Sala de Prensa

43
Mayo 2002
Año IV, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Las lecciones del golpe y contragolpe de Venezuela

La insurgencia mediática

Darío Klein *

"No podemos garantizarle la fidelidad del Ejército, pero le podemos prometer el apoyo de los medios". Esa frase aparentemente pronunciada, según The Economist, por el ejecutivo de un medio de comunicación venezolano al dictador por 28 horas Pedro Carmona lo resume todo. El fracasado golpe de estado a Hugo Chávez en Venezuela fue distinto a todos los anteriores. Fue un golpe planeado, organizado y apoyado por los principales medios de comunicación.

La prensa participó con una meticulosa y a veces incendiaria cobertura de las manifestaciones contra Chávez, negándose a informar sobre los hechos que llevaron al mandatario a volver al poder e, incluso, siendo anfitriona de encuentros para planear la caída del gobierno.

En los umbrales del milenio, el intelectual hispano-uruguayo Javier del Rey había escrito: "Un espectro asedia a la democracia moderna: el espectro de la democracia mediática, el irresistible ascenso de los medios y de los periodistas, la sombra chinesca de la democracia de opinión". El caso venezolano muestra cómo la realidad casi siempre supera las más osadas lecturas teóricas. Difícilmente del Rey haya imaginado que esos mismos medios que son y deben ser la base de las democracias modernas –por más imperfectas que éstas puedan llegar a ser–, pudieran ser también los protagonistas de un intento por destruirla.

Los sucesos iniciados el 11 de abril aportaron buenas y malas noticias para los demócratas. Entre las malas figura la verificación de que los medios también puedan convertirse en un enemigo de la democracia. Entre las buenas, que la irrupción de las cadenas internacionales de información y de Internet ya no permiten dictaduras como las de antes.

Crónica del golpe

Todo comenzó entre el 8 y 9 de abril. La oposición al gobierno liderada por las cámaras empresariales, los sindicatos y los medios de comunicación organizaba protestas y un paro general por tiempo indeterminado. El gobierno de Chávez interrumpía sus mensajes constantemente con cadenas de radio y televisión. En respuesta, los canales interferían la señal oficial y cortaban la pantalla en dos, para dar la información de la huelga general.

Así llegó el 11 de abril fatídico. Era la tarde del segundo día de huelga general. Las calles estaban pobladas de cientos de miles de personas que caminaban rumbo al palacio presidencial. Mientras la televisión transformaba la manifestación en una especie de referéndum popular, un grupo de unos 10 generales preparaba un mensaje que sería televisado. Allí la cúpula militar hacía público su rechazo hacia el gobierno chavista. Según los propios emisores del mensaje, se trataría de una señal, una luz verde para dar inicio al golpe.

Si los periodistas internacionales lo sabíamos, es probable que Chávez también.

Su respuesta fue acaparar la señal de televisión con otra larga cadena de las que tienen hartos a los venezolanos. Mientras lo hacía y mientras los francotiradores regaban sangre por los alrededores de su palacio, Chávez anunciaba el cierre temporal de las señales de las principales cadenas privadas de radio y televisión. Si mato al medio, no habrá mensaje –habrá pensado–. Y entonces no habrá golpe. El tiro le salió por la culata.

Chávez logró frenar las ondas televisivas internas, a las que acusó de todos los males. Pero no pudo con las satelitales ni la Internet. Así, el mensaje de los generales encontró de todos modos su vía de escape, el efecto dominó hacia el golpe se puso igualmente en marcha y, encima, Chávez le dio una excusa más a quienes lo acusan de ser un dictador en traje de demócrata, por haber censurado a los canales.

Estos fueron recuperando sus señales y, uno a uno, los líderes militares venezolanos tuvieron sus 5 minutos de fama ante las pantallas, para mostrar su desacuerdo con el gobierno y sublevarse.

¿Y cuál fue la primer medida de los golpistas? Dejar vacía la sede del canal estatal. Así este quedaba impedido de emitir, y Chávez quedaba totalmente aislado e imposibilitado de cualquier reacción. En 1981 al rey de España le bastó con aparecer en televisión, para evitar el intento de golpe de Antonio Tejero. Chávez no tendría esa posibilidad.

Así, la única información que salía de Venezuela era la de los que estaban en proceso de tomar el poder. Y ellos aseguraban que Chávez había dimitido. Ningún canal se preocupó por buscar el punto de vista o la versión de los hechos de la cúpula constitucional refugiada en el sitiado Palacio de Miraflores. Sólo CNN ofreció la versión del presidente de la Asamblea Nacional, del portavoz del presidente, e intentó hablar con el mandatario.

Parecía que el golpe había triunfado.

Los hechos que siguieron se dieron a un ritmo de vértigo. Carmona asumió el poder en un acto, por supuesto, televisado por todos los canales y a continuación se reunió con los ejecutivos de los principales medios de comunicación. Según pude confirmar con fuentes locales de ambos bandos, allí estaban el magnate de los medios Gustavo Cisneros, el dueño del grupo de periódicos El Nacional Miguel Otero, el ejecutivo máximo de la cadena Globovisión Alberto Federico Ravell y Marcel Granier de RCTV. Algunos de los mismos que tres años antes habían apoyado a Chávez para que llegara al poder.

Pero mientras hablaban, el contragolpe estaba en marcha. Poco después los chavistas tenían tomado Miraflores.

Y entonces, precisamente aquellos que habían llegado al poder flameando la bandera de la libertad de prensa, se encargaron de evitar que esa información llegara al público.

Ninguna cadena emitió ni el más mínimo susurro de ningún ex funcionario chavista. Salvo la voz del fiscal general que, según él, engañó a los medios proponiendo una conferencia de prensa para dimitir en público, pero que luego, con las cámaras en vivo, no sólo no renunció, sino que dijo que Chávez tampoco lo había hecho.

Nadie contó tampoco que las calles eran un infierno. Los canales se limitaban a mostrar imágenes de la asunción de Carmona el día anterior, música y telenovelas.

Los vándalos chavistas reaccionaron con vehemencia, hicieron de los medios el próximo blanco de su furia y desde uno de ellos emitieron un mensaje diciendo que su presidente estaba secuestrado. Claro, los medios dicen que la cosa fue al revés: que como se sentían amenazados por las hordas de Chávez no pudieron contar lo que pasaba.

Sea como sea, así como antes Chávez no pudo controlar lo que se emitía por satélite a través de CNN ni a través de Internet, tampoco pudieron hacerlo sus sucesores del fin de semana. CNN comenzó a realizar entrevistas con la administración saliente y con la familia de Chávez, en la que estos denunciaban el golpe y contaban la versión del gobernante derrocado. CNN también contaba lo que pasaba en las calles, en los alrededores del Palacio de Miraflores y en los cuarteles. Y desde afuera de su país, los venezolanos se iban enterando de lo que pasaba dentro.

Venezuela no es la misma después del 11 de abril. Eso es evidente. Tampoco los medios serán los mismos. Ese día perdieron públicamente su inocencia. Su virginidad.

Hugo Chávez no es el defensor de la libertad de prensa que dice ser, ni el gran demócrata que ahora está vendiendo. Es un hombre que en el pasado también intentó llegar al poder a través de un golpe, que se hizo hacer una Constitución a su medida, que no dudó en suspender a los canales, que bloqueó la información sobre las protestas en su contra, que ha abusado de las cadenas televisivas, que ha desarrollado un discurso incendiario, agresivo y polarizador, y que ahora tiene a decenas de periodistas escondidos que temen por su vida. Pero, al final, esta vez hay que darle cuando menos algo de razón cuando veía conspiraciones por todos lados.

Ahora, con tiempo habrá que preguntarse si entre las tareas de los periodistas está la de luchar contra los aparentes enemigos de la sociedad abierta aún a riesgo de dejar de lado su tarea esencial de informar. Si para defender la libertad de expresión, la prensa puede subvertir el propio orden constitucional.


* Darío Klein es miembro del Consejo Editorial de Sala de Prensa. Periodista uruguayo que actualmente trabaja en la cadena de televisión estadunidense CNN, en Atlanta, como editor periodístico y periodista de investigación, es doctor en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid con una tesis realizada sobre Periodismo de Investigación. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Caras y Caretas de Montevideo.


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