Sala de Prensa


5
Abril 1999
Año II, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Sobre la comunicación:
consensos, malentendidos y conflictos

Elsa Ghio y María Angélica Hechim *

¿Es seguro que corresponda a la palabra "comunicación" un concepto único,
unívoco, rigurosamente dominable y transmisible: comunicable?
(Derrida, 1994).

Introducción

La elección de la cita de Derrida como epígrafe de nuestra exposición intenta expresar algunas de nuestras reflexiones surgidas de nuestra práctica profesional. Parte de nuestra preocupación puede resumirse en un punto central: qué enseñamos cuando enseñamos "comunicación".

Muchas veces, el recurrir a la etimología sirve de poco para iluminar los significados actuales de algunas palabras, ya que los caminos por donde fueron derivando, aunque no sean precisamente inescrutables, sí tienen mucho de oscuro y azaroso. Junto con la velocidad del cambio de los tiempos y los espacios discurre la velocidad del cambio de los significados de las palabras.

Sin embargo, otras veces, la historia de las palabras nos acerca precisiones que aparecen a la conciencia con el impacto de la verificación de intuiciones que en un principio no supimos discriminar.

Ocurre esto con la etimología de la palabra "comunicación", que, según Corominas () aparece en 1.440, derivada del latín "communicare" que "en la baja época se emplea con el sentido de comulgar". En 1.220-50 origina la palabra "comulgar" con el sentido de "dar o recibir la sagrada comunión" y en 1.440 se usa con el sentido de "compartir".

Que todos sepamos que la comunicación no es sagrada, no implica que ese núcleo de significado no siga siendo central en el término. Ese núcleo está ciertamente implicado cuando el concepto de comunicación se centra básicamente en la idea de consenso. Cuando decimos consenso (término acreditado por A. Comte) queremos decir lo que define el Diccionario Duncan Mitchell ()

No queremos decir con esto que los lingüistas ignoran que entre los interlocutores no siempre se llega a un acuerdo, lo cual es obvio, sino que en general no se incorpora esta posibilidad como elemento constitutivo de la comunicación. El consenso o entendimiento común es más una aspiración humana, un ideal o una utopía que una realidad, y esto debe aparecer como tal en un modelo teórico. Hoy la cuestión del conflicto es central en una gran parte del campo del pensamiento social.

Otra de las dificultades se plantea para nosotros en el lugar que las distintas concepciones asignan al sujeto en la delimitación del objeto de análisis. Por ej., las concepciones basadas en el modelo del código, representan la comunicación como resultado de procesos mecánicos de codificación/decodificación, en donde los malentendidos y los conflictos surgen cuando intervienen ruidos externos que intervienen en el canal de transmisión, y en donde, en general, los hablantes en tanto sujetos, son igualados a las máquinas (aquí se incluyen no sólo las teorías de la información sino también las teorías cognitivas que se representan la mente como una computadora que procesa información). Estos modelos no nos interesan porque, o bien no se ocupan del sujeto, o bien lo asimilan al comportamiento de las máquinas.

Nos proponemos revisar de una manera bastante sumaria algunas de las teorías que privilegian el logro del consenso como finalidad ‘a priori’ del proceso de comunicación.

Comunicación y contexto social

Desde una perspectiva centrada en la función comunicativa del lenguaje, Deborah Schiffrin () distingue entre el modelo de código, que asume que un individuo transmite un mensaje a un receptor a través del uso de un código compartido; el modelo inferencial, según el cual el proceso comunicativo descansa tanto en un código compartido como en un conjunto racional de principios comunicativos compartidos que permiten el empleo de estrategias inferenciales y centra su interés en las intenciones que exhibe el emisor y deben ser inferidas por el receptor, y, por último, el modelo interaccional, en el que se apoyan la sociolingüística interaccionista, (Goffman y Gumperz), la etnografía de la comunicación (D. Hymes) y el análisis conversacional (Sacks, Schegloff y Jefferson). Como estos enfoques son los que prestan mayor atención al contexto social, no es sorprendente que ellos descansen sobre un modelo que asigna al contexto un papel que es más que cognitivo.

Este modelo interaccional propuesto por Schiffrin merece cierta atención para nuestro trabajo. En su descripción la autora se apoya básicamente en la concepción lingüística de la Escuela de Palo Alto (Watzlawick y otros, 1967). Este modelo asume que lo que subyace a la comunicación es el comportamiento (behaviour), sea ese comportamiento intencional o no.

De este modo, en tanto un individuo se encuentre en una situación interactiva (i.e. en tanto su comportamiento está disponible a las observaciones de otros) ese individuo comunica información: aún los esfuerzos por no comunicar serían, por defecto, comunicativos.

Esta perspectiva de la comunicación es característica de la teorías que enfocan su interés en la naturaleza situada de toda conducta (no sólo la verbal). Por ejemplo, las reacciones físicas, como .sudar. sonrojarse; o las cualidades paralingüísticas de las emisiones verbales, aunque no sean intencionales ni conscientes, pueden transmitir mensajes. El considerar potencialmente comunicativos a tales comportamientos constituye una diferencia radical en relación con los modelos descritos antes. En contraste tanto con el modelo de código como con el modelo inferencial, se asigna aquí un rol mucho más activo al receptor. Este encuentra significado en el comportamiento situado del otro, y trata de asignar posibles interpretaciones en varios niveles (referencial, social, emotivo) a cualquier información disponible. Esto significa que el mensaje que se comunica no necesita arraigarse ni en pensamientos ni en intenciones.

Además, el principio de intersubjetividad, que se vincula con la relación interpersonal entre ego y alter con algún modo de compartir conocimiento o experiencia (),juega aquí un rol menos penetrante que para otros modelos. Primero, la comunicación no necesita descansar en el logro de la intersubjetividad; como Watzlawick et al. (1967) dicen, " no podemos decir que la comunicación sólo tiene lugar cuando ... ocurre la comprensión mutua". La meta de la comunicación es el logro por parte del receptor de una interpretación de información disponible. Segundo, los procedimientos empleados para interpretar los comportamientos que otros exhiben, no necesitan ser un reflejo de los procedimientos empleados para exhibir. De esto se deduce que los conocimientos previos, las emociones, etc. de un receptor, pueden llevarlo a una interpretación que diverge de la que fue pretendida por el productor. El único lugar en que la intersubjetividad sí juega un papel es en el dominio del conocimiento lingüístico anterior: el conocimiento compartido permite decodificar información lingüística. Pero como el modelo interaccional asigna mayor énfasis al modo en que la información se sitúa en un contexto particular, depende menos del código y, por lo tanto, de la intersubjetividad asumida como básica en el requerimiento de un código compartido unívocamente entre emisor y receptor.

El código lingüístico -- tan central para la comunicación en el modelo de código-- es también parte de la cultura. El concepto de competencia comunicativa supone una relación entre código y cultura, es conocimiento cultural que incluye principios sociales y psicológicos que gobiernan el uso del lenguaje, además de las reglas "gramaticales" más abstractas que pertenecen al código lingüístico. No son sólo las propiedades de código del lenguaje las que permiten a la gente " interpretar la experiencia como inteligible". Son las interacciones entre los seres humanos las que permiten al lenguaje tener una capacidad de significar -- una capacidad tan central para la cultura misma. De este modo, el código lingüístico sirve a la comunicación al permitir la construcción potencial de un mundo de significado compartido (i.e. intersubjetividad, cultura). El elevado status asignado al receptor encaja completamente con este modelo interaccional de la comunicación. Pero, hasta el status del receptor es particular y relativo: no puede asumirse que los roles participantes (ya sean las intenciones del transmisor o las interpretaciones del receptor), tengan un rol constante en el proceso por el cual los significados serán compartidos.

Desde nuestro punto de vista, esta perspectiva parece no tener en cuenta que las relaciones sociales se fundan en la desigualdad y esto implica una distribución desigual de todos los bienes, incluido conocimiento. Esta desigual distribución de lo que Bourdieu llama 'capital cultural', necesariamente asigna a cada persona una competencia comunicativa diferente, con diferentes valores en el mercado de bienes culturales.

Comunicación y consenso

En el marco del racionalismo alemán, nos encontramos con el proyecto de Habermas, que es tan erudito, vasto y complejo como para que no pretendamos dar cuenta críticamente del mismo en estas modestas líneas. Sin embargo, por ser tan compacto y conocido, ofrece la posibilidad de plantear, a partir de él, algunas cuestiones relacionadas con nuestra postura.

Habermas sostiene el modelo de una pragmática universal, en oposición a una pragmática empírica, del lenguaje, tomando como elemento de análisis a las emisiones, que admitirían una reconstrucción racional en términos universales al igual que las oraciones. O sea que, para él, la competencia comunicativa tiene un núcleo tan universal como el de la competencia lingüística. Su objetivo es elaborar una teoría desde la cual se pueda plantear una teoría de la verdad y una teoría de la ética, y, en particular, una teoría crítica de lo social.

Contrastada con posiciones que asumen una racionalidad cognitivo-instrumental, ofrece una concepción de racionalidad propia de la práctica comunicativa, del mundo de la vida, que descansa en los presupuestos de fondo que forman el contexto de las tradiciones, las convicciones compartidas, las instituciones culturales, religiosas, familiares, etc. Esta teoría de la racionalidad comunicativa se basa en una teoría de la finalidad consensual del lenguaje. Las normas comunicacionales son constitutivas del mundo de la vida, constituyen el "fundamento común" de la intersubjetividad enraizada en el lenguaje, condicionan la posibilidad de la comunicabilidad en general, tanto con los demás, como con uno mismo. Mediante ellas es posible alcanzar un consenso (racional) que descansa en el conocimiento intersubjetivo de las pretensiones de validez (comprensión del sentido (inteligibilidad), verdad de los enunciados, veracidad de las enunciaciones (intenciones) y rectitud de las acciones (normativa)).

Las pretensiones de validez se relacionan con las tres realidades que en una emisión se vinculan con la oración: la realidad externa u objetiva, la realidad interna o subjetiva y la realidad normativa o intersubjetiva. Cuando hay un reconocimiento de las pretensiones de validez, se ha logrado un acuerdo intersubjetivo. Se cumple así el objetivo de la acción comunicativa, que se orienta al entendimiento mutuo. Pero cada una de estas pretensiones puede cuestionarse. Si se cuestiona la inteligibilidad, se producen malentendidos que deben ser clarificados. Si se cuestiona la verdad, el argumento del otro se tomará como hipótesis y la superación apelará a la cita de experiencias relevantes o a autoridades reconocidas. Si se cuestionan las intenciones, se debe restaurar la confianza mediante garantías, etc. Si se cuestiona la rectitud, en razón, por ej., de que el hablante no tiene el status o el papel que lo capaciten para actuar de tal o cual forma, el hablante debe demostrar su derecho a hacerlo.

En todos los casos, está claro que el punto de partida es que tanto el malentendido como la desconfianza, la duda, la mentira y la atribución o no del derecho al habla, constituyen cuestiones derivadas o marginales en relación con la meta del entendimiento.

Dice Mc Carthy en su libro sobre Habermas ():

"En la medida en que la interacción normal implica considerar al otro como sujeto, implica asimismo la suposición de que sabe lo que hace y por qué lo hace, de que sostiene intencionalmente las creencias y fines que persigue o sostiene y que eventualmente puede respaldarlas con razones. Aunque esta suposición de responsabilidad es a menudo contrafáctica, y quizá habitualmente, es de tan fundamental importancia para las relaciones humanas, que procedemos normalmente como si éste fuera el caso".

El problema es, justamente, a qué se llama "una interacción normal" y si la misma se caracteriza realmente porque "implica considerar al otro como sujeto".

Habermas dice que hay un empleo instrumental del habla en el contexto de otro tipo de acción, llamada estratégica, orientada al éxito en influir en las decisiones del otro: la persuasión o la manipulación. Esto es lo que se reconoce como una forma de manifestación del poder. Pareciera entonces que Habermas tiene en cuenta que no toda acción lingüística se dirige al entendimiento, sin embargo, su modelo de la acción comunicativa sólo caracteriza un tipo de comportamiento que merece llamarse comunicativo, el orientado al entendimiento, meta inherente al habla humana, como bien observa Alicia Paez(). Lo que llama uso instrumental, o estratégico, es parasitario y desviado respecto de aquel.

Para nosotros, la búsqueda de la emancipación de los hombres de los poderes que lo oprimen, objetivo explícito de la obra de Habermas, no significa necesariamente sostener un modelo ideal de las relaciones humanas. Tanto la verdad como la mentira, la comprensión como el malentendido, la confianza y la desconfianza, son elementos constitutivos, inherentes a las relaciones humanas, y por tanto, al lenguaje y la comunicación.

Otra crítica que se puede hacer a Habermas se refiere a la radicalidad de su separación de las tres realidades (objetiva, subjetiva e intersubjetiva), puesto que entre la realidad subjetiva y la intersubjetiva hay un juego de formación reciproca. El psicoanálisis nos habla de esto cuando pone en el centro del lenguaje la producción de lapsus y malentendidos.

Comunicación y dialogismo

En lingüística, quizá sea Bajtín quien mejor ha pensado para nosotros estas cuestiones, quien, creemos, aporta fundamentalmente a una comprensión crítica del lenguaje y la comunicación.

De la obra de este pensador, nos interesan particularmente los conceptos de dialogismo y de polifonía.

Del concepto de diálogo, queremos retener aquí algunas ideas puesto que la extensión de este trabajo no nos permite extendernos más.

1. Este concepto establece un modelo para pensar la relación entre el yo y el otro de manera totalmente diferente a lo que pensaba Saussure al establecer su oposición sociedad/individuo en su dicotomía lengua/habla, de inspiración durkheimiana. El individuo como entidad pasiva, radicalmente diferenciado de la sociedad, no sería solamente el lugar de lo monológico, arrinconado como efecto del error o la ilusión, sino que sería básicamente una forma de discurso que históricamente intenta reprimir el dialogismo "natural" que existe en la sociedad y en el lenguaje. El monologismo "finge" que el otro no existe.

"La lucha del discurso dialógico llega entonces a definirse como la lucha de un sujeto por incorporar a otro. Un sujeto u otro ha de ganar en el enfrentamiento: forma del dialogismo cuando tenemos dos sujetos preconcebidos desde el comienzo: la completa otredad inicial que los separa es una consecuencia de esta preconstitución."

2. El diálogo asume el carácter de fuente primordial de la creatividad social. Por "diálogo" se entiende no solamente la comunicación verbal vocalizada producida en encuentros cara a cara, sino también la comunicación verbal de cualquier tipo. El dialogismo es, pues, la forma particular en que Bajtín modela la relación intersubjetiva.

3. Si "el lenguaje entra a la vida a través de enunciaciones concretas (que manifiestan el lenguaje) y la vida entra al lenguaje también a través de enunciaciones concretas" es porque en el dialogismo juegan el yo y el otro, la conciencia y la materia, la vida y el lenguaje.

4. La expresión "enunciaciones concretas" sugiere que tal dialogismo no debe pensarse como una dialéctica, como una unidad de contrarios que se reconcilian en la superación, sino como una lucha constante, un movimiento, una acción, una energía. Y mediante esta noción entra en juego la noción de conflicto como constitutiva y constituyente de la comunicación.

5. La relación yo y otro no se reduce a la relación conversacional: para Bajtín, no se trata de que la respuesta del oyente completa el sentido del mensaje del hablante, sino que en la emisión misma del hablante hay una polifonía. Además del sentido que este término tiene en Ducrot, como cuestionamiento de la unicidad del sujeto hablante, como constelación de hablantes, en la concepción bajtiniana incorpora otro elemento esencial. La polifonía no es sólo la incorporación de otras voces anteriores a la situación presente del habla en la voz del locutor; es también la incorporación de la posible respuesta del interlocutor presente en la situación de habla: no es otra cosa lo que sugiere el concepto de competencia comunicativa. Al adecuar nuestro discurso a la situación comunicativa concreta no hacemos otra cosa que hacer entrar al otro en nuestro propio discurso. Así, quien emite un texto es, al mismo tiempo, hablante y oyente. Toda enunciación es parte de una cadena de comunicación compleja.

Santa Fe, 20 de octubre de 1997


* Elsa Ghio - María Angélica Hechim (UNL-Santa Fe). Ponencia presentada en las III Jornadas Nacionales de Investigadores en Comunicación, "Comunicación: campos de investigación y prácticas". Mendoza, Argentina.


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