Sala de Prensa

50
Diciembre 2002
Año IV, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


La figura del defensor del lector
en los diarios digitales

Gerardo Albarrán de Alba *

Resumen: Este trabajo pretende demostrar que la ética periodística está por encima del medio, cuya influencia sólo será validada por la construcción de una credibilidad ganada con base en criterios profesionales que si bien deben adaptarse a dilemas antes desconocidos, son inmutables aun frente a prácticas originales producto de la acelerada evolución tecnológica de la red de redes.
Abstract: This work tries to demonstrate that journalistic ethics is above the media, whose influence will be only validated by the construction of a credibility gained based on professional criteria that although must adapt to dilemmas not known before are immutable even when facing original practices product of the accelerated technological evolution of the world wide web.
Palabras clave: Periodismo en línea, defensor del lector, ética periodística.
Key words: On-line journalism, news ombudsman, journalistic ethics.

1. Introducción

Las características del periodismo digital rompen dinámicas históricas de las redacciones tradicionales e introducen conflictos éticos sin precedente para los que aún no hay respuestas suficientemente acreditadas sobre las cuales cimentar un piso deontológico estable. Internet abre fuentes de información heterodoxas, introduce complejidades vinculadas a la velocidad de transmisión y reciclaje de la información e incluso presenta retos inéditos en las decisiones editoriales; todas estas variables requieren afinar los mecanismos de autorregulación que ya existen y se practican en los llamados medios tradicionales y que son perfectamente adaptables a los rasgos de inmediatez, permanente actualización e interactividad que distinguen a los medios digitales, cuyos usuarios aún no han renunciado ni a la prensa escrita ni al radio ni a la televisión como fuentes de información cotidianas. Pretendemos demostrar que la deontología periodística está por encima del medio, cuya influencia sólo será validada por la construcción de una credibilidad ganada con base en criterios profesionales que si bien deben adaptarse a dilemas antes desconocidos, son inmutables aun frente a prácticas originales producto de la acelerada evolución tecnológica de la red de redes. Internet no inventa ni el periodismo ni la ética. Por el contrario, reporteros y editores surgidos de medios impresos y electrónicos han llevado consigo a los nuevos medios en línea un bagaje ético construido a lo largo del siglo XX y que responde a las bases axiológicas del periodismo, sin importar la plataforma que utilice. De ahí la pertinencia y necesidad de extender en los medios en línea la figura del ombudsman del lector no sólo como tradicional puente de comunicación entre el usuario y el nuevo medio, sino como promotor de un diálogo ético indispensable en las redacciones digitales que permita, en primer lugar, identificar los nuevos dilemas que se les presentan y, de la mano de ello, sistematizar y convertir las buenas o malas decisiones editoriales en un conocimiento deontológico sin el cual la prensa en Internet no se podría distinguir de cualquier otro portal comercial o incluso de una página personal sofisticada.

El trabajo del defensor del lector, sobre el que existe una controversia desde sus orígenes, puede adaptarse a los medios digitales y aportarles la consistencia profesional que requieren, como cualquier otro medio, para construir la base de credibilidad que les permita trascender la moda tecnológica. Sin ética periodística, y sin un mecanismo de autorregulación como el defensor del lector que la haga vigente, los portales de noticias pueden tener una vida tan efímera como el próximo estallamiento de la burbuja especulativa en la red de redes.

Un primer paso ha sido dado. El corporativo MSNBC mantuvo al periodista Dan Fisher como ombudsman de su portal de noticias durante 13 meses. Esta experiencia –todavía única– nos permite vislumbrar los alcances y límites de la figura del defensor del lector en los diarios digitales.

2. El defensor del lector

Conocido también como ombudsman, el defensor del lector es una persona contratada específicamente para representar los intereses del público ante un medio y gestionar sus quejas particulares por coberturas y tratamientos periodísticos determinados. El defensor del lector puede ser un miembro activo de la redacción, alguien que se ha jubilado como reportero o editor, o incluso una personalidad externa al periódico o revista, con un elevado perfil de credibilidad y autoridad moral, condición indispensable para generar confianza tanto hacia dentro como hacia fuera del medio, e incluso para lidiar con las resistencias internas de la redacción, que no siempre se muestra bien dispuesta a reconocer sus errores. El defensor del lector básicamente recibe e investiga quejas de los lectores del periódico o de la audiencia de estaciones de radio y televisión sobre la precisión, equilibrio y buen gusto [sic] en la cobertura periodística. Él o ella recomiendan remedios apropiados o respuestas para corregir o clarificar las notas.[1]

La figura del defensor del lector aparece en Japón en 1922 en el diario Asahi Shimbun, lo imita el diario Yomiuri Shimbun en 1938, y buena parte de los medios japoneses siguen esta ruta después de la Segunda Guerra Mundial. En Estados Unidos aparece la figura del news ombudsman en 1967, en el periódico Louisville Courier-Journal. En Europa, el Consejo de Prensa de Suecia creo en 1969 la figura del ombudsman para supervisar a toda la prensa de ese país. Desde entonces, variantes de esta figura se han extendido en los cinco continentes en medios impresos y electrónicos.[2]

En Latinoamérica, este mecanismo de autorregulación es el más extendido después de los códigos de ética, aunque su aparición es bastante tardía. El primer defensor del lector surgió en Brasil, en 1989, en el periódico Folha de Sao Paulo, aunque no sin dificultades, pues debieron pasar tres años desde que ese diario hiciera la primera invitación a un periodista para ocupar el cargo, en 1986, hasta que alguien aceptó finalmente. En total, cuatro periodistas rechazaron la oferta. Brasil es el país latinoamericano donde más se ha extendido la figura del defensor del lector, y en 1995 había por lo menos ocho publicaciones brasileñas que contaban con este mecanismo de autorregulación: los diarios Folha de Sao Paulo, Folha da Tarde, O Dia, An Capital, O Povo, Correio da Paraíba, y Diário do Povo, y la revista semanal Rumos. Dos años más tarde había desaparecido el cargo en Folha da Tarde y en An Capital, pero surgieron nuevos defensores del lector en Imprensa Oficial, Folha do Povo, Nosso Bairro y la Revista Imprensa. Una buena noticia es que algunos periódicos universitarios, elaborados por alumnos de la carrera de periodismo, han adoptado alguna variante del cargo, como ocurre en la Facultade de Comunicação de la Universidade Nacional de Brasília. En los medios electrónicos, un par de estaciones de radio han contado con esta figura.[3] Fuera de Brasil, tal profusión de defensores del lector sólo la encontramos en Colombia, en los diarios El Tiempo, Vanguardia Liberal, El Espectador, El Colombiano y el Diario de Huila, además de existir la figura en las televisoras Telemedellín y Teleantioquia, así como en México, en los diarios El Economista y Crónica, de la Ciudad de México; Pulso de San Luis, en San Luis Potosí, y los periódicos del Grupo Editorial Multimedios: Milenio Diario de la Ciudad de México, Diario de Monterrey, Opinión de Torreón, Diario de Tampico y Público de Guadalajara –aunque el caso mexicano está lejos de los ejemplos brasileño y colombiano, como se verá más adelante–. En el resto de Latinoamérica, hasta mediados de 2002, sólo había defensores del lector en el diario Hoy, de Ecuador, y el diario El Nuevo Día, de Puerto Rico.

El alcance de la figura del defensor del lector latinoamericano tiene diverso acento: a veces está mas ligado a una voluntad empresarial de cambio –lo que puede limitarle si se le percibe sólo como instrumento de control interno–, o peor, a un interés de apariencia; otras, al desarrollo de una conciencia ética de la redacción, lo que ofrece una evidente probabilidad de éxito mayor. En esto, mucho tiene que ver la calidad y autoridad moral de quien desempeña el cargo, como lo ilustra el caso del actual y anterior defensores del lector del diario El Tiempo, en Bogotá, Germán Rey y Javier Darío Restrepo, respectivamente; éste último se desempeña ahora como defensor del lector de El Colombiano, en Medellín.[2] En ocasiones, la creación del cargo de defensor del lector no sólo es intrascendente, sino que puede significar una burda maniobra de apariencias y relaciones públicas, como lo demuestra el caso mexicano: en el diario Pulso de San Luis, el dueño del periódico impuso como «defensor del lector» a un amigo suyo, quien que ocupa su columna semanal para tratar cualquier tema general… excepto los de su supuesta función.[5] En El Economista, el cargo de defensor del lector es más bien virtual, es decir, no lo conocen ni en su propia redacción;[6] en La Crónica, el cargo fue ocupado inicialmente por el expresidente del consejo de administración del diario y el actual no ha escrito su columna por lo menos en los últimos seis meses,[7] y en los periódicos del Grupo Editorial Multimedios, el defensor del lector de cada diario es el director general de algún otro medio del mismo corporativo, lo cual anula todo convencimiento deontológico, pues traslada esta posibilidad al ámbito del acatamiento a la tradicional subordinación jerárquica vertical de los medios.[8] Este fenómeno sólo puede explicarse por los resabios de una cultura periodística servil hacia el poder político que marcó a toda la prensa industrial mexicana durante al menos la mitad del siglo XX.[9] Esta disfunción particulariza a la prensa mexicana, pero también es cierto que el concepto de autorregulación, en general, no ha permeado a la mayoría de las redacciones latinoamericanas. Una idea del común desconocimiento de este mecanismo de autorregulación particular en la región nos la ofrece el hecho de que la Organization of News Ombudsmen –que reúne a defensores del lector, del radioescucha y del televidente de América, Europa y Asia– ignora la existencia de la mayoría de los ombudsmen latinoamericanos.[10] A su congreso anual de 2002, solamente asistió sólo uno de los cuatro defensores del lector registrados entre sus miembros regulares: el ombudsman e o leitor del diario Folha de Sao Paulo, Bernando Ajzenberg. Faltaron: Lira Neto, de O Povo; Germán Rey, de El Tiempo, y Elías Santana, quien fue ombudsman del lector del diario venezolano El Nacional durante cuatro años, pero que incluso ya había dejado su puesto tres meses antes de la conferencia sin que la Organization of News Ombudsmen estuviera enterada de que el cargo lo ocupa la exjefa de redacción del diario, Alba Sánchez, desde febrero de 2002, y que su puesto es ahora corporativo, abarcando a todas las publicaciones de la Compañía Editora El Nacional, por lo cual hace las funciones de defensora del lector no sólo para El Nacional, sino también para el periódico Así es la Noticia, las revistas Todo en Domingo, Primicia e Internet World, y la edición en línea.[11]

En el terreno práctico, el defensor del lector no trabaja solo, requiere de la colaboración de la redacción, mediante la comprensión de sus funciones, y de los directivos de su medio, que en todo momento deben respetar la autonomía de sus juicios deontológicos. Sin esto, el cargo puede ser no solamente nominativo y su imagen un membrete, sino que también puede convertirse en un foco de conflicto interno por carecer de la indispensable legitimidad para llamar a cuentas a los periodistas por lo que hacen o no hacen y por lo que escriben o no escriben. En cualquier caso, el futuro de la figura del defensor del lector en Latinoamérica depende de una generalización de la conciencia ética de los periodistas y de una buena educación deontológica del gremio, a lo que pueden contribuir en mucho las universidades donde se forman ya las futuras generaciones de reporteros y editores, incluyendo en su malla curricular la materia de ética periodística. Afortunadamente, empezamos a encontrar algunas acciones regionales encaminadas a alentar el diálogo ético entre los periodistas, como la programada primera reunión de defensores del lector latinoamericanos, en noviembre de 2002 en la ciudad mexicana de Guadalajara, organizada por la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano que preside Gabriel García Márquez.[12]

3. Apoyos del ombudsman

Lamentablemente, todo lo reseñado hasta ahora no basta. El defensor del lector requiere además de instrumentos concretos, sistematizados, para realizar su trabajo de la mejor manera posible. Entre los principales apoyos está la implantación de una serie de mecanismos de autorregulación internos que sirvan como punto de partida de la discusión ética que debe sostenerse permanentemente en las redacciones y en las que el defensor del lector juega un papel determinante como catalizador y árbitro imparcial de las controversias entre el público y el medio, e incluso de aquellas que surjan entre los propios periodistas. Aquí nos referiremos específicamente sólo a tres: la línea editorial, el código de ética y el comité de ética. Desde luego, esta propuesta no se agota en estos instrumentos, ni mucho menos; existen más de tres decenas de mecanismos de autorregulación en práctica en las redacciones de todo el mundo que de ninguna manera se excluyen entre sí, más bien se complementan. Para el caso del defensor del lector en los medios digitales –en sí mismo, uno más de los mecanismos de autorregulación existentes–, consideramos que la línea editorial, el código de ética y el comité de ética son instrumentos sin los cuales su desempeño de desdibujaría y podría convertirse en un foco de conflicto interno, en lugar de un elemento de cohesión deontológica.

3.1 Línea editorial

Toda autorregulación periodística inicia por los principios editoriales de cada medio, que son aquellos compromisos que la empresa informativa hace explícitos frente a la sociedad a la que sirve, generalmente adoptados y difundidos en el momento mismo de su primera publicación o difusión. Ahí quedan plasmados tanto el ideario como los objetivos de un periódico, una revista o una estación de radio o de televisión, lo cual les dota de identidad propia y marcan un compromiso moral voluntariamente asumido frente a sus lectores o auditorio.

Por elemental congruencia, el primer obligado a cumplir con sus propios principios editoriales es el empresario periodístico; además, tiene la tarea de hacerlos cumplir también a su redacción,[13] aunque esto no puede ocurrir ni de manera automática ni mucho menos por burda imposición. Los principios editoriales no implican la subordinación acrítica de la redacción a la voluntad arbitraria de la empresa; consecuentemente, la orientación ideológica del empresario, los accionistas y los directivos –reflejada normalmente en el contenido editorial del medio– debe someterse a los principios deontológicos elementales del periodismo. Esto deja claro que el alcance y los límites reales de este mecanismo derivan de la voluntad del empresario periodístico para sujetarse a los principios que él mismo proclamó de un inicio. El mismo dueño del medio, o nuevos dueños, si cambia de propiedad, pueden verse tentados a modificarlos en un momento dado, pues están en todo su derecho de hacerlo cuando así les convenga; no obstante, cualquier modificación en sus principios editoriales debe expresarse públicamente, pues están moralmente obligados a difundirlo como ejercicio de responsabilidad social. Lamentablemente, la prensa latinoamericana está llena de ejemplos en los que la línea editorial simplemente se pasa por alto o incluso se traiciona, sometiéndola a los vaivenes de intereses extraperiodísticos de los dueños. Eso cobra particular importancia en relación con la obligación de fidelidad a esos principios editoriales que debe observar el cuerpo periodístico de una redacción. Ya en 1991, Camilo José Cela, en el punto séptimo de su «Dodecálogo de deberes del periodista», señalaba que éste debe

[...] funcionar acorde con su empresa –quiere decirse con la línea editorial– ya que un diario ha de ser una unidad de conducta y de expresión y no una suma de parcialidades; en el supuesto de que la coincidencia de criterios fuera insalvable, ha de buscar trabajo en otro lugar ya que ni la traición (a sí mismo, fingiendo, o a la empresa, mintiendo), ni la conspiración, ni la sublevación, ni el golpe de estado son armas admisibles.[14]

Si bien es cierto que cualquier periodista está profesional y hasta moralmente obligado a aceptar y sujetarse a los principios editoriales del medio en que se contrata, dicha fidelidad está determinada por la misma congruencia del medio con sus compromisos públicos. No es dable exigirle a un periodista el cumplimiento de principios abandonados por el empresario o directivos, aunque ello tampoco le exime o libera de cualquier deber ético. En caso de conflicto, el periodista profesional debe anteponer su propia responsabilidad, aun a costa de su estabilidad laboral, pues

[...] la obligación del profesional llega hasta donde esa obligación garantiza el cumplimiento del compromiso adquirido por el medio con el público, [y] está supeditada en todo momento a la obligación más fundamental de cumplir con los deberes deontológicos de la información y la comunicación.[15]

La vigencia y validez de los principios editoriales dependen fundamentalmente de la voluntad del empresario periodístico cuando éste no tiene frente a sí ningún instrumento efectivo de sanción por olvidar o traicionar el ideario y objetivos trazados originalmente. A ello contribuye también el hecho de que los principios editoriales que suelen ser difundidos en el nacimiento del medio, normalmente no se encuentran disponibles al público de forma permanente para que sean exigibles por éste en un momento determinado. Esto conlleva un riesgo adicional para la sociedad, pues

[...] quien ignore los principios editoriales de la empresa informativa y no sepa qué persigue o pretende puede ser juguete en manos del informador, y el desconcierto o la ignorancia serán el resultado de unos principios editoriales no formulados con claridad. Todo un conjunto de circunstancias que, a corto o a largo plazo, repercutirá en el prestigio y en la trayectoria de la empresa.

El hecho de que se oculten los principios no quiere decir que no existan, ni tampoco que no se hayan formulado alguna vez de forma explícita. Más bien puede significar que se está encubriendo un proceso por el cual la empresa quiere llegar, cambiando la idea inicial, a una realidad informativa diferente u opuesta a la que captó la atención del lector o espectador.[16]

Al respecto, debe decirse que en algunas fechas simbólicas –como lo es un aniversario– muchos de los medios impresos latinoamericanos suelen publicar algún editorial en el que recuerdan parte de las líneas básicas que les han guiado, pero esto no puede ser plenamente considerado como un refrendo de su ideario y objetivos, primero porque en todo caso representa un ejercicio de memoria incompleto, y, segundo, porque es más bien común que ese editorial responda a alguna coyuntura política, social o económica de la agenda pública de su ciudad, país o región. Este defecto –si así se le puede llamar– que se observa en prácticamente todos los medios impresos –pero, particularmente, en los electrónicos–, hoy puede ser corregido de manera práctica debido a que casi cualquiera de estos tiene la posibilidad de contar con una versión en línea de sus ediciones o al menos un portal institucional, y ahí nada les impide colocar de forma destacada un enlace hacia una página electrónica que contenga sus principios editoriales. La dirección de enlace profundo [17] puede además imprimirse de forma permanente en el aviso legal o en el directorio de un periódico o revista –o bien transmitirse en un cintillo de pantalla de televisión o en las identificaciones de la estación de radio–, permitiéndole así a cualquier lector o al auditorio acceder a ese documento en cualquier momento y juzgar por sí mismo la congruencia o alejamiento de la línea editorial del medio, lo que debería reforzar su credibilidad, en el primer caso, o exponerles a la crítica pública, en el segundo. En el caso de los medios digitales, tal omisión es inexcusable.

No obstante todo lo anterior, los principios editoriales realmente no dejan de ser un enunciado más bien demasiado general de propósitos ideológicos y deontológicos que no contemplan infinidad de situaciones particulares de conflicto ético a los que se enfrentan cotidianamente los periodistas ni aportan elementos concretos para resolverlos en beneficio del ciudadano. Por ello, los principios editoriales necesitan ser reforzados mediante el establecimiento o adopción de un código de ética, donde se recojan las prácticas habituales de la redacción frente a dilemas éticos propios de esta profesión e intereses extraperiodísticos de dueños y directivos que –tanto unos como otros– amenazan la credibilidad del medio.

3.2 Códigos de ética

Los códigos de ética adoptan varias formas y tienen diversos alcances, dependiendo de quiénes participan en su origen. Los códigos de ética son la abstracción de «los valores éticos voluntariamente aceptados por un gremio profesional y los transforma en reglas de conducta obligatorias para los sujetos a ese ordenamiento deontológico». Del mismo modo, otorgan identidad y estatus a la profesión en la medida en que norman un funcionamiento colegial, acota la competencia interna «y trata de eliminar a los no calificados y a los inescrupulosos». En el gremio periodístico, los códigos de ética expresan

la manifestación inequívoca de cambio para ser mejor, la identificación del rol que juega en la vida social y la existencia de periodistas libres que están convencidos de ejercer un periodismo con apego a la razón, a la sensibilidad y al compromiso con la sociedad.[18]

De forma implícita o explícita, los códigos de ética periodística supranacionales y aquellos creados dentro de Estados democráticos de derecho apuntan a la responsabilidad social del periodista como el eje en torno al cual gira el compromiso moral con valores superiores, como es el derecho humano a la información y a la libre expresión; con valores ideológicos, como el concepto mismo de democracia, e incluso con valores jurídicos, como el derecho a la privacidad.[19]

A pesar de la proliferación de códigos de ética periodística, sobre todo a partir de la década de los 90,[20] su creación y aplicación no son tareas simples. Muchos códigos éticos son creados por encargo del empresario mediático y sus directivos, sin que exista un diálogo ético previo en las redacciones. La ausencia de este diálogo ético suele condenar estas iniciativas al papel de catálogo de buenas intenciones, en el mejor de los casos, cuando no se trata de un mero instrumento de relaciones públicas destinado a aparentar frente a la sociedad que se tienen verdaderos compromisos deontológicos que más bien suelen ignorarse en el quehacer periodístico y editorial cotidiano, pues los intereses del dueño suelen sobreponerse a cualquier principio de responsabilidad social periodística, tal y como quedó en evidencia en el papel desempeñado por la mayoría de la prensa venezolana durante el fallido golpe de Estado del 11 de abril de 2002.[21] Otras veces, el enunciado de compromisos morales carecen de viabilidad práctica pues no corresponden a la realidad social y política del entorno de la sociedad a la que sirve el medio, y éste adolece de los recursos materiales que garanticen su independencia empresarial y editorial, particularmente en naciones en vías de desarrollo, como podría ser el caso de gran parte de la prensa provincial centroamericana, que depende de la publicidad estatal para sobrevivir.[22]

Por el contrario, cuando un código deontológico es fruto del diálogo ético de una redacción –incluyendo, por supuesto, a directivos y empresarios–, o de un grupo de periodistas asociados en alguna organización profesional, entonces la vinculación sí es plena, pues se trata de un compromiso voluntariamente asumido por consenso, para el cual –se presume– se han contemplado desde la congruencia con la línea editorial del medio hasta las características particulares de la empresa periodística, así como la realidad política, social, económica y cultural del lugar donde se edita el medio.

Los códigos de ética suelen recibir la misma crítica que los principios editoriales: se les reprocha ser un mero enunciado de buenos propósitos, carentes de sanción explícita en caso de violación. Y aunque no siempre es cierto esto, pues varios documentos latinoamericanos contienen mecanismos vinculantes,[23] conviene apoyar a los códigos de ética con el establecimiento de consejos o comités de ética que supervisen permanentemente el cabal cumplimiento de los compromisos deontológicos del medio.

3.3 Comité de ética

Integrados fundamentalmente por personal de la redacción –pero a veces también por algunos miembros de la sociedad civil–, los consejos o comités de ética cumplen una labor de supervisión deontológica que permite evaluar el comportamiento ético de un medio en particular a través de la evaluación de los contenidos de información y comentarios editoriales que éste publica. El objetivo es detectar violaciones al código de ética del medio, investigar las causas que las propiciaron y emitir recomendaciones generales y particulares para evitar su repetición. Eventualmente pueden encontrar un dilema ético bien o mal resuelto que escape a las previsiones del código de ética, lo que les permite abrir una discusión deontológica en su redacción para evaluar la situación concreta y llegar a la mejor solución posible, lo que a su vez enriquece el acervo ético del medio y, en su momento, puede ser incorporado a su código deontológico. Sin embargo, esta característica ex post –es decir, que atiende un conflicto después de que éste surge– cobra mayor relevancia cuando el dilema ético es planteado por un reportero o editor ex ante, es decir, de forma previa a la publicación de la información que lo generó. Esto convierte al comité de ética en un asesor deontológico, dispuesto a contribuir en la resolución de conflictos deontológicos particulares, alimentando la confianza de la redacción en su trabajo y alentando el diálogo ético entre los periodistas y directivos.

Lamentablemente, este mecanismo de autorregulación es más bien escaso.[24] Estos comités están integrados por miembros de la redacción y consejeros externos que realizan una revisión semanal de cada diario. Su operación, en grandes líneas, es sencilla: cuando encuentran una violación al código de ética, invitan al reportero responsable a explicar la situación que le llevó a incurrir en un error deontológico; el comité de ética expide luego una recomendación dirigida al reportero, el editor de la sección donde se publicó la información y al director del periódico; finalmente, la recomendación y una copia de la nota en cuestión son colocadas, además, en un pizarrón en la redacción, a la vista de todos los reporteros y editores del diario. En un medio digital, ese pizarrón puede estar permanentemente en línea para consulta tanto del personal periodístico como de los usuarios del sitio.

Ciertamente, existen dificultades para integrar un comité de ética eficaz, pero también está visto que ni de lejos es imposible. Su implantación en cualquier medio, pero particularmente en uno digital, reviste particular importancia no sólo como apoyo del defensor u ombudsman del lector, quien cumple con esas y otras funciones dentro de un medio, sino como instancia de supervisión reposada, alejada de las tensiones cotidianas de edición, lo que le otorga una mirada retrospectiva que puede abarcar en su conjunto a todo el proceso de toma de decisión editorial e incidir de manera más eficiente en las políticas editoriales y en el diseño de las órdenes de información, el reporteo y la investigación, así como en el procesamiento y la presentación de la información.

4. El defensor del lector en el medio digital

El primer y único ombudsman del lector en un medio en línea ha sido Dan Fisher, quien trabajó 27 años en Los Angeles Times y terminó su carrera en la página de msn MoneyCentral. El editor en jefe de msnbc.com, Merrill Brown presentó a Fisher como ombudsman el 17 abril de 2001, bajo un esquema de independencia que le permitía confrontar a los 65 editores y los cerca de 200 reporteros del corporativo, cuyo sitio recibe unos 10 millones de visitantes al mes. Durante más de un año, Fisher escribió una columna, la cual no podía sufrir ninguna modificación sin su propio consentimiento. Como ombudsman, Fisher desarrollo un doble papel en msnbc: representante de los lectores y crítico interno del sitio, lo que le permitía cruzar opiniones con el personal periodístico del sitio sobre el manejo y presentación de la información. Trabajando desde su casa, y apenas apareciendo un par de veces en la redacción, donde tenía una oficina, la primer columna del ombudsman fue subida al sitio msnbc.com el 2 de mayo de 2001. Durante los 13 meses que permaneció en el cargo, la queja principal que recibió de los lectores fue la información política tendenciosa, seguida de reclamaciones por errores tipográficos, gramaticales y en datos duros. Hasta aquí, nada que distinga a msnbc.com de cualquier medio impreso o electrónico. Dentro de las quejas vinculadas a la nueva plataforma destacaron los anuncios que aparecen en ventanas no solicitadas (pop-up).[25]

El propio Fisher asegura que el trabajo de un ombudsman en línea no difiere mucho del trabajo de cualquier defensor del lector en un diario. La principal preocupación del usuario de msnbc se relaciona con los valores tradicionales del periodismo estadunidense: equilibrio informativo, precisión y trato justo. Fisher esperaba algo distinto, pero no fue así. Ciertamente existen diferencias –como los votos en línea, algo imposible en un medio impreso–, pero tras 10 meses en el cargo se declaró sorprendido de que los asuntos que había tenido que tratar hasta ese momento no habían sido tan distintos de cualquier tema abordado por algún ombudsman del lector en los medios tradicionales. No obstante, Fisher encuentra un elemento distintivo de Internet que debe ser observado con atención: la velocidad de la información.

Las notas en msnbc pueden modificarse de 10 a 15 veces a lo largo de un día, y algunas de las primeras versiones son bastante incompletas. Uno [como periodista] puede estar acostumbrado a ese ritmo de actualizaciones que vemos en los servicios de cables o en las noticias radiofónicas, pero no estoy muy seguro de cómo reaccionarán los lectores si sólo vieron esos reportes incompletos y solamente lo hicieron una vez a la semana.[26]

Como sea, esto también tiene una ventaja: cualquier error detectado por la redacción, el ombudsman o un lector, puede ser corregido en cuestión de minutos. Otro detalle que llamó la atención de Fisher fue recibir muy pocos comentarios sobre los elementos interactivos en el sitio msnbc.com, como los videos y audios disponibles junto a los textos de las notas, lo que le hizo suponer que la mayoría de los usuarios emplean el multimedia sólo en el trabajo, donde pueden disponer de conexiones más veloces que en casa. Incluso, en el primer chat que condujo, Fisher apenas tuvo 60 usuario conectados. Mucho del trabajo de Fisher se concentraba en señalar errores o a alertar sobre el uso del lenguaje en ciertos casos que podían aparentar prejuicios o tendencias. Estos detalles normalmente pasaron inadvertidos para el lector, debido a la velocidad de las actualizaciones.

De acuerdo con el editor en jefe de msnbc, Merrill Brown, la idea de un ombudsman representaba la oportunidad de «explicar y explorar de forma pública cómo y por qué hacemos lo que hacemos». En sus propias palabras, la misión del ombudsman es «obligarnos a pensar más ampliamente acerca de nuestro trabajo y de nuestras responsabilidades». No obstante, Brown acepta que a la vuelta de un año de esta experiencia, el trabajo del ombudsman ha tenido poco impacto en las políticas y los procedimientos del corporativo. Unos de los problemas, reconoció, fue no haber delimitado claramente las responsabilidades del ombudsman. El experimento, según Brown, «nos dejó todo lo que yo esperaba en términos de interacción entre el ombudsman y nuestro muy diverso público, pero menos de lo que yo esperaba en términos de impacto sobre lo que hacemos todos los días».[27] Brown tiene elementos para decir esto: cada mes, Fisher recibió un promedio de entre 300 y 400 correos electrónicos de usuarios, pero el propio ombudsman lamenta que la mayor parte de sus sugerencias sobre procedimientos y políticas editoriales no fueron atendidas, como la propuesta de abrir una página de correcciones o distinguir claramente entre información y opinión. Aun así, considera que, de vez en cuando, podía forzar a la gente a detenerse a pensar en lo que estaba haciendo.

Fisher renunció al cargo de ombudsman del lector de msnbc.com el 7 de junio de 2002. Hasta la fecha, el corporativo no ha contratado a nadie para reemplazarlo y los enlaces a las 31 columnas escritas por Fisher han sido desactivados. En su último trabajo publicado, Fisher lamentó haberse concentrado más en las quejas de los usuarios que en tratar de influenciar el proceso editorial en msnbc, lo cual, dijo, pudo ser un error. Pero aún así, sostiene que el ombudsman del lector debe mantener una cierta distancia del personal editorial para cumplir plenamente sus responsabilidades con el lector. Fisher comparó el trabajo del ombudsman del lector con un emparedado de maní: «Es mejor ser la mantequilla de cacahuate que alguna de las dos rebanadas de pan».[28]

México, D.F., 23 de octubre de 2002

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Bibliografía

Aznar, Hugo (1999a). Comunicación responsable. Deontología y autorregulación de los medios. Barcelona. Ariel.
__________ (1999b). Ética y periodismo. Autorregulación, códigos, estatutos de redacción y otros documentos. Barcelona. Paidós.
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Edo, Concha (1994). La crisis de la prensa diaria. La línea editorial y la trayectoria de los periódicos de Madrid. Barcelona. Ariel Comunicación.
Mendes, Jairo Faria (2002). O ombudsman e o leitor. Belo Horizonte. Editora O Lutador.
Principios internacionales de ética profesional del periodismo (1983). París. UNESCO.
Villanueva, Ernesto (2002). Autorregulación de la prensa. Una aproximación ético-jurídica a la experiencia comparada. México. Universidad Iberoamericana, Grupo Editorial Miguel Ángel Porrúa.

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Notas:

[1] Vid. «What is ONO?», texto de presentación de la Organization of News Ombudsmen (paréntesis nuestro), consultado el 7 de julio de 2001, en http://www.infi.net/ono/what.htm.
[2] Ibid.
[3] Mendes, 2002, pp. 32 ss.
[4] Conversaciones con Germán Rey y Javier Darío Restrepo, durante el «Seminario internacional: Nuevo periodismo para un nuevo milenio», Monterrey, N.L., del 3 al 5 de abril de 2002.
[5] Dato obtenido en conversaciones personales con colaboradores de Pulso de San Luis. Un ejemplo de la columna del «defensor del lector» de ese diario es la publicada el 14 de septiembre de 1999, en la que dedica todo su espacio a contar anécdotas de los autores de letra y música del himno nacional mexicano, cuando pudo aprovechar para cuestionar la pésima cobertura periodística de una reunión de cientos de campesinos marginados provenientes de cinco estados del país, realizada la víspera en esa misma ciudad.
[6] Conversaciones personales con reporteros y editores de El Economista, en julio de 2002.
[7] Consulta en línea realizada el 19 de julio de 2002, desde la página electrónica http://www. cronica.com.mx/busqueda.lasso.
[8] Conversación telefónica con Diego Petersen, director de Público de Guadalajara y defensor del lector de Milenio Diario de la Ciudad de México, en agosto de 2001.
[9] Vid. José Carreño Carlón. «Un modelo histórico de la relación entre prensa y poder en México en el siglo XX», en Sala de Prensa No. 16, febrero de 2000.
[10] Entrevista con Gina Lubrano, reader advocate del diario The San Diego Union-Tribune y tesorera de la Organization of News Ombudsmen, durante la conferencia ONO-2002, celebrada en Salt Lake City, del 28 de abril al 1 de mayo de 2002.
[11] Vid. «La experiencia en El Nacional», reseña sobre la evolución del cargo en El Nacional, disponible en la página electrónica http://www.el-nacional.com/defensora/ index.html. Consulta en línea realizada el 14 de mayo de 2002.
[12] Dato obtenido en comunicación de Jaime Abello, director de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, el 5 de abril de 2002, en Monterrey, N.L.
[13] Aznar, 1999a, p. 83.
[14] Vid. Rosa Zeta de Poso, «Camilo José Cela, periodista», en Sala de Prensa No. 39, enero de 2002.
[15] Aznar, 1999a, p. 84; paréntesis nuestro.
[16] Edo, 1994, p. 170.
[17] Término técnico que describe el acceso directo hacia una página electrónica sin necesidad de pasar por la página principal de un dominio Internet específico, i.e. http://www.grupoclarin.com/espanol/ grupoclarin/principios-y-valores.html, es la dirección donde se encuentran los principios editoriales del periódico argentino Clarín, cuyo portal es simplemente http://www.grupoclarin.com.
[18] Villanueva, 2002, p. 35.
[19] Un código deontológico que puntualmente señala lo anterior es el propuesto por unesco en los Principios internacionales de ética profesional del periodismo, aprobado en París el 21 de noviembre de 1983.
[20] Aznar, 1999b, p. 61.
[21] Véase la serie de artículos «El golpe mediático», en edición especial de Sala de Prensa No. 42, abril de 2002.
[22] Entrevistas personales con Alejandro Alfonzo, consejero de Comunicación e Información de la unesco para América Latina, sede San José, y con una docena de propietarios de medios durante el «Seminario para directores de periódicos de provincias de Costa Rica», coordinado e impartido por el autor, bajo los auspicios de la unesco y el Colegio de Periodistas de Costa Rica, San José, 24 y 25 de mayo de 2002.
[23] Véase particularmente el apartado IV del Código de Ética de los Periodistas Brasileños.
[24] En México, sólo el grupo de Periódicos Healy cuenta con sendos comités de ética, creados en 1999, para cada uno de sus tres diarios en el noroeste de México: El Imparcial, de Hermosillo, Sonora; La Crónica, de Mexicali, y Frontera, de Tijuana, estos dos últimos en el estado de Baja California.
[25] Columnas de Dan Fisher consultadas en msnbc.com entre el 2 de mayo de 2001 y el 7 de junio de 2002.
[26] «Cyberspace’s First Ombudsman», OnLine Journalism Review, 2 de marzo de 2002, disponible en http://ojr.org/ojr/workplace/1017775737.php; paréntesis nuestro.
[27] Fisher, Dan. «A year in the life of an ombudsman», msnbc.com, 7 de junio de 2002, disponible en http://stacks.msnbc.com/news/761285.asp.
[28] Ibid


* Gerardo Albarrán de Alba es director de la revista electrónica Saladeprensa.org, coordinador de Proyectos Especiales de la revista mexicana Proceso, y coordinador académico del Curso Superior en Periodismo de Investigación de la Universidad Iberoamericana. Es candidato a doctor en Derecho de la Información por la Universidad de Occidente, bajo la supervisión académica del Programa Iberoamericano de Derecho de la Información de la Universidad Iberoamericana y del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Es miembro del Consejo Editorial de Le Monde Diplomatique (edición mexicana), del Consejo Asesor de la Fundación Información y Democracia, A.C., del Consejo Periodístico de la Fundación Libertad de Información-México, A.C., vocal del Consejo Directivo del Centro de Periodistas de Investigación, A.C. (IRE-México), y miembro del Consejo Regional del Instituto Prensa y Sociedad. Es miembro de la Organization of News Ombudsmen (ONO) y del Committee to Protect Journalist (CPJ). Esta es parte de la ponencia que presentó en el IV Congreso Iberoamericano de Periodismo en Internet, realizado por la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la Pontificia Universidad Católica de Lima en octubre de 2002, en Perú.


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