Sala de Prensa

55
Mayo 2003
Año V, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


¡Los periodistas fastidian!

Juan Gonzalo Betancur B.*

La idea de tener periodistas controlados y alejados de las zonas donde se vive el drama humano y procurar que se emitan imágenes que no molesten a lectores y telespectadores, volvió a ser el eje central de la política informativa de Estados Unidos con respecto a la prensa en la actual guerra contra Irak. Un modelo que, con variaciones, viene utilizando desde hace más de 20 años.

A diferencia de la Guerra del Golfo, donde la visibilidad de la brutalidad fue mínima (lo destacado fue presentar el aparato militar, dando a entender que lo importante eran las armas y no las personas que las usaban o sufrían, es decir, los combatientes o civiles), en la actual guerra por lo menos se ha visto un poco más de lo que ahí ocurre. Algo más de la barbarie y la destrucción que causan semejantes agresiones aunque, como paradoja, tanta información continua no significa que se haya visto mucho de ella.

Algo positivo respecto a la información sobre esta guerra ha sido la presencia de tres cadenas árabes (Al-Jazira, Al-Arabya y Abu Dhabi TV, mientras que en la pasada crisis del Golfo sólo estuvo CNN), la existencia de más espacios noticiosos con enviados especiales a la zona, la labor de periodistas que se han arriesgado a romper los cercos militares y a internarse por el desierto para buscar ellos solos la información, y la posibilidad que ofrece Internet como espacio alterno de circulación de información. Posibilidad esta última que se mantiene pese a las operaciones de bloqueo de páginas web iraquíes o pro iraquíes por parte de hackers que, no sería extraño, pertenecen a las propias fuerzas armadas estadounidenses o están contratados por agencias norteamericanas como mercenarios de la web para neutralizar de esa forma también al enemigo.

Esos nuevos espacios para conocer lo que está pasando allí se contraponen al modelo de gestión de la información pública que tienen el gobierno y las fuerzas militares de Estados Unidos y que, por extensión, cubre a sus aliados, principalmente a los británicos. Dicho modelo, al que llamaré aquí "doctrina informativa norteamericana", se basa en el mantenimiento de viejas normas utilizadas por ese país en otras guerras, ataques o invasiones y que restringen el ingreso de los periodistas a las zonas donde la confrontación es más sangrienta.

Esa doctrina se mantiene, a pesar de la presencia en esta ocasión de los llamados periodistas ‘incorporados’ o ‘incrustados’, ese batallón de 500 reporteros que van acompañando a distintas unidades norteamericanas en el terreno de batalla o que han permanecido dentro de bases militares o barcos de guerra, y que van supuestamente informando de lo que ocurre. Digo ‘supuestamente informando’ porque ellos no pueden decir la verdad sino que juegan a la propaganda que les plantean y al silencio que les imponen los comandantes de las tropas militares con las que van. Para darse cuenta de ello no es sino consultar el "Acuerdo de Adhensión al reglamento establecido por el Mando Terrestre de las Fuerzas de Coalición (CFLCC), destinado a los medios de comunicación", una especie de contrato informativo que firmaron esos 500 periodistas, con el aval de sus medios, y que contiene 49 reglas sobre lo que se puede y lo que no se puede informar. Pero esto se explica más adelante.

Periodistas alejados permiten que la guerra sea ‘limpia’

¿Por qué tras los intensos bombardeos contra Irak, en los primeros días del ataque aparecieron en la prensa occidental tan pocas personas muertas? ¿Por qué no las mostraron a pesar de que sí existían como lo hizo Al-Jazira? ¿Por qué no se vio a víctimas similares en las guerras del Golfo o Afganistán? ¿Por qué de los casi 3.000 muertos de las Torres Gemelas apenas se apreciaron unos pocos fallecidos, básicamente aquellos que se arrojaron desde los pisos superiores? ¿Por qué se conocen tan pocas imágenes de la Guerra de Las Malvinas o de las invasiones de Estados Unidos a Panamá, Granada o Somalia? Pero, ¿por qué sí se vieron en Bosnia, Ruanda o Sierra Leona? ¿Qué tenían estas últimas de distinto?

Eso se debe a que el modelo planteado por los gobiernos y las fuerzas militares de Estados Unidos durante los últimos 20 años busca mostrar las guerras en las que ese país participa como ‘guerras limpias’, ‘asépticas’, sin imágenes desagradables que afecten a la opinión pública. Lograrlo ha sido resultado de impedir a los periodistas su acceso a los sitios en los cuales se vive con toda intensidad el drama de la guerra, donde más que vehículos militares quemados hay seres humanos calcinados o más que edificios destruidos, personas en pedazos. Pero también de estrategias de lobby y presiones a directores y editores, por parte de gobernantes, parlamentarios y, por supuesto, militares.

Lo particular es que la permanencia de ese modelo durante los últimos 20 años, a pesar de las leves modificaciones que ha sufrido, significa que se trata de una verdadera política estatal de manejo de información pública sobre la guerra, de ‘gestión’ gubernamental sobre la información.

El gobierno de Estados Unidos se cuida mucho de ‘herir’ a sus ciudadanos permitiendo mostrar imágenes crudas de una confrontación cuando en ella participan en forma directa sus soldados. De esa forma, dicho conflicto se le presenta a la opinión pública de ese país como una situación distante, necesaria y costosa, pero que sin embargo no les toca ninguna fibra íntima, no les causa asco ni repudio. Las guerras llamémoslas ‘propias’ de ellos, no se muestran plenamente por los ‘gigantes’ de la información internacional (agencias y canales de noticias) cuando están involucradas tropas de los países del mundo desarrollado, principalmente Estados Unidos. Lo grave es que esa visión no se queda sólo en ese país sino que afecta a demasiadas personas en el mundo, a todos a los que nos toca por obligación ser consumidores de la ‘prensa occidental’, debido a la importancia que tiene la prensa norteamericana y pro norteamericana en el circuito internacional de noticias, de la cual dependemos tanto en América Latina.

Una ciudadanía que desconoce los horrores de la confrontación, que no ha visto las atrocidades que se comenten en un campo de batalla, se convierte entonces en una opinión pública que no cuestiona las decisiones gubernamentales de embarcarse en una aventura militar. Eso lo definió muy bien el gobierno de Estados Unidos, en especial después del papel jugado por la opinión pública de su país durante finales de los años sesenta y comienzo de los setenta, cuando la Guerra de Vietnam se les había empantanado y fue una sucesión de derrotas, avances, derrotas y más derrotas. A partir de ese momento, el gobierno norteamericano cambió las políticas oficiales de manejo informativo de las guerras en las cuales participaban. El siguiente país que aprendió la lección fue Inglaterra y a partir de ahí sus aliados en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), porque esa institución militar depende, según especialistas, de lo que diga Estados Unidos. Presentar el horror fue en adelante prohibido: ya los periodistas habían mostrado bastante durante Vietnam.

"Nuestra participación [en la guerra] había comenzado abiertamente, con el apoyo casi unánime del Congreso, del público, de los medios", reconoció Henry Kissinger en sus memorias.1 Y continuó: "Pero para 1969 nuestro país estaba escindido por la protesta y la zozobra, que a veces tomaba formas violentas y feroces".2 "La guerra de Vietnam fue el primer conflicto mostrado por la televisión e informado a través de una prensa básicamente hostil. La sordidez, los sufrimientos y la confusión inseparables de cualquier guerra se convirtieron en parte de la experiencia viva de los norteamericanos; muchos culparon de esas agonías a los defectos de los propios líderes".3

En un análisis sobre la manera en que se informó y sobre las condiciones de trabajo de los periodistas durante la guerra de Vietnam, el coronel de Caballería Francisco Marín Calahorro -militar español-, explica4 que "los militares facilitaron que se cumplieran los tres requisitos que los medios consideran esenciales para cubrir la información en guerra: proporcionaron entrada total a las zonas de combate, permitieron movilidad absoluta dentro de éstas y hubo acceso en todo momento a la información oficial (...) El resultado del conflicto llevaría a los militares a rechazar, en el futuro, la posibilidad de que se cumplieran los requisitos mencionados. La invasión a Granada en 1983 se hizo con ausencia total de periodistas y en la de Panamá, en 1989, fueron controlados y paseados en pools después del fin de las operaciones".

Por eso a partir de ahí las imágenes que se tienen de esas ‘grandes guerras internacionales’ en que Estados Unidos participó (‘grandes’ según el despliegue informativo que recibieron) son tan pobres desde el punto de la acción bélica misma: los soldados que disparan, de inmediato se nota que están en una zona de entrenamiento; los aviones caza sólo despegan o aterrizan de portaviones o bases en territorio ‘amigo’; las imágenes de misiles y bombas que dan con precisión en los blancos, es claro que son suministradas por las fuerzas armadas; los bombardeos de los poderosos aviones B-52, se ven demasiado lejos; hay demasiada simulación, demasiadas escenas preparadas en lugares fuera de la línea de combate para que los camarógrafos tengan algo qué mostrar, algo aparentemente real sobre lo que está pasando. Por supuesto que un ciudadano medio, sin idea de todo esto, cae en la trampa y cree estar viendo la guerra en directo.

¿Dónde están los muertos civiles? ¿Dónde se ven las bajas militares? ¿Dónde la destrucción causada por los famosos ‘daños colaterales’, es decir, los errores en un bombardeo o en un ataque de tierra que matan inocentes y destruyen bienes civiles? ¿Quién vio en la televisión, los periódicos o las grandes revistas a un buen número de los 812 civiles muertos por Estados Unidos durante los ataques a Afganistán, según denuncia publicada por el New York Times el 21 de julio de 2002, citando una investigación de la organización estadounidense Global Exchange? ¿Dónde siquiera las "bajas" en las filas del Talibán? ¿Dónde las imágenes de la brutalidad de la guerra contra Irak que a diario muestra el canal árabe Al-Jazira? ¿Los 2.000 heridos que se dijo dejaron las primeras horas de combates durante la toma definitiva de Bagdad, durante la segunda semana de la actual guerra? No hay que se radicales: algunas imágenes se han visto, por supuesto que sí, pero no con el dramatismo que encarnan en la realidad, ni con la reiteración que ocurrieron en la realidad.

El ejemplo más claro de la continuidad de esta política en la actual guerra contra Irak fue la situación que produjo en el gobierno de Estados Unidos la emisión por parte de Al-Jazira de imágenes de cinco estadounidenses capturados y de otros muertos. Los corresponsales del periódico colombiano El Tiempo en Washington y Madrid, resumieron lo siguiente sobre el caso:

"El secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, les pidió personalmente a las grandes cadenas de televisión de E.U. que no difundieran las imágenes, pero eso no impidió que parte de ellas se vieran y que la noticia sacudiera al país. Tanto que el apoyo a la guerra, según algunas encuestas, bajó 4 puntos.

El Secretario acusó a Al-Jazira de contribuir a la violación del Convenio de Ginebra, al transmitir imágenes ‘humillantes’ de prisioneros de guerra. Y Londres se sumó pidiendo a los medios británicos que no se ‘dejen explotar por los iraquíes’. Pero Al-Jazira replicó diciendo que las cadenas de E.U. mostraban también imágenes de los prisioneros iraquíes.

Mientras que varios diarios de Europa subrayaron con ironía el hecho de que Rumsfeld reclame ahora la estricta aplicación de un Convenio que se viola flagrantemente en el caso de los prisioneros de Afganistán recluidos en Guantánamo".5

Periodistas alejados, más fácil dicen la ‘verdad’ que se quiere

Otro de los aspectos centrales de la política del gobierno de Estados Unidos frente a la prensa cuando sus tropas participan en conflictos bélicos tiene que ver con el fuerte control a los periodistas para el ingreso a los ‘teatros de operaciones’, es decir, a las zonas de combate. Esa fue la principal lección que dejó la ‘permisividad’ que se tuvo con los reporteros durante la guerra de Vietnam.

La confrontación armada donde se ensayó la nueva forma de restricción a la prensa fue la Guerra de las Malvinas. El conflicto estalló el 2 de abril de 1982 cuando tropas de Argentina invadieron las islas Malvinas o Falkland, pertenecientes al Reino Unido pero situadas en el Atlántico Sur y muy cerca del país suramericano. Raúl Sohr, en el texto Historia y poder de la prensa, explica cuál fue la postura británica frente al manejo de la información:

"La gran novedad fue la introducción del pool o grupo selecto de reporteros. El Ministerio de Defensa británico explicó que los buques de la Royal Navy podían transportar un número limitado de periodistas, así que se seleccionaría a algunos y todo el material que estos produjeran estaría a disposición de la prensa en su conjunto.

En un principio, el Ministerio ofreció cupo para seis periodistas; tras arduas negociaciones, extendió las vacantes a 17. Todos debieron firmar un documento en el que aceptaban someter a censura sus despachos antes de enviarlos. Por lo demás, todas las transmisiones se realizaron a través de sistemas de comunicaciones de las fuerzas armadas.

Otro aspecto clave del control que ejerció la autoridad británica fue su negativa a embarcar corresponsales que no fueran británicos. Los grandes medios norteamericanos presionaron sin éxito para incluir a algún reportero. De esta manera, no hubo observadores neutrales. Periodistas experimentados fueron vetados porque sus puntos de vista se consideraban críticos (...) Seis encargados de la censura, además de los oficiales de relaciones públicas, trabajaron asistiendo a los corresponsales en esta cobertura positiva".6

Pero ahí no terminó todo. El gobierno británico también definió una lista de 10 temas o "áreas sensibles" sobre las cuales los periodistas no podían informar: básicamente era información técnica sobre tropas, movimientos y operaciones militares pues se consideraba que tras su difusión podía ser utilizada por el enemigo. Así mismo, por las características de la zona y de los medios de transporte (los barcos de la Marina Real), sólo se podían enviar las noticias y reportajes por los medios de transmisión oficiales. Tampoco se facilitó el acceso a otras fuentes primarias y, por el contrario, hubo mucho contacto con los portavoces o asesores del Ministerio de Defensa británico.

Con semejantes controles, la información fue más que limitada. La situación generó críticas a los medios y al gobierno inglés, tensiones entre periodistas y fuentes militares y cuestionamientos de algunos sectores periodísticos y sociales a esa estrategia informativa. Sin embargo, instituciones como la Cámara de los Comunes, por medio de su Comité de Defensa, analizó el tema y concluyó que la política informativa utilizada fue la adecuada.

A partir de ahí se volvió una constante la utilización de pools de periodistas, la restricción al acceso de los reporteros a las áreas de combate, la prohibición de dar información sobre determinados aspectos y la canalización de la información a través de ruedas de prensa o briefings. Todo eso se empezó a emplear como estrategia debidamente preparada por los ejércitos y los gobiernos de las grandes potencias, sin importar que se tratara de guerras de gran magnitud como las de Irak o el Golfo, ataques como los de Afganistán, invasiones militares de mucha importancia política pero de menor tamaño logístico, como las de Granada (en 1983) y Panamá (en 1989), u operaciones que se enmarcan dentro de las llamadas ‘misiones internacionales de paz’ en las que participan ‘fuerzas multinacionales de seguridad’ o ‘fuerzas de estabilización’, como las creadas por la OTAN en 1995 y 1997 para los conflictos de Bosnia y Kosovo.

La crisis internacional que comenzó el 2 de agosto de 1990 cuando tropas de Irak invadieron Kuwait, y la Guerra del Golfo como tal, que empezó el 16 de enero de 1991, han sido consideradas por muchos historiadores de los medios de comunicación como el punto culminante de esta nueva política de restricción y control informativo. El coronel Francisco Marín Calahorro explica:

"Los aliados establecieron una política informativa diseñada bajo el Síndrome de Vietnam y aplicaron las experiencias obtenidas en los conflictos de la década de los ochenta. Los gestores de esa política determinaron que la conducción de la guerra impone: no proporcionar información útil al enemigo y evitar que se publiquen noticias desmoralizadoras para las tropas y la población amiga. Control estricto de la información será el resultado.

(...) Los tres países occidentales con mayor presencia en las operaciones –Estados Unidos, Reino Unido y Francia- diseñaron políticas informativas paralelas que unificaron para obtener los mejores resultados ante la opinión pública internacional. Muchas naciones, una sola imagen, será el eslogan que mejor resumirá la situación. Así, independiente de la política de información que cada país desarrollaría hacia sus nacionales, en función de su situación política y de la particular idiosincracia de aquellos, se definió una política informativa común y se creó una Oficina Unificada de Información de la fuerza internacional para el teatro de operaciones.

(...) La política de información se establecerá, en su conjunto, en el marco legal existente en tiempo de paz -derecho a la información-, pero con restricciones parciales o locales durante el desarrollo del conflicto. Es bien claro que, en regímenes democráticos, con total reconocimiento de un sistema de libertades, el vocablo ‘censura’ nunca es bien recibido. Por ello, recordando el lenguaje utilizado por los británicos en las Malvinas, se hablará de ‘verificación, revisión o aprobación’ de los contenidos en los reportajes.

Todos establecieron sistemas de pools, grupos de periodistas que, acompañados siempre por oficiales, sólo podían visitar aquello que se les proponía. Los que no tenían suerte de ser incluidos en los grupos debían contar con lo que los otros les leían".7

Desde el punto de vista del impacto mediático, los resultados de esta política informativa fueron un éxito para los gobiernos y sus ejércitos, pero un desastre para los periodistas. Alejandro Pizarroso Quintero dice respecto a la información de prensa en la Guerra del Golfo:

"En realidad en esta guerra no ha habido prácticamente informadores sobre el terreno. Ha sido una guerra seguida desde las retaguardias, desde los estados mayores, desde Bagdad, desde Riad. Es decir, sin posibilidad para los corresponsales y enviados especiales de recoger información por sí mismos, debiendo limitarse a ser los transmisores de una información que ya les llegaba perfectamente elaborada, ‘lista para su uso’ y naturalmente censurada".8

La política de restricciones siguió intacta en los ataques contra Afganistán luego de los atentados del 11 de septiembre. El conocido periodista mexicano Jorge Ramos Ávalos, reportero y presentador estrella de los noticieros de Univisión, explicó en un artículo de prensa del 15 de octubre de 2001 que durante la campaña militar contra Afganistán que realizó Estados Unidos, la llamada Guerra contra el Terrorismo, los controles a la información estaban siendo idénticos a los citados:

"Los periodistas que viajan en los portaaviones norteamericanos y acompañan a las fuerzas especiales de Estados Unidos y Gran Bretaña tienen que aceptar la censura directa por parte de los militares. Y esto tiene su razón de ser. Ningún reportero que acompañe a soldados de la alianza contra Afganistán puede decir dónde se encuentra ni dar información que ponga en peligro a militares y civiles norteamericanos. Quien no acepta ser censurado de antemano, sencillamente, no puede participar en esas misiones. Esas son las reglas del juego en tiempos de guerra; se toman o se dejan".9

La política de restricción fue más que evidente desde el propio momento de los atentados del 11 de septiembre y de ella se ha hablado públicamente. Los controles sobre la información vinieron desde el mismo día de los ataques contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y cubrieron a gran parte de la prensa norteamericana. El 19 de noviembre de 2001, el periódico El Tiempo informó:

"Los periodistas se quejan a diario de la poca información que están recibiendo de las autoridades que, incluso, han limitado a solo 12 los medios de comunicación con los que se tiene algún tipo de intercambio.

A los funcionarios en el Departamento de Estado, la Casa Blanca y el Pentágono se les tiene prohibido hablar con los medios y muchos han recibido ‘recomendaciones’ sobre el tipo de historias que deben o no publicar. La suspensión de la entrevista con un portavoz talibán que pensaba trasmitir la Voz de América y las críticas por el contenido del programa Políticamente Incorrecto son algunos ejemplos de la presión que ejerce la administración.

Además, el Gobierno le pidió ayer a las principales cadenas de televisión del país que no retransmitan íntegros los comunicados en video de Osama Bin Laden, por el temor de que el saudí utilice estos mensajes para enviar mensajes codificados a sus hombres con instrucciones para cometer más atentados terroristas. El llamado fue aceptado inmediatamente por CNN, que no emitirá mensajes de Bin Laden o de sus portavoces sin que sean vistos con anterioridad o sin informar antes a las autoridades".10

La maquinaria de restricciones a la información se ‘aceitó’ mucho antes de la actual Operación Libertad, la campaña contra el régimen de Sadam Hussein. Respecto a las guerras anteriores, en la actual Estados Unidos sólo varió al permitir que periodistas estuvieran en las bases militares de la Coalición y que acompañaran a las tropas durante su incursión a territorio iraquí, tanto en misiones de reconocimiento como de ataque.

Esos periodistas, que los militares llamaron ‘incorporados’, fueron básicamente norteamericanos y recibieron entrenamiento en bases militares de ese país sobre cómo comportarse en situaciones que posiblemente se iban a presentar en el campo de batalla: uso de máscaras de gas, qué hacer en momentos de combates con el enemigo, conocimiento de armamento, etc. Por una parte, convivieron con tropas desde mucho antes de que comenzara el ataque. Por otra, tuvieron que someterse a las condiciones que les pusieron los militares, contenidas en un documento que debieron firmar y que eufemísticamente se denomina "Acuerdo de Adhensión al reglamento establecido por el Mando Terrestre de las Fuerzas de Coalición (CFLCC), destinado a los medios de comunicación".

Ese "Acuerdo de Adhesión" contiene 49 puntos que explican qué pueden y qué no pueden informar los periodistas que acompañan las tropas. El texto completo se puede hallar en la página web de Reporteros sin Fronteras (www.rsf.org)11 pero trae cosas del siguiente talante, que hablan por sí solas y explican la continuidad de ese modelo restrictivo contra los periodistas: (los números que aparecen son la ubicación dentro del Acuerdo y todo es textual según la traducción de Reporteros sin Fronteras)

2. Los despachos y reportajes filmados deberán fecharse en función del reglamento en vigor en el lugar de las operaciones. El reglamento local seguirá las vías jerárquicas del mando, en coordinación con el mando Central (CENTCOM).

6. Podrán imponerse embargos, para garantizar la seguridad de las operaciones, y se levantarán una vez que ya no exista ninguna causa para ellos.

7. Se pueden publicar las siguientes informaciones:

8. Los efectivos aproximados de las fuerzas aliadas;

9. El número aproximado, por servicio, de víctimas en las fuerzas aliadas. Los periodistas incorporados podrán, con las limitaciones de las OPSEC (Operations Security), confirmar el número de víctimas por unidad, que hayan constatado de visu;

10. El número confirmado de soldados enemigos detenidos o capturados;

11. La importancia de las fuerzas aliadas que participan en una acción o en una operación, podrá divulgarse en términos aproximados. La identificación de las fuerzas aliadas, o de una unidad, podrá publicarse a partir del momento en que no peligre su seguridad;

14. Las fechas, hora y lugar de las misiones y acciones militares convencionales, así como el final de las misiones, solo podrán publicarse si se describen en términos generales;

15. El tipo de artillería empleada deberá expresarse en términos generales ;

17. El tipo de defensa empleado en las operaciones (defensa aérea, infantería, divisiones blindadas, marines);

18. La participación de las fuerzas aliadas en cada tipo de operación (naval, aérea, terrestre, etc), con el consentimiento del mando de la unidad aliada;

22. No se pueden publicar las siguientes informaciones, en la medida en que podrían comprometer operaciones y poner vidas en peligro:

23. El número exacto de los efectivos de unidades situadas en el escalafón del Cuerpo/Fuerzas Expedicionarias de los Marines (MEF);

24. El número exacto de aviones de las unidades situadas en el escalafón, o bajo el escalafón del Escuadrón Expedicionario Aéreo (Air Expeditionary Wing);

25. El número exacto de otros tipos de material militar, avituallamiento y apoyo logístico esenciales, tales como la artillería, los carros, los vehículos de desembarco, los radares, los camiones, el agua, etc.;

26. El número exacto de navíos en las unidades situadas en el escalafón de los transportadores de grupos de combate;

27. El número de instalaciones militares o la localización exacta de unidades militares en la zona de responsabilidad del CENTCOM, a menos que sean expresamente publicadas por el Ministerio de Defensa, o autorizadas por el Mando del CENTCOM. Está prohibida la difusión de informaciones e imágenes identificables o que incluyan características identificables de esos sitios;

29. Las informaciones relativas a las medidas de protección de las instalaciones militares y de los campamentos (con excepción de los que son visibles o fácilmente identificables);

30. Las fotografías que muestren el nivel de seguridad de las instalaciones militares y de los campamentos;

33. Al comienzo de las hostilidades se exigirán algunas precauciones suplementarias, con el fin de maximizar el efecto sorpresa. Estarán prohibidos los reportajes filmados en directo por los periodistas incorporados sobre los terrenos de la aviación, en tierra o a bordo de navíos, hasta el regreso a puerto seguro de las misiones de los comandos iniciales, o hasta que el mando de la unidad dé su autorización;

34. Durante la ofensiva, las informaciones específicas sobre los movimientos de las tropas aliadas, los despliegues tácticos y las disposiciones que podrían comprometer la seguridad de las operaciones y poner vidas en peligro. Las informaciones relativas a los combates en marcha no podrán publicarse, a menos que sean autorizadas por el mando del sitio de las operaciones;

35. Las informaciones relativas a las unidades de operaciones especiales, a la metodología de las operaciones excepcionales y a las tácticas, como por ejemplo las operaciones aéreas, los ángulos de ataque, las tácticas navales, las maniobras dilatorias, etc. En cambio, se podrán utilizar términos tales como "bajo" o "rápido";

38. Las informaciones relativas a los aviones averiados o abatidos, o a los navíos dados por desaparecidos, mientras estén en marcha la búsqueda y las operaciones se socorro y recuperación;

39. Las informaciones sobre la eficacia de los métodos del enemigo en materia de camuflaje, protección, trampas, blancos alcanzados, disparos directos e indirectos, actividades de inteligencia y medidas de seguridad;

40. No se podrá tomar ninguna fotografía, ni ninguna filmación, del rostro identificable de un prisionero de guerra o de un detenido enemigo, ni de las placas de identidad o cualquier otro elemento identificador. No se concederá ninguna entrevista con ningún detenido;

41. No se autorizarán fotografías ni imágenes de video de operaciones de detención, ni entrevistas con las personas detenidas;

42. Los periodistas no podrán divulgar los nombres de los soldados muertos, dados por desaparecidos o heridos, hasta que no sean informados sus familiares;

43. Aunque están autorizadas las imágenes de las víctimas, destinadas a mostrar los horrores de la guerra, no se podrá tomar ninguna fotografía ni imagen filmada del rostro reconocible de un soldado fallecido, su placa de identidad o cualquier otro elemento que le identifique;

44. Las visitas de la prensa a las instalaciones médicas se llevarán a cabo de acuerdo con los reglamentos en vigor, los procedimientos standard, las órdenes operativas y las instrucciones dadas por los médicos de servicio. En caso de conseguir el permiso, los periodistas estarán permanentemente escoltados por miembros del ejército, o por personal de la estructura médica;

47. Se dará permiso para entrevistar o fotografiar a un paciente, con las únicas condiciones de que consientan el médico de servicio o el mando de la instalación, y de que el paciente haya dado su acuerdo expreso "con total conocimiento de causa", en presencia de un testigo miembro de la escolta.

Al final, al pie de donde va la firma del periodista y de un testigo, una cláusula dice: "Soy consciente de que cualquier violación de este reglamento supondrá la inmediata revocación de mi acreditación en el CFLCC". Con base en esa directriz, por ejemplo, el 28 de marzo el Pentágono expulsó de Irak a Philip Smucker, reportero del Chistian Science Monitor y del Daily Telegraph, y dos días después prohibió a los periodistas ‘incorporados’ utilizar sus teléfonos satelitales.

¿Autorregulación? Mejor hablar de control previo

Muchas de las informaciones que vemos sobre éste conflicto seguro están limitadas por políticas de restricción a la información como las explicadas y no por normas de autorregulación o responsabilidad que se dictan los propios periodistas o los medios. Esas políticas son resultado de los cambios que las grandes potencias militares, en particular Estados Unidos, han ido introduciendo para el manejo de su información pública en tiempos de guerra. Como hipótesis, se puede plantear que esas normas lo más posible es que continúen en el futuro y que otros gobiernos y ejércitos las copiarán. Bien se sabe que una prensa libre siempre es una piedra en el zapato para los gobernantes, para el poder en general. Y, por supuesto, también para los guerreros, soporte armado de ese poder. Por eso unos y otros limitan su capacidad de acción. Como lo vienen haciendo en ésta, la que publicitariamente se ha denominado "la primera guerra del siglo XXI".

________
NOTAS:

1 KISSINGER, Henry (1980). Mis memorias. Buenos Aires: Editorial Atlántida, cuarta edición. Pág. 169
2 Ibid. Pág. 169
3 Ibid. Pág. 357
4 MARÍN CALAHORRO, Francisco (1999), Los conflictos de fin de siglo y los medios de comunicación - El Síndrome de Vietnam. Las Malvinas. La Guerra del Golfo.
5 El misil informativo de Al-Jazira. Periódico El Tiempo, martes 25 de marzo de 2003, página 1-4.
6 SOHR, Raul (1998), Historia y poder de la prensa, Santiago de Chile: Editorial Andrés Bello. Pág. 61
7 CALAHORRO, Op. Cit.
8 PIZARROSO QUINTERO, Alejandro (1991), La guerra de las mentiras – Información, propaganda y guerra psicológica en el conflicto del Golfo, Madrid: Eudema S.A. Pág. 118
9 Artículo El periodista y la guerra, en www.jorgeramos.com/articulos/articulos116.htm
10 Artículo Información de guerra en E.U., ¿control o censura? Periódico El Tiempo, lunes 19 de noviembre de 2001.
11 El documento se encuentra en www.rsf.org/article.php3?id_article=5312 según consulta hecha el 12 de abril de 2003.


* Juan Gonzalo Betancur B. es periodista, profesor de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB) y colaborador de Sala de Prensa. Especialista en Análisis Político y del Estado, Universidad Autónoma Latinoamericana (Medellín) y en Comunicación y Conflictos Armados, Universidad Complutense (Madrid). Durante diez años fue periodista del diario El Colombiano (Medellín), siete de ellos especializado en manejo de información sobre violencia y conflicto armado interno. Apartes de este texto fueron publicados por el autor en el artículo "Colombia: una guerra en contravía informativa", de la revista Reflexión Política (Instituto de Estudios Políticos de la Universidad Autónoma de Bucaramanga-UNAB. Año 4, número 8, diciembre de 2002).


Tus comentarios, sugerencias y aportaciones
nos permitirán seguir construyendo este sitio.
¡Colabora!



| Volver a la página principal de SdP |
|
Acerca de SdP | Periodismo de Investigación | Etica y Deontología |
|
Derecho de la Información | Fuentes de Investigación |
|
Política y gobierno | Comunicación Social | Economía y Finanzas |
|
Academia | Fotoperiodismo | Medios en Línea | Bibliotecas |
|
Espacio del Usuario | Alta en SdP |
|
SdP: Tu página de inicio | Vínculos a SdP | Informes |
|
Indice de Artículos | Indice de Autores |
|
Búsqueda en Sala de Prensa |
|
Fotoblog |

© Sala de Prensa 1997 - 2008


IMPORTANTE: Todos los materiales que aparecen en Sala de Prensa están protegidos por las leyes del Copyright.

SdP no sería posible sin la colaboración de una serie de profesionales y académicos que generosamente nos han enviado artículos, ponencias y ensayos, o bien han autorizado la reproducción de sus textos; algunos de los cuales son traducciones libres. Por supuesto, SdP respeta en todo momento las leyes de propiedad intelectual, y en estas páginas aparecen detallados los datos relativos al copyright -si lo hubiera-, independientemente del copyright propio de todo el material de Sala de Prensa. Prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos de Sala de Prensa sin la autorización expresa del Consejo Editorial. Los textos firmados son responsabilidad de su autor y no reflejan necesariamente el criterio institucional de SdP. Para la reproducción de material con copyright propio es necesaria, además, la autorización del autor y/o editor original.