Sala de Prensa

60
Octubre 2003
Año V, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Democracia, prensa y sociedad:
responsabilidades compartidas

Gerardo Albarrán de Alba *

La prensa que hoy conocemos tiene poco que ver con aquella que el filósofo francés Alexis de Tocqueville contempló con resignación en la joven democracia estadunidense, en el primer tercio del siglo XIX, consciente de que era una suerte de mal necesario.1 Y es que, en sus orígenes, los periódicos del mundo se asumían como abanderados de ideales e intereses en pugna; lo mismo defendían que atacaban posiciones políticas y tomaban partido abiertamente en cada diferendo ideológico. Algunos medios, incluso, eran subvencionados directamente por el gobierno o por partidos políticos.2 Aquella prensa respondía al espíritu libertario de la época que buscaba la máxima libertad posible fundada en la individualidad y en la diversidad,3 pero que también propició tanto el atropellamiento de derechos de terceros que hoy consideramos fundamentales4 como el surgimiento de una prensa sensacionalista y cínica, a finales del siglo XIX, capaz de mentir con tal de asegurar los primeros tirajes masivos.5

No es sino hasta ya entrado el siglo XX que los periodistas se cuestionan la naturaleza de su función en sociedad e inician una autocrítica sistemática de sus métodos y contenidos.6 Son varios los periodistas que inician la construcción de un discurso ético y llaman a la autocontención, particularmente en Estados Unidos,7 prefigurando un sentido de responsabilidad profesional que habría de entrar en conflicto con la creciente influencia de los propios medios en la vida de sus comunidades e incluso de sus naciones. Esta práctica cobra la mayor importancia a partir del riesgo latente de que los gobiernos impusieran mecanismos de regulación que acotarían el ámbito de libertades hasta entonces disfrutado por la prensa, a mediados del siglo XX.8

Uno de los paradigmas de la libertad de prensa ha sido, precisamente su independencia del poder político, la cual suele ser el estandarte más importante que blanden la prensa estadunidense y europea. Sin embargo, los medios en esas regiones han sido mucho menos independientes de lo que quieren hacer creer. Particularmente durante guerras, o en graves conflictos sociales internos, la prensa ha sido un aliado abierto de sus gobiernos.9 Tras la crisis desatada por los ataques a Nueva York y Washington, en septiembre de 2001, nuevamente se reproduce la contradicción y la prensa estadunidense abandona el papel del que gusta presumir como «perro guardián» frente al poder, y parecen más «perros falderos». Esto que fue dicho en 1991, al iniciarse la intervención estadunidense en el Golfo Pérsico, es igualmente aplicable a la todavía reciente ofensiva contra Afganistán y a la actual invasión a Irak, pues entonces como ahora, en los hechos, los medios sirvieron como agentes de propaganda del gobierno

difundiendo básicamente la versión oficial de la administración del presidente George Bush [padre del actual presidente de Estados Unidos] sin ningún contrapeso crítico y claramente callaron u omitieron voces discordantes. Esto dificultó la distinción entre la línea política gubernamental y la línea editorial, contribuyendo así a obtener un aplastante respaldo del público a la guerra.10

Tal actitud corresponde plenamente con la postura adoptada por muchos medios que se consideran incluso por encima de la sociedad, como lo evidencia la tristemente multicitada expresión de William P. Hamilton, dueño del diario The Wall Street Journal:

Un periódico es una empresa privada que no le debe nada al público, el cual no le ha concedido ninguna franquicia. Por lo tanto, el interés público no tiene influencia. Enfáticamente, es propiedad de su dueño, quien vende un producto manufacturado bajo su propio riesgo.

En el otro extremo, la teoría de la responsabilidad social de la prensa, surgida de los embates de la Commission on Freedom of the Press,11 no acaba de dejar de ser una teoría y aún está lejos de ser una realidad. De hecho, muchas de las conductas aparentemente éticas de la prensa en Estados Unidos, Canadá y Europa están más bien determinadas por un sentido de autoprotección contra demandas civiles por difamación. Esta es quizá una de las mayores diferencias en las prácticas periodísticas estadunidense y latinoamericana, pues mientras los periodistas en aquel país viven bajo la mira de los abogados, en Latinoamérica son más los reporteros que viven bajo amenaza de muerte –tanto por parte de sus propios gobiernos como del crimen organizado y la guerrilla– que en riesgo de sanción judicial.12

La historia de las relaciones prensa-poder en Latinoamérica no ha sido fácil. Marcados por décadas de dictaduras militares –a veces repetidas– en todos los países, excepto México, Colombia y Costa Rica,13 los medios de la región han vivido etapas de censura abierta.14 Y aun cuando todos estos países –con excepción de Cuba– cuentan en este momento con gobiernos electos, la situación de la prensa en general no ha mejorado sustancialmente. Como antaño –cuando era común ser sometidos a acoso, persecución, amenazas, desapariciones y asesinato–, los periodistas latinoamericanos han tenido que plegarse muchas veces al poder, aunque también han sabido enfrentarlo, aun a costa de su vida. Solamente entre 1988 y 2002, fueron asesinados 129 periodistas en Colombia, Perú, México, Brasil, El Salvador, Guatemala, Haití, Argentina, Honduras, Venezuela, Chile, República Dominicana, Ecuador, Panamá, Paraguay y Costa Rica.15 En lo que va de 2003, se ha confirmado el asesinato de otros cinco periodistas por causas relacionadas con su trabajo, todos en Colombia.16

El panorama jurídico tampoco luce alentador. Hasta 2002, al menos 16 países Latinoamericanos sostenían en vigor leyes de desacato; otras acciones judiciales contra la difamación, la calumnia y la invasión de vida privada son observadas más como mecanismo de intimidación contra la prensa que como prácticas reales de impartición de justicia.17 Dos ejemplos correspondientes a finales de 2001 lo ilustran: en Panamá, «la tercera parte de todos los periodistas en estos momentos enfrentaban demandas penales por difamación», y en Costa Rica, «el 37% [de los periodistas] indicó que habían sido amenazados con demandas por calumnia, injuria y difamación».18

A esta situación se agrega un hecho doloroso para cualquier periodista: en ocasiones, el enemigo está en casa. En efecto, las condiciones laborales de los periodistas latinoamericanos dista mucho de ser la óptima. En general, encontramos jornadas excesivas que rebasan con mucho las ocho horas de trabajo diario, sin pago extra, por sólo un día de descanso semanal; la «cuota» diaria que deben producir los reporteros va de cuatro a siete notas, cuando menos, cubriendo cinco o más fuentes; los salarios de la mayoría no rebasan los ingresos de un obrero calificado y, además, en el caso de muchos reporteros y fotógrafos, se ven mermados porque deben comprar ellos mismos sus herramientas básicas de trabajo –plumas, libretas, grabadoras, casetes, pilas, cámaras, rollos de película, celulares o localizadores, e incluso computadoras personales para trabajar en casa y el acceso a Internet– y pagar sus traslados y comidas. Esta situación se repite en la mayoría de los medios latinoamericanos, con excepción de los grandes diarios y televisoras de la región, aunque incluso en estos encontramos que existe una franja de periodistas en la base de la pirámide jerárquica cuyas condiciones laborales no distan mucho de las antes descritas. Esta explotación suele ser aún más grave en los periódicos del interior de cada país, muchos de los cuales trabajan aún en esquemas de propiedad familiar. Súmese a eso la falta de apoyo real en caso de conflicto, pues no es inusual que los intereses comerciales o extraperiodísticos de los dueños y directivos de los medios se impongan sobre el estatus profesional y la estabilidad laboral del periodista que, normalmente, significa la parte más delgada de un hilo que eventualmente debe romperse. Lo más desesperante, quizá, es la falta de opciones de trabajo debido a la creciente concentración de la propiedad de los medios, cuyas empresas controladoras reproducen los esquemas laborales y salariales en el conjunto de la propiedad mediática.19

Este fenómeno abarca a todo el mundo y afecta a los procesos democráticos de todas las sociedades, pues los medios han sido despojados de una de sus principales características: representar la posibilidad de debate público. Esto preocupa a politólogos, sociólogos y comunicólogos, pues pone en manos de unos cuantos poderosos el control de la información global que se traduce ya en un discurso homogéneo a favor de sus intereses económicos y políticos.20 A finales del siglo XX, 12 grupos controlaban la comunicación global: Disney Capital Cities-abc; aol-Time Warner (antes Time Warner-Turner, propietaria de cnn, entre otros muchos medios); News Corporation, del australiano Rupert Murdoch; el consorcio alemán Bertelsman; General Electric-nbc; cbs Inc. (antes Westinghouse-cbs); Newhouse/Advanced Publications; Viacom; Microsoft; Matra-Hachette-Filipacchi; Gannett, y el mayor controlador de televisión restringida, Tele-Communications Inc. (tci). Visto por países, la situación no mejora. Ahí están los casos de Italia, bajo el control de Silvio Berlusconi; o el de México, que padeció durante décadas el monopolio de Televisa y hoy el oligopolio que integra junto con TV Azteca; o el de Guatemala, cuyos canales de televisión 3, 7, 11 y 13 son propiedad del empresario mexicano Angel González.

La prensa escrita no se salva de esta tendencia. En Estados Unidos, ya desde mediados del siglo XX, la competencia entre diarios se había reducido a menos del 7% de las ciudades de ese país, y para 2002, prácticamente no quedaban diarios locales independientes, sino que formaban parte de algún grupo mediático. En Latinoamérica, cada vez es mayor la concentración de la propiedad de medios impresos, como claramente lo ejemplifica el caso mexicano.21

Si ya de por sí para los periodistas resulta difícil distinguir matices en la orientación editorial e ideológica de los medios controlados por corporaciones, lo es aún más para la sociedad que, generalmente, desconoce la composición empresarial de los medios que consume. La manipulación es un riesgo más que latente; ocurre con frecuencia.22

Ante esto, la sociedad no está inerme, como pareciera en primera instancia. Tiene en sus propias manos la posibilidad de señalar públicamente a los medios que trabajan a sus espaldas, inspirados por posturas similares a la del dueño de The Wall Street Journal, o que hacen de su participación mediática el principal activo de sus intereses políticos y económicos, en los que, ciertamente la sociedad no juega otro papel que el de masa.

Lo que sigue es básicamente tarea del ciudadano. Resulta indispensable que éste abandone su papel de espectador acrítico de pseudorrealidades que le presentan los medios de comunicación –particularmente la televisión–, sucesos sin contenido ni explicación que son aceptados porque son vistos, aunque no se entiendan. Ante la sobreabundancia de información que caracteriza nuestra época, las redacciones transmiten hoy información sin sentido, y el espectador –ya no más receptor de información– contempla sucesos cuyo único significado descansa en la imagen o en la descripción. El ciudadano elude su responsabilidad social de pensar y, por lo tanto, de buscar información de calidad y de discernir entre la calidad de las fuentes de información. Hoy, Latinoamérica, los ciudadanos no pueden renunciar irresponsablemente al deber cívico de resistir, de pensar, de confrontar, de defender los espacios de libertad conquistados a lo largo de la historia y que, hoy en día, están en peligro de fosilizarse en modelos globalizados de información. Esto es más que una posibilidad individual, es una opción cívica frente a la difuminación del concepto de Estado, pues todavía puede ser cierto que

las instituciones constitucionales de la democracia de masas estatal-social cuentan con una opinión pública intacta, puesto que ésta sigue siendo la única base reconocida de la legitimación del dominio público. (Habermas, 1997, p. 262.)

Por supuesto, no toda la responsabilidad por la enajenación recae en el ciudadano. Los medios, por su parte, pueden elegir entre dos claras opciones: ser garantes e impulsores del desarrollo democrático, o ser meros agentes del control social global. En efecto, la prensa juega un papel determinante, ya sea para reproducir la estupidización de las masas23 o para generar la demanda de información de calidad en la que prime el interés público, el contexto, la relevancia del hecho, la pertinencia social, es decir, la información veraz, el dato y el hecho comprobables, objetivables. El periodismo nació de un ser social preocupado de saber, de comprender y de relacionarse. La información periodística le daba herramientas para ejercer ese papel social. Luego, el periodismo se convirtió en industria y la información en mercancía. Esto, junto con otros procesos culturales que alimentan el aislamiento individualista de nuestras sociedades, prácticamente cancelaron el debate público y lo sustituyeron por el entretenimiento, ilusión que nutre la pereza cívica y anula el pensamiento crítico en un receptor embrutecido, complaciente ante una comunicación unidireccional e ignorante de la existencia de información necesaria para su participación activa y eficaz en sociedad.24

Asistimos a un espectáculo deplorable: los individuos que integran toda sociedad han sido reducidos a la condición de masa por un modelo predominante de libre mercado al que los medios se han ajustado cómodamente. La globalización financiera, comercial e informativa no considera al individuo como ciudadano, sino como simple consumidor.

Por eso el papel de la sociedad en el desarrollo de los medios no es menor. Es notorio que en países como México la prensa de la mayor parte del siglo XX se mantuvo un paso atrás de la evolución de la sociedad a la que supuestamente servía, y fue ésta la que arrastró tras de sí a los medios, forzándolos a la apertura.25 Toca ahora a la prensa entender los cambios y transformarse rápidamente para asumir el papel que le corresponde en el largo proceso de consolidación democrática que le espera a Latinoamérica, en general, y a México, en particular. La posibilidad está abierta, si es que es cierto que «la prensa siempre toma la forma y matices de las estructuras sociales y políticas en las cuales funciona». (Siebert, Peterson y Schramm, 1956, p. 1)

México, verano de 2003

_____
Notas:

1 Al reflexionar sobre la libertad de prensa en Estados Unidos, Tocqueville (2001, p. 198) escribió: «Confieso que no profeso a la libertad de prensa ese amor completo e instantáneo que se otorga a las cosas soberanamente buenas por su naturaleza. La quiero por consideración a los males que impide, más que a los bienes que realiza».
2 Cfr. Altschull, Herbert J. (1995, 2nd edition). Agents of Power: The Media and Public Policy. Allyn & Bacon.
3 Cfr. Mill, John Stuart (1996). Sobre la libertad. Undécima reimpresión. Madrid. Alianza Editorial.
4 Antes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, el ámbito mundial de la libertad de expresión estaba sujeta fundamentalmente a la gracia de los gobernantes, que otorgaban libertad de imprenta, pese a existir como garantía en diversos textos constitucionales, mientras que apenas algunos derechos de terceros sólo eran protegidos en códigos penales y civiles.
5 A finales del siglo XIX, una campaña orquestada en los periódicos sensacionalistas de William Randolph Hearst, encabezados por el New York Journal, terminó en la invasión militar de Cuba en 1898. Hearst había enviado a un reportero y a un dibujante a La Habana; éste último, Frederic Remington, telegrafió a su jefe pidiéndole autorización para regresar, pues no había nada que informar. "Todo en calma. No habrá guerra", le explicó a Hearst. La respuesta del empresario periodístico es célebre: "Ruégole se quede. Proporcione ilustraciones, yo proporcionaré la guerra".
6 Los críticos de medios aparecieron temprano en Estados Unidos. El más destacado tal vez sea George Seldes (1890-1995), quien realizó uno de los cuestionamientos más consistentes sobre la industria mediática de su país a lo largo de casi todo el siglo XX.
7 Son ampliamente conocidos los discursos de Joseph Pulitzer y Walter Lipmann, quienes, junto con otros, contribuyeron a la profesionalización del periodismo. Vid. Walter Lipmann, «Some notes on the press», en Rossiter, Clinton, y Lare, James (comps. 1963). The essential Lipmann. Nueva York. Random House, pp. 398 ss.
8 Los primeros mecanismos de autorregulación nacionales –en la forma de consejos de prensa– surgen a mediados del siglo pasado bajo la presión gubernamental en Inglaterra y Estados Unidos, en 1947, y en Alemania, en 1952. Este punto se desarrollará ampliamente en el segundo capítulo de esta obra.
9 Vid. Gerardo Albarrán de Alba, «Guerra mediática», en Información y sociedad, dossier de medios de Le Monde Diplomatique, Año 5, No. 51, 20 de diciembre de 2002, p. 1.
10 Michael Morgan, «The Media and The Persian Gulf War», en Electronic Journal of Communication, Volume 2, December 1991, No. 1. (Paréntesis nuestro.) Para una visión ampliamente documentada sobre el papel de la prensa estadunidense y europea como agente de propaganda de sus gobiernos, debe consultarse Mattelart, Armand (1996). La comunicación-mundo. Historia de las ideas y las estrategias. México. Siglo XXI.
11 Cfr. Commission on Freedom of the Press (1947). A Free and Responsible Press. Chicago. University of Chicago Press. Ese organismo creado después de la II Guerra Mundial es mejor conocido como Hutchins Commission. Algunos autores sostienen que la teoría de la responsabilidad social de la prensa no es un mero ejercicio de abstracción académico, sino que la pauta de su esencia fue marcada mucho antes por algunos editores y dueños de medios particularmente responsables. Cfr. Siebert, Fred S., Peterson, Theodore, y Schramm, Wilbur (1956). Four Theories of the Press. New York. Books for Libraries Press.
12 Vid. Gerardo Albarrán de Alba, «Diferencias en el periodismo de investigación en Estados Unidos y Latinoamérica», en Sala de Prensa No. 32, junio de 2001. También en Razón y Palabra, No. 22, mayo-julio de 2001.
13 En realidad, sólo Costa Rica es excepción plena. México vivió décadas de control gubernamental bajo los regímenes del Partido Revolucionario Institucional (pri) que degeneró en servilismo de la prensa, generalizado por lo menos hasta mediados de los años 70. Colombia ha vivido casi un siglo de guerra civil no declarada y violencia en ascenso que ha costado la vida a decenas de periodistas.
14 Imposible olvidar la intervención de la dictadura militar argentina, el 25 de mayo de 1977, al diario La Opinión, de Buenos Aires, fundado y dirigido por Jacobo Timerman, por citar sólo uno de los ejemplos más conocidos.
15 Datos obtenidos de los reportes emitidos por el Comité para la Protección de los Periodistas (cpj), en Nueva York, correspondientes al mismo periodo.
16 Ibid. El asesinato de otros cuatro periodistas en Colombia y dos más en México no se había vinculado aún a su actividad profesional.
17 Cfr. «Informe del relator especial para la libertad de expresión, 2002» Comisión Interamericana de Derechos Humanos. oea. Cabe resaltar los casos de Chile y Costa Rica; , el primero derogó en 2000 la censura previa y el artículo 6b de la Ley de Seguridad Interior del Estado, que contemplaba la figura de desacato, mientras que, el segundo, derogó el delito de desacato en marzo de 2002 (ley 8224), mediante una modificación del artículo 309 del Código Penal.
18 Marylene Smeets, «Balance regional: las Américas», en Ataques a la prensa, 2001. Nueva York. cpj.
19 Un par de ejemplos: La Organización Editorial Mexicana –que se dice «la empresa periodística más grande de habla hispana y uno de los tres mayores grupos del mundo– controla 35 editoras, 60 diarios, una impresora comercial, una agencia de información, dos estaciones de radio y un canal de televisión, en los cuales encontramos todos los vicios mencionados. Su dueño, Mario Vázquez Raña, casi llevó a la quiebra a la agencia de noticias United Press International (upi), cuando adquirió la mayoría accionaria en 1986 e implantó su esquema empresarial y periodístico.
20 Cfr. Alger, Dean (1998). Megamedia: How Giant Corporations Dominate Mass Media. Distort Competition, and Endanger Democracy. Maryland. Rowman & Littlefield Publishers, Inc.
21 Véanse los grupos editoriales encabezados por los diarios Reforma, Milenio, La Jornada, El Sol de México y Novedades, que han adquirido o se han asociado con periódicos de casi todo el país, entre todos. Este fenómeno se reproduce en varios estados del país, como Sinaloa, con los diarios Noroeste y El Debate, o Sonora, con El Imparcial, que tiene un par de diarios más en el vecino estado de Baja California, por citar los casos más conocidos.
22 "En Guatemala por lo menos ocho candidatos presidenciales fueron a Miami a negociar con el publicidad en éstas últimas campañas." González ha extendido sus negocios con la adquisición de canales televisivos en República Dominicana, Ecuador, Brasil, Paraguay, Chile, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica, según Gonzalo Marroquín, director editorial del diario Prensa Libre, su principal competidor. Prisma Internacional, en http://www.proceso.com.mx, 16 de junio de 2000.
23 Cfr. Sartori, Giovanni. Homo videns. La sociedad teledirigida. Taurus. México. 1998.
24 Vid. Gerardo Albarrán de Alba, «Saber para hacer», Conferencia Acceso a la Información, Universidad Realística de Puebla, 3 de junio de 2002.
25 Ya desde 1968, el cuestionamiento social a la prensa caló hondo en muchos periodistas mexicanos que, menos de una década después, comenzarían a fundar revistas y diarios dirigidos más a la sociedad que al poder. La radio y la televisión tardaron algunas décadas más en abrirse, pero el proceso electoral de 2000, que culminó con la pérdida de la Presidencia de la República para el pri, sacudió muchas de sus inercias serviles hacia el poder.


* Gerardo Albarán de Alba es director de Sala de Prensa y coordinador de proyectos especiales de la revista mexicana Proceso. Esta es la ponencia de clausura de la IV Bienal Iberoamericana de Comunicación (sociedad, información y conocimiento) realizada en San Salvador el 19 de septiembre de 2003.


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