Sala de Prensa

63
Enero 2004
Año V, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Homenaje a Gabriel García Márquez

CENTRO AMERICANO DEL PEN CLUB
Town Hall, Nueva York, 5 de noviembre de 2003.

En la noche del miércoles 5 de noviembre, el teatro Town Hall de Manhattan se llenó con unas mil 500 personas que atendieron la convocatoria del Centro Americano del Pen Club y la editorial Alfred Knopf para rendir homenaje a Gabriel García Márquez. En una emotiva velada, tomaron la palabra un grupo de reconocidos escritores, periodistas y traductores, que celebraron al autor colombiano, considerado el novelista vivo más importante del mundo, con sus anécdotas, comentarios personales y lectura de fragmentos de su obra. La faceta de Gabo como periodista fue celebrada como indivisible de su obra literaria y se destacó a la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI) como una especie de obra viva de García Márquez para beneficio de las nuevas generaciones de periodistas latinoamericanos. La lista de participantes incluyó a los escritores Paul Auster, Salman Rushdie, Jon Lee Anderson, Edwidge Danticat, Francisco Goldman, William Kennedy, José Manuel Prieto, Rose Styron, la traductora Edith Grossman y Jaime Abello Banfi, director de la FNPI, que tiene su sede en Cartagena.

El homenaje a García Márquez coincidió con la publicación de la traducción al inglés –por Edith Grossman- del libro de memorias Vivir para contarla y es el último en la serie Homenajes a Maestros Literarios del Pen, que anteriormente ha reconocido a Samuel Beckett, John Steinbeck, James Baldwin, Virginia Woolf y Vladimir Nabokov, entre otros.

El programa comenzó con un mensaje especial del expresidente Bill Clinton grabado en video y terminó con la lectura de las palabras que García Márquez envió para la ocasión. El escritor indio Salman Rushdie resumió los intensos sentimientos de los presentes cuando dijo: "...leer a García Márquez es algo fantástico...Todos los que hemos subido al estrado esta noche podemos recordar el día en que leímos a García Márquez por primera vez. Este es un evento colosal".

A continuación, la trascripción al español, completas, de las intervenciones que mencionaron a la FNPI: Jon Lee Anderson, Bill Clinton y Jaime Abello Banfi. Otros textos del homenaje se pueden encontrar en: www.fnpi.org

Jon Lee Anderson

Veinte años atrás, era yo un joven reportero que vivía en Tegucigalpa, la capital hondureña, y reparé en un hombre ya viejo -un personaje muy notorio, vestido íntegramente de negro, con un anticuado traje que hacía juego con su sombrero de ala curva, también negro- que vagaba por las estrechas calles de la ciudad, todos los días a la misma hora. Iba siempre solo, y trasuntaba una inmensa tristeza.

Pregunté quién era el viejo y me dijeron que ya formaba parte del mobiliario urbano: lo llamaban El Cuervo, un antiguo verdugo a sueldo de un dictador particularmente infame de los años treinta. Muchos años antes, El Cuervo, arrepentido de su sangriento pasado, había adoptado las ropas negras del luto y se había consagrado a una vida de pública penitencia. Cuánto tiempo había llevado puesta su vergüenza, ya nadie lo recordaba.

Cuando escuché esta historia, me dije: "¡Esto parece salido de Gabriel García Márquez!" Fue para mí una especie de epifanía. Pude contemplar la narrativa de GGM en un plano completamente distinto. Comprendí que la historia no era una cosa muerta, que se mantenía viva en el imaginario de las personas y que podía seguir obrando sobre este mundo que habitamos de un modo misterioso pero muy elocuente, mucho después de haber sucedido. Quizá la verdad objetiva acerca de la historia del viejo no era tan sustancial como la pintaba la tradición local. Pero aquel hombre venía a encarnar los sentimientos irreconciliables de una nación respecto de su pasado. Esta sencilla idea me ha acompañado desde entonces. Lo que habita la mente de las personas es por lo general más revelador que lo que las apariencias dejan ver.

Creo que no habría llegado a comprender esto si no hubiera leído Cien años de soledad. Pocos autores contemporáneos han incrementado tanto nuestras percepciones, han mejorado nuestra aptitud para ver las múltiples realidades del mundo que nos rodea del modo en que lo ha hecho Gabriel García Márquez.

Soy un periodista, y el hecho de que Gabo haya comenzado su tarea de escritor como periodista significa mucho para mí. El periodismo le brindó un empleo seguro mientras trabajaba en su narrativa. Durante buena parte de los años cincuenta y sesenta, obtuvo a través del periodismo el sustento para su familia, y nunca abandonó por completo el oficio, a pesar de ser conocido en todas partes como el creador de un universo literario basado en la manipulación de la realidad objetiva. El propio Gabo ha dicho que el periodismo es la profesión más bella del mundo, que su mayor nostalgia es la de la época en que era un joven reportero. Entiendo que no se trata de simple retórica para endulzar los oídos. Gabo ha dado generosa sustancia a sus palabras en los últimos tiempos, a través de su participación en la revista Cambio, en Bogotá, y de la creación de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, con sede en Cartagena de Indias, la ciudad caribeña donde dio sus primeros pasos como reportero.

Una vez me explicó su peculiar visión de la Fundación -en un tono de paternal orgullo, pero también con un dejo de irreverencia cómplice- como el núcleo de una simpática especie de "mafia". La Fundación alienta a los periodistas latinoamericanos -jóvenes cronistas como alguna vez él mismo fue- brindándoles un foro permanente donde aprender nuevas técnicas, reunirse e intercambiar ideas y formar equipos de trabajo fundados en un espíritu de camaradería que, ansía Gabo, será profundo y duradero.

Ha sido uno de los más grandes honores para mí el haber sido partícipe de las actividades de la Fundación en estos últimos años a través del dictado de talleres para pequeños grupos de compañeros reporteros de toda América. Basado en estas experiencias, diría que las expectativas de Gabo han sido satisfechas.

Quienes llegan a la Fundación son llevados allí desde cada rincón de Latinoamérica, desde cada realidad social. Están los periodistas novatos e inexpertos y los avezados veteranos con largos años de carrera. Están los autodidactas, los pobres, los de oscuros diarios de provincia, y los sofisticados periodistas de las grandes urbes, que han disfrutado las ventajas de una educación de alto nivel, que han viajado por el mundo y tienen buenos ingresos. Algunos de ellos ya son estrellas en los medios, nombres reconocidos en sus países. Pero en Cartagena son iguales, y se sientan uno a la par del otro, alumnos todos. Lo que los lleva allí es su deseo de aprender, de mejorar sus herramientas a la hora de comunicar sus diversas realidades y, sin duda, la esperanza común de contagiarse un poco de la magia de Gabo.

Con gran alegría -y estoy convencido de que Gabo comparte este placer- he visto cómo muchos de estos "estudiantes" permanecen en contacto tras su paso por Cartagena, y cómo, de muy diferentes modos, han comenzado a dar forma precisa a esa suerte de "mafia cordial" que Gabo tenía en mente: se alientan unos a otros, comparten ideas, información, contactos, y hasta se embarcan en proyectos conjuntos. Los une la evidencia del ejemplo de Gabo, y la certeza de que sólo es posible pensar las cosas parándose delante de ellas, mirándolas bien de cerca. De ese modo comenzó Gabo, si bien acabó por interpretar la realidad histórica según su particular genio. Pero nunca perdió el respeto ni el espíritu de camaradería por aquellos que trabajamos exclusiva y afanosamente en el plano de lo literal. Su estímulo, su respaldo material y su ejemplo moral constituyen una ofrenda invalorable.
(Traducción de Pablo Taranto y Virginia Poblet.)

Bill Clinton (video)

Desde hace varios años –cuando lo conocí en una memorable cena en la casa de mis amigos Rose y Bill Styron en Martha's Vineyard- he tenido la fortuna y el privilegio de contar al gran escritor latinoamericano Gabriel García Márquez como uno de mis amigos personales, y estoy encantado de tener la oportunidad de rendirle un tributo a él y a su obra esta noche.

Mucho antes de conocerlo personalmente había leído Cien años de soledad, a la que considero la novela más importante publicada en cualquier idioma en los últimos 50 años. Es imposible calcular el impacto de esta novela tanto para los escritores como para los lectores del mundo, quienes enriquecieron su visión sobre América Latina de manera inmensurable. En este libro, y otros de igual influencia, Gabriel García Márquez demostró el poder que tiene la literatura para penetrar el espíritu humano y el alma.

El otro aspecto del trabajo de Gabo que he descubierto en la medida que lo he conocido mejor es su extraordinario compromiso con el periodismo, ejemplificado en su obra de toda la vida como periodista y en la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano que fundó en 1994. Bajo su supervisión personal, la Fundación desarrolla una serie de programas y talleres para jóvenes periodistas latinoamericanos conducidos por maestros de todas partes del mundo. La Fundación también lleva a cabo diversos esfuerzos para promover la innovación y el desarrollo en los medios informativos latinoamericanos. Los éxitos de García Márquez como escritor de ficción quizás sean mejor conocidos en todo el mundo, pero la Fundación está en su corazón y en su agenda sólo superado por su escritura.

Es muy adecuado que le rindamos tributo a él bajo la égida del PEN, una organización de escritores creada hace 75 años y que siempre ha compartido con García Márquez su compromiso con la literatura, el periodismo y la libertad de expresión.
Traducción de Ricardo Corredor

Jaime Abello Banfi

Hace diez años yo era director del canal de televisión pública Telecaribe, cuando recibí una llamada telefónica sorprendente. "¿Me invitas a comer?" fue la pregunta que me hizo nadie menos que Gabriel García Márquez. "Claro que sí, Gabito", le contesté con perplejidad, llamándole por el apodo que prefieren usar sus familiares y sus amigos de Barranquilla. "Yo ando por Cartagena. Veámonos el 28 a las nueve. Tu dirás donde". Colgué el teléfono sin saber que empezaría una nueva etapa en mi vida. Poco tiempo después, el 28 de diciembre de 1993, día de los Santos Inocentes en el calendario católico, estábamos reunidos con Mercedes y un grupo de amigos en Barranquilla, en un sitio de buena gastronomía, con un nombre apropiado para invitar a un Premio Nobel: el Club ABC, que es la sigla de las palabras arte, belleza y cultura.

Antes había estado con García Márquez de manera casual, pero sólo hasta esa noche inolvidable empecé realmente a conocerlo. Entre whiskys el maestro contó anécdotas de su iniciación como reportero en el periódico El Universal de Cartagena, donde su primer editor, Clemente Manuel Zabala, corregía sus textos con un lápiz rojo, y recordó las parrandas y lecturas con sus hermanos literarios de Barranquilla, cuando era periodista de El Heraldo. Al sentarnos a la mesa, manifestó su preocupación por la pesadez teórica de las escuelas de comunicación y su temor con los entrevistadores que confían más en el loro mecánico de la grabadora que en su propia memoria. Ya era la madrugada cuando proclamó su convicción de que el reportaje es un género literario y de que eran necesarios unos talleres en los que veteranos del periodismo discutieran con jóvenes reporteros sobre la carpintería del oficio. "¿Y que se podría hacer?", le pregunte con algo de ingenuidad. "Piensa en eso", fue todo lo que me dijo, con la fuerza de un mandato, cuando lo dejé en el hotel.

Tres meses después me lo encontré por casualidad en la inauguración del Festival de Cine de Cartagena. "Ajá, ¿y que has pensado?", me preguntó, como el profesor que exige una tarea. "Me he reunido con algunos colegas y tengo algunas ideas", le respondí. "Entonces te espero pasado mañana a las cinco en mi apartamento de El Laguito". Al día siguiente viaje temprano a Barranquilla para prepararle un documento. Eran lo que hoy llamamos las dos hojitas. Cuando las leyó dijo: esto es lo que hay que hacer.

Poco a poco empezamos a tejer la red de apoyos del proyecto, o de complicidades como él prefiere decir. Se hizo un estudio de factibilidad y una reunión de consulta con un grupo de periodistas encabezado por el argentino Tomas Eloy Martínez, que ha iniciado tantos buenos periódicos malogrados por causas no periodísticas, como novelas memorables. Un año después, en abril de 1995, Alma Guillermoprieto, la gran periodista de The New Yorker, dirigió el primer taller de crónica con un grupo de 10 reporteros menores de 30 años. Desde esa fecha hasta octubre de 2003, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano ha ofrecido 151 talleres y seminarios en 33 ciudades del continente, bajo la dirección de 61 maestros de América y Europa, con la participación de casi 2 mil 500 periodistas de todos los países de América Latina.

Las premisas que orientan la misión pedagógica de la Fundación han sido planteadas por Gabo con simplicidad aritmética: un factor esencial en la defensa de la integridad de un periodista, de su independencia y hasta de su vida, es una buena formación profesional; el mejor método para esa formación es el de talleres prácticos en pequeños grupos, con un aprovechamiento crítico de las experiencias históricas y en su marco original de servicio público; en periodismo, la ética es inseparable de la técnica, como el zumbido del moscardón. Es por esto que la Fundación no entrega diplomas o certificados. "La vida se encargará de escoger quién sirve y quién no sirve", fue el argumento de García Márquez cuando propuso esta medida, insólita para sociedades acostumbradas a esconder la mediocridad detrás de un cartón firmado.

Varios de los talleres y seminarios de la Fundación han sido dirigidos por el propio Gabo, no como lo haría un catedrático, sino simplemente como el primero entre iguales. La verdad es que él evita sistemáticamente las conferencias, los congresos y, por qué no decirlo, los homenajes. En cambio, los talleres con colegas principiantes lo divierten como un juego y lo estimulan como una aventura inédita.

El amor de García Márquez por el periodismo es uno de los más publicitados del mundo. Muchos piensan que se trata de pura nostalgia, que fue una etapa inicial de su formación de escritor. Yo creo que nunca ha salido de esa etapa: siente, absorbe y produce como reportero. Lo delata la actitud siempre atenta, la curiosidad por los detalles, la pasión por informarse y por hablar de periodismo, el modo de investigar para elaborar su escritura.

Ha sido para mí un enorme privilegio haber acompañado a García Márquez en este trabajo tan hermoso y haber recibido el don de su amistad y del acceso a su intimidad. Una de las claves para el buen manejo de la relación es que nunca he pretendido ser su vocero. Sin embargo, en esta noche tan especial puedo hablar en nombre de él y del equipo de colaboradores de la Fundación para aprovechar la ocasión y agradecer a todas las personas e instituciones que a lo largo de estos años nos han apoyado para cumplir la misión de promover el buen periodismo y estimular y apoyar la vocación de los jóvenes periodistas. Quiero hacer una mención particular, aquí en Nueva York, al grupo de talentosos periodistas estadunidenses que año tras año han suspendido su trabajo habitual para viajar desde esta ciudad, California o Afganistán a Cartagena, Buenos Aires, México y otras ciudades para compartir con entusiasmo su valiosa experiencia con sus colegas de América Latina. Agradezco también al Pen Club, y en particular a Esther Allen, por incluir a la Fundación en este homenaje, como una especie de obra viva de García Márquez.

Hace dos meses, Gabo y yo estuvimos en Monterrey, México, con motivo de la entrega del Premio Nuevo Periodismo que organizamos conjuntamente con CEMEX, un generoso patrocinador de la Fundación. Habían sido unas jornadas intensas, con un seminario sobre ética, calidad y empresa periodística y una bella ceremonia con periodistas de todas las edades y de siete países que recibieron sus premios. Hubo hasta escapadas nocturnas en las que Gabo y Mercedes bailaron salsa y vallenato en México, con el mismo sabor que en el Caribe colombiano. Al final nos reunimos para conversar sobre los programas de la Fundación, con su hermano Jaime. Jamás olvidaré el brillo de sus ojos cuando dijo:

"Y pensar que todo esto estaba en nuestra imaginación."


* Material cortesía de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), Cartagena, Colombia.


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