Sala de Prensa


45
Julio 2002
Año IV, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


La credibilidad en la información
periodística: más allá del simple ritual

Germán Ortiz Leiva *

"La credibilidad informativa no la construyen las fuentes que cubren los periodistas, sino el deseo de objetividad con que se cuenten los hechos sociales por parte de ellos", expresaba el ensayista mexicano Carlos Monsiváis, en una conferencia de apertura, hace unas semanas, dentro de un foro internacional organizado en Bogotá por la Asociación Mundial de Periódicos (WAN), Andiarios de Colombia y la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), sobre el peligro que corren los medios de comunicación al informar sobre lo que está ocurriendo.

Esta frase de alguna manera interpreta en parte la compleja realidad por la que está atravesando el ejercicio del periodismo en Colombia, el mismo que al final de esa jornada dejó no sólo una sensación generalizada de impotencia social entre los asistentes al acto por el peligro inminente que se cierne sobre él y la fuerza de las amenazas a la libertad de prensa, enmarcadas en dramáticos testimonios de periodistas colombianos, sino también una honda preocupación por los inmensos retos que deben afrontar quienes asumen la tarea de informar en este país, puesto que la degradación del conflicto parece que va a la par de una creciente vulnerabilidad en la libertad de informar y en la consecuente pérdida de credibilidad de los medios informativos para seguir haciéndolo.

Amenazas latentes

La libertad de información en Colombia no sólo está afectada por la amenaza a perder la vida o la libertad por razones propias del oficio, sino también por quienes han visto de manera crítica la forma como los medios de comunicación cubren la información sobre el conflicto social y político, el desempleo, la guerra, los actos de violencia, la gestión del Estado, las decisiones del gobierno y, en fin, todo aquello que haga parte de la agenda pública de los colombianos.

Este último aspecto es de gran relevancia en las labores diarias del informador porque es aquí donde se enmarca la verdadera influencia de la sociedad civil en sus medios de información y de otros sectores como el gobierno y las empresas comerciales que pierden confianza en sus inversiones al ver una disminución en el consumo de medios y unos márgenes muy altos de riesgo en la inversión publicitaria, motor en casi todos los casos para el fortalecimiento mismo de la empresa informativa.

Tan sólo en el último año, una encuesta de la revista Credencial revelaba en su momento la poca confianza que le inspiraban a los colombianos la calidad de los contenidos informativos y la manera como éstos reflejaban la realidad nacional y su percepción para que a través de los mismos se pudieran plantear soluciones viables a la crisis nacional.

Esta situación se ha agudizado de hecho luego de la ruptura del proceso de 40 meses de conversaciones entre el gobierno de Andrés Pastrana y el grupo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), proceso que los medios de comunicación cubrieron amplia y profusamente, no sólo por los últimos pronunciamientos de parte de los actores del conflicto en relación con la tarea informativa y su aparente responsabilidad en el fracaso del mismo, sino porque además los analistas políticos coinciden en que no se informó de manera correcta a la opinión pública de lo que acontecía con el proceso. Algunos incluso fijan el fracaso del mismo no sólo a una falta de visión del Estado para involucrar a los partidos políticos y a la sociedad civil sino además "a los medios de comunicación en una estrategia que informara y preparara a la sociedad para afrontar con madurez los escollos y la crisis de un proceso de por sí difícil".

Posturas encontradas

El escenario propuesto para percibir el contexto en el que se mueve la problemática de la libertad de información en Colombia permite dilucidar varias posturas:

Por un lado y sin duda, un alto compromiso de las organizaciones internacionales y no gubernamentales del país preocupadas por realizar pronunciamientos dirigidos a llamar la atención de la opinión pública mundial sobre el riesgo que no sólo corre el ejercicio de la prensa en Colombia, sino –como lo anotó unos de los periodistas invitados al encuentro– la sociedad entera.

Por otro lado, el de quienes como gobernantes tienen el poder para legislar sobre la libertad de informar y ser informado y asumen el asunto como algo estrictamente legal, pero olvidan que el problema de la libertad de prensa no se puede entender como una actividad que surge del permiso formal de un estado democrático, sino que es un asunto que le compete a los derechos humanos en donde entran en juego los niveles de competencia profesional del comunicador, su compromiso con valores individuales y sociales, y su criterio para saber qué es lo que realmente necesita la comunidad para estar informada.

En este punto es necesario llamar la atención sobre lo que un ministro de estado en el mismo encuentro internacional anotó en relación con el derecho de informar al cual interpuso "el deber moral de los medios por defender las instituciones" o en otras palabras, la tarea de informar en los medios evitando la posturas "neutrales ante el conflicto". Nada más peligroso para los medios de comunicación asumir en las condiciones actuales del país semejante propuesta.

Aquí el asunto de la credibilidad se traduce en una regulación impuesta desde el gobierno que más adelante termina siendo censura bajo el argumento de defender el interés público. Modelo por demás que ha revivido con fuerza en los propios Estados Unidos luego de los atentados del 11 de septiembre y cuya eficacia se percibe en una opinión pública menos informada de lo que estaba antes: "Vivimos acciones militares sin verlas, nunca vimos imágenes de los cuerpos sepultados bajo los restos de las Torres Gemelas, Bush restringe la información militar –sensible- a un grupo de ocho colaboradores, la CNN se olvida de un vídeo de Al Qaeda durante 12 horas y las cadenas árabes de televisión emiten imágenes de un Kabul sin rastros de los continuos bombardeos. ¿Qué está pasando?", se preguntaba un periodista norteamericano pocos días después de iniciada la operación militar en Afganistán en octubre del año pasado.

Niveles de información: posibilidades de credibilidad

En medio de la compleja realidad colombiana, los medios de comunicación tienen grandes obstáculos que superar. Y aunque suene reiterativo e insistente, al interior de cada empresa informativa hay que trabajar de manera incansable por encontrar un nivel ideal de objetividad periodística que repercuta en su propia credibilidad.

Cubrir los hechos sociales con una "diversidad de enfoques que no afecte de por sí a la objetividad; antes bien, ésta aconseja que se multipliquen los puntos de vista, siempre que se observe escrupulosamente el principio de la honestidad o sinceridad", escribía al respecto el profesor Angel Benito en 1976 en sus Lecciones de Teoría General de la Información.

Y aunque "cada noticia periodística es una colección de hechos establecidos y estructurados por los mismos periodistas", su profesionalidad se dirige a la responsabilidad en la divulgación, la que hace ya parte de un ritual por casi todos conocido desde la propia universidad: Por un lado, la forma determinada –entendida como la presentación de la información –donde hay consenso en cuanto al uso de las comillas, la convocatoria de las fuentes, la contrastación de la mismas como prueba de su veracidad, etcétera–. Luego, el contenido informativo, es decir todo aquello referido a lo que el periodista sabe de la información misma y que no está precisamente relacionado con el origen de los sucesos, pero alimenta un juicio apropiado de la realidad social y por lo tanto el criterio para describir el escenario noticioso. Y las relaciones interorganizativas o la dinámica entre las propias fuentes, con las cuales muchos comunicadores suelen basar la fuente misma de la información que divulgan. (Es común ahora encontrar que el propio gremio periodístico suela reconocer la capacidad profesional de un colega en la medida en que determinada fuente se le convierta en el único modo de obtener datos que otros en iguales circunstancias no lo podrían hacer. Aparte de su dependencia directa de la fuente y los riesgos que esto conlleva, cada vez parece que abundan más los profesionales de la información especializados en las fuentes y no en los contenidos o temas que ellas suelen tratar.)

De ahí que la discusión no sea acerca de los niveles operativos de la objetividad, con los que suelen actuar justificada y defensivamente la mayoría de los medios de comunicación cuando se trata de afrontar las críticas de parte de la sociedad a la forma como hacen su trabajo. (Niveles que además enmarcan rutinas periodísticas y desarrollan lógicas propias que sólo se entienden al interior de las empresas informativas.) Otra cosa será lo que va más allá de este ritual estratégico en una sala de redacción o una estación de radio o televisión, ya que cuenta todo aquello que enmarca "lo que debemos hacer para justificar una afirmación de que algún hallazgo particular es objetivo", y esto conceptualmente no es tan claro ahora, ante el reto de una práctica que se enfrasca en la interpretación de una realidad cambiante y compleja superada con creces por la densidad informativa que intentan cubrir en sociedades como la colombiana.

Si de alguna manera se intentara describir de forma gráfica la pugna por dicho asunto, se podría afirmar que todos los factores determinantes en la misma se encuentran de manera simultánea como elementos constitutivos de la acción social de los medios, dependiendo sobre todo del criterio de quien informa sobre un hecho social relevante: la parcialidad, con su teoría del engaño por omitir o tergiversar información; la neutralidad, con la postura de unos medios asépticos ante lo que cubren, dejando a las fuentes su particular interpretación de lo que ocurre con lo que se obtiene una polarización de la opinión pública; la colateralidad, con su esquema del efecto indeseado en la información pero no menos responsable por lo que se ha dicho o se ha provocado y sutilmente usado en algunas ocasiones para ganar audiencias; y, finalmente, el de la objetividad, con su intención de formar el contexto necesario que brinde la confiabilidad y la credibilidad necesarias para reconocer en la misma un principio efectivo de lograr legitimidad y respaldo social.

Para algunos autores la objetividad periodística puede entrar en conflicto con otro propósito loable para la prensa como lo es el de desempeñar un rol activo o el de abogar por causas que lo ameriten. Sin embargo aquí la objetividad no está referida a elegir una verdad por encima de otras, puesto que no hay que olvidar que el periodismo suele enfrentarse a verdades socialmente controvertibles. Objetividad no es precisamente la divulgación de verdades absolutas, es más bien la descripción de la postura informativa en relación con el objeto propio de la noticia y con los diversos ángulos que la noticia exige para dimensionar de manera integral u objetiva el hecho divulgado y no la posición personal del comunicador.

Baste recordar la vieja frase del filósofo norteamericano John Dewey que pasó su vida en búsqueda del criterio de la verdad en las consecuencias prácticas: "Si uno desea darse cuenta de la distancia que pueda existir entre los hechos y el significado de los hechos, debe internarse en el terreno de la discusión social".


* Germán Ortiz Leiva es analista del Observatorio de Medios, en la Universidad de La Sabana, Colombia. Es colaborador de Sala de Prensa.


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