Guerra a la
impunidad
Koïchiro
Matsuura *
Todos los años,
cuando se conmemora el Día Mundial de la
Libertad de Prensa, se hace hincapié en la
importancia de la libertad de prensa como
requisito indispensable del funcionamiento de una
democracia sana en la que el pueblo sea libre de
decir lo que piensa. Y cabe recordar el Artículo
19 de la Declaración Universal de Derechos
Humanos, que dispone lo siguiente: "todo
individuo tiene derecho a la libertad de opinión
y de expresión; este derecho incluye el de no
ser molestado a causa de sus opiniones, el de
investigar y recibir informaciones y opiniones, y
el difundirlas, sin limitación de fronteras, por
cualquier medio de expresión". Sin medios
de comunicación libres, independientes y
pluralistas, ¿cómo podría la población elegir
a sus representantes con conocimiento de causa,
entender por qué las autoridades adoptan ciertas
decisiones, o participar efectivamente en la cosa
pública? Por consiguiente, los periodistas
cumplen un papel esencial en el proceso
democrático pero se trata de una función que no
está exenta de riesgos.
En tiempos de
guerra y de conflicto violento, los peligros que
enfrentan los periodistas son mayores que los
habituales pero ésas son justamente las
circunstancias en las que más se aprecia la
existencia de un sistema de información
independiente, fidedigno y profesional. Dada la
capacidad de penetración y de ofrecer un
contacto inmediato con la realidad que
caracteriza a los medios modernos de
comunicación, todos registramos en nuestras
mentes imágenes recientes e imborrables de
operaciones militares, con su cortejo de
devastación y de violencia. Somos plenamente
conscientes, sin embargo, de las condiciones en
que los periodistas suelen cumplir su labor y de
los enormes riesgos que, sin hurtar el cuerpo,
enfrentan diariamente. Por lo menos 274
periodistas perecieron en regiones asoladas por
la guerra entre 1990 y 2002. Y, más
recientemente, algunos de los que cubrían las
hostilidades en Iraq resultaron heridos o
perdieron la vida.
En este Día
Mundial de la Libertad de Prensa, saludamos a
todos los periodistas cuya búsqueda incansable
de la verdad y la información en situación de
conflicto armado los expone a todo tipo de
eventualidades. Aplaudimos su intrepidez frente a
las contingencias que pueden constituir una
amenaza para su vida. Admiramos la tenacidad con
que se empeñan en estar al corriente de los
acontecimientos. Y rendimos homenaje al
profesionalismo con que se introducen sin
vacilaciones en el fragor de los enfrentamientos
armados.
Sin embargo los
riesgos que afectan a los periodistas no se
limitan a los existentes en tiempos de guerra.
Traducir en hechos el principio de la libertad de
prensa no es tarea fácil. A veces, esa libertad
es reprimida por la ley y la acción coercitiva
ejercida por la policía y por los tribunales. En
otras ocasiones es reprimida por la violencia,
las amenazas y la intimidación ilegítimas. Y,
lo característico en tales casos, es que son los
periodistas y otros profesionales de los medios
de comunicación los que suelen encontrarse,
prácticamente, en la línea de fuego. No cabe
duda de que el precio que pagan puede resultar
sumamente elevado. Las estadísticas entregadas
por las organizaciones profesionales suelen
variar pero las categorías que utilizan son muy
reveladoras: el número de periodistas
asesinados, o cuya integridad física ha sido
atacada o amenazada; el número de periodistas
detenidos o encarcelados; y el número de
órganos de difusión de la información
censurados. A lo largo del año pasado, la
situación de la libertad de prensa en el mundo
parece haberse deteriorado.
Y tras las
estadísticas existen ejemplos individuales de
valor y de sufrimiento, de vidas destrozadas, de
perjuicios y sacrificios personales. Tras las
estadísticas están las reacciones de todos
nosotros cuando los periodistas, en el ejercicio
de su profesión, son acosados, encarcelados,
atacados e incluso asesinados. Tales atropellos
causan enormes padecimientos individuales pero
constituyen también una grave restricción a la
libertad de expresión, con todo lo que ello
implica como limitación al ejercicio de las
libertades y derechos de la sociedad en general.
Porque cada vez que un periodista se expone a la
violencia, la intimidación o la detención
arbitraria en razón de su empeño por dar a
conocer la verdad, son todos los ciudadanos los
que se ven privados del derecho a expresarse y a
actuar de acuerdo con su conciencia.
La deuda que
contraemos colectivamente cuando los periodistas
sufren en nuestro nombre debe ser reembolsada de
manera eficaz. Y cuando menos, hemos de declarar
la guerra a la impunidad. Por consiguiente, hago
un llamamiento a que todos los gobiernos, en
todos los niveles, asuman la responsabilidad que
les corresponde velando por que los delitos
cometidos contra los periodistas no queden sin
castigo. Es esencial que todas las violaciones se
investiguen detenidamente, que todos sus autores
sean procesados y que todos los sistemas
judiciales y procedimientos sean capaces de
condenar a quienes resulten culpables. Estas
exigencias son vitales para sancionar las
violaciones de derechos humanos. Poner término a
la impunidad es una forma de satisfacer nuestro
afán de justicia; además, contribuirá en
primer lugar a evitar en buena medida que se
produzcan esas violaciones.
El derecho de
todos los ciudadanos a obtener una información
fiable depende del valor y la integridad de los
periodistas, del ejercicio sin temores de la
libertad editorial y del compromiso inflexible de
los medios de comunicación pluralistas con los
principios de la libertad e independencia
periodísticas. Formulo un llamamiento, por
tanto, a la comunidad internacional, a los
responsables de la adopción de decisiones y a
los ciudadanos de todas las latitudes a hacer
cuanto esté a su alcance para asegurar que los
periodistas puedan proseguir su labor sin
obstáculos y sin limitaciones para que la
población del mundo entero se beneficie de la
libre circulación de las ideas. Por su parte, la
UNESCO actuará, siempre y dondequiera que sea
necesario, para promover la libertad, el
pluralismo y la independencia de los medios de
comunicación. Condenamos sin reservas todas las
formas de violencia encaminadas a silenciar la
manifestación de la verdad. En este Día Mundial
de la Libertad de Prensa de 2003, nos unimos
formando una cadena de solidaridad con todos los
que se sienten igualmente comprometidos con la
libertad de los medios de comunicación y la
libertad de expresión.
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Koïchiro Matsuura
es director general de la UNESCO. Mensaje con motivo del Día Mundial de
la Libertad de Prensa, 3 de mayo de 2003.
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