Sala de Prensa

59
Septiembre 2003
Año V, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


La información en tiempos de guerra
(Derecho a la Información y Derecho a la Paz)

María Verónica Figueroa y Victoriano Valdés Avila *

La época de información abundante que vive la humanidad al comenzar el siglo XXI, ha puesto a los Medios de Comunicación Social (MCS) en el centro de los ingenios tecnológicos que, alcanzando grados importantes de poder entre los públicos en que ejercen su influencia, moldean sus formas de mirar el mundo, vivir la política, formar la familia, amar al prójimo, pensar la economía, organizar el Estado, construir la sociedad u orar a Dios.

Diarios, radioemisoras, televisión e internet, transmiten incontables mensajes a los públicos del mundo en todo momento.

Y cada mensaje está destinado a conseguir su propio objetivo, según sea el interés de su emisor: informar, este; persuadir, aquel; formar, el de más allá. Hoy, los MCS cumplen una gran parte de la función informativa, formadora y articuladora de la comunidad que en épocas pretéritas cumplían instancias como el sistema educacional, o las religiones, la familia, o la pequeña comunidad de pertenencia. Pueden conducir a sus públicos por la senda del bien o del mal; sea que lo hacen por la orientación de los mensajes, sea por el grado de concertación de múltiples medios para un mismo objetivo, sea por el grado de persuasión o credibilidad que logren entre sus receptores.

Con su trabajo, los MCS pueden hacer el bien o pueden hacer el mal. Pueden elaborar mensajes ideológicamente destinados a justificar el odio y fomentar la muerte, o pueden elaborarlos a partir de principios que propongan una cultura de la vida y fomenten el amor y la solidaridad; pueden ser difusores abiertos o encubiertos de la violencia, del racismo o la discriminación, o pueden ser Medios de Información que elaboren todos sus mensajes pensando en la paz, en la integración y en la cooperación entre las personas.

Cumplir el bien común de informar, supone, entre otras obligaciones formativas del informador, reconocer su condición de intermediario entre los hechos constitutivos de noticia y el sujeto universal del derecho a la información: el hombre.

Informar correctamente (sólo el bien es difundible), supone fidelidad y correspondencia entre pensamiento y acción; entre principios éticos y elaboración de los mensajes; entre el derecho y el deber del informador; entre el objeto del derecho (la información) y el sujeto del derecho (el hombre).

A raíz del conflicto bélico que enfrentó a una coalición de países liderada por los Estados Unidos de Norteamérica e Inglaterra, con Irak, hemos reflexionado sobre la forma en que se cumplió la función informativa en esta guerra, conocida ampliamente por la comunidad internacional a través de los Medios de Comunicación Social.

I. INTRODUCCIÓN

Todos nos comunicamos, dice José María Desantes, es más, necesitamos comunicarnos. Pero no comunicarnos de cualquier manera. Es necesario que el proceso comunicacional se realice con apego a normas éticas que lo legitimen, y estas no pueden ser sino aquellas que surgen del respeto al hombre mismo; al mismo sujeto universal del derecho a la información.

"Dada esa necesidad existencial, la comunicación es un derecho natural, espontáneo, derivado del derecho a la vida de la persona humana. Los clásicos como Aristóteles, ni siquiera se preocuparon de fundamentar la comunicación como realidad y como derecho, precisamente por su espontaneidad. Pero, dada la complicación técnica de los medios de comunicación, lo que se comunica ha de ponerse en cierta forma, ha de in-formarse".1

Del latín informare, informar significa poner en forma. Informar era considerado la forma espontánea de divulgar algo. Poner en forma es el paso superior en que un informador profesionalizado selecciona, elabora y divulga un hecho de acuerdo a técnicas y principios que tienen al ser humano como objeto y sujeto de su acción. "En otras palabras, toda la realidad comunicable ha de ser puesta en forma de mensajes para que puedan ser transmitidos por los medios de comunicación social. Con ello la necesidad existencial de comunicarse ha generado el derecho a la información".2

II. DERECHO A LA INFORMACIÓN

Aun cuando el Derecho a la Información es uno de los derechos fundamentales del hombre sin el cual su propia existencia se dificulta y, en casos extremos, se hace imposible, no es sino hasta cuando éste tiene conciencia de su valor, que lo eleva a la categoría de derecho positivo con capacidad de regular la actividad social de la información.

Durante la mayor parte del desarrollo de la historia humana, la información cumplió una función articuladora de la comunidad sirviendo a personas y grupos de poder, ya sea el Estado, la empresa informativa, o los profesionales de la información.

No fue sino hasta el 10 de diciembre de 1948, cuando la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que "la información es un derecho humano positivo, reconocido, del mismo rango que el derecho a la vida, a la libertad y a la honra".3

Desde aquel momento, el derecho universal reconoció que todos pueden investigar, difundir y recibir ideas, hechos u opiniones sin limitación de fronteras y a través de cualquier medio de comunicación. Desde entonces, la información es un bien que pertenece a todos.

El artículo de la Declaración que se refiere al derecho a la información, es el Artículo 19 que en su apartado 2 dice así: "Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión".

La propia creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), luego de un conflicto bélico que enfrentó a una importante fracción de los países del mundo y sus consecuencias políticas, económicas, científicas y sociales, como fue la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), fue un avance en la coordinación de la política internacional, y el comienzo de la consolidación del derecho internacional.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, con sus principios y normas, fue otro avance sustantivo en esta coordinación. Luego de una guerra larga y destructiva, en que la conciencia de todos los hombres debió haber sentido sus efectos, los responsables de la conducción de los Estados, y los pueblos que les daban sustento político, revalorizaron al hombre y su relación con el poder público y privado. "Tiene el hombre la capacidad insondable de profundizar sobre sí mismo, de descubrir lo que es suyo originariamente porque le ha sido dado por creación, de percibir las exigencias que comportan su ser y su operar. Los derechos naturales no constituyen, pues, un catálogo cerrado, sino abierto; y su número es un numerus apertus, que se proyecta en la Historia y desde la Historia proyecta también su luz.

"No sin razón, el mundo que acababa de sobrevivir al holocausto de la II guerra mundial, percibió con claridad el papel decisivo que la información tiene en la construcción de las sociedades humanas. Aquella guerra tremenda (...) había sido una gigantesca manipulación de las conciencias. El hombre se había hecho un lobo carnicero para el hombre, en buena medida por ausencia de información. Las comunidades se desintegraban por falta de comunicación. Se llegaba así –a través del profundo dolor colectivo de una guerra- a entender que la dimensión social del hombre, lo que el hombre tiene de sociedad, sólo se alcanza a través de la información de las cosas públicas. La información de las cuestiones que afectan a la comunidad hace posible la existencia de la propia comunidad. Afirmar, pues, que la información es el objeto de un derecho humano, era una conclusión obligada. (...) quería decir también que la información era un elemento imprescindible para la paz".4

Por esto no es extraño que uno de los derechos reconocidos por los países integrantes de la ONU, en la Declaración de los Derechos Humanos, fuera el de información.

"Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión...", así comienza el Artículo 19. Es que lo que hoy aparece como algo normal e incuestionable para quienes viven en los Estados de Derecho modernos, no era algo comúnmente aceptado o difundido entre demasiadas naciones del mundo. No todos los hombres tenían libertad para opinar o expresar sus opiniones; quien poseía el poder político, militar y económico, poseía también el derecho a conceder a su arbitrio todos los derechos de los ciudadanos.

El Artículo 19 consagra por primera vez la libertad de opinión y de expresión determinando además que "este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión".

Por primera vez, entonces, el derecho a la libertad de opinión y de expresión consagró las tres facultades que determinan el derecho a la información: investigar, recibir y difundir informaciones y opiniones.

"Como todas las revoluciones –afirma Carlos Soria-, la proclamación del derecho humano a la información clausura toda una época histórica, cierra conceptualmente un período de ciento cincuenta años que se había iniciado a partir del artículo 11 de la Declaración revolucionaria francesa de 1789. Lo que, en realidad, hace crisis es el entendimiento de la información como una libertad. Lo que, en realidad, se intenta superar es la idea de libertad de expresión.

"La libertad de expresión era una libertad concedida por el Poder y, en consecuencia, limitable por el Poder, o incluso anulable por él. El derecho a la información es un derecho natural no concedido ni limitable extrínsecamente.

"La libertad de expresión era, en resumidas cuentas, la libertad de un grupo reducido de personas: periodistas y empresarios de la información. El derecho a la información tiene, por el contrario, un sujeto universal, que corresponde a todos los hombres, a cada hombre, a-todos-los-cada-hombres.

"La libertad de expresión era ejercitada como una manifestación individual de libertad. El derecho a la información es un crédito social, una expectativa garantizada que engendra –en periodistas y empresarios- un deber profesional de satisfacer el derecho a la información del público".5

1. El sujeto universal del derecho a la información

Lo que hoy se difunde como un derecho natural y es reconocido en forma amplia y cada vez más extendida en el mundo, es un derecho nuevo que el hombre debe ejercitar aprendiendo de sus consecuencias, y perfeccionando sus procedimientos. Desde la aparición de la primera tecnología de la información que hizo posible el nacimiento de la imprenta y la edición de los primeros medios de comunicación, la información fue considerada un bien preciado por quienes controlaban el poder político y económico.

La propiedad del derecho a la información correspondió, pues, inicialmente, al Estado. El desarrollo de la empresa informativa junto a su tácita alianza con el poder del Estado permitió que la propiedad del derecho a la información fuera compartida entre el Estado y la empresa informativa radicándose, paulatinamente, en esta última.

El desarrollo tecnológico y la exigencia de conocimiento especializado de la información, incorporó un tercer actor disputando la propiedad del derecho a la información: los profesionales de la información.

No fue sino hasta 1948, cuando aparece una identificación diferente del sujeto titular del derecho a la información, radicado en el hombre, en todo el hombre y todos los hombres. "Sin embargo, puede decirse que el 10 de diciembre de 1948 se produjo una revolución informativa. El Artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 proclamaba por primera vez en la Historia que el hombre –todo hombre- tenía derecho a la información".6

El Artículo 19 es taxativo cuando se refiere al sujeto: "todo individuo", y cuando, además, finaliza su segundo párrafo diciendo: "sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión". La universalidad del derecho, en cuanto al sujeto se refiere, es tan amplia como la de la Declaración.

La Declaración Universal determina que la información es un derecho humano fundamental y obliga a los Estados miembros de las Naciones Unidas a incorporar en su ordenamiento jurídico interno este principio. El derecho consagrado en el Artículo 19 es, en razón de su sujeto, universal. Con independencia de cualquier clasificación o consideración, el hombre es el titular del derecho a la información.

El derecho a la información es universal en razón del sujeto, de los medios materiales y tecnológicos a través de los cuales se ejecuta su función, y por el ámbito geográfico ilimitado en que se desarrolla.7

"Estamos en la etapa universalista de la información –dice Carlos Soria-. Antes, la información ha conocido otras tres etapas diferentes: la etapa en que la información era entendida como una marca más de la soberanía estatal; la etapa empresarista de la información y la etapa profesionalista de la información. Cada una de estas etapas ha dado una respuesta específica a la pregunta más inquietante que plantea la información. ¿A quién pertenece la información? Y estas han sido las respuestas implícitas en las cuatro etapas de la información: la información, primero, fue del poder; luego, de la empresa informativa; más tarde, de los periodistas; y ahora mismo, del público. La idea de que la información es el objeto de un derecho humano y la libertad el único modo de ejercitar con sentido ese derecho, llevan a esta conclusión revolucionaria: la información pertenece al público. Se culmina así un proceso histórico-informativo que primero situó el centro de gravedad en la idea de soberanía, es decir, en el Poder; más tarde, en ´la idea de tener y, por tanto, en la empresa informativa; después, en la idea de ser y, en consecuencia, en el profesional de la información; y, finalmente, en la idea de deber ser, de servir a la satisfacción de un derecho".8

2. El objeto del derecho a la información

Marcando una clara diferencia con la universalidad del sujeto, el objeto del derecho a la información no es universal. Así como el derecho a la información es el derecho a investigar, recibir y difundir mensajes, el objeto del derecho, es el mensaje propiamente tal.

"La universalidad, que hemos destacado como uno de los caracteres fundamentales del derecho a la información, y que es predicable de sujetos y de medios, no lo es de los mensajes. A ellos hay que aplicar el principio de generalidad del que ya hemos visto algunas manifestaciones: los casos en que sobre la difundibilidad prima el derecho del autor del mensaje; los supuestos en que, por razón del objeto precisamente, el derecho a la información ha de armonizarse con otros derechos humanos. Este importante principio de generalidad implica, como uno de sus contrarios, el de especialidad".9

Porque no todos los hechos comunicables pueden o deben ser comunicados. Aun cuando los medios de comunicación estén habilitados para recibir y transmitir una información, ésta debe ser incorporada; lo técnicamente informable no siempre es ética o jurídicamente informable.

Está en la naturaleza de la información hacer públicas las cosas, pero, las cosas privadas no siempre deben ser tratadas públicamente a menos que tengan importancia pública y los hechos protagonizados en el ámbito público pero en calidad de persona privada sin afectar o tener conexión con lo público, si así es requerido deben quedar en el ámbito de lo privado.

Excepciones a la difundibilidad que admite el derecho a la información que, sin embargo, por tratarse de excepciones hay que entenderlas siempre restrictivamente y motivadas por tres razones principales:10

  1. Porque el objeto de la información sea sustraído de la circulación por su autor, por su creador intelectual. En este caso, el derecho sobre la información prevalece sobre el derecho a la información.
  2. Porque hay otros derechos humanos que prevalecen sobre el derecho a la información. Unos prevalecen por estar más próximos al núcleo de la personalidad, como el derecho a la vida, el derecho al honor y el derecho a la intimidad. Otros derechos prevalecen sobre la información por ser más general el interés social que esos derechos protegen, como es el caso del derecho a la paz.
  3. Finalmente existen excepciones a la difundibilidad de los mensajes informativos cuando estos mensajes carecen de sus elementos constitutivos esenciales, como es la verdad en la comunicación de hechos, el bien en la comunicación ideológica, o el criterio en la comunicación de juicios u opiniones.

3. Conclusiones

Como todos sus derechos, el de información ha sido conquistado luego de un aprendizaje y maduración individual y social del hombre que, con rapidez en las últimas décadas, ha desarrollado medios de comunicación y accedido a conocimientos que le permiten comprenderse mejor, y entender al otro y los otros en forma más integral.

"La libertad informativa es el modo libre de ejercitar el derecho a la información. (...) La libertad así no tiene el sentido voluntarista o caprichoso de difundir lo que se quiera y como se quiera, sino lo que conforme a la naturaleza de los mensajes, a la coordinación con los demás derechos humanos y al mandato del público en cuyo nombre el informador y la empresa informan".11

El Artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos ha permitido que la comunidad científica haya elaborado una doctrina iusinformativa que, como dice Carlos Soria, ha sabido deducir de la idea del derecho a la información las siguientes conclusiones:

  1. "La información es un acto de justicia. Al investigar, difundir y recibir información, se está dando aquello a lo que todos tienen derecho. Y en dar a cada uno lo suyo consiste cabalmente la justicia. De la empresa y los periodistas que informan bien, se puede decir que son justos, que practican la justicia. De las empresas y los periodistas que informan mal se puede decir que son injustos, que no practican sino que conculcan la justicia.
  2. La información es una función pública. Nadie puede informar si no cumple una función informativa; nadie puede ejercitar el derecho humano a la información si no es para realizar la justicia informativa; nadie puede invocar el deber oficial o profesional de informar si no es para dar perfecto cumplimiento al derecho de los demás.12 La información es en sí una función pública, con independencia de que sus agentes sean públicos o privados.
  3. La información no es tanto un poder como un derecho y un deber. La metáfora de la prensa como cuarto poder merece la pena abandonarse por las profundas incorrecciones que introduce en el entendimiento de la información. En la medida en que la información es vista como un poder, pierde la posibilidad de ejercer el control social de los tres poderes clásicos del Estado. La función informativa, por otra parte, es precisamente lo contrario a un poder: un derecho –el derecho a la información- y un deber: el deber profesional de informar.
  4. La finalidad de la información es formar al hombre en su dimensión social para hacer la comunidad. La teleología de los diferentes mensajes informativos –el de la comunicación de hechos, ideas y opiniones- es conocer la realidad para tomar decisiones prudenciales; inducir al hombre a obrar la virtud y extenderla; y facilitar al hombre cómo pensar, formulando sus propias opiniones. La finalidad de todas estas finalidades, es decir, la finalidad de la información, podría formularse así: formar al hombre en su dimensión social para hacer la comunidad. Comunicación y comunidad son realidades interdependientes.
  5. No hay comunicaciones de masas. Desde el horizonte del derecho a la información no tiene sentido hablar de masas. El público será siempre la repetición de núcleos personales, libres y responsables que son titulares de un derecho humano. Esta radicación personalista de la Ética y el Derecho de la Información constituye, al mismo tiempo, el antídoto frente a todos los societarismos e individualismos salvajes.
  6. La información no es patrimonio exclusivo y excluyente de los periodistas ni de las empresas informativas. La titularidad universal del derecho a la información aclara que la información no es materia que atañe exclusivamente a periodistas o empresarios, sino a todo hombre. Periodistas y empresarios de la información no tienen más derecho a la información que el resto de las personas. "La propiedad de un medio de comunicación social no conlleva el derecho de propiedad de la información. (...) El titular del poder de la Información es el pueblo".13
  7. Los informadores y las empresas informativas actúan en virtud de un mandato general, social y tácito del público. La comunicación social, dadas sus características, requiere procesos y fases de más o menos complejidad, que escapan generalmente a las posibilidades reales del público. Lo normal será, pues, que el público carezca de tiempo, de la organización, los medios materiales y la capacidad adecuada para ejercitar dos de las tres facultades que integran el derecho a la información: la facultad de investigar y la facultad de difundir información. La plenitud, por tanto, del derecho a la información del público sólo se alcanza por mediación de las organizaciones informativas y de los profesionales de la información. Hay, pues, una delegación del ejercicio de esas dos facultades y, de esta forma, los informadores profesionales y las empresas informativas obran en nombre del público en virtud de un modo de mandato social, general y tácito.
  8. El informador profesional no trabaja para la empresa sino para la información. La empresa informativa es una organización especificada por el derecho a la información. Tiene la delegación social, general y tácita del público. Soporta el deber profesional de informar. Hace posible y facilita la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos y constituye, en definitiva, a la comunidad. Por todas estas razones, el informador no trabaja para la empresa, sino para la Información, aunque lo haga –eso sí- en la empresa, con la empresa y desde la empresa.
  9. Finalmente, el derecho a la información no puede ser limitado extrínsecamente como se venía haciendo con la libertad de expresión. Un estudio de la legislación comparada "lleva a la conclusión de que, junto a la palabra ‘libertad’ aparece siempre la palabra ‘límite’. Algunos de estos mal llamados ‘límites’ pueden estar justificados como excepciones; otros son arbitrarios (...) y dejan la libertad concedida en manos del Poder político que, si se entiende que la concedió, la puede limitar e, incluso, anular".14 Por el contrario, el derecho humano a la información es ilimitable por la ley positiva; es ilimitable externamente al derecho, lo que en modo alguno quiere decir que pueda ser ejercitado sin medida. El derecho a la información tiene una medida determinada por tres factores: su finalidad, su estructura y su objeto propio. Lo que conviene a un derecho humano no es, pues, su limitación extrínseca sino su coordinación con el resto de los derechos humanos".15

III. DERECHO A LA PAZ

Y una de las situaciones en que el derecho a la información "debe coordinarse con otros derechos humanos" es cuando se ha roto la paz y está en peligro la vida. El derecho a la vida y el derecho a la paz son derechos prioritarios sobre la información. Por lo tanto, la información como derecho y como deber, en tiempos de guerra, debe necesariamente subordinarse a estos dos derechos humanos fundamentales que tienen supremacía sobre cualquier otro derecho. Porque, como afirma Desantes, "el derecho a la vida es el primordial derecho humano sin el que no cabe atribuir otros derechos".16

"La paz es un derecho absoluto, frente a la información. Lo que no significa que la información esté limitada por la paz, sino que el derecho a la información ha de ejercitarse libremente en armonía con el derecho a la paz".17

Esto no quiere decir que debe asumirse la "tesis del silencio" pues en un sistema abierto, de información libre y competitiva, el silencio resulta inviable. No es posible poner puertas al campo. El silencio puede resultar contraproducente al desarrollar rumores y alimentar un clima de incertidumbre que en nada beneficia a la comunidad. La desinformación, el bulo y el rumor preparan mejor la dictadura del miedo.

Cuando están en peligro vidas humanas, lo que corresponde a los medios de comunicación y a los informadores es actuar con extrema cautela y con las exigencias éticas propias de un estado de excepción.

La violencia, el terrorismo, las guerras, por su carácter antihumano, golpean a todo espíritu sensible y obligan a plantearse con seriedad cuestiones límites y fundamentales, también en el campo informativo.

Lo que con frecuencia ocurre es que, ante las primeras noticias de un atentado terrorista o el estallido de una guerra, muchos periodistas –acostumbrados a comportarse como simples "espejos de la realidad"- se convierten en correas de transmisión de las partes en conflicto. Predispuestos a considerar como noticia todo aquello que acontece y es susceptible de ser informado, los medios de comunicación son fácilmente vulnerables ante la proliferación de pesudoacontecimientos, o noticias prefabricadas. Toda esta vulnerabilidad de los informadores se acentúa porque los acontecimientos aceleran la toma de decisiones y fácilmente se hace realidad la vieja práctica de "escribir primero y pensar después".

El periodista cae con frecuencia, además, en una peligrosa dependencia informativa, que significa un uso mimético de la misma terminología bélica. Esta actitud mimética explica que los medios no sean capaces de distanciarse de los acontecimientos y se limiten a repetir datos y circunstancias que nadie ha verificado.

La gravedad del problema de la información sobre la guerra no puede justificar la inhibición ética. Ha de haber, por el contrario, una interiorizada actitud ética que lleve a los informadores a desarrollar verdaderamente un periodismo para la paz. Se necesita entender que la violencia –en cualquiera de sus manifestaciones- no puede ser nunca (a pesar de las apariencias) un camino de solución para los problemas personales y sociales de los hombres. Una información para la paz lleva a desterrar la patética idea de que la única esperanza para solucionar los problemas humanos estriba en promover la lucha, los enfrentamientos, el odio y los resentimientos. Una información para la paz se asienta en una antropología esencialmente optimista que no olvida ni traiciona la radical dignidad del hombre.

Y cuando la paz es atacada, el informador debe hacer verdad aquella frase del Patrono de los periodistas, San Francisco de Sales: "Nada rompe con tanta facilidad el poder de los cañones como la lana". Y es que en la guerra, colocaban colchones de lana delante de las ventanas para protegerse de la metralla. La "lana" del informador opone al espíritu de discordia la voluntad de concordia. Cuando se desencadena la violencia, opone la información clara, justa y recta.18

Carlos Soria en su libro "Prensa, paz, violencia y terrorismo"19 formula tres recomendaciones tendientes a realizar un periodismo orientado a la paz:

  1. Rechazar el neutralismo informativo. El periodista está obligado a rastrear los indicios de verdad y no puede refugiarse en la cómoda postura del simple difusor de versiones interesadas, parciales o contradictorias. El periodismo de calidad exige capacidad de discernimiento, requiere juicios de valor y pide conclusiones precisas que clarifiquen los problemas.
  2. Es necesario entender mejor la naturaleza misma de la guerra para hablar de ella de otra manera. La guerra quebranta abiertamente el primordial imperativo ético del "no matarás". La posibilidad de establecer algunos criterios sobre el tratamiento informativo de la guerra, parte de una idea sencilla: el fin no justifica los medios. Pueden y deben entenderse las causas del conflicto bélico, pero no debe haber el menor espacio para justificarlo.
  3. La guerra requiere un periodismo de precisión. El carácter espectacular de los acontecimientos disloca muchas veces la capacidad de análisis de los periodistas y la furia de la guerra produce cortocircuitos informativos que se traducen en una versión de los hechos donde prima lo llamativo sobre lo importante.

La actitud a favor de la paz debería traducirse, entre otras cosas, en una nueva sensibilidad informativa, que tenga como propósito avanzar hacia formas de vida más humanas, donde la paz sea la consecuencia de una lucha por la justicia –también por la justicia informativa.

La función pacificadora de los medios de información es algo más que registrar las huellas de los acontecimientos. Requiere además filtrar esas huellas, someterlas a una prueba de contraste. El por qué y el para qué son cuestiones tan fácticas como los propios hechos. La función informativa no se limita, pues, a relatar sólo los hechos que se dan. Entre otros motivos, porque lo que se da o está ahí es también la verdad o la falsedad, el bien o el mal moral, un espíritu de libertad y comprensión, o una servidumbre mental y física, fundada en la violencia. La función pacificadora de los medios informativos requiere así que todas las informaciones estén vivificadas por un espíritu de paz. Un espíritu de paz no mecánico, ni técnico, ni burocrático, sino humano, capaz de hacer florecer una y mil veces la justicia, la libertad, la tranquilidad de ánimo y la dignidad de cada persona.

IV. LA INFORMACIÓN EN LA GUERRA DE IRAK

La guerra de Irak es la primera que se transmite prácticamente sin interrupciones por televisión y que es informada ampliamente desde el lugar de los hechos, en el momento mismo en que estos ocurrían, por modernos sistemas comunicacionales, como Internet, a través de diarios electrónicos que alimentaban a la prensa tradicional. Las audiencias del mundo tuvieron la oportunidad de tomar contacto con el conflicto en forma similar a como diariamente se entretienen con un reality show o la programación de moda. Los actores y los escenarios eran reales, y los conflictos entre los beligerantes mostraban su carga de dolor, destrucción y odios sin limitaciones ni fantasías. Los informadores tuvieron a su alcance una amplia gama de hechos noticiosos que se sucedían con gran velocidad en lugares diversos. Aprovecharon la impactante realidad que cubrían para emocionar hasta el extremo a sus audiencias particulares, buscando transmitirles su visión y su valoración de la guerra.

La tecnología de las comunicaciones, permitió que la instantaneidad de la noticia estuviera siempre acompañada de las más impactantes imágenes. Los habitantes del mundo pudimos ver en directo, desde el desierto iraquí hasta las más antiguas manifestaciones culturales de la Mesopotamia. Las vimos en rojo y verde porque el color del desierto es indescriptible y además nunca es igual. Y en esos colores, irreales en la estática del videófono, nítidos en la línea vía satélite, pudimos constatar las nuevas posibilidades y peligros del periodismo.

Incrustados e independientes

Cerca de 900 periodistas ingleses, norteamericanos y españoles, principalmente, cubrieron el conflicto bélico desde las filas de los ejércitos de la coalición anglo-estadounidense (para identificarlos se utilizó la palabra embedded, que literalmente significa incrustado) e informaron desde el interior de las divisiones, unidades o brigadas desplegadas en el campo de operaciones, como si fueran parte de ellas, sin ser soldados.

Muchos de estos periodistas (las informaciones hablan de algunos cientos) recibieron por primera vez en la historia de los conflictos bélicos una preparación especial por parte del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, para que pudieran cumplir su función profesional junto a las tropas, directamente desde el campo de batalla, sin que su seguridad personal corriera riesgos (o al menos este fuera mínimo) y sin que el cumplimiento de su labor informativa pusiera en riesgo la seguridad de las operaciones militares.

Con el objeto de cumplir este objetivo, el Departamento de Defensa organizó una serie de campamentos de entrenamiento denominados "Media Boot Camps", en los que ofreció una formación básica a periodistas, fotógrafos y camarógrafos. Los medios de comunicación participantes en este programa, si bien mostraron satisfacción por la iniciativa del Pentágono, no ocultaron su escepticismo por la modalidad que les era ofrecida. Muchos se preguntaron si realmente los periodistas no correrían el peligro de ser usados como parte de una campaña informativa, o si, en los momentos críticos del conflicto, no serían censurados por los militares impidiéndoseles ejercer su labor.

El Presidente norteamericano George W. Bush les aseguró que no habría censura de ninguna naturaleza, excepto aquellas que tuvieran relación con la seguridad de las operaciones militares. El programa de entrenamiento, aseguraron en el Pentágono, tenía como objetivo que el público conociera la verdad por lo que "nos comprometemos a dar el mayor acceso posible, siempre y cuando se pueda acoplar el personal, y los criterios tácticos de seguridad de la misión lo permitan."

En la realidad, las intenciones y los resultados no siempre coinciden. Un columnista de BBC Mundo, Miguel Molina, escribía el 27 de marzo de 2003, acerca de los periodistas incrustados, "hemos visto cómo se han ido convirtiendo en parte del ejército cuyas actividades tienen que cubrir. Los hemos visto vestidos de uniforme y casco, los hemos escuchado hablar de ‘nuestras fuerzas’ y en sus crónicas cuentan que ‘el enemigo nos atacó’. (...) Me preocupa esa relación simbiótica que puede echar a perder el sentido del equilibrio informativo". (BBCMundo.com, 27/03/03).

Así también es tan fácil convertirse en voceros de propaganda o en ecos involuntarios del rumor, que a fin de cuentas son armas efectivas, como equivocarse ante un exceso de versiones sobre la misma realidad que se trata de cubrir.

"La verdad –sostiene Miguel Molina- es un animal que escapa al menor descuido. Los periodistas tienen que cuidar tres frentes: el ego, el conflicto que ven y el conflicto que les cuentan". (BBCMundo.com, 27/03/03).

En la cobertura de la guerra de Irak hubo, afortunadamente, otro grupo de periodistas al que no le importaba que la guerra se hubiera convertido en un espectáculo televisivo y se preocuparon, incrustados o no, por conseguir información. Se preocuparon de dudar, de hacer preguntas y luego volver a preguntar, resultando muchas veces incómodos para los militares y para sus colegas que no se atrevían a dudar ni a preguntar.

Otros, de plano estuvieron cubriendo la guerra en forma independiente, es decir bajo su propio riesgo, que fue muy elevado. Para este grupo de profesionales las dificultades siempre son mayores. No en vano una guerra es un momento en el que los derechos civiles son conculcados o severamente restringidos, para dar paso a estados de excepción en que la suma del poder radica en el mando militar. Las pasiones humanas como el odio, la violencia extrema, la crueldad y el desprecio por la vida, sumado a la falta de libertades, impide que un profesional independiente pueda cumplir su trabajo sin un alto riesgo de ser identificado por los bandos en conflicto como eventual parte de sus enemigos. Por ejemplo, un grupo de periodistas portugueses e israelíes a quienes tuvieron detenidos las fuerzas norteamericanas en Irak por 48 horas, les fue investigada la posible colaboración con las fuerzas de Bagdad en calidad de espías: ellos sólo querían informar sobre la verdad de los hechos. Otros, como Terry Lloyd y Paul Moran, murieron tratando de encontrarle sentido a una guerra que, como todas las guerras, no tenía sentido.

Control de la información

Por otro lado, la guerra de Irak mostró la importancia que las partes beligerantes le asignan a la información como uno más de sus instrumentos bélicos.

La comunidad internacional pudo ver nítidamente como, desde el gobierno norteamericano e inglés y sus mandos militares en el campo de operaciones, y desde el gobierno iraquí, a través de su Ministerio de Información, utilizaron en su favor todas las posibilidades comunicacionales que el sistema informativo mundial había instalado en Irak para cubrir el acontecimiento.

El sistema comunicacional iraquí, a través del Ministro de Información, Mohamed said al-Sahhaf, mantuvo hasta el día de la derrota una versión de los hechos que no se correspondía con la realidad. Tanto así que aun contra la evidencia presentada por los propios medios y conocida por la opinión pública, negaba hasta unas horas antes de la toma de Bagdad que las fuerzas norteamericanas se hubieran siquiera acercado a la periferia de la capital iraquí.

Para probar tales afirmaciones, informaba que las fuerzas iraquíes estaban derrotando y haciendo retroceder a las fuerzas norteamericanas, con un lenguaje categórico. "Los estamos degollando", decía o, "freirán sus estómagos en la caldera que les presenta el pueblo iraquí". Tan persuadido de su mirada a la realidad se mostraba el Ministro al-Sahhaf, que minutos antes de su última aparición pública intentaba animar a la resistencia iraquí diciéndoles que "corten sus gargantas (a los norteamericanos) y partan sus corazones en dos".

Los medios de comunicación iraquíes, particularmente su televisión, cumplieron una tarea propagandística en la que los hechos sólo fueron mostrados según el interés y objetivos bélicos del régimen de Sadam Hussein: la transmisión permanente de programas patrióticos, el ensalzamiento del nacionalismo y la heroicidad del pueblo iraquí y la utilización pública del Presidente Hussein en los momentos que creyeron oportunos para sus intereses, dan testimonio de esto.

En otro orden, la versión de las cadenas árabes sobre los acontecimientos -Al-jazeera, Al-arabiya y otras- durante todo el conflicto informaron de la "resistencia heroica de las fuerzas iraquíes" y de las dificultades encontradas por las fuerzas de la coalición para lograr sus objetivos militares.

Según estas cadenas, la guerra de Irak debería durar tanto o más que la guerra de Vietnam y significar una derrota de las fuerzas norteamericanas y británicas. Esta orientación informativa, que estaba lejos de la realidad, fue utilizada hasta el momento de la caída de Bagdad y produjo una gran frustración en los países árabes porque comprobaron que habían sido objetos de una información manipulada.

Por último, un caso aparte es el de aquellos medios de comunicación que decidieron mantener a sus periodistas y reporteros en Bagdad, Basora, Mosul u otras ciudades de Irak durante el desarrollo de la guerra, y el tipo de información que a estos les fue posible transmitir.

Diferentes analistas llegan a conclusiones disímiles sobre esta cuestión. Sin embargo, hay algunos hechos objetivos necesarios de considerar: en primer lugar, la naturaleza jurídica de un estado de guerra con su correspondiente pérdida y o control de la libertad. En segundo lugar, el hecho que los periodistas que se quedaron (Hotel Palestina, Hotel Hilton) lo hicieron con clara conciencia que cubrirían la guerra desde la parte beligerante más débil. Y en tercer lugar, que esta parte (Irak) estaba gobernada por una dictadura extremista, cruel y totalitaria.

La consecuencia natural de lo anterior, fue que los informadores tuvieron que atenerse a un código de conducta para la prensa internacional dictado por el gobierno iraquí con el pretendido propósito de garantizar la seguridad de los periodistas. "A partir de ahora, los periodistas no podrán salir a la ciudad sin la compañía de funcionarios reconocidos por las autoridades y lo deberán hacer en automóviles cuya matrícula, marca y conductor deben comunicar con anterioridad", estableció el código. Las medidas comunicadas directamente por el Secretario General del Ministerio de Información iraquí, Uday al Tay, restringieron, incluso, el tomar taxis en las calles y las excursiones fuera de la capital. Sólo en la capital iraquí, Bagdad, habían alrededor de 350 periodistas acreditados procedentes de unos setenta países. (Emol.com, 31/03/03)

Ante esta situación de control administrativo-militar que restringía severamente la libertad informativa, los periodistas enfrentaron el riesgo de transformarse en caja de resonancia del régimen iraquí cumpliendo en tal caso los objetivos de este. Sin embargo, tenían dos alternativas: informar sólo aquello que les diera una mínima posibilidad de pluralismo, o negarse a informar dedicando su esfuerzo a registrar los hechos para la posteridad.

Frente a esta realidad, algunos periodistas cayeron en el juego del gobierno iraquí, acompañando a las fuerzas de seguridad a cada lugar donde estos querían llevarlos para informar, desde su interés, los daños físicos y humanos producidos por las fuerzas de la coalición: edificios destruidos, niños mutilados, mujeres sufrientes, ancianos heridos. Elementos clásicos de todo conflicto en el que una de las partes busca desprestigiar la intervención de su enemigo, alimentar el sentimiento nacionalista, el odio por el bando contrario y el deseo de combatirlo hasta la más extrema de las consecuencias.

En la guerra de Irak, un objetivo político en el control de la información por parte del gobierno local, fue despertar una reacción social mundial contraria a la acción militar de la coalición anglo-estadounidense, y, consecuencialmente, favorable a sus planes de perpetuación o control totalitario del poder interno e influencia internacional.

Talca, abril de 2003.

_____
Notas:

1 Desantes Guanter, J. M., Información y Derecho, Pontificia Universidad Católica de Chile, Escuela de Periodismo, Colección Actualidad e Información, Santiago, Chile, 1990., p. 51.
2 Ob. cit., p. 51.
3 Peltzer, Gonzalo, en Presentación del libro de Desantes Guanter, J. M., La Información como Deber, Editorial Ábaco de Rodolfo Depalma, Buenos Aires, Argentina, 1994, p. 13
4 Soria, Carlos, La Hora de la Ética Informativa. Editorial Mitre, Barcelona, 1991, p. 10
5 Ob. cit., p. 11
6 Ob. cit., p. 9
7 Cfr. Soria, C., La Hora de la Ética Informativa, Editorial Mitre, Barcelona, 1991, p. 12.
8 Soria, C., ob. cit., pp.13-14, y Desantes, J.M., El público y la información, Ponencia en la XXIV Semana Social de España, Segovia, 1986.
9 Desantes, J. M., Información y Derecho, Pontificia Universidad Católica de Chile, Escuela de Periodismo, Colección "Actualidad e Información", Santiago, 1990, p. 39.
10 Cfr. Soria, C., en ob.cit., p. 13.
11 Desantes, J.M., El público y la información. Ponencia en la XXIV Semana Social de España, Segovia, 1986, citado por Soria, C., en La Hora de la Ética Informativa, Editorial Mitre, Barcelona, 1991, p. 11
12 Desantes, J.M., La función de informar, pp.153-158, citado por Soria, C., en ob. cit., p. 14
13 Nieto, A., Cartas a un empresario de la Información. Pamplona, 1987, pp. 108 y 110, citado por Soria, C., en ob. cit., p. 15.
14 Desantes, J.M., Ponencia citada, en Soria, C., ob. cit.
15 Toda la numeración está en la obra de Soria, C., La Hora de la Ética Informativa, Editorial Mitre, Barcelona, 1991, pp. 14-16.
16 Desantes, J. M. La información ante el panorama de la paz. En Prensa, paz, violencia y terrorismo, La crisis de credibilidad de los informadores. Editorial Eunsa, España, 1990. pág. 141.
17 Desantes, J. M. Ob. cit. pág. 143.
18 Cfr. Desantes, J.M. Op.cit. pag. 144.
19 Soria, C. Editor. Prensa, paz, violencia y terrorismo. La crisis de credibilidad de los informadores. Editorial Eunsa. España, 1990. págs. 65, 66.


* María Verónica Figueroa es periodista, doctora en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y académica del Instituto de Estudios Generales de la Universidad Católica del Maule, en Chile. * Victoriano Valdés Avila es doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y académico de RR.II. Instituto de EE.GG. de la Universidad Católica del Maule, en Chile. Esta es su primera colaboracion para Sala de Prensa.


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