Sala de Prensa

43
Mayo 2002
Año IV, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


El horizonte cerrado

"Nos entregaron la calle para vigilarnos mejor"
Enrique Lihn

Carlos Ossa *

La transición a la democracia pareciera ser el revés de la teoría del autoritarismo, es decir el establecimiento de un cambio epocal basado en la gobernabilidad, la confianza civil y la ampliación de las glorias del capital. Pero ¿qué sociedad ha inventado la transición? ¿Qué relatos políticos se instauran como terapia normativa? ¿Cuáles son las relaciones que se han fundado entre democracia y comunicación?

Las preguntas deben hacerse cargo de una constancia histórica, la modernización es el discurso paradigmático con el cual se justifica un proyecto que sólo tolera las oportunidades del neoliberalismo1. Es decir, la transición no tiene un trayecto diferencial, sino al contrario su viaje es hacia lo existente, hacia un presente divorciado de cualquier comarca que no sea ella misma. En ese sentido, las comunicaciones son una especie de "técnica" de la actualidad dedicada a celebrar las rabietas de lo fáctico, sus inclemencias menores y sus abusos sin consecuencias. En su interior los relatos de la prosperidad y el infortunio aparecen regulados por una lengua periodística exultante de biografías efímeras y calamidades inútiles. La tutela de los acontecimientos, la fragilidad de las versiones, la sumisión de las noticias o la mediatización del deseo aparecen como notas de una vigilancia dulce que arma el país a la medida de gendarmes, empresarios y asesores.

Las comunicaciones escoltan la hiperfuncionalidad del mercado y elaboran complejos dialectos de justificación, novedad y justicia. La información, entonces, organiza distintas figuras del adversario y las exhibe como la imposibilidad (resentimiento o nostalgia) de ocupar un espacio en el momento actual y a su vez, promueve los protocolos de convivencia de la modernización y los estilos para disfrutar de ella. El discurso comunicacional produce la "neolengua" del desarrollo que virtual y obsesiva, excluye todo lo que deteriore el beneficio de su cálculo. Los saberes residuales, resistentes o paralelos circulan por veredas oscuras, excluidos del debate o la memoria y sólo aparecen al interior de las instituciones cuando su desborde alarma con resignificar las zonas del sentido ya cazadas por el oficialismo transicional. Por tal razón, la política reduce la democracia a un evento patrimonial, a un espectro jurídico cercando la corriente de las pasiones y reduciendo la urbe a tareas de entretención y consumo. La calle, viejo aval de mítica participación masiva, ahora es corregida de toda ilusión igualitaria y a cambio se informa su accidente, delito o erotismo como las únicas marcas de validación de lo público.

La transición, saturada de negociaciones e impunidades, necesita un discurso2 nebuloso, ligero, conservador –y a su vez- extensivo y amplio donde poner lo incómodo junto a lo útil, lo molesto al lado de lo indefenso a fin de sostener el descentramiento y la fragmentación de la práctica política que se mimetiza con las hablas plebeyas en busca de una concertación, un aplauso, un final ya decidido: la clientela electoral.

El carácter formalista de lo político inunda las zonas de lectura colectiva con una serie de signos vacíos donde se potencian figuras y se oscurecen fines; se delatan querellas y se invisibilizan pactos que, luego, traducidos a información se presentan como operaciones lógicas, finitas y necesarias del orden. La tarea política se cierra sobre sí misma y sólo tolera una diversidad autorreferente que encuentra amparo en las comunicaciones y, sobre todo, en el discurso periodístico. En él mediatiza ciertos contenidos, confiesa algunas posiciones, declara posibles antagonismos. De esta forma, el periodismo articula los imaginarios de una política mezquina y silenciosa que pareciera haberse banalizado en el acto espectacular de su exhibición y, sin embargo, lo que hace es ensimismar al poder con su decir. Así los funcionamientos políticos clásicos, pre-modernos o tecnocráticos se decoran con los signos de la contemporaneidad publicitaria y logran una mímesis entre decisión y estética. No hay contradicción entre mensajes innovadores y tramas brutales...

¿Cuál sería uno de los rasgos predominantes de los discursos comunicacionales? ¿Sobre qué hacen descansar obsesiones y ofrendas de bienestar? Al parecer, las lenguas del neoliberalismo y los deseos de la transición han consentido administrar el mismo lugar: la vida cotidiana. Hacer de ella una transparencia mediática satisfecha de accesos, bienes y consuelos. Productora de memorias y firmas de coexistencia donde los pasados dejan de significar porque la demanda de actualidad es más intensa, funcional y perita. Las narrativas cotidianas, entonces, son saturadas de ecos de mundialidad junto con reyertas políticas locales, economías informáticas aliadas con repertorios informativos dedicados a notificar del control obtenido y del éxito pendiente. En suma la ambigüedad de lo diario es compaginada por múltiples códigos efímeros orientados a mostrar una sociedad vehemente, próspera y políticamente estable. Y sin embargo, sería un error pensar que describimos sólo un proceso de hegemonías visuales y simbólicas.

La velocidad financiera y su imaginario telecomunicacional prometen una escena "postcrítica" y "postsocial"3 que libera de épicas y compromisos militantes, rearticulando los espacios públicos con ofertas fragmentarias de orden y seguridad, muchas de las cuales son realizadas en los formatos comunicacionales. Sin embargo, hay ciertos divorcios entre lo enunciado y lo vivido y las experiencias cotidianas se deslizan por atajos de comprensión hacia modos de ver y sentir más rituales que informativos.

La modernización es un proceso que debe modificar la domesticidad para hacer entrar en ella el consenso, por lo mismo, los sujetos deben encontrar en lo mediático buena parte de sus referencias: de ahí el incremento de las comunicaciones por ampliar la producción de sentido y generar marcos más extensos de mediatización4, y tal como indica Roger Silverstone: "Es en lo cotidiano (que por supuesto no es lo mismo que lo doméstico como tampoco es el equivalente de lo popular) donde operan la dimensión funcional y la dimensión cultural de los medios (...) La audiencia de televisión concuerda con todo esto. La audiencia es, y siempre fue, un consumidor. Y es la economía política de los medios, que está cada vez más globalizada, más integrada y es más diversa en el plano tecnológico la que establece, aunque no determina, los términos de la negociación –los términos materiales y simbólicos de la negociación-."5. El Convenio implícito (nunca completamente deliberado y en más de una etapa accidental) nos dice que la transición chilena se mediatiza con el propósito de reubicar las lógicas modernizadoras y el papel del capital en la vida cotidiana: convertirlos en su lenguaje y en su dispositivo de realismo, diagramación y tendencia.

Las estrategias y las imágenes que componen el paisaje de la democracia chilena han remodelado la heterogeneidad social tratando de introducir su contenido en el acto base del consenso, el consumo y la disciplina laboral. Se busca complejizar sin conflictuar, a través de nuevas aventuras de la diferencia y la identidad capaces de organizar pluralismos jerarquizados que definen lo público, lo comentan e incluso lo cuestionan sin tocarlo. Hay toda una cadena de programas televisivos de conversación funcionando en esta línea: informar sin interpretar. Dentro de este marco se da el doble proceso del aumento de los sitios telemáticos y la diferenciación de los grupos con la aparición de intermediarios comunicacionales que resuelven los problemas de una ciudadanía vaciada de confianza institucional.

La eliminación del conflicto de las interpretaciones o la horizontalidad de los códigos son eventos redundantes de la actividad informativa. Sin embargo, en todo esto no hay conspiración mediática arruinando la jefatura del poder y sus ciclos: hay un deseo de sociedad, incluso atávico, que muestra el caso personal con su desgracia o fortuna, en forma de un graffiti del yo y documenta la historia reciente del país como una saga de individualidades. Nos hemos acostumbrado a vivir lo diario como espectáculo autorreferencial, ruina argumentativa y abandono solidario, y nos cuenta percibir que la comunicación (en sus diversos planos y géneros), por ejemplo, no sólo intenta normalizar los desvíos esquizofrénicos de la modernización, ansiosa de maquillar su pillaje con el sueño de las identidades dialógicas: también manufactura percepciones, sensibilidades y zonas de reconocimiento.

La televisión, según este contexto, hace converger mundos y hablas dispares, escenifica sus vidas y las reemplaza terminada la brevedad de los testimonios. A su vez, incrementa símbolos equidistantes a los institucionales e incluso los mezcla y confunde, en un proceso continuo de significación. De esta forma nunca deja de "hacer contacto", integra a todos los sectores y los transversaliza con las cuotas de diversión, silencio y distancia que distribuye. La televisión no sólo imita el tiempo cotidiano, también, lo produce y coloca en él las huellas de sociabilidades modificadas por las rutinas de la mercancía y el acceso; redefinidas por la exclusión política y la segmentación cultural; interpeladas por residuos nacionalistas e instantáneas globales. La irrupción de un ciudadano desmasificado es una de las consecuencias y expresa una mutación que va más allá de lo político: "en Chile –escribe Norbert Lechner- el proceso de modernización fomenta no sólo una fragmentación estructural de la sociedad: también genera un nuevo tipo de sociabilidad. Las antiguas solidaridades son desplazadas por un ´individualismo negativo´. En resumidas cuentas la vida social se encuentra determinada por la vida privada, la cual establece el horizonte de sentido. Una expresión de ello es la notable estetización de las relaciones sociales en Chile. En la medida en que se impone una cultura de la imagen concediendo lugar prioritario a la mirada, nuevos y continuamente cambiantes signos de distinción social se sobreponen a los clivajes de clase tradicionales"6.

El predominio de la mirada podría explicar la importancia que toma en la política la gestualidad y la preparación que de ello se hace, y si aceptamos que la televisión –según Umberto Eco- habla de sí misma es pertinente conjeturar que el único discurso político posible es el televisivo. De esta forma mirar es la actividad dada a un tipo de ciuadadano-elector que se relaciona con las instituciones por medio de ofertas, despliegues repetitivos e icónicos que hacen del civismo un acontecimiento alegórico sujeto a la neutralidad axiológica de la transición.

La política –con arreglo a la idea de que muere en los medios- ha perdido su centro y se somete a la mirada "autista" del telespectador. Se deja caer e interrumpir, provocando una serie de cruces con la televisión que la restarían de su labor argumentativa, constructora y articulante. Al no estar referida a su propia esfera y escenificarse desde cualquier paraje7 (el matinal, el programa de conversación, el show de concursos, la entrevista humana, etc.) parece entregar a la televisión su cetro y se deja seducir por la simultaneidad, la falta de compromiso, la velocidad y la cita episódica. De esta manera una urdimbre estallada transita a la televisión y la faculta para presentar en sus léxicos visuales los sucesos de la transición leídos como vida cotidiana. El relato periodístico se aboca a lo confesional haciendo ubicua la existencia de la víctima; el reportaje científico consuela con la explicación especializada que libera del monstruo o lo anormal; el estelar nocturno compensa, con el voyeurismo y la conversación informal, la falta de información ampliada sobre las decisiones del poder y las oscuridades de la influencia; la transmisión en directo denuncia la infracción, organiza a los testigos y juzga. Lo noticioso se antropologiza en búsqueda de una etnografía blanda, de barrio y caída capaz de sostener "una tragedia personal" (Silverstone, 1994) unos cuantos minutos, y sin embargo, esto no reduce sólo a talk-show la función informativa: también describe un habla que ha desestabilizado los discursos normativos con una crónica pasajera y mítica, descriptiva y cultural, mixta y creativa.

Al combinar las texturas políticas y cotidianas lo televisivo no produce –excluyentemente- un texto ebrio de imágenes suplementarias, sí recombina lo representacional con diversos verosímiles no apegados a lo verídico. De una u otra forma, al ser lo mediático el factor productivo de lo ideológico, no se necesita el relato político o intelectual para explicar los eventos, sino el discurrir incesante del especialista. La construcción audiovisual de los hechos reclama una explicación de memoria corta, que sólo puede dar quien indemniza a la sociedad con normalización, amenaza o recado: el experto. La pantalla multiplica las lenguas funcionales de la modernización donde periodistas, empresarios, académicos, humoristas y profesionales administran la actualidad e integran las disidencias, por medio, de los análisis sin contextos; de las preguntas sin tema; de las biografías sin sujeto; de las acusaciones sin responsables.

Aquí la televisión se mueve en una doble frontera: institucionaliza lo público para detener su exceso, e individualiza la experiencia para teatralizar lo privado. Sin embargo, y este es el problema a destacar, ésto no sería el resultado de la televisión: más bien, es el producto de una modernización que evita el ejercicio de la política a través del desmantelamiento de su especificidad8, para mantener su existencia como una técnica conciliadora y una esfera restringida de poder ante públicos más ansiosos de consumo que de democracia.

La revolución de lo igual

La transición unida a las obligaciones con los poderes corporativos, ha insistido en regular lo televisivo de un modo paradojal: lo ofrece a lo publicitario, a sabiendas de que en ese nicho se puede expresar una diversidad tímida, fluida y vigilante que no intimida ni desordena y a su vez justifica la "expresión democrática". El secreto de la política se pone a salvo (ser la modernización), gracias a la transparencia comunicativa donde todo queda anclado en una voluntad amorfa, publicitando el prestigio tecnológico y la seguridad ciudadana. El consenso entre poderes logra excluir lo público a través de la conversión metafórica de parte de la política en cotidianeidad inmóvil y necesaria, pero también logra la subordinación de las identidades esquivas a la demanda de privacidad e informatización, con lo cual se anuncia la llegada de lo diverso como respuesta al pasado confrontacional. El secreto de la política queda cautelado porque la transición nos ha convencido del fin del discurso y el inicio de la escenografía.

Esto, explica en parte, la renuncia de todos lo gobiernos concertacionistas a la llamada "política comunicacional", pues ésta exigía al Estado hacer la genealogía de la dictadura a la democracia (asumir las promesas de la campaña del No), en cambio la privatización del debate colectivo y la mediatización de la protesta, permitió hacer la genealogía de la política al mercado. No fue un asunto de escrúpulos anti-estatistas, ni menos un desmalezamiento de autoritarismos ideológicos lo puesto en juego –como sugieren los epígonos de esta fórmula- fue la entrega de lo público a su mercantilización. Liberado el Estado de la función de comunicar lo político y de imaginar la ciudad, permitió a los asesores inventar los límites del realismo y las palabras urgentes de la gesta pacificadora, la reconciliación y el fin de la disputa. Toda relación sería visual...

A partir de esta perspectiva la televisión abandona el lugar del estigma para convertirse en el texto político de la modernización. Lo sustancial es cómo ordena en una estructura hegemónico-fragmentaria lo informativo y lo narrativo, los mezcla y restituye a velocidades desiguales que condenan toda diferencia a ser pulsión y –a la vez- ser registro, testigo sin habla y confesión compartida. El discurso televisivo conseguiría que todos miráramos juntos –indefinidamente- a la modernización desplegándose sobre sí misma en una turba de anuncios, sensaciones, símbolos y mercaderías que hacen posible el acceso sin necesidad de pasar por la igualdad social.

La televisión chilena siguiendo caminos globales ya no es nacional y -aún así- se consagra como un relato de lo cotidiano. En su interior desatado remodeliza (diariamente) la legitimidad de las imágenes y los vínculos sociales9: ingresa, excluye y administra las sentimentalidades, de tal forma que tematiza los bordes y los centros. Logra castigar al otro sin libreto y además construir un "espacio público virtual" que une lo individual y lo mediático. La televisión circula en y por lo público como la constatación imaginaria de la edad de lo post-político, el triunfo del advertising sobre lo ideológico, la elaboración de una escena y su drama sin requerir nombres, sólo episodios momentáneos.

Las relaciones entre el sistema comunicacional, la política y el espacio público (o sus restos) circulan por múltiples sitios y por ninguno, auspician los requerimientos de libertad de expresión y la restringen a las cómodas biografías de los gabinetes empresariales y su imagen moderna de Chile.

La televisión provee de crédito valórico a los saberes modernizadores para legitimar lo inédito del tiempo global, celebrar sus flujos y sus heroísmos de inversión como datos de progreso y armonía. Las fracturas y los desórdenes del capital se ocultan detrás de las violencias menores de la ciudad, de los tráficos y las congestiones, de los abandonos y las plenitudes que hablan de la transición y sus innumerables acontecimientos.

El presente que construye el relato televisivo es como el "fantasma que aguarda su hora", una esperanza de realidad siempre suspendida por la ficción de su naturaleza, pero capaz de dar forma a una economía escrituraria colonizadora de los pequeños refugios de la vida, recuperando los espacios de fugas y amplificando las murmuraciones para cumplir con el plan de la información de terminar con los sitios sagrados y los enigmas. La economía escrituraria es el expediente por el cual la modernización chilena convierte a la sociedad en el texto del neoliberalismo. Pero el mérito modernizador sólo es posible en la simulación del futuro, es decir, en la invención de un más allá previsto y regulado por lo actual, en la noción de un mercado predictivo que niega la memoria y afirma la moral, apelando a un hombre sin sombra ansioso de vivir el "enseguida". La comunicación configura a lo transicional como el lugar que habitamos, tránsito sin herencia hecho de retazos de porvenir, justificado por cables y risas que piensan en esta edad como idéntica a sí misma, entonces: "la sociedad es concebida como un estadio o estado definitivo, privado de historicidad, proveniente de una especie de ‘pacto atávico’. La historicidad representaría la amenaza del retorno al comienzo caótico, superado por el ‘pacto consensual’. Esta idea hegemónica de historicidad es abiertamente paradójica. Concibe el Chile actual modernizado como una sociedad globalizada, por tanto en proceso de cambios constantes, adaptativos respecto al movimiento perpetuo de los mercados múltiples. La constante superación de las tecnologías, la destrucción de los parroquialismos, la erosión de los estrechos límites de los Estados-nacionales, la expansión obligada de la mirada desde nuestro ombligo hacia el mundo globalizado, implica un constante dinamismo (...). Se trataría, entonces, de una sociedad móvil pero sin historicidad"10.

La política se blanquea de historia en la consumación de la inmediatez, allí se concentra y se queda, extática y sola renunciando a dar paternidad a cualquier expediente que la saque del flujo y la publicidad. Por ello el sistema comunicacional inscribe en el cuerpo el trabajo de la globalización, sus insignias tecnológicas, celebraciones de unidad y visibilidades de mundo conseguibles por la firma crediticia. La producción noticiosa, entonces, acepta ese cruce de animación japonesa (convertida en estudio fetiche de violencia infantil) con la publicidad transnacionalizada de ferias del consumo vistas como citas de negocios, reportajes científicos promoviendo los milagros de los monopolios farmaceúticos o especiales de prensa que rescriben la historia del país de acuerdo a las editoriales de los auspiciadores: bancos, gaseosas o catálogos de multitienda: "todo esto ocasiona una acumulación fantástica: las referencias viven las unas sobre las otras y a expensas las unas de las otras. También ahí se desarrolla un sistema excrecente de interpretación sin relación alguna con su objetivo"11.

Los imaginarios sociales fijan los espectros al pasado y las esperanzas al futuro, y ambos campos son tecnificados por un saber sociológico y comunicacional, basado en la peritación, en el beneficio. Las estrategias comunicacionales son utilizadas para producir targets específicos (sobre todo en los periodos de campañas políticas) y apelar a los públicos12 para conseguir de ellos síntomas de conformidad o datos de resistencia a corregir.

La actualidad detiene a la política en el suceso modernizador y el discurso comunicacional mezcla lo global y lo nacional sin interrupciones, anunciando un territorio lleno de miradas adversativas: numerosos presentes poniendo en escena un solo discurso, el discurso neoliberal que mimetizado con la información y la entretención se vuelve una "especie de máquina lógica", la cual –tal como lo advierte Pierre Bourdieu- destruye de forma sistemática a los colectivos y sus oposiciones. La transición salva a la política destruyendo lo público, es decir, disolviendo todo en la racionalidad modernizadora de lo continuo sin testamento. Ello es producto de una suma de certezas comunicativas que producen el sentido común de lo nacional y enmarcan a la democracia en una profecía vulgar que triunfa porque repite su propia imagen. La imagen difundida habla de la historia de una revolución conservadora triunfante y revanchista, dulcificada por su control de la memoria, la eficacia en la producción de efectos de verdad y la tregua jurídica ganada para sus asesinos.

Hay, por lo tanto, un acuerdo tácito para detener lo intempestivo y contener las subjetividades blasfemas que se cuelan por los lados, arrojar a los rincones los tiempos vagos carentes de productividad, pero sin destruir o negar –de modo absoluto- sino imitando, recuperando, diluyendo o colocando en lo mediático el momento peligroso, afín de entrevistarlo y repetirlo hasta cansar su amenaza y dar a ver la agonía de su reincidencia. Según Nelly Richard: "La actualidad chilena de la transición se vale de ese ´hoy´brevemente recortado –sin lazos históricos- para saturar el presente con el descompromiso de fugacidades y transitoriedades que sólo cargan de ritmo y virtudes lo momentáneo a fin de que la historia se vuelva definitivamente olvidadiza"13 Y como la modernización no espera tener un recuerdo de sí misma, necesita de un pacto que deje testimonio de su obra y resista cualquier densidad, confesión o misterio no autorizado por lo informativo. La modernización acelera sus dispositivos para alejarse de aquellas imágenes que la fijen a un destino o le exigan reparación por su injusticia.

Entrega sus bienes a cambio de un olvido rápido y un futuro inacabable y le pide a la política cotidianizar al capital como relaciones sociales; así es posible identificar esos calendarios televisivos llenos de pie de páginas dedicados a las miniaturas del sentido que postergan -incansablemente- la pregunta por la sociedad: programas periodísticos o misceláneos hechos de contingencias y apuros, donde funciona "el eterno retorno de lo mismo". La política se transforma en una máquina célibe (tal como lo imaginó Freud), productora de sueños difundidos por imágenes huérfanas y en un idioma universal "sin tierra" (casi el augurio réprobo de la globalización), donde no hay ni ostracismo ni diáspora. En su interior la muerte es una escritura, los cuerpos desaparecen, las cosas se deshacen, los sentimientos se imaginan y las palabras se pierden. Parte importante de esta alegoría ha dejado de ser sueño para convertirse en cohabitación. Ese es el acuerdo por el cual la política chilena se ha convertido en modernización económica.

_____
Notas:

1 En una perspectiva general las opciones son escasas, y de acuerdo a Franz Hinkelammert: "Hoy la sobrevivencia de la mayoría de la población mundial solamente es posible, si sobrevive en producciones no-competitivas en el marco de una competencia globalizada. No hay ninguna posibilidad de su sobrevivencia por medio de su inclusión en producciones y actividades competitivas, porque cada vez menos la competitividad y el crecimiento correspondiente pueden asegurar la inclusión de todos en el proceso económico" en, Nihilismo al desnudo. Los tiempos de la globalización. Editorial Lom, Santiago, 2001. Pp.21-22.

2 Un valioso trabajo sobre los modos discursivos de constitución de lo transicional y su vínculo con el saber sociológico se encuentra en Mauro Salazar y Miguel Valderrama: Dialectos en Transición. Política y subjetividad en el Chile actual. Editorial Lom, Santiago, 2000.

3 Idelber Avelar: La ficción postdictatorial y el trabajo del duelo. Editorial Cuarto Propio, Santiago 2000.

4 Una amplia investigación, en torno al consumo simbólico y comunicacional de medios en Chile y el resto del continente se encuentra en el texto de Guillermo Sunkel (coordinador): El consumo cultural en América Latina. Editorial del Convenio Andrés Bello, Bogotá, 1999.

5 Roger Silverstone: Televisión y vida cotidiana. Amorrortu Editores, Buenos Aires 1994. Pp. 289.

6 Norbert Lechner: "Modernización y democratización: un dilema del desarrollo chileno", en Revista Estudios Públicos N° 70, Santiago 1998.

7 Tal como lo ha señalado Jesús Martín-Barbero y Germán Rey (1999), dejar la desgracia de la política reducida al sicariato televisivo es una exageración. Es creer que la política no sigue haciendo sus labores porque está preocupada por un glamour creciente y espectacular. Un texto tan injusto con la imagen como el Homo Videns (1998) de G. Sartori ejemplifica ese "mal de ojo intelectual" que busca la explicación de la crisis fuera del campo político, para mantener la inmaculez de un prurito ilustrado asociado al liberalismo clásico, que supone a la imagen como pura superficie cansina de éxtasis casual.

8 Una especificidad que se crea históricamente y no responde a ninguna sustancia u ontologización, es un hacer siempre conectado a las formas de mutar, desplazarse y construir el poder.

9 Dominique Wolton: El elogio del gran público. Una teoría crítica de la televisión. Editorial Gedisa, Barcelona, 1992.

10 Tomás Moulian: Chile actual: anatomía de un mito. Editorial Lom, Santiago, 1997. Pp. 46.

11 Jean Baudrillard: Las estrategias fatales. Editorial Anagrama, Barcelona, 1997. Pp. 11.

12 Las apelaciones son asimétricas porque los públicos son diferentes, la segmentación define escalas y categorías y hoy, independiente del contenido televisivo, la medición implica una estadística y una clasificación social. La conocida por todos nosotros es la ABC 1,2,3.

13 Nelly Richard: Residuos y metáforas. (Ensayos de crítica cultural sobre el Chile de la Transición). Editorial Cuarto Propio, Santiago, 1998. Pp.40.


* Carlos Ossa S. es profesor de la Universidad de Chile y miembro del Centro de Investigaciones Sociales de la Universidad ARCIS, dirigido por el sociólogo Tomás Moulian. Miembro del comité de redacción de la revista In Fraganti y colaborador permanente de la revista Crítica Cultural, que dirige Nelly Richard. Es colaborador de Sala de Prensa.


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