Sala de Prensa

62
Diciembre 2003
Año V, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Prensa alternativa e industria cultural en Bolivia:

La crisis de la prensa en el contexto del colapso
del Estado neoliberal en Latinoamérica

Erick Fajardo Pozo *

La mentalidad neoliberal de gobiernos ligados al interés transnacional intenta transformar a la prensa latinoamericana en un consorcio multinacional, una industria cultural que manufactura información funcional al orden establecido, pero cuyo producto final sea una colectividad culturalmente homogénea, sumisa y despolitizada.

Así hoy día, en cualquier provincia del imperio globalizado, la idea de medios de comunicación como espacios de legítima representación ciudadana se ha empezado a considerar una utopía.

En Bolivia esa utopía es una tradición palpable y tiene muchos nombres: Pío XII, Pulso, El juguete rabioso, etc. En octubre la prensa independiente boliviana lanzó un réquiem por la libre expresión y defendió a sangre y tinta sus últimos reductos. Este es el testimonio de una prensa que sobrevivió al embate de la censura neoliberal y que denuncia los resortes de la censura mediática desde los mecanismos más sutiles de coerción publicitaria, hasta los recursos más brutales de intervención y persecución.

El ethos del periodismo boliviano

Desde el principio de su gestión, el gobierno de Sánchez de Lozada había demandado de los medios de comunicación bolivianos una postura conciliadora respecto a la crisis y funcional respecto al estado. La mayoría de ellos respondió a su estructura empresarial de mass media, antes que a su función de custodios de la información, matizando –cuando no minimizando– la trascendencia del descontento social. Pero dos medios de comunicación escrita –Pulso y El juguete rabioso–, que podían disponer de independencia económica, se permitieron también una independencia de pensamiento que, ya desatada la crisis, se convirtió en una amenaza para el gobierno.

Ambos medios de comunicación fueron el refugio del librepensamiento y el ágora donde los intelectuales del país iniciaron un candente debate público sobre soberanía marítima, dignidad nacional y democracia, tres temas que el aparato de censura gonista había proscrito de la agenda de la prensa nacional. El pasado 16 de octubre el gobierno confiscó la edición regular del matutino El Diario, la edición extraordinaria de Pulso y se aseguró de sacar de las calles a El juguete rabioso, indicadores y referentes del pensamiento ciudadano cuya evaluación del conflicto habría sido lapidaria para el gobierno, de haberla conocido la opinión pública en ese momento.

La negación del "otro"

El filósofo argentino Enrique Dussel, residente en Bolivia hasta 1997, enunciaba hace una década su célebre tesis de "el encubrimiento del otro", tesis que planteaba que la "negación" del otro, sus necesidades y sus demandas había sido la principal estrategia de la lógica del poder colonial para aniquilar las identidades políticas disidentes en América. Esta lógica de poder –según Dussel– es un capital simbólico que sobrevivió la colonia, la república temprana y el Estado nacional para prevalecer hasta nuestros días y convertirse en el principal arma ideológica las elites que administran los estados neoliberales en Latinoamérica.

Dussel no se equivocaba en ninguna de sus dos premisas, porque a) ni la lógica del poder ha cambiado en 497 años de presencia colonial en el territorio boliviano, b) ni tampoco las elites dominantes han aceptado la existencia de un "otro", que sea protagonista, que tenga necesidades y que merezca un estado pensado también desde y para ellos.

Para hacerse hegemónica esa lógica de poder ha requerido obviamente de mecanismos de "elaboración" de la realidad, de la verdad y de un imaginario social unívoco que sustentasen la perpetración de esa "negación" del indígena, del negro y del mestizo como actores interiores al estado boliviano. Esos mecanismos históricos se llaman medios de divulgación y, al igual que cualquier otro medio de producción en Bolivia –sea simbólico u objetivo–, han estado en propiedad y control permanente de las elites.

El último bastión ciudadano

En una historia republicana de 178 años de confrontaciones entre las elites gobernantes y las masas indígenas excluidas, la prensa nacional ha construido una mística basada en su valerosa defensa de la verdad frente a los aparatos ideológicos del estado post 52 (primero) y frente a la lógica funcionalista de las industrias culturales en propiedad del sector privado (después). Pero conforme el Estado subventor cayó, los sindicatos se debilitaron hasta desaparecer y una vigorosa prensa sindicalizada, que protegía a sus afiliados de las presiones empresariales y garantizaba su derecho a la libre expresión, desapareció dejando su lugar a una prensa expuesta a las reglas de la libre contratación y a los caprichos editoriales de los propietarios.

Sus míticos periodistas, sobrevivientes de la resistencia civil a las dictaduras, cumplieron un ciclo y la generación de relevo fue migrando, al igual que otros sectores laborales, de una lógica de control social a la lógica de la subsistencia.

Hoy la prensa ha quedado atrapada en una red de contubernios que la condicionan a sobrevivir de la publicidad que las élites empresariales privadas del país utilizan como elemento de control sobre la línea editorial del periodismo. En un país de economía de subsistencia como Bolivia las redes privadas de comunicación sólo sobreviven mientras sus noticieros no cuestionan el orden dominante ni afectan los intereses de sus patrocinadores.

Ahora, las grandes concentraciones de capital que subsidian mediante anuncios a las empresas de comunicación nacional, residen en manos de empresarios y oligarcas cuyos intereses representa el actual gobierno. Muchos de ellos son propietarios de los mismos medios y existen consorcios mediáticos como el grupo Canelas o el grupo Garafulic, que administran intereses tan encontrados como el derecho público a la información y el flujo de capitales simbólicos de las elites nacionales.

Contrafuegos: Medios alternativos de resistencia

En los últimos 20 años de auge neoliberalista, estos oligopolios mediáticos han absorbido –cuando no asfixiado– a la prensa independiente y han creado una cultura periodística de la cautela, que tiene una agenda de temas "tabú" que los periodistas saben que no deben ser tocados.

Pero a principios de este año y ante la caída en desgracia de los dueños de los principales oligopolios mediáticos nacionales, Raúl Garafulic (eliminado por el Grupo Prisa) y Jorge Carrasco (enjuiciado por conspiración y asesinato), la estrategia económica de subsistencia informal y la cooperación internacional canalizada por organizaciones no-gubernamentales financiaron el arranque de una serie de revistas y semanarios de reflexión política y social que consiguieron un público cautivo merced a la necesidad ciudadana de informarse de modo fidedigno y por presentar una propuesta analítica honesta y sin los sesgos de la prensa oficialista y la empresa privada de comunicación.

El gobierno de Sánchez de Lozada intentó, todo el tiempo de su gestión, desarticular estos medios de comunicación que habían centrado su análisis en la denuncia de casos de corrupción tales como la existencia de un viceministro que participó años atrás en el secuestró del presidente constitucional Hernán Siles Suazo o el accionar corrupto de la plana mayor del principal socio de Goni en la coalición gobernante: el MIR.

Sin embargo, más allá de temas que podrían interpretarse como argumentos de escándalo para vender periódicos, estos medios sacaron a la luz las disimuladas conexiones entre los intereses económicos del capital transnacional, la actitud entreguista y secundadora del gobierno boliviano para con ellos y la complicidad consciente de las elites nacionales y los oligopolios mediáticos de su propiedad para la cesión del gas a un precio ofensivo para un país que vive en la miseria.

El mecanismo de coerción publicitaria fue el primer recurso que el manual de manejo periodístico aconsejó usar al gobierno boliviano. Esta crisis nos permitió conocer el arsenal completo de la censura periodística, algo que Miguel Pinto Parabá definía como "los resortes de la censura" y que sirvió para neutralizar –cuando no comprar– a un importante sector de la prensa audiovisual. Gran parte de la prensa boliviana está en poder de consorcios privados; negocios que funcionan con la subvención publicitaria que controlan cuatro o cinco monopolios minero-feudales, cuyos titulares casualmente se encontraban en cargos gubernamentales y eran militantes del MNR.

El mismísimo ministro de Defensa, Carlos Sánchez Berzaín, controlaba mediante su circuito de dádivas publicitarias a numerosos canales comerciales a desdén de varios diarios y canales de TV de los cuales era accionista mayoritario. Pero cuando el gobierno entró en conciencia de que esto no resultaría con los medios no-lucrativos, la más primaria y violenta represión fue el torpe mecanismo con que el gobierno intentó silenciar a una prensa subvencionada por organizaciones europeas, que había conseguido financiar un staff periodístico independiente, crear condiciones económicas de independencia y reeditar en una veintena de jóvenes periodistas la militante convicción que le dio mística a la prensa nacional; periodistas que por encima de su integridad personal se propusieron la defensa de los recursos naturales de la expropiación transnacional.

El viejo muro de contención periodístico

Si por capricho del destino el eje histórico de resistencia periodística volvió a ser radio Pío XII, sin duda El Juguete Rabioso y Pulso fueron los ejes articuladores del movimiento ciudadano, en la medida en que sus artículos reflejaban con amplitud e interpretaban con visión crítica los hechos. No existía una postura o una línea partidaria que orientara a ambos medios, sino simplemente el cumplimiento cabal del compromiso social del periodista y una administración ética de un bien público: la información. Su mérito radicó en habernos enseñado el camino para rescatar a la prensa de la industria cultural y hacerla contrafuegos de las reivindicaciones sociales en Bolivia y ejemplo de política informativa independiente para el resto del continente.

Años atrás el sacerdote oblato Gregorio Iriarte, víctima y testigo de la represión militar de los años 70, inmortalizó en una obra la saga del pueblo minero boliviano, que puso el pecho y recibió las balas de la dictadura en el intento de defender de la intervención militar los medios de prensa y evitar el cierre de radio Pío XII. Esta radio había sobrevivido las perpetraciones del régimen dictatorial más sangriento de nuestra historia: El garciamezismo.

Hay que reconocerlo, lo de Sánchez de Lozada también tiene mérito histórico: Derramó en periodo democrático tanta sangre como la más cruenta dictadura militar, trató de enmudecer a dos símbolos contemporáneos del periodismo alternativo latinoamericano y cerró una mítica emisora de radio que el mismísimo Luis García Mesa no pudo acallar. Pero su verdadero mérito está sin duda en haber polarizado con sus métodos de tal manera al pueblo boliviano, que despertó la memoria histórica dormida de los herederos de una elite periodística épica que hoy le ha mostrado a Latinoamérica entera el camino para la subversión contra el orden económico mundial y que ha hecho de Bolivia de nuevo el talón de Aquiles de los imperios coloniales.


* Erick Fajardo Pozo es periodista del diario La Voz, de Cochabamba y escribe para revistas como Novembrino, Punto Final y La Patria (Dominical) de Oruro, en Bolivia.


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