Sala de Prensa

54
Abril 2003
Año V, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


La guerra de la desinformación

Emilio Filippi M. *

Uno de los hechos más significativos de los tiempos actuales es la influencia que tienen los medios de comunicación en la percepción por la gente común de lo que ocurre y la relación correcta entre lo que efectivamente son y la realidad de los hechos. La tecnología introducida de manera provocativa y audaz en la presentación de los sucesos de mayor trascendencia ha logrado de tal manera penetrar con sus mensajes en la psiquis de los receptores que, muchas veces, la audacia de los vendedores de noticias adobadas para satisfacer a los mandantes logra incorporarlas como verdades reveladas. Históricamente, hay pruebas de que la desinformación, o sea la intención de falsear los sucesos, se ha convertido en una constante. El analista especializado Claude Delmas afirmó, en un trabajo sobre el tema, que "por el recurso sistemático de ciertas palabras, por la utilización de noticias y documentos falsos, la desinformación busca, en efecto, la paralización de la opinión pública de los países enfrentados al sentido de la historia y de colocarla en estado de no resistencia. La idea es disimular o tergiversar los objetivos y la política de un Estado enemigo a fin de facilitar las operaciones de subversión".

El mundo ha sido testigo en el pasado, y lo es el presente, cómo se manipuló y se trata de manipular a la opinión pública, a través de noticias cocinadas para lograr metas muy precisas y lograr el respaldo de la gente. Lo hizo Joseph Goeebels, en la Alemania Nazi, en su carácter de ministro de propaganda del Tercer Reich, y de gran manipulador de las noticias. En sus palabras está el sentido de lo que ese gran falsificador pretendía: "No hablamos para decir algo, sino para obtener un determinado efecto". decía, ratificando la tesis de Mussolini, que afirmaba que "el hombre moderno está extraordinariamente dispuesto a creer".

En general, los regímenes de fuerza cuentan con la eficacia que puedan tener los órganos de propagación de mentiras e infundios, para limitar la resistencia interna y poner a los adversarios en el dilema de dejar pasar las patrañas o exponerse con su oposición a ser fuertemente reprimidos.

Teóricamente, esto no debiera ocurrir con los estados democráticos, donde se supone que la libertad de expresión y de prensa forma parte de su más vigoroso patrimonio y que, por lo tanto, existe una pluralidad de medios que pueden proporcionar las distintas versiones de los hechos noticiosos y que éstos practican en el tratamiento de las informaciones un auténtico pluralismo. Lamentablemente, hay ocasiones, como la de la actual guerra en Irak, en que el manejo malicioso de las noticias pareciera una constante, especialmente cuando ellas vienen dirigidas a convencer al mundo sobre la justicia y moralidad de las acciones emprendidas. Afortunadamente, en Chile la actitud de los medios de comunicación ha sido bastante razonable, y, sobre todo, con un aceptable sentido crítico. Por ejemplo, se ha notado una saludable reacción frente a las afirmaciones de los bandos en lucha, especialmente al indicar las contradicciones en que incurren, y el afán de mostrar un panorama diverso a la realidad para manejar a la comunidad mundial a su amaño, pretendiendo con eso disponerla a su favor. Gracias a esta actitud de nuestros medios se ha podido develar los altibajos del conflicto, el injustificado triunfalismo de los primeros momentos y la parte oscura, trágica y criminal que tienen las guerras, tanto en sus efectos directos en los combatientes como en la población civil que sufre las consecuencias de destrucción, muerte y miseria.

De esta manera, y gracias a la resistencia periodística a la manipulación centralizada, se ha podido hacer ver que el motivo esgrimido por Bush para declarar la guerra, inicialmente planteada como una cruzada para terminar con el terrorismo, hoy tiene otras interpretaciones, algunas de las cuales caen por su propio peso, como la codicia por el petróleo iraquí y la intervención en los asuntos internos del país atacado como en otras naciones de la región, so pretexto de imponer en ellos un régimen democrático según el especial diseño que tiene el titular de la Casa Blanca. Esta última pretensión ha debido ser enjuiciada por nuestros medios, al replicar que no se puede instaurar una democracia por la fuerza de las armas y menos por la intervención extranjera, sobre todo, cuando ésta pasa por alto o desprecia los aspectos étnicos, culturales y religiosos de los agredidos. Las consignas falsas, los pronósticos errados y las ilusiones de un triunfo fácil y de bajo costo han demostrado que carecen de fundamento realista y solamente irrogarán graves consecuencias a la economía mundial y a la salud espiritual de la humanidad. Por suerte, también los medios de comunicación de Estados Unidos y Gran Bretaña han advertido la estulticia de una conducta que ahora empieza a quedar develada y expuesta a la indignación generalizada del mundo entero, que se rebela ante esta guerra que carece de toda legítima racionalidad.


* Emilio Filippi M. escribió este artículo para el diario El Sur, de Concepción (Chile) y lo ha cedido a Sala de Prensa, de la que es integrante del Consejo Editorial, para su reproducción.


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