Sala de Prensa

41
Marzo 2002
Año IV, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


Las siete trampas capitales
contra el periodista (y el buen periodismo)

Juan Gonzalo Betancur B. *

Para un periodista, informar sobre un conflicto armado implica trabajar sobre un terreno y una temática hostiles, llenos de trampas puestas para manipularlo o para impedir que elabore una buena información. Esta es una reflexión sobre algunas dificultades que tiene el cubrimiento de la guerra interna de Colombia. Se explica como demasiadas situaciones de esta confrontación tienen un trasfondo político y propagandístico que debe conocer o develar el periodista para evitar convertirse, sin quererlo, en un ‘idiota útil’ de los actores de la guerra.

En 1997, a los sacerdotes de la Diócesis de Apartadó, en la región de Urabá (noroccidente de Colombia, en límites con Panamá), les impresionó la forma en que algunos campesinos que llegaban desplazados de las selvas del departamento del Chocó se referían a los paramilitares que los habían sacado de sus tierras. Les decían a los curas: "¡Padre, es que son personas como nosotros!".

Muchos de esos campesinos habían oído demasiado acerca de los paramilitares; historias de terror sin duda verdaderas, pero también otras distorsionadas, no se sabe por qué, quién, ni si fue en forma inconsciente o provocada. Lo cierto es que hubo algunos que, al saber que llegaban los "paracos", se imaginaron que se trataba de monstruos, de seres gigantes, peludos, con garras y colmillos, y se sorprendieron al ver que, físicamente, eran idénticos a cualquier colono.

Es posible entonces que al otro lado de la misma selva, en el lado panameño, otros habitantes posean ideas parecidas. Y que en otros sitios del planeta piensen igual no sólo de paramilitares o guerrilleros sino, por extensión, de todos los colombianos.

Ciertamente, esos hombres de la guerra han cometido y siguen cometiendo actos en extremo salvajes que sólo pueden recibir el calificativo de monstruosos. Pero lo que quiero resaltar con esta anécdota es cómo hay unas imágenes de los enemigos o de los potenciales enemigos, que en ocasiones no corresponden a lo que realmente son.

Parte de esas imágenes mentales que se empiezan a crear son resultado de procesos muy bien pensados que se inscriben dentro de acciones de propaganda y de guerra sicológica, como parte de la gran estrategia de cada uno de los bandos para ganar la confrontación a como dé lugar. Otras imágenes son creadas por el establecimiento, a través de líderes de opinión –gobernantes, columnistas, políticos, empresarios-, que las ponen a circular y las reiteran hasta la saciedad con fines diversos. En ambos casos, para su difusión masiva se valen de los medios de información.

Y existen otras más que surgen desde abajo, desde la propia ciudadanía, y que en sus comienzos se propagan por canales informales como el rumor, el comentario y en general la comunicación interpersonal. Pero el énfasis en esta exposición estará en lo que toca a los medios masivos y a su responsabilidad en la creación de imágenes e imaginarios dentro del conflicto armado colombiano.

Bien sabido es que todas las guerras, y los intereses que hay tras ellas, actúan no sólo en los campos de batalla sino en el plano de los significados, con los medios masivos de información como instrumentos para llegar a la mente de las personas. Alvin y Heidi Toffler lo advirtieron en 1995 cuando en su texto "Las guerras del futuro", dijeron: "Quienes más se esfuerzan por reflexionar acerca de la guerra en el futuro, saben que algunos de los combates más importantes de hoy y del mañana se desarrollan y se desarrollarán en el campo de batalla de los medios de comunicación".

Para ayudar a cualquier proceso de solución pacífica y negociada del conflicto armado colombiano se requiere la construcción de imaginarios positivos hacia la reconciliación nacional. Imágenes y conceptos distintos a esos arquetipos distanciadores sobre la salida negociada a la guerra interna que vivimos, algunos de moda en Colombia y que han tomado inusitado auge aquí ante la frustración de diversos sectores de la sociedad tras el fracaso en las negociaciones de paz con la guerrilla, en especial con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).

La construcción de esos imaginarios debe ser un proceso perfectamente consciente dentro de los medios informativos, para que las imágenes que ellos crean con sus informaciones se conviertan en dinamizadoras y no en obstáculos al entendimiento mutuo, y para dar claridad a tanto hecho "confuso".

Atravesando un campo minado

Cuando se juega con palabras y con herramientas que producen significado, como lo hacemos los periodistas, hay que tener mucho cuidado. En especial si se habla de un conflicto, si se está en una zona que lo vive o si la confrontación está cerca, pues a diario se camina por un campo lleno de trampas.

Trampa 1: Desconocer la historia

Lleva a la equivocada posición de creer que los conflictos surgieron por generación espontánea. Y para el caso colombiano, que aparecieron sólo porque hay unos "malos" empeñados en acabar con "los buenos"; que esos malos son así porque simplemente quieren destruir todo y que las soluciones son simples, por lo que tendrían que darse rápido.

Las raíces del problema colombiano son tan hondas y su desarrollo actual está determinado por tantos factores (exclusión política, narcotráfico, ausencia de Estado, corrupción, crisis del modelo económico) que es necesario insistir mucho en las informaciones acerca de dos cosas: cómo todos esos elementos influyen en tan caótica situación, y cómo las soluciones son difíciles y por lo tanto demoradas.

Esa mezcla de factores es lo que Iván Orozco Abad llamó el "ensuciamiento del conflicto colombiano", es decir, cuando todas las violencias empezaron a mezclarse y a retroalimentarse, hasta generar la confusión actual en la que se diluyen los límites si se quiere propios de los fenómenos y del accionar de los grupos armados. Así lo explica el autor mencionado en su libro "Combatientes, rebeldes y terroristas - Guerra y derecho en Colombia":

"La Colombia de hoy padece una situación de violencia que podemos caracterizar, con Daniel Pécaut, como de "violencia generalizada". No encontramos en nuestro país una situación de guerra civil abierta, en el sentido de un conflicto bipolar, que aglutine en sus extremos al conjunto de la población sino una violencia fragmentaria y compleja, en la cual una pluralidad de actores armados intervienen recíprocamente. Colombia, sobre todo a partir del ingreso masivo del narcotráfico en la vida política del campo, ha vivido un proceso de marcada feudalización político-militar. Entre nosotros hay señores patrimoniales que son, simultáneamente, ‘señores de la guerra’. Es así como se habla de ‘la guerra de Pablo’, de ‘la guerra de Víctor’, etc., como de una pluralidad de guerras privadas que responden a lógicas que se entrelazan y se interfieren con otras violencias. Los mismos aparatos del Estado, en cuanto involucrados en conflictos regionales y locales, han resultado, parcialmente, privatizados a través de la corrupción.

De otro lado, la interferencia recíproca de la violencia ha determinado un ensuciamiento creciente de los conflictos. Entre nosotros, la guerra es una guerra sucia compartida. Desde el punto de vista del Estado, la suciedad del conflicto se manifiesta sobre todo en una doble tendencia creciente hacia la bandolerización de la delincuencia política y hacia la politización de la delincuencia común.

Si a este escenario de violencias organizadas le agregamos el mar inmenso de la delincuencia común desestructurada que asola a nuestras ciudades y campos, entonces tenemos por lo menos en sus pinceladas más gruesas el cuadro de fondo que sirve de coreografía al conflicto entre el Estado y el para-Estado, de un lado, y las guerrillas, del otro".

Que los periodistas conozcan y entiendan la historia real de Colombia y de la guerra que vive es vital: aquellos que están informando para otro país, como los corresponsales, para que elaboren mensajes que ayuden a comprender el problema colombiano desde su dimensión histórica y coyuntural, y no generen entre su público nuevas distorsiones que a la postre se conviertan en una dificultad más de cara a un proceso de apoyo internacional. Y los que están cubriendo los hechos dentro del propio territorio nacional, para que hagan informaciones que permitan a la ciudadanía entender que los grupos armados tienen lógicas diferentes producto de su historia, intereses diversos y posturas opuestas, por lo que las soluciones, es decir las negociaciones (lo que se ha llamado en forma genérica "el proceso de paz"), no van a ser rápidas, así todos lo queramos.

Destaco esto último porque, aún existiendo esas contradicciones entre Estado, guerrilla y paramilitares; aún los repetidos hechos de guerra y los pocos de paz; aún las masacres, los secuestros, las extorsiones, hay que insistir en la solución negociada del conflicto porque una alternativa estrictamente militar tendría efectos devastadores sobre todo el país y sobre las regiones fronterizas de las naciones vecinas.

Trampa 2: No entender el contexto en el que se desarrolla el conflicto

Es la forma más habitual de perderse y hacer perder a los lectores, radioescuchas o telespectactores. Carecer del conocimiento mínimo de todos los elementos políticos, sociales, económicos y hasta culturales que se conjugan en una región o en un momento específico de la historia (y de la confrontación), impide explicar el por qué de las acciones bélicas.

Porque cuando ocurre un ataque guerrillero o paramilitar contra un municipio, por ejemplo, la explicación más recurrente que presentan la mayoría de periodistas es que "el pueblo ya estaba amenazado". Y santo remedio. En casos como ese hay que profundizar hasta llegar a puntos tales como la importancia estratégica que puede tener ese pueblo o ese lugar específico de la geografía.

Un caso patético en ese sentido lo tuvimos en la zona fronteriza colombo-venezolana hace un par de años, cuando empezaron las masacres de las Autodefensas Unidas de Colombia en la zona de La Gabarra, departamento de Norte de Santander. Los primeros cubrimientos se limitaban a dar cuenta de los muertos, las viudas y los desplazados, datos absolutamente necesarios, claro está. Y parecía, para el resto del país, una situación extraña porque allí supuestamente no había conflicto armado, no era una "zona roja".

Pero la explicación de que eso respondía, además de acabar con la guerrilla, a una estrategia para quedarse con el negocio de la coca en la región para las autodefensas financiarse, a la vez de debilitar las arcas de los insurgentes, sólo empezó a darse unas semanas después cuando iban ya más de 50 muertos.

Caer en la trampa de no dominar el contexto en que se dan los hechos de violencia hace que el periodista no explique el por qué de lo que ocurre, que no rodee sus mensajes de interpretación y contenido que valga la pena, que, finalmente, se convierta en un simple transmisor de lo evidente.

Trampa 3: Reproducir estereotipos y no medir el lenguaje

La simplificación que representa acudir a estereotipos no sólo es muestra de estrechez mental del periodista y del medio para el cual trabaja sino de su pereza intelectual. Significa desconocimiento de las realidades y de las personas. Evidencia ganas de perpetuar ideas preconcebidas para no espantar a lectores y anunciantes, para reforzarles sus temores o certezas. Es facilismo puro y duro.

Los estereotipos aparecen a diario en las noticias y están metidos desde la simplificación de los titulares hasta en las florituras que traen esas crónicas romanticonas hechas con la pretensión de ser literarias.

Salir de ese esquema implica meterse en una lucha interna dentro del medio porque, ¿cómo romper con ellos, cuando a muchos editores y directores de medios les encantan tanto como los pasabocas de los cocteles?

Y del problema del lenguaje, ni se diga. Creo que lo más grave es el uso de terminologías incorrectas, de expresiones que reproducen el clima de agresión o que son propias de los actores armados (y cuando hablo de actores, uso el término según el Derecho Internacional Humanitario, por lo que incluyo ahí a las Fuerzas Armadas del Estado). Porque una cosa es que un militar se refiera de una manera sobre sus enemigos y otra bien distinta que el periodista hable igual a como lo hace ese militar.

Lo otro grave en relación con la terminología es el significado distinto que tiene una misma palabra o concepto para los diferentes bandos en contienda.

Todo esto, vuelvo a lo anterior, genera distorsiones y hasta ambientes poco propicios para la negociación.

Trampa 4: Caer en las redes de la propaganda

Todos los grupos armados son especialistas en generar hechos de propaganda, contrapropaganda y desinformación. Lo tienen tan claro que hasta figura en sus manuales de instrucción. Los periodistas debíamos tener nuestros propios manuales para neutralizar o, por lo menos, evitar caer de bruces en esta otra trampa.

Sobre propaganda existen centenares de textos pero, para precisar algunos conceptos, voy a utilizar uno que condensa los fundamentos de esa acción de comunicación y es el libro "La guerra de las mentiras", de Alejandro Pizarroso Quintero.

Este autor considera que la definición más precisa de propaganda es la de Violet Edwards que explica: "Propaganda es la expresión de una opinión o una acción por individuos o grupos, deliberadamente orientada a influir opiniones o acciones de otros individuos o grupos para fines predeterminados (Group Leader´s Guide to Propaganda Análisis, Nueva York, 1938, p.40)".

Así mismo, Pizarroso manifiesta que el conjunto de actividades de propaganda de guerra puede ser llamado también "guerra sicológica". Pero para explicar mejor este último concepto, cita a W. E. Daugherty que la define así: "Es el uso planificado de propaganda y otras acciones orientadas a generar opiniones, emociones, actitudes y comportamientos en grupos extranjeros, enemigos, neutrales y amigos, de tal modo que apoyen el cumplimiento de fines y objetivos nacionales (A Psychological Warfare Casebook, Baltimore, 1964, p.2)".

Precisados esos términos, hagamos un repaso rápido sobre los siguientes hechos del conflicto armado colombiano, de gran impacto en la prensa nacional y extranjera, y cómo respondían a intereses propagandísticos de los respectivos actores de la guerra:

1. La reiteración de Estados Unidos en señalar que el Plan Colombia es exclusivamente para combatir el narcotráfico, al que califica como principal problema del país, responde a la primera regla de la propaganda: la simplificación, para lo cual hay que crear un "enemigo único".

Ese enemigo se presenta siempre ante la opinión pública como el exclusivo responsable de lo que pasa, así no lo sea en forma única. Pero eso no importa, pues en la práctica –en el desarrollo real de la confrontación- todas las fuerzas de combate se despliegan no sólo contra él sino contra otros enemigos que son "secundarios" y que no fueron mencionados antes.

La lucha contra ese "enemigo único" es la justificación para acciones militares de muy diversa índole. Y eso ya se está viviendo en Colombia: el discurso respecto al Plan Colombia está cambiando por parte del Gobierno Nacional y de Estados Unidos (principal financiador del mismo en su componente militar) toda vez que se está "moviendo en el ambiente político y diplomático" la posibilidad que ese dinero se emplee también para combatir a la guerrilla, al "terrorismo" y a otras formas criminales (por ejemplo, grupos de secuestradores que puedan ser o no insurgentes).

2. La liberación progresiva de personas secuestradas en forma masiva que hizo la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional, ELN (en el avión de Avianca –cuando cubría la ruta Bucaramanga-Bogotá-, la iglesia La María y el kilómetro 14 –en la ciudad de Cali- y la Ciénaga del Torno –en Barranquilla-), se debe, también, al cumplimiento de la segunda premisa de la propaganda: la modulación del mensaje. Es decir, en ir generando situaciones que le permitan una presencia permanente en los medios y, por ende, los lleven a aparecer ante el Estado y la opinión pública como poderosos y dominadores de la situación.

3. La insistencia de todos los mandos militares en llamar a la guerrilla "narcobandoleros", "narcoterroristas", "facinerosos", "antisociales", busca que el mensaje quede entre la gente por efecto de "la repetición", que es la tercera técnica propagandística. Su objetivo es criminalizar a los grupos insurgentes, desconocer el componente ideológico que aún motiva su accionar ilegal y negar que el motivo de su alzamiento contra el Estado fue o sigue siendo por causas políticas, a pesar de que dentro de sus actuales "formas de lucha" empleen el terrorismo y la criminalidad. La teoría clásica de Karl Von Clausewitz plantea sobre fenómenos como ese que la guerra es la continuación de la política por otros medios.

4. La presentación las dos primeras veces en televisión del jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia, Carlos Castaño, sin uniforme camuflado ni armas sino vestido de civil (con camisa bien planchada y corbata), tiene que ver con la cuarta regla: la trasfusión, que significa buscar mecanismos que generen cercanía entre el emisor y el receptor, para que ambos se identifiquen y ganar las audiencias a su causa. En ambos casos, Castaño pretendía aparecer ante la opinión pública como un ciudadano común y corriente y no como el comandante de un grupo armado sindicado de cometer centenares de atropellos contra la dignidad humana.

5. Las paradas militares de las Farc en la desaparecida Zona de Distensión exhibiendo los mejores uniformes, disciplina en sus formaciones, "estados mayores", jerarquías en el mando, las armas más modernas e incluso mostrando a las guerrilleras más lindas, tiene que ver con otra regla: la exageración. Lo sean o no lo sean, la impresión que queda en quien ve esas imágenes es que se trata de un verdadero ejército, disciplinado, poderoso y hasta conformado por gente "bonita".

Los postulados propagandísticos son más: la minimización, la desfiguración, la división de la sociedad, la búsqueda de la unanimidad y el contagio, entre otros. Igualmente, son más los hechos reales que hemos visto en los medios que responden a esas líneas.

La pregunta que queda es: ¿Están los medios y los periodistas preparados para enfrentar esas situaciones y poder caminar sobre la cuerda floja, sin caerse al lado de la propaganda o al lado de la desinformación?

Trampa 5: No "oler" las implicaciones políticas de los actos de guerra y de los propios hechos políticos

El conflicto armado, social y político que hay en Colombia ha convertido al país en una especie de "patito feo" con el que nadie se quiere relacionar y en un "chivo expiatorio" al que todos le pueden echar las culpas.

No niego el terrible problema que hay: ejércitos ilegales deambulando a sus anchas por los campos, violaciones sistemáticas a los derechos humanos, el desplazamiento infame de miles de campesinos, el fuerte negocio del narcotráfico, la corrupción rampante, como males de marca mayor.

Pero esa condición de "país problema" puede ser aprovechada de muy diversa forma por gobiernos, por las clases dirigentes de países vecinos o por personas con aspiraciones políticas dentro de nuestro propio país.

Anuncios como militarización de fronteras, restricciones temporales a actividades comerciales, declaraciones que señalan a Colombia como problema regional, en ocasiones responden más al interés de crear hechos políticos en otros países para desviar la atención de situaciones problemáticas internas, ganar adhesiones o movilizar la opinión pública a favor. Y eso se puede dar no sólo en ámbitos nacionales sino regionales y locales, dentro y fuera de Colombia.

Igual puede ocurrir con determinados hechos de orden público y violencia en áreas fronterizas. Algunos secuestros, masacres, incursiones de hombres armados, en un momento dado podrían no ser responsabilidad de guerrilla o paramilitares, como se afirma a los pocos minutos de conocido el suceso. Lo planteo porque, ¿acaso no puede haber "manos extrañas" interesadas en producir situaciones de crisis que generen una fuerte reacción en la opinión pública nacional o internacional, a fin, por ejemplo, de dañar un proceso de paz? ¿O personajes ocultos que quieran internacionalizar el conflicto para aumentar así los presupuestos de guerra?

Por eso hay que tener mucho cuidado con las primeras versiones acerca de los llamados "hechos de orden público": a veces lo que parece evidente no es tal; a veces las declaraciones de altos funcionarios civiles, militares y policiales no son las mejores para aclarar situaciones porque son apresuradas e irresponsables dado que las sindicaciones que hacen se fundamentan en indicios o con base en pruebas débiles.

Y con esto no quiero decir que haya que negar tales declaraciones: simplemente hay que explicar que se trata de versiones preliminares suministradas por una fuente informativa que debe estar perfectamente identificada. Cuando se trata de declaraciones off de record, con fuente oculta o producto de "filtraciones", el periodista debe dudar de inmediato pues lo más posible es que vaya a ser manipulado: hay que recordar que se está hablando con una persona comprometida en la guerra y que las guerras se ganan a como dé lugar, incluso mintiendo.

Por las características de lo que pasa en Colombia, informar exige alto profesionalismo y responsabilidad. Por eso los periodistas deben estar alertas para no caer en las trampas que nos puedan tender.

De todas formas, esto es muy complejo de analizar cuando se está al calor de un cierre de edición, a minutos de iniciar el noticiero o a punto de empezar una emisión radial ya que los fenómenos que ocurren nunca se dan puros sino que están determinados por circunstancias diversas y con intereses plurales. Y generalmente no tenemos de golpe todos los elementos de juicio para valorarlos. Así, un hecho político que creemos podría responder a un fin específico, puede en realidad no serlo o serlo parcialmente. Igual con uno de violencia. Lo importante es que se tenga presente que existe el riesgo de caer en esa trampa y por ende se deba abrir bien los ojos.

Trampa 6: Perderse en las lógicas o "ilógicas" internas de los medios

Esta es una de esas trampas que afectan el mensaje pero que no se tiene mucho en cuenta en los análisis que provienen de quienes están por fuera de los medios: hace relación a las políticas internas de los medios, a las rutinas de trabajo de los periodistas, a la cantidad de recursos humanos, físicos y técnicos de que disponen para hacer los cubrimientos informativos, a los criterios personales de los editores y jefes de redacción, a las horas de cierre de edición o emisión, en resumen, a las formas de trabajo específicas de cada redacción.

Aunque no debería ser así, esas lógicas internas –que más parecen ilógicas- influyen demasiado en los mensajes, sin que los perceptores se den cuenta de que esa es la causa real de que una información salga de una manera y no de otra. A veces los analistas de los medios dan unas explicaciones sobre lo que se publica, atribuyendo los vacíos de las noticias al interés deliberado de manipular o los fallos que presentan a la ignorancia de quien escribe. En unos casos eso puede ser verdad, pero en otros definitivamente no; sin embargo, en ocasiones se insiste en ello por simple desconocimiento de las razones internas que incidieron en la "producción" de un artículo.

Perderse en las lógicas internas de una sala de redacción se constituye en una trampa cuando los sistemas internos de trabajo de los medios dificultan la labor periodística honesta y con sentido, cuando coartan la creatividad del reportero y distorsionan o manipulan el mensaje para acomodarlo a sus intereses empresariales o a los particulares del dueño.

Trampa 7: Carecer de una brújula ideológica que apunte hacia la verdad y la paz

En buena medida, es el asunto de fondo de lo anterior: no tener claridad en cómo cubrir los hechos de guerra y violencia lleva a que en la práctica los medios y los periodistas se confundan, olviden la historia, el contexto en que se dan los acontecimientos, los manipule la propaganda y no entiendan los intereses políticos y politiqueros que hay tras cada coyuntura.

El resultado final va a ser más nefasto que una simple información pobre: se desconocerá la realidad y se alimentarán los imaginarios colectivos sobre la guerra, los pueblos y las personas, negando a la sociedad civil, a quienes no son combatientes, su derecho a ser considerados inocentes.

Definir una brújula que apunte el trabajo periodístico hacia la información veraz y oportuna en medio del mare mágnum que vive Colombia es difícil pues requiere de un gran compromiso por parte del medio de comunicación y periodistas muy preparados. Y no todos están interesados ni capacitados para hacerlo.

Además, es traumático y peligroso. Las incomprensiones, los riesgos y los señalamientos abundan porque hay muchos intereses y personas que tienen deseos de pescar en el río revuelto de la guerra. Pero en la perspectiva de ejercer un periodismo responsable y comprometido con la verdad, no queda otro camino. O tal vez si: trabajar hasta que nos encontremos con el abismo... pero sin dejar que nos lancen a él.


* Juan Gonzalo Betancur B. es Comunicador Social – Periodista egresado de la Universidad Pontificia Bolivariana (Medellín). Durante diez años fue reportero del periódico El Colombiano, siete de ellos especializado en manejo de información sobre violencia y conflicto armado; en ese diario fue editor de la sección Antioquia. Miembro de los equipos periodísticos de El Colombiano ganadores del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en los años 1990, 1991 y 1996 y del Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa en la categoría Derechos Humanos, en 1996. Tiene posgrados en Análisis Político y del Estado, de la Universidad Autónoma Latinoamericana, de Medellín; y en Comunicación y Conflictos Armados, de la Universidad Complutense, de Madrid. Actualmente es profesor de periodismo en la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB-Colombia). Esta es su primera colaboración para Sala de Prensa.


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