Sala de Prensa

59
Septiembre 2003
Año V, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


La resistencia mediática

Paco Gómez Nadal *

La globalización no es más que la uniformidad de modelos para ampliar mercados. Es decir, si una mayoría de ciudadanos del mundo comparten los principales códigos culturales o de comportamiento, las multinacionales amplían inmediatamente sus mercados porque el mismo producto gusta a más usuarios. Si, además, se eliminan las barreras comerciales, el beneficio se amplía. Y si, además, podemos producir productos con mano de obra barata de países en vías de desarrollo sin riesgos para la seguridad de mi empresa, pues sigo multiplicando el margen de ganancia.

Soy consciente de la simplificación excesiva que he hecho de un fenómeno mucho más complejo, con muchas más aristas. Pero juguemos a la sencillez, ya que un filósofo amigo dice que no hay . Si necesito una megasociedad lo más uniforme posible, debo fabricar esa uniformidad. El experto en fabricar falsas sensaciones globales fue un periodista estadounidense llamado Walter Lippmann, teórico de los políticos liberales de ese país, que se inventó una carreta que se aplica a la perfección en nuestros días: "La fabricación de consensos". Decía Lippmann que la clave de la democracia moderna es fabricar los consensos. Es decir, manipular la opinión pública hasta que responda a las necesidades de la sociedad. Claro que estas necesidades las decide una élite ‘preparada’.

La teoría de la fabricación de consensos la podemos aplicar hoy a lo político, pero, con pequeñas modificaciones, es perfectamente válida en el mundo de la publicidad, en la mal llamada comunicación institucional o, más evidentemente, en los medios de comunicación. Con la globalización, esta sencilla técnica de manipulación, de formación de mentes sumisas (como diría Vicente Romano), se lleva al extremo. Necesitamos pues que un colombiano piense similar a un estadounidense, un español o un ruso. ¿En qué? En todos los aspectos de la vida. Los ‘dueños’ de la globalización, porque también existen, necesitan que nos guste la misma ropa, que veamos los mismos programas de televisión, que comamos los mismos productos y que votemos a los mismos líderes, o al menos a los líderes amigos de los ‘dueños’ de la globalización.

Lo simplifico aún más. Para que la película Harry Poter sea la de máxima recaudación histórica en el mundo necesitamos que el colombiano, el estadounidense, el español o el ruso tengan las mismas ganas de pagar una entrada por ver esa película. Para que la multinacional de ropa Chevignon pueda vender en Bucaramanga su ropa necesitamos que los jóvenes bumangueses y los franceses vistan igual. Las minorías, desde esta lógica de un mercado global, son cada vez más marginales, importan nada. Los indígenas en un mundo de blancos y mestizos, o los campesinos, en un mundo de citadinos, no interesan. Y la gran mayoría del planeta: los pobres, se convierte en minoría porque no tiene con qué comprar. Así, los pobres y las minorías marginadas sólo interesan a los ‘dueños’ de la globalización en cuanto que se pueden convertir en una amenaza.

Mientras, para lograr la uniformidad de gustos y comportamientos, los medios de comunicación masivos son el arma más efectiva. Los programas de radio, televisión o las páginas de prensa le tiene que dedicar tiempo a Harry Poter, o a Protagonistas de Novela (que no es un producto colombiano, sino la adaptación de un programa extranjero por el que la empresa de Colombia paga costosísimos derechos). Si no lo hacen, no tienen pauta publicitaria y, sin pauta, no hay negocio.

En lo político y lo cultural, la estrategia de fabricación de consensos empuja a América Latina a una posmodernidad que no es suya, la lleva a un nuevo coito interruptus… Ya le amargaron el orgasmo de las civilizaciones precolombinas, de ese se encargaron en su momento mis antepasados y ahora se ocupan ustedes; no le permitieron gozarse la independencia porque dependió demasiado de una oligarquía burocrática criada a la sombra de las corruptas administraciones coloniales; castraron rápidamente cualquier intento de experimentar otros sistemas políticos; y, ahora, cuando el Estado apenas comenzaba a mirarse al espejo de las realizaciones convencieron a América Latina para que lo desmontara… En fin… nos han llevado, irremediablemente, a una especie de impotencia que nos niega a nosotros mismos. Aunque, siguiendo el planteamiento de William Ospina en Los centros de la esfera, quizá todas esas contradicciones sean el alimento para la solución.

Dice así: "¿Qué hacer con un mundo (América Latina) adonde llegaron a la vez el renacimiento y el esclavismo, con un mundo al que llegó primero la Contrarreforma y sólo siglos después la Reforma? La historia, que en Europa parecía haber seguido un rumbo y haber evolucionado de acuerdo a una lógica, en América Latina pareció enloquecer, fusionó todo con todo, mezcló los rituales de África con las ceremonias católicas en la santería cubana; mezcló el saber ornamental de los aztecas y los mayas con el barroco estimulado por el Concilio de Trento; mezcló la imagen alada de la Virgen del Apocalipsis con la evocación matriarcal de la Pachamama incaica; mezcló en el bolero la ternura cortesana con la sensualidad africana; y dio origen a una humanidad a la vez escéptica y vigorosa. "¿Me contradigo? –preguntaba Walt Whitman, para responder enseguida- Muy bien, contengo muchedumbres".

Medios y resistencia

¿Qué papel juegan los medios de comunicación masivos en este lavado de identidades y en este juego de falsos consensos? ¿Qué alternativas hay al monopolio de los medios masivos?

En las empresas de comunicación de masas se ha vivido un proceso dramático en los últimos 15 años. Primero, porque se ha concentrado la propiedad. Más del 80% de los medios de comunicación de masas de éxito del mundo pertenecen a no más de 20 empresas multinacionales que son propietarias directas o tienen participación.

Eso significa que el control de los mensajes y de las informaciones que recibe el público es total. La variedad y la confrontación de ideas y textos es casi nula y los medios se alimentan de lo que se llaman fábricas de contenidos: unas pocas y complejas industrias de las que sale la mayoría de mensajes, imágenes y opiniones que leemos, escuchamos o vemos en televisión.

Y les hago una pregunta en este punto: ¿por qué, si son industrias, la televisión es prácticamente gratuita, la radio llega a nuestros oídos por el precio de una batería, y los periódicos cuestan menos plata que una libra de arroz? La información es casi gratis porque lo que nos están comprando es el biotiempo. El dueño de una cadena de televisión logra pauta publicitaria porque puede demostrar que sus programas mantienen mucho tiempo frente al aparato de televisión a un gran número de personas. Por tanto, los mensajes políticos, culturales, económicos o simplemente publicitarios son más efectivos. Es decir: fabricamos mucho consenso con menos esfuerzo ya que llegamos a más seres humanos. En esta época de globalización, el biotiempo es un poderoso billete, una moneda que vale más que el dinero corriente. Y la entrega de nuestro biotiempo a los medios masivos que controlan unos pocos, es una renuncia explícita a nuestro papel ciudadano democrático.

La democracia real ve a los ciudadanos como actores, como protagonistas de la vida social. La democracia de la globalización ve a los ciudadanos como espectadores, como objetos que sólo salen del letargo para comprar o, en el mejor de los casos, para decidir cada cuatro años quien es el nuevo ‘dueño’ de su propia globalización, de su Gobierno.

Un comunicólogo español muy crítico con lo que está ocurriendo, Vicente Romano, cuenta como un joven francés del siglo XVI, Etienne de la Boetie, se preguntaba en el Discours de la servitude volantaire  (1548): "Cómo es posible que tantas personas, aldeas, ciudades y naciones se sometan de vez en cuando a un solo tirano, que no tiene más poder que el que se le dé, que no puede causar más males que los que ellos le permitan". El tirano de la globalización es aquel que controla nuestro biotiempo y, por tanto, nuestras ideas. Y el tirano utiliza los medios de comunicación para, una vez capturado nuestro biotiempo, controlar nuestras ideas.

Dice el poeta Rimel Serrano que "sólo tiene alma quien decide tenerla". Tener alma, ser ciudadano responsable y activo, es un acto de autodeterminación complejo, que supone asumir el dolor como parte de la vida, y creer en terrenos síquicos más allá de los físicos. El alma del receptor, en nuestro caso, debe estar conformada por sensaciones, pero también por razones. La cultura del entretenimiento de los medios masivos explota el reinado de la sensación y minimiza la importancia de la razón. Pero el alma del receptor debe estar armada de razones para poder comprender el complejo mundo circundante. Pero... ¿quiere el receptor comprender el mundo circundante? ¿No está primando el discurso individualista y sensiblero de que lo único que importa es el entorno más cercano y los sentimientos personales? Karl Mannheim, discípulo de Weber, señalaba que "un hombre para el que no existe nada más allá de su situación inmediata no es plenamente humano" (ensayo La democratización de la cultura).

El aislamiento, defiendo, es fruto de la fragmentación de la información, y, por lo tanto, del fin del comportamiento social. La comunicación, el periodismo, nació de un ser social preocupado de saber, de comprender. El predominio del mercado sobre la construcción social fragmenta y transforma todo acto comunitario en una transacción. Christopher Lash asegura en su libro La rebelión de las élites: "Más pronto o más tarde el mercado tiende a absorber. Ejerce una presión casi irresistible sobre todas las actividades para que se justifiquen en los únicos términos que reconoce: convertirse en una propuesta de negocios, producir beneficios, cumplir los mínimos aceptables. Convierte las noticias en diversión, el saber en carrera profesional, el trabajo social en gestión científica de la pobreza". En este contexto pensar críticamente es improductivo. Comprender el funcionamiento de las cosas es una amenaza contra el mercado. La especialización de los saberes evita el juicio público ya que... cómo se a atreve un no especialista a cuestionar el mensaje de un ‘científico’.

Por eso es tan necesario encontrar nuevos caminos de resistencia a este control casi unilateral y mercantilista de la información. Los movimientos de resistencia a la globalización se han centrado en dos tipos de medios muy dispares. Unos medios, también globales, que tratan de contrarrestar la avalancha con acciones de gran magnitud. Normalmente utilizan Internet para fomentar flujos de información y de pensamiento masivos, que interconectan a personas de diversas culturas, pero con un mismo objetivo: la resistencia.

El segundo tipo es muy diferente, ya que se trata de medios comunitarios, pequeños, que se encargan de una comunidad especifica, conocida y restringida. Normalmente, las conclusiones o las informaciones maduras que surgen de estos medios locales o comunitarios pasan a formar parte después de esos medios que utilizan Internet como canal.

Se trata, en definitiva, de buscar las identidades locales, cercanas, para después enriquecerlas y potenciarlas con otras identidades ajenas. Sería algo así como la globalización bien entendida. Un medio, sin el otro no funciona. Es decir. Si desde los movimientos sociales sólo nos insertamos en los medios alternativos globales, básicamente los que utilizan Internet como canal, nuestros mensajes no tendrán identidad y lo único que facilitarán es otra invasión de ideas y de mecanismos de pensamiento. Si sólo utilizamos los canales alternativos locales, fomentaremos una visión del mundo ombliguista y reducida que, habitualmente, lleva a expresiones xenófobas, nacionalistas (en el mal sentido de la palabra) y sin salida.

Sin embargo, si primero construimos unos mensajes sólidos, anclados en la identidad propia, de barrio, de vereda, de ciudad, de organización, y después los confrontamos con apertura a los de otros semejantes a través de las grandes redes de comunicación alternativa, entonces nuestra identidad se enriquece, las redes se multiplican y la acción de nuestros movimientos sociales se refina.

No se puede renunciar a ninguna de las dos. Decir adiós a los medios de comunicación propios y locales es negar la identidad y cerrar las puertas al conocimiento del entorno cercano. Negar las ventajas de esa otra globalización de los movimientos alternativos a través de Internet es desconectarse de una lucha global contra lo global mal entendido y, por tanto, perder fuerza.

Pero mostrada así esta opción de resistencia mediática, que combina lo local con lo global, no puedo dejar de señalar el riesgo de crear o fomentar medios resistentes que confundan la información con la propaganda. Hay un riesgo real de propaganditis, de tratar de contrarrestar la avalancha de publicidad y mensajes del poder con contrapublicidad y contramensajes resistentes, tan contaminados y tan poco veraces como los primeros.

Estoy seguro de que apostar a la resistencia es apostar a la veracidad, a la profesionalidad en la elaboración de mensajes informativos que confíen en unos receptores maduros, adultos intelectualmente. Si no es así, los medios resistentes sólo llegarán a un pequeño círculo marginal de confesos, de convencidos a los que sólo estamos reafirmando sus prejuicios.

Los teóricos de la empresa informativa de masas aseguran que el medio de comunicación masivo triunfante es aquel que no contradice los prejuicios de sus receptores. La labor de resistencia debe ser justo la contraria. Desmontar prejuicios a punta de veracidad, de profesionalidad en la elaboración de los mensajes. Circula un cuento en Bucaramanga según el cual, para ser periodista sólo hacen falta dos acciones: conseguir la concesión de un espacio radial o televisivo e ir a Sanandresito a comprar grabadora o cámara. Lo triste es que el cuento es cierto. Y eso pasa en las producciones comerciales y, a menudo, también en las ‘alternativas’.

Desde la resistencia hay que ser más serios, más profesionales, más veraces que los medios masivos. La teoría del ejemplo se aplica a la perfección. Si alguien me grita mi manera de combatirlo es con la palabras dulce. Si los medios masivos me engañan mi manera de luchar contra ellos es mostrando las diferentes verdades que atañen a la misma circunstancia. La verdad necesaria, la perecedera, es asunto de trabajo para filósofos. A nosotros nos quedan reservadas las verdades coyunturales, que nunca son una, sino múltiples. No se trata, pues, de tener la razón, sino de mostrar las razones. De ayudar a la opinión pública más cercana y a la distante a formarse un criterio a cuestionarse y a cuestionar. En conclusión, la única resistencia mediática posible, desde mi óptica y experiencia, es aquella que ejemplifica desde la madurez, que construye desde las verdades, que propone desde la honestidad. Aquella que basa su valor político en su veracidad, en su credibilidad.


* Paco Gómez Nadal es un periodista español que trabajó como redactor de Internacional El País de Madrid hasta el año 2000, cuando se instala en Colombia. En 1996 trabajó con El Colombiano de Medellín, y un año después dirigió el periódico La Tribuna y fue subdirector de Barricada en Nicaragua. En la actualidad es director de Comunicaciones de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, mientras sigue colaborando con El País y otros medios escritos. Es colaborador de Sala de Prensa.


Tus comentarios, sugerencias y aportaciones
nos permitirán seguir construyendo este sitio.
¡Colabora!



| Volver a la página principal de SdP |
|
Acerca de SdP | Periodismo de Investigación | Etica y Deontología |
|
Derecho de la Información | Fuentes de Investigación |
|
Política y gobierno | Comunicación Social | Economía y Finanzas |
|
Academia | Fotoperiodismo | Medios en Línea | Bibliotecas |
|
Espacio del Usuario | Alta en SdP |
|
SdP: Tu página de inicio | Vínculos a SdP | Informes |
|
Indice de Artículos | Indice de Autores |
|
Búsqueda en Sala de Prensa |
|
Fotoblog |

© Sala de Prensa 1997 - 2008


IMPORTANTE: Todos los materiales que aparecen en Sala de Prensa están protegidos por las leyes del Copyright.

SdP no sería posible sin la colaboración de una serie de profesionales y académicos que generosamente nos han enviado artículos, ponencias y ensayos, o bien han autorizado la reproducción de sus textos; algunos de los cuales son traducciones libres. Por supuesto, SdP respeta en todo momento las leyes de propiedad intelectual, y en estas páginas aparecen detallados los datos relativos al copyright -si lo hubiera-, independientemente del copyright propio de todo el material de Sala de Prensa. Prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de Sala de Prensa sin la autorización expresa del Consejo Editorial. Los textos firmados son responsabilidad de su autor y no reflejan necesariamente el criterio institucional de SdP. Para la reproducción de material con copyright propio es necesaria, además, la autorización del autor y/o editor original.