cuales sean las políticas adoptadas por
cada partido, e incluso a pesar de sus cambios de
liderazgo. Tal fidelidad por encima de coyunturas
hace pensar, más que en verdaderos compromisos
ideológicos, en una especie de sentimentalismo
visceral como el que practicamos los
aficionados al fútbol con los equipos de nuestra
vida-, o quizá como algo todavía peor para el
sentido de la función periodística: en pactos
de intereses instrumentales sin el menor
resquicio para las conjeturas teóricas Tanto
sólo los cambios de gobierno (por lo que se
refiere a la calificación de progubernamentales
o antigubernamentales) o de propiedad, parecen
romper ese rígido espectro en el que, con más o
menos intensidad, unos y otros se manifiestan.
En cuanto al
nulo o débil pluralismo interno, nuestro
periodismo muestra algunas prácticas que si bien
matizan el diagnóstico no obligan a variarlo en
lo sustancial: Se trata del juego de la
diversidad aparente que sobre todo en tertulias
radiofónicas y debates televisivos se
escenifica. Consiste éste en reunir un nutrido
grupo de partidarios de la "línea
editorial" del medio correspondiente, a los
cuales se agrega un discrepante reconocido
que suele ser la misma persona a lo largo
de meses y de años-, para que con sus
advertencias minoritarias ejerza de testigo o
prueba de supuesta tolerancia pluralista. En
realidad, bien sea por la escasa consistencia
dialéctica del disidente o por su manifiesta
dificultad para defenderse de la lluvia de
ataques del enfoque dominante, este
"proscrito" sólo contribuye a resaltar
la superioridad argumentativa del pensamiento
políticamente correcto en ese espacio o emisora.
Al haber debatido con este tipo de contrincante
"maniatado" o "sparring" se
magnifica la sensación de victoria de unos
medios ajenos por tanto al análisis crítico de
la actualidad y empeñados más bien en la mera
reiteración de los incomunicativos catecismos de
cada secta.
La llegada de
Internet, y en especial el afloramiento de la
prensa digital hacían presagiar una posible vía
de escape frente a los cánceres anteriores. El
ciudadano no dispuesto a padecer ni la
constricción local ni el alineamiento vertical
multimedia veía abrirse la posibilidad, a
través de la Red, de crear su propio recorrido
secuencial por las páginas de los diversos
medios con presencia en el ciberespacio (nótese
que en el caso de emisoras de radio y
televisión, la emisión simultánea condena, o
bien a un esquizoide salto entre emisoras con la
pérdida constante de momentos significativos, o
bien al inverosímil equipamiento -cual magnate
de las tecnologías-, de una pared plagada de
monitores y magnetoscopios desde la que escrutar
y grabar el paisaje audiovisual supuestamente
plural pero imposible de visualizar pluralmente).
En un primer
momento, y como en el resto del mundo, los medios
periodísticos españoles de soporte
convencional, crearon su versión digital, que si
bien en esta primera fase proporcionaban una
versión restringida de sus contenidos,
permitían ya, en unos pocos minutos (y obviando
la lentitud de descarga todavía evidente),
confrontar y ampliar las informaciones de unos
medios frente a otros, tanto locales o regionales
como nacionales e internacionales. Esta prensa
digital no terminaba de apuntar en la dirección
más natural para las posibilidades de su
tecnología, que al no tener ya la restricción
económica del papel o el horario de
programación, podría ofrecer documentos
íntegros, declaraciones ampliadas y textos de
mayor amplitud antes cercenados por la tiranía
del tiempo o el espacio míseramente racionados.
Bien al contrario, la mayoría de nuestros
periódicos o emisoras en red nos proporcionaban
la síntesis de la síntesis (eso sí, con unas
infografías animadas cada vez más
espectaculares). Pero se suponía que esa falta
de desarrollo del complemento informativo para el
que el medio nacía más dotado, podría irse
conquistando paulatinamente, a medida que los
medios empezaran a apreciar que un periódico
digital no tendría por qué ser tan solo el
impreso repetido con banderolas que se mueven.
Lejos ya
ciertamente de las primeras experiencias de
colocar en la Red la reproducción de la primera
página para ver qué bonita quedaba y lo
vanguardistas que estábamos llegando a ser, las
empresas mediáticas han ido comprendiendo que la
edición digital requiere un tratamiento propio
con una parte al menos de sus periodistas
dedicados a componer la información para el
nuevo soporte.
Pero, como
decía, en lugar de explotar al máximo las
posibilidades para las que el cibermedio está
mejor dotado, los editores digitales han optado
por el camino inversamente contrario: esto es,
construir una versión ligera -eso sí,
actualizada en tiempo mínimo-, de forma que el
acceso a las informaciones de más enjundia,
seguirá restringido -salvo documentos
excepcionales- al ejemplar en papel (lo que
además de costoso ya no será geográficamente
posible en muchos casos). Algunos medios al menos
han realizado un considerable esfuerzo para que
su versión digital sirva cuando menos para un
vistazo eficiente y más dinámico que su
versión impresa. Otros ni siquiera han ido más
allá de colgar tal cual una selección de sus
textos. Pero lo más grave y que obliga a
incorporar una nueva etiqueta a esta ristra de
calamidades es la instauración en España de la clausura
digital:
Las ediciones
digitales de los periódicos convencionales han
venido dilucidando en todo el mundo, qué
estrategia comercial y de contenidos afrontar
para sus nuevas páginas. En general ha triunfado
el modelo de los grandes rotativos anglosajones
según el cual, se permite el acceso completo y
gratuito a los contenidos del periódico en la
fecha del día, si bien en versión digital (es
decir, sin la reproducción fotografía estricta
del formato "pdf"), y, tras la
visualización directa de la primera página,
mediante la cumplimentación de un boletín de
suscripción gratuita. Este primer acceso en el
día de edición se sufraga mediante inserciones
publicitarias en el soporte cibernético, junto
con la participación de gastos generales que en
su caso cada empresa periodística determine en
su plan de gestión. En cambio, para acceder
tanto a la versión en "pdf" como a las
"históricas" o hemeroteca del
periódico, el usuario deberá ya contratar una
subscripción o pagar una cantidad por cada
artículo o documento que desee obtener.
Frente a esta
solución, los periódicos españoles se han
dividido entre el acceso a la versión adelgazada
digital (con acceso más o menos prolongado en el
tiempo a la hemeroteca, también digital, y con
acceso en versión íntegra "pdf" a las
portadas, en algunos casos-, mientras que otros
-al menos por ahora- han optado por la clausura
total, salvo el acceso a la primera página del
periódico y algunas informaciones de utilidad
general, como agenda del día y similares. El
acceso al desarrollo de las noticias del propio
día queda restringido, en esta fórmula, al pago
de una subscripción, de la misma manera que el
rastreo en hemeroteca, artículos seleccionados o
versiones en "pdf". Y todo ello a
tarifas poco asequibles para un ciudadano que
deseara o necesitara consultar varios medios.
Tan drástico
candado, asociado al previo pago de la llave
correspondiente (por lo que la palabra clausura
adquiere su sentido más literal), ha sido
encabezado por el diario El País, a
partir del cual algunos se lanzaron a imitarle
sin reparo ni el menor análisis realista de su
verdadera posición en el mercado, si bien parece
observarse una marcha atrás en esta opción. El
ejemplo más ridículo de esta tendencia lo
aportan algunos periódicos locales, con tiradas
en papel de unos diez o quince mil ejemplares,
que fascinados por el buque insignia de El
País, clonaron la fórmula de la clausura
sin más acceso pleno que el resumen de cabecera.
Todavía un medio de referencia puede permitirse
el lujo -en teoría-, de esperar el esfuerzo
económico de un importante número de lectores
para acceder a sus contenidos digitales. Pero un
medio que a duras penas excita los ánimos de
compra tradicional de menos del 5% de la
población de su área de influencia, comete un
increíble error de presunción siguiendo esta
política. Por el contrario, pierde la mejor
oportunidad que Internet brinda a la prensa
local, y que consiste en que un buen número de
personas oriundas de la zona y que por múltiples
razones residen en puntos alejados de la
geografía nacional e internacional, se
habituaran, por la comodidad de un acceso
sencillo y gratuito a mantener el cordón
umbilical con los asuntos de su tierra. Quizá
los gestores de estos medios piensen que tal
deseo de comunidad virtual por parte de los
emigrantes será tan poderoso como para
provocarles la necesidad del pago. Pero bastará
preguntar a esos gerentes por la cifra de
subscripciones virtuales para ver que no es así,
ya que confunden el ejercicio de un contacto
ocasional y sin compromiso -que poco a poco
podría ir creando hábito-, con la decisión
tajante de un contrato permanente. Para que éste
se produzca será preciso que la persona sopese
su deseo real con el coste económico y ya es
más difícil que aquél se mantenga entre sus
prioridades.
El movimiento
drástico hacia la clausura virtual, encabezado
por El País e imitado de forma tan
insensata por algunos de los más pequeños, no
ha sido secundado con la misma intensidad por
muchos otros de nuestros principales diarios, e
incluso existen rumores de que el fracaso en las
expectativas de subscripciones experimentado por El
País, está a punto de obligar a éste a
cambiar de rumbo. El diario El Mundo ha
sido el que quizá apostó de una manera más
rápida y elaborada por un modelo alternativo de
versión digital semiabierta, con notable
amplitud de contenidos periodísticos (en
ocasiones incluso con el seguimiento de noticias
por su redacción autónoma, que elabora
informaciones no contenidas en la versión en
papel), dejando sólo clausurado el servicio de
hemeroteca y la edición completa en papel (en
"pdf"). Con otra estrategia intermedia,
otros diarios como ABC y La Vanguardia,
han optado por un acceso ilimitado a la primera
página y un acceso gratuito posterior al resto
de contenidos del día -en la versión adelgazada
o sintética del formato digital-, una vez
cumplimentado un formulario de petición sin
coste. En estos casos, el acceso al
"pdf" y a la hemeroteca siguen
restringidos a una suscripción de pago.
Sin duda, el
esfuerzo en inversión tecnológica y humana
desplegado por los diarios tradicionales en la
Red legitima la búsqueda de recursos que
financien ese esfuerzo. Pero el momento de
importante crisis publicitaria, a finales de los
noventa y primeros años dos mil, en que la
propia prensa de papel experimentó un notable
descenso de anuncios, condujo demasiado rápido a
suponer que el modelo de financiación por
inserciones publicitarias en la Red resultaba
inviable (ante la evidencia, además, de lento
crecimiento del acceso de los españoles a
Internet, estimado al comienzo de 2004 en un 25%
de la población según los cálculos más
optimistas). Por otra parte, la oferta de
subscripciones electrónicas por conglomerados de
periódicos de empresas diferentes ni siquiera ha
sido ensayada, la cual quizá sí haría
plantearse a un sector más amplio de ciudadanos
el esfuerzo de un pago por el acceso conjunto a
diversos diarios de consulta, al margen del que
más asiduamente compre cada usuario.
Pero de una
manera u otra, en una encrucijada aun no
decidida, y que sin duda experimentará
transformaciones importantes a corto plazo, lo
relevante en términos de ciudadanía y de acceso
popular al espacio público, es que la clausura
total o intermedia de las versiones electrónicas
de nuestro periodismo cercena por ahora una de
las promesas más igualitaristas y globalizadoras
en sentido positivo de la era Internet: esa
verdadera aldea global macluhiana en la que
cualquier individuo en cualquier lugar podría
consultar y confrontar las informaciones de los
medios periodísticos profesionales, sin más
limitación que el conocimiento de lenguas de
cada cual.
La demanda de
ese acceso más indiscriminado y pleno sigue
patente, no obstante, por el afloramiento de otra
prensa digital alternativa, constituida por los
diarios exclusivamente virtuales (Cfr. por
ejemplo, Albornoz, 2001),3 o el tímido aún
fenómeno entre nosotros de las
"weblogs", "blogs" o
"bitácoras". Unos y otros prueban que
en diversos sectores del público español
persiste una apetencia insatisfecha de
información de actualidad y de análisis de la
misma, que los medios convencionales no están
siendo capaces de satisfacer, como consecuencia
bien probable del hastío provocado por la
concentración, la consonancia, la constricción
y la clausura hasta aquí señaladas.
Este otro
fenómeno naciente, aunque minoritario, de
ciberperiodismo, a menudo semiprofesional o
decididamente amateur, constituye en sí mismo
otra virtud de la globalidad en su vertiente de
sociedad abierta. En otros países como Estados
Unidos, la fuerza del mismo empieza a preocupar
seriamente a los gestores del periodismo
convencional, que intentan atraer y asociar a sus
empresas a los "bloggers" más exitosos
para neutralizar su competencia. Pero la
proliferación de informadores y comentaristas
virtuales espontáneos no puede llevarnos a
engaño respecto a la necesidad en una democracia
madura de un servicio de información de
actualidad amplio, contrastado, clarificador y
riguroso respecto a los asuntos de máxima
trascendencia para la vida pública de las
comunidades. Tales condiciones sólo puede
garantizarlas un periodismo de calidad y sometido
a una exigente criba de profesionalidad, que sin
negar -e incluso aplaudiendo- el derecho a la
libertad de expresión de cuantos quieran
contribuir con su granito de arena electrónica,
suministre más allá de ese primer nivel de
libertad, un consumado ejercicio de información
selecta -tanto en el plano de la descripción de
hechos, como del análisis y el contraste de
opiniones-, con el que facilitar en las mejores
condiciones de reflexión y suministro de datos,
el ejercicio de la deliberación democrática.
Por ello,
mientras algunos se apresuran a diagnosticar la
muerte del periodismo (a veces bien merecida por
su ensimismamiento miserable), a manos de los
nuevos cibericonoclastas, es ahora cuando más
indispensable y valioso puede llegar a
considerarse (como agudamente señala David
Weaver, 1998-1999:223), el genuino ejercicio de
una descripción periodística pormenorizada,
tras una criba inteligente, conforme a criterios
intelectualmente sólidos de relevancia, y con el
acompañamiento de una crítica implacable,
plural e independiente, respecto a nuestra
confusa y profusa avalancha de señuelos
informativos.
En tal
contraposición entre la concentración de
insuficiencias periodísticas (que no se limita a
la sinergia de los capitales) y las necesidades
de recuperación de un periodismo genuino, cobra
todavía mayor dramatismo el último de los
jinetes apocalípticos que asolan nuestro
periodismo contemporáneo: el de la comercialidad.
El comercialismo
con sus diversas facetas, nacidas como agudamente
recordara John Thompson,4 de una natural y
necesaria asociación del periodismo con las
demandas espontáneas de su audiencia potencial,
ha ido poco a poco contaminando y arrinconando la
parte nuclear de la descripción y el comentario
de noticias de la vida pública hasta
transformarlo en ese nuevo híbrido de presencia
internacional rampante que llamamos infoentretenimiento,
y que parece capaz de rematar definitivamente al
achacoso pero todavía imprescindible viejo
periodismo (Hallin, ed. 1997).
Pero en el caso
español no me detendré siquiera en las
manifestaciones de hipercomercialidad que suponen
la expansión de la "prensa rosa", los
"reality shows", "debates
basura", o la estridencia informativa y el
morbo como principal enfoque de los pocos temas
serios que obtienen un hueco entre toneladas de
noticias deportivas, de crónica negra o
simplemente frívolas. Todo eso son aspectos del
ingente comercialismo que alimenta la maquinaria
informativa de la mayoría de los medios
públicos y privados de nuestro país. Pero la
incidencia del comercialismo en su totalidad
está todavía más acrecentado, en mi opinión,
por otros aspectos colaterales y limítrofes, que
por eso mismo enmarcan o encuadran
-amplificándola- la gravedad del escenario.
Propongo fijar la mirada, no ya en el contenido
intrínseco de la información comercializada -de
suyo deprimente-, sino en los materiales del
enmarcado; literalmente como si al contemplar una
pintura dijéramos que todavía más
impresionante que la composición interior
resultara serlo el recubrimiento de las tablas
que lo diferencian de la pared.
Y en nuestro
caso, la expansión final del comercialismo
extremo consiste en la desaparición de los
límites o los marcos. Es decir, la mezcla a tal
punto entre información y comercio que los
periódicos españoles se han convertido en
bazares mientras los periodistas de radio y
televisión engarzan sus mensajes periodísticos
con su reclamo como vendedores de todo tipo de
bisuterías.
En lo que atañe
a la prensa de papel, circulan con asiduidad los
comentarios chistosos sobre las capacidades de
carga que necesita el comprador de un diario, al
llegar acompañado cada ejemplar con un tomo de
enciclopedia, el DVD de una película, un
dinosaurio de plástico o diversas combinaciones
de éstos y otros abalorios, todo ello recubierto
con llamativos cartonajes que incrementan el
volumen del empaquetado. Los más enloquecidos
por la avalancha resultan ser los dueños de los
puestos de venta, que requerirían espaciosos
establecimientos para desplegar los accesorios
tan variados y complejos que todos nuestros
diarios y revistas suministran,5 y que ante la falta de
aquéllos despliegan como pueden sus muestrarios
por los alrededores.
Tales
estrategias para hacer más atractiva la venta,
en un mercado de dura competencia y exiguas
cifras de lectores, podrían contemplarse en un
principio como un pintoresco tributo a la era del
consumismo, pero que en nada afectaría al
núcleo informativo de la prensa, ajena y pulcra
en sus contenidos genuinos, y sólo
"enmarcada" por esta parafernalia,. Sin
embargo, la invasión del marco no se limita
hacia el exterior de las aceras de los kioscos
-por las que el caminante se ve obligado a veces
a ejercicios de equilibrista-. Sino que se
produce también hacia el interior del diario,
colonizando páginas en teoría dedicadas a
explicar la actualidad diversa y que en cambio se
destinan a describir no en formato
publicitario, sino como relato intelectual-, la
obra maestra del cine o la literatura que esa
semana acompañará los ejemplares del
periódico.
Es indudable
que, en ocasiones, las colecciones de libros o
películas que los diarios recuperan así para la
memoria colectiva y a precios insignificantes,
constituyen en sí mismas una loable labor de
divulgación cultural. Gracias a estas campañas,
en efecto, todos los lectores habituales nos
sentimos satisfechos de adquirir una novela
inencontrable o de haber descubierto un autor
hasta entonces desapercibido. Pero al mismo
tiempo resulta muy dudoso -y pone en cuestión la
credibilidad, ese tesoro capital del periodismo-,
que las obras promocionadas sean tan excelentes,
cuando en realidad muchas han sido seleccionadas
por criterios populistas u oportunidades de saldo
editorial. Cuando los firmantes de tales páginas
divulgativas son los mismos críticos de
literatura o cine de las secciones fijas, el
lector puede empezar a recelar que las mismas
exageraciones volcadas en las páginas de
promoción, no estén también presentes, por
similares dependencias comerciales, en los
supuestos ejercicios de la crítica cultural. Por
otra parte, la generosidad de varias páginas
destinadas muchos días a este otro periodismo de
divulgación cultural, contrasta con el cicatero
espacio que merecen muchas noticias y artículos
de las secciones de máxima relevancia
sociopolítica. Por lo que cabe preguntarse si el
periodismo puede respetarse a sí mismo al alejar
su centro de gravedad incluso en términos
cuantitativos- del análisis y descripción de
los asuntos públicos cotidianos que afectan la
estructura institucional de la comunidad.
La confusión
entre periodismo y mercaderías resulta aún
mucho más apabullante en el caso de los
informativos audiovisuales. Dejando al margen,
por sobriedad expositiva, la invasión de los
boletines televisivos con cortes publicitarios
(que hace tan sólo una década estaban
prohibidos por ley), me centraré en el fenómeno
cada vez más extendido de los periodistas
radiofónicos que mezclan información, opinión
y reclamo publicitario en el transcurso de una
misma frase. Hace menos de diez años que un
célebre periodista radiofónico, Antonio
Herrero, realizó una acalorada denuncia en su
espacio de noticias por que una compañera de su
emisora hubiera pasado a presentar un programa de
entrevistas y comentarios en televisión, en el
transcurso del cual ella misma intercalaba frases
de promoción comercial de diversos productos.
Hoy día aquel periodista, luego fallecido en
circunstancias trágicas, tendría que haber
optado por abandonar el periodismo radiofónico o
por tragarse sus palabras, ante la
"normalidad" con la que sus compañeros
de equipo y buena parte de sus competidores en
las emisoras privadas practican hoy sin el menor
sonrojo esa peculiar amalgama en la que la misma
persona que acaba de criticar un tráfico de
influencias políticas nos anuncia, acto seguido,
que para superar tan amargo momento conecta con
un representante de unos conocidos Grandes
Almacenes en el que podremos comprar los
productos más fabulosos a precios de ganga. Lo
más inaudito de este comportamiento generalizado
en nuestras emisoras de radio privada, no es ya
que suceda, sino que ninguna voz del espacio
público lo critique y que quienes lo practican
con más asiduidad y pingües beneficios pasan
por ser ejemplos sobresalientes de nuestro mejor
periodismo.
Ante expresiones
como las aquí seleccionadas de una galería
mucho más profusa, cabe concluir lamentablemente
que el comercialismo desarrollado a estos
extremos reduce a juego de niños los supuestos
estragos de la concentración empresarial.
Porque, como en realidad articula la tesis
subyacente de este ensayo, asistimos a una
concentración supraconvergente, al menos en
España, en la que la consonancia de las
percepciones, la constricción de los idearios,
la clausura de los accesos, y la restricción de
la uniformidad comercial, fulminan las mínimas
posibilidades de apertura, controversia plural y
creatividad crítica a las que el periodismo
formado en los ideales de la Ilustración siempre
aspiró. En tales condiciones qué más da que la
oclusión de la disparidad de voces y
pensamientos sea controlada por una pequeña
oligarquía o quede distribuida entre un numeroso
ejército de clones.
No quisiera
concluir, sin embargo, propiciando una visión
sin contrapuntos del cuadro dibujado, que por
fuerza resultará incompleto al estar centrado en
unos aspectos que no suelen ser los más
atendidos. Es preciso recordar igualmente que ese
periodismo español que se debate entre tan
inquietantes fenómenos, también da muestras
diarias de revelaciones impagables para la
salubridad cívica o de escrutinios tenaces y de
enorme riesgo personal y grupal, bajo el criterio
clásico de compadecer al afligido y afligir al
prepotente. Y que en medio de las tendencias
denunciadas sigue habiendo periodistas y empresas
de periodistas que capean como pueden el temporal
y dan muestras cotidianas de independencia,
ecuanimidad y rebeldía ante tantas tentaciones
de homogenización en la corriente principal.
Para contribuir de algún modo a que estas otras
tendencias prosperen o al menos no se extingan es
necesario insistir con el foco sobre las
circunstancias negativas; aun a riesgo de parecer
injustos con las realizaciones nobles y positivas
que también están presentes y nos alientan a
seguir confiando en la insustituibilidad del
periodismo.
_____
Notas:
1 Thomas Jefferson en carta a
Edward Carrington, 16 de enero de 1787, en D.
Paletz (1998:3 y 18).
2 Este decidido defensor de la educación
universal, el respeto a las opiniones populares
como principio de gobierno y la función crítica
de la prensa fue también capaz de financiar
desde la Presidencia un periódico gubernamental
para defender su política y ordenar la
persecución por libelo de algunos medios que le
acusaban de demagogo y cuasi dictador (Perloff,
1998:19). El clima de alianzas y odios que
Jefferson sostuvo con diversos publicistas
propició que uno de ellos, al que había
liberado de la cárcel acusado de sedición, tras
reñir con él, se dedicara luego a difundir
diversos escándalos personales del Presidente,
entre los que destaca su nunca desmentida
relación con una de sus esclavas, desde los 14
años de edad de ésta, y con la que habría
llegado a tener cinco hijos (Thompson,
2001:198-199).
3 Según recoge este autor, en el año
2000, La "Oficina de justificación de la
Difusión" (OJD) identificaba en España 38
diarios "on-line", si bien en su
mayoría consistían en las versiones digitales
de su hermanos en papel. En el año 2004, de los
55 diarios incluidos en el control de OJD como
diarios "On-line", sólo cinco son
cabeceras de presencia única en la Red ("El
Confidencial", "Libertad Digital",
"Panorama Actual", "Vilaweb"
y "Xornal.com"). A estos puede
añadirse alguno más de relativo éxito, como
"La Estrella Digital" o "Diario
Directo", que están presentes en la Red
pero que no someten el control de sus accesos a
la citada oficina de medición.
4 En concreto señala este autor (ed.
2001:81) que, cuando comienza a configurarse la
actividad periodístico como profesión, a
finales del XIX, "también reconocía la
necesidad de presentar los hechos en forma de una
historia que fuese amena, colorista y
entretenida. La fidelidad a los hechos y el
entretenimiento constituían el doble ideal de la
profesión periodística emergente. Sin embargo
estos ideales no siempre eran perfectamente
compatibles".
5 El "más difícil todavía"
lo practica recientemente uno de los principales
periódicos de circulación nacional, que con la
compra de cada ejemplar ofrece al cliente la
posibilidad de elegir un coche en miniatura como
juguete de niño, o una muñequita para elección
de la niñas. Al margen de las críticas por
"sexismo inducido" que pueda despertar
esta estrategia de ventas, habrá que imaginar el
conflicto causado a padres con criaturas de ambos
sexos, cuya única solución tal vez tenga que
ser la compra de dos ejemplares.
__________
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del siglo XXI", Cuadernos de Información
y Comunicación (CIC), nº 4. Madrid. Fac.
CC. Información Univ. Complutense.
* José Luis
Dader es miembro del
Consejo Editorial de Sala de Prensa. Profesor titular del Área Periodismo
en Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Este artículo fue escrito
para el V Aniversario de SdP.
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