Sala de Prensa


40
Febrero 2002
Año III, Vol. 2

WEB PARA PROFESIONALES DE LA COMUNICACION IBEROAMERICANOS

A R T I C U L O S

   
   


La duda como pedagogía

Rubén Darío Buitrón *

Muchas víctimas quedaron luego de los atentados terroristas suicidas en contra de los símbolos del poder económico y militar de los Estados Unidos. Y entre las víctimas intangibles del 11 de septiembre ha estado el periodismo, en especial el norteamericano, presionado desde adentro por las urgencias gubernamentales y por la sicología de la gente que clamaba un liderazgo que controlara la situación y evitara que la crisis se saliera de rumbo.

El atentado contra Estados Unidos fue tan impactante que no solo estremeció al poder y a la población norteamericana sino que puso entre las cuerdas, para cumplir el objetivo de la defensa de la patria, a la mayoría de la prensa, cuyos directivos decidieron asumir un desesperado manejo del pronombre "nosotros" y alejarse del tratamiento en tercera persona. Ahora, la percepción es que los grandes medios norteamericanos, paradigmas de la prensa contemporánea de todo el mundo, actuaron con más emotividad y pasión que con mesura y equilibrio.

No los podemos culpar, por supuesto. Cualquier periodista y cualquier medio reacciona así ante una agresión a su país. Basta recordar cómo la prensa ecuatoriana asumió el tratamiento informativo del conflicto bélico con el Perú en 1995.

Pero, aunque parezca absurdo comparar lo uno con lo otro, hay una diferencia sustancial entre un tratamiento informativo y otro: entonces se habló de que Ecuador ganó "la guerra informativa". Si eso ocurrió -lo cual ameritaría un estudio aparte- debió ser gracias a que, no sé si por primera vez en la historia de nuestro país, no hubo control ni presiones gubernamentales (con excepción de situaciones de alta seguridad) y la prensa tuvo la libertad no solo de informar sino de debatir y hasta objetar, en plena guerra, el sentido, los cómos y los porqués de ese conflicto y del futuro de la relación entre las dos naciones.

En Estados Unidos, en cambio, durante las primeras semanas del conflicto los medios se vieron presionados y su público también fue víctima de los efectos negativos de una información limitada y autocontrolada. Seis semanas después la gran prensa norteamericana ya ha empezado a despertar y a volver al ejercicio crítico de sus libertades debatiendo, por ejemplo, la efectividad de los bombardeos sobre Afganistán (un editorial del New York Times se preguntaba, el pasado domingo, cómo era posible que a estas alturas funcionarios del gobierno pidan "ideas" para encontrar al terrorista Usama Ben Laden).

Pero lo que ocurrió inmediatamente después del atentado fue que algunos medios súbitamente olvidaron su misión periodística y pasaron a convertirse en vehículos de propaganda y de mensajes patrióticos colmados de consignas, lemas y proclamas. Un denso velo de unamidad pareció cubrir el rostro de aquella prensa que fue paradigmáticay que, entre otras cosas, en la historia ha dado grandes lecciones de ética y de lucha por la depuración política en su país, por ejemplo al indagar y descubrir la corrupción en el más alto escalón del poder, al punto que un presidente, Richard Nixon, tuvo que dejar su cargo bajo acusaciones probadas de espionaje electoral. Una gran prensa que ahora se vio atrapada entre generalizaciones y maniqueísmos donde la lucha era entre el Bien y el Mal, Dios y el Diablo, civilización y la barbarie, lo contemporáneo y lo caduco. Nada de matices, nada de grises, nada de terceras posiciones. Todo blanco o negro. Están conmigo o son mis enemigos: era el mensaje que, entrelíneas, dejaba ver los peligros de volver al macarthismo o la cacería de brujas que tanto daño hizo a periodistas, intelectuales y artistas norteamericanos en los años cuarenta-cincuenta.

La situación fue tan dramática que la Sociedad Interamericana de Prensa, que reúne a los periódicos más importantes del continente, condenó desde Washington el pedido del gobierno norteamericano de que se "revisara" la información antes de transmitirla. "Es la otra guerra en la que muchos, equivocadamente, quieren enfrentar al periodismo con el patriotismo. Es una guerra que incluye presiones del gobierno, censura, autocensura y limitaciones para el cubrimiento en el escenario del conflicto. Son tiempos difíciles para periodistas que no quieren ser voceros del gobierno", dijo en un artículo de opinión Jorge Ramos, presentador y periodista de la cadena Univisión de Miami.

¿Cuál fue la reacción de la prensa ecuatoriana a partir del atentado del 11 de septiembre? Evidentemente, sus conductas y actitudes estuvieron, de una u otra manera, marcadas por aquello que le ocurría a la prensa norteamericana.

La mayoría de noticiarios de televisión local se ha limitado a repetir lo que dicen las dos cadenas norteamericanas que difunden en español, CNN y Univisión.

Por las limitaciones de infraestructura y de recursos economómicos podría entenderse que hayan tenido que apelar a ello, pero olvidaron el trabajo complementario de contextualización y análisis locales, tanto así que algunos noticiarios incluso han copiado los "banners" o rótulos, cargados de intencionalidad, que usan esas cadenas en sus informativos sobre la guerra.

¿Cómo afrontamos el tema en el Diario El Universo? Mientras gran parte del periodismo internacional y local parecía hundirse bajo el peso de una avalancha noticiosa, la primera decisión que tomamos fue, aunque suene contradictorio, mantener los valores y principios que han caracterizado por 80 años la línea editorial del periódico: el manejo equilibrado de la noticia, la confrontación de fuentes, la verificación de datos, el no responder a ningún otro interés que el interés colectivo, la precisión informativa, el restringir espacios a posiciones extremas e intolerantes, el esfuerzo por la objetividad, entendida como "el ejercicio de un periodismo crítico, es decir, con capacidad de análisis y de un uso razonablemente frecuente de la reflexión", según la definición del autor español José Javier Muñoz.

Pero no es sido fácil y no siempre quedamos satisfechos con el resultado. Cada día corremos riesgos y nos enfrentamos a situaciones complejas como estas: una, la información externa viene filtrada y unilateral; dos, sin ese ejercicio analítico y contextual podemos convertirnos en simples repetidores de lo que nos envían los grandes productores de información; tres, la gran cantidad de noticias, muchas de ellas contradictorias, que llegan por las agencias internacionales, puede confundir nuestros enfoques; cuatro, la necesidad de que el equipo de periodistas encargado del tema entienda y elabore adecuadamente la complejidad del conflicto antes de procesar lo que va a llegar al lector; cinco, el peligro de que si a nuestros lectores no les ofrecemos valor agregado, ellos podrían concluir que en la televisión ya lo han visto todo -con y no sentir necesidad de acceder al Diario como herramienta de pro-fundidad y calidad informativas. Pero en este largo y difícil conflicto, que según sus protagonistas durará años y quizás décadas, nada está dicho.

Se trata de un trabajo donde cada día hay más preguntas que respuestas. ¿Cómo procesar la información diaria sin convertirnos en cajas de resonancia de las fuentes interesadas? ¿Cómo superar la unilateralidad informativa? ¿Cómo contar a nuestros lectores una historia escrita solo por una parte de los protagonistas sin tener acceso, por ejemplo, al dolor de los afganos que nada tienen que ver con los talibán y Ben Laden? ¿Cómo dar sentido a las palabras ataque, terrorismo, occidente, islam, globalización, guerra, fundamentalismo, civilización, barbarie, sin tener la certeza semántica de cada término, sin averiguar previamente la profundidad de cada concepto? ¿Cómo afrontar la autocensura y cuáles son sus límites? ¿Cómo no afectar con nuestras informaciones la diversa e intangible sensibilidad de nuestros lectores? ¿Cómo saber a quién servimos y para qué servimos?

Iñigo Domínguez, un teórico del periodismo español, dice que la mejor forma de manejar un conflicto es ejerciendo la honestidad interpretativa. Y pone un ejemplo: luego de leer un reportaje sobre los disturbios raciales en Los Angeles, el lector no debe tener indicio alguno de que es blanco o negro el periodista que lo escribió.

Así, bajo la tensión cotidiana de pensar los cómos y los porqués de cada hecho relacionado con el conflicto, nuestra lucha se centra en intentar, sin apasionamientos ni subjetividades, un ejercicio riguroso de la duda en busca de reflejar todas las aristas, o al menos las que se pueda, de esa compleja realidad. El reto, entonces, está en mantener la serenidad y y el equilibrio, seguir estrictamente nuestra línea editorial sin dejar que la afecten corrientes, tendencias o emotividades.

Y caminando sobre esa línea hemos descubierto que los hechos del 11 de septiembre no hacen sino ratificar la necesidad de reforzar dentro de las redacciones el ejercicio autocrítico (la ética), la razón de ser del medio (los lectores) y el manejo responsable de la herramienta fundamental (la pedagogía).

¿Cómo hemos tratado de manejar esa pedagogía?

1. Con una agenda propia. Cada día analizamos los hechos más recientes, los contextualizamos y planteamos nuestra puesta en escena de los temas. En este aspecto juegan un rol clave la confrontación de lo que nos llega de las agencias y de los canales con otras fuentes, y la apertura de espacios para puntos de vista esclarecedores.

2. Con temas donde se promuevan los valores humanos. Tratamos de mantener espacios donde se hable de la paz, de la solución de los conflictos mediante el diálogo y del ejercicio de la tolerancia hacia lo distinto y lo diverso.

3. Con una política informativa pluralista. Intentamos que se expresen los representantes de todos los sectores involucrados y/o víctimas del conflicto y también quienes tengan posiciones que busquen la solución por caminos alternativos.

4. Con una actitud permanente de contextualizar, profundizar, reflexionar y analizar cada hecho sobre la base de los antecedentes, los orígenes, las raíces, las motivaciones de cada sector en pugna, así como de quienes interceden por romper esos muros de desencuentro.

5. Con la más amplia apertura al conocimiento de realidades ignoradas u ocultas en lo político, geopolítico, religioso, económico, social y cultural en busca de puentes que unan las culturas y no que las dividan.

6. Con aterrizajes múltiples del conflicto en relación con el Ecuador. Sus efectos económicos, políticos y sociales, sus componentes históricos, las distintas posiciones frente al temor de lo que pudiera implicar la base de Manta si el terrorismo lo considerara un objetivo militar antinorteamericano, el requerimiento permanente de la opinión de la población sobre la marcha del conflicto, el debate sobre los mitos y leyendas alrededor del atentado, en especial en cuanto a las supuestas profecías de Nostradamus, del Apocalipsis y de la Virgen de Lourdes, el acercamiento a nuestros lectores sobre la realidad de las comunidades extranjeras que habitan en el Ecuador y sus formas de mirar la vida.

7. Con segmentos especiales para los migrantes ecuatorianos en Estados Unidos. Abrimos columnas en el Diario y en nuestra página de internet para que pudieran comunicarse con sus familiares y expresar sus sentimientos acerca del problema. Enviamos, además, un equipo de reporteros a Nueva York casi inmediatamente después de ocurrido el ataque para que el periódico pueda testimoniar directamente lo que estaba pasando allí, cuál era la situación de nuestros compatriotas y cómo empezaba a cambiar la realidad migratoria en los Estados Unidos.

Se trata de una estructura pedagógica construida sobre dos ejes: uno, el deber del periodista para informar con espíritu crítico; y, dos, el derecho del lector a ser informado con responsabilidad y honestidad.

Se trata de una agenda propia y no de una agenda pasiva o sometida. De una agenda que sirva a un lector reflexivo, cuestionador, que nunca se dé por satisfecho, que exija que le cuenten toda la verdad.

Una agenda construida con la única certeza de que nuestra obligación es hacer bien nuestro trabajo, que no es alentar la guerra ni objetarla: es informar sobre ella, pero informar de la mejor manera posible.

Contar al mundo lo que es el mundo. Eso es el periodismo. Y si con esas 228 páginas, producidas por los periodistas de El Universo y sus colaboradores desde el 11 de septiembre hasta hoy, vamos logrando que la pedagogía de la duda construya un lector más despierto y lúcido, el resultado será positivo: el lector sacará sus propias conclusiones de la realidad, como protagonista y no como sujeto pasivo, y el mundo caminará por la ruta que él, multiplicado por cientos de millones, haya escogido tras ejercer su derecho a que se satisfagan todas sus preguntas.


* Rubén Darío Buitrón es editor general del diario El Universo, en Ecuador. Esta es su primera colaboración para Sala de Prensa.


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