Sala de Prensa

64
Febrero 2004
Año V, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


La ética como identidad compartida

Raquel San Martín *

RESUMEN: A pesar de que los diagnósticos sobre la crisis que atraviesa el periodismo son numerosos, no parecen tener impacto en las prácticas cotidianas de la tarea de informar. En la línea del llamado "periodismo de calidad", se propone en este artículo la recuperación de dos conceptos básicos para transitar los cambios necesarios y urgentes. Por un lado, la información como bien público, nutriente esencial de una sociedad democrática. Por otro, la convicción ética de las implicancias y responsabilidades que exige la práctica profesional del periodismo. Más aún, se propone a la ética como el valor fundante de una identidad profesional, hoy también en crisis.

Desde hace ya algunas décadas, denunciar la crisis del periodismo y describir las deformaciones en su ejercicio se ha convertido casi en un lugar común. Hay quienes, incluso, han llegado a pronosticar la próxima desaparición del periodismo como lo conocemos, su transformación en una rama del espectáculo y hasta su disolución en los beneficios de una tecnología que permitiría la "autoinformación".

A pesar de la solidez diversa de estos análisis, se puede rastrear en la mayoría de los diagnósticos una crítica central: el periodismo ha dejado de cumplir con su función principal y propia, es decir, acercar a los ciudadanos la información necesaria para que puedan tomar mejores decisiones, orientarse en la vida pública, conocer aquello que no pueden vivir en forma directa y controlar a quienes ejercen el poder. Lejos de garantizar la salud del sistema democrático, el periodismo estaría incluso poniéndolo en peligro. Como dice Gómez Mompart (2001), "las maneras que hasta ahora habían servido a los periodistas más competentes y a los medios de información más serios para explicar el mundo están parcialmente oxidadas". En concreto, las formas de presentar y relatar los acontecimientos resultan insuficientes, y el lenguaje periodístico dice poco, nada, o, peor aún, esconde o distorsiona la realidad.

En rigor, el periodismo muestra hoy un rostro irreconocible: mezclado con el entretenimiento, contaminado por las operaciones políticas, con fronteras generosas que admiten que cualquier contenido que alcanza el espacio público se etiquete como actividad periodística, incapaz de anticipar las crisis sociales. Se ha convertido en una actividad "ensanchada", que abarca con su nombre a varias funciones vinculadas con la información, pero que suponen perfiles y productos periodísticos muy diferentes.

Más aún, la concentración económica de los medios de comunicación, su influencia como factores de poder, la precariedad laboral en muchas empresas informativas y la complejidad creciente de la realidad política y social hacen que los principios que caracterizaron al periodismo desde su constitución como actividad autónoma hace más de un siglo estén atravesando un período de cuestionamientos y redefiniciones.

Sin embargo, a pesar del acuerdo que existe en distintos sectores sociales sobre los alcances de esta crisis del periodismo, el consenso no parece incidir en las prácticas periodísticas más generalizadas, en buena medida por la histórica reticencia del campo periodístico a la autocrítica.

Ahora bien, si, como se pretende aquí, se acepta la necesidad y la urgencia que demandan los cambios, ¿cuál podría ser el punto de partida para el debate? Se podría empezar, por ejemplo, acordando los principios y direcciones que deberían guiar las transformaciones. Si se busca "un periodismo más útil socialmente", sirve apelar a un "periodismo de calidad", es decir aquel que se fija centralmente el objetivo de alcanzar "una nueva forma de conseguir y relatar la información más ajustada a la realidad, o sea, más útil, más clarificadora, más provechosa para la ciudadanía en general" (Gómez Mompart: 2001).

En este contexto, "precisamos un periodismo que se ponga al día, un periodismo capaz de explicar un mundo más complejo, una realidad menos aparente, unos problemas complicados pero resolubles, unas aspiraciones sociales legítimas e inexcusables. Y todo eso no puede hacerse con una enseñanza periodística envejecida, con unos géneros y formatos anquilosados, con un léxico y un lenguaje tópicos, con unos mimetismos rancios ni tampoco con un inmovilismo empresarial y profesional" (Gómez Mompart: 2001).

El profesional que entiende su tarea de este modo es sustancialmente distinto al "comunicador" actual, para empezar, porque pone el eje de su trabajo fuera del microclima periodístico y de las exigencias de las rutinas productivas, para situarlo en de la realidad social que debe escudriñar, comprender y relatar en toda su complejidad.

Volver a los orígenes

Con esta dirección general planteada, ¿cuál podría ser el primer paso? Cuando, como sucede hoy, las generosas y móviles fronteras del periodismo abarcan cada vez más funciones, tareas y personas distintas, cuando el espectáculo, la opinión y la operación política se visten de información, cuando todo y nada es periodismo, la respuesta aparece clara: volver a las fuentes.

En otras palabras, redefinir qué es el periodismo –si es que alguna vez existió una definición mínimamente consensuada de su identidad; crearla si no es así–, distinguir quiénes son periodistas y quiénes deben recibir otro nombre para calificar su actividad; cuál es la tarea específica que el periodismo cumple en una sociedad determinada y cuáles son sus principios básicos; pero, sobre todo, construir una visión ética compartida sobre el ejercicio de la profesión, que conserve los estilos y la pluralidad como riqueza básica de la actividad periodística. En la práctica cotidiana, sin apartarse de los avances tecnológicos ni volverse ciego a las innegables transformaciones sociales y del mercado, se impone volver a las fuentes, lo que "quiere decir regresar a las viejas prácticas de investigar, chequear y reconfirmar nuevamente antes de consignar y publicar los hechos. Aceptemos que la opinión es importante, pero más importante aún es la veracidad de lo que se cuenta y la forma como se lo hace" (Morales Solá: 2002).

En este camino, se impone recuperar dos nociones básicas en la actividad periodística: la información entendida como bien público y una noción personal de la ética profesional.

Información, materia sensible

El libre consenso que caracteriza a una sociedad democrática depende en gran medida del conocimiento suficiente de los bienes y los valores en juego y en discusión. En la democracia, la información correcta es condición sine qua non para su supervivencia y prolongación en el tiempo, es "la premisa para que tenga sentido cualquier tipo de discusión y de decisión que resguarde el espacio público" (Bettetini y Fumagalli: 2001).

La materia prima del periodismo es, como se ve, un material altamente sensible y frágil, motivo de disputa de los poderes públicos, mercancía valiosa. Es, principalmente, un bien público, es decir, aquel que corresponde a todos los cuiudadanos por el solo hecho de serlo, en la misma categoría que la educación, la salud, la justicia o un medio ambiente saludable. Eso, siempre y cuando la información sea "verdadera y en algún modo esencial, mientras que toque temas relevantes, aquellos sobre los cuales es necesario decidir, tomar partido, tanto en el ámbito público como en el privado" (Bettetini y Fumagalli: 2001). La información falsa, la deformación, es la negación misma de la información, un veneno más que una mala comida.

De esta noción a la necesidad de la ética como valor central de la práctica del periodismo media un paso. Por las funciones sociales que cumple en una sociedad democrática, el periodismo tiene una vinculación esencial y constitutiva con la ética. Si se concibe a la información como un bien público, cuya circulación libre y contenido veraz e independiente garantizan la vida democrática de una comunidad, el manejo responsable de esta sensible materia prima es condición de la actividad periodística.

Periodistas y medios tienen su principal juez en los ciudadanos, ante quienes deben dar cuenta de la responsabilidad que contrajeron con la sociedad al hacerse cargo de la tarea de buscar y difundir información. Y no se trata solamente de una declaración abstracta, sino de un deber constitucional. Como dice Restrepo (2003), "el periodista debe su primera respuesta, antes que a nadie, a la sociedad que es la que consagra y defiende la libertad de expresión en las constituciones de los países".

Sin embargo, esta idea, que nadie discutiría hoy seriamente en la teoría, choca inmediatamente con múltiples obstáculos en cuanto se aplica en la práctica cotidiana.

Los principales dilemas éticos de los periodistas no están ya en los valores que se enumeran en los códigos deontológicos. A pesar de algunos ejemplos recientes en contrario, la libertad de expresión puede considerarse un valor reconocido, al menos en la letra de la ley, en la mayoría de los países democráticos del continente. Por el contrario, los problemas éticos fundamentales son de origen interno y derivan de la inédita crisis de identidad que atraviesa la profesión. Con la independencia y la veracidad convertidas en principios vacíos de contenido –o reemplazados por la primacía de los intereses económicos y políticos de los medios y su necesidad de generar ganancias–, la propia función social del periodismo se desdibuja. Más aún, no muchos informadores podrían hoy responder quién es periodista o para qué sirve el periodismo en una sociedad democrática.

Más que un código deontológico general, más que una declaración de principios, los periodistas necesitamos hoy incorporar una conciencia ética y un convencimiento íntimo sobre las implicancias que tiene la tarea de informar, que oriente el trabajo cotidiano y permita procesar las presiones a las que la profesión está sometida.

Los condicionamientos no siempre son explícitos y se comentan poco entre colegas, pero son reconocidos y casi aceptados como inevitables. Por un lado, provienen de las empresas informativas, sometidas a los principios de la competencia de mercado y limitados por las crisis económicas. Por otro, se originan en las condiciones de trabajo de los periodistas, que se han deteriorado en las últimas décadas hacia la generalización de formas de contratación precarias, trabajo ad honorem, pluriempleo y salarios bajos. La presión más novedosa, en tanto, proviene de la fuente menos pensada: el público. Mejor formados, más acostumbrados a la lógica mediática o simplemente menos ingenuos, los ciudadanos sospechan cada vez más de las buenas intenciones de "los medios", sin muchos elementos para distinguir la extraordinaria variedad de profesionales y calidades que incluye ese colectivo.

Aunque se trata de un fenómeno que se va generalizando en el continente, sirve presentar el ejemplo de la Argentina, donde desde la recuperación democrática en 1983 y durante buena parte de la década del 90 el periodismo gozó de altísimos niveles de aprobación entre los ciudadanos, una tendencia que se ha revertido, con particular énfasis en los últimos años.

En una encuesta realizada en ese país por el Centro de Estudios Nueva Mayoría en junio de 2002, los medios obtuvieron un 27% de imagen positiva, cifra que representó un descenso violento desde el 44% registrado el año anterior. El 32% atribuyó a los medios una imagen negativa y el 40% optó por calificarlos con "regular". Un recorrido histórico muestra que esta disminución de la credibilidad de los periodistas ha sido progresiva, y no ha detenido su caída desde el pico de 62% de imagen positiva en 1996, bajando al 53% en 1998 y al 49% en 2000. Según el responsable del estudio, el politólogo Rosendo Fraga, el desgaste de la imagen de los medios responde en la Argentina a que son "escenario de una lucha de poder y caja de resonancia de la crisis política". Algunos periodistas consultados por el mismo tema lo atribuyeron totalmente a razones internas a la profesión, como "la soberbia, la sobreexposición de los periodistas y a que la gente está sospechando que en muchos sectores del periodismo puede haber actos de corrupción"; o, en el mismo sentido, a que "la gente está observando comportamientos sospechosos de algunos periodistas y una pelea desesperada por el rating en TV" (Reinoso: 2002).

Ante este conjunto de condicionantes, una reacción frecuente de los periodistas es evitar la reflexión, limitarse a cumplir la tarea y retener el puesto de trabajo; en consecuencia, renunciar a su responsabilidad social y seguir erosionando el único capital capaz de protegernos en épocas turbulentas: la credibilidad de los ciudadanos.

Este sentido ético para la práctica cotidiana que proponemos sólo puede desarrollarse, instalarse y mantenerse, si se lo comparte y discute con los colegas. Intercambiar experiencias y debatir los dilemas éticos sería poner en marcha una práctica saludable, que los periodistas solemos evitar: reflexionar sobre la profesión y transparentar sus pliegues menos amables. Ante un campo profesional extenso, multiforme y heterogéneo, como se ha descripto más arriba, uno de los valores centrales para distinguir a un periodista de quien no lo es debería ser su comportamiento responsable en la búsqueda de la información, la construcción de los relatos y su difusión a los ciudadanos.

La urgencia de estas discusiones entre colegas latinoamericanos se hace evidente ante la inestabilidad institucional de nuestros países. Además de ejercer una tarea de fiscalización sobre los poderes, perpetuamente inclinados a la corrupción, el periodismo latinoamericano debe promover la formación ciudadana y ser la voz de alerta para anticipar las crisis.

En el nuevo y convulsionado orden mundial, a cuyo nacimiento estamos asistiendo, América Latina tiene reservado un lugar novedoso, que le exige promover una renovada identidad común. Más acá de los grandes medios y sus intereses transnacionales, las personas dedicadas al periodismo como actividad profesional debemos sentirnos parte activa de la reconstrucción de la ciudadanía regional. La ética debería ser considerada el valor inamovible en un tiempo de inestabilidades que parecen haberse vuelto la regla.

__________
Bibliografía:

-Bettetini, Gianfranco y Fumagalli, Armando (2001): Lo que queda de los medios. Ideas para una ética de la comunicación, ediciones La Crujía, Buenos Aires.
-Gómez Mompart, Josep Lluís (2001): Periodismo de calidad para una sociedad global. En: Pasajes, nro. 7, pp. 25-35, Universidad de Valencia.
-Morales Solá, Joaquín (2002): La hora de la autocrítica. En: diario La Nación, suplemento Enfoques, Buenos Aires, 29 de septiembre.
-Reinoso, Susana (2002): Desciende la imagen de los medios en la opinión pública. En: diario La Nación, Buenos Aires, 18 de septiembre.
-Restrepo, Javier Darío (marzo 2003): El poder del periodista. En: Revista Chasqui, nro. 81.


* Raquel San Martín trabaja en la sección Cultura del diario argentino La Nación. Egresada de la Universidad del Salvador, con un máster en Periodismo y Sociedad de la Información de la Universidad Autónoma de Barcelona (título actualmente en trámite). Docente de las carreras de Comunicación Periodística y Comunicación Publicitaria de la Universidad Católica Argentina. Esta es su primera colaboración para Sala de Prensa.


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